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Madrid, metro, julio

Las cinco de la tarde:
se abren las perezosas y pesadas
puertas del metro
como en un gran bostezo
de calor pegajoso
de aquel que se levanta de una siesta
peor que antes de echarse.

Entonces unos niños peleones
irrumpen, sí, tal cual,
sobre sus patinetes, en cuadrilla,
sin piedad, sin que dejen salir antes de entrar
ni nada.
Cuatro bárbaros prenden fuego al metro
o eso parece.

Tras la carga se sientan apacibles,
dejando los corceles a sus pies,
y se ponen a hablar de nuevos trucos
para aprenderlos juntos
en el fin de semana.

Inevitablemente te preguntas
si tú con doce años
con tus peonzas, chapas, lo que fuera
que estuviera de moda;
si tú con tus casquitos,
con un walkman o un iPod de los feos,
las pintas de la década que quieras;
si tú entonces causabas
toda esa expectación.
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Migrante

Migrante que el consuelo te queda
es que el cielo que cubre tu antigua tierra
es el mismo que cubre tu nuevo país.

Caminante que llevas en tus pies
la tierra y en tu alma cargas el peso
del dolor al abandono de tu nación
a tu gente tan amada y de lo que dejas atrás.

Con la incertidumbre de no saber
si algún día a tu patria podrás regresar
donde truncaron tu derecho a
la vida, la igualdad, tu integridad.

Y con miedo una noche de forma furtiva
de un día cualquiera de mucho pensarlo
te hiciste a la mar en una balsa
o en una pequeña barca
como equipaje solo cargas
el amor a tu raza, tu sangre y tu dignidad.

Buscando en lejanas tierras una mejor vida
un futuro y la tan ansiada paz

No te sientas extranjero menos refugiado
si por cosas del destino abandonaste tu país
recibe hermano el abrazo solidario y sincero
no importa la raza el idioma el color.

Que nunca a humano le suceda
lo que has tenido que sufrir
y si sucediera deseo algún país
de los que se dicen hermano
que no cierren sus fronteras.
Y nos digan como hoy te digo a ti

¡Hermano desde hoy este es tu país!

MMM
Malu Mora
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120 km/h

Desee tener lo que el mundo me pedía,
hoy vagabundo de mí surco otras etapas,
soñé con imaginar donde me perdería
mientras tú con tu cuerpo me tapabas.

Mi mundo interior está a salvo bajo tus mantas,
aun cuando no subía las persianas pasaban los días
y las noches a los peligros sucumbían,
lucharemos contra lo que haga falta.

Hoy sólo quiero ponerle a la muerte trampas
para que caiga como yo caí en la melancolía
con unos ojos desolados como ante las largas

luces de un coche a 120 km/h en la autovía
que imparable contra la vida empuja y carga
como si al no sentir nada hiciera que no existía.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Ahogados bajo el sol (@AldoRheinn & @Pequenho_Ze)

Maquinalmente,
las manos me pasan agua por el rostro
para desesperezar la muerte que albergo
en cada palabra impronunciada.
Sabor amargo en los labios
ternura enmohecida sentada en mi regazo
acusando la poca fiabilidad
de las nostalgias rotas.

Frío,
bajo un cielo soleado.

Sólido,
congelado;
aunque me hiervas a cien grados.

Soñando...
Con "aligerar la carga",
con calmar mi alma,
con buscar la paz.

En las profundidades del Mediterráneo,
quiero sanar.

Pero tengo el corazón enfermo
por un exceso de sal;
y un silbido fugaz
rompe en dos ese magnífico silencio
que pernocta en mi boca
llevándome hacia atrás.

Nada es demasiado claro,
y casi sin pensar
retomo la aspereza
de un mundo que no se deja acariciar.

El silencio...
El invierno...
Es Enero.

Aun así,
saldré a nadar.
Nada que buscar,
salvo en el mar.

Tengo el corazón,
la mente,
los pulmones,
llenos de sal.

Las cenizas de mi vida no me dejan respirar.

Saldré a nadar.
Si me ahogo,
quiero risas.
Nada de llorar.

Mucho menos,
de rezar.

Englobo en dos palabras
la paz que estoy buscando
sin descanso
en este lugar.
Nadar, nadar,
correr entre las aguas de la indecisión,
del infortunio, de la sinrazón.
Ven...

vamos juntos
salgamos a nadar.

Gritemos juntos,
qué significa soñar,
luchar,
sangrar...

