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Reflexionemos

En una noche cálida de junio cuando las alondras hubieron despedido lo que quedaba de aquel ocaso y acompañaban la luz a otro lugar donde poder iluminar a aquella muchedumbre para así empezar un nuevo camino, despertaba del profundo sueño al que fue sometido por sus pensamientos, el único hombre que aún creía en dioses y en la finitud de todo lo inmoral del ser humano.
Cuando hubo despertado contempló maravillado el cielo y vio como el único astro que flotaba palpitando tal corazón de un ángel diáfano y triste pregunto:
-¿Acaso eres tú la única luz que he de ver? Porque siempre eres la que calla a la humanidad y la hace reflexionar.
De repente sobre una piedra en lo alto del castillo, desciende un fulgor de luz y hace aparecer a un joven vestido con capas de oro y brillantes, con rostro pálido como el mármol, ojos rígidos y tristes y manos temblorosas.
¡Durante todo este tiempo que estuvisteis sumergidos en el letargo que la vida os ha condenado yo estuve despierto riendo y llorando por la juventud y la humanidad que hoy les he dejado!
Es la hora en la que el ser humano se ha convertido en un llanto para sí mismo y no sabe si las hojas del árbol del que sostiene sus manos volverán a relucir con cada gota de lluvia.
Es la hora en la que ya nadie escribe en sus memorias, un juicio crítico acerca de él.
¡Hay un olvido sistemático del interculturalismo y la igualdad que no hace más que empobrecer nuestro criterio y forma de dar a la razón lo que nos pide!
¡Preguntarse y comprender! Esa ha de ser nuestra misión con cada rayo que nos ofrece nuestro corazón.
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