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Recuerdo a un Amor de verano

Recuerdo a un Amor de verano
Amanda lamentaba él no haber
Conocido ese joven en aquel
Verano del 82.

Recuerda que era un día caluroso
Y los heladeros tocaban sus campanas.
Ella era una jovenzuela que paseaba
Por el parque, silbando esa canción que
Le cantaba su madre para dormir cuando
Era niña.

Era tan despistada que se le cayó el dinero
Para el pan.

Preocupada se sentó en una banca
A llorar.

El cual a su auxilio apareció un joven
Con ropa humilde y rota
que vendía Periódicos y le dijo:
-¿Qué pasa señorita? ¿Por qué esta triste?
Ella le respondió que había perdido el dinero
Para el pan.

El joven tomo su mano y le dio sus monedas,
De la ganancia de los periódicos vendidos en
El momento.

Ella se sorprendió que al ser una desconocida, el
Le diera su dinero. Así que le pregunto:
-¿Me lo das porque soy bonita?

Él respondió:
-¡No!, señorita, se lo dio
Porque conozco muy bien
El sentimiento de la tristeza.
Y eso sentimiento no me gusta compartir.
Aprendí que las lágrimas son
Pedazos del alma, nos purifican
para que nuestros ojos vean con
claridad y no se rindan.

Ahora ya no lloro, porque mi
Alma esta purificada.

Y además los verdaderos caballeros
respetan a las damas y sobre todo las cuidan.
Amanda se limpio las lágrimas
Y fue por el pan.

El joven le sonrió y con gran
Astucia vendió todos los periódicos
Que le faltaban.

Entre los periódicos tenía un
Libro gastado que leía y repasaba.
Amanda tan feliz, olvido pedirle
Su nombre.

Los días pasaron y el joven
No volvió a aparecer.

Ahora en la actualidad, se
Encuentra casada por un
Matrimonio arreglado.
Pero siguió el consejo del aquel
Joven. Las lagrimas ya habían
Purificado su alma.
Ahora ve al joven en las portadas
De las revistas de negocios.
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Detrás Del Paraguas Negro Hay Un Cielo Azul

Ahí afuera todo es inmensamente frío. Todos nos prefieren amurallados y, en el mejor de los casos, mutilados. El “sálvese quien pueda” es lo que impera, y eso nos hace ser más egoístas. No hay demasiada gente que alegre la vida de la gente, en un mundo cada vez más aborregado y sobrepasado por los efectos secundarios de una tecnología intensamente monstruosa.

Sin embargo, si me ofrecieran mil deseos y un sueño por coronar, todavía seguiría eligiendo una ofrenda de canciones con alma para que me vieras aún cerrando los ojos.
Regalar música es grabar a fuego el recuerdo de este amor en una caja de cristal con el corazón boca arriba.

Uno siempre intenta que las horas nunca pasen de largo. Por eso, he dejado de entenderte para llegar a admirarte.


©Alejandro P. Morales. (2018)
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Un día los amigos...

Un día los amigos
se vuelven perezosos,
te dicen que no tienen
el beso de su rostro,
quizás sean los labios
y el beso tan ansioso,
perdido entre los sueños
del mundo de los locos,
es fácil su indolencia,
cansarse sin apoyos,
sentir ese vacío
sabiendo que están solos,
por eso recriminan
y escupen tantos lodos,
diciendo que les falta
el abrazo del oso...

Un día los amigos
comprenden que son otros,
aquellos que les fallan
y evitan sus antojos,
quizás por ser pedantes,
locuaces en su tono,
y un tanto entristecidos
los ojos de la foto,
por eso se rebelan
vagando como lobos,
surcando las callejas
manchándose de polvo
y entonces, (gran milagro),
despiertan silenciosos
los niños en sus casas,
diciendo lo que somos...

"...Un día los amigos
comprenden, con asombro,
al mundo tan diverso
donde cabemos todos..."