Lo que sentimos,
se llama indiferencia a la felicidad.
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29comentarios 181 lecturas versolibre karma: 135

El Rey

Si las estrellas quieren apagarse para mí
Será por mí que se apaguen
Y si el sol tarda en salir
No voy a esperarlo despierto
Si se quieren escapar las musas
Yo mismo abro las ventanas
Y si hasta mis amigos me dejan
Ya les habré dicho adiós y dejado

Que al final
Yo soy como una polilla en el viento
Y aunque me haya costado el arrastre
O las alas, de muchas formas vuelo
No me hablen en lenguas raras
Ni me hagan del amor un mareo
¿Me estás mirando tanto como yo te veo?
Si me quitas mi corona, me voy a ser rey a otro reino

Todos estos cuentos me parecen muy serios
Pero cada quién resuelve el misterio o no hay misterio
Subimos o bajamos
Es físico o es mental
Es un alivio o una carga
Un sentir o una palabra
Una pregunta o una respuesta
Lo que deseamos o lo que queremos soltar
Lo que nos pinta la sonrisa o rompe una lágrima
Lo que creamos o lo que nos crea
Lo que se vuelve luz o se vuelve sombra

Y si estos por casualidad, son los momentos más oscuros de mi vida
Voy a pedirte buena suerte que no me dejes
Piensa que soy como un eterno aprendiz
Buscando las coordenadas de vuelo
Y si en un golpe al timón me tiras del barco
Pediré ser el mar, y no un pez que muerde anzuelos
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Ella...

Cada pétalo de tu ser
cada trago de una vida
cada siglo sin tu piel
cada mundo sin tu guía
cada sol sin tu aroma
cada instante sin florecer
cada tiempo sin su coma
cada despojo sin querer.

Arrancarte de tu sitio
no es matarte, no es prohibido
contemplando un menester
el destinatario correspondido
en la entrega sobre manos
a tono con el motivo
un silencio que sentencia
una carga en el olvido.

Sentimiento que no acaba
sabia ciencia sobre escrito
el final de varios días
tan guardado en el bolsillo
desatado entre fronteras
horizontes sin deriva
tesoro en un mar sin fondo
de las doctrinas de la vida.
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Ciudad de cartones

Un perro
mira a cámara
hacia el futuro
tiempo estancado
en dígitos

cartones en el suelo
del cajero automático
cocodrilos indigentes
desdentados
barbas deshilachadas
con las que otros se harán corbatas
crestas de gallos
tras la pantalla
que el préstamo niega
escupiendo a los dedos mojados en vino
a mujeres que perdieron sus días
entre toses y dolores de pecho
entre oficios que arruinaron sus manos
a niños derrotados antes de nacer
prolongando la cadena del desamparo

¿Me pones un carajillo?
Uno cargado
que sostenga el andar perruno
empujando carros llenos
para el rey de la chatarrería
entre vestidos floreados
poblados de pavos reales,
aplaudo y salen volando
al cielo de este barrio
edificado sobre cartones
de estrechos callejones
y borrosos horizontes
de ciénagas y caimanes
largamente abandonados
en el rompeolas, junto al mar
de torpes turistas
de pulmones llenos de nieve

Tensando el futuro
un perro
mira a cámara
con circundante tristeza,
la carne, la suya
aguarda que el hueso engorde
que el hambre salve el corazón
y la sed espante el frío
que camina descalzo
por la urbanización
en una Rambla seca
por mantas empapadas en carreras
de pavos que la recorren
de arriba abajo
conjurando las grandes ausencias
del insecto que habita el vientre
del que borra las líneas de la mano
y hace de los ojos desierto
y de los pasos encrucijadas
haciendo de cada día una victoria estéril.

El trago del carajillo arde,
cuenco de agua sucia bendita,
y ellos, los que nacieron desollados,
por primera vez callan,
recojo todas sus pieles en este poema
y sigo, calle abajo
me llevo de paseo el ardor
en viaje de direcciones contrarias
antes de ser hombre a trozos
con un cuerpo lleno de fronteras
de fragmentos que me suceden.

Miro
vuelvo a mirar
el perro mira a cámara
Nada está firme
en la ciudad de los cartones.
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Paloma blanca

He visto

una paloma blanca saltar a un desfiladero,

por unas migajas.

He visto

una paloma blanca suspendida en su caída,

a la lentitud de la paz que se arrodilla.

He visto

una paloma blanca volar en dirección a la guerra,

en nombre de la libertad y la inmaculada justicia.

He visto

una paloma blanca de la paz,

llenando su buche

de oro

y sus patas de metralla y muerte.

