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Soneto Canta el Cisne Llamando a la Muerte

Canta un cisne su dolor y tragedia
hermoso canto llamando a la muerte
maldiciendo llora triste a su suerte
el sufrimiento con saña lo asedia

Su pobre corazón se encuentra a medias,
desolado nada en el lago inerte
en este mundo nada lo hace fuerte
sólo muriendo su dolor remedia

Alma tan pura transparente hermosa
nunca mi corazón ha conocido
amor y fidelidad se desposa

Agita alas y corre sobre el fluido
vuela quiere reunirse con su esposa
cantando a la vida se ha despedido.

MMM
Malu Mora
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Yo

Siempre llego tarde a mi propia vida,
como una marea que llega tarde a lamer las costas de una tierra indefinida,
y siempre quiero cantar como el cisne inmolado
pero jamás llego a tiempo para mi final esperado.

Quiero cantar y ser escuchado,
y reverberar en mí mismo, y ser visto,
pero siempre llego tarde a mi propia vida,
y por todos otros ya fui despojado,
y sólo me queda el silencio,
y dentro sólo me queda el tiempo.

Y pasa el tiempo, y de tarde en tarde,
pienso que he llegado,
pero me engaño,
y ardo, y estallo,
porque quiero llegar a tiempo,
y arder en un momento,
en ese momento, no en otro,
pero es mentira,
y ficción, y engaño, y otros sinónimos
que salen en los libros de medias verdades,
que dicen qué decir mientras no dicen nada,
y con rabia me trago mi lengua,
y mis lágrimas, y mi saliva
y más sinónimos que salen en libros de mentira,
mis mentiras,
más preciadas que el oro.

Siempre llego tarde a mi propia vida
¿Tú no sientes lo mismo que yo?
Como si no fueras nunca de ningún lado,
como si fuera del tiempo estuvieses fuera de lugar,
como un objeto desplazado,
lleno de odio, de furia, de confusión,
de brea ardiente en la que se funden los huesos
de los dinosaurios.

Oh, Dios, ya vuelvo a llegar tarde a mi propia vida.
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Barroquismo Onírico

Cuando en la noche de mi pensamiento
emerges, te sueño rayo argentado
de luna, sátiro o fauno del viento
con cuerpo de roble perfeccionado;
y aunque en un efímero soplo siento
de tu pecho un fuerte latido al lado
del mío, claro y cercano, al instante
me parece misterioso y distante.

Trajeado de savia te imagino,
ceñido con frondosa idolatría,
cubriéndome del verso aguamarino
de tus ojos, que arrojan poesía;
libando un apetito purpurino
en la onírica y vana fantasía
de dejar en mis labios desbravados
la sombra de dos pétalos lacrados.

Y al mostrarme tus gemas engarzadas,
lloras lágrimas de barro y suspiras
un hálito de voces olvidadas;
y al escucharte plañir cinco liras
como aquel cisne con plumas gastadas
que canta al sentirse morir, expiras...
cuando en la noche de mi pensamiento
te sueño sátiro o fauno del viento.
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El robo de los cuadros [2]

En el verano, Olivia había convencido a su
padre para que vendiese un bálsamo para las
manos, que ella misma había preparado con
aceite de oliva, aceite de palo de rosa y parafina.
La joven había llenado unos pequeños
recipientes con el remedio y les había colocado
una etiqueta, que ella misma había dibujado de
un cisne con una rama de olivo. El padre se
sorprendió de la propuesta de su hija y probó
aquel ungüento, apreciando que suavizaba las
durezas de las manos. Le pareció una buena
idea vender esos recipientes.

Olivia esperó la llegada de aquel joven desde
el mismo día en que su padre instaló el puesto
de aceites, pero este no se hizo ver, pues estaba
trabajando en la reparación de un tejado de una
casa, que había sido devorada por las llamas de
un terrible fuego. Marcos tardó una semana en
aparecer por el mercado y para entonces todas
las confecciones de aquel apreciado ungüento
se habían vendido, por lo que Olivia no pudo
mostrarle de su particular manera, el
agradecimiento por su regalo.

