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De dos amantes que observaban el color naranja de la luz en el agua

Camisa de cuadros, blanca con negro, cuello moderno. Qué hacía dar la imagen de que era una persona con cierto poder económico, suponiendolo. Chaqueta de pana color café con leche, correa color negro, jean azul desteñido y zapatos deportivos cafés. La joven iba vestida con un atuendo veraniego, aunque el libre maratón del viento, rozaba su tersa piel generando una vibración inconfundible, que el hombre notó y cedió su pana cafe. Un gesto, noble, acompañado de un íntimo abrazo en donde los sentimientos y los pensamientos de la semana convergen en una danza furtiva, ante el pecador dedo de la sociedad conservadora, con estructuras que aún poseen ese brillo dorado que muestra una imagen viva de milagro.

Avanzaba la tarde, una leve mirada al reloj para disimular un bostezo, de ambos, un apretón forzado de ojos. Una mirada de aprobación mutua, fue un acto coordinado. La charla continuaba entre gemidos de charlas de manos cariñosos, risas por chistes, bebidas tanto calientes como algo frías, algunos pasteles y un cigarrillo compartido ante la mirada del resto de transeúntes, estaban ahora en una pequeña banca de madera, observando al río junto a sus góndolas, que adornaban con colores y atuendos al naranja del agua.
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R y O: Una Historia de Amor

R Y O: UNA HISTORIA DE AMOR

A O le gusta R pero no lo quiere admitir. A R también le gusta O pero no sabe como llegarle a su corazón. Ella es hermosa como una flor, dueña de una hermosa sonrisa, una mirada capaz de derretir un tempano de hielo. Él es un hombre bastante mayor que ella de ojos cafés y cabello castaño con muchos problemas familiares y personales pero de gran corazón. Ambos se miran penosamente pero no se atreven a dar el siguiente paso bueno R si quiere ser su amigo para conquistar poco a poco su corazón pero la familia de O tiene miedo de R ¿o al menos eso parece indicar? pero R no se da por vencido y buscará a como de lugar primero ganarse la amistad de O, el permiso de su padre y finalmente el corazón de ella para conquistar su amor. Una bella historia de amor entre dos jóvenes uno poeta y soñador la otra cargada de inocencia y belleza total ¿ganara el amor? el tiempo lo dirá.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Mayo 2018
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Mis pies y mi baile

Frenéticos contoneos de cintas verdes, se enrollan como lenguas de mariposas.

Bailo entre haces de luz fosforescente. No necesito nadie alrededor, tan sólo los latidos, los míos, entre altavoces del pecho.

Retumban sin cesar, el sonido atraviesa las costillas, y como en un serpentín, destila gotitas de agradecimiento.

Al esfuerzo, a las ganas, al empeño en correr hacia adelante, a tender la mano siempre, a intentar mirar con empatía. A los escalones subidos con ritmo y sin pausa.

A los que me impulsan, a los que me dieron viento para mis alas. A los conocidos y desconocidos que me rizan las comisuras, que me hacen que estornude por dentro entre risas.

A los buenos días con la primera persona que me cruzo en la calle, a los gatos que siluetean los muros de noche, a los charcos en la tierra llena de engobe, a las nubes desnudas que reflejan la aurora, a las mariposas que se cruzan en remolinos, a las lagartijas que se rinden al sol. A los cafés sin prisas. A las costas con brisas.

A las cosas bien hechas, porque bien parecen. A los besos sinceros. A las locuras que no se piensan (y en el fondo se desean). A los espejos con guasa. Al pan tostado con aceite y tomate. A los escudos contra las malas lenguas, hechas trizas.

Y bailo. Me basto y me sobro. Llevo las riendas de mis anhelos. Giro y palmeo, miro al cielo.

