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Tierra de pinares

A esta tierra que regreso,
cercenada de progreso,
vuelvo corto de equipaje,
mi ropaje es el coraje.
Siempre parece que enferma,
por barbechos, porque es yerma,
por esos campos de eriales,
de tomillo y matorrales.
De la gente seria y seca,
de frunce de ceño y mueca,
de pueblos en el olvido,
vacíos y envejecidos.
La tierra se torna de ocre
cuando ya termina el viaje,
tierra de pardos colores,
tierra de áureos trigales.
Arde la piel con el hielo,
la escarcha se graba a fuego,
y entre caminos rurales
se queman los rastrojales.
Sufre el pueblo las traiciones
de soberanos y nobles,
de los señores feudales
y de tantos cardenales.
Eresma, Voltoya, Moros,
apenas agua de lloros,
traen tus pobres caudales,
como estampas otoñales.
Al pastor y su rebaño,
sobre eternos calvijares,
le vigilan los milanos,
huraños y desafiantes.
Y te retratan sin flores
y privada de colores,
y están teñidos de sangre
tus campos y pastizales.
Los prados con amapolas,
de volubles zarzamoras
las cunetas y canales,
por guerras de carcamales.
Y al lado de las riberas,
entre valles y laderas,
lo bosques parecen mares
de pinos y de encinares.
Disfruto tus tradiciones,
tus danzas y tus cantares,
las costumbres y el folclore,
de tus fiestas patronales.
El Abrego se derrama
entre el cardo y la retama,
esparce los abrojales
y mece los enebrales.
Viento que trae fragancia,
a resinas o a lavanda,
a incienso en los funerales,
a muerte en los secarrales.
Pero siempre que te miro,
con el sol en lo más álgido,
tus paisajes son radiantes
con ese aire crepitante.
En las entrañas te llevo,
a tu casta y tu linaje,
los ásperos corazones
de la gente de mi sangre.
Porque no olvido tu escuela,
las niñas con la rayuela,
y a esos amigos leales,
amigos desde chavales.
Porque adoro los calores,
los fríos y los olores,
los perfumes de tus aires,
y el ocaso de tus tardes.
Y por eso siempre vuelvo,
gallardo, gentil, esbelto,
un nómada y trashumante,
como vuelve el emigrante.
Como Machado regreso,
regreso a mis soledades...
La piel y el terreno seco,
a esta tierra… de pinares.
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Mar adentro

JUEGAN ABUELO Y SU NIETO
corriendo la playa abajo,
atropella a los morenos
su viejo balón hinchado.

Y "ay, chico, como se giren
por darles un balonazo.
Cuidado con lo que haces,
de sus espaldas un campo."

Y "pobre del que me mire,
pues una ojeada suya
o un reto de sus pupilas
harán desatar mi furia."

El abuelo se asustaba
con la dirección del viento,
lanzaba el niño la bola
adonde esperan los cuervos:

Un vendaval va volando
al ritmo de su patada
y baila con el balón
y tropiezan con el agua.

El viejo, aburrido, mira:
"Pues en casa no tenemos
y ahora que lo has perdido
a saber qué es lo que hacemos."

"Ojalá alguien nos ayude y
podamos ir a buscarlo
y a salvarlo de las algas,
pues es lo único que amo.

¿Y si el mar se pone bravo?
Dime entonces tú qué haremos
si el mar va y se pone bravo.
Dime entonces, dime, abuelo.

¿Y si el mar se queda quieto?
Lo intento pero no aguanto
pensar que se queda quieto
con mi juguete jugando."

...

Se sonríe allí mirando
a las olas cómo juegan
con las puntas de sus dedos
ya grabados en la arena.

Ahora él dice que vienen,
pero basta que le escuchen
para imaginar un reto
y cambiar fieras su empuje.

¡Nunca vio espalda tan ancha
en la que perder el rumbo,
tan oscura, tan oculta
y ante los ojos del mundo!