Rafael Sánchez Ortega ©
04/09/18
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México

"¡Independencia!", tú lo gritaste,
cuando humilde fue tu valor,
de pronto la contienda no fue nada
con espada en mano, la batallaste.
Después, de regreso, la fiesta felicitaste
con vino tinto, tequila y chile picón,
por el amor a la libertad,
por el amor a lo que lograste.
Rojo furia, henchido te lanzaste
hacia los enemigos impuros,
pobres de ellos que no sabían de ti,
y por fin, tu tierra conquistaste.
De blanco luego te casaste
con la tan valiosa libertad,
miles de hermanos a la vez,
contigo mismo te encontraste.
Verde esperanza, así reza lo que pensaste,
y tu bandera ya formada,
con el águila de la victoria:
¡viva México!, así lo firmaste.

© 2018 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.
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Romance, amor de verarno

Llegando presto el otoño
y sin vender una escoba,
el verano se ha marchado
con sus pasiones de alcoba
con amores temporeros
y habitaciones de adoba,
ya se fueron a sus casas
y quedaron ya zanjadas,
las cuitas que se quedaron
y atrás murieron las olas.
Yo en el triste convertido
me quedé pensando a solas:
¿qué me hubiera sucedido
con el fruto de la otoba?,
por habérmelo comido
sin compartir unas sobras,
con ese amor del estío
con el pelo color caoba.

Alfonso J Paredes
S.C/Copyrght
imagen tomada de internet, cuya fuente es:
www.google.es/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=images&a
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Alia y el primer dia de muchos

Miro por la ventana del carro, aquel bosque del finito
Y mi mente tan rota solo quiere gritar
Porque quiero ver más gris y menos verde
Anhelo aquellos sonidos de la sonora cotidianidad del capitalismo salvaje
Las construcciones levantándose, el pitido de los carros que se dirigen hacia el punto B
Las conversaciones de la masa conjunta
Encerrada en su inocua monotonía
Esa sonoridad que se introducía en mi cuarto de murales mal pintados y discos regados en el suelo
Y en esas cuatro paredes de arcoíris y anarquía sin un fin
Solo me acomodaba en mi tapete rojo de rezos herejes
Encendiendo mi vieja grabadora del año 88
Solo para viajar al mundo de las notas del pensamiento y el alma
Pero eso es ahora el mañana de hace dos días
En el hoy estoy en la carrosa de mi progenie
Rumbo a un pueblo de correcciones y moralidad
Que maldita suerte la mía
La de esta pobre criatura de risos sin agua
De ropa rota y maldiciones inmortales
De uñas de color negro y calaveras
De chaqueta de jean sin mangas
EL reloj del auto Nissan marca las 4 después del mediodía
Y hemos llegado al pueblo de Moran
Una postal de casas con tejados cafés y calles empredradas
Envuelta en luces de focos callejeros de color amarillo del siglo XV
Que maldita suerte la mía
Un alma de segundos presurosos
Viviendo en este espacio donde el tiempo parece no existir
O puede haberse muerto hace tiempo de aburrimiento
Nos dirigimos hacia la calle 8 y 23
Nuestro hogar desde ahora y para siempre
Y al verlo solo puedo dibujar una expresión de nada y antipatía
Dejo salir un insulto en forma de grito y mis padres me corrigen presurosos
Los intentos de una generación que trata de volver al tiempo de rezos y crucifijos pienso
Ni que lo hubiera marcado en mármol en el viento
Y mi hermano menor solo puede saltar de alegría
A veces es tan tierno saber que es tan inocente
Veo en sus ojos la dulce sensación de la ignorancia sin manchar
Me paro en la acera y no quiero entrar en esa casa tan vertical
Mi madre me grita que desempaque mis cosas
Cosas que guarde en mi maleta de cuero negra con el dibujo de una copulación en rosa
Es tan gracioso ver sus rostros de vergüenza al verla
Como clérigos en vista de una puta con las tetas salidas
La bajo en lentitud a propósito
Con la expresión de gusto y éxtasis
Pero eso no cambia la mierda de casa en la que estaré
A medida que la cargo y entro en mi hogar
Solo puedo ver espacios cerrados sin gracia
Unas paredes de un mármol griego extinto
Unas escaleras de ancianos reumáticos
Un techo de tejas en círculo
Tomo un suspiro y sigo
Pregunto con voz susurrante donde está mi cuarto
Mi padre apunta hacia el segundo piso
El cuarto cerca del baño dice con premura
Les grite sin vacilar
Que entiendo que para ellos soy una mierda
Pero tampoco quiero olerla
Peor sus mierdas
Nadie dice nada, solo me miran con el martillo de sus reglas
Camino con mi maleta sexual y subo
Llego hasta la puerta de caoba
La pateo y entro
ahí esta mi cuarto
Tan poco caótico
Pero tan recto
Arrojo mi maleta al suelo
Me recuesto en el suelo mirando al techo
Y cierro mis ojos
Queriendo oír algo más que ese puto sonido de pájaros
Quiero oír robos o asesinatos
Borrachos cantando sin sentido
Algo, maldita sea algo
Pero solo escucho el silencio
Mi mente dibuja las fotografías de mi vida antes del hoy
Esos conciertos hasta las 12
Esas caminatas en ebriedad
Las cogidas duras y suaves
La observación de la ciudad desde el panóptico de jóvenes sin arrugas
Los cafés en la calle roma
Los almuerzos en el restaurante de novedad
Todo eso es tan dichoso que rió como una loca
Pero todo para cuando mi mirada se abre
Aquí estoy digo con una mueca de payaso sin globos
En el pueblo de Moran
Este es mi primer día
De muchos por venir
Soy Alía y estoy lista para pintar de ilógica estos 4 muros
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A Lorca (Poema dedicado a Federico García Lorca)