Me pongo el traje de superpoderes y subo la música; aquel que no sume, al menos que no reste. Le regalo unas notas de vida, unos pasos de baile. Le brindo las noches, le pinto un mundo entero.
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Ella, una rosa

Ella era simplemente así, llegaba cuando menos la esperabas y desaparecía en un parpadeo. Nunca se quedaba demasiado, apenas un par de cafés y luego volvía a irse. Jamás entendería sus motivos para haber elegido a la soledad como única compañera pero le era tan fiel.
Ella era así, tan brillante y fugaz como una estrella, tan delicada como la más suave melodia y tan fuerte y fría como el acero.
Ella era sinplemente así, suave y fria, radiante y fugaz, pura y solitaria...
Ella era arte, era poesia, la mas bella e inalcanzable pintura, la rosa con las más afiladas espinas, y todos sabemos lo que se dice de las rosas, amigo mío, que no han nacido para amar, que no pueden poseerse.
No, amigo lector, las rosas son salvajes, son libres, son solitarias. No puedes tenerla solo para ti, no puedes acercarte a ella sin que te hiera.
Quizá por eso las rosas más hermosas son las más solitarias, por ser las más hirientes...
Dime, pequeña rosa, por qué escondes tu belleza tras tan mortales espinas?
No, amigo querido, las rosas no han nacido para amar, no puedes poseerla.
Ella era simplemente así, tan cambiante y libre como el viento, tan impredecible como un rayo, tan poderosa como un tornado.
Ella, querido lector, era la tormenta. Arrasaba con todo lo que se entrometiera en su camino y tenia el poder de purificar la más profunda de las heridas del alma, y era tan hermosa...
Ella era simplemente así: LIBRE
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Primavera que no vuelve

Escribo con tinta de océanos
sobre primaveras que no vuelven,
souvenirs de manzanas caídas,
abono inocente de nostalgias
sembrando nuevas estaciones.

[Recuerdos que florecen como Primaveras....]

Peluches con mi nombre,
trenes ondeados
en los raíles de pañuelos oxidados,
del verde de las aceitunas
embriagadas en el deseo del moiré[muaré] rojo
de aguas lisas, brillantes.

Primavera concubina de desvelos,
de quejíos cantados en vasos de tubo,
cafés como elixir de la juventud,
de yunques triturando la inocencia torcida,
mentida en los espejos del desengaño.

[Mi mejor primavera está por llegar....]

Primavera pasada,
convertida en otoño,
recuerdo apilado en hojas blancas;
renuncio a equinocios de invernadero
mientras espero las que están por llegar.

Te seguiré esperando , primavera de suspiros negados,
columpiando besos, derramando sentidos....


Amén
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Sicomoros egipcios y cafés pendientes

En esta mirada mía, viajan:


Alquimistas de sueños

Globos aerostáticos

Bombas de vida

Cantos de cisne

Telescopios dorados

Sicomoros egipcios

Nenúfares aéreos

Tréboles azarosos

Besos helicoidales

Saltos mortales

Cafés pendientes

Ese café. El que nos prometimos con el roce de los dedos. El que quema los labios, callados. El que me amarga y me endulza los escalofríos. El que me eriza la memoria, pensando que vuelves.
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Senryu (Ojos cafés)

Quiero el sabor
del café de tus ojos
cada mañana.
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El sitio en que por fin me recreo

Echo de menos el pasado
pero ni de coña lo querría ahora
que no me hago tanto daño.
La infancia fue un trago amargo,
la adolescencia mejor ni recordarlo.
Ahora entrado en la veintena
con un mono de cafeína
soñé con regalarte mi vida entera
y lo único que me tragué entero fueron mentiras.
Destino el cielo desde el agujero
que parece una caja de cerillas.
Sólo si arde la iglesia ilumina,
ya me perdí en fes traidoras.
Muchos cafés de madrugada
hicieron más vivas la muerte de esas horas.
Sé que será efímero pero te quiero,
ya muchas eternidades se acabaron antes.
Cómo Antonio en el sitio de mi recreo
hay una lucha de gigantes.
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Qué haré con la noche

Ando lleno de fatalismo y locos que me son ajenos.
El viento trae olor a fraude y trampas.
La lengua extraviada, anda,
salivando venenos,
alucinada.

Soy un animal distraído, de escuálidas tardes.
Humeantes cafés herederos de escombros.
Soltaré al perro, ignorante,
de duelo callado,
asustado.

