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No sé qué, no sé cuánto

Los ojos perdidos
en un coloquio sobre manuales
de no sé qué, no sé cuánto.

La verdad que muchas veces
jugamos a pensar
qué están haciendo los demás,
supongo que los demás
también estarán pensando
qué hacen los demás.

Ese pequeño defecto
de creernos centro de atención
pensando que todo lo que se dice o hace
se refiere a nosotros.

¡Cuidado! si resbalamos
la manía persecutoria
hará de nosotros un aperitivo
antes de que las supersticiones
tomen la sala de estar.

Sería muy simple
buscar algo o alguien
a quién culpar cuando el "Soy"
ha tomado sus dos polos
como único medio de tansporte.

Como ando distraído
en este salón de actos
la información
llega a cuenta gotas,
¿será también porque
ando escribiendo estas palabras?.

Sé que hay un doctor
hablando desde la cima del Everest
y detrás un pequeño estandarte
donde se puede ver o casi ver
el PowerPoint.

Tengo unas ganas tremendas
de levantarme y salir
pero me da vergüenza
interrumpir a los atentos asistentes.

Yo no voy a pensar (eso creo)
qué pensarán ellos si me levanto,
y si ellos lo hacen es muy simple,
¡voy al baño!
y con eso no se juega.
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Lloro por razones ajenas

Lloro por qué al tenerte, no te tengo
porque al querer tus labios besar
no me queda más que esperar
que te acerques sin dudar.
Lloro por qué sentirte cerca no puedo
verte de lejos es mi consuelo
y me tengo que acostumbrar
a que tu piel no puedo tocar.
Lloro por qué no hay carencia de amor
ya que este no es asunto de desamor
es un poco nuestra situación
que parece no tiene solución
Te busco y encuentro por doquier
tus ojos descifro en mi pensar
y aunque no te escuche suspirar
no tengo dudas de tu forma de amar.
Lloro por qué se que estás igual
porque aunque lo quieras callar
esto a ti también te tiene mal
y sé que de mi te vas a alejar.
Si lo hacer no lo olvides
lloro por no haberte tenido
pero jamás he concebido
que este amor no hayas sentido.

Las letras de mi alma
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Escálame

Escálame el amor
que tengo una teja rota
y calan las lágrimas
haciendo goteras.

Marisa Sánchez
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aFortunado eSe Pe

Estoy tratando de hacer que abras los ojos y mires.

Sí, lo sé, es difícil seguir adelante
pero puedes hacerlo
eres un vencedor
así ha parecido todo el tiempo
así lo creen los demás.

No
te
rindas.

Entiende que no importa que tan torcido esté el camino si consigues llegar a la meta
que no es necesario tener alas para volar
ni que hay que vivir para ser feliz, pero sí al contrario
que el afortunado eres tú
que no importa lo mucho que mires al suelo nunca te encontrarás allí

porque
perteneces
a las
nubes

y a todo lo que esté por encima del techo,

dónde
los gatos
no llegan.

Perdonate por no reír cuando lo creías necesario
y por no llorar por temor al que dirán
por matar al bohemio mientras fantaseaba
por lanzarte al vacío con una mochila llena de rocas
y por no nadar, creyendo que la mejor solución era dejarte hundir para acabar con todo

aunque
respiraras
bajo
el agua.

Entiende que no quiero que te pierdas
pero tampoco que te consigas
porque eres el enigma más bonito y frágil que se me ha incrustado en la cabeza

y
no
quiero
que
salgas

al menos no por la próxima eternidad.
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Un verso que da la vida

En una historia reluciente
se fue la vida,
casi fue como un simulacro
que se borra en un instante,
la antigua juventud lo demuele todo.

Inmutables y crueles nos quedamos
siendo espectadores de una novedad
que dejó de manipular a el tiempo,
todo muere insaciablemente
en su levedad oscura que siempre vacila.

Todo se ha desvanecido con la historia,
disipando las dudas
y cubriendo las incógnitas,
mientras tanto,
nadie se ofende por los que no estamos de paso.

