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Confiesa

Tiremos las cartas sobre la mesa
digámonos ya las cosas de frente
a mi la mentira no me interesa
Confiesa lo que tú corazón siente

Invítame de tu amor a ser presa
bésame que tu mirada no miente,
sé que mi cercanía te embelesa
negarlo no puedes seguramente.

Desde que llegaste a mi te he querido
yo necesito en mi vida un amante,
un caballero decente y aguerrido

Fue suficiente mirarte un instante
sintiendo que la vida nos a unido
y que mi alma sin ti andaría errante.

Las letras de mi alma
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De las confesiones

Qué aburrido el paso del tiempo ―dije, anhelando algo diferente―. Entonces, lo hice: me dejé llevar por el instinto. Fue excitante, pero raro. Algo así como manejar una de esas grúas que demuelen edificios con una bola gigante. La estructura de lo que habían sido mis sueños, miles de proyectos, el futuro, mi futuro... todo, absolutamente todo, se hizo escombros y, entre la humareda gris de polvo, distinguí la luz de otro amanecer.

A partir de ese momento, los días contuvieron la sorpresa intrigante de un regalo envuelto que miras y sopesas antes de atreverte a desliarlo. Un remolino de vida. Estupendo, genial, magnífico. Era justo lo que quería... hasta que lo tuve, porque no hay mejor manera de desprenderse de un deseo que satisfacerlo. Qué curioso. El asombro cambió de nombre para llamarse incertidumbre y riesgo y vértigo y nado contracorriente. Dejó de gustarme eso de ir a tientas, subir al trapecio con una venda, lanzarme de espaldas con los brazos abiertos, caminar descalza, preguntarme todo el rato qué vendrá después. Supongo que alguna vez te ha pasado. Qué mareo, ¿verdad? Da miedo ser la que maneja el timón con la tormenta, dirigir el rumbo sin tener muy claro hacia dónde ni cómo y, menos aún, para qué. Te agobias, te cansas, te hartas y huyes. Primero, de mentira, porque cuesta; pero, al final, terminas marchándote de verdad, convencida de que es lo mejor.

Salté de aquel tren en marcha, pero solo lo hice cuando supe que la caída me dolería menos que proseguir el viaje por un túnel interminable, es decir, encontré un paracaídas. Desprecié lo que no entendía y salté. Mi paracaídas se parecía al equilibrio y, además, era hermoso. La estabilidad recién salida del horno huele muy bien y sabe mejor. Por eso, la degusté con calma, mordisqueé todos sus recovecos narcóticos, me agarré a su firmeza, suspiré subida a su equilibrio en noches cubiertas de estrellas, en definitiva, me convencí de que eso sí era vida, felicidad, prosperidad... y no lo otro, no el remolino eléctrico. Sin embargo, como ya he dicho, los seres humanos somos caprichosos. Pataleamos hasta conseguir lo que queríamos y, cuando lo obtenemos, tachamos la proeza y buscamos la siguiente. Que quede entre tú ―que me estás leyendo― y yo ―que me estoy sincerando contigo―: estamos abocados a un descontento eterno.
Lo sabes, ¿verdad? A mí me quedó claro hace tiempo.
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Si hubiera cambiado algo

Nos cruzamos paseando
por la calle,

un punto fijo en nuestros ojos
hizo
que permaneciéramos
inmóviles durante un buen rato.

Y vi cómo eran nuestros incendios
provocados por un beso,
unos dedos en llamas,
recordé las confesiones de madrugada,
aquel intento de poema que me
recitaste,
las fotografías en las que estamos juntos,
todas las que te hice en mi mente, también.
Y las veces que me acompañaste
de un lugar a otro
y me escuchabas, sonriendo simplemente
ante mi locura.

Volví a lo que se supone que era
lo real.
Y aparté la vista.
Seguí caminando, en dirección contraria
a lo que gritaba mi cuerpo.

Eché una última, de verdad, rápida
mirada hacia atrás:
tan sólo vi tu espalda y que cada vez
estabas más lejos

-qué ironía-.

Así que seguí andando, prometiéndome
no volver a girarme.

Y nunca supe si en algún momento impreciso
y a destiempo
tú también te giraste.

Y nunca, probablemente, sabré
si hubiera cambiado algo, si lo hubieras hecho
en el mismo instante

en el que te miré yo.
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Lo Confieso

Lo confieso,
no siempre soy feliz.