A las cinco de la tarde
habló la voz del poeta,
entre forrajes y matorrales.
Buscando árbol de sangre
y en fiebre de arcilla.

Un poeta,
que no se ha muerto para siempre,
porque le visita un brazo de la noche
por su ventana.
Que se levanta para oír aullar al perro asirio.
y ama a Guadalquivir.
Ése que lleva una rosa de sangre,
con el corazón roído de culebras.

Lorca camina en una silla de arena,
se viste con la pluma de vidrio
y mira con ojos de estrellas.

Mira jinetes muertos,
en caballito fríos.
ansía una mano,
para su agonía.

El poeta
de las arriesgadas y creativas metáforas
y los sueños de lunas.
El poeta de las mil caras:
Lorca romántico,
Lorca político,
Lorca niño,
Lorca español,
Lorca del mundo.

Al que por amor,
le duele hasta el aire.
El de los romances canciones y baladas,
al creador de sublimes historias en los poemas.
Aquél, que veía dulzuras infantiles en la naturaleza.

Balas siniestras
pretenden enfriar su corazón de agua,
pero resurge con su pluma de sable,
con su voz que se columpia en las mentes de las gentes,
cual martillazo incesante.
Perdura sus letras en los oídos, en los papeles y homenajes.

Torero que no se dejó vencer en la plaza.
Aunque venía sangrando.
Que fue engañado por una casada,
que le dijo que era mozuela.

Hoy tu perfil en la arena,
es un viejo silencio,
con cara desolada.

Vuelve dulce cantor,
España te llora, en mantillas de puntillas...

Aurora: Edith Elvira Colqui Rojas-Perú
Derechos Reservados/Copyright ©
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Mientras todos dormían...

Mientras todos dormían yo te miraba
y vigilaba tu sueño,
en el lecho compartido

Afuera la ciudad cerraba sus párpados
en la noche,
y dormían sus casas, sus calles,
los coches estacionados
y hasta los semáforos
que se habían quedado estáticos.

También dormía el silencio
y yo velaba su voz, tan silente,
y el recuerdo de la tuya
que había quedado, nerviosa,
en mis oídos.

Y aunque el tiempo también velaba,
hacía correr los segundos,
siguiendo su curso,
en ese momento de sueños y descanso,
donde cada instante que pasaba
era uno menos en la resta
para llegar al amanecer.

Rafael Sánchez Ortega ©
30/08/18
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Había una vez… “2” Cuentitos de horror y humor, sin pudor…

Había una vez… “2” Cuentitos de horror y humor, sin pudor…
Viviendo en los sueños…


Que sean felices y amados, nunca robados, nunca con finales de olvido, siempre aunque aburran repetidos hasta que los acabe un beso en la frente al final.

