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Porque callas...

Porque callas ese amor, que te atraviesa como un filudo cuchillo la garganta.

Porque callas ese amor , que te quema el alma como un volcán erupcionando…

Porque callas, ese gran amor que te eriza la piel, cada vez que estas cerca de ella

Porque callas ese gran amor, que te ahoga y te deja sin aliento,

Rompe tu silencio, grita tu amor al viento hasta que tus pulmones revienten.

Abre tu corazón y déjalo salir, deja que ese amor perfume tu vida como las rosas de tu jardín.

Sal, grita su nombre no importa que te digan loco,

Apresúrate , grita lo que callas antes que tu voz se apague.

Grita pronto, no vaya ser que sea demasiado tarde y las sombras de la noche oscurezcan tu vida.
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También hay Ninfas en las calles

Tiembla de frío en las sucias calles de Guayaquil con un antojo desfavorecido que se inmuta ante la codicia permanente del placer que la rodea. Camina arrastrando una cobija de orgullo, mirando con rencilla la luz hosca de la calle. Desprecia las duras baldosas hasta convertirlas en inocencia y plasma su sonrisa tétrica en cada pensamiento que la abstrae a su mundo, de nuevo cae.

Pasan a su lado diez personas, luego siete, luego nadie. Todos la miran y se alejan porque su cabello huele a ficción y sus manos hurgan la soberbia que se infiltra en cada vena; en la médula que trepida de rabia y en la bilis que quiere brotar de enojo. Sigue caminando y con la mirada destruye todo a su paso; con un gesto circular en el aire precisa poseer todas las virtudes de las mujeres que gritan de hermosura superior a la de ella. Princesa bizantina que no encaja en ninguna canción. Que no palpita en ningún pecho. Que se burla en simetrías con su máscara belicosa de humildad, usando su perfume de poder , ocultando su frente triste y sensitiva como si fuera novela europea.

Para ella todos son tarántulas. Inútiles mortales venenosos que a la danza de cualquiera bailan. Hijos de Pirro bañados con gloria; en la mañana claman por la paz y la justicia, en la noche huyen de los monstruos que vivimos entre ellos, ignorando nuestro canto en las sombras. Nosotros los huéspedes purpuras; locos, dementes, estúpidos, vituperados por los predicadores de cuaresmas y de demonios. Enanos pesados, topos que dañan jardines de la memoria, que se ríen de estas musarañas que se defienden de los depredadores oliendo a inocencia, buscando albergue en la impetuosidad ridícula de los cobardes.

Sigue arrastrando su cobija que se llena de impurezas en contra de su voluntad. Vuelve a su casa dejando atrás el color de sus pensamientos, llevando consigo una luminosidad que ciega a todos. Las tarántulas venenosas hieden de temor ante ella; las baldosas se ensucian de sangre al estallar entre las personas y ese bombazo simpático se convierte en una fábula de Sócrates; en una historia nómada leída por fantasmas, leída por indios. Se vuelve en un diálogo de Apolo con Telfusa para engañar no solo a los hombres, sino a Dios.

Ella se convierte en un silencio inventor, no como el de Cage, ella inventa un silencio especifico, un vacío que la devuelve a las sucias calles de Guayaquil, ese vacío le alivia el dolor de lo lleno; el dolor de un torbellino de palabras que se cortan entre imágenes tontas de ninfas inmortales de primera clase. No necesita atención, sin embargo construye estos vacíos para acoger visiones perfectas que pasen su mirada, por cada palabra, para sentirse como un ángel exterminador a través de una fuga de silencio que se confunde con reinos construidos con naipes. Sin embargo, con tristeza, esta nereida dejará la puerta abierta por si acaso alguien quede lleno y quiera irse; en el caso de que quede vacío, que abucheen al teatro que se abre a su alrededor.
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Ángeles (@AljndroPoetry & @Transmisor_d_Sinestesias)

¿Qué ha sido
esa voz de madrugada?
¿La sensación
de estar y no estar?
¿Ese olor a rosas?
¿Esa melodía?
¿Qué erizó la piel?
¿Ese mensaje?
¿Sueño? ¿Realidad?
Incertidumbre y confianza
mezcla que asalta bajo la retina...

Ese dejo a jazmín
en jardín de gardenias,
blandir de cuerdas melódicas
cual sinfonía de Beethoven,
silbido del viento, murmullo
entre hojas adormiladas
de adustos árboles,
caricia etérea
al abrigo de alas protectoras.

No alcanzo a abrir párpados
el alma confiada está
sueño que no es sueño
realidad donde estoy
y no estoy
cuerpo que reposa
sobre lecho inmaterial
sobre alas celestes
sobre cantos al Supremo
entre legiones...

Blandir enarbolado de espadas
de fuego,
cuerpos incorpóreos
con energías descomunales;
librando batallas arcanas
en otra
dimensión existencial,
en una
dimensión espiritual.

Vientos de alas
rompen la noche
a golpe de hierro
Miguel acosa potestades
¿de qué me defiendes?
no veo, solo oigo
voces descompuestas y rugidos
esa luz de su sable
callando la agitación...
y el silencio canta
a esa paz rodeándome...

Y a veces,
cuando el aire se hace denso,
hay un vaho en el viento,
como un efluvio a azufre,
y algo oprime el pecho;
quizás Luzbel ha dejado su estela,
quizás alguno de sus arcángeles...
Quizás Sariel o Uriel
ya le han salido al encuentro,
en una dimensión que solo presiento.

Queda el alma tocada
alcatraces de paz doquier
el pecho reventando
de un aire celeste
el corazón arde
llueven los ojos
ante un amor superior
que se percibe
que se absorbe
que ilumina
que transforma...

Y me refugio, yo
y se refugia, mi alma
y se refugia, mi espíritu
y se refugia, mi esencia toda
y se acurruca, mi cuerpo;
y me llena y me envuelve...
la paz.

****************************
Ángeles
Mesa Compartida
Alejandro Poetry© & Transmisor d Sinestesias©
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Brillo eterno

Veo jóvenes y antiguas almas,
Rodeadas de tanta magia
Que trágicamente no logran percibir.
Recorrí lentamente los pasajes de la ciudad,
Viendo la infelicidad en esas caras.