Nadie se ofende de aquellos que vivimos
de los deseos de la noche,
esperando con paciencia
que se despierte el día
y tengamos nuevamente una historia
un verso que da la vida.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
11/12/2017.
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Contradicción

Encontré la libertad… la atrapé y grité con ganas:
-¡Soy libre!
Y aquí la tengo, bien sujeta para que no se escape.

Marisa Sánchez
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Qué haré con la noche

Ando lleno de fatalismo y locos que me son ajenos.
El viento trae olor a fraude y trampas.
La lengua extraviada, anda,
salivando venenos,
alucinada.

Soy un animal distraído, de escuálidas tardes.
Humeantes cafés herederos de escombros.
Soltaré al perro, ignorante,
de duelo callado,
asustado.

Trae la aurora sábanas raídas, engalanadas
de tristeza, de últimos aullidos
a las fieras del desamor,
y al pájaro asustado,
escuchando,
las voces,
la muerte,
de una mesa inexistente,
de platos indispuestos,
sillas vacantes, hasta aquí,
la noche reciente,
la de los insomnios y la soledad
engalanados en sábanas,
raídas por la aurora,
hablando,
la voz de un pájaro
mullido en amapolas,
en lumbre sobre un raído
lecho mal nutrido.

Me sigue el aliento de tu piel, coartada.
Las fiebres de las manos que amaron.
Habita ahogada, la noche
en mi garganta,
anegada.

¿Qué haré con la noche?
¿Qué haré con ella?
¿Qué haré?
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En todas partes

En la mitad de mi cama,
en tierra de nadie,
todas las arrugas de las sábanas
llevan tu nombre.
En el baño,
dejandi al agua correr
hasta que salga caliente,
nos vuelvo a ver mojados
y vuelvo a enamorarme.
En el ascensor,
del cuarto al bajo,
la pena pesa una tonelada,
y en la puerta a la calle,
la calle parece
el camino a ninguna parte.
En todas partes,
todos los intentos por pensar en cualquier cosa y no pensarte
quieren suicidarse



Cristina Díaz Aragón.
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La melodía del infinito

Una vez fuimos inconquistables
y etéreos
y libres
y rabiosos
y salvajes
como espíritus descarnados
entre las grietas del más allá,
como polillas enamoradas de la luz,
como esos animales indomables
que se ríen de las jaulas y sus dueños.
Buscando la melodía del infinito
componíamos partituras a locas,
del canto de los grillos en verano,
el aullido de los lobos a la luna
o los decibelios de un orgasmo.
Sí, fuimos rebeldes,
terremotos,
huracanes,
trepando a los balcones del mundo,
estrellas fugaces en la niebla,
Peterpanes voladores,
astronautas que conquistaban
el vacío inconmensurable del Universo.
Fuimos pobladores de planetas,
Principitos hermosos
y confundidos
e incansables
y curiosos...
Y aunque la vida me dice:
"vuelva usted otro día",
una luciérnaga brilla en tu pelo
y una legión de sueños se cobijan
silenciosos,
despacito,
tras el vaivén de tus pestañas.

Juanma
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Río

Porque la bruma lleva la esencia de las palabras,
respiro,
porque busco en la humedad de la noche,
otro destino,
porque tengo en el aire enterrados mis propios soles
y las sombras son luces estatuarias y, hay pasos,
pasos que emergen como páginas y no sé huir.
Hay un cierto pudor por los libros no leídos,
por no desnudarme en ellos, por no dejarme amar.
Quién soy,
quién era,
quién seré cuando la luz llegue.
Pienso en mis hijos, en sus nombres, en su olor,
en ese sabor de cuentos inciertos,
a los finales de sal y laurel, de pan caliente, de dormiros ya,
dormir antes de que llegue una noche en el puerto
y reconozca en el mar mi propio río.
Porque la bruma lleva la esencia de las palabras,
respiro,
porque busco en la humedad de la noche,
otro destino,
porque tengo en el aire enterrados mis propios soles
y, también, mi libertad.
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Caminamos juntos

Tengo ya esa edad,
en la que uno camina
rumbo a la muerte.
Con paso cansino.
Mirándola de frente.

