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Máscaras

Pensaba que era mejor no pensar, ser un robot, un androide en el mundo de los maniquíes, cuando para distraerse, para escapar de aquella cárcel de sonidos sin armonía, fue al lavabo.
Allí se quedaría dormido y le despertarían los golpes que le daba a la puerta un compañero.
Al salir, vio que un hombre de parecida estatura a la suya se cruzaba con él en el umbral.
Algo le chocó de aquel rostro, algo le llamó tremendamente la atención, aunque todavía sus reflejos estaban hibernados.
Luego de retorno a la oficina, metales brillantes, muebles blancos, ordenadores, aséptica y limpia, empezó a penetrar completamente el significado de su absurda desgracia.
Todo parecía igual que antes, pero todo había cambiado; los teléfonos sonaban, las fotocopiadoras repitiendo páginas idénticas, los ordenadores los bucles reiterativos de sus fríos programas. Pero, los compañeros, ¿qué había ocurrido con los compañeros?
¿Cómo podía ser?,¿cómo se puede producir un cambio tan absoluto y repentino?,¿alejarse diez metros, volver, y que todo sea distinto?, ¿darse la vuelta y que todo cambie a nuestra espalda?
Cerró los ojos y pensó cuando los abra de nuevo, todo será tan monótono, tan horrible, tan explicable como siempre. Los abrió y era peor, mucho peor.
Vio una sala, vio unas mesas y gente que trabajaba como siempre, pero todos eran idénticos, idénticos a él, con el mismo rostro triste y la misma mirada, con los mismos labios finos y la barbilla saliente. No había ninguna mujer; todos hombres, todos vestidos con la misma chaqueta gris abotonada, hablando con la misma voz, gesticulando del mismo modo, rasgos, andar y ademanes repetidos; era un libro de páginas replicadas, era la abominable reiteración de los espejos.
El tiempo se ralentizó para él como en una moviola como en un tocadiscos falto de revoluciones.
Todo perdió unos instantes movimiento y cobró una quietud de fotograma inmóvil.
El silencio planeaba lentamente sobre el mundo como un pájaro gigante y transparente.
Sonó un frenazo en la calle. Gritó un perro atropellado y volvieron las impresoras y los timbres y volvió el sonido y su dominio.
Fue pasados unos segundos cuando advirtió que sus semejantes no eran completamente iguales; no todo el mundo tenía la misma edad; el paso del tiempo conservaba su huella inexorable.
Miró a cada uno de sus compañeros.
El botones que traía el almuerzo y llevaba sus dieciocho años a la espalda.
El auxiliar que fumaba en la mesa bordeando la treintena.
El oficial cuarentón que contesta al teléfono.
Eran como versiones de él mismo, versiones perfectas, copias realizadas en edades distintas.
Y el jefe que leía el periódico reclinado en sus cincuenta, debería ser la imagen exacta que surgiría de su cuerpo, cuando pasasen diez años, la imagen del inicio de su futura vejez.
Se sentó en su mesa, abrió el diario, empezó a hojearlo.
En primera plana, una crónica fotográfica. La policía cargaba contra los manifestantes en una lejana dictadura. Tanto las fuerzas de orden público como los rebeldes tenían el mismo rostro; sólo los diferenciaba el uniforme y el tiempo.
En las páginas de cultura, una reportaje sobre “La Batalla de Tetuán”, la conocida obra maestra de Fortuny. Eran dos ejércitos de soldados de plástico, hechos en serie pero vestidos con uniformes distintos; se acuchillaban, se fusilaban, se torturaban hasta el suplicio más atroz, hasta la muerte.
En las páginas deportivas, la alineación del equipo nacional con un mismo nombre repetido, una fotografía de la formación con un mismo jugador multicopiado.
Y ese policía, ese manifestante, ese soldado español o norteafricano, ese jugador, ese portero, ese entrenador eran él mismo; sólo una diferencia apreciable; el atuendo y el tiempo.
Arrullados por los ritmos mecánicos de la oficina, soñó despierto.
Vio una playa gigantesca, infinita como el tiempo.
Vio estrellas en el cielo inacabable.
Vio burbujas elevarse en una inmensa copa de champán.
Vio un tablero ilimitado de ajedrez con incontables peones.
-Señor, señor- Le gritó un cliente.
Su mente volvió a concentrarse en lo exterior; de nuevo la sorpresa le horadó con sus dardos imprevistos; el muchacho que estaba delante de su mesa reclamándole un documento, era distinto a él, en nada se le parecía. Pensó que lo habitual retornaba como el flujo marino. Pero no. Todo seguía siendo anómalo, sólo aquel joven resultaba extraño, a causa precisamente de su normalidad.
Quiso hablarle pero no le brotaron palabras. Pasaron algunos segundos afilados que se le clavaron en la carne. Después el muchacho sin explicación alguna, se dio la vuelta, se alejó hacia la puerta y echó a correr escalera abajo.
Superada su primera indecisión, no tardaría en seguirlo.
Se abría paso entre la multitud indiferenciada. Era una persecución por calles tortuosas y laberínticas. A veces, lo perdía pero acababa encontrándolo siempre.
En una plaza solitaria, lo alcanzó. El joven lanzó una oleada de risa. Se acercó a su perseguidor. Lo miró de soslayo y se arrancó la careta.

etiquetas: fantasía, alegoría
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