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Huerta

Una noche de verano en la huerta es para dejarse llevar. Una mínima brisa muy húmeda balancea tres farolillos de papel con una luz tenue que no da para leer pero sí para ver los mosquitillos revolotear. El transcurrir del maltrecho río, unos metros más allá, da vida al terrenico de cada vecino que tan celosamente cuida y custodia de manos ajenas.

Las acequias1 árabes se dan un festín cuando borbotean con el agua de riego y los árboles parecen saber que van a beber. El azahar perfuma la tranquilidad de la noche y alguna chicharra se atreve a interrumpirla frotando su tímbalo2 insistentemente. Quizás sea el celo o el calor. Algún perro se une al ruido comenzando a ladrar tímidamente.

La perfección es la facilidad de coger una fruta de temporada con sabor y color penetrantes, regalo espiritual de la naturaleza. Y mientras lo hago veo en lo alto a esas hermanas nuestras, las estrellas, compuestas de oxígeno, hierro o carbono. Me cuestiono entonces la existencia cuando recuerdo un párrafo de Ernesto Cardenal3:

“¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos.
Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta
estuvieron en las entrañas de una estrella.
Somos polvo de estrellas.”


Me maravillan dichas palabras, de tamaña simple realidad en este trozo de tierra. Es un éxtasis pasar inadvertido y activo, sabiéndome parte de un todo.

Y así es la huerta, un contraste de sonidos, inmensidad, paz y dones.

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1Del ár. hisp. assáqya
2Órgano estridulador que los machos frotan, con un ensordecedor sonido, rechinante o chirriante, para atraer a las hembras.
3Poeta, sacerdote, teólogo, escritor, traductor, escultor y político nicaragüense.
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