El chico con ojos niños
sentado a la vera suya
adentro, muy dentro, piensa:
"Ojalá no vuelva nunca."
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El poeta

Murió de un ataque de lirismo, según reza el informe forense. Sufriendo desde su juventud una inclinación enfermiza por los versos de arte mayor, y tras una intensa noche debatiéndose en la locura de unos tercetos encadenados, rompió definitivamente con los endecasílabos para decantarse por los octosílabos asonantes en los pares del romance más tradicional, que siempre, generoso, liberó a los impares. Envuelto en las dudas, caía por momentos en la tentación de las décimas y sus redondillas aconsonantadas, ensayando febrilmente la musicalidad de la espinela con su pausa obligatoria.
Tal vez fue un exceso de belleza, o de tristeza, o de emoción, o de armonía, o de vacío, o de realidad o de agónica verdad hallada en un verso definitivo, absoluto y necesariamente mortal. Pudo ser un alejandrino fracturado en sus rotundos hemistiquios o, por qué no, un humilde heptasílabo fugado de alguna lira.
Sobre su lecho, yacía desversado el poeta: todos los poros de su piel rezumaban ocasos rotos, alguna estampa otoñal, soledades marmóreas, abrazos imposibles, encendidas pasiones, lágrimas sordas, mirlos blancos y hasta alguno de esos amores eternos que te arruinan la vida y te condenan las letras.
Al retirar el cuerpo, sobre la sábana vertidos, un sinfín de versos libres estamparon la más bella e inefable composición jamás imaginada.
Los empleados de la funeraria y los escasos testigos allí presentes fueron convenientemente aleccionados y advertidos del riesgo de contagio. Tomaron las debidas precauciones.
La sábana fue incinerada.

© Yolanda Gracia
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Amor platónico

Pasas delante de mí, me oculto
y no te conozco,
pero deseo estar a tu lado,
¿no resulta irónico?

Me miras, sonríes y saludas,
se enciende mi rostro
del tímido color vergonzoso,
de un pálido rojo.

Y sigues, sin parar, tu camino,
jovial y con gozo,
y yo quedo dolido y lloroso,
hundido en el lodo.

Contrastes del amor imposible,
quizás misterioso,
de ese joven soñador romántico,
por siempre platónico.

No ser correspondido difiere
con querer a fondo,
y un corazón que late fogoso,
con corazón roto.

Como el viento que arranca las notas
en un dulce soplo,
y torna en un quejoso lamento
con su silbo ronco.

Como esas lágrimas transparentes
que vierten los ojos,
y semejan al tibio rocío
llorar tembloroso.

Como lánguidas hojas que caen
en un nuevo otoño,
al manto dorado
que parece de oro.

El contumaz y retumbante eco
que me deja sordo,
pensamientos que angustian la mente
gritándome a coro.

Así fue mi amor idealizado,
sutil, sigiloso,
dañino, cruel, oculto en la sombra,
pero...tan hermoso.
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Una lágrima helada

Bajo un ventilador,
tendido sobre las sábanas blancas,
esperando la noche,
y soñando con que acuda a mi cama.

Que al entregarle mi obra,
los versos en los que desnudo mi alma,
se enamoren sus ojos
en esta noche de fiesta y de gala.

Al llegar al salón,
bajo una difusa luz azulada,
relumbra su silueta,
el sutil contorno de la elegancia,
en el vestido negro
que ciñe sus bellas formas delgadas.

Y al comenzar la música,
donde las notas silencian miradas,
ojos tristes se esconden
tras una máscara, tras la arrogancia.

Deserta la sonrisa
de su boca lánguida y sin palabras,
muda y tan taciturna,
más su rostro dice, lo que ella calla.

Lo que yo vi esa noche,
no fue una dama, más bien un fantasma,
el desalmado espectro
que al amor le daña, o quizás le mata.

Y al llegar la mañana,
solo reposa sobre mi almohada,
una lágrima helada,
la de la tristeza por esa ingrata.
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Un tranvía llamado "deseo"

La próxima parada,
en el andén la espero,
y llega en el tranvía
que llaman del "Deseo".

Paro en las estaciones
del plano de su cuerpo,
en viaje de placer
que al fin llega a su lecho.

Entre sábanas blancas,
que el ardor ha deshecho,
empiezo a recorrer
la piel y sus senderos.

Al tacto de mis manos,
se enreda entre los dedos,
la suave cabellera
que forma el fino pelo.

Mirada angelical,
por la que siempre tiemblo,
envuelta en unos ojos
que brillan como el fuego.

La boca de contrastes,
con ese labio seco,
que esconde ansiosa lengua
y sus jugosos besos.

Es fina y perfilada,
voraz hasta lo obsceno,
cuando al morder los labios
me incita con su juego.