Trae la aurora sábanas raídas, engalanadas
de tristeza, de últimos aullidos
a las fieras del desamor,
y al pájaro asustado,
escuchando,
las voces,
la muerte,
de una mesa inexistente,
de platos indispuestos,
sillas vacantes, hasta aquí,
la noche reciente,
la de los insomnios y la soledad
engalanados en sábanas,
raídas por la aurora,
hablando,
la voz de un pájaro
mullido en amapolas,
en lumbre sobre un raído
lecho mal nutrido.

Me sigue el aliento de tu piel, coartada.
Las fiebres de las manos que amaron.
Habita ahogada, la noche
en mi garganta,
anegada.

¿Qué haré con la noche?
¿Qué haré con ella?
¿Qué haré?
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Pudimos

Pudimos ser magia en los ojos de un niño y serpentina en año nuevo.
Pudimos ser río desembocando en el cielo.
Pudimos ser leña para calentar el invierno y letras para bebernos mirando el fuego.
Pudimos ser la fusión de la apasionada música y el amor más tierno.
Pudimos ser pisadas por las calles de Madrid y cafés con sabor a poesía de entretiempo.
Pudimos ser concha en mar ajeno.
Pudimos romper cuerdas de guitarra para acabar rompiéndonos los huesos.
Pudimos ser lo que ya nunca sabremos...
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Tantas preguntas y la respuesta eres tú.

Los secretos de nuestra existencia la gran mayoría del tiempo se van evaporando a lo largo de la historia, muchos de nuestros sueños no pasan más allá de debajo de la almohada, quizá encontremos muchas preguntas, muchos porqués que nos tengamos que llevar con nosotros hasta el último día, y posiblemente lleven consigo la frustración de no haber conseguido las respuestas suficientes a sus dudas. Pero ¿realmente todo debe tener una respuesta? Y ¿realmente estaremos satisfechos luego de saberlas? ¡Oh, cariño! Esos ojos tuyos tan oscuros y profundos como el mar al que temo sumergirme, me habla de tantas preguntas, de tantas dudas… sigues mis brazadas hasta el punto del horizonte, donde consideramos que terminan estas olas, pero sabemos que ese no es el fin, y también sabemos: tu y yo, que este no es el fin de las especulaciones que nos llevan a dejar las profundidades de tu mirada, para salir a flote por una bocanada de aire, porque sí, es trágicamente poco el oxigeno que el mundo me permite luego de callar tus labios con los míos. No lo resisto señor mío, mis oídos se aturden cuando escucho tus miedos hacia mí ¿Qué no ves que estoy desnuda? He desarmado cada articulación de mi frágil cuerpo, y sí… se que mi cuerpo no es relevancia, pero estoy desvaneciendo la arena que rodea mi océano, o mi alma. ¿Son las dudas las que están presentes o es mi voz la que no grita que te quiere?

Porque te quiero, te quiero consumir hasta la última mirada de tus ojos cafés, oscuros y fuertes; te quiero desbordar en lagrimas provocadas por haber reído toda una vida por lo mínimo; te quiero arrancar la piel y dejar al descubierto tu ser; te quiero hacer mío en el vapor de un té que compartamos antes de cerrar los ojos, pero queriendo que no los cierres sino es para soñar, para creer, para nacer de nuevo; quiero que te quieras por encima de mí, y que tu amor nunca esté por debajo de la estrella más lejana. Quiero, quiero, quiero… tantas cosas, que, sólo podría decir: que te quiero a ti, pero te quiero libre como las aves que vuelan sobre nosotros, las que no se van, las que siguen sobre el mar, las que no temen hundirse. Seamos así, disfrutemos de las aguas salinas y cristalinas que salpican nuestro rostro, sabiendo que bajo las aguas fuertes habrán amenazas, pero si hablamos de lo nuestro: no hace falta darle respuesta a las preguntas que sólo quieren limitar nuestro rumbo, cuando el mar bravezca visitamos la luna, cuando la luna no sea tan acogedora vamos a la orilla de una playa, y cuando no exista nada: Sólo vamos, tu y yo.
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El último viaje 922

Tropezar con un cactus florido no es malo;
con un erizo tóxico, sí.
El tiempo debería conceder explicaciones y no acertijos;
pero hay que abonarle
algo a la imaginación que reina entre el espacio
y entre el abismo.
Retroceder sin mirar atrás implica
(no siempre ni está comprobado)
una colisión entre los adornos más codiciados
y dañaría la grama, la primavera
y podría desconfigurarse los angelitos
que diseñaron unos diablillos sobre la nieve.

