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Semillas de amor y muerte

Llevaba tres días seguidos viéndola a través del cristal de mi despacho. Todo en ella era hermoso: Su brillante pelo castaño y suelto serpenteaba en el viento como en un hipnótico baile oriental; sus ojos verdes desprendían una luz mágica, su insinuante figura se vislumbraba a través de su siempre elegante vestimenta, sus andares deliciosamente femeninos, su respingona nariz, su carnosa boca.Todo este despliegue de belleza era observado siempre a la misma hora. El día en que nos conocimos, todo cambió, irremediablemente en nuestras mortales vidas.
Eran las nueve de la mañana y yo esperaba con impaciencia la visión de esa chica. Estaba dispuesto a establecer contacto con ella, de descubrir quién era, o simplemente de conocer su nombre y compartir con esa desconocida unos segundos de mi metódica vida. Salí de la oficina y me dirigí al pequeño parque que había justo enfrente de esta. Me senté en un banco a esperar la llegada de ese ángel. Pensé en que podría decirle al verla, como me presentaría, cuál sería la reacción de ella frente a tan osado desconocido. Todavía quedaban unos veinte minutos antes de que apareciera. A la misma hora de los tres días anteriores apareció ella. Iba perfecta, como siempre, pero hoy se la veía especial, como si la envolviera un aura divina que solo mis ojos podían acertar a ver. Pasó delante de mí, y por unos segundos nuestras miradas se cruzaron provocando que nuestros mundos se fusionasen en uno solo. Yo me quedé callado. Mi cerebro ejecutaba las órdenes correctas, pero mi cuerpo se veía incapaz de responder, y ella pasó de largo. Después de esto todo pasó muy rápido.
De repente, unos metros más adelante se produjo una terrible explosión, que siguió a otras más, retumbando en el aire el miedo y la desesperación. El aire se convirtió en ceniza, asfixiante, mientras las llamas que se alzaban desde el suelo se reflejaban en el cielo como en un inmenso espejo. Me quedé aturdido unos momentos. Al despertar pensé que todo había sido una pesadilla, pero no era así. Todo era macabramente dantesco. Levanté la cabeza, descubriendo grandes aves de metal surcando los cielos ardientes de nuestro territorio. El chirrido de sus motores era ya de por sí espeluznante. Las explosiones continuaron, pero ahora el terror se alejaba hacia el otro extremo de la ciudad. Me repuse y me levanté como pude. Todo me daba vueltas, pero en mi cabeza solo había lugar para esa chica: ¿Dónde estará? ¿Estará bien? Me puse a buscarla mientras veía gente herida y asustada por las calles; También me pareció ver a personas muertas cerca de mí, pero en ese instante no hice nada por intentar socorrerlas. En la calle algunos edificios habían quedado destruidos. Corrí algunos metros hacía donde la había visto por última vez. Allí estaba ella, en la puerta de esa cafetería completamente arrasada por el impacto de las bombas. Todo a su alrededor estaba destruido y envuelto en llamas, pero ella permanecía en pie, con el gesto impasible y la mirada perdida en el frente.

-¿Estás bien, estás bien?-grité mientras le cogía suavemente las manos. No encontré ninguna reacción, así que volví a preguntarla.- ¿Estás bien? ¡Dime algo!

-Estoy bien. Eso creo. - dijo ella con un tono sereno.

A pesar de los sucesos ella parecía tranquila. Como si después de todo, lo ocurrido solo hubiera sido una broma sin importancia. Entonces, me cogió fuerte las manos y me dijo:

-¡Vámonos de aquí!

Las calles empezaron a llenarse de policías, ambulancias, bomberos, gente que intentaba ayudar en todo lo posible, incluso comenzaba a hacerse notoria la presencia de militares. Nos dirigimos a otra cafetería cercana donde el dueño repartía café caliente y agua a todos los afectados. Nos sentamos en una mesa y una camarera nos sirvió muy amablemente dos tazas de café con leche.

- ¿Cómo te llamas?- dije después de dar un sorbo a mi taza.

-Claudia Addkinson.

- Te estaba esperando, ¿sabes?- dije.- Antes de que pasara todo. Hace tres días que te veo pasar por delante de mi despacho, y hoy me había propuesto conocer tu nombre. Claudia, un nombre precioso, como tu simple presencia.

- Gracias.- contestó ella esbozando una sonrisa y sonrojando sus mejillas.- La verdad es que yo también me había fijado en ti cuando te he visto en el banco sentado. Si me paré enfrente de la cafetería fue porque pensé en darme la vuelta para hablar contigo, ya que al mirarte sentí una conexión especial que jamás había sentido. ¿Cuál es tu nombre? Aun no me lo has dicho.

- Me llamo Peter Suvovich.

- Encantada.-sonrió ella.

En ese instante el dueño de la cafetería subió el volumen de la radio, desvelando el misterio de los pájaros de acero que hacía unos minutos habían descargado sus diabólicas bombas sobre nuestras gentes. Todo el mundo guardó silencio, hablaba el presidente:

“Queridos conciudadanos. Una fuerza hostil nos ha atacado cobardemente en nuestro territorio, bombardeando despiadadamente a la población civil, y causando cientos de muertes inocentes. La justicia exige que se tomen medidas drásticas en consideración a estos terribles acontecimientos. Nuestro enemigo más peligroso nos ha declarado la guerra sin previo aviso, y nuestra nación, junto con nuestros amigos y aliados estamos dispuestos a entrar en guerra por la salvaguarda de la paz y la justicia. Atacaremos sin compasión a esos despóticos gobiernos. Por lo tanto, declaro que estamos en guerra contra cualquiera que atente contra las libertades de nuestra nación o la de nuestros aliados”

Así fue como cambió mi vida el día que conocí a Claudia. Por supuesto también la de ella. Después de esto, pasamos una magnífica semana juntos en una pequeña cabaña que mi familia tenía cerca del lago Sanders, entre las montañas O’Kiff. Luego tuve que alistarme. Durante dos años aproximadamente, nos enviamos correspondencia, pero fatalmente la comunicación se rompió. Yo caí en el frente occidental mientras realizaba con mi equipo un ataque a las posiciones más avanzadas del enemigo. Una bala atravesó mi corazón dejando mi cuerpo sin vida en el frio barro del campo de batalla. De ella no he vuelto a saber nada. Lo último que supe es que nuestro hijo Peter había cumplido un año. Un hijo al que no conoceré. Ahora que ya ha acabado la guerra espero que Claudia sea feliz. Deseo que encuentre un hombre bueno, que la cuide y la adore como yo lo hacía, y que se porte bien con mi hijo, aceptándolo como suyo propio. Por último solo pido una cosa: Que ella nunca me olvide y que hable de mí a nuestro hijo. Así, hasta que nos volvamos a ver.

etiquetas: microrrelato, relato, historia, guerra mundial
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2comentarios 39 lecturas relato karma: 65
#1   Pedazo de relato , en el que me has envuelto ... Compañero

Amor y dolor de la mano ...
Y todo lo que deja y salpica despues de ... ya no solo el durante , si no la mancha imborrable que queda después ...

Maravilloso !!!
votos: 1    karma: 39
 *   rebktd rebktd
#2   #1 Muchísimas gracias . Un placer que te haya gustado.
Esto es la vitamina que anima a uno a seguir escribiendo.
Un saludo compañera.
votos: 1    karma: 39