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Souvenir

(Cimentière Montparnasse)

Vallejo está en su tumba guardado,
bien guardado, al fondo Montparnasse
con su torre negra y su tapiz de razas.
Los muertos arropados por el mustio recuerdo
oyen ruido de rosas y feliz aguacero.
París es una fiesta de gentes
y los muertos se ríen desde el silencio,
mientras mi corazón se inclina,
delante de las tumbas, hacia ellos.

Vallejo está sin César bajo la sepultura
y me alegro de verte buen amigo
con tu salud, tu vida, tu mirada,
siempre tan cuñadito y a lo lejos
los frondosos castaños parisinos
que tú tanto gustabas.
Julio con su Cortázar y sus cronopios
da un juego interesante
mientras revolotean por su tumba
meopas y pameos que dibujan rayas ambiguas en el cielo.
Baudelaire escondido entre la hiedra fina
va deshojando, alegre, flores marchitas
y Alhekin le acompaña en una partida
sin final y sin causa.

Vallejo está perdido entre ángeles caídos en el suelo,
como hojas de otoño
sobre lápidas que sus nombres ignoran:
Beckett, Sartre, Maupassant.
París es una tumba inmensa.
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Bohemio de Bohemios

BOHEMIO DE BOHEMIOS

A fountain’s pulsing sobs—like this my blood
Measures its flowing, so it sometimes seems.
Charles Baudelaire

Un bohemio de bohemios

considerado por muchos

el Dante de una época decadente

el padre del simbolismo francés

el poeta maldito

el hombre, la leyenda

el creador de las flores del mal

Charles Baudelaire

bohemio de bohemios

la vida para ti fue una locura total

nada te importaba

tu vivías la vida loca

como un bohemio sin freno

que escribió los versos más oscuros

amargos, tristes y dolorosos

pocos saben que dejaste una novela

algunos esbozos de obras teatrales

admirador de Poe

seguidor de la locura

bebedor inaudito

maestro de los versos

traductor y bohemio

poeta maldito

sabes poeta

un día soñé

que comías junto a un cadaver

como si nada estuviera pasando

a un lado tuyo estaba sentado el gran Roberto Bolaño

y al otro extremo de la mesa el gran Edgar Allan Poe

los tres conversaban y tomaban como locos

botella tras otra

cigarro tras cigarro

conversando tres maestros

sentados en la misma mesa

todos allá en el infierno

bebiendo la sangre de todos

en medio de la oscuridad absoluta

mientras florecen las flores del mal

tres locos conversando

tres escritores y poetas

a quienes este servidor

admira con gallardía

bohemio de bohemios

a ti te dejo estos versos

Hagamos todos juntos

un viaje al infierno

donde la música ligera

donde el humo vuele por todos lados

donde el licor vaya de esquina en esquina

como si nada

como si todos

estuvieran celebrando

al estilo de bohemios

de poetas y locos.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Junio 2016.
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Esplendente

El bálsamo para todo es agua salada:
sudor, lágrimas o mar…
Isak Dinesen

…igual a las mareas que por ella suben
como a un acantilado.
Charles Baudelaire


Aquí va tu agradecimiento al mar.
Por acá, dejas tus solubles joyas:
lágrimas del crepúsculo nublado.
Allá, la marea menor de zapatos
trazo de estelas inimaginables.
La ropa: parda bruma, grises olas;
tu sostén, desleído en esta orilla.

Todos los mundos de nuestras edades
juventud y vejez se arremolinan.
De ajenas latitudes llega el bálsamo:
con su bajamar de lunas congrega
esta claridad de tu ser perfecto… 
torrente cual cresta de marejada
y estuario tibio de los días solares:
resuello contenido entre tus senos.

Desnudas al cenit horizontal.
Desnudos, somos nocturno bestiario.

De entre las mareas a la luz de luna
la plenitud deviene con tu olor:
retumbo de corrientes abisales
y ese resabio es la otra saliva.
En comunión de las aguas saladas,
oceánico es el origen del mundo;
entre los muslos ceñida humedad
y el jadeo, nuestra agridulce arena.