Ambos jóvenes no se hablaron en todo el
verano. Marcos volvió a pensar que esperaría
más muescas. Mientras su bastón se llenaba de
señales Olivia no entendía el silencio del joven,
que se acerca hasta la zona de los puestos y
luego desaparecía sin decirle nada.
En el otoño la joven no acompañó a su
padre, porque se encontraba convaleciente de
una gripe. Marcos desconocía el porqué de la
ausencia de la doncella y en su desesperación,
fue visto a menudo en las tabernas del barrio
donde trabajaba. Poco a poco se iba
convirtiendo en un cliente habitual de las
mismas, gastando lo que ganaba en jarras de
cerveza. En el invierno Olivia se quedó de
nuevo en Málaga para no desatender sus
estudios.
Marcos esperó y melló su bastón hasta que
poco a poco la tristeza le fue invadiendo y para
acallarla bebía cada vez más a menudo,
frecuentando todas las tabernas de los barrios
pobres sin decir una palabra y sin ser
reconocido por nadie.

Extracto de la novela [El lienzo en el espejo]
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El robo de los cuadros

Sevilla, 1810
Estaba de nuevo pensando en ella, en aquella
doncella malagueña que le quitaba el sueño, esa
que lo rechazaría por ser un pobre artesano, sin
nada que ofrecerle. Recordó el primer instante
en que la vio era primavera y al verla junto a su
padre en un mercadillo cerca del puesto de
aceites, le pareció estar observando a una
princesa. Se enamoró inmediatamente de ella y
cuando esta se marchó de Sevilla, él empezó a
desatender su trabajo en el taller. Pensó que no
volvería a verla, pero al inicio de cada estación
regresaba con su progenitor para vender los
mejores aceites de Málaga. Ella era una dama
culta, pues siempre estaba leyendo libros y
llevaba consigo un pequeño libro de horas de
tapas repujadas en cuero. Su padre poseía una
casa en una calle de uno de los mejores barrios
sevillanos y hasta allí se dedicaba Marcos a
seguir a la doncella. Esta se asomaba al balcón
cada tarde, acompañada por su dama de
compañía. Aquella era una escena que el
carpintero no podía olvidar pues era la viva
imagen del cuadro de su pintor favorito,
Murillo, “Mujeres en la ventana”. [_61] Su
“Princesa de los olivos” como la llamaba en sus
fantasías, era la reencarnación de la dulce joven
doncella que el artista sevillano había
capturado con gran sencillez y gracia, con su
cabello azabache rebeldemente ondulado y su
tez blanca.
Marcos deseaba haber nacido escritor para
reescribir las paginas de aquel libro que su
amada ojeaba incansablemente, deseaba ser
pintor para decorar un lienzo con la belleza de
su rostro, pero él era solo un aprendiz que
tallaba figuras para vender en las tiendas de
regalos. Había aprendido el oficio de su padre,
pero cuando este falleció, su taller contaba ya con
tantas deudas que el joven no pudo pagar el
alquiler de la casa y se convirtió en un sin techo.

Marcos llevaba siempre un bastón de madera,
en el que hacía una marca cada día desde la
primera vez que vio a la doncella, y llegada la
segunda primavera las muescas que Marcos
había tallado, eran ya trescientas setenta y tres.
Sin embargo hasta entonces no había logrado
decirle una sola palabra, esperaba con ansiedad
volver a verla pues en esta ocasión tenia un
motivo para saludarle, le había tallado la figura
de un cisne en una rama de olivo. Era una
escultura bellísima.
Cuando la doncella regresó a Sevilla con su
padre, Marcos había conseguido un trabajo en
una sillería, en la que trabajaba labrando patas
y respaldos todo el día. Tenía las manos llenas
de callos y algunas llagas de trabajar tantas
horas con las gubias.
Marcos había descubierto el nombre de la
muchacha pues su dama de compañía la
llamaba Olivia, nombre que significaba “la que
protege la paz”.
El joven carpintero se acercó una tarde hasta
su puesto de aceites en el mismo instante en
que el padre de la doncella se había alejado.
Olivia se había percatado en algunas ocasiones
de que un joven alto de pelo alborotado, solía
observarla desde lejos. Al verle acercarse le dijo:
–Mi padre se ha ausentado un momento
debéis esperar, yo no se medir el aceite.