Aunque vean que sonrío, no siempre quiero estar presentable, hay días en que te necesitas elemental y sin adornos, y tu alma solo precisa escuchar tu propia voz.

Hay otros días en los que te aterra saludar y oras implorando que el mirar al suelo te haga invisible, son días en que te elige la soledad o tal vez eres tu quien la elige a ella y la abrazas fuerte; Aquellos días en que hasta tu reflejo se niega a tropezarse con el espejo y

¡como cuesta sonreir!

Pero hay otros,
¡Ay! esos días brillantes que te masajean la esperanza, amanece y el sol baña de magia las aceras, todo se hermosea ante tus ojos, la gente se vuelve buena, los viejos trajes te vuelven a quedar y el cabello brilla compitiendo con tus ojos, esos días en los que por todo sonrío y

¡qué fácil se me hace!

Y sí, lo confieso, no siempre soy feliz aunque me vean sonreír

y lo que no me atrevo a confesar es…

…que casi siempre depende de usted.
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Inquisitio

El rostro desencajado del reo, se confundía entre las llameantes sombras de los candelabros que iluminaban el vaporoso ambiente de la gran sala de torturas. A su lado, el Inquisidor General clavaba sus cetrinos ojos en el hereje, buscando una confesión que no alargase más el proceso. Mientras, en la plaza central de la ciudad amurallada, la hoguera purificadora de almas esperaba lista para ser encendida.
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Nosotros

Creo en la posibilidad de lo imposible,
en la rapidez del tiempo entre tus besos,
y en la torpeza de mis manos
ante tu piel erizada.

Creo en esa sonrisa con aire nervioso,
en esos ojos que anuncian ganas,
y en una tarde entre confesiones
con olor a café.

Creo en la ruptura de la distancia
sin más arma que las palabras,
en tu pelo al viento
fotografiado en mi memoria,
y en abrazos como arma arrojadiza
contra los días largos.

Creo en los susurros a medianoche
que gritan en silencio mil "te quieros",
en las dudas resueltas por tus labios,
y en tu aroma impregnando en mi almohada
cada mañana.

Creo en nuestra historia
por encima del tiempo y de las prisas.
Creo en tí,
en nosotros,
y en la sensación de paz que supone
llamar "hogar" a estas 4 paredes.

Sólo prométeme que seguirás mirándome así,
aún cuando no lo merezca,
y harás de cada uno de mis días
una razón más
para seguir creyendo.
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El velorio

Me perdí en la madrugada, en los laberínticos recovecos
de un suburbio, arrastrando mi sombra, apenas visible
para mis ojos opacados por el alcohol, abandoné el miedo
en una botella de ginebra y me lancé a la nada.
Una luz mortecina me llamó al pasillo de un conventillo,
la seguí, esperando encontrar otro vaso de licor,
alcance a distinguir a medida que avanzaba
un aroma lacerante a flores, creo que me recordaban
algún acontecimiento del pasado. Comencé a distinguir
murmullos, secretos contados al aire (pensé en ese instante),
tropecé con una mujer vestida de negro que se alejaba
del lugar, ¿ por que lloran? le escupí de improviso,
no se si me miró, solo me respondió - por la partida de otro
buen hombre- y se esfumó en la noche. El patio estaba lleno de gente
humildes desarrapados se apiñaban para entrar al pequeño
cuartito de donde salia la amarillenta luz de las velas.
Fui tropezando con personas que me empujaban
hacia el difunto mientras decían- era un hombre bueno-, -sufrió mucho-
y otras cosas inentendibles.
Alcancé a mirar al cielo antes del último empujón, las nubes grises
corrían a tapar las estrellas, dentro de la piecita rodeado de mujeres
que lloraban y rezaban, descansaba ya el difunto, me persigne
como pude, y me acerqué un poco como para no quedar mal
y salir disimuladamente después del fiasco.
Una de las ancianas se corrió al verme y me tocó el hombro,
y pude ver el rostro de aquel hombre, las llamitas de las velas
quemaron mis ojos y apagué ese fuego llorando desconsoladamente,
a mi mente vino el abandono de mi padre, ese al que nunca había podido
llorar ya que su fallecimiento, solo me llegó a través de una confesión tardía
como tardío es este llanto por alguien al que nunca conocí.
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3comentarios 135 lecturas relato karma: 78

Confesiones frente al espejo...