No es nicho ni espuma en busca de ahogo:
es un suave soplo al plexo solar.
¿Ave Fénix, tal vez, que se repite
en ajenas riberas de los otros
y en nosotros es única y puntual?
¿Dónde están los límites de los cuerpos
que se diferenciaban por caricias
en temeridad y timidez pródigas?

Al amparo de tu ardiente templanza
no olvides los esplendentes momentos.

Aquietado el pecho con la penumbra
en algún arrecife de estas sábanas
mi humanidad, zozobra demudada.

Alejandro Sandoval Ávila
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El panteón negro

Paul Verlaine
bebiendo y llorando solo
ante la imagen de Rimbaud
en el fondo verde
de su copa de absenta.

Rimbaud
que ya andaba lejos
de la elegancia de la desesperación
para ir en busca
de las mágicas formas
de la felicidad
que a todos alcanza.

Charles Baudelaire
quemando su herencia y sus dones
con aguardiente
mientras el demonio
se agita a su alrededor.

Edgar Allan Poe
muerto, borracho, en una fría calle
empedrada de Baltimore
envuelta en misterio.

Y un servidor,
que por un maldito amor
casi no lo cuenta
si los del 112 y mi madre
no me hubieran deslertado,
en mitad de mi suicidio,
para hacerme un lavado de estómago.

Cuidado, joven poeta,
cierta poesía es un fuego salvaje.

Que no es bueno tragarse
más de tres poemas malditos
hasta la maldita poesía lo sabe.
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Los Años que Ya No Regresan

LOS AÑOS QUE YA NO REGRESAN

Yo amo el recuerdo de las desnudas edades,
cuando doraba el sol las marmódeas deidades.
Charles Baudelaire

Los años que ya no regresan
esos que vivimos junto a aquellos que han partido
esos que vivimos siendo muy jóvenes
siendo muy niños.

La sabiduría que nos envuelve hoy en día
como parte de la experiencia vivida
a través de la dureza vivida
en estos años que ya nos han consumido.

Hombres, mujeres, ancianos
aborígenes, extranjeros, nacionales
sin importar de donde seamos
todos hemos vivido
todos hemos aprendido
todos somos sabios de la vida.

Los años que ya no regresan
esos que siempre extrañarémos
pero que nos han hecho más sabios.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
(De Mi Libro próximo a publicarse: "Hombres y Mujeres sabios (La sabiduria de los ancianos) que fue Finalista del Premio Literario Reinaldo Arenas versión Poesía-Creatividad Internacional, Miami Florida USA 2017).
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Partida de ajedrez

(envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Gil de Biedma)

Una partida de ajedrez juego a diario
que es la misma y distinta a la vez.
En esta lucha estéril que mantengo
he perdido, a la fecha,
tres molares, un puñado de pelos
y algo de vista,
la juventud, mi escaso crédito,
las ilusiones y una media sonrisa.
La pierdo cuando creo que la gano,
mientras miro en la tele esos cuentos modernos
de chicas neumáticas con sus pechos de goma,
en el escaso significado que mantienen las palabras
y, como siempre, frente a los deseos.
Es un juego que pierdo en esas madrugadas
donde creo que no existo
y me arrastro, penoso,
al refugio de mi lecho postrero.

Si las cuentas no fallan son treinta
y seis largos años enfrentado a un extraño,
tropezando con un animal vagamente cercano
que me sigue donde quiera que vaya
y me recuerda, con felina mirada,
desde el lado imposible del espejo,
a ese pobre diablo que veo en mí.
Una partida lenta que muere cada tarde
como un adagio de Barber o de Mahler,
y se come las piezas de los nombres olvidados
por la memoria afectiva del corazón.

Sobre el tablero faltan los primeros peones,
amigos de la infancia que el tiempo degluyó
y vuelven los domingos,
como imágenes sepia de una vieja película
contada con guión y escenario de barrio:
los partidos de fútbol que nunca terminaban,
el gomero, las bolas,
churrichurri mi capitán al uno,
las flechas de carrizo con sus puntas de lata
y aquel chichón que tanto daño me hizo,
herido como estaba en mi orgullo infantil.

