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Caída del Cenit

Vagamente me adentro a un espacio que no es mío; ¿por qué me sorprendo? Si al salir del abismo que se encierra mi mente lo único que encuentro son destinos sombríos. Como ver una tortuga sin caparazón, como ver un ave sin alas, como encontrarme en altamar naufragando en la nada. -Es más profundo que eso pienso…-

Al perecer mi voluntad me ahondo cimbreante por escombros masas que tal parecen dóciles a su regocijo ¿Regocijo? ¡Desgraciados! Pero ¿a dónde se fue el deleite de encontrarse a uno mismo? Ese que los rebaños no han encontrado por su nefasta fidelidad al amo y su pedante mocedad ante la realidad que nos mora.

Deserté de mi rebaño… Al menos eso pensaba, pues no más al caminar me encontraba heces varadas en el camino, solitarias en el ominoso yugo del destierro. Quijotesca mi alma se prestó a mutilar todo pensamiento de hielo y continuó su marcha hacia la cresta del cenit. Un camino solitario horado de quimeras que tanto salmodian las gentes. Un sendero amaestrado que busca encontrar tu catarsis recóndita y tu designio más osado.

Ya en la cumbre y su gloria, las derrotas sabían a victorias pues solo me lanzaba al destierro de mi nube contigua. Al perecer volvía con más dinamismo al venidero pues en cada nube remota conseguía un raudal húmedo que hacía llover toda gota del saber, creando en mi alma un ameno océano del incólume cenit.

¡Ay María! Diosa de la tempestad ¿qué has hecho? Convertiste cada nube en un céfiro de tu maldad y dejaste abatirme más allá del océano donde lo níveo no reina. Denotaste toda la furia del océano en un bramar de nubes súbitas, obligándome a caer directo al fondo del cántaro penitenciario. Ya en la escoria creí ver rostros conocidos ¿será el rebaño del cual intenté escapar?
Lugar muy abundante donde vertiginosamente la amabilidad te embala. Atado ahí, los rostros se ofrecían a quitarme el caparazón y teñir mis alas como si hubiera llegado a su hogar, como su hubieran aburado su alma. Rostros expertos en remover alas inéditas; lo podía apreciar por sus lujosas tijeras. Rostros egregios en tatuarte alas ilusorias prometiendo ser más grandes y caparazones sintéticos prometiendo ser más fuertes. ¿A qué creer? La caída de los cielos es como el choque de las olas con los puertos; una parte coagula erráticamente en el muelle y la otra venturosa se enraíza en la cubre del subsuelo de la arena. Allí en la arena me encontraba, sin caparazón para flotar y sin alas para nadar ¡Qué suerte la mía!

Sería indigno negar que mi agraz vertiginosidad ante la caía no está cubierta de confusión. Hasta el más ilustrado cae en la astenia de volar con el raudal infame de la ignorancia. Hasta el más quijotesco alguna vez se ve arrastrado como tortuga por los mares evanescentes del suplicio ameno de la derrota. ¡Allí me encuentro! Junto al oropel halagüeño de sus encantos y tras rubias amargas de dulzura, encontré un ser que no conocía. Un ser mórbido y ahormado por lascivias coloreadas por las masas funambulescas. Un ser que traicionó toda su honra por complacer cervalmente la plebe, merecedor de cualquier aflicción y amargura tras ajar las afroditas de los cabarés, envilecer a las náyades de su más solemne vergel y peor aún, abandonar sus miríficas costumbres que tantos lauros le habían servido de talante para su odisea. Después del desvarío nefasto solo resta la delación de los seres cándidos de mi devoción y verter en mis hombros todas las atribuciones que el perecer el ocaso y romper el alba son el perenne arrepentimiento de mi lozanía.
Después de un raciocinio diáfano en mis días sobrios no me explico cómo al llegar el final de la hebdómada rindo vasallaje nuevamente a mi pueril arrepentimiento. Se repiten los rostros y la cogorza me enyuga a la más tumultuosa situación. Ya embalado de tantos placeres y lograr fugarme de mi alma en busca de esos efímeros momentos donde creía ser bienaventurado se superpone en medio de la tertulia un santiamén de conciencia.

