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Quién sabe, igual yo también soy un fantasma

Te despiertas a gritos por las noches. Fantasmas. Encerrados en la casa mientras les tengas miedo. Y, por si acaso, te encomiendas a ellos, nombrándoles. Porque si no les nombras, se asustan, creen que ya no existen. Y te susurran sus nombres para que les recuerdes, para que el olvido no les convierta en polvo. Eso son las palabras: fantasmas con miedo.

Luego perdieron el miedo, sí seguían existiendo, y al final se fueron. A ese lugar, ya sabes cuál. Al que nombramos para que nos dé menos miedo. Eso son las palabras: fantasmas sin miedo y vivos aterrorizados. Y me paso el día, así: nombrando y desnombrando, Vivos y muertos. Hasta que en la habitación volvemos a estar solos tú y yo, cerrando los ojitos: buenas noches, niño. Y ya no hay fantasmas que me hagan despertar a gritos por las noches. Hasta que ya no hay muertos asustados que quieren seguir vivos suplicando que alguien diga su nombre antes de irse a dormir: buenas noches, niña.

Y ahora ya no hay fantasmas ni muertos que me asusten de noche. Ahora solo quedan los vivos. Los que nos asustan de día. De día y de noche. Despiertos y dormidos. Esos vivos, ya sabes cuáles, que no nos dejan vivir, ni soñar, ni dormir, ni despertar. Eso son las palabras: vivos con pesadillas.

Quién sabe, igual yo también soy un fantasma. Tu fantasma. Ese que te acecha por las noches, que no sabe aún que ya no está, que ya no existe. Ese fantasma que quiere seguir vivo que te pide una y mil veces que, antes de dormir, pronuncies su nombre. Que susurres mi nombre: buenas noches, niña. Para que el olvido no llene mis ojos. Para que la ceniza no llene los tuyos. Buenas noches, niño. Hasta mañana.

Buenas noches, fantasma.

etiquetas: fantasmas, prosa poéstica
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