Las calles desparramadas,
En sitios de oscuridad
Colmadas de rostros no tan extraños,
Que expresan la débil sonrisa
En sus insatisfechas almas
Incendiadas de odio

Y entre tanta destrucción,
La magia prevalece en la inmortalidad.
Observa, antes de que termine la noche
En la luminosidad lunar,
Reflejada en el jardín de un espíritu brillante

La mágica acción desértica del vivir
Detrás de un muro de odio
Por casi toda la eternidad.
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Heridas de amor

Hablemos.
De la luz reflejada en la fuente de piedra.
De la hiedra
que cubre las paredes que dejamos
en el banco gris.
Han cerrado la verja del jardín
y ahora sólo lo miramos desde lejos
así como miramos nuestros ojos
después de cerrarlos.

Hablemos.
De las manos atadas a la espalda.
De la caricia
que quedó suspendida en el aire
al cerrar la carta.
Nunca se mandó el beso final,
y el abrazo se agotó de arrastrarse
hasta la saciedad
sin lograr encontrarte,
sin saber dónde estaba.

Y a pesar de esto,
callados;
con los labios sellados por un olvido
que nunca tendrá cuerpo.
Y aunque escuece el silencio en las llagas
que nos hizo el deseo,
guardamos en el baúl de las penas
la voz;
no tenemos nada que decirnos
y sin embargo,
me arden en la boca miles de palabas
heridas de amor.
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Mi ingenuidad

Disfrazo mi tristeza
tras el manto de la realidad,
porque la esperanza
está plena de horizontes
y lo que callo rebosa silencios,
como respuesta al ruido
de mis sentidos.

En mi ingenuidad siembro arena
esperando crezcan playas,
arrastrado por las corrientes de la vida.

Descanso como sedimento
de mis decisiones,
ante la imposibilidad de sobrevivir
en el gris de la paz,
la imposibilidad de respirar
sin el aire de tu boca.

Sentado sobre el picaporte
de la despedida,
en la sala de espera de tu futuro,
mi ingenuidad se debate
entre alimentarse con tu nombre
o navegar en el jardín
de tus miedos mudos,
escondidos tras la traición
de la distancia.

Amén
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Le diría

Un casi recién nacido
me observa entusiasmado
desde el otro extremo del vagón.

Posa sobre los cristales
sus manos inocentes
que nada conocen,
y los pies candorosos
sobre la poca paciencia de su madre.

Contempla ese cielo desmedido del que huimos
mientras se me engastan el rugir de las horas
en un bosque de recuerdos hechos humo.

El niño se ríe.
Me mira de nuevo.
Se vuelve a reír.

Y yo me digo que podría decirle
todas esas cosas que no sabrá
hasta dentro de unos años.
Que, a veces, el empeño
se convertirá en ceguera
intentando encontrar aquello
que ni sabrá que buscaba.
Descubrirá que
no sirven de nada las búsquedas
porque al final nadie
termina por encontrar nada.

Le contaría que cuando todo sea jaleo
y montañas de preguntas por desmembrar,
quizás alguien levante la mano
y quizás las cosas que daba por sentadas
quizás vuelvan a ponerse de pie.

Podría decirle que, un día,
entre mucho cuento y patraña,
plantará una enredadera en el jardín
para así crecer paciente, aguerrido, honrado,
y ser querido y querer mucho
antes de estamparse contra este mundo
tantas veces vacío.

Podría explicarle que, un día,
la verdad se plantará en su calle
y esperará implacable para,
después, despojárselo todo,
incluso la inocencia, incluso la paz.

Podría decirle entonces que,
ese mismo día, esa misma verdad,
le hará arrodillarse entre sollozos
para no tener que morir entre sus brazos.

Y le diría que, a veces,
la vida será así
y que debe estar preparado.

Le diría tantas cosas,
que el niño se vuelve a reír
y yo prefiero callar.
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11comentarios 182 lecturas versolibre karma: 95

Venus

(Dueto Rubén Darío & Yaneth Hernández)

Rubén Darío
En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufrían.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

Yaneth Hernández
Su mirar embriagante, fulgurante de luz me envolvía,
mi delirio y mis ansias fueron notas de absorto clarín,
ella erguida y desnuda, jubilosa y solemne sentía
mi pasión en la dulce ambrosía de un cielo sin fin.

Rubén Darío
A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.


Yaneth Hernández
Sobrehumana y hermosa en la bóveda triste dormía,
con dulcísono encanto oscilaba como un volantín
y en fiero desaliento procurando alcanzarle quería,
¡qué infame desengaño no probar de su piel el jazmín!

Rubén Darío
¡Oh, reina rubia! — díjele —, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar».


Yaneth Hernández
Cuando el cielo del alba se entronice en ardiente diamante
y en el haz de una nube se refleje tu empíreo vergel,
zurciré con mil cirros el ardor de tu fuego constante
y en mi cántaro eterno beberás llanto, amores y miel.

Rubén Darío. Nicaragua.
Yaneth Hernández. Venezuela.
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Niño

Niño duerme en la calle,
en ciudad que amanece vacía.
La sombra acabó con la vida.
La vida acabó con el hambre.

Sonrisas y puñales muertos
corretean por los jardines.
Niño no conoce jazmines,
sólo edificios y campos yermos.

Niño camina descalzo,
entre cristales y vidrio y polvo.
Nunca ha visto unos ojos
que hayan podido amarlo.

Niño no sabe palabras.
Niño no sabe poesía.
Niño no tiene sonrisa,
es pobre para comprarla.
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Sueño...