Le di vuelta al espejo esperando verme ahí
y me encontré al otro lado de mi mirada,
estaba agazapado en las sombras del silencio,
justo al medio de un latido y una melodía.

¿Será entonces que estaba perdido?

Le di vuelta al espejo otra vez, esperando verme ahí
y resulta que nunca había salido de ahí,
seguía inundado de emociones y sueños,
justo al medio de un suspiro y un silencio.

¿Será entonces que seguiré cantando?

Le di vuelta al espejo una vez más, esperando verme ahí
y resulta que en el fondo de la repisa del alma,
me encontré abrazado a mi guitarra,
justo al medio de una corchea y una clave de sol.

¿Será entonces que seguía siendo el mismo?

Le di vuelta al espejo una última vez, esperando verme ahí,
pero no, todo era un vano espejismo, ya no estaba más ahí,
había cambiado la voz y ya no reía al cantar...

@Un_Fool
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5comentarios 80 lecturas versolibre karma: 75

Al lector mi confesor...

No quisiera vaciar tu recuerdo en simples letras que no darán mérito al sentimiento encerrado en cada una de ellas. Tampoco busco la justicia a mano propia en la que te juzgo a frases y te sentencia a puntos finales.

La verdad sólo pretendo expiar mis culpas.

Acúsome lector que he pecado, de pensamiento, palabra, obra y omisión.

De pensamiento por no alejarme de tu recuerdo ni un instante, por pensar en tu buena o mala fortuna, por descubrirme caminando a ninguna parte porque ha sido tu memoria la que llevaba mis pies, y como siempre, me deja abandonado al final de la calle sin un rumbo fijo.

De palabra por haberte dicho tantas veces, te amo, tanto... que el habértelo dicho en esas cantidades podría sonar a blasfemia, por decir que te apoyaba y porque en verdad lo hice, por hablarte al oído mientras dormías y susurrar un te quiero artero para que se clavara directamente en tus sueños y en tu conciencia.

De obra, porque cuanto estuvo en mis manos hice por ti, y créeme que no es reproche, cada pequeño paso, cada logro en mi vida lo hice por ti, por nuestro mañana y por nuestro futuro, lo malo es considerar un futuro escrito cuando debemos saber de la poca certeza que nos da, tan ingrato él, que nos deja hacer planes y al final todo se va perdiendo tras la niebla que despeja a su antojo.

De omisión, creo que son mi mayor falta... por omitir tus desdenes y tu hipocresía, por omitir tus faltas y buscarte perfecta, por omitir tu humanidad pensándote divina, por omitir mi conciencia buscando entrar en la tuya, por omitirme a mí dejando que me omitieras.

Esa es mi confesión, y acepto en el transcurso de este escrito mi pena, tal vez la sentencia sean diez canciones de Sabina y un poema de Benedetti, o dos horas de Serrat y tres libros de Onetti, igual y es más tranquila y son tres canciones de trova y una lectura ligera, digamos Cortázar o Borges, (es claro que esto último es una ironía). Sin embargo, cumpliré mi sentencia cabalmente, para expiarme de ti, y de todo aquello que no eres tú, es momento de redescubrir la fe que había perdido en mis dedos y en mis manos, hasta en mi inspiración.

Será que el amor se regocija de llevarse lo mejor de nosotros para alimentarse y al final, nos deja más pobres de todo, pero más fuertes... mucho más fuertes. Si a mí de pequeño me lo hubieran advertido, estoy seguro de que, aun así, me hubiera subido a esta montaña rusa... como seguramente lo haré mañana.
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Confesión

A ti, debo confesarte algo:

Si llegara el final,
Y el corazón corriera a donde se le antoja
Me haría sueño y mar
De regreso a casa.

Y si te aburres de mí
Convertiría mi sangre
En un tinto
Dulce y lejano próximo a consumirse.

Si decidiéramos despedirnos
Fingiría tener tus brazos
Por entre los míos
Como un doloroso recuerdo
Sollozado.

