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Romeos sin Julietas y Julietas sin Romeos

La primera vez que la vi, sentí algo que jamás había experimentado. Una sensación ajena a mí; era como si no pudiera controlar mi propio pensamiento. Pasó por mi lado levantando una suave brisa perfumada del más dulce aroma. Se sentó justó detrás de mi pupitre, al lado de Ester. Parecía un ángel, y desde ese mismo instante no pude quitármela de la cabeza. En clase estábamos empezando a leer a Shakespeare, y más concretamente a Romeo y Julieta, y la atmosfera embriagadora de la obra comenzaba a proyectarse en mi cabeza. ¡Oh Julieta! ¡Mi Julieta! Pensaba torciendo disimuladamente la cabeza hacia atrás para contemplar su divino rostro. Pasaron los días, pero no me atrevía a hablar con ella. A las pocas semanas Ester nos presentó, ya que ella sospechaba algo, pues me conocía muy bien, ya que nuestros padres eran vecinos de toda la vida, y ella y yo nos habíamos criado prácticamente como hermanos. Se llamaba Valeria. Era fácil perderse en sus verdes ojos, que reflejaban la inmensidad de los mágicos océanos de hierba de las tierras mitológicas del Este. Su mirada era hipnótica, al menos para mí. Sus cabellos dorados resplandecían como el Sol estival, y su rostro parecía esculpido con una perfección milimétrica. Todo en ella era sensualidad y elegancia.
Continuaron las clases, y día tras día la relación con Valeria fue a más. Al principio mantenía las distancias, pero gracias a Ester nuestra amistad fue en aumento. En pocos meses los tres nos hicimos inseparables. Todo parecía ir bien, hasta el día en que me declaré. Yo confiaba en Ester, a la cual le contaba todo lo que sentía por Valeria, y ella parecía entenderme, aunque solo lo aparentaba. Ese día, salimos los tres al Stikers Bar, local donde nos juntábamos la mayoría de estudiantes y jóvenes de la zona. Buen ambiente, buena música y mejores precios. Mike y Daniel, mis dos mejores amigos frecuentaban el local, ya que el garito era propiedad del tío de Mike, y cada semana ayudaban a limpiar después de cerrar a cambio de un pequeño sueldo. Nos saludaron y se sentaron con nosotros. Ellos sabían lo que sentía por Valeria, así que intentaban alagarme con cumplidos, que de otra manera jamás me hubieran dicho. Pasado un rato le dije a Valeria que quería hablar tranquilamente con ella. Salimos fuera. Allí le confesé lo que sentía, y su expresión cambió completamente. Parecía no entender nada. ¿Y todo lo que me decía Ester? ¿Acaso no ha hablado con ella? Mi cabeza se quedó helada. Valeria me explicó que Ester estaba enamorada de mí, y entonces todo mi mundo dio un vuelco. ¿Quién lo iba a decir? ¿Ester enamorada de mi? Nunca lo hubiese imaginado.
Fue en ese preciso momento cuando una inoportuna llamada interrumpió la conversación. Era Ismael, el desconocido novio de Valeria. Un tipo cinco años mayor que nosotros. Esa noche llegaba de viaje, y Valeria quería presentárnoslo. Fue entonces cuando decidimos hacer como si esto no hubiera pasado y seguir adelante. La noche no fue como esperaba. Después de esto, mi relación con Valeria y Ester fue poco a poco desgastándose. Ya no éramos ese inseparable trío que hacía todo junto. Al año siguiente nos marchamos a la universidad sin coincidir ninguno. Valeria se fue al Norte, cerca de Ismael, Ester se quedó en la ciudad, gracias a una buena beca, y yo marché a Europa. Necesitaba un cambio de aires. Años después encontré la obra de Romeo y Julieta en unas cajas que guardaba en mi apartamento de Verona, ciudad llena de encanto, y en la que resido desde hace años gracias a mi trabajo como guía turístico. Todavía hoy, me siento delante del balcón de Julieta, atestado de turistas disparando con sus cámaras fotográficas rememorando aquel primer instante en que vi aparecer a Valeria.

etiquetas: amor, relato corto, microrrelato, poesía
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