Hay algo extraño que succiona las palabras hacia el cosmos.
El firmamento ya no actúa con firmeza.
El éter ya no se llena con espacios.
Las espinas son los mondadientes de los dientes de léon.
Hay atardeceres que llegan demasiado tarde al ocaso.
Hay citas al pie de la cama y cafés que llegan después del desayuno.
Vemos como derraman fragancias pasadas de modas
en los charcos de los que huelen a todo.
Rueda todo lo cuadrado por la cuadratura
y lo triangular se lo comen como un pedazo de pizza de artillería
y los adultos se columpian en las cuerdas de su propia cordura.

Existen laboratorios, donde los tubos de ensayo improvisan sus actuaciones
y los garbos huyen de los garbanzos
y los feligreses llevan su conciencia a la lavandería
y Frida, se nota menos su Frida, menos suya, nada sufrida y
pinta la panza de aquel patán de otoño, con mierda miel.
Todo cambia, para bien o para mal, todo es modificable y alterable,
cambian el color de los ojos de los camaleones;
excepto, la letra tatuada con tinta de calamar.
Quienes con luz de luna se secaron las lágrimas, nunca.
Quienes dejaron huellas sobre el arco iris, jamás.

Se mueven los acentos y los asientos...y nadie los agita.
Muerden las aves, pican los perros, lloran las langostas...
El amor es ciego para la música y sordo para la poesía.
No sé, si volver es una canción y el encuentro,
la desmotivación de "una rosa pintada de azul es un motivo".
Nunca pensó que podría tener en existencia jazmines
en su jardín de origami.
Porque existe "Motivo uno" y "Motivo dos"
y solo lo entienden los cantautores más remotos
que reaparecen con los maremotos...
y nadie sabe quién llegó primero al escenario del mar muerto.

Porque el tren 922, pasó tres veces por la estación de gasolina.
Cuentan que los rieles se oxidaron en invierno.
La cuarta vez, pasó la locomotora, pero sin canciones:
solo viajaba el eco de una poesía vaga por entre los vagones,
y la gente aplaudía para anunciar la parada
y no por escuchar las versiones de sus tristes canciones.
Ahora, mientras esperan tu voz...
que le dirán a la ciudad por tu desaparición.

MEMP
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No sin antes

Fui dejando mi vida en el camino
En cada paso
en cada vivencia
dejé pedazos de piel
de alma
de ser
trozos de mi mismo.

Las lágrimas
que mojaron
mi camisa azul
y la palo de rosa
la negra y la blanca
tu blusa gris
y la roja de rayas
ahí se quedaron.

Ésas lágrimas
nunca las volví a llorar
aunque mucho las recuerdo
pero ahí se quedaron
en ese mundo mío
de otrora
que le dicen
pasado.

Cuándo veo tus ojos cafés claros
sé que no son aquellos
en los que me miré.
Ni siquiera los recuerdo.

Tus ojos de hoy
son los de hoy
no los de aquellos tiempos
porque esas vidas
aunque nuestras
están allá
en aquel tiempo
y espacio.

Hoy apenas recuerdo
lo que hice ayer
pero ya no me engaño
creyendo en mi memoria
que es como el cerebro
lleno de agujeros
por dónde se van los recuerdos
y regresan a ese pasado
a donde pertenecen.

Yo estoy aquí
con todo y mi ayer
mis otros tiempos
y mi mañana
ése que llaman futuro
en dónde estaré sin duda
vivo
y luego muerto.

Lisemelino
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Tenemos pendiente

Tenemos pendiente…

París para los dos,
besos de lluvia,
cafés de madrugada,
dorados amaneceres,
noches de estrellas,
atardeceres en la playa,
desayunos en la cama,
copas de luna llena
unos cuantos libros,
caricias en la cama
miles de versos…

Un poema juntos.
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Muchacha cama adentro. 2da. parte

La sociedad carnívora sigue acosando a los mismos sujetos:
los más frágiles, los más tiernos, los más débiles y sensibles.
Los artistas, intimidados, disfrazan sus sentimientos
para no ser perseguidos por los perros del estado policial.
Ellos no dejan hablar. Silencian. Espían, censuran y reprimen.
El pensamiento no se expresa libremente en un país
donde castigan y mienten al pueblo. Pobreza cero.