Y si intentáramos alejarnos
El espejo
Nos recordará, siempre
Quiénes somos
Quién fuimos.
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El reloj de Aristóteles

No eran verde el cielo ni azules las hojas, no era sombrajo el árbol frondoso, no era previsible para André que iba a morir en el bosque.
Por incapacidad o admiración, Europa y Arabia absorbieron los conocimientos de los sapienciales helenos. Y entre las cosmologías, la de Aristóteles contiene el germen del futuro homicidio. No en vano Ptolomeo y los medievales estudiaron al maestro de Alejandro con tanta atención; algo intuían de aquella teoría que no se rebajaba a una mera descripción de los astros. Era no sólo un intento de comprender el universo sino también un plan de asesinato que el pasar de los siglos no hizo más que perfeccionarlo.
Cuando en Europa imperó lo que la historiografía ha denominado Renacimiento, un tal Galileo se animó a divulgar las teorías cosmológicas de Copérnico que se oponían a las de Aristóteles, y, por lo tanto, a una verdad sostenida durante milenios. Naturalmente, se granjeó enconados rechazos y fervorosas adhesiones. Pertenecía al grupo de los que aún sostenían las teorías aristotélicas un teólogo, astrónomo y matemático residente en Basilea. Dedicó su vida a contradecir al advenedizo italiano que consideraba hereje y digno su cuerpo de ser carbonizado por las sagradas llamas de la Santa Inquisición.
Por eso es que se dirigió en un áureo atardecer al mejor relojero de la ciudad para materializar su idea.

—No quiero cualquier reloj, quiero el reloj de Aristóteles —le dice de forma intempestiva el erudito anciano a André.

—¿Una clepsidra?

—No. Es algo nuevo que estuve diseñando en mis horas libres. Le dejo los planos. Mañana pasaré a la misma hora para preguntarle si no comprendió algo —y se marchó arrastrando su hábito consigo.

Sin darse cuenta André acababa de aceptar como encargo su propia muerte.
Esa misma noche, bajo la trémula y oxidada luz de las velas, observaba con atención los croquis del viejo: una esfera con hilera de anillas alineadas perfectamente en un extremo externo. Una de esas anillas debía jalarse hacia abajo para que la esfera se abra. Ya hecha la apertura, la cara interna izquierda tendría que servir de reloj, mientras que la derecha poseería una representación a pequeña escala de la cosmología aristotélica. Cada anilla externa serviría de enlace para hacer rotar, con un movimiento esférico, previsible y repetitivo, un conjunto de planetas cada cierto lapso de tiempo de manera automática o, si se prefería, manualmente. La cavidad interna de la sección astral debería estar dividida en tridimensionales capas jerárquicas, como una cebolla: el mundo sublunar (la Tierra y la luna) en el centro; el mundo supralunar (los planetas situados sobre nuestro mundo); el éter luego; las fijas estrellas más arriba; y finalmente el vacío que alberga el llamado Primer Motor Inmóvil (interpretado como Dios por los cristianos). Los interrogantes que le surgieron a André fueron respondidos al día siguiente: ¿Material de la esfera? Cobre; ¿De las anillas? Oro o plata; ¿Tamaño? Que quepa en una mano; ¿Por qué una esfera? Porque es una figura perfecta: nada le sobra y nada le falta; ¿Cómo representar a Dios dentro de la esfera? A libre albedrío…
La complejidad del invento requería de alguien familiarizado con artefactos complejos, ¿y qué mejor que un relojero suizo del Renacimiento? Sin embargo, André no sólo se topó con dificultades técnicas sino también espirituales: para él no era suficiente representar a Dios con una esfera por más perfecta figura que sea; mucho menos encerrarlo en un estrecho y marginal estrato en la jerárquica capa divisoria. Su conciencia se batía entre el respeto hacia la autoridad divina y el respeto a cumplir con su palabra (“En tres meses tendrá su reloj”). No era muy difícil tampoco seguir al pie de la letra un encargo. Pero aquel anciano, célebre en todo el cantón por su fanatismo religioso, podría estar poniendo a prueba su fe. Y presenciar en la plaza central, como todos los del pueblo lo hicieron, sus disertaciones en contra de los heresiarcas, le llevó a creer que no se trataba más que un elaborado plan para que la Inquisición —la protestante— le arranque a fuerza de tormentos la confesión de sus pecados. André, como todo converso religioso, poseía el fervor del neófito. Y eso era también un problema porque en su pasado católico podría haber representado a Dios mediante figuras; quizá una cruz de oro habría sido suficiente. Pero ahora, protestante, le estaba prohibido sentir algún tipo de adoración por una imagen.
La esfera ya estaba casi terminada. Entreabierta sobre la mesa, André observaba la vacía hendidura y pensaba cómo representar a Dios mientras las luces del candelabro hacían bailar centelleante almíbar sobre la pulida superficie de cobre.
En el atardecer del día siguiente, decidió dar un paseo en busca de inspiración. Se dirigió, sin percatarse de ello, hasta el peligroso bosque, donde habitan los inescrupulosos ladrones y las brujas. Pero no era el miedo lo que lo dominaba sino la fascinación por la naturaleza que lo rodeaba. Aquella parcela de Dios, con sus dorados haces de luz que penetraban como puñaladas el follaje, con su tierra salpicada de sol y con las hojas de los árboles acariciadas por plata resplandeciente, exacerbaron su fe. Se arrodilló sollozando de alegría, agradeciéndole a su Señor por semejante magnificencia y disculpándose por su naturaleza de pecador. Y entonces, detrás de él, un fulgor casi intolerable se le apareció. No le era inexplicable aquel fenómeno; supo desde el primer instante que Dios estaba ante él. Se dejó arrastrar por la luz, la de su delirio tranquilo y nunca más volvió a despertar.
André, como tantos otros, quiso simbolizar la eternidad, la omnisapiencia; él, el de comprensión finita. Los hacedores de su muerte supieron explotar la inacabable ambición de los hombres. Y el plan fue todo un éxito.
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Última confesión