–Sois vos con quién deseo hablar, mi nombre
es Marcos, disculpadme, no quisiera ofendeos.
Hizo una pausa para inspirar aire porque sentía
el corazón palpitándole en la boca de su
garganta
–Quisiera que me aceptarais un regalo.
Olivia se sonrojó sintiendo curiosidad por
saber en que consistía.
–Si vos prometéis alejaos antes de que mi
padre llegue a notar vuestra presencia, os
acepto el presente.
Al extender la mano el carpintero ofreció a la
doncella la bella figura del cisne tallado. Olivia
en lugar de mirar la talla observó con sorpresa
las manos del joven. Marcos se dio cuenta de
que sus manos estaban marcadas por su duro
trabajo, mientras que las manos de su dama
parecían ser de seda y no haber realizado nunca
tareas laboriosas.
–Es precioso ¿lo habéis tallado con vuestras
propias manos? sois un artista. Yo adoro los
cisnes, estoy justo leyendo un cuento alemán de
un escritor llamado Johann August Masäus.
Ella le mostró el libro veis “El velo robado”
–¿Lo habéis leido?
Marcos se sintió morir por dentro de algo
más intenso que la vergüenza bajo la cabeza y
dijo: –Yo no sé leer ni escribir.

Olivia se sintió muy mal por la tensión del
momento, el había bajado la cabeza como un
niño amonestado y aquello le llegó muy dentro
del alma.
Marcos era incapaz de pensar ninguna
palabra y se sintió muy aliviado al ver que el
padre de la joven se acercaba al puesto, por lo
que ambos jóvenes cruzaron sus miradas sin
decir nada más.
–¿Qué buscaba ese joven?– pregunto el
mercader de aceite.
–Un bálsamo de grasa para las grietas y
callos de sus manos, pero se ha dado cuenta de
que vos vendéis solo aceite comestible.
Marcos no se atrevió acercarse más al puesto
del comerciante. Aquella primavera se dijo, que
si había esperado trescientas ochenta y seis
muescas para saludarla, esperaría algunas más
para volver a hablar con su amada.

Extracto de la novela [El lienzo en el espejo]
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De otoños y primaveras

Nacen otoños en tus párpados
y te veo más hermosa que nunca.
Mil primaveras
nunca fueron suficientes
para describir la alegría
de rozar tus mejillas
con la carne de mis labios.
Me dices algo
y arden leños
en la fogata de tu boca.
La miel de tu mirada
flota en el ambiente
y arranca
la danza de los cisnes
al compás
del movimiento pausado
de tus níveas manos.
En tu cabellera azafranada
se enredan mis mariposas.
En tu cuello
nacen arcoíris
y torrenciales cascadas
de agua fría.
En tus dos pechos
Sagitario flecha a Casiopea
y le hace el amor
al compás de la sinfonía
de cuerpos celestes
que rinden pleitesía
a tu celestial estampa.
Acontece todo esto
ante mi mirada hipnotizada
y se arremolinan vientos
de suspiros profundos
que nacen
de mi alma enamorada.


@SolitarioAmnte / vii-17
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Dedicado al Amor de mis Sueños

Como cada noche al ir a dormir, apago las luces y en la oscuridad cierro mis ojos.

Suelo soñarme en una playa lejana de arenas blancas y suaves al caminar, donde el ruido de las olas alegran el sentir y la brisa marina acaricia mi rostro.

Sin embargo esta noche, lo sublime da paso a lo inesperado. A lo lejos, hay un cuerpo femenino recostado en la arena. Corro hacia ella - debe ser una sirena que el mar sacó de sus entrañas para el mundo - Al estar a su lado, una visión me desboca la sangre. Es una hermosa mujer, demasiado hermosa. Está herida pues pese a ser su tez tan gélida como divina, en su espalda, dos grandes desgarros sangrantes corrompen la castidad de sus líneas.

La tomo entre mis brazos y la llevo a un lugar más seguro. Observo y luego seco su rostro de diosa que débilmente respira como un cisne dormido. Sus ojos húmedos han llorado profusamente esa noche. Su piel es blanca y suave como brisa de oriente y sus cabellos negros como la noche, emanan sutiles destellos de polvo de estrellas. Luego de unas horas abre sus ojos; son dos perlas oscuras que me miran y se reflejan en una suave sonrisa que emerge desde sus labios. Su voz, como agua volteada dentro de un cáliz de plata, cálida me pregunta quién soy.

Idiotizado, deslumbrado, intento balbucear un nombre. No lo consigo... - Soy el que te encontró. Vuelve a sonreírme - No te preocupes, yo tampoco recuerdo mi nombre- Cuando trato de devolverle la sonrisa (como si fuera eso posible) noto que el dolor de su espalada la estremece desesperadamente. ¿Quién te hizo daño? No me responde y luego de unos minutos susurra - no tengo donde ir.