He visto una paloma blanca....

le han vendado los ojos

volando sin horizonte,

matando por unos sin-nombre.

He visto millones de pichones,

que alzan vuelo y no podrán llenar sus buches de infamia y guerras.

He visto millones de pichones que no volarán con el mensaje de opresión y sangre,

firmado por los mercenarios de infamias

con la tinta fuente de la represión y el miedo.

Aunque en este mundo los guerreristas tienen membresía de la paz,

he visto millones de pichones que alzan vuelo en el horizonte,

y los guerreristas no podrán detener su vuelo

y menos que lleguen a su destino,

cargados en sus buches de paz ,libre albedrío y algo que llaman libertad.

JOSE LARA FUENTES.
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La senda...

En esta senda
que nos hace
recorrer la vieja,
nos vislumbramos.

Tú con ése aire
del que gira en contra
de las agujas del reloj,
con la fuerza y descuido
de tu juventud como enseña.

Yo con mi cuerpo lleno de heridas,
de no sé qué batallas no combatidas
y mis ojos cargados de tanto personal
conviniendo las horas en punto.

Ejerciendo de padre, confesor,
consejero, descubrí otra manera
de medir el tiempo,
que la tierra también gira
en sentido inverso,
más arrebatada,
que mis heridas
son el resultado de mi lucha
contra una existencia inexpresiva,
que transite por el camino
de lo neutro, lo incoloro
y los relojes percusores
de nuestro futuro.

Que la Vieja no es destentada,
que lo que me arde en el interior,
no es solo la desazón
por lo cotidiano, sino,
por encima de todo,
mi pasión por la Vieja,
mi pasión por tí.

Amén
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4comentarios 64 lecturas versolibre karma: 107

¡¡FELIZ 2018!!

Te deseo que puedas mirarte al espejo con ojos de cariño más que de reproches.
Te deseo que camines tus días con cordura y corras con locura detrás de tus ilusiones.
Te deseo que tus arcas se colmen de amores eternos que enriquezcan tu corazón y llenen de lujos tu existencia.
Te deseo que todo lo que roces florezca en tu alma y todo lo que alcances no te la envilezca hasta pudrirla.
Te deseo que no mueras necesitando un abrazo ni que nadie lo haga por carecer del tuyo.
Te deseo que te plantes en un libro, que leas la mirada de tus hijos y tengas un árbol cada vez que busques una sombra.
Te deseo que desees con el corazón encendido y el pensamiento claro, que puedas, que quieras, que ames.
Te deseo el pecho tocando la música que provoque el danzar infinito de tus días.
Te deseo toda la paz que puedas cargar sobre tus hombros y salud para esa fortaleza.
Te deseo una mirada profunda cada vez te enfrentes a la soledad y sus palabras.
Te deseo una lágrima de felicidad por día y una vida longeva donde puedas ver y disfrutar del océano que construiste.
Te deseo el abrigo del cielo sobre tu espalda y el calor de las raíces bajo tus pies.
Te deseo todos tus buenos deseos y el abandono de los rencores en una esquina perdida de tu universo.
¡¡Feliz 2018!!
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4comentarios 125 lecturas prosapoetica karma: 113

No

No quiero ser nostalgia ni tú más bonito error.

No quiero ser tus ojos enrojecidos ni lagrimas en un mar de dudas.

No quiero ser tu silencio ni tu malestar, ni tu dolor en el pecho ni el nombre de tu ansiedad.

No quiero ser herida de bala ni que seas mi rehén.

No quiero que me quieras, ni quiero que sepas que yo a veces lo hago.

No quiero perderte, ni tenerte acogida a la espera de que llegue quien pueda cuidarte.

No quiero ser tu borda, ni tu cuerda de ahorcar.

No quiero ser un suicido porque no seré un asesinato.

No quiero ser una excusa, ni una historia que olvidar.

No seré un pasillo largo ni tu película, ni tu miedo, ni seré tuya más noches.

No quiero ser tu condena, ni tu carcel.

No quiero ser tu madrugada, ni tu insomnio, ni tu pesadilla, ni un recuerdo que olvidar.

No quiero ser juez ni parte porque no volveré a ser delito.

No quiero ser testigo de cómo te quemas en la hoguera, ni seré yo quien te arroje la primera piedra.

No quiero ser tu estaca, ni tu cruz, no quiero que me cargues, ni que me arrastres, ni quiero ser tu pena.

No seré alarma, ni alerta, ni aviso, ni amenaza.