Y más personas que sin mundo se tomen las manos, se amen humanos, se acepten defectos, se amen sin promesas, desde celdas lejanas, entre condenas y presos, esperando otros tiempos mejores que estos, para amarse tras la misma reja, felices en un cuento sin perdices, ni finales y siempre puntos suspensivos…

Te Amo tanto que mi alma tiene cadena perpetua por culpa de la sangre de tus venas, que cuando no cantas me desvela porque arde y arde sin acabarse la vela…

Y sabes, que No hay borrón y cuenta nueva que te esconda, porque siempre te encuentro dando vueltas, sin decir nuestros nombres, y ahora dejas el silencio y hablas dormido, mientras yo sin cuento hago que te olvido pero no, no puedo, lo tengo por mi misma prohibido…


Vamos por las noches con cosquillas para que no falten las risas y con los ojos cerrados por los sueños, aunque acabemos en el suelo por no ver desnudos a donde vamos…


Había una vez un pequeño inquieto que visitaba a sus sueños siempre despierto, les cantaba en vivo hasta morir en su pecho, de nube en nube, de cuento en cuento, y sin cansarse, porque estaba casado volvía temprano a cambiar pañales, con la cola de diablo entre las piernas y las piernas cansadas, con el corazón lleno de amor para su enamorada, con la corona de Ángel un poco sucia y desgastada de tantos

saltos en la vía pública, culpa del smog de los humos, de las venus desnudas que calentaban motores en primavera y no dejaban diablos callados sin hacerlos goce…Había una vez, si, pero me salte las partes donde yo me crucé en su nube, y me caí… Por eso le empecé a escribir…

Una noche hicimos castillos de arena, armados de correrla mientras nos amamos, y con suspiros les hacemos las ventanas las torres y las puertas, para luego meternos, y quedarnos escondidos del mundo, Bien adentro…


Te beso las entrañas, porque ellas, en su espacio interior me extrañan horrores, desde que no las destripo para sacarle cada suspiro y hasta el hipo, donde repito de comerte y tragarte apurada, para devolverte a tu vida envuelto en un orgasmo de ensueños sólo, sólo, y sin rimas nuestro.

Te espero en el ascensor de los sueños, sin vecinos curiosos, entre medio de cualquier piso, con los espejos empañados y los otros mirándonos. Sin poder taparse los ojos, para que nos podamos ver mientras amamos al sueño, mientras subes y bajas indeciso y yo mordiendo en tu lengua un grito, en el entrepiso del descanso.


Noche de te llevo y me llevas y nos vamos de las manos y sin querer corriendo

Yo te dejo ungüento para que pases en tu pecho para mi resfrío cuando apoye el mio y la polla quiera poner huevos mientras cacareo un cuento desde el gallinero donde estamos presos y no hay gallina que no deje de envidiar mi polla, ni gallo que no quiera la doble pechuga mientras desplumamos nuestros sentimientos y luego me quedo ampollando los te quiero desde lejos viendo como vuelas con tus sueños a tu puerto, a tu granero…

Hay cuentos que se ahogan en sus bosques de hadas, cuando buscan duende de orejas largas, hay otros que se leen en la arena de los desiertos, hay microcuentos que atraviesan mares para besar los sueños, aunque sea en silencio, y aunque son puro cuento siempre a alguien, le hace ilusiones, que los soñemos…


Se duerme el Príncipe sapo y la princesa en la torre llora, porque no pudo besarlo… Porque lo vio desde arriba tan guapo de verde limón en la fuente y no pudo tirarle monedas para cambiar su suerte, para que no se duerma lejos de su torre, que no puede bajar, que no tiene escaleras y le da pena anudar sus sábanas vírgenes de seda…

Ella le dijo no te quiero y clavo un alfiler en su pecho para no sentir el dolor de estar mintiendo, para que el corazón sólo notara el alfiler y no se enojara, por mentirosa… ella le mintió y ahora la luna no la mira y el mar ni un hola y la arena se esconde en relojes de tiempo perdido para que no lo encuentre, cuando sueñe, ni lo llegue a abrazar cuando esté dormido…

Buenas Noches… (Lola)

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Yo y mi reflejo

A veces cuando me encuentro solo y no tengo ni un amigo o amiga para jugar a mi lado. Sé que podre contar conmigo mism@.