La llevé a casa para tratarle las heridas. Mientras curo sus llagas, me cuenta algo de su historia. Es un ángel.

Dice que era feliz, que levitaba de nube en nube y les hacía bromas a las golondrinas. En otoño, amaba columpiarse en los arcoíris y en la primavera, rozaba los campos de flores para llenarse de sus perfumes y pequeños girasoles que adornaran sus cabellos

En su infinita e inocente felicidad, no fue capaz de percibir que en lo profundo del bosque, un ser oscuro le envidiaba desde las entrañas, por lo que una noche mientras dormía, el ser oscuro invocando a las sombra, conjuró una tormenta como nunca antes había se había visto. Asustada intentó emprender el vuelo buscando refugio, pero fue ahí cuando dos sendos rayos rugieron en el firmamento quemando sus alas. Cayó indefensa al mar y no era capaz de recordar cuanto tiempo estuvo su cuerpo a la deriva.

Una semana trascurrió y aun estaba conmigo y cuando sus heridas lentamente sanaban, me imploró que no la soltara, que me quedara con ella. Yo se lo prometí. Le juré que no la soltaría, y le pedí que se aferrara a mi mano para ayudarle a sanar, de esa forma una vez crecidas sus alas, le enseñaría a volar de nuevo.

El tiempo trascurrió y enamorarme de ella fue inevitable. Mi familia me llamaba loco, enamorado de un ángel. Mi hermana vociferaba: - Cuando tenga sus alas, se alejará volando y te quedaras tal y como estabas al encontrarla. Solo. Perdido. No escuchaba a nadie pues mientras mi corazón estuviera con ella, no tenía miedo.

Una noche de tormenta, las pesadillas la embargaron. Me imploró la abrasara y en el preciso instante entre el relámpago y el trueno, mis labios buscaron los de ella. Fue un beso dulce y apasionado en el que las arenas del reloj dejaron de fluir hasta que el tiempo se detuvo. Ya no había lluvia, no habían truenos; solo un silencio mágico que hechizó una noche en que la oscuridad nos envolvió y fuimos uno...

El sol se coló por las cortinas y alumbro mi cara esa mañana. Lentamente y extasiado, cual crio que despierta una mañana de navidad, abrí los ojos para contemplarla a mi lado.

Ya no estaba.

Mi ángel había desaparecido. Era un sueño. ¿Todo fue un sueño? Una tristeza desgarradora me inundo el alma, ya no quería despertar... Desde esa noche, todas las noches voy a caminar por la orilla del mar antes de dormir, con la absurda esperanza de encontrar algunas de sus plumas en la arena y tener la certeza de que mi tiempo a su lado fue una realidad.

Fue el sueño más sublime, más divino que por recuperarlo habría dado la vida. Seguiré buscándola cada noche antes de dormir para intentar encontrar en sueños tal vez una vez más, a esa mujer. A mi ángel sin alas, al amor de mis sueños.

P.E.S.S.
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Acantilado

Vengo a mirarte con las manos despiertas.
Sucumbí la tarde que colgada de un acantilado
volaste, volaste inconmensurablemente.
En silencio.
Peregrino entre los fragmentos que dejaste.
Nunca volví a sentir escalofríos.
-Escucho tu voz enterrada en el Universo-

Puedo tocar la inocencia de tu boca,
mostrar las silabas de tu garganta,
delinear sobre las olas perfumadas de tus carnes,
las señales impolutas de mis ramas,
bordar en las alas de las aves,
el beso que el alma grita.

Devoré tu contorno mientras la luna
vigilante, me desabrigaba.
-Tú fingías pintar orugas en los estantes-
Dejaste escapar el mundo en tu mirada,
y el amor volvió del destierro.

Se abrazaron nuestras dudas.
-Quise repetir el quejido que rompió tu vientre-
Esa noche callada, envuelta en perlas imaginarias,
Vivaldi acopló las notas de su pentagrama,
con la curvatura violenta, de tus labios salvajes,
la música estalló, irritada en los bosquejos
cetrinos de las calles apuñaladas, de nuevo pude
sentir la vida golpeando mis huesos cenizos.

Todo era campo en tu cuerpo,
puerto y libertad en tu cintura,
tragedia de amantes incompletos,
prosa de burdeles,
máscaras caídas en el último vals.

Te acercaste con puñados de secretos,
la frente cual cristal, la verdad del ocaso en tus pechos
y el canto del cisne nocturno, anunciando
la entrada en tu fauna.