Saqué una foto del cuadro con mi teléfono y me fui del museo.
Llevaba conmigo el testimonio de una sociedad tramposa
e infame. Había que reescribir la historia. Los políticos
de la Generación del Ochenta se jactaban de ser miembros
de una élite progresista y liberal: mentira, fue una generación
cipaya, oportunista, vendida, corrupta, tramposa, ladrona.
Sívori era mejor que muchos de sus contemporáneos:
no se dejó comprar por el canto del cisne simbolista.
Prefirió aprender de Zola, descubrir el París marginal
de los humildes, codearse con sus hermanos anarquistas.
Por eso lo censuraron.

La tarde estaba hermosa. Crucé a Plaza Francia. Ascendí
la barranca hasta llegar a la entrada del Cementerio, donde
descansan grandes héroes nacionales, como el Almirante Brown,
nuestro irlandés de hierro, y Facundo Quiroga (enterrado de pie,
listo a desenvainar la espada para defender a su país), junto
a muchos reaccionarios vendepatria (Sarmiento incluído)
y a figuras políticas luminosas, como la inmortal Evita.
También está allí su detractor, el General Aramburu,
que secuestró y mancilló su figura querida y pagó
con su vida la afrenta hecha al pueblo peronista
(¿podemos, mágicamente, robar un cuerpo para hacer
desaparecer su espíritu?¡Ah, la ingenua maldad de los gorilas!).

Seguí mi camino. Atravesé la plaza y arribé a La Biela,
uno de los cafés históricos más lindos de Buenos Aires.
Me tenté y entré a tomar algo. En el amplio salón
vi, sentadas, junto a una mesa, las esculturas de Bioy Casares
y Borges, antiguos clientes. ¿Qué hacían allí? Es cierto
que Bioy era hijo de una familia de oligarcas, y vivió en el barrio,
siempre de rentas, sin trabajar. Así disfrutan de sus privilegios
los descendientes de nuestra oligarquía vacuna,
que desheredó a los herederos nativos de su tierra,
¡pero Borges, el escritor más destacado
de nuestra literatura nacional, allí, en Recoleta,
en medio del chetaje conservador de viejos Generales retirados
y gerentes de empresas quebradas por sus dueños!
Me pareció injusto…Me dije que el gran viejo ciego no les pertenecía…
No quiso ser enterrado en su cementerio, se fue a morir a Suiza,
el país que lo acogió con amor en su adolescencia.
Sin embargo…es cierto que aceptó dádivas de Aramburu,
el tirano golpista que enlutó nuestra Patria, proscribió
de las urnas a los trabajadores y pisoteó la Constitución a gusto.
Hizo nombrar a Borges Director de la Biblioteca Nacional
y profesor de Literatura Inglesa en la UBA, títulos que merecía, pero…
¿aceptarlos de manos de un represor y genocida, asesino
de los obreros de José León Suárez, sin decir una palabra?
Viejo reaccionario… quizá esté bien en La Biela. El pueblo,
sin embargo, es el verdadero dueño y heredero de sus lúcidas
historias y de sus versos. Ya ni al mismo Borges le pertenecen.
Los artistas se deben a su gente. La literatura y el mito
viven en el pueblo. El arte, como el agua, se decanta hacia abajo.

Frente a mí, sentado en una mesa, reconocí a Juan José Sebrelli,
ya muy viejito. Iba siempre a ese café, me habían dicho. El talentoso
autor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, antiguo sartreano,
es hoy escritor pesimista y claudicante, al servicio de aquellos
que saben cómo premiar a sus sirvientes letrados
(no debe el escritor dejar que le pongan precio a su pluma;
que nos guíe el amor a nuestro destino, y no la vanidad del aplauso).