Solo basta con ir a mi habitación y ponerme enfrente de él e imitar otra personalidad. En ciertos momentos mi amig@ se pone elegante y me ofrece una taza de té.

Otros días es un alma aventurera. Sale a la búsqueda de emociones y sensaciones que no estoy acostumbrad@.

¡Es como desenfrenarse!

Muy pocos días se muestra liberal e introvertid@ compartiendo alegría a cualquier lugar que va y no se marcha hasta conseguir una risa.

En determinados casos va acorde a la moda en busca de presentarme nuevos amigos o amigas que no conocía.

Pero en ciertas circunstancias me da miedo. ¡Es cuando no l@ reconozc@ y pierdo el control!
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Cádiz

Cádiz, confeti de brillos,
calima densa de tul,
de olas bordadas de plata,
brisa añil de juventud.

De cielos de eternos soles,
que doran piel y testuz,
de atardeceres que ciegan,
friso y portal de la luz.

Cádiz, de vientos dementes,
tormentos de la inquietud,
de playas de arena inmensas,
cobijos de multitud.

De esos mares infinitos,
donde desova el atún,
frituras y casas blancas,
de pleno acento andaluz.

Cádiz, es sal y la arena,
templado piélago azul,
es aire, agua y claridad,
es mi norte, que está al sur.
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Poema: Mirada De Un Amor Imposible

Mis días suspiran por ti, el acariciarte, el besarte.

Pero solo es un bardo espejismo por no afrontar

A mis sentimientos y armarme de valor.



No sé si tu sientas lo mismo por mi ó en otros

Casos desvíes la mirada como yo por ocultar

Dichos sentimientos sea por temor o vergüenza.

Espero que algún día me atreva y cuando me atreva

Sea de corazón sincero como mi afán de tocar tú

Mano e ir juntos al parque.



Creo que solo la carencia de riquezas sea un impedimento.

No sé si tu familia crea en el amor verdadero aunque sea

Humilde.



Pero en caso contrario solo me hago falsas esperanzas, no quiero

Traerte problemas ni malas lenguas.

Por una parte tu felicidad es mi felicidad.

Si solo con el hecho de verte sonreír me hace reír.

Espero que con quien termines te sepa valorar y te ame

Sin importar condición social.
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Un ángel vi de niño en la mirada

“EL CANTO DEL AUTILLO EN LA BUHARDILLA”

Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas de las casonas viejas de la aldea.
El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes.
De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos.
Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas.
No es raro en la niñez ser tan curioso pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada.
Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo.
La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mí a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra.
El mundo cambia y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes.
No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces.
Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo.
Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra.
En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo.
Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas, y las mansiones eran un castillo.
Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría.
Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes.
El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos.
Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados.
El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.

2010 © José Ramón Muñiz Álvarez
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Retrouxos dunha inesgotable resistencia no Atlántico

Era unha tarde de finais de verán,
e o interminable latexar do mar
mesturábase ca calma que se respiraba no ar.

Dinís, no alto no cantil,
vixiaba o punto de fuga do horizonte
como una sombra imperenne que non pode fuxir
dos retrouxos do tempo,
dos arrumacos do vento,
dos recordos e os enguedellamentos
do seu corazón marcado polo amor do norte.

Agosto esbaraba lentamente tras o Pinheiral do Rei,
e él,
non podía facer outra cousa que comezar a contar,
cos poucos coñecementos que tiña,
as horas,
os días,
os meses,
como unha ringleira inesgotable de solpores baleiros até poder vela de novo.

O ano non era máis que decenas de esborralladas xornadas
da casa á fábrica,
da fábrica á casa,
ateridas con pequenos instantes de calma
que lle enchoupaban o peito cas forzas precisas para continuar.

Aquel lugar,
aquel lugar era o seu recuncho,
o seu refuxio co que manterse en pé mentres esperaba o seu regreso,
alí,
alí onde a coñecera había xa tres anos,
cando índa eran mozos que podían ter a certeza e a esperanza de fuxir do porvir,
sen ser conscientes da súa capacidade para arrastrar os soños cara o cadalso do esquecemento.