Sueño….
qué maravilloso es poder soñar, dormir serenamente, aflojar todos los músculos del cuerpo y dejar a la fantasía en total libertad, en armonía con todos los impulsos percibidos pero soñando.
Sí, soy un tipo extraño para el resto del mundo porque en mis sueños estoy en completa soledad, no puedo refutarlo, pero tal vez haya una gran muchedumbre dentro de mi subconsciencia, y eso niega el estado autónomo y aislado de mi ser mientras duermo intensamente.
Me ocurrió una noche que, ya en el lecho, reflexionaba yo, justo en lo sucedido momentos antes.
Y eso no era nada misterioso, sencillamente estuve en casa de un antiguo colega; aunque, si bien es cierto que hacía años que no le veía y algunas cosas eran distintas.
Entonces me encuentro a su lado en el camastro, clavados, viendo una película de Bertolucci y le envío un mensaje de texto a través del teléfono, cuando inmediatamente me dice que debe irse.
No tiene sentido porque me encuentro en su casa, a su lado, y yo soy una visita, y me declara que debe marcharse al trabajo.
Pero así ocurren las cosas cuando uno duerme profundamente. Inmediatamente, escapo de la casa hacia unos jardines comunales, y me aproximo pausadamente hacia una señora que, inmóvil y ceñuda, me examina fijamente.
Ella está perpetua en el jardín, como si fuera una efigie, parte de la decoración.
Ahora regresa mi colega, parece que retorna porque olvidó el táper con la comida. Se lo doy yo, no comprendo nada, me siento desorientado.
Me agradece lo del táper y se larga en su moto, voy caminando, todo se distorsiona, las calles permutan.
Entro en el supermercado, hago cola para comprar algo de carne roja pero me voy sin llevarme nada, estoy irritado.
Busco mi hogar, no doy con él y llego a una avenida que resulta ser una librería especializada en bestsellers, perdón, en superventas.
Imaginaos la confusión, todos los libros parecen tener vida propia. Hay Ken Follett´s, Cohelo´s, Dan Brown´s, biografías de un ex presidente y Stephen King´s para colorear.
Quiero irme de aquel sitio por lo que veo y por la angustia que me provoca la empleada.
Gesticula sin parar tocándose su aceitoso cabello y me escabullo de sus grasientas zarpas metiéndome en un ropero el cual me lleva, misteriosamente, a una puerta.
Un niño espera y me silba. No tiene cara. Enfrente de mí hay unos escalones y una nueva entrada. Grito atormentado, llamo a dios, pues seguramente se ubique al otro lado.
La entrada no tiene pomo, sin embargo, el niño sin semblante encaja su dedo corazón en la abertura en la cual iría fijo el picaporte y abre.
Nadie está al otro lado.
Me siento extraviado y no localizo a dios. Lo que descubro es una dependencia de la Guardia Civil y ellos sospecho podrán echarme una mano. Pero no sucede así, le digo al niño sin cara. -Son unos farsantes, no pueden socorrerme.
Dios no tiene uniforme verde ni se encuentra en ningún lugar.

Canet
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Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.

Advertencia.
Felipe Benítez Reyes


Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz
despeinando con denuedo los principios,
los temores… arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.
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He vuelto a caer

He vuelto a ti.
Me mentía diciendo que ya había superado esta terapia con el papel.
Me mentía para creerme.
Me decía que soportaría las penas,
ya conozco este mar
fue donde aprendí a nadar.

Intento saltar,
pero mis lágrimas me retienen.
No quiero manchar esto de tinta
pero tanta rabia me consume.

¿Alguna vez has escrito llorando?
¿Alguna vez has gritado hasta derrumbar tus muros,
pero tu boca seguía sellada?

Estoy cayendo y no sé dónde puse el pie.

Mi alma se está rompiendo,
y yo, yo sólo estoy llorando.
Y escribiendo.
Le grito al papel
porque éste escucha mis voces,
y aunque no las calla,
las pone en orden.

Intento buscarme entre tanto jaleo
pero me pierdo entre tantos vacíos.
¿Por qué intento encontrarme?

Sé que soy esa flor marchitada,
pisada, descolorida,
pero aún tengo esa breve esperanza
de poder ofrecerme un poco de agua
y quizá, un poco de luz.

¿De dónde voy a sacar agua?
Mi cabeza está seca de tantos disparos,
mi corazón sediento de un poco de paz,
y en mi alma ya no llueve.

¿De dónde voy a sacar un poco de luz?
Mi cabeza está apagada de tantos pensamientos quemados,
mi corazón está oscuro de tanta guerra
y en mi alma ya no llueve,
pero sigue nublada de manchas grises
que ya se han cansado de sollozar.

¿Por qué te escribo?
¿A caso ya no has dolido suficiente
como para tener que hacerte perpetuo?
Plasmar esta angustia con palabras
que huyen cada vez que cojo el lápiz.

¿Que por qué te escribo?
Porque no tengo más espacio en estas cajas
para tanto dolor.
No tengo compañeros suficientes
para tanto silencio.

Intento cerrar los ojos y desvanecerme.
Imaginar que estoy en un cuerpo inédito,
que soy un alma satisfecha, contenta.
Que ya no callo
que comparto toda la alegría
cantando los buenos días.
Intento imaginar que estoy en el planeta azul,
que llevo un vestido de flores
porque dentro es primavera.
Que hay rosas,
rosas blancas y puras.
Una rosa por cada sonrisa
y ya habito en un jardín nevado.

Quiero imaginar que el cielo es azul
y que las nubes son pasajeras.
Quiero imaginar que puedo ser feliz.
Levantarme y que mi alma se levante conmigo.
Sonreír y que mi corazón sonría conmigo.
Quiero escribir solamente para decir
un “te quiero” o un “hasta pronto”.

Quiero pero no puedo.

Sigo levantada con el alma por los pies,
sigo sonriendo con el corazón dañado,
y sigo escribiendo para decir
un “he vuelto a caer”.
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La alegría no sólo pertenece al ganador

La alegría no sólo pertenece al ganador.

Yo estuve vencido en un espacio sucesivo de dolor
y seguía siendo positivo,
no me importó que la paz estuviera callada,
sin sobresaltos y luces en un escaparate de gloria
luché por tener cariño.

Realmente el resplandor de la vida
me fue borrando los rostros tristes,
y como una nueva criatura que nace
amé a la luz y abandoné a los martirios.

La piedad mostró su bondad
Y gracias a eso nunca renuncié
a lo justo y verdadero,
en mi jardín estaba el cielo azul
repleto de esperanzas y sueños.

Hoy disfruto escuchar las palabras dulces,
las buenas noticias que hacen brillar
a cada uno de mis más tiernos deseos.

Sé que a veces el amor es invadido
y como una plaga de langostas
las interminables mentiras calumnian mi gozo.

Pero esta noche nada impedirá que sea libre,
nada impedirá que esté completo.
Te tengo a ti.
Me tengo de nuevo.
La alegría no sólo pertenece al ganador.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
30/06/2017
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Vidrio

Escúchame bien, viajero.

La tarde era de vidrio. El puñal era de vidrio, pero lo suficientemente resistente para atravesar mi pecho. Y todo porque yo soy "ella", y la estaba besando a ella. Las calles iluminaban nuestros rostros encendidos por la suerte de querernos.
Pero la tarde era de vidrio...
De repente, alguien me apartó de mi amada y empezó a golpearme. Ella no podía defenderme porque también se ensañaron con ella. Yo lloraba, gritaba para que la dejasen en paz, rogaba a mi captor que me soltase, que dejase de llamarnos "asquerosas", porque no estábamos haciendo nada malo...
Y el puñal era de vidrio.
Y mi corazón cedió ante la cobardía.