No soy como tú,
mi dulce compañera.
Tú caminas junto a mí,
cogida de mi mano
de espaldas a ella.

Pero caminamos juntos,
amor mío.
eso es lo que importa.

Sólo los que
ya nos dimos la vuelta,
somos conscientes
del cambio sutil.

Cuando dejamos de
pensar en lo vivido
y pensamos en
lo que queda por vivir.

Pero caminamos juntos,
amor mío.
eso es lo que importa.

Tardarás años en volverte
y caminar a mi lado
mirando a la muerte
como yo lo hago ahora.

Pero no debes preocuparte
mi vida,
nunca soltaré tu mano,
jamás te dejaré sola.

Porque caminamos juntos,
amor mío
eso es lo que importa.
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Sin vigencia

Mi único miedo es volver a derrumbarme
porque sólo sale polvo de los escombros
y con la vista dañada no podré verte los ojos
a no ser que limpien las lágrimas el no ver cobarde.

Caigo al vacío como en mi ventana llueve
con fuerza y rabia a pesar de que yo
pude ser delicado como una mota de polvo
pero la suciedad me estropeó como la nieve.

A estas alturas no me queda ni vaso para ver,
siento que tú niñez
está saltando en los charcos que por ti lloré.

Hoy ya no somos pensamiento, ni existencia,
ni mero ADN, sólo la ceniza
de un acuerdo pasado que ya no tiene vigencia.
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Mil y una agujetas

En las agujas
los agujeros.
Las agujetas,
agujereadas,
en las camisas.
Y los botones
redondeados
trepan cubriendo
(y descubriendo)
las posiciones
de nuestros cuerpos.

Ahora bien,
para enhebrar
ese punzante,
espeluznante,
y temporal
dolor activo,
recurriremos
al fino filo,
casi asesino,
con nuestro fin
de introducir
el redondísimo
botón sin hilo
en dicho cuerpo
en posición.

El eslabón
que se perdió
cosió camisas
con grapas finas,
puesto que el hilo
se fue volando,
y fue debido
a que gastamos
todo su ser
cosiéndole unas
agujereadas
agujas rotas
a nuestras huecas
mil agujetas.

No nos quejemos
cuando haga falta
más hilo luego
y no podamos
trabajar más
que con las grapas.
Finas, doradas,
ocre o cobrizas,
agudas grapas.
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Reminiscencia de invierno (parte IV)

En medio de parajes tan vívidos, los héroes formidables avanzan cruzando bosques y ríos, sorteando batallas con espeluznantes hechiceros y héroes de poderes alucinantes de otras tribus. Unas batallas más sangrientas que otras. El objetivo de su victoria está muy lejos todavía y su tribu se encuentra diezmada. El sonido característico de llamada entrante en su iPhone suena insistente. La sensación de estar inmerso en ese mundo fantástico se difumina con rapidez y da paso al lúgubre sótano de la casa de su madre, donde vive. Paredes oscuras que apenas se notan al fondo de la infinidad de monitores anchísimos que se observan por doquier. Abundan los teclados, los joystick, y los ratones de distintos conjuntos de computadores que se encuentran encendidos al unísono. ─Pensé que lo había dejado en vibrador ─grita Solomon mientras pone pausa a Dota 9, el juego con virtualidad aumentada que salió el pasado 2029 pero que aún se encuentra muy en vigencia durante este invierno del 2030. La verdad, no habría dejado el juego por nada, excepto que de reojo pudo notar que le marcaba Salvatore, de la oficina. Apenas si habla con él lo escasamente necesario para cuestiones de trabajo. Y allí está, llamándole cerca de la media noche. Deja el joystick sobre una mesita, cerca de una sobras de pizza fría, se rasca la cabeza calva, más bien recién rapada ese día, se pasa los dedos entre la abundante barba peliroja que usa desde el año pasado (es extraña esa tonalidad de su barba, ya que su cabello es más bien rubio, o lo era antes de empezar a caer en abundancia hace unos cinco años, cuando apenas cumplía los veinte). Pasa un dedo por el lector de huella digital de su móvil y responde a la llamada. Le sorprende el tema con que Salvatore le asalta casi sin saludar y sin preludios. Las palabras clave que menciona parecen hacer un clic en la mente de Solomon, le dice que cree haber visto algo sobre archivos clasificados de un tema similar, pero que le de unos días para zambullirse en la Dark Internet y darle "datos duros", así se lo dice literalmente. Cuelga la llamada, toma el joystick de la mesita y sin querer lo embarra con un poco de salsa y queso ya casi secos de la pizza, lo limpia rapidamente sobre sus calzoncillos boxer, y vuelve en menos de un segundo a estar inmerso en su épico juego electrónico.