Caricia de la piel
la de su esbelto cuello,
tan delicado y terso,
como en la flor los pétalos.

Y el viaje continúa,
hasta llegar al cielo,
hasta esas firmes cumbres,
testigos de mis vértigos.

Volcanes tan perfectos
do se derrite el hielo,
del corazón ardiente,
debajo de sus senos.

La línea de su espalda,
que acaba en su trasero,
es la preciosa curva
camino del infierno.

Infierno al que va un valle,
talado de su vello,
allí donde reposan
mis más perversos sueños.

Te privas de la braga,
mi rostro queda trémulo,
al descubrir la flor,
la clave del Misterio.

La mecen mis suspiros,
el caluroso viento,
que brota del aliento
en sofocante Céfiro.

Y se ancla entre tus piernas,
en el acuoso sexo,
en trance tan violento,
el lujurioso miembro.

De los gemidos se oye,
atronador el eco,
jadeos y sofocos,
y dulces los lamentos.

Como el pintor esboza
los trazos en el lienzo,
como el poeta escribe
sus más ardientes versos,

como ese que de arcilla
al tacto hace el modelo,
o el que en la partitura
compone un ritmo bello,

así, cuando al compás,
en brusco movimiento,
se imanta nuestra piel,
y me introduzco dentro,

en ese gran momento,
que nubla pensamientos,
do se detiene el tiempo...
viajamos en secreto.
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Qué quiero

Yo quiero enamorar a una muchacha
de labios como pétalos naciendo,
yo quiero una muchacha enamorada
con ansias de aguas claras en su cuerpo.

Yo quiero un corazón de alba rosada
henchido de pasión en sus dos pechos,
yo quiero despertar una mañana
eterna de caricias y de besos.

Yo quiero ver llegar del mar su barca
y a sus muslos las olas envolviendo.
Yo la quiero desnuda en una playa
con su ropa esparcida por el viento.

Yo la quiero crear con desearla,
con el fervor ardiente del deseo.
Y no está, no te creas, tan lejana:
soy quien quieres, sabiendo lo que quiero.


Imagen: Mónica Bellucci, en Pinterest.
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6comentarios 153 lecturas versoclasico karma: 80

Se apaga el amor

Se apaga la llama, lentamente,
como de árbol seco cae la hoja,
como torpe llega otro noviembre,
y a la arena a morir llega una ola.

Lenta, como el sol cuando amanece,
que cambia la noche por aurora,
y es la luna, ahora, la que duerme
en el cielo inmenso que es su alcoba.

Como por el cristal transparente
la lluvia desliza finas gotas,
o como aquellos copos de nieve
que en manto blanco ahora reposan.

Despacio, como el rito solemne
de las campanas que 'a muerto' tocan,
en ese tañer triste y doliente
del acero que tiembla y que llora.

Así huye el amor todas las veces,
cuando ya no hay besos en su boca,
o se va borrando de la mente
su imagen antaño cegadora.

Y siempre es así como sucede,
se esfuma el sonido de las notas,
al ritmo de los suspiros breves
o al de las miradas melancólicas.

Se acabaron las ganas de verte,
por fin enterradas en la fosa
del recuerdo dañino que muere
y queda olvidado entre las sombras.

La herida mortal es solo leve,
y queda el dolor conmigo a solas
porque no lo llevan como a Bécquer,
entre la espuma envuelto, las olas.
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Besos furtivos

Se enciende la noche
de lunas y estrellas,
y brillan sus ojos
como bellas perlas.

Miradas sutiles,
quizás indiscretas,
que turban su cara,
azoran e inquietan.

Se ignoran discretos,
venciendo sospechas,
porque por sus mentes
ya fluye una idea.

Y al salir del bar,
siguiendo sus huellas,
tras volver la esquina
percibe su estela.

Persigue un impulso,
la pasión secreta,
que abrasa su espíritu
al tenerla cerca.

Encuentro furtivo
que enciende la hoguera,
del feroz deseo
de bocas sedientas.

El tacto de labios,
la lucha de lenguas,
que húmedas se incendian
con suma cadencia.

Por los callejones,
entre finas nieblas,
se ocultan las sombras
de un par de siluetas.

Y en el tiempo oscuro,
en la noche negra,
dos cuerpos unidos
juntos se calientan.