Y ahí estaba yo, testigo de las dos Argentinas enfrentadas,
que luchan por apropiarse de la común memoria.
Está bien, me dije, que Recoleta albergue en su seno,
barrio de falsarios, avergonzados de nuestra identidad,
la pintura adulterada de la pobre prostituta explotada,
transformada en sirvienta de ellos, siempre de ellos.
Muestran así el desprecio por el trabajo humano,
la arrogancia de su cuna reaccionaria.
Y que La Boca, el antiguo amparo de inmigrantes, el señero
abrigo de conventillos de chapa, guarde y honre, en la casa
de su hijo más dilecto, la pintura del trabajador, campesino o
marino, abandonado en su lecho de muerte…

La herencia espiritual de la cultura estaba en juego, y yo había ido
a proteger lo que era mío. Que no enloden la memoria de dolor
y verdad de la gente que valoraba y defendía eso que somos.
Que no alteren y deformen nuestra historia con sus mentiras.

El arte, como la religión, llega, con su canto de cisne,
por igual, a explotadores y explotados. Cajita de resonancia
de todas las promesas, es elevado altar de sueños patrios.
En un mundo sin profetas ni redentores debe cada uno
velar por los que ama: que se levante el pueblo y dé su vivo
testimonio contra la apostasía y el cinismo de los poderosos.

Salí de La Biela y fui a la Avenida a tomar otra vez el 130.
Quería defenderme de tanta decadencia. La seda
olía mal en Recoleta. Volví a La Boca, mi barrio pobre, donde
los compañeros respiran a sus anchas. No sólo de pan
vive el hombre. La nación es fuerte en su Bombonera.
Aquí me regalo con la generosidad de los míos, y puedo escuchar
los tangos de Filiberto, reconocerme en los murales de Quinquela,
y unir mi voz a las de los poetas amigos en FM Riachuelo.

Me despido entonces de Laura Malosetti, que nos ayudó con sus
sospechas a despejar este misterio. Eduardo Sívori retrató la miseria,
que había descripto Emile Zolá. No le fue suficiente la realidad del Realismo:
fue más allá, buscó en la experiencia humana una verdad profunda.
Nos mostró el alma del pobre con su dolor, por dentro.
Se vio reflejado en la desventura del otro, como en un espejo.
El fue, en su corazón de pintor y poeta, la prostituta despreciada;
él, la sirvienta. Eduardo Sívori, el Naturalista, es artista nuestro.

Pobre muchacha cama adentro, trabajadora humillada…
Esclavizada a tu lecho, carne fuiste de suburbio, mancillada.
Zola, en sus novelas, se acercó a vos con compasión de hermano.
Sívori, enamorado de tu cuerpo, te acarició con su pincel.
En mi poema, te imagino, diosa de hospital, hermana de Baudelaire.
Ahora, en Buenos Aires, eres nuestra, guardamos
tu exquisita carne en el artístico retrato y con vos comulgamos
en la misa de los desamparados. Le lever de la prostituée. Le lever
de la bonne. Paris y nosotros. Anarquismo y socialismo.
Revolución y libertad. Quedaste como prenda
de nuestros comunes destinos. Mi mirada descubre
y decora con pasión tu humildad. Que este poema
te devuelva a tu verdadera historia y te haga justicia.
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Se va la lluvia

Se va la lluvia,
llevándose a su paso el invierno,
dando paso a nuestra primavera,
dejando la luna de melancolía,
llevándose nuestros cafés de invierno,
llego el paso,
de una nueva melodía,
que se desplaza con los sinsajos del cielo,
con un enfoque lento y voluminoso,
de miles de estrellas en cielo,
como nuestra ultima noche de invierno,
donde tú estás y yo estoy,
miles de besos,
miles de caricias,
miles de sonrisas,
destruyendo nuestro silencio y, por ultima vez en el invierno,
nuestra soledad,
aquí te tengo,
en nuestra ultima noche de invierno,
preparados para la nueva temporada,
de sinsajos en el cielo,
y melodías contagiosas;
Abrázame,
cambiando el café, por chocolate,
cambiando la danza por el arte y,
cambiando tus besos, por probarte.
Un centenar de gotas,
por nuestra ultima noche de invierno,
dejándonos llevar por una buena melodía,
que se esparce en nuestros cuerpos.
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