Tampoco están ahora, aquellos
compañeros en piso de estudiantes,
forradas las paredes con carteles de Bakunin y el Che,
la profunda liturgia por mejorar el mundo,
y descubrir el sexo y el hachís
en una tarde juntos, Rimbaud y Baudelaire,
Pink Floyd, la Naranja Mecánica,
Mari Carmen y el Ultimo Tango en París.

Al comienzo, recuerdo, nada hacía presagiar este desastre
-como el pájaro que al despuntar el día
abre sus alas sin miedo a equivocarse-,
pero el primer error, aquel que fue un mal cálculo,
me enseñó pronto arriar las velas del corazón.
Luego, más tarde, traspasados los años supe
que era mejor el día para dormir
y desnudar el alba tras la noche canalla
con el amor entre las piernas,
y el pleno gusto de confundirme
equivocando a quienes me amaban.

Con el paso del tiempo cargado de costumbres,
de vicios y de achaques,
de irremediables incertidumbres,
la ausencia de piezas,
el oscuro desaire de enterrar ideales
como quien va enterrando sus muertos uno a uno,
me hacen agachar la cabeza y seguir adelante
renegando entre dientes
que la literatura no salva a nadie,
ni este juego perverso de escribir poesía
me va a sacar a flote de la negra rutina
donde se ahogan estos días perdidos.

Vivir es un error que he comprendido tarde
y no sé si el hallazgo me complace o me aturde,
cuando veo más claro el final del engaño,
de esta partida inútil que juego contra mí
y los conejos siguen creciendo en Australia.
Ahora cuando quedan las piezas esenciales
y consulto las dudas, el desaliento,
las renuncias y el desamor.

Un final que comienzo a encontrar aburrido,
una lucha con muy poca ecuación
que me anuncia que, rendido ante el mundo,
daré por bueno un jaque mate.
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Sin título 14

La torre negra me asusta menos que el estudio anárquico de Pollock,
menos que la cocina de Bukowski
donde las botellas construyen una catedral de cristal sucio ,
menos que la solitaria ventana del cuarto descuidado de Baudelaire
desde donde se ve el tétrico jardín del mal ,
menos inclusive que las palabras asequibles de los aduladores.

La vida se larga ciertamente en los pequeños detalles
y en ellos se queda.
Lo que verdaderamente me asusta
es que me beses mientras el tipo del tiempo
nos enseña con fervor el mapa meteorológico.

Y cómo escribir todo esto sin mencionarte,
que seria cómo escribir todo esto en penumbra.

Las emociones no tienen una conducta natural
si no es en ese brotar confuso de los cuerpos.
Tan sólo eso puede dulcificarnos con la vida.
Eso y las novelas decimonónicas, Bergman, Woody Allen, Polanski,
Amanece que no es poco, Tarkovski y algunas cosas más.
Pero hay estrellas que no volveremos a ver, -¿te das cuenta de lo que te digo?-
Es bastante triste, ¡por los clavos de Cristo!.
Dime cómo esperar al otoño sentado en la parada del autobús,
dime cómo soportar los punzantes silencios de los despreocupados.
No creo que lleguen a leer todo esto.
Da igual, siéntante a mi lado que empieza la peli de la 2.

Canet
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A Baudelaire

No hay un sólo verso del poeta
que no ame
si me asomo a la oscuridad del abismo
sin que me atrape.


Heclist Blanco
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Los malditos

I

Inmerso vivo en la rica y seductora
barroca decadencia que me abraza;
prisionero del tiempo, como todos,
gozo lo que puedo aquello que me toca.
Beneficiarios somos y deudores
de esta lluvia generosa de estrellas.

De mi rotunda tierra soy fruto.
Cómo no agradecer a esta, mi agónica
y bella patria amada, si mi musa dorada
es hija de su don exquisito.
Porque mi tierra es poeta.

Uds. y yo compartimos la misma
cultura enferma. Nos tienta,
con sus promesas, la infernal esperanza.
Saquen, si pueden, amigos,
sus conclusiones. Las cosas
van tan bien que no dormimos.

Escuchen mi canto carnal e interesado,
anticanto también, mestizado de voces diversas,
chico de la calle que se refugia donde puede:
del pueblo soy, y de pan vive el hombre.
De este lado luchamos los caídos.
Aunque mucho no pido, el placer hace falta.