Salvatore va al baño, se cepilla los dientes casi en automático, mientras vuelve a revivir una y otra vez las escenas de su encuentro con Alessandra: la cara tan redonda de doña Juana, la exquisitez del café guatemalteco, la impertinencia en el comentario de Tony, la conversación interminable con Alessandra; sus ojos, sus labios, sus abundantes pechos, la tibieza de sus blancas manos, y ese misterio insondable de una tristeza que no es obvia a la vista pero es tan evidente cuando te sumerges en las profundidades del alma de alguien y él parece poder hacer eso exactamente en el alma de ella. En su lecho de muerte, Salvatore, rodeado de sus cinco nietos, sus dos hijos, las esposas de ellos y su esposa Catalina; parece poder ver en su mente, en sus últimas horas, la película de su vida entera. Ve a Catalina entrar en el altar, toda vestida de blanco, radiante; ve a su primer hijo, Fernando, nacer en esa sala de partos, donde le hacen la cesarea a su esposa; ve a su segundo hijo, Giulio, montando en bicicleta por vez primera. ¡Cuántas veces se cae! Pero no cesa en su objetivo de aprender esa misma tarde. Ve a Fernando recibir su título de Ingeniero en Sistemas de Oxígeno para las colonias marcianas y lo ve partir en esa nave espacial sin boleto de regreso, con una lágrima recorriendo una de sus mejillas y un adiós atravesado como nudo en la garganta. Ve a Giulio recibir ese premio Nobel al descubrir esa nueva especie subacuática al fondo del océano bajo el Triángulo de las Bermudas. Una serie interminable de cortos memorables de una vida de ciento veintisiete años (pues la esperanza de vida a nivel mundial había rebasado los ciento diez años a partir del 2050), las más hermosas veladas románticas vividas con Catalina, las más notables riñas que casi los llevan al divorcio en tantas ocasiones. Y de pronto, como una rama extraña injertada hábilmente en el tronco de un árbol de una especie muy distinta, empiezan a saltar flashes de una vida que él nunca vivió, otra vida entera, unas hijas, otros nietos, otras profesiones, otros logros que le son extraños y a la vez familiares. Una vida entera vivida con Alessandra. ─¡Alessandra! ─grita mientras despierta bañado en sudor. Son las 4:44 de la mañana otra vez. El sueño ha cambiado.

