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La ciudad es ella

La ciudad es ella.
Me hacía perder el habla, a su lado era torpe y balbuceaba. En ocasiones me dejaba caminar junto a ella, mientras intercambiábamos un par de miradas y una que otra sonrisa, sin embargo cada sonrisa y miradas suyas eran, de alguna manera, formas sutiles de rechazarme, que dejaban, sin embargo, un poco de esperanza para volver a hablarle, a pesar de mi extrema timidez.
La conocí en una tarde calurosa y lluviosa de finales de julio, el olor a tierra mojada inundaba toda la alameda. Yo caminaba a pesar de la intensidad del agua y ella estaba ahí parada en un quiosco, sin embargo aquella mujer de piel traslúcida y con una sonrisa que sostenía en vilo al mundo me miraba, parecía un poco de primavera de anticipo que hacía afrenta a la vida bullente que llevaba. De repente me detuve y me quede parado a su lado, nos miramos un instante sin dirigirnos ni una sola palabra, de mi brazo asomaba tímidamente un volumen de libertad bajo palabra de Octavio Paz que durante largas horas me ha acompañado, ella al verlo abrió los ojos muy sorprendida, lo arrebato de mi brazo, yo sólo reía un poco sorprendido y avergonzado, y después de buscar por un par de minutos me señalo con su dedo índice un verso que decía: óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída. Tras pasar unos minutos impávido frente al poema, alcé la vista y atónito descubrí que ella se había ido.
Tras pasar un par de semanas caminando y recorriendo las calles y avenidas, los parques y glorietas, los zócalos y plazas buscando a tientas, buscando sin encontrar el rostro de la joven de los poemas, así decidí referirme a ella puesto que no sabía su nombre, desistí. Y ahí estaba yo tomando un café, era ya tarde y apenas briznaba, enfrente de mí una joven hermosa que me hablaba palabras ininteligibles e indescifrables; a mi lado izquierdo una pareja discutiendo, ella se quería divorciar de él, él la había engañado con la mejor amiga de ella, trataban de no alzar la voz pero la señora rompió en llanto; a mi lado derecho un chico solitario que observaba continuamente su reloj, esperaba a alguien que jamás llego y tras un largo tiempo se fue. Ella me hablaba y yo me limitaba a asentir, a veces le sonreía, reía cuando ella reía, ponía una expresión sería cuando ella fruncía el ceño. Volteo un par de segundos, ella se acerca, quiere besarme, yo alzo la vista y tras el cristal veo a la joven de los poemas así que me levanto de prisa y dejo un billete en la mesa, me disculpo con mi acompañante y corro lo más rápido que mi cuerpo me lo permite, ella avanza dos calles en línea recta, dobla a la izquierda en la esquina, me ha traído a la alameda -pienso, el lugar está lleno de gente, la pierdo de vista, tras tomar unas bocanadas de aire y fallar en mi misión camino por toda la alameda y al final de mi recorrido me encuentro con aquel quiosco dónde la vi por primera vez y ahí encuentro en una hoja un poema de Octavio Paz escrito a mano por la joven de los poemas, esta vez se trataba de habla ciudad y tras leerlo encuentro algunos versos escritos de la siguiente manera: Hablo de nuestra historia pública, y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía, la ciudad que brota de los párpados de la mujer que duerme a mi lado y se convierte en sus calles y avenidas, autobuses, taxis y cines y TEATROS.
Tras haber leído varías veces el poema pensé que tal vez la joven de los poemas escribió en mayúscula la palabra teatro porque quería que fuera a ver una función en especial, decidí por último ir al teatro de San Ignacio de la llave, las razones que me motivaron a ir a este lugar sobra decirlas, ya que, era el único teatro de la ciudad donde se iba a presentar la hija de Rapaccini, la única obra de teatro escrita por Octavio Paz.
La obra se iba presentar ese mismo día, así que salí corriendo al teatro san Ignacio de la llave para encontrarme con la joven de los poemas. Compre el boleto. Faltaban un par de horas para que la función iniciará, así que decidí esperar sentado en una banca de hierro, al sentarme me di cuenta de que estaba mojada, no me importo y seguí sentando, saqué mis cigarrillos y empecé a fumar. Observe por todos lados para ver si por los alrededores estaba la joven de los poemas, no la vi, en cambio había un viejo sentado en una banca frente a mí, hablaba a solas ¿Con quién hablamos al hablar a solas? ¿Había recordado su pasado u olvidado su presente? Había carros que iban y venían, transitando por la ciudad y alrededor del teatro, rompiendo el viento y zumbando mis oídos, yendo de prisa ¿Adónde vamos cuando vamos de prisa? No sé, no sé ni lo que va a pasar después de esta noche, que triste pasan nuestras vidas, miro el reloj sin comprender nada en absoluto, ya es hora de la función. Apago mi cigarro. Voy a la función.
Entro al teatro y dan la tercera llamada, la obra inicia, no veo a la joven de los poemas, quizá me equivoque e intérprete mal su mensaje, si es así no es mi culpa, el amor es un intérprete obsesivo el cual a veces a cierta, el cual a veces se equivoca. Como sea la obra avanza y así como la obra de teatro avanza así avanza mi vida, de escena en escena. Beatriz fue creada por el doctor Rapaccini, la joven de los poemas existió para mí un día lluvioso y caluroso; por las venas de Beatriz hay veneno que es vida y muerte, los ojos de la joven de los poemas vida y muerte me deparan. Juan le dice a Beatriz: «Perderme en ti, para encontrarme en mi mismo, en la otra orilla, esperándome...» ¿Tras esta noche al encontrarte me encontraré? ¿El buscarte es buscarme joven de los poemas? Viene la última escena y tras esta maravillosa elegía de amor viene lo inesperado, Juan no decide sacrificarse por Beatriz y junto al doctor Rapaccini lloran su muerte, si amar es morir, revivir y remorir ¿Por qué Juan no se sacrificó? La función acaba. Me voy.
Camino por las calles de Orizaba, es ya de noche y hay neblina, el frío penetra mis huesos, meto mis manos a las bolsas del saco, camino dos calles y decido acortar camino por la alameda, camino toda la alameda y no está la joven de los poemas, sigo caminado, estoy ya cansado, pienso que me equivoqué, fui un mal lector de sus poemas, fui un mal intérprete de sus señales. Doblo a la derecha y enfrente está ella, la luna nos miraba, la noche se volvió eterna en aquella callecita desierta
-¿Quién eres? -le pregunto-
-Soy Beatriz y tú Juan -respondió ella-
-No entiendo-respondí todo confundido-
-No se trata de entender si no de sentir -me dijo- 
Doy un paso al frente la tomo de las manos y la beso, al besarla entiendo que la joven de los poemas es la ciudad que cada cien años se despierta y se transforma, la joven de los poemas es aquello que me espera a la otra orilla del camino.

etiquetas: ciudad, antigua
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1comentarios 55 lecturas relato karma: 28
#1   Estupendo me encantó, bien llevado el relato con su final inesperado
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