Tengo reservada una mirada cómplice
por si te encuentro en otra piel,
por si tus ojos me miran en otro cuerpo
y mis manos acarician unas alas como las tuyas.

Ya pagué por adelantado
todos los pecados que no cometeré,
tengo el perdón, no de dios,
sino de la mujer que conocí.

Ya no somos los mismos,
es cierto.
Tú llevas una sonrisa de más,
yo no encuentro la herida que me falta.

Voy a guardar todo lo que tuve para ti
en un poema como este.
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4comentarios 133 lecturas versolibre karma: 30

Un peón ganador o simplemente un perdedor

Si fueras un rey yo sería la torre que hiciera la jugada maestra.
Pero eres un peón con cara de alfil que no tiene vida extra.

No serás el caballo que no salte sin cometer el fallo.
Siempre serás el peón que no llegó ni a ser caballo.

Qué pena que no sepas que el peón puede ser ganador al cruzar el tablero con absoluto fervor.

Qué pena que no sepas que la vida es un juego y que para ganar hay que arriesgar sin pensar.
Sigue pensando y te verás rodeado sin nadie esperando.
Porque no hay mayor soledad que la que uno se busca sin querer ver la verdad.

No hay paliativo para un ser altivo y no hay pena para quien de orgullo su vida llena.
Aun así, hay algo bueno en ti. La inocencia de quien no se da cuenta que a partir de ahora volarás sólo sin mí.

Porque llegará un día en que te des cuenta de ese día y ese día yo estaré ahí para decirte que no hay figura en el tablero para ti.

LM @homenajea
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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Confesiones a mi mar

Cuántas veces habrás sido mi confesora.
¿Recuerdas cuando me acercaba a tu orilla?
Sin mediar palabra escuchabas mi mirada
que lo decía todo al arrullo de tus olas.

Hoy te echo en falta.
Sigo necesitando la paz que me dabas
porque aún hablo con la mirada,
pero como tú nadie sabe calmar mi alma.

Contigo no pasaban las horas,
ni escuchaba el mundo que me angustiaba;
contigo era feliz sin aditivos ni falacias,
solo el silencio hablando de nuestras cosas.
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El viaje

Guardaste siempre en tu equipaje
 como un tesoro escondido
 la música del viento.

 Corrieron veloces las saetas.
 No pudo aquel sol de enero
 ahuyentar tu sentencia a la vida.

 Te apartaste de las sombras
 que poblaban tus senderos.
 Te alejaste del ensordecedor
 bramido del trueno
 preludio de la pérdida en tus laberintos.

 Vi sonrisas que no eran tuyas
 dibujarse en un rostro que dejo
 de reconocerse.

 Ni la acequia de tu huerto
 pudo entender los motivos
 de tu huida.

 Jamás pudieron comprenderte
 los vencejos que siguen anidando
 en las cornisas de tu ventana.