En mis intentos de entreabrir la mirada para apreciar mi luctuosa realidad veía las mismas sombras tortugas sin caparazón y las mismas aves sin alas, como si apreciara el reflejo de mi espectro. Una se acerca y me dice: tu rostro me es conocido, pero creo que en un sitio muy lejano donde las nubes reinan y la utopía nunca acaba de maravillar la cúspide del cenit. Turbia mi mirada como si me hubieran tatuado las pupilas, pude ver la silueta de este ser análogo en caparazón y en alas a las que tenía. Espantado ante lo visto, siento la gravedad azorada a mis pies y vertiendo en mi mente recuerdos osados del alma aquella que por céfiros turgentes había perdido, siento cuando el aupar de mi alma grácil se transforma en lúcida y tiñe el raciocinio cambiante de mi ser.

Al manifestarse el alba resulta mi despertar en el puerto, siento la pereza de mi voluntad reflejarse en mi testa cansada de impetrar, suspiro entre la salazón y observo hacia la cumbre apacible del cielo. Veo nubes distantes, pero más cerca que el abismo insulso de la ignorancia en el que me encontraba y comienza mi alma a soslayar mis penas y enigmas y apoderándose del raciocinio grita: ¡eres más profundo que esto! …limpio mi cara y emprendo nuevamente mi odisea hacia el cenit.
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¡Despertad Halagüeño!

¿Por qué la insistencia
De tomar control de la sociedad
Y fomentar su homogeneidad
Ante el vulgo y su existencia?

No me ciñe en la conciencia
Lo que con sagacidad,
Hasta la plena autoridad
Ha constreñido en su presencia.

Ante toda decadencia
Y su oprobia contestación,
Los asnos salmodian su canción
Con umbrías en su conciencia.

Y con bandadas triviales en el ara
¡Si!... en la cúspide del vasallaje.
El vulgo y su baladí equipaje,
Constriñe sus rodillas difamadas.

Al dimanar de su artimaña
Me ahondé en un insigne
Acicateado por un Cisne
Que pregonaba hazañas
Desde el tabernáculo de sus letrados.
Y sus cándidos y fecundos magistrados
Eran como dioses del Olimpo,
Causando un pueril abismo en mi limbo
Por tanta magia quijotesca,
Y mi solemne alma dispuesta
A verter rasos ataño,
Que en lo perenne de los años
Sus púdicas y mirificas creaciones
Han osado como bastiones
Lo excelso y apacible de su talante.
Increpando atávicos por delante
Y causando mi ademán ingente
Que tanto la augura de la gente
Había crispado en mi raciocinio
Como quimera de inquilinos

Al despertar mi realidad
Conocí el vergel de mi ciudad.
También pude apreciar el pudor
Con que el cívico y su sudor
Irguieron esta presea
Como toda una odisea.
Tanto en esculpidas esculturas
Como en proverbios y letras puras
Que perecen en la mirada intrigante
De la mezcla del rebelde al volante,
Que fue el nativo quijotesco.
Y junto al mulato ya dispuestos
A teñir lauros miríficos
Prometiendo su ras solemne a ser prolíficos
Ante la albura genocida.
Y aunque hallándose sin salida
Secundaron su braveza
Con arpegios en su cabeza
Del Gran Agüeybana.
Y con ufana heroicidad
Perecieron en sus gloriosos vestigios
Por impugnar el desprestigio
De traicionar su idiosincrasia
Tomaron el vergel de la eutanasia.

Nuevamente el infortunio
Se repite después de cuatro centurias,
Y a pesar de las Lemurias
Se devane un heráldico plenilunio.
¿La realidad?... Hoy es diferente
Ya que el atropello fue inminente
Causando un luctuoso rezago semilunio.

Ese vacío ahora naufraga
Y es trémulo de todo arte.
Porque ciñeron su filosofía por delante
Del vulgo que es quien paga
La desgracia de los insólitos subclavios.

Aunque nuestra sangre aún reluce
Lo que nuestra tierra induce
A la osadía de lo engavio.
Sien de preces en desagravio
Una lid devana en mis labios
Y una esfinge deslíe en despojos
Se le atañe a leguas en sus ojos
Todo lo insulso y deplorable.
Aunque nuestro ser admirable,
Poco etnocéntrico reclama
Todo lo que en el amor emana
En contra del displicente racismo.
Porque la Tierra es raíz del humanismo
¡Si!... La compenetración de almas profundas
Y aunque en la mente se nos inunda
Que el alba boreal es sobresaliente
La ingente del meollo y el austral van en alza
[hacia Poniente.

¡En alza hacia Poniente!

Sacudiendo el salazón.
Quedando en lo profundo la razón
De su deber y reconocer
Que en lo más recóndito de su ilustre oropel
Medra un capullo de nuestro vergel.

Ha de increpar en la alforja
Del sendero, del camino
Que su alba realidad amorfa,
Honra la carcoma que somos aurinos.