El instante mágico,
letra de un poema,
cuando dos amantes
se besan y besan.
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En la iglesia...

Soledad oscura,
clemente silencio,
lo que necesitan,
mi mente y mi cuerpo.

En la fría iglesia,
el solemne templo,
entre sus paredes
resuenan los rezos.

Los rezos de monjas
ocultas tras velos,
que elevan sus voces
clamándole al cielo.

Y por las vidrieras,
que son sus luceros,
los rayos del sol
dibujan senderos.

Senderos que llevan
a mis pensamientos,
por otros caminos
que encuentren los sueños.

Titilan las llamas
de velas con fuego,
trazando en las sombras
murmullos inquietos.

Las sombras que esconden
profundos lamentos,
de los tristes fieles
que ven todo negro.

Y el cirio se apaga,
susurran los vientos,
el humo se eleva,
perfuma el incienso.

Frente a su retablo,
medieval y austero,
el ara imponente,
vestigio del tiempo,

donde se proyecta
simbólico el cielo,
sobre el duro banco,
al Dios del madero,

contrito y medroso,
faltando el aliento,
a ese Dios anónimo
hincado en el suelo,

con la voz gastada,
apretando el pecho,
al Dios en que creo...
le cuento mis miedos.
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Ya no escribo de ti

Ya no escribo de ti,
ni de mi,
ni de nada.

Es que así debe ser
cuando a uno
se le vacía el alma,
y se mueren las ganas,
y se marchita la fuente
de agua bendita
que tus rezos y conjuros
hacían fluir
en nuestras noches sin luna.

Fuimos dos fotones
cuanticamente entrelazados,
─aparte de enamorados─
sí, entrelazados.
De esos que se entienden
a distancias luz,
de esos que sienten
lo que el otro siente,
sufren
lo que el otro sufre,
en el mismo instante poético.

Fuiste siempre
mi rima asonante,
sin importar mis tildes,
ni mis agudezas.

Fuiste siempre
la rígida métrica
de metáforas alucinantes
que mantenía
mis aguas en cause;
evitando siempre
que mis universos
se desbordaran
por mis tristes,
melancólicos
y profundos
agujeros negros.

Fuiste
todas las dimensiones
que me hacían falta,
más allá del fugaz
y efímero
espacio tiempo
de esta ridícula
existencia temporal
a la que fui confinado
por los dioses
de todos los universos.

Fuiste
big bang de colores
por un tiempo,
el origen de una vida
que no conocía,
─o que no me atrevía a conocer─.
Pero también fuiste
la extinción de dinasourios
y del oso hormiguero;
y también...
el apocalipsis apoteósico
de todas mis realidades.

Y por eso es que
ya no escribo de ti,
ni de mí,
ni de nada.


@SolitarioAmnte / vi-2017
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Haya paz...

Cuando la niebla se eleve y se atisbe
la claridad,
y sobre el campo de batalla quede
la soledad,
solo habrá víctimas, ni rastro de
humanidad.

Cuando en la retina quede la imagen
tan abismal,
de la infeliz madre sin consuelo, harta
de sollozar,
con su hijo inerte en su regazo, ¿quién
la ayudará?

¿Quedará el mundo vacío de gente
loca de atar,
por la que los demás no nos tengamos
que avergonzar?
Es mi esperanza, y a la vez mi duda
existencial.

¿Será en esta vida o en la otra, será en
el más allá?
En paraísos que locos prometen…
¿allí quizás?
Solo queremos vivir en un mundo
donde haya paz.
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La noche

En noches de gatos pardos,
noche enjoyada de gemas,
que relucen en el cielo
como si fueran estrellas.

En noches de blanca luna,
cuando la luna está llena,
donde los lobos la aúllan
ocultos tras la arboleda.

Noches de paz y sosiego,
de amor en la Nochebuena,
noches de celebración,
diversión en Nochevieja.

En el invierno más frío,
abrigadas con la niebla,
y en el cálido verano
deseosas de ser frescas.

Noches calladas y tristes,
a unos les vence la pena,
y aquellos más jubilosos
prefieren ir de verbena.

De noche cantan los grillos,
y la lechuza te observa,
la luciérnaga reluce,
y el murciélago planea.

Noche hasta que llega el día,
en la muerte, noche eterna,
mas cuando la vida vive,
noche de feria y de fiesta.