 Aún puedo verte,
 cuando me alejo hacia tus sombras,
 bajo el cerezo en flor,
 bajo el almendro vivo.

 Aun puedo recordar tus manos
 abrazando las mías.
 Confesiones de última hora
 llegando a destiempo.

 Te vi partir, y vi, como yo misma me partía.
 Y ahora parece que este mar embravecido
 pregunta por las huellas de tus pasos
 sobre su arena.

 Buscaste un lugar apartado,
 donde ni el cielo ni el infierno
 pudieran encontrarte.

 Pero, !maldita sea!.
 Mi memoria siempre da contigo
 cuando la noche cae
 sobre el recuerdo de tus cabellos nevados.
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Confesiones

Pulverizo el corazón
con abrazos interminables,
y dejo que la noche
y tus manos de vida
me recompongan.

Está escrito en cada gesto,
en cada caricia,
que mi condena
son versos de naruraleza viva.
Entonces,
me vestiré de Haiku.
Y tu aliento de poeta
dará libertad a los poemas
que deslizas por mi espalda
bajo la luz de la Luna.
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La carta que te quemé

Me sorprendo a mi misma extrañándote una vez más.
Se vuelve cansado, así que he tomado una buena decisión: te voy a escribir todo lo que mi interior ya no puede soportar y voy a quemar esta hoja después, será una señal de olvido.
Leí por ahí que el fuego purifica y quizás esta sea mi oportunidad de deshacerme de ti y todos tus recuerdos estacionados en mi mente.

Comenzaré diciéndote cuánto me costó admitir que te extraño, es muy simple, te daré una referencia en tiempo que espero entiendas.
Me ha costado un año con todas sus noches -¡Y que noches!- poder admitir en voz alta que te extraño, así es. Un año completito para poder pronunciar las siguientes seis palabras: "te extraño porque aún te amo."

Que difícil fue para mí aceptar que aún eres el sinónimo de la palabra amor y que extrañar se vuelve desgarrador cuando se trata de ti. En pocas palabras te quiero decir que me enseñaste a querer y entre otras cosas aprendí lo difícil que es volver a los lugares donde uno fue feliz.
Porque así es, me hiciste feliz y esa es otra confesión: te extraño porque aún te amo y me hiciste feliz.

Y aunque maldigo el día en que nos conocimos, y odio cada vez que te miré, en realidad bendigo los pasos que dimos y las decisiones que tomé; porque todas ellas me llevaron a ti amor y a toda la destrucción que vino después.

Muy dentro de mi te agradezco las cosas que me enseñaste, en pocas palabras: me enseñaste a creer y crecer. Contigo aprendí que el orgullo es cosa de niños y que los celos son poseer y no querer perder, entendí que después de perderte me costó la vida volverme a encontrar, me enseñaste tantas cosas que aquí le agrego palabras a mi confesión: te extraño porque aún te amo, me hiciste feliz y me enseñaste a vivir.

No me queda más que agradecerte y desearte lo mejor, con todo el valor que encontré en mí, con todo el dolor de mi corazón, mi estómago y mi ser; te bendigo y espero que encuentres la felicidad pronto (sea con ella o no) y te informo que me muero porque vuelvas y sé que no lo vas a hacer, te maldigo con toda mi inteligencia pero te bendigo con el amor que aún te guardo, aquí la última confesión:
Te extraño porque aún te amo, me hiciste feliz y me enseñaste a vivir, y aunque me muero porque regreses... No te quiero de vuelta.
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Olvidar tu recuerdo

Aún con las sábanas revueltas
navego por la amplitud de tu nombre.
La llama que me acecha y me pisa,
el sudor frío que provoca tu sombra.
Y el anhelo por querer más de ese miedo incandescente
en la inseguridad de tus labios.

Abro los ojos y respiro.
limpio la sudor de mi frente
y deseo cinco minutos más de las caricias
huyendo de tus brazos.
Recupero el habla,
y me pregunto cual es mi rutina:

¿Recordarte o evitar tu recuerdo?

La monotonía es innovadora,
y resalta la costumbre de perderme en tu tiempo.
-Que ahora también es mi tiempo-
Balancearme en tu cabello y tocarlo con las yemas de los dedos
antes de que desaparezca como un "nosotras" en el olvido.

El olvido inexistente,
recuerdo tu olvido
y nunca olvido tu recuerdