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No soy un asesino

Recostado a la pared del cuarto y con los ojos vidriosos, vacíos, veía el charco de sangre que lentamente se extendía por el cuarto... diciéndose a sí mismo casi eufórico: ¡No soy un asesino! No lo soy, no lo soy no lo soy, repitiendoselo muchas veces como para convencerse a si mismo.
Pero allí estaba, un cuchillo de acero gris, manchado de sangre y otra tanta que corría, una vida se iba, que se apagaba lentamente por obra suya, por el filo de un cuchillo frió que había probado la sangre y gustoso también había mordisqueado piel y arterias.
Triunfante... recordaba al psiquiatra, al neurólogo, y los psicólogos, hasta al profesor de escuela que para referirse a el lo llamaba: raro, a los otros que dijeron loco, psicópata o "sujeto con neocortex prefrontal inactivo".
Pero sobre todos triunfó, sobre la maestra que intentaba corregir su problema de lenguaje, sobre el psicólogo que quería mitigar su crueldad con los compañero o del medico que le dijo que debía medicarse, que el no podía controlarse por ser un sujetos con amígdala cerebral hiperactiva, y esto lo haría violento en grado sumo y a su vez carente de empatia.
Él, triunfante con la euforia ya bajando, un poco mas tranquilo, se estaba dejando llevar por el sueño, un sueño pesado como mil elefantes producido por las formas hipnóticas que formaba la sangre en el suelo mientras iba saliendo de los grandes boquetes que había abierto entre el cubito y el radio de la suave piel humana, con su cuchillo.
¡He vencido! nadie, nadie podrá acusarme de asesinato, nadie podrá llamarme asesino... Por matarme a mi mismo.

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