He prometido bajo una tempestad de ánforas cargadas
de vino dulce, sufragar cada una de tus veleidades,
cruzar los pantanos en los más reñidos inviernos
para rimar con el vaivén de tu falda,
tocarle a tu cabello una tonadilla que alborote,
tu neurona más tímida y tu célula más displicente.

Iré a buscarte cada vez que el otoño se le antoje
deslizarse por mis nostalgias, con canciones
que alegren provenzales quimeras.

Nos marchamos en un retozo cómplice
de verbos y sabores,
vimos partir la galerna que empuja el infinito,
las estrellas lustrar la eternidad y mis ojos
en jaque mate frente a los tuyos.
Un par de tórtolas nos observan riendo,
con los picos húmedos y mis ganas atraviesan
las estepas de mi talle.

Tú sabes.
Tú entiendes los símbolos del agua.
Ahora, vivirás descifrando sus ondas,
te erigirás franca en el mes de abril, con el puño
cruzando el sol y las palabras incoloras buscando tu lengua.
Pescaré en algún equinoccio, tu sonrisa, espero
la dejes en el naufragio de tu soledad.
Te amaré,
te amaré con la máquina más antigua que guarda
el pecho, ese tic-tac que al cavilar en ti, se llama corazón.
Te perseguiré sobre un centauro hasta el umbral
de las rocas acuáticas.

No te hallaré en vano,
cortejada por la fantasía,
robles de tapices armónicos, relojes marcando
la hora menguada, caminos floridos
en los surcos de Machado, esperanzas disecadas
en los mausoleos de las barriadas.

Vengo con las manos marchitas
en la séptima madrugada de mi calendario
indiscreto. Vuelvo al existencial instante
que te evaporaste en el calmoso, acantilado,
entonces la historia de los muertos,
de los sacrificados,
de los venerados,
de los desterrados
de los enterrados,
la historia nuestra, quizá con un clon en el futuro,
reposa en una ceremonia de malditos dolores,
que decoran la tumba que te mantiene al borde
del abismo y a mí, ¡ay! A mí, pariendo el olvido,
que no quiere abandonar mi vientre.

Yaneth Hernández
Venezuela.
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Mapa del cuerpo amado

Mapa del cuerpo amado

Me acosan unas manos de largas uñas
que controlan sabiamente mi indiscreta mirada
y un salón de belleza cercano
es una fabrica de memorias:
Alude a un depilado pubis riñendo con mi barba.
a unas piernas de compás matemático
que medían el radio de mi cara.
A la sedosa piel de tus nalgas
congelada en el tiempo
a esos tus pies, que adoptaron mis dientes
que se montaban tríos con mi lengua…

Me sigue una larga melena
y recuerdo tus cabellos
cual cascada borboteando
la humedad de mis sueños.
El respetable pecho de una azafata
recrea tus manzanas de doble pecado.
Combustible de todos mis fuegos.
Un cuello de cisne rodeado de un pañuelo
me traslada al ballet
con que aflojabas mi cama
y los ojos de esa chica del metro
evocan tus cafés de las tardes.

Me acecha tu cuerpo.
Ha pasado tanto, tanto tiempo.
Me persigue el mapa de tu anatomía
Veo sombras que huelen a ti.
Lucen como flashes
que evidencian claramente
mi ausencia de amnesia.


Copyright 2017
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Muchacha cama adentro. 2da. parte

La sociedad carnívora sigue acosando a los mismos sujetos:
los más frágiles, los más tiernos, los más débiles y sensibles.
Los artistas, intimidados, disfrazan sus sentimientos
para no ser perseguidos por los perros del estado policial.
Ellos no dejan hablar. Silencian. Espían, censuran y reprimen.
El pensamiento no se expresa libremente en un país
donde castigan y mienten al pueblo. Pobreza cero.

Saqué una foto del cuadro con mi teléfono y me fui del museo.
Llevaba conmigo el testimonio de una sociedad tramposa
e infame. Había que reescribir la historia. Los políticos
de la Generación del Ochenta se jactaban de ser miembros
de una élite progresista y liberal: mentira, fue una generación
cipaya, oportunista, vendida, corrupta, tramposa, ladrona.
Sívori era mejor que muchos de sus contemporáneos:
no se dejó comprar por el canto del cisne simbolista.
Prefirió aprender de Zola, descubrir el París marginal
de los humildes, codearse con sus hermanos anarquistas.
Por eso lo censuraron.