Me aguarda esta noche una pícara aventura
(así reverenciamos el amor los plebeyos).
Voy a deslizarme en lecho de espuma
con la mujer que más deseo,
bien armado y positivo mi cuerpo.
Le pediré ayuda a mi alma pervertida:
mi arte poética necesita el desenfreno.

Nadaré lentamente por sus doradas curvas
bebiendo sus dulces perfumes penetrantes;
cabalgaré ágil entre sus divinas piernas
buscando en su goce el centro de mí mismo;
recorreré, torre encendida, con pasión su cuerpo,
templo profano de amores prohibidos;
descenderé hasta su resguardado nido
que, acalorado y sediento, busca mis besos;
posesivo, acariciaré sus muslos impetuosos
con obsceno, voluptuoso, deleite;
reverenciaré sus esculpidas nalgas de vampiresa
y elevaré una oda sublime a su culo,
sol de nuestra bandera. Argentina vivirá
en su torneado y bello cuerpo. El sexo
caliente de mi diosa, será ejemplo señero
de la perfección sensual de nuestra criolla gente.

Más tarde, yo, poeta, descansaré mi celeste cabeza
alucinada sobre sus suaves y blancos pechos
de Hetaíra. Abrazado, satisfecho, a su ser fatigado,
le pagaré ricamente por tanto placer recibido.
Y le brindaré, agradecido, para que se contemple
y me recuerde, un delicioso bouquet
de rimas decadentes.

No soy ni seré nunca el presumido centro.
Satélite del orbe femenino me consagro,
prendado de su luz y negro agujero.
Descubro, extasiado, tantos versos hermosos,
en los pliegues irreverentes
de sus tatuados cuerpos. Consentido por ellas,
no dejo de beber sus flujos estelares.

II

Luchar debemos por nuestro arte amado.
No habitamos, lo sabemos, en una edad sincera.
Heredamos sueños desterrados
de antiguos otoños delirantes.
Vivimos y caemos, heroicos, por nuestras pasiones.

Mi verso lírico-antilírico, vulgar y refinado,
procura ser un diálogo ágil y ferviente
que avanza sin cesar; se abre, generoso,
y abraza y bendice a la materia impura.
Busca vencer a la sombra amenazante
de la ahuecada voz idealizada, que, maliciosa,
espera, y en espejo se mira, de sí misma
enamorada, y confunde su eco con el mundo.

No quiero ser engolado cantor
de lírica opereta, genio fingido
de arias melodiosas, vanidoso altavoz
de pretendida grandeza.
Prefiero verme en el otro, deformado,
(ese otro será un querido compañero),
y sentir que un poeta soy, grotesco,
atado a los imprevistos de la suerte,
laborioso artesano.

Cercados estamos de falsas apariencias.
Todo lo que tengo en la vida lo he ganado.
Con paciencia modelo mis ilustrados deseos
que, fuertes, se levantan, esculturas de tiempo,
y son la sonada fuente de mi barroco canto.

Orgulloso estoy de mis cultos trabajos.
Vean esta mi incisiva pluma, de falso oro,
cómo brilla. La he comprado en el mercado.
Democrática aguja de nuestra nueva época.
Dichoso siglo XXI, con cuánta ilusión
los malditos te esperábamos. Juntos
coseremos todos los costados.

En el reino de la literatura vivo,
pero no todas son flores. Bien lo sabemos.
Yo he aprendido a luchar contra el lirismo
porque el canto necesita su anticanto
para que la poesía viva en armonía
(esto lo he tomado de Darío,
que todo lo que adoró, destruyó luego,
fundando nuestra verdadera poesía).

Prefiero amor villano a opulento himeneo,
en el pueblo está el ser verdadero.
Pleitesía no rindo excepto al puro sexo,
que se expresa en la fecundidad carnal
de las ideas. Por lo que hacemos, Dios,
nos reconoce. Mis obras con él comulgan,
y se abrazan, necesitadas
de su generosidad y la de Uds.