Me morí.
Morimos las dos.
Solamente por querernos.
Y ahora dime, viajero, ¿cuánto tiempo crees que llevo incinerada y esparcida por el jardín de mi querida abuela?
¿Cuántos años?
¿Desde 1958? ¿1973 tal vez?
Frío frío.
Me mataron la semana pasada. Mayo de 2017.

¿Sigues pensando que la homofobia es un juego? ¿Que ya no existe? ¿Que podemos vivir tranquilos y no necesitamos luchar más por nuestros derechos?
Deseo que tu transcurso por la vida continúe con algo distinto en tu mente. Ayúdanos a romper el vidrio.

...

Sigue caminando, viajero.
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Las esposas de Rabhit

Rabhit era un rico comerciante que vivía en Riad capital de Arabia Saudita custodia de la ortodoxia musulmana, centrada en torno a las ciudades santas de la Meca y Medina, con grandes reservas de petróleo que determinan su importancia.
Rabhit poseía una bella propiedad en el sur de la ciudad donde las construcciones típicas eran una mayoría lugar donde habitaban los ricos. Su próspero negocio consistía en comprar telas a bajo costo en Turquía luego venderlas en Europa y Estados Unidos lo cual le proporcionaba grandes dividendos y una vida ostentosa que le permitía tener dos esposas que disfrutaban del lujo y el confort según reza el Corán y obliga el profeta Mahoma.
Mahati y Jildra eran las esposas entregadas a los placeres de Rabhit. Una noche luego de un banquete ofrecido a personalidades del país monárquico y con quien Rabhit mantenía excelentes relaciones pidió a sus esposas reunirse con él en la recamara nupcial. Era una noche serena y fresca. Vestidas con el hiyab que apenas dejaba ver sus ojos se apresuraron al llamado de Rabhit. Con su blanca barba y una cicatriz que cruzaba su nariz Rabhit le entregó a cada esposa una pequeña bolsa con quinientos riyal ordenó que se marcharan de la ciudad al día siguiente con destino desconocido y retornarán tres meses después, quien regresara con la mayor cantidad de dinero demostraría su amor, y se quedaría por siempre con Rabhit. Mahati y Jildra protestaron inmediatamente consideraron que era una injusticia lo que su esposo pretendía, irse de la ciudad con poco dinero, era arriesgado para una mujer. Rabhit insistió, acordó que al amanecer partirían. En cuanto el sol comenzó a despuntar Mahati marchó a la ciudad de Taif y Jildra a Yida. Había trascurrido dos meses desde la ausencia de las esposas, nada sabía de ellas, confiaba que estuviesen bien.

Una tarde de septiembre Rabhit leía sentado en el balcón de su alcoba cuando a lo lejos diviso a su esposa Mahati, caminaba zigzagueante, su rostro estaba descubierto. Rabhit corrió con sus sirvientes al encuentro de su esposa que lucia extremadamente cansada y tostada por el imperante sol. Mahati se desplomó en brazos de Rabhit. Los sirvientes condujeron a Mahati a su habitación y la recostaron en el tálamo. Su piel lacerada y curtida daba señales de las largas horas expuesta al indómito clima. Despertó al anochecer extenuada, pidiendo agua, apenas pudo tomar.
Rabhit la miraba con preocupación, ordenó que le prepararan un baño con esencias de Siria y miel para lavar sus pies lastimados. Luego del baño Mahati comió frutas. Su rostro había tomado el rubor natural. Rabhit estaba ansioso por conocer los detalles de su travesía y principalmente cuánto dinero tenía en su bolsa.
Mahati prefirió dejar los detalles para cuando se sintiera en mejores condiciones, con una cálida mirada pidió a Rabhit que la acompañase hasta conciliar el sueño. La noche se anidaba en los rincones de la habitación. Mahati cayó en un sueño profundo mientras Rabhit permaneció a su lado. A la mañana siguiente los sirvientes despertaron a Rabhit con la noticia de que Jildra había aparecido. Rabhit se colgó su bata y salió apresuradamente. Jildra respiraba con dificultad, su rostro de un rojo intenso, sus pies maullados daban testimonio de su serpentino peregrinar. Rabhit la tomó en sus brazos y la llevó a su habitación, de inmediato Jildra se sumergió en un letargo sueño hasta el amanecer. Al despertar Rabhit sugirió un baño, frutas y abundante agua, daba signos de deshidratación. Luego de la ducha se le vio más animada y con una fugaz sonrisa. En la tarde Rabhit las invitó al jardín para tomar el té y conversar sobre las experiencias vividas. Mahati y Jildra llevaron consigo la pequeña bolsa. Rabhit las miró en silencio, luego pidió a Mahati que iniciara su relato. La brisa caliente deambulaba por el patio terminando en el jardín donde descansaban bellas petunias, geranios, y magnolias. Mahati pronto musitó:
_ El calor durante mi trayecto era pesado por momentos la fatiga era agobiante. Varias noches dormí en la calle bajo algún techo que encontraba, comía dos veces al día y consumía poca agua, era difícil encontrarla. Llegue a hospedarme en cuatro oportunidades en una posada para refrescarme, dormir cómodamente y recobrar fuerzas. Enfrenté momentos de riesgo y peligro, unos hombres pretendieron robarme y abusar de mí. En una ocasión perdí ochenta riyal sin darme cuenta. Le temía a la oscuridad, a la lo desconocido. Deseaba regresar pronto, Alá guió mis pasos por esos mundos extraños. Rabhit la observó detenidamente y preguntó cuánto dinero había en su bolsa.
_ 250 riyal y la alegría de estar de nuevo con mi esposo.
Jildra tomó un sorbo de té e inició su historia:
_ Para llegar a Yida tarde siete noches de las cuales comí cuatro y dormí cinco. Enferme al tercer día, sin embargo no pensé en detenerme. Al llegar a Yida compré dátiles y continué a la ciudad santa de Medina. Una mañana mientras caminaba una mujer con su hija se acercó a pedirme dinero la niña lloraba desesperadamente de hambre, le di cien riyal y proseguí. Mis pies mostraban agotamiento y algunas ulceraciones, nunca sentí deseos de detenerme. Estando cerca de Medina un hombre ciego me pidió dinero, le di cien riyal y continué. El hambre hacía estragos en mi estomago, la falta de agua irritaba mi garganta y la debilidad me hacia desfallecer. Al llegar a la ciudad santa de Medina compré frutas y bebí suficiente agua. Pasé la noche bajo un olivo desde donde podía contemplar la sencillez de la ciudad, percibí las huellas del profeta y respiré su aire. Oré a Alá por protección y paciencia. Esa noche un joven vino a mí con llanto, su madre moría por falta de remedios, le di todo el dinero que me quedaba. El chico se marchó agradecido. Esa noche dormí por primera vez envuelta en un manto de paz. Al amanecer tomé el camino de regreso para estar de nuevo con mi esposo.
Rabhit sonrió, se levantó y dio un breve paseo con sus manos cruzadas a su espalda. Mahati y Jildra esperaban la decisión de Rabhit. Regresó a su lugar y con expresión de agrado dijo:
_ Mahati eres una mujer valiente, conoces el valor del sacrificio y en ti hay un cántaro de amor para tu esposo, me siento orgulloso de ti, Alá te bendiga.
_ Jildra eres una mujer compasiva, entiendes el sufrimiento y el dolor que acarrea el mundo, en ti mora un amor noble y desprendido, eso te hace un ser virtuoso, he de dejarte libre sería un egoísta si te mantengo a mi lado cuando tu verdadero lugar esta junto a los que necesitan amor y compañía. Anda, que Alá bendiga tu camino, esparce tu luz por las sendas oscuras ¡Ve amada esposa! Jildra empacó sus cosas y se marchó a recorrer caminos para cumplir su destino.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Una noche tardía