La tarde estaba hermosa. Crucé a Plaza Francia. Ascendí
la barranca hasta llegar a la entrada del Cementerio, donde
descansan grandes héroes nacionales, como el Almirante Brown,
nuestro irlandés de hierro, y Facundo Quiroga (enterrado de pie,
listo a desenvainar la espada para defender a su país), junto
a muchos reaccionarios vendepatria (Sarmiento incluído)
y a figuras políticas luminosas, como la inmortal Evita.
También está allí su detractor, el General Aramburu,
que secuestró y mancilló su figura querida y pagó
con su vida la afrenta hecha al pueblo peronista
(¿podemos, mágicamente, robar un cuerpo para hacer
desaparecer su espíritu?¡Ah, la ingenua maldad de los gorilas!).

Seguí mi camino. Atravesé la plaza y arribé a La Biela,
uno de los cafés históricos más lindos de Buenos Aires.
Me tenté y entré a tomar algo. En el amplio salón
vi, sentadas, junto a una mesa, las esculturas de Bioy Casares
y Borges, antiguos clientes. ¿Qué hacían allí? Es cierto
que Bioy era hijo de una familia de oligarcas, y vivió en el barrio,
siempre de rentas, sin trabajar. Así disfrutan de sus privilegios
los descendientes de nuestra oligarquía vacuna,
que desheredó a los herederos nativos de su tierra,
¡pero Borges, el escritor más destacado
de nuestra literatura nacional, allí, en Recoleta,
en medio del chetaje conservador de viejos Generales retirados
y gerentes de empresas quebradas por sus dueños!
Me pareció injusto…Me dije que el gran viejo ciego no les pertenecía…
No quiso ser enterrado en su cementerio, se fue a morir a Suiza,
el país que lo acogió con amor en su adolescencia.
Sin embargo…es cierto que aceptó dádivas de Aramburu,
el tirano golpista que enlutó nuestra Patria, proscribió
de las urnas a los trabajadores y pisoteó la Constitución a gusto.
Hizo nombrar a Borges Director de la Biblioteca Nacional
y profesor de Literatura Inglesa en la UBA, títulos que merecía, pero…
¿aceptarlos de manos de un represor y genocida, asesino
de los obreros de José León Suárez, sin decir una palabra?
Viejo reaccionario… quizá esté bien en La Biela. El pueblo,
sin embargo, es el verdadero dueño y heredero de sus lúcidas
historias y de sus versos. Ya ni al mismo Borges le pertenecen.
Los artistas se deben a su gente. La literatura y el mito
viven en el pueblo. El arte, como el agua, se decanta hacia abajo.

Frente a mí, sentado en una mesa, reconocí a Juan José Sebrelli,
ya muy viejito. Iba siempre a ese café, me habían dicho. El talentoso
autor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, antiguo sartreano,
es hoy escritor pesimista y claudicante, al servicio de aquellos
que saben cómo premiar a sus sirvientes letrados
(no debe el escritor dejar que le pongan precio a su pluma;
que nos guíe el amor a nuestro destino, y no la vanidad del aplauso).

Y ahí estaba yo, testigo de las dos Argentinas enfrentadas,
que luchan por apropiarse de la común memoria.
Está bien, me dije, que Recoleta albergue en su seno,
barrio de falsarios, avergonzados de nuestra identidad,
la pintura adulterada de la pobre prostituta explotada,
transformada en sirvienta de ellos, siempre de ellos.
Muestran así el desprecio por el trabajo humano,
la arrogancia de su cuna reaccionaria.
Y que La Boca, el antiguo amparo de inmigrantes, el señero
abrigo de conventillos de chapa, guarde y honre, en la casa
de su hijo más dilecto, la pintura del trabajador, campesino o
marino, abandonado en su lecho de muerte…

La herencia espiritual de la cultura estaba en juego, y yo había ido
a proteger lo que era mío. Que no enloden la memoria de dolor
y verdad de la gente que valoraba y defendía eso que somos.
Que no alteren y deformen nuestra historia con sus mentiras.

El arte, como la religión, llega, con su canto de cisne,
por igual, a explotadores y explotados. Cajita de resonancia
de todas las promesas, es elevado altar de sueños patrios.
En un mundo sin profetas ni redentores debe cada uno
velar por los que ama: que se levante el pueblo y dé su vivo
testimonio contra la apostasía y el cinismo de los poderosos.