III

El propósito de nuestro mundo no está claro.
Ante todo dudamos, y con razón.
Libres nos sentimos frente a Erató y su lira.
Agónicos hermanos desesperados
somos, listos a navegar todos los caos.
Charles Baudelaire es el gurú moderno,
con él aprendimos a entrar en el Infierno.

Nuestra maldición pide su propia verdad.
El camino del yo está sembrado de espinas.

Angustiosa es la tardanza de las horas
que nos llegan, silenciosas, del mañana.

Sin arar en el mar no tendremos destino.
Siendo ya las estrellas, buscamos el universo.

Qué se abran las metáforas al infinito.
Necesitamos sentir que estamos vivos.
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Clásicos

Si algo existe que pueda perforar mi alma
y haga latir mi meticulosidad hasta enterrarme
en las vísceras de la tierra
es ilustrarme con la literatura crucificado con Bach de fondo,
porque no conozco, ni existe deleite
más colosal que su húmeda
fuente de sueños empotrándome
en la sabrosa sapidez de los clásicos,
percibir a través de sus muslos con versado contoneo
a Wilde rozándome la piel
con su prosa rasurada;
al jardinero del mal Baudelaire caldeando mi garganta bramante,
al tiempo que murmura entre convulsiones
"son más bellos los sueños de los locos que los del hombre sabio";
a Sade con sus ríos impúdicos y púbicos que desembocan en mi boca,
"en el amor, todas las cumbres son borrascosas";
a Dostoyevski, epiléptico barbudo que siempre
acude al escondido jardín de mis labios;
a Hesse, empequeñeciendo mi ética,
despeinándome y aturdiéndome;
a Flaubert, Huysmans, Kafka, Maupassant,
un cuarteto a mis pestañas adherido,
¿y Poe?, ay ,¡por los clavos de cristo!
consumir todos los clásicos ambiciono.

Canet
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Éternels (eternos)

Nunca los vi como un matrimonio. Ella le amonestaba cientos de cosas: su mal carácter, su misantropía, su falta de sueño, su vestimenta oscura…
Él hubiera querido una esposa más prudente, una compañera que esquivara a los osados que alguna vez la adulaban, que no fuera tan presumida y, cómo tantas veces le solicitó sin conseguirlo, dejara de comprarse zapatos con prominentes tacones que tanto le disgustaban.

Las discusiones lograban sacar a la superficie sus desiguales naturalezas. Él, una vez pasaba la controversia, lo arrinconaba todo hasta olvidarse. Era ella quién archivaba ciertos detalles, ordenados e intachables como sus viejos recuerdos guardados en cajas de zapatos en distintos armarios. Lo conservaba todo, hasta las heridas y enfados que tanto la hacían angustiarse.

Viéndolos en su hábitat de convivencia yo creí que no se querían. Inclusive vacile que hubiese habido amor alguna vez entre la pareja. Los dos acataban los términos del compromiso. Él contribuía con menos dinero aunque aseguraba el mantenimiento del hogar; ella aportaba más ingresos y se ocupaba de la ropa de él, de los guisos y de la medicina para que él pudiese descansar.

El paso del tiempo acaba diciendo cosas, es evidente. Décadas más tarde admití mi desacierto, y vi realmente cuánto cariño había existido entre ambos. Su amor era un amor peculiar, sin otra melodía que la conversación diaria, la literatura, el mundo cinematográfico y su pasión por la música, pero todo regado por la autenticidad.

Cuando ella se fue extinguiendo él intentó alumbrar sus tinieblas, rechazando desgaste, documentando olvidos y sollozando, con la furia y la incapacidad de un joven solitario, su alejamiento discontinuo, señales de un adiós decisivo. La cuidó todo cuanto pudo, entre riñas, arrumacos y temores. Cada mañana la bañaba con cuidado y andaba, con sus pasos fatigados una buena distancia hasta el mercado que vendía las únicas arepas que ella, detenida en una infancia antojadiza, aún toleraba comer. De regreso, se desviaba del camino hasta la librería donde compraba un ejemplar de Saramago, Pavesse, Hesse, García Márquez, Cortázar, Márai o Baudelaire (sus favoritos) para aquella mujer que la vida y la muerte le iban arrancando.