O luscofusco arrolábase co sabor salgado a salitre,
e a noite abríase paso entre as ondas
devorando pouco a pouco
os últimos retrouxos dun país que agoiraba craveis baixo o seu engaiolamento.

Era unha tarde de finais de verán,
e Dinís, pendurado do Penedo
mergullábase na Saudade,
podería ser que o tempo todo o mudase,
máis a lembranza do seu último beso
facía brincadeiras co soriso da súa imaxe,

e mentres,
o interminable latexar do ar,
debuxaba cabriolas cas cores do mar.
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Tormenta

El gris… ya lo anuncia,
el cielo encapotado está,
la centella como hija de la astucia
baja del firmamento inmolándose ya.

Hay humedad en el ambiente,
la lluvia se huele ya,
abrigándose, el sol pronto se mete
en invisible gruta… o se mojará.

Todo se esconde, nada permanece,
el viento nos regala su largo silbido,
y la hoja del árbol caída entonces…
se levanta acompañándolo como si fuera su amigo.

El cielo como si furioso estuviera
con rabia súbita pareciera despertar,
con sus truenos-gritos pereciese que dijera:
“como centellas… dardos de luz les voy a lanzar”.

El trueno se oye, su eco retumba,
las nubes amigas ahora amenazan lluvia,
por causa de la centella el cielo relumbra
y esto a la mujer asusta, sea morena o sea rubia.

Mientras esto sucede nada resplandece,
la gente en sus casas aseguran puertas, ventanas,
el tiempo pasa y lo claro oscurece
mientras aves y mariposas vuelan apuradas.

Agua, agua, mucha agua nos cae,
con fuerza y mucho viento del cielo se escapa,
y en su desbocado galopar nos trae
centellas, lluvia y viento con mucha alharaca.

El campo se alegra,
el campo se asusta,
el campo tiene vida, brota la tierra,
el campo tiene muerte, la tierra se inunda.

La tierra triste, alegre se vuelve,
lo marchito, en vida se transforma,
se opaca lo vivo, también lo reluciente
deteriorándose con esto toda buena obra.

En su relampagueante bostezar
oculta del cielo su bello fulgor,
dejando en nuestra mente el desear
que pase el tiempo y salga el sol.


Rafa Puello.
Barranquilla-Colombia.
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Las cosas de antes duraban más