Salí de La Biela y fui a la Avenida a tomar otra vez el 130.
Quería defenderme de tanta decadencia. La seda
olía mal en Recoleta. Volví a La Boca, mi barrio pobre, donde
los compañeros respiran a sus anchas. No sólo de pan
vive el hombre. La nación es fuerte en su Bombonera.
Aquí me regalo con la generosidad de los míos, y puedo escuchar
los tangos de Filiberto, reconocerme en los murales de Quinquela,
y unir mi voz a las de los poetas amigos en FM Riachuelo.

Me despido entonces de Laura Malosetti, que nos ayudó con sus
sospechas a despejar este misterio. Eduardo Sívori retrató la miseria,
que había descripto Emile Zolá. No le fue suficiente la realidad del Realismo:
fue más allá, buscó en la experiencia humana una verdad profunda.
Nos mostró el alma del pobre con su dolor, por dentro.
Se vio reflejado en la desventura del otro, como en un espejo.
El fue, en su corazón de pintor y poeta, la prostituta despreciada;
él, la sirvienta. Eduardo Sívori, el Naturalista, es artista nuestro.

Pobre muchacha cama adentro, trabajadora humillada…
Esclavizada a tu lecho, carne fuiste de suburbio, mancillada.
Zola, en sus novelas, se acercó a vos con compasión de hermano.
Sívori, enamorado de tu cuerpo, te acarició con su pincel.
En mi poema, te imagino, diosa de hospital, hermana de Baudelaire.
Ahora, en Buenos Aires, eres nuestra, guardamos
tu exquisita carne en el artístico retrato y con vos comulgamos
en la misa de los desamparados. Le lever de la prostituée. Le lever
de la bonne. Paris y nosotros. Anarquismo y socialismo.
Revolución y libertad. Quedaste como prenda
de nuestros comunes destinos. Mi mirada descubre
y decora con pasión tu humildad. Que este poema
te devuelva a tu verdadera historia y te haga justicia.
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Domingo de Ramos

Hay una solemne tristeza en la iglesia,
en sus columnas,
en los cansados ojos de los feligreses.
Es domingo de ramos
y hasta las ramas escasean,
no se sienten preparadas.
El sermón del prelado se pega a las paredes,
las amarillea,
los fieles van muriendo poco a poco,
también amarillean,
y sus yertos cuerpos se yerguen
sedientos de vida eterna.
Las canciones suenan tristes,
a derrota en las entrañas,
y la liturgia se convierte
en una gris monotonía
de figuras que son sombras
de otras sombras torpes y corvas,
heridas por la culpa hasta los tuétanos.

Me recuerdan a Bukowski,
a esos poemas sucios,
sin esperanza, sin brillo,
a esos de ceniza en la mirada
y de alcohol en los bolsillos.
Los fieles sucios no son
pero llevan manchas en la conciencia
que no se atreven a limpiar.

Y sin embargo son hermosos...

Como los perros de Bukowski,
como las pollas de Lorca,
como aquella puta vieja
y aquella vieja corista,
como Bukowski borracho:
cisne, poeta, esclavo.
Son hermosos,
todos lo son aunque sufran.
Llevan un sufrir añejo en las arterias,
tan viejo como veinte sucios poemas
o veinte siglos de liturgias.
¿Y el pastor?
El pastor es un lobo
que espera a sus ovejas
con una oblea en la mano.
El cuerpo de Cristo.
El cuerpo de Cristo.

Seguro que Dios era vegano.
Y Jesús alérgico al gluten.
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lago claro

Cisne en el lago
Plumas de blanca nieve
Entre peces muy bellos
Nada entre sueños
A la orilla una ardilla
Bebé del agua clara.
Sedoka
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sin comentarios 28 lecturas versolibre karma: 48

¡Oh querida!

Oh querida!

Dulce me pareciste niña.
Eras como el viento en la noche,
que atravesaban mis sienes.
Contemplando el cielo sentía euforia,
de saber que estas en algún lugar escondida.

Tu sonrisa tan brillante, como plumaje de un cisne,
la belleza que desprendes con sólo una mirada,
las palabras, que adornan mi aturdido alma.
Eres tú la culpable de mis noches en vela.

Ahora ,no sé dónde estás.
Quizás, escondida en algún lugar
dónde las flores brotan de alegría
por tenerte a su lado.
¡Oh querida, querida mía!
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