Ella, por su parte, desvanecidos los recuerdos y miles de emociones, lo escoltaba con la mirada en la que, al contemplarle, resplandecía como nunca antes lo hizo.

El destino, aquel que los unió aun conservaba una brizna de piedad para ellos. Él se marcho, con el corazón hecho pedazos de tanto usarlo, antes de verla irse, gastados cerebro y cuerpo. Ella, que ignoraba que él no regresaría jamás, aprisionada en un tiempo paralizado, repitió cada mañana su nombre, mientras farfullaba
-¡Lo que tarda este hombre! ¡Lo que le gustan los paseos!-.

Un día sus cansados ojos dejaron de mirar la puerta por la que esperaba verle aparecer. No volvió a nombrarlo. No recriminó su soledad. Fue entonces cuando, inmovilizada en un cuerpo inerte y una mente desorientada, encontró el sendero que él había tomado y marchó en su busca.

Canet
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Para escapar

Para escapar del miedo me escondo
entre libros y películas. E investigo,
junto a Dupin, las huellas de la rue Morgue.
Asisto a estilosas veladas
con Dorian Gray en el plomizo Londres.

Balzac me lleva a Saumur
y lloro con Baudelaire entre las flores
de un jardín maligno y con Saramago
escucho las carcajadas del altísimo.
Después me desplazo
al quimérico apartamento de Polanski.

Y me pongo a pensar en ti. Te menciono,
mi única vida, mi más dulce verso,
mi blanca noche, el argumento de mis cosas,
mi itinerario y mi estío, mi bagaje,
el puro e íntegro pecado de mi carne.

Pienso en ti para escapar remotamente,
para huir de las tempestades, de esta piel
quebradiza y vencida.
Me abrigo
en los días en los que tu cuerpo
me transforma en el hombre
más venturoso de la historia.

Canet
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Desde un banco

Los mirlos trinando en alborozo,
Sabiéndose que son la voz de la natura,
O del regista la garganta muda,
O del poeta maldito el sollozo.
¿Serán Baudelaire, Lorca o Neruda,
O serán Chopin, Bach o Mozart?

A mi vera dos amantes del opiáceo,
Leyendo entre risas a Bukowski,
Recordando sus vidas bohemias,
Mientras inhalan aéreos placebos
Para sosegar al ferino estómago.

Bien saben que la felicidad,
Necesita del hombre la estulticia,
O en su defecto, la psicodelia...
¿Qué importa? La pena asfixia.

Los finos ramajes se deslizan
Peinando delicados al viento,
Como los adulteros rozan la espalda,
Del exhausto pero ufano amante,
Así suave, suavecito, con los dedos.

Y ahora pasan muchachas perfectas,
De caderas y piernas orquestales.
¡Oh venus! Aquí todo es belleza,
La vida grita al suicida: ¡Vive, cobarde!

Escúchame, mi semejante, pues reitero,
Aquí todo, todo es tan bello.
La primavera pudo amortajar al tedio,
Pero ¡Oh señor! Sigo queriendo estar muerto.
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Esperando

Cuando espero su aparición
por las mañanas,
pareciera que el mundo
pende de una brizna.
¿Qué mierdas son el respeto,
la locura, la independencia,
ante el dulce invitado de música iluminada?

E irrumpe una vez más,
me observa firmemente
y me quita la chaqueta.
Le pregunto:
-¿Fuiste tú quien dictó
a Baudelaire los versos del mal?-
Y me contesta:
- Eso dicen.

Canet
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Las letanías de Charles

A Baudelaire y sus "Letanías de Satán"

Tú, el más maldito y docto rapsoda,
Discípulo de la muerte negra.
¡Oh Charles, apiádate de mi larga miseria!

Pontífice de Satán, bohemio impenitente,
Monarca de la mazmorra bermeja.
¡Oh Charles, apiádate de mi larga miseria!

Tú, factotum del infierno, que erraste
En los muslos de las parisinas rameras.
¡Oh Charles, apiádate de mi larga miseria!

Tú, que al jocundo le abres el apetito
De lamer el filo de una larga hojilla.
¡Oh Charles, apiádate de mi larga miseria!

