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Ella siempre lo está

—¡Oh! ¡Estás aquí! ¡Cuántas ganas tenía de verte! —exclamó Ella.
Él, apenas una silueta en la noche, la miraba desde su posición sentado en la arena. Una vez más, había hecho todo lo posible para no faltar a su cita con Ella. Y una vez más, allí estaban los dos frente a frente.
—Te noto muy cambiado —dijo con seriedad—. Puedo verlo en tus ojos.
Él esbozó una pequeña sonrisa que acabó convirtiéndose en una mueca vacía. Seguía sin apartar la mirada de Ella, pero no dijo nada. Era una noche apacible, como suelen serlo las noches de finales de julio y principios de agosto. No hacía nada de frío. Y sin embargo, su piel estaba erizada y un ligero temblor sacudía todo su cuerpo.
—Lo estoy —dijo finalmente. El agua de las olas que rompían en la orilla iba y venía acariciando sus pies, lo que le proporcionaba una sensación relajante—. Y tú lo sabes muy bien —le reprochó.
—Claro que lo sé. Sabes que yo lo sé todo de ti. Y por eso sé que estos últimos meses han sido difíciles, ¿no es así?
No contestó. El brillo que asomaba en sus ojos y la lágrima que comenzó a caer tímidamente por su mejilla lo hicieron por él. Luchaba con todas sus fuerzas por mantener el tipo, aunque no era la primera vez que Ella lo veía así.
—Adelante —dijo Ella con su voz dulce y reconfortante—, desahógate sin pudor. Ya sabes que a veces es necesario.
Por un momento apartó la mirada de Ella y contempló la inmensidad del cielo. Miles de estrellas dotaban al firmamento de una belleza abrumadora. Y eso le hizo sentirse aún más frágil e insignificante.
—Dime, ¿qué sientes ahora hacia ella? —le preguntó—, ¿rabia? ¿pena? ¿dolor? Es normal sentir alguna de esas cosas. O todas. Es lo que toca en estos casos. Y tú eso lo sabes mejor que nadie...
—Decepción —dijo volviéndose bruscamente hacia Ella. Su voz quebrada desgarró el aire en la noche—. Lo que tengo es un sentimiento de infinita decepción. Solo eso. Nunca podré odiarla —dijo agachando la cabeza, abatido —, pero no puedo evitar sentir que me ha defraudado.
Después volvió a mirar al cielo. Ya no había brillo alguno en sus ojos. Estaban tan secos como su alma.
—Habías puesto mucho en ella, ¿verdad?
—Lo había puesto todo —y al decir esto sintió una punzada de dolor en el pecho, un afilado puñal atravesándole el corazón—. Y si no todo, demasiado.
—Nunca es demasiado.
—Sí que lo es —apretó con fuerza los puños sin apartar la mirada del cielo—. Y te juro que nunca volveré a cometer el mismo error.
—¿Ah no? ¿No lo harás?
—No —el volumen de su voz había descendido considerablemente y su respuesta sonó como un murmullo casi inaudible.
—Ya... —ambos quedaron en silencio por unos segundos—. Eso mismo me dijiste una vez —sentenció Ella.
Hubo otro silencio aún más largo, tan solo interrumpido por el tímido susurro del mar.
—¿Es que ya no te acuerdas acaso de la primera vez que nos vimos aquí? —retomó Ella—. Siete años han pasado, pero yo lo recuerdo como si fuera ayer. Tú estabas ahí sentado, en el mismo sitio que ahora. Unos meses antes te habían partido el corazón por la mitad, y me juraste, igual que acabas de hacer hoy, que nunca volverías a dar tanto por nadie —él, con los ojos cerrados, visualizaba aquel momento enterrado en lo más hondo de sus recuerdos—. Pero mientras me decías todo eso yo la veía a ella y veía la ilusión que había en tus ojos. Esos mismos que ahora están apagados. Porque la semilla de algo nuevo estaba germinando en tu vida. Y aunque querías afrontarlo con todas las cautelas posibles, en el fondo tu corazón, ya recuperado, te pedía a gritos que le dejaras a él tomar las riendas. Y al final fue lo que hiciste. ¿Y no han sido maravillosos los años que han venido después gracias a aquella decisión?
—Sí —murmuró a regañadientes como un niño que le contesta a su madre sabiendo que lleva razón—. Pero...
En ese instante una estrella fugaz cruzó el cielo de lado a lado y ambos quedaron callados durante unos segundos, contemplando cómo su larga estela llameante se perdía en la bóveda celeste.
—¿Ves todas esas estrellas? —dijo Ella al fin— ¿Ves la intensidad con la que brillan? La inmensa mayoría de ellas hace mucho que murieron pero vemos su brillo porque están tan lejos que la luz que emiten tarda miles de años en llegar a nosotros. ¿Te das cuenta? El brillo que desprendían se observa miles de años después de su muerte. Como una huella que permanece inalterable a lo largo del tiempo para que recordemos que una vez estuvieron ahí. Lo mismo ocurre con los grandes momentos que vivimos. Estos también dejan su brillo cuando pasan. Su huella. Y ese brillo permanece en nosotros a lo largo de toda nuestra vida. Es con ese brillo con lo que tenemos que quedarnos. Y con nada más.
Mientras la escuchaba, cogía puñados de arena y la dejaba escapar entre los dedos, como tantas cosas había dejado escapar de su vida. Unas de forma voluntaria, otras, la mayoría, sin apenas haber sido consciente. O habiéndolo sido demasiado tarde como para impedir que sucediera. Se quedó mirando una de esas estrellas pensando en lo que Ella le acababa de contar. Irradiaba un brillo blanco muy intenso, casi cegador. Le entristeció la idea de pensar que ya llevaría miles de años muerta. Pero le reconfortó saber que su brillo aún seguiría ahí para poder ser contemplado durante muchos años más.
—Y entonces dime, ¿sigues pensando igual? —la pregunta lo sacó bruscamente de sus pensamientos—. ¿Sigues pensando que no vas a volver a mostrarte tal como eres ante nadie? ¿Que no vas a volver a darlo todo por alguien? ¿De verdad piensas así?
Dejó caer la arena que quedaba en sus manos y la miró. Pero algo nuevo había en su semblante. Sonreía, pero esta vez lo hacía con los ojos, y éstos volvían a tener luz en su interior. Una luz clara y llena de vida.
—Sabes que no —dijo con decisión—. Sabes que voy a volver a sentir ese cosquilleo en el estómago cuando alguien empiece a gustarme. Y que voy a volver a hacer las típicas tonterías como acompañarla a su casa, o ir a un sitio solo porque sé que va a ir ella también —su voz se iba reforzando con cada palabra—. ¡Pienso besar como aún no he besado a nadie en mi vida! ¡Y sentir cómo se eriza de nuevo mi piel al contacto con otra piel desnuda! ¡Sé que voy a volver a experimentar la emoción de disfrutar de un cuerpo nuevo por vez primera! ¡Y que volveré a abrazar a alguien de esa forma en la que el resto del mundo desaparece! ¡Pienso…
—¡Vivir! —lo interrumpió Ella—. ¡Piensas salir a vivir!
—¡Así es! —exclamó eufórico. Pero entonces un atisbo de duda cruzó por su cara un momento—. Aunque de nuevo estaré corriendo el riesgo de volver a caer...
—Ese es el precio que se paga por vivir la vida al máximo —contestó Ella con voz firme—. ¿Y no crees que merece la pena correr el riesgo?
Él desvió su mirada hacia la oscuridad del horizonte y respiró profundamente.
—Por supuesto que lo merece.
—Bien —dijo Ella complacida—. No sabes lo mucho que me alegra oírte decir eso.
Volvieron a quedar en silencio. De repente las estrellas parecían brillar con una fuerza y nitidez como nunca antes las había visto. Notó una suave brisa acariciando su cara y eso le hizo sentirse más vivo que nunca.
—¿Te volveré a ver el año que viene? —preguntó Ella.
—Sabes que sí.
Y el reflejo de su sonrisa le iluminó la cara.