Aurinos mucho antes de su aparición
Diversificados en destrezas
Profundas como represas
De la filosofía análoga a la Ilustración

¡Su azoro no me sorprende!
Hasta el águila se espanta
Al escuchar las hazañas
Que el Guatibirí emprende.

Se les crispan las plumas al oír
Que los aires letrados e ilustrados
Fueron alguna vez gobernados
Por pitirres acicateados
En el cimiento de la cumbre.
Y a pesar que se vislumbre
Que nuestro gallo no tiene cresta
La lozanía acogerá su respuesta.

Al menos en ella reinciden
Mis esperanzas lánguidas.
Porque en todas las épocas álgidas
La ilusión halagüeña es la primera que elide.

¡Incógnito! Para el adalid y sus inmundicias.
Pues solo reina la codicia
De su oligarquía y su plebe
Siendo víctimas del despliegue
De tanta sangre y conciencia derramada.
Se necesitan fuerzas armadas
De ética y de moral
Para poder apaciguar
La guerra que los asnos
Han creado para los esnobs.
Destruyendo la esencia
De ser Libre por creencia
Además de por Derechos y Deberes.
Son triviales los saberes
De verter nuestro cabal vergel a sumisión
Del luctuoso vasallaje que dispone la
[llamada “Americanización”.

Cuando hasta el Guayacán centenario
Es numantino testigo y rival
De la profana expresión que hace rielar
A cualquier adversario.

¿América? No es cuna de los del Norte
Sino los que con su porte
Y quijotesco talante
Cultivan la verdad de su carácter.

¿América? Compone todo un hemisferio
Y no la putrefacción de su imperio
A costillas del mundo.
Cuidad “héroes” boreales su rumbo
No estaremos arrodillados muchas temporadas,
Aunque retornen en bandadas
Este pueblo perecerá con su formación
A pesar que no exista compenetración
Entre el tabernáculo cultural
Y la ética gubernamental.

A pesar del daño realizado
Por parte de ambos soberanos
Es deplorable y suplicio saber
Que nuestros caudillos ignoren el deber
Der ser humanos primero.
Y ante todo esto reitero
Trabajar por nuestro terruño,
Siendo un hermético mandamiento del mundo
Al embelesar nuestro nacimiento.
Honrando la presea con el comienzo
De esta odisea valerosa
Y dadivosa.
Mas cuando el vernáculo apacible
De nuestro vergel ineludible
Deja una huella permanente
En lo excelso de nuestra mente
Y en lo más recóndito de nuestro ser;
Identidad que ahondaré hasta perecer.

Aunque en el proceso nunca sea
El talante de ésta odisea
Y cambie menos la actitud
De toda la multitud.

¿Seguiremos como odaliscas
Con todas las inmundicias
Perenne en el corazón?

Nos esfinge y con razón
La perdiz y sus rasos
Que nos esperan con sus brazos
Abiertos en agonía
Sus mirificas estadías
De ser Libre y Soberano.
Lo halagüeño ahonda en nuestras manos.
¡Despertad mis Borincanos!
Con amor y talante de artesanos.
Para mostrarles al mundo el deber
De amamantar a nuestros vástagos con el beber
De ser un valeroso Antillano.
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El Demonio De La Esdrújula

La víbora y Dios cátaro.
Mi fin era su prólogo,
eterno como uróboros,

Demonio de la Esdrújula
hoy canto como gárgola.
Rimando voy sin brújula.
Predico desde el ágora

sin prosas ni parábolas
ni efímeras metáforas.
fluyendo como el líquido
Reflejo de lo idílico.

Mi verso es pitagórico,
sin décima en su métrica,
con diez en lo melódico,
y un veinte en aritmética.

Emerge de un pentáculo
de un libro de la hermética,
reliquia de un oráculo
con letras esotéricas.

Me atrajo con su lírica
hermosa y muy estética
que no era en letra insípida
sino en prosa poética.
Grabó con su fonética
en mi alma, frases vívidas
como una ciencia empírica,
sin ápices de una ética.

Versículo a versículo
me alejo del pináculo,
me acerco hacia lo ilícito
de un negro tabernáculo.

Palabras filosóficas
conforman heptasílabos
bañados de retórica.
Desciendo como un Ícaro

por métrica sin mácula
oníricas e hipnóticas
y un sátiro en la armónica
me hechiza como un Drácula

tan cínico y satánico,
dogmático y heurístico,
su lengua es como el látigo
del trueno cabalístico
que dividió el atlántico
con cánticos etílicos.