Las dos semanas siguientes se hacen intensas en su relación (que no va a ningun lado al parecer) con Alessandra. Se hablan por teléfono casi diez veces al día (aunque son llamadas breves). La primera semana es ella quien le llama en cada respiro que tiene en la tienda de pastelillos. La segunda semana es él quien la llama en punto de cada hora (siempre que no esté en una presentación de campaña publicitaria con algún cliente). El WhatsApp entre ellos está abarrotado de mensajes cortos en un lenguaje que inventan entre ellos. Ella le pide discreción por si Salvador llega a verle el celular incidentalmente (aunque él es muy respetuoso de su privacidad). Hacen coincidir su hora de almuerzo más de una vez y los alargan hasta noventa o ciento veinte minutos, inventado las más creativas excusas cuando llegan de vuelta a su trabajo. Pero Claudia, la socia y mejor amiga de Alessandra, empieza a sospechar algo y con tenaz insistencia le saca una confesión. El supervisor de Salvatore es menos perspicaz, pero algo intuye, su empleo podría peligrar a futuro si sigue así. El viernes de la segunda semana, ambos inventan una indigestión repentina después del almuerzo, un marisco en mal estado; y se dan una escapada de toda la tarde y parte de la noche a casa de Salvatore. Afortunadamente, los lunes, miércoles y viernes llega la señora de medio tiempo que le hace aseo profundo a su casa. Así que todo está en perfecto orden e higiene. Salvatore enciende rapidamente la fogata en su sala. Trae una botella de Malbec de veinte años de añejamiento que su gerente de oficina le regaló el año pasado por haber cumplido sus metas de ventas con creces. ─Este lo tenía reservado para una ocasión muy especial, no sabía cual, pero ahora que te veo aquí, sentada en la alfombra, frente a mi chimenea, supe de inmediato que esta botella traía tu nombre ─le dice─ Ella se pone de pie, se cuelga a su cuello y le da un beso muy profundo, como ninguno de los besos breves que él le había robado en los restaurantes en las citas previas. La abundante ropa de invierno que los separa empieza a desprenderse pieza por pieza de sus cuerpos: ella se quita la bufanda y el gorro y de un tirón le quita la bufanda a él. Salvatore besa su cuello tibio con cierta delicadeza al principio y luego sube a una intensidad que se hace insoportable, mientras una de sus manos palpa sus pechos por encima del sueter; se lo quita junto con la blusa y él se abre la camisa de un tirón y unos cuantos botones van a rodar al suelo. En un instante, la desnudez imaginada por cada uno de ellos, en todo su esplendor es iluminada por la fogata de la chimenea; que arde con inusual intensidad al igual que sus pieles que claman por ser recorridas por los labios del otro, por las yemas de sus dedos, por el filo de sus lenguas. La alfombra de la sala parece estremecerse ante el ritmo tan fiero con que Salvatore le hace el amor y luego ante el galope pertinaz con que Alessandra lo cabalga. El frío acumulado de todo el invierno se derrite en ese instante y se evapora hasta los cielos. Son ya las nueve de la noche, ella sale apresurada, terminando de ponerse el abrigo, los guantes y el gorro mientras corre a subirse al Uber que la espera. Hace media hora que Salvador le está marcando para tener noticias de ella. Saber si llega tarde nuevamente, y a qué hora cierra la pastelería, etc.

Salvatore se queda dormido en el sofa de la sala. Una tarde y parte de su noche nadando en las dulces aguas de su romance, lo han dejado exhausto. Son las 11:45 de la noche. Entra llamada de Solomon. ─Te tengo interesantes noticias sobre el Oblivion ─le dice─ Gracias por investigarlo tan rápido ─responde─ Entre los años 2022 y 2025, la armada de Estados Unidos desarrolló un método basado en nanotecnología que permitía buscar selectivamente los recuerdos de los soldados traumatizados por la guerra y eliminarlos con un 99% de certeza. El proyecto al parecer fue cancelado por un consejo independieinte de ética y derechos humanos y quedó clasificado como top secrect con el código Oblivion, aunque durante su desarrollo le llamaban el proyecto Lette Anón─ Solomon continúa con detalles exhaustivos de todo lo encontrado, la cantidad de soldados que quedaron en estado de demencia en las primeras etapas experimentales, y los tantos que fallecieron; cuyas autopsias misteriosamente indicaban que habían muerto por causa de un parásito particular que les comía porciones específicas del cerebro y que lo habían contraido en el último conato de guerra mundial en algunos desiertos del Africa a principios de la década de los 2020. Salvatore queda perplejo ante toda la información, pero le asusta más enterarse que una organización de salud, privada y muy poderosa, había comprado los derechos del proyecto al gobierno estadounidense por una suma billonaria y que ofrecía servicios privados de borrado selectivo de memoria (por una suma no tan exorbitante pero tampoco al alcance de las masas). Le da coordenadas de geolocalización de las clínicas en varios puntos del planeta, que no incluyen ciudad alguna de Estados Unidos, seguramente para evitar su jurisdicción legal. Y entre las ciudades extranjeras cercanas está Toronto, Canadá; y Monterrey, México.

(continuará...)


@AljndroPoetry / xii-17
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