No recuerdo demasiado bien aquella noche. El verano había abierto ya sus puertas y yo había abierto las mías hacía apenas un invierno. Sea como fuere, aquella cálida madrugada yo caminaba entre las estrechas calles prácticamente sin rumbo, dando violentos tumbos. Mi única compañía eran el humo de un canuto y medio litro de vodka que fluía burlón por mis venas. Yo, por mi parte, iba sumido en mi propia guerra interior. El eco de mis pasos se intensificaba a medida que la ceniza se acomulaba. Los minutos se esfumaban como espuma de cerveza industrial. Las farolas me alumbraban y me acusaban: ¿Qué haces aquí a estas horas?. Y yo no podía responder, no sabía qué hacía allí, no había ninguna razón por la que tuviera que estar vagando por ahí. Lo cierto es que simplemente sentí una llamada, tal vez el olor del crepúsculo me cogió de la mano y me invitó a salir.
Después de aproximadamente veinte minutos aparecí en la avenida, junto al río, y me senté en las escaleras que daban al paseo. Me sentía muy incómodo, inquieto, y no entendía por qué. Sería la postura, el lugar, el bochorno... el caso es que desencajaba allí por completo. Llegué a pensar que mi objetivo solo era terminar tirado en alguna cuneta o muerto en la orilla del río. Después de largas discusiones interiores descubrí que tampoco era ese el motivo de mi tortuosa estancia en aquel páramo. Resultaba muy curioso cómo el alcohol dificultaba mi hilo de pensamientos, pero el humo que aspiraba lo impulsaba por la vertiente más creativa. Una débil neblina se aproximaba y se filtraba por cada poro de mi piel buscando algún vestigio de humanidad. Pero ya no había nada. La luz que me guiaba por el sendero de lo correcto se extinguió justo el mismo invierno en el que abrí mis puertas. Y yo lo sabía perfectamente. Dentro de toda mi incertidumbre aún quedaban torres en pie. Pero no había nada que me atreviera a afirmar rotundamente, pues nunca se sabe cuándo volverá a asomar la duda.
Me estoy yendo por las ramas. Después de todas esas divagaciones nocturnas propias de mi locura y mi permanente estado de ebriedad, vinieron muchas más, y peores, de manera que se volvía más difícil saltar los muros que yo mismo iba creando. Me levanté del escalón en el que me encontraba sentado bruscamente. Se me nubló la vista por un momento. Y luego me fui de allí, me dirigí hacia el puente para cruzar a la otra orilla. Reptaba una quietud imponente por toda la ciudad. Hasta la persona más ruidosa se habría callado para respetar aquel silencio sepulcral. Yo tenía miedo de perturbar la calma con el sonido de mis pasos. Llegué al otro lado del río torpemente, casi sin aliento y sudando de manera demasiado abundante. O eso creía, porque cuando tocaba mi piel mis dedos no recogían ni una mínima gota. Pero esas gotas estaban ahí, yo las sentía brotar profusamente.
Tras delirar y hablar solo por lo que parecieron semanas (aunque habían pasado solo dos horas), encontré un edificio abandonado, destartalado y sin terminar. Lo miré desafiante, pues parecía que quería atraerme hacia él con el pretexto de entrar a explorar. Ese desgraciado sabía lo mucho que me deleita visitar construcciones en ruinas. Me tentó y yo sucumbí y entré. Los aromas eran diversos. Aparte del hedor de las heces y la... ¿gasolina?... había un olor penetrante que me desarmó por los pies. Me pregunté qué hacía ahí, qué pretendía. Solo podía escuchar cómo se deslizaba para alcanzarme, pero no me decía nada, no me daba ni una explicación, ni una excusa estúpida. No sé, una mínima charla habría bastado para contentarme. Pero no estaba por la labor y yo sencillamente no insistí.
El decadente edificio tenía cuatro plantas, según creo recordar. Dejé atrás el cóctel de fragancias y pestilencias de la primera planta y subí al segundo nivel donde no me esperaba nada más que escombros y una sobrecogedora sensación de frío. En uno de los pasillos había una silla de ruedas olvidada ahí mucho tiempo atrás. La luminosidad de la luna que entraba por las ventanas se teñía de un azul fúnebre. Te juro, compañero, que yo podía esuchar campanas y un lastimoso órgano desafinado pero potente a lo lejos.
El tercer piso era un auténtico desorden. Escaleras que surgían de ninguna parte y acababan en su propia base, ventanas sin forma concreta, totalmente asimétricas. Puertas a las que no se podía acceder, que estaban demasiado altas, algunas estaban tapiadas. Y los colores... Demasiados como para ser asimilados por mi podrido cerebro. Me dolian los ojos de mirar aquello, de intentar comprenderlo. Salí corriendo hacia el cuarto nivel.
La cuarta planta era la nada. La absoluta, imparcial e imprecisa nada. Ni siquiera era de ningún color, jamás sabría cómo describirlo. Ausencia total de todo cuanto cualquiera de nosotros conoce. No puedes imaginarlo, nada de lo que puedas llegar a pensar que era se acerca. No había límites. De hecho, podía flotar si quería, no importaba, nada me lo impedía. Tan solo no podía con ese peso. La nada. ¿Quién lo hubiera dicho?, ¡la encontré!. Pero... eso no me provocó satisfacción. Y tampoco estaba decepcionado. No sentía nada, mis emociones se habían esfumado. Luego mis conocimientos, luego mis recuerdos. Todo se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Aún quedaba la azotea, que no era más que un vulgar techo, pero había una pobre escalera para acceder a él, así que subí. Nada más poner un pie en el último nivel del edificio lloré amargamente, y luego reí como un condenado, como un maníaco. Después comencé a temblar y los recuerdos me bombardearon. Habían vuelto. Todo lo que la nada me había arrebatado lo recuperé instantaneamente. Me tumbé sobre las tejas jadeante. Las estrellas eran como los ojos de un enorme monstruo celestial. Se apagaban y se encendían, como si la criatura estuviera cerrando y abriendo sus párpados. El brillo se iba haciendo más intenso conforme mi respiración se iba calmando y poco a poco se fue volviendo difuso y borroso.
Quedé inconsciente y lo siguiente que recuerdo es despertarme en los alrededores del edificio. Yo subí, me recorrí el interior, podría asegurarlo mil y una veces. Pero tú piensas que no subí, que tal vez estaba tan intoxicado que me había quedado dormido en el jardín y había soñado todo eso. Piensa lo que quieras, sé muy bien lo que pasó, estoy convencido de que vi, oí, olí y sentí todo aquello. Solo voy a darte un consejo, chico, creete todo lo que te cuenten sobre la noche y sus misterios, nunca se sabe qué puede pasar cuando el sol se pone.
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Ella misma

Aprendió a no esperar por ella misma, porque no se encontrará.

Desde el momento de decirle sí al destino, se detiene enmudecida como un océano sin palabras y sin prisa; rodeada de espumas, de Orfeos de Eurídices.

Incesante e intensa, sin distinguir lo bueno de lo malo; sin tomar en cuenta la dualidad, sin percatarse de lo que le hace bien – de lo que le hace mal.

Viviendo lo vivido, sin encontrar fracasos.

Perfecta/única, sedienta de conocimientos, hambrienta de memorias.

Vive sin ser superficial, sin buscar cualquier cosa en otra parte.

Hablando en silencio, en secreto, en el jardín.

Hablando con el cielo, con la tierra.

A veces sin palabras, muda mirando la página en blanco.

A veces jugando con las palabras, haciendo frases inútiles.

Se convierte en más que un rostro. Más que un cuerpo.

Más que el ruido de la lluvia entre los agujeros de las ventanas.

Profunda, sin vida habitando en sus propios recuerdos.

Más que un nombre.

Más que «algo» en la tierra de alguien.

Vive la vida de vez en cuando, se despoja de todo TODO.

Ve claramente en la oscuridad.

El vacío más hondo NO lo llena con cuerpos y manos.

Es distante pero segura.

Se renueva dulcemente entre los muros ausentes y los labios callados de grandeza.

Es sombra, es camino indescifrable.

El vacío vacío tiene forma de brazos, de hielo, de piedra, de palabras, de árbol…de…

Cuando siente la dureza de sus días, se encuentra en una precisa línea por donde retrocede.

Su transparencia oscura alumbra su rostro invisible.

Su cabeza serena; su cintura tibia, sus respuestas inopinadas, sus preguntas impertinentes, su garganta seca y el temblor de sus sentidos la matan de risa, pero siempre seria.

Se agarraron de sus ojos, de sus pechos, de su cuerpo, de su lengua.

La beben con gratitud, con agonía, latidos y nostalgia.

Podría decirse que es devorada por la angustia, por monstruos y fantasmas, los antiguos dioses le reservan un castigo irrevocable.

Se observa y su voz es dispersa, se llena con lágrimas, con silencios rotos que hacen eco en su casa vacía.

Se pierde en el laberinto de su lengua.

Se aglutina magia en su garganta, un suave ruido se ancla en sus labios.

La lluvia en la ventana ya no suena.

Al final queda convertida en un esqueleto de pensamientos, eterna, sencilla e inacabada.
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Instinto Azul

Salta hacia el abismo,
Te espera la nada,
El vacío y la vacuidad.
Salta más allá de las dudas,
donde la luna,
calla como una puta,
sus secretos de levedad.

Salta amor hacia el fuego,
no te resistas,
arde en la pira,
de los espagiristas,
como el clavel infecto,
de la infinitud.

Salta sobre los mares,
sobre dragones y prostitutas,
sobre sus escamas y acritud.
Deja a tu marido y deja tus armas,
deja tu hogar y deja tus palabras,
para siempre en tu ataúd.

Salta hacia el abismo,
al jardín eterno donde braman,
la estúpida s jaranas,
las desnudas ninfas blancas,
ebrias de mañanas,
y cuaternario instinto azul.

ROGERVAN RUBATTINO ©
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Jardín de Palabras

Un día, un poeta decide crear un jardín de palabras. Primero planta la palabra afecto: de sus verdes y cálidos tallos nacen las flores del amor, la amistad y el compañerismo.
Luego planta la palabra incertidumbre: de sus verdes y crujientes tallos, surgen las flores del miedo, la valentía, el odio, la compasión y la comprensión.
A continuación planta la palabra orgullo: de sus verdes y soberbios tallos, surgen las flores del egoísmo, la ambición, la necedad, el rencor y la osadía.
Finalmente planta la palabra Poesía: de sus verdes y mágicos tallos, surgen miles de diminutas y coloridas palabras, esparcidas como pinceladas por el caprichoso viento del destino.
El poeta jardinero admira su obra: palabras que caminan, corren, tropiezan, se ordenan. Palabras que pintan y juegan. Por fin su jardín de palabras, tiene sentido.