Entre sábanas de raso,
amando bajo la tela,
noches de breves amantes,
clandestinas y secretas.

Amantes más recatados,
tendidos sobre la yerba,
bajo la celeste bóveda,
observan a Casiopea.

Cuando los sueños se quiebran,
noches que pasas en vela,
y en las noches más felices
sueñas con bellas quimeras.

Noches que esconden ladrones,
de esas que ocultan reyertas,
de sombras y de furtivos,
burdeles y calaveras.

Cuando llaman a maitines,
a coro las monjas rezan,
en las noches de vigilia
despierto está el centinela.

Y a la pregunta del niño,
¿cuándo la noche comienza?
tiempo mágico y oscuro,
es noche desde la cena.

Noches que mueren al alba,
cuando el cielo ya clarea,
y al ocaso resucitan,
cuando la tierra se ciega.
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En la noche de los sueños

Sueña mi anhelante boca
con unos labios jugosos,
que la colmen y la sacien
de besos libidinosos.

Y despierta acartonada,
deteriorada y sedienta,
en la noche de los sueños
no hubo beso, solo afrenta.

Sueña el iris de mis ojos
con otros ojos clavados,
con una mirada ardiente
de la pasión inyectados.

Despiertan atormentados,
humectantes las pestañas,
en la noche de los sueños,
¿en mis ojos?…solo lágrimas.

Sueña la piel de mi cuerpo
con las yemas de sus dedos,
sueña mi mano traviesa
con la cumbre de sus senos.

Despierta la dermis fría,
trémula por el desplante,
en la noche de los sueños,
nadie acarició a la amante.

Sueñan encima del vientre
revoltosas mariposas,
coloridas y vivaces,
con otras aún más hermosas.

Despiertan descoloridas,
borrosas, en blanco y negro,
en la noche de los sueños,
extinguiendo su aleteo.

Sueña el delicado oído
con música celestial,
con las notas que desprende
una boca al suspirar.

Despiertan rotos los tímpanos,
por ruidos atronadores,
en la noche de los sueños,
los ecos de desamores.
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Te deslizas en el aire

Te deslizas en aire
de las tardes transparentes,
en el agua de las rocas,
en el eco de las fuentes.
Tu imagen llevo grabada,
tu voz tan tierna y silvestre.
Tus ojos de río surcan
las riberas de mis sienes.
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Con el tiempo he aprendido

Con el tiempo he aprendido que la primavera se puede detener,
que el arpa del ángulo oscuro puede que ya no esté,
que la esencia de la poesía está tan deteriorada que puede desaparecer,
y que el encuentro del huracán y la torre, el océano y la roca, sí pudo ser.

Con el tiempo he aprendido que la llama de tu amor se apagó en un momento,
que a veces los sueños no son solo sueños,
que de esa noche no fueron los más tristes ni los últimos versos,
y que ahora el amor es más largo que el olvido y ni siquiera es verdadero.

Con el tiempo he aprendido que la tierra verde no se había ido,
que el caminante volviendo la vista atrás se pasó el camino,
que ahora todos quieren ser el pirata marginal con su Temido,
y que el olmo seco, a pesar del milagro tan anhelado, fue vencido.
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La rueda de las estaciones

Nos hace soñar
la danza del tiempo.
Pasan como un soplo
verano e invierno.

Las plantas, los árboles
transforman su aspecto,
muestran su esplendor
en mes abrileño.

El verano llega
en solsticio pleno.
Los días son largos,
vibrantes, intensos.

Cuando llega otoño,
sopla fuerte el viento.
Con desnudas ramas
aparece invierno.
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4comentarios 276 lecturas versoclasico karma: 46

Amado

Triste lamento,
corazón frágil,
nave sin puerto.
Si fuera fácil
besar tus labios,
tu cuerpo grácil,
entre tus brazos
haría nido,
amor amado.
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Niña en el bosque

Los frutos del bosque
comía la niña
entre verdes hojas,
rojas y amarillas.
Sentada en la hierba,
las aves la cuidan.
Los esbeltos árboles
por ella se inclinan.
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A fuerza de amar

A fuerza de amar, amor,
hay un quebranto en mi pecho,
se deshacen en añicos
los cristales del anhelo.
A fuerza de amar, amor,
ando descalza entre ellos.
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