El báculo del místico
rasgó mi sesgo lógico.
Mostró lo metafísico
del Verbo cosmogónico.

Su dios no tiene méritos
su meta es el propósito:
lograr un mundo inhóspito
sin esperar más crédito.

Maligna cosa cáustica
mistérica es tu música,
quebró a mil millas náuticas
mi mente fuerte y lúcida.

Surgió de su crisálida
tan frívola, tan gélidas
que heló mi calma cálida
con su mirada tétrica,
palpó mi cara pálida
miró mi alma desértica
producto de sus ánimas
necrófilas, quimérica.

Lloró la bestia histórica
mil lágrimas sintéticas,
criaturas anacrónicas
traídas de otras épicas.

Cual beso de la górgona
petrificó mi médula.
Destruye cada célula
el fuego de su pólvora.

Paralizó mis músculos
carentes del antídoto.
Me acerco a mi crepúsculo
siguiendo falsos ídolos.

Y ahora soy análogo
del cuento de aquel Sísifo
sin tregua para el diálogo
por su castigo mítico.

Soy títere y sonámbulo
vagando en este círculo
que me advirtió el preámbulo
sin vértice en su vínculo.

vaivén del viejo péndulo
rebobinó el cronómetro
mientras volvía, incrédulo.
Déjà vu del fenómeno.

Lo vi en medio del Tártaro,
de ti no hay un homólogo.
Predicho por astrólogos
en la celeste cúpula.

La víbora y Dios cátaro.
Mi fin era su prólogo,
eterno como uróboros,
Demonio de la Esdrújula
hoy canto como gárgola.
Rimando voy sin brújula.
Predico desde el ágora
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Ahormar nuestro dentro

¡No te esmeres por buscarte!
Dice la plebe...

Ya construimos esa parte.
Dice la sociedad...

Y victimas del despliegue
análogo a la frivolidad
¿se me vierte la mente
o es ahormara por la sociedad?

Refuta mi conciencia
de hombro en hombro
sin mucho asombro
fomentan su homogeneidad.

Mi alma casi indispuesta
a teñir lauros amables
pues las heridas inmutables
tras visiones funestas
y dominables
caen en manos sin respuesta
de un pasado que hoy no atañe.

Lo que resta es decadencia
de almas por culpa de la visión
y se vierten serpenteantes
hasta el corazón.
Ahí ahonda la vigencia
análoga a la razón.

Hay algo más que la belleza...
Hay algo más que la riqueza...

Pues la belleza y su sendero
laberíntico en su franqueza
semejante al pasado y venidero
carga aires de realeza.

Y junto a ella la riqueza
apoderándose de la libertad
y escondiendo la verdad
que llevamos en pureza.
Desde los cimientos cognitivos
que al nacer resentimos
llevamos un dentro
en nuestro dentro
además del encuentro
impuesto por la sociedad;
que no es más que austeridad.
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Caracola Mix ba’al

Ubicua /

Germinas/

impetuosa secuencia/

fecundo aliento helicoide /

cíclico background virtual reverbera semejanza/

la ostentación del tesoro del micromapa espiral expandiéndose/

a macroescalas destellantes, aurea cadena de las joyas de Indra, entrelaza la inmensidad/

El Péndulo ondulatorio esparce orden de patrones precisos, lluvia de eslabones configurando la escalera del Nautilos elevándose al cielo del enigma./

Voraz absorción de pixeles, autorretratos revelados exponencialmente en cada curva de sí mismo, redimensionan el lienzo, desbordando el mar toroideal como diseño holográfico del entretejido en la sináptica red fractal: El todo siendo todo/

Oscila infinita, desnuda y de ella emerge arte de proporción divina: Pentáculo omnipresente, “El Hombre de Vitrubio” de Da Vinci; el dodecaedro del “Misticismo Nuclear” de Dalí; en el resguardo de los perros Fu, el símbolo de Osiris: “La Flor de la Vida”; nanotubos; pirámides; cúpulas geodésicas y en el tornillo que las sostiene enroscando /

una sola sustancia, exhalación de polvo estelar, herencia genética propagándose en espiral dialéctico símil al camino arterial de una hoja que descubre la radiografía del árbol o bosque en resguardo por las cornamentas aurales de gemelos irradiados en la propagación energética de un átomo o el sistemas solar, constelaciones absorbiendo energía y expulsando imagen y semejanza, análoga en cualquier GIF de las redes neuronales o de los cúmulos de galaxias, la proyección de una misma cara observada bajo la macrolente de la geometría sagrada del multiverso, en un laboratorio/