Del "Domador de recuerdos y otros relatos"
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Otras calles

Soy otra calle,
como ese aire que te esquiva al respirar,
un desencuentro fortuito, rosa alada,
tiempo fugitivo en el nombre de unos labios.

Eres otra calle,
donde el silencio no oculta tus palabras,
ave en el nido del recuerdo, niebla y navaja,
la noche desnuda entre ropajes sin noches.

Así pasaste a mi lado, en esa calle
donde la soledad tiene demasiados corazones.
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El jardín se hizo desierto

Observo la mano,
yemas que un día encontraron un jardín
e hicieron de él un desierto.

El cuerpo exige el exilio
botella con nombre en el bar
ristra de vasos de ausencias
guiando el camino a casa
el ausente aprieta la garganta
se sabe con fuerza,
aún sin cuerpo,
puede apretar hasta romper un hueso.

Junto al contenedor, un jamelgo
de pellejo cosido al cráneo,
huele a sangre, huele el desgarro
de las historias de los que salen corriendo.

La ausencia es un chucho que roe huesos.
Pesa.
Contradice las leyes de la física.
Es vacío denso.
Pesado.
Que hunde.
Es plomo sin materia.
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Callar mis adentros

Callar mis adentros, recogiendo todo viento,
palabras que se niegan a formarse,
a tornarse en fonemas lúcidos, transparentes,
decepción como sombrero de hojalata,
incomprensión, peaje de arena en mi boca.

Cuando el silencio ahoga la convicción
y soledad son las notas crepusculares
de los clavos que sellan mis latidos,
corazón embolsado con cenizas de lápidas,
recogidas en monasterio mudo, vagabundo,
de vidas quebradas, planchando todo presente.

Con el alma en bolsillos rotos, raídos,
sucios de dagas bendecidas por la traición,
pagando el peaje de arrancarte las entrañas,
entregándolas a olvidos con zarcillos esclavos,
me entrego a callar mis adentros como partida,
como náufrago en ésta muchedumbre ficticia.

Amén
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Cuando el poeta calla

El cielo aparece nublado
cuando el poeta calla,
escondiendo así a las estrellas
de ese silencio canalla,
cuando el poeta calla,
las palabras mueren desamparadas
mueren por no encontrarse
en esa frase maravillada,
que se torna en inexistencia
cuando el poeta calla,
cuando el poeta enmudece
mi guerrera despierta y se crece
con paso firme camina,
buscando regalarle al poeta
su apreciada rima,
cuando el poeta calla
su sangre se enciende e hierve
pues ese silencio literario no entiende,
y la magia siente que pierde
cuando el poeta calla,
sus versos dan vida
a quienes te abrazan en la caída
sus rimas dan muerte
a aquellos que temen que despierte
aquellos que sólo dan la talla
cuando el poeta calla,
guerrera, fiel luchadora,
no calles, no desfallezcas ahora,
pues sólo tú podrás trepar
esa alta muralla
que solitaria se alza
cuando el poeta calla
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El jardín del deseo

Existe un jardín de deseos,
donde acuden las almas abatidas
por el reflejo predecible
de acciones vestidas de lo banal,
por falta de ilusión, de locuras,
de fantasías, anhelos o pasiones.

Jardín cuya meta es
iluminar con una lluvia
de fulgores de esperanza,
vidas opacas en su futuro,
existencias no reconocibles
sin la rutina de lo cotidiano.

Deseos de vidas cargadas
de lo imprevisible, lo fugaz,
deseos que se cobijan
en el silencio de la intimidad,
en desvelos nocturnos
con paladar a confidencias.

Aquel jardín se marchitó,
su esplendor dependía de anhelos
hechos realidades, con signo de deseo,
mas esa ausencia de expectativas,
en aquellas almas que languidecían
al miedo de lo incierto, lo abrasó.

Entonces rocío alimentado
por la inocencia de la risa de un niño,
regó el jardín de los deseos,
floreciendo más vivo, más apasionado,
pues esperanza, ilusión, deseo,
frenesí, perdurarán
en la realidad de la quimera.

Amén
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En febrero

Las calles en las que sembré tu sombra se han aparecido ante mí como el halcón que atraviesa la mirada estática Voces Voces Voces No las oigo pero siempre me acompañan Acuosas Vibrantes Cercanas Instantáneas Tiernas Y distingo una palabra entre todas las que se arrojan Las que se abalanzan sobre el espacio que ocuparán mis huellas que aún no han sucedido Yo quiero descifrarla Yo quiero descifrar tu nombre que se me impregna como una ansia Me impregna el viento las respiraciones ajenas Las respiraciones te están llamando en susurros La llamada del día instalada sobre el asfalto La llama que prende el tiempo Las calles en las que sembré tu sombra se han aparecido ante mí
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Ustedes callaron cuando se los llevaron

Ustedes callaron cuando se los llevaron.
Permanecieron inmóviles como si no hubiera pasado nada.
Sin esperar noticias de ellos siguieron actuando hasta que lograron borrar en el último resquicio de la memoria sus vidas.

No fue la sonrisa nerviosa de un rezago de conciencia lo pudo sacar adelante el pudor de quién transita en la dignidad humana.

Fue la entereza de su recuerdo perdido lo que me mantuvo consiente todos los días.

Ustedes solo fueron capaces de ir desacreditado muy lentamente mi pensamiento crítico.
Hasta que casi de el ya no quedaba nada.

Fue la única verdad la que me salvó de los lobos feroces.
Y también fue porque no me conocen.
Nunca supieron la diferencia entre lo que en verdad soy y entre lo que solo les han contado.
Actuaron solo con la única fuerza que les deja la falsa mentira.

Olvidaron que el llanto es un poder.
El llanto real que derriba a todos.

Ustedes se los llevaron, ustedes callaron cuando los vulneraron.
Yo no me calle.
Y ese es el precio que gane al no olvidar nada.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
13/01/2017.
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La calle es este hormiguero

La calle es este hormiguero
de hombres-soldado
tristes y solemnes
que marchan a diario.

Colonia toxica
plaga humana
que segrega maldiciones
y escupe soeces a su paso.

Pupas citadinas expulsadas del vientre
de la ciudad-reina,
transitando en cada rincón
entrando y saliendo,
a cada momento
en cada espacio.

La calle es este hormiguero
de hombres-soldado
tristes y solemnes
que marchan a diario.