*

Justo en ese instante alguien llegó por detrás de él y se sentó a su lado rodeando su cuello con el brazo.
—¡Hey tío! ¿Qué haces aquí tú solo?
—No sé —se encogió de hombros—, haciendo balance supongo.
—¡Pues deja ya de hacer balances y vamos a bañarnos! ¿no? ¿Qué sería de esta noche sin nuestro tradicional baño nocturno?
En ese momento varios de sus amigos pasaron corriendo cerca de ellos en dirección al mar. El amigo que se había sentado a su lado lo miró con complicidad y se levantó para ir tras ellos. Las risas inundaban el aire de la cala.
—¡Claro! —dijo al tiempo que se incorporaba—. ¡Vamos a bañarnos!
Cuando estaba entrando en el agua la miró por última vez. Su amigo, que estaba ya dentro, lo vio mirando al cielo y miró también, extrañado.
—¿Qué miras? ¡Ah! ¡Pero si tenemos luna llena! —y todos volvieron sus miradas también hacia Ella.
—¡Qué bonita está! —dijo una chica del grupo.
—Sí que lo está —dijo él suspirando—. Ella siempre lo está.
Y se internó finalmente en el agua, llegando a donde estaban los demás. Pero ya no era él sino una persona completamente nueva.

etiquetas: luna, playa, noche
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4comentarios 58 lecturas relato karma: 56
#1   Hermoso, una maravilla, me encantó¡¡
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#4   #1 Gracias! Me alegra que te guste! ;)
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#2   Gracias! Me alegra que te guste! ;)
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#3   Gracias! Me alegra que te guste! ;)
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