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Mensaje en una botella

Conducía mirando al frente. Con seguridad.
De vez en cuando se veía una casa,
rodeada siempre de campo y algún huerto sin cuidar.
Masas de árboles se movían al mismo tiempo,
empujadas por un viento ligero y caluroso.
Cuando tomaba un rumbo nuevo
el sol cambiaba con nosotros de dirección.
A veces nos daba en la cara
y aunque nos nublaba la visión
sentíamos el verano quemándonos la piel.
Canté con ansias más de una canción.
Recordaba bien las letras, pero nunca retuve los títulos.
Dejamos atrás algun pueblo y en alguno que otro desperezamos los huesos.
El olor de un horno con nombre de mujer nos activó más de un sentido
así que me vi obligada a comprar bollos de mermelada
que comimos a la sombra del cariño y a la luz tenue del placer.
Cuando llegaban las noches, el frío llamaba para dormirse en nuestros pies.
Aparcaba en algun camino y hacíamos el amor hasta dormirnos en los asientos de atrás.
Llegué a pensar que nunca volvería a encontrar una magia como aquella.


Conducía mirando al frente. Con cautela y atención.
Un día llegamos a una ciudad y en ella me di cuenta de mucho.
Los caminos se convirtieron en grandes avenidas
y a nuestro paso se llenaban de charcos todas las aceras.
Dejamos de comer dulces de mermelada
y los sustituimos por café sin azúcar la mayoría de despertares.
Seguía habiendo casas, pero los tifones del final del verano
se habían llevado tantos tejados
que nos acostumbramos a vivir así, desarropados.
Una de cada dos noches me costaba conciliar el sueño.
No encontraste ni un cuento ni una sola nana para hacerme dormir.
Hubo veces en que me volví hacia tu asiento para mirarte de reojo.
En todas las ocasiones solo encontré botellas vacías y una foto tuya de carnet.
Kilómetros después siempre te encontraba haciéndome autoestop.
Siempre quise pasar de largo pero nunca encontraba las agallas.


Conducía mirando al frente, sola, sabiendo que en cualquier momento me podía estrellar.
Me dolió tanto el estómago.
Los pinchazos no se detenían en ninguno de mis semáforos en rojo
en los que poder recuperar un poco de aliento.
Las casas no tenían ventanas, ni puertas, ni paredes.
Las flores estaban muertas, los gatos y los pájaros también.
Los pueblos, la ciudad, el campo, el horno, los charcos, el verano y parte del otoño
se habían convertido en un río sin orillas donde poder agarrarme.
Flotaban mi coche y las camas en las que intenté sudar la tristeza alguna vez.
Me dolió tanto la garganta. Y las manos.
Vomité tu voz tantas noches. Y días. Y vidas.
No hubo poemas por escribir.
Me dejaste sin hojas en un invierno largo
que no tenía ojos ni tampoco sonrisa.
Encontré la miseria en un pijama, en una taza.
En el espejo.

Dejé de conducir. Finalmente me estrellé.
Encontré fuerzas y te escribí este mensaje
para meterlo en una de tus botellas vacías
y la arrojé al río. Con rabia. Bien lejos.
No me hizo falta asegurarme de que la recibieras
porque tú ésta fábula bien la conocías.


Recuerdo esta historia mientras me quito la ropa, pieza a pieza, frente al mar.
Me sumerjo dispuesta a poner en práctica todo aquello que me enseñaste.
La sal curará las llagas, los mordiscos y los arañazos que me dejaste de recuerdo.

Sigo con dolor de estómago. Creo que ahora es de tanto reír.

etiquetas: prosa
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2comentarios 57 lecturas prosapoetica karma: 68
#1   Bellísimo
Transmite en forma lograda aromas y recuerdos
Felicitaciones!
Un abrazo
votos: 0    karma: 19
#2   #1 Muchísimas gracias!!!
votos: 0    karma: 11