Recuerdo que una tarde estábamos sentados mi abuelo y yo debajo de una parra.
Era una linda tarde primaveral, en la que soplaba una leve brisa, y el sol que tímidamente se iba escondiendo detrás de las nubes. El cielo presentaba un matiz de colores increíble, combinando tonos rojizos, anaranjados y amarillos, como si hubiesen sido colocados por el pincel del más hábil de los artistas.
El abuelo, como casi todos los domingos, estaba relatándome anécdotas e historias sobre su juventud. Era un hombre jovial, alegre, a quien en realidad el paso del tiempo no parecía haberle afectado mucho.
En cierto momento, se me ocurrió preguntarle cómo era que todavía seguía casado con mi abuela, cómo habían hecho para resistir el paso de tantos años con la llama de su amor aparentemente intacta, cosa que
–desafortunadamente- se ha perdido en estos días que corren.
El abuelo le dio un largo sorbo a su vaso de whisky sin hielo, suspiró por un momento, como pensando bien sus palabras antes de darme una respuesta. Finalmente, se acomodó en la silla y respondió:
- Querido, tu abuela y yo provenimos de una época un poco distinta a la de ustedes. Podríamos decir que la juventud de ahora vive en la época de lo descartable, del “use y tire”. La abuela y yo venimos de la época de los remiendos.
- ¿Cómo? - pregunté yo sin comprender sus palabras.
Él sonrió, y su sonrisa fue iluminada por los pocos rayos de sol que quedaban. Se me ocurrió que era el momento perfecto para tomarle una fotografía, pero descarté rápidamente la idea porque – como no podía ser de otra manera- el abuelo odiaba la tecnología actual, incluidas las fotografías.
- Yo vengo de una época donde todo duraba más – replicó -. La tela, los zapatos, las heladeras y las relaciones. Duraban mucho más porque nosotros conocíamos el verdadero valor de las cosas, y fuimos educados para cuidarlas. Si alguna cosa por algún motivo se rompía, simplemente buscábamos la forma de solucionarlo, de hacerlo funcionar y durar más.
- Pero abuelo, ¿y en al amor? ¿Cómo hacían para salvar una relación que parecía que ya no daba para más?- interrogué impaciente.
- Yo creo – contestó el abuelo- que la gran diferencia es que nosotros no teníamos internet, ni Whatsapp, ni Instagram ni Facebook, esos chupetes electrónicos que te alejan más de las personas reales. No teníamos mensajes de texto, ni seguidores o pseudo amigos. No existían los “me gusta” ni todas esas cosas raras que tienen ustedes hoy, cosas que dan lugar a celos y rupturas de parejas a causa de algo tan insignificante como un me gusta de un completo extraño. Además de eso, la juventud contemporánea no se complica demasiado, si no funciona con una persona, simplemente se buscan otra, como si las personas fueran un par de championes que no te sirven o no te gustan, y entonces los cambias; de ahí mi concepto de desechable: no se arriesgan a encontrar el verdadero amor.
Impactado ante las palabras del abuelo, no logré encontrar una respuesta que desafiara la lógica de lo que me había dicho, por lo que me quedé en silencio, el cual el abuelo aprovechó para continuar con su discurso del choque generacional.
- En mis tiempos, los únicos mensajes de texto que teníamos eran las cartas, las cuales escribíamos de nuestro propio puño y letra, muchas veces tachando con la misma lapicera y pasando los eternos borradores a un papel limpio. Hoy en día la juventud tiene acceso a ésta tecnología que no les permite pensar, porque es como una madre muy pendiente que hace todo por ellos. Simplemente entran en internet, buscan una frase cliché y repetitiva dicha por alguna persona alguna vez, y la envían en un mensaje de texto que le llega al receptor en 2 segundos. ¿Cómo pueden pretender que algo dure si no son originales, si carecen de imaginación? ¡Es increíble la verdad!- sentenció indignado.
Yo quedé pasmado por la repentina irritación del abuelo, pero una vez más pude apreciar la lógica, la sabiduría y sobre todo la verdad detrás de sus palabras. Se me antojó que el mundo estaba cada vez más loco y perdido y que, como bien dijo el abuelo, la tecnología nos aparta de las personas que más queremos.
-¿Te doy un consejo?- preguntó el abuelo sacándome de mis cavilaciones, de vuelta al mundo real.
-Si abuelo, por supuesto- repuse expectante.
- Amá -me respondió- amá y déjate amar. Demostra tu amor, hacele al mundo saber lo que sentís porque no existen los adivinos. Escribí cartas de amor, dedicá canciones bonitas, divertite y creá momentos y recuerdos imborrables. Y si te rompen el corazón, juntá los pedacitos y tené la valentía de seguir amando, porque eso es lo que hace al mundo girar: el amor. Los actos más nobles y locos del mundo se hacen en el nombre del amor, ¿y sabes qué mijo? Son los mejores del mundo. Quizá no lo entiendas ahora, pero cuando llegue el momento correcto, cuando llegue una persona que te haga sentir completo, que te haga bailar debajo de la lluvia, ahí, en ese mismo instante te vas a acordar de las palabras de este viejo.

No me salió ningún tipo de respuesta, así que simplemente guardé silencio y lo abracé.

Ha pasado el tiempo, y el abuelo tenía razón en dos cosas: en primer lugar, no entendí qué fue lo que quiso decir en ese momento.
La segunda es que, cuando llegó mi momento lo supe, y en efecto sí que me acordé de él.
Una vez más, como casi siempre, el consejo del abuelo había sido de gran ayuda.
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Ser argayo

Ver claro es detenerse. Analizar es ser extranjero. Todo el mundo
pasa sin rozarme. No tengo más que aire a mi alrededor.
Me siento tan solo que siento la distancia entre mí y mi traje.