Heclist Blanco
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Jardín de Locos (Trilogía Luz en la Selva #1)

La selva
que flanquea
que atrapa
que me traga a cada paso
que muele mis rodillas
y mis miedos

el camino
que divide esa selva
que me lleva consigo
su canto
crujir de piedras
su aliento de polvo
su voz: melodía de aves

el Silencio
el ocaso
y la brisa
suspiro de árboles
gritos del alma

la noche
nubarrones
sobre plano obscuro
estrellas se asoman
admiración de mortales

el Dolor
corta mis pies
surca el pecho
el ardor me inunda

y ese temor a lo sagrado
a lo que va más allá
a lo poderoso
a ese Edén:
jardín de los Sueños
Jardín de Guerreros...
Jardín de Locos...
**********************************

2017
Transmisor d Sinestesias©
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Tengo que volver a las calles

Como no decirte lo que no puedo callar,
igual con un beso suave junto a los ojos
y que sepas que no vengo a ti, que ya estaba,
recostarme entre tu olor de domingo
y olvidarme de las calles, del mar, del silencio,
como una postdata al final de una carta en blanco
en la que conocemos sin embargo su contenido.
Cierra los ojos, quiero olvidarme de las calles,
sentirme que estoy entre el hogar de tu cabello
y saber que no soy libre, que hay banderas de piel,
que tengo que olvidar la vida entre tus labios,
quedarme quieto, sin huir de nada.
A veces me dices que tienes miedo y sonrío
y sabes que es una forma de decirte que también lo tengo
y te abrazo, te abrazo porque sé que tengo que soltarte,
tal vez es la única libertad que tengo, las demás las lucho,
acaricio mi debilidad en ti, y te observo, callado,
como no decirte lo que no puedo callar,
que tengo que regresar a todo lo que nunca he olvidado,
volver a las calles, con tu olor a sexo dulce,
como todo lo que se idealiza y sin huir de nada.
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Miradas que callan, silencios

Silencio.
Tus miradas callan, y mi boca
presa del hechizo de tus labios
es incapaz de oír lo que mi corazón protesta.

Hasta el mismo polvo de las estrellas
en las marcas de la luna crea herrumbre,
y se oxidan hasta las mismas flores
en el invierno del recuerdo y su letargo.

Ojalá y fuere el ave que surca el aire
y la playa del desierto, el oasis
en medio de la montaña; y recorrer
hasta los siete mares de tu cintura.

Silencio.
Suspiro de nuevo bajo el alféizar de la ventana.
Me he vuelto a quedar dormido pensando en ti.
Aunque, tal vez, no estaba tan dormido después de todo.
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Las aguas calladas

He exiliado las palabras de mi boca
ahora esbozo miradas prehistóricas,
llevan más verdades los silencios
sembrados en el corazón malherido,
que las falsas rosas arrojadas sin destino,
que los símbolos trucados al oído.
Cuando las luces se han ido tras las sombras
y dos cuerpos se pierden en la angustia
de enfrentarse sin amor bajo este cielo,
escuchad los grillos retumbando en el pecho,
las lenguas que se cortan con cuchillos
afilados en las aguas calladas de los sexos.
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Shhh Silencio Calla !

Shhh ¡Silencio! ¡alto! ¡para!¡calma! ¡respira!
¡apaciguate! ¡calla! y escúchame.

Deja ese constante afán de silenciar mi palabra.
Que pretendes, ¿acaso un silencio mortal?
O estrepitosamente adueñarte de mis letras
y después para siempre acallarlas.

Shhhh Silencio, calla! escúchame y después marcha.
Saca vuelta a mi mente retírate con tu fría escarcha
Y anda, anda, sigue sigue tu camino
sin sonido alguno, callado, incierto y sin destino.

Que yo nunca te dejaré entrar, ¡nunca!
No permitiré que me invadas.
Tengo miles de palabras en mi mente
en mi corazón, muy bien resguardadas.
No intentes silenciarlas, jamás ocurrirá, no lo intentes,
siempre saldrás vencido silencio.

Shhhh ¡vete! en silencio,
que mi pecho hace mucho ruido
siempre que palpita de emoción.
y armonioso late siempre
este enamorado corazón.

Mira estoy casada con la alegría,
mis grilletes son de amor que no ves mi sonrisa
¿no escuchas mis carcajadas?

Shhhh! Calla silencio y marcha.
Que yo nunca te dejaré entrar, nunca.
Jamás silenciarás mis letras,
jamás silenciarás mis palabras.

Que yo nunca te dejaré entrar, ¡nunca!

MMM
Malu Mora
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Miedo callado

Hay días que me pesa la mirada
tras ver caer la lluvia del otoño.
Hay días que me pesan las palabras
tras ver caer la lluvia de tus ojos.

En los días que el mar
está lejos de mi vientre
caen plumas negras de mis manos,
lentas, como el humo de mi voz,
y se arrastran en los charcos más humanos.
Vocifera la noche y yo callo,
lento, y el humo de mi voz
se convierte ahora en ceniza.

Me arrastra la prisa,
me ahogan tus llantos,
y yo, que he olvidado
todas las palabras,
ahora solo sé callar.

Me acuchilla tu mirada
mientras cae la lluvia del otoño,
y yo, ahora solo sé callar.

Me acuchillan tus palabras
tras ver caer la lluvia de mis ojos,
y yo, ahora solo sé callar.
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En esta ciudad se calla

Gritan

Soy el silencio de las enmudecidas.
Soy unos labios prestados a los cosidos.
Una boca hecha de alfombras
cargadas con un cuchillo de acero.
Un silencio transformado en golpe,
el del puño al estómago,
al labio y el alma,
para que no hable.

Gritan

Sus voces salen hacia adentro,
en un cielo oblicuo,
apenadas,
encrespadas en su encierro.
Van desgranando el aire,
contando, pacientemente,
sus infinitas unidades,
en un ritual antiguo,
que las convoca a morir,
poco a poco,
un golpe tras otro,
en una ciudad que se cierra sobre sus palabras.

Gritan

Una ciudad tan llena y tan vacía.
Tan llena de lejanías en tan cortas distancias.
Paredes que son oídos
y son lenguas contenidas.
Son muros de vergüenza,
entre las que maduran las voces,
sus silencios atraen las moscas
sobre sus pieles transgredidas.
Han querido tatuar en ellas,
un manual de como aprender a morir en silencio.

Gritan

Aquí, en esta ciudad, se calla.
Para mal, no se habla,
o se habla sin hablar, lo que viene a ser callar.
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