Tú, torvo cuervo del "nunca más"
Que llamaste "hermano" al esclavo del tedio.
¡Oh Charles, apiádate de mi larga miseria!

Oración

Alabado seas, Charles, que al taciturno abrevas en tu regazo, ¡Oh padre calamitoso! Enturbia el corazón de este gusano lastimero que se arrastra por la vida. Permíteme beber de tu cráneo las miasmas malditas que, ¡Oh, bendito opiáceo! Te atormentaron como una noche procelosa.
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Baudelaire

"La más hermosa de las jugadas del Diablo es persuadirte de que no existe"”, dice Charles Baudelaire.

¿Quién no ha quedado fascinado en alguna ocasión por las reproducciones del jefe de los condenados poetas?
La existencia sería mucho más aburrida sin la sensualidad y sin la lujuria de sus poemas, escritos sobre la delicada piel de sus amores.
Que no nos falten jamás el aroma, los inciensos, el morapio, las invocaciones de Lucifer, el arrepentimiento, las musas infieles, los gatos de pálidas pupilas, la absenta, los reptiles, la oscuridad, las amarguras de la luna.
Charles Baudelaire reclama la lascivia indispensable, la honorabilidad de un cuerpo que se sabe castigado sin garantías judiciales, sin licencias, sin indultos, sin deidades.
Nada es inmortal, pero sus flores se conservan.

Canet
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Poesía incompleta I

Del salón en la punta apagada
de su propietario quizá olvidado
silente y tapizado de polvo
veíase mi Código Da Vinci.
Fue uno de los peores regalos
de mis veintitantos otoños
y ahora míralo, yace muerto
postrado como un cuervo
en una estantería del salón.
Lo peor de los malos regalos
es que no dejan sitio a los que están por llegar.
Por eso muchas veces
creo que debería abandonar
los best seller´s
de una vez por todas
porque van reproduciéndose sin cesar
como cucarachas endemoniadas.
Asesinar a estos libros
que hace un tiempo
me llegaban del círculo de lectores,
a veces veo como ponen huevos
en la cicatriz de mi frente.
Tales libros no ayudaron
a Thomas Mann ni a Miguel Hernández
y evidentemente tampoco a Charles Bukowski
ni al excéntrico de Baudelaire
que se topaba con símbolos
caminando por su inmunda habitación.
Estos libros,
son las sepulturas de los hastiados
que no desean conocer, vivir, soñar
ni hacer el amor como dios manda.
Debo exterminarlos todos,
antes de que sea peor
o venderlos al mejor postor
y regalarle un gato a Silvia.

Canet
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El escritor es un fingidor

Si pudiera simplemente escribir
en lugar de ser poeta, tener lo que se dice futuro
—una de esas casas de novelista
con grandes cristaleras que dan a la playa—,
donde teclear y vivir tranquilo
un final abierto para la historia de nuestro corazón roto.

Porque el escritor sólo es escritor cuando escribe,
por mucho que diga, que poetice,
que siempre está pensando en literario.

En cambio, ser poeta, a veces cansa, y duele:

Soy vertical, pero preferiría ser horizontal.
Yo nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.
La articulación más insignificante de mi mano
avergüenza a todas las máquinas.
Es necesario estar siempre ebrio…
Para no sentir la horrible carga del tiempo.

Así lo sentían la suicida Sylvia Plath,
y el incorregible Bukowski,
y el capitán Whitman, y el insensible Baudelaire.

Sé que la poesía, con los años, se deja de escribir.

Sin embargo, si pudiera escribir sin más
en lugar de ser poema.
Porque el corazón del poeta no para de sentir,
siente la gloria y su miseria, la poesía y sus sueños,
incluso cuando duerme.

Poetas santos o malditos, de la lógica o la experiencia,
sociales o místicos, qué más da.

Somos perdedores, pero tenemos esperanza.
Somos un fracaso, pero tenemos la verdad.
Somos ordinarios, pero tenemos la poesía.
Somos fingidores, sí, pero no tenemos cuento.

Todos luchamos para que no seas castigado
sin la luz del pasillo
esta noche cerrada, monstruosa
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