Bernardo Soares (F. Pessoa)

... bebo absolutamente solo
mientras nadie me llama y busco
a quien me llama: viene
en sentido contrario al de la espera.

J.M. Caballero Bonald


¿Alguien más ve las nubes que galopan como dóciles corceles que olvidaron su bonanza? Se va yendo el cerúleo. Llega la fiera, viene hacia mí... yo que siempre fui de calma —menos cuando la tenía—. Más parece que reclamo el malestar como alza o trampolín que da impulso, destiñendo lo vivido. Piso charcos donde hay tinta que debió formar palabras, un aviso o cualquier cosa importante que pasó a ser trivial. Cuatro letras estancadas solo quedan. Y no deja de llover.

Hay caídas que pudieron evitarse antes del derrumbamiento. Hay errores con herida encarnizada que producen regocijo. Creo que hay días que consigo superarme: casi alcanzo ya la cima del fracaso. Desde aquí se ven muy bien las palmaditas que me he dado en la espalda a lo largo de los años. El consuelo de más tarde, de paciencia, de ya mismo, de tan pronto como nunca...

De otros días no me acuerdo. Ni sé qué quiero.

Voy a tener que dar la razón a la amiga de los miércoles, parca en palabras... o no, según el día. Debería haber dejado de pensar —mi deporte favorito—, empleando ese esfuerzo en saltar por la ventana. Buscar el soplo de aire de sur que zanjara mi alergia. Matar de risa al entrecejo. Usar la lengua, no para hablar. En eso estamos de acuerdo. Queda feo que yo lo diga, pero mira que aumenta mi belleza cuando estoy callada...

Hay tanto deber no cumplido dentro de la vorágine de actividad diaria, colmada la agenda de sorbos de clavos que trago, rebasando la energía que me invento para complacer a todos, menos a la que sostiene mi sombra que, a veces —¡qué coño, que siempre!—, tengo la impresión de mucho hacer, para acabar haciendo nada. Y falta poco, dice el eco repetido que empezó siendo susurro y ahora chilla en mi oído sin lograr que me conmueva. ¿Será que estoy habituada a su alarido? Decidme, ¿qué hay peor que la costumbre en estos casos?

No hay seguro que mantenga la armonía, todo quiero en el trapecio. Ver mesura en el desorden. Ser argayo.
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Loco de calor de verano

Mil casas blancas con tejados rojos,
flameantes por el implacable estío.

Se acercan,
los veo de lejos,

Con antorchas encendidas y caballos cojos,
por las trabas de las arquetas la patas
se han torcido.

Unas sombras cortas
de calor bravío.
Esos pobres caballos...,
se te meten por los ojos.

Hombres ¿a donde vais o es que venís?

Los miro y los veo a todos rojos,
como los tejados de las mil casas.

Desde el patio mío


Alfonso J Paredes
Tos los derechos del texto e imagen reservados
imagen del autor Alfonso J Paredes
S.C/Copyrigh
CEDRO
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Detective loco

Vive cierto detective loco
En mi ciudad
Que investiga casos ya resueltos
No para encontrar al culpable
Si no para desconocerlo
Y cada vez que tiene éxito
Es el nuevo blanco de la policía
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Prométeme y El número perfecto (a @Letizia)

Prométeme que si en algún momento
encuentras amor así de grande,
no le dejarás de hablar
por temor a enamorarte...

Prométeme que si algún día
alguien te ama así,
como yo te amé,
te casarás con él
y harás fiesta.

Prométeme que cuando estos
versos leas no llorarás,
pues como tú me has dicho
si mal no recuerdo,
eres "de una pieza".

Sabes que en la antiguedad
7 era el número perfecto,
siete eran las maravillas,
siete eran los cielos...

Siete los pecados capitales,
Siete los días de la semana,
Siete son los poemas que
en Poémame para tì he puesto...

Siete las estrofas que tienen
juntos estos dos poemas
-Prométeme y El número perfecto-
Siete los días que has callado,
siete el número de veces que he llorado.

No me gusta el tema de Camel "Long Goodbyes",
y cuando esté deshecho, tú tendrás,
al igual que en Hotel California,
seguro, la que será tu mejor "alibi"...
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