No quiero ser destrozo ni huracán.

No quiero ser cojera, ni baja por tres días,
ni desahucio, ni el techo que se cae sobre tu cabeza.

No seré la mano bajo tu falda ni quiero ser tu apagón.

No quiero ser cita con tu psicólogo, ni tu próxima resaca, ni todas tus mentiras.

No seré la droga que te mate.

No seré yo tus malos despertares, no serás tú quien me haga olvidarte.

Juliet Kent
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Sísifo

En un loop malintencionado,
de sur a norte
y del norte a la nada,
con una sentencia que se anida
en el cementerio de la piel.
En una montaña
de preguntas y rendiciones,
con la tristeza cansada,
cargando con la roca
que no es otra que tu muerte,

que no es otra que la mía.
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Verano interminable

Retorcida
entre las horas de la noche
y alentada
por el hastío al estío,
escucha pasar el silencio lento
de los coches,
del neón,
del led incipiente,
de alguna discusión
entre escasos transeúntes,
que nutren de vida
el asfalto aún caliente.

No puede conciliar el sueño
el gato azul de las pesadillas,
ni la ingrata madurez
que aporrea los años
persiguiendo sus talones,
mordiendo con varices
las pantorrillas.

Engalanada de ojeras,
con el cansancio a cuestas
afronta el amanecer,
casi desde su nacimiento.
Sin fuerzas, sin ganas,
desmotivada
por el maltrato
que a diario
la vida le depara,
levanta el cuerpo de la cama,
lo lleva hasta la ducha,
lo inyecta con café cargado,
con buenas intenciones,
lo viste con engaños,
con esperanzas y argucias,
lo tapa con algún trapo
y lo saca reventando
a que enfrente el día.

Mientras,
se enroscan las apariencias,
se disparan las excusas,
se enumeran negativas,
se divisan las mentiras,
la vida sigue, quería decir,
y sube la temperatura
haciendo más insoportable
la levedad del aire,
vulnerable como la sensibilidad
herida
de un amante.

© María José Gómez Fernández
Fotografía ©Juan Marcos Vázquez Vidal
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Mi razón

Mi poesía hoy tiene tintes de tristeza
la melancolía se me sentó en la mesa
y llorando penas con un tequila añejo,
me enseño momentos que aquejo.

Pasaron por mi mente muchos recuerdos,
decisiones que tome en otros tiempos,
Y ahora son carga pesada que llevo,
de los que aprendí y en mi mente sublevo.

Mi tristeza hoy encuentra otra razón,
y pide al corazón se encierra en caparazón,
llevar las penas hasta un nuevo instante,
donde basta ser historia con toque hilarante.

Razón que agobia por mi camino,
donde todo lo que empieza tiene un destino,
Vestigios de llantos que cargó conmigo,
cicatrices que marcaron las cuales bendigo.

Reflexiones de minutos que se quedan,
para enseñarme que en todo salí vencedora,
y que debo dejar valores que se heredan,
y causas de vida que no dejaré para luego.

Mirando de reojo mi reflejo de un ayer,
Observo que soy mi meta por crecer,
y que mientras tenga mi esencia intacta,
no habrá nada que me haga desfallecer.

Las letras de mi alma.
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Lantana

Lantana es la flor rejuvenecida
Que se deslumbra frente al rio
Ese espejo ante su cuerpo cavío
Benditos tiempos tal flor ávida

El primor con que se.desvestía
La dulzura como.conquistaba
Paso a ser mito que aborría
Mas el rocío que cargaba

Las etapas de ser duraderas
Se pueden trastornar,ser pungentes
En camino sollozo consiente
No aceptar lo que uno no quiera

Enfrentó la naturaleza entumecid0
Su resignación ante aquel desvío
Destallò su olor bravío
Reconociendose frágil. alarido

Y que pudo su ímpetu sobrenatural?
Marchitar sus pétalos delicados !
Onservando el.cielo de otro lado
Prevalecía bello reflejo al cristal.
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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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Un mar de pájaros

Sus cabellos rotos por el viento y la arena
los ojos de cristales amortajados por el miedo,
los pasos arrastrando cadenas de odios y desprecios
y un mar de pájaros por venir desde el cielo.
Huyen de la sangre sin dueño,
del hambre enquistado en el polvo.
Famélicos traunsentes sin destino,
cargando sueños en su nidos de caracol,
mirando a sus hijos con la esperanza cansada,
con la certeza de que todo es diferente,
después de la muerte y la guerra
cualquier cosa se parece a la felicidad.
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