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Tú de rojo y yo de azul

Mayo de 1939. Hacía ya un mes que había caído Madrid, y las tropas nacionales controlaban definitivamente toda la ciudad. El sargento Andrés García, un convencido fascista desde hacía años había entrado en una cantina situada en la planta baja de un deteriorado y viejo edificio que había resistido a duras penas los terribles combates. Seguido de algunos de sus hombres se sentó en una mesa y pidió en voz alta que le atendieran. El tabernero, un viejo medio sordo llamó a alguien. Detrás de la barra apareció una mujer de singular belleza. No era mayor, pero tampoco una jovenzuela. Su larga melena castaña combinaba místicamente con sus grandes ojos color azabache, que su blanca piel resaltaba todavía más en ese fino rostro de nariz respingona. En su mirada pudo notarse la indignación y el dolor de la guerra al acercarse a la mesa de los militares. Andrés la miraba con disimulo mientras alguno de sus hombres hacía comentarios obscenos que el sargento detuvo inmediatamente. Una vez servido el vino, los hombres comenzaron a beber y a fantasear con un mejor destino. El sargento García se levantó y se dirigió a la barra. Allí quiso hablar con la chica, pero en la mirada de esta evidenciaba un miedo teñido del más absoluto de los desprecios.

- ¡Hola!- saludó educadamente el sargento mientras se despojaba de su gorra.- Me llamo Andrés, ¿y Tú?

- ¿Por qué quiere saber mi nombre?- contestó ella sin mirar a la cara a su interlocutor- ¿Acaso piensa detenerme?

- No quisiera ser descortés la próxima vez que me dirija a tí. –rió el sargento.- ¿Entonces, puedo saber cuál es tu nombre?

- ¡Agatha!- dijo secamente la mujer.

- Encantado señorita Agatha. Ha sido un placer. Ahora debo marcharme.

Día tras día el sargento aparecía en la pequeña cantina para poder hablar con esa mujer que lo tenía fascinado. Agatha poco a poco le fue tomando confianza, y al final, se pasaban un buen rato hablando. Uno de esos días, la mujer contó a Andrés su fatal perdida. Su padre y su hermano habían caído defendiendo la República, muertos por las balas de los fascistas, y ella, tenía que hacerse cargo de su pobre madre enferma y de su hermana de catorce años.

- ¿Comprende ahora por qué os odio tanto?- dijo ella con lágrimas en sus preciosos ojos.

Había perdido el miedo, ya que apreciaba un halo de bondad en ese hombre. Andrés no pudo articular palabra. La historia de la chica le había atravesado de lleno el corazón, devolviéndole a la memoria tiempos felices vividos con compañeros que ahora se habían convertido en enemigos de la patria, y que quizá yacían muertos en alguna cuneta. Nunca se habría imaginado que las palabras de una chica fueran más letales que la más fatal de las balas que arrasan cientos de almas en cada batalla. Todos sus ideales, sus convicciones, su manera de entender esta guerra, habían caído como fichas de dominó en un gran efecto mariposa. Intentó disimular las lágrimas que le brotaban de sus enrojecidos ojos, pero Agatha se había dado cuenta. A pesar de su siniestro uniforme, el sargento Andrés García tenía un buen corazón.

- Mañana no podré venir a la hora de siempre- dijo de repente Andrés.-Espérame a la hora de cerrar. Quiero enseñarte algo.

Agatha y el sargento se despidieron hasta el día siguiente. La bella cantinera sentía curiosidad, y tal y como le había dicho el militar, a la siguiente jornada ella le esperó en la puerta de la tasca a la hora acordada. Andrés apareció con un gran petate militar a sus espaldas, saludó a la chica con un beso en la mejilla y la cogió de la mano haciéndole ademán para que le siguiera. Unos doscientos metros después, llegaron a un descampado rodeado de ruinas, las cuales, años atrás habían sido las paredes de un colegio. Allí abrió la bolsa. Agatha se quedó confusa con lo que vio. El sargento esparció una pila de ropa por el suelo: el uniforme de campaña, el traje de gala, las botas, la gorra, su camisa de falangista y algunas medallas que meses atrás lucia con orgullo, conseguidas durante la guerra. Sin decir nada roció todo con gasolina, sacó una caja de cerillas de su chaqueta, encendió una de ellas, y prendió fuego a ese montón ropa.

- He renunciado a mi carrera y grado militar-habló Andrés mientras las llamas se reflejaban en su cara.- Después de escuchar tu historia por fin he despertado de esta pesadilla. Esta noche he soñado con algunos amigos que al igual que tu padre y tu hermano habían decidido luchar por la República, los cuales no sé si viven o están muertos. Pero eso ya no importa, porque no hay vuelta atrás. Lo único que uno puede hacer es volver a empezar de nuevo, pero esta vez haciendo las cosas de manera correcta.

Andrés sacó de su bolsillo un sobre repleto de billetes expedidos por el nuevo Gobierno y se lo acercó a la mujer. Luego, continuó hablando.

- Estos son algunos de mis ahorros. Son para ti. Estoy en deuda contigo por abrirme los ojos. Ayuda a tu madre y a tu hermanita, y perdóname por todo el daño que he podido causar en esta miserable guerra. No te pido que me des las gracias, porque soy yo quien te las debo. Solo querría pedirte un favor. Quisiera poder continuar viéndote. Tengo pensado abrir un taller de carpintería en la calle Mayor, ya que el oficio lo aprendí de mi padre. Hay mucho trabajo ahora que Madrid necesita ser reconstruida, y el Estado necesitará la ayuda de todos los obreros y artesanos cualificados para ello.

Agatha lo observó con sus grandes y profundos ojos color azabache. Ya no existía el miedo en su mirada, y mucho menos el odio, tan solo la compasión y el amor por aquel sargento que había renunciado a todo por ella. El ahora ex sargento Andrés García, tampoco imaginó nunca que encontraría el amor en aquel dantesco lugar llamado Madrid.

etiquetas: microrrelato, relato, historia, crítica social, españa, guerra civil
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