la bóveda celeste interpreta el vuelo del halcón al ritmo rapaz del enfoque sorpresa; impasibles corrientes en colisión girando derviches remolinos, es El Mevleví de las Olas; el cadente rastro, desliz de venus; en cámara lenta una planta danza al compás movimiento del caracol de la vida; en escala filotaxica la disposición armónica de ramificaciones en los brazos del universo: ADN, venas, flora y cauces de ríos, como alma de guitarra creando belleza vibratoria en cuerdas generadoras del influjo, líquido sonido nutriente de corazones logarítmicos palpitando melodías en girasoles y margaritas, cada brana confluye con algún habitáculo de Fi colmando precisión ilimitada, la perfecta naturaleza, molde en telarañas, corales marinos o en la manzana al unir las intersecciones del símbolo pitagórico donde emana infinito indigerible coloreando una impresión en la contraída pupila humana, conjugándose como luz perdida en la oscuridad de la escurridiza evolución./

Autor: Ninfa Loza.
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¡Piedad, señor!

Tratando de ahondar en mentes
Que atesoran genes victimarios
De un antaño demente
Y un venidero repleto de adversarios.

Y un tanto pregona mi mente
-en ameno lid siempre- un enigmático progreso,
De las hazañas ingente
que en mis letras y voluntad confieso.

Al menos eso intento,
-Pues aveces dudo de lo qué hay que hacer-
Porque hay algo que ahorma mi invento
Y quedo espectador de un rebaño a punto de perecer.

“¡Piedad, señor, piedad para mi pobre pueblo!”
Decía un ilustre profeta.
Análogo a mi ademán que encierro
En mis ansias de ser poeta.

¡Piedad, señor, piedad para mi Puerto Rico!
Cuando la inminente hecatombe
Tiña pardo el venidero al cual dedico,
Todo designio quijotesco que ciñe la Patria del Hombre.

¡Piedad, señor, piedad para mi terruño!
Repleto de surcos capitalistas
Y para sus obreros cuando icen bramares de puños
En contra de las garras imperialistas.
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Canción por crear

¿Por qué nunca dibujó un pentagrama sobre la arena?
¿Por qué nunca cantó una canción veraniega?
Porque allí, como una alhaja brillantina se proyectaba la clave de sol:
fija en su pecho sepia.
y por dentro de los bolsillos de las
olas, perlas negras y blancas;
listas para ser distribuirlas sobre la partitura.
Ahí permanecía la luna, análoga al silencio de una nota blanca;
inserta en el cordón de las constelaciones,
parecida al lunar marcado en el lado izquierdo de su cuello.

Había suficiente extensión de hilo musical
y el horizonte contaba con cinco líneas paralelas inseparables.
Estaba el director de orquesta sobre la tarima del surfista,
como una estatua gigante, con su espada:
que no era más que una batuta de cedro
y el público aguardaba hasta quemarse.
Pero el movimiento sinfónico aún fluía por el río;
quizá por la fuente, por algunos manantiales o por el desagüe.

Había acústica, luz, eco y demasiado superficie arenosa.
La sirena, tenía muchas ganas de cantar;
el arreglista poco deseos de componer y de inventar;
el músico, tanto coraje de tocar,
y el público, cuánto anhelo de escuchar.
Había espacio, sombrillas y algas para comer;
escaleras que conducían hasta la cima de las palmeras,
para ver mejor; aplausos de las olas, espumas espirituales, delfines
y suficiente tinta de calamar para autografiar.

La botella ambarina fue encontrada
en tu playa en ese mes impar
y atesoraba versos y pocos mensajes;
buscaban algún sonido envolvente;
pretendían ser canciones y amos de una voz que las interpretaran.
Porque los cangrejos conectaban los cables hasta su madriguera
y la corriente marina extendía sus brazos largos hasta la ciudad y
y ninguno pudo danzar con su amor en fechas decembrinas:
quizá con la venidera lluvia de octubre próximo,
germinen melodías y en lo sucesivo,
los versos bailen temporalmente otras sonatas.

Las siete piedras lanzadas
no alcanzaron a engancharse
entre las imaginarias líneas de la partitura.
Entre tanto, prevalecen escalas que conducen hacia el foso del mar,
donde siempre suena la silente novena nota musical.
Ahora, en lugar de playa, priva un interludio
tan colmado de cactus contenedores de agua, nomenclaturas,
armonías, pasión, creatividad y
recitan poesía con un sonido proveniente del mar de fondo.
Algún día nuestra canción primogénita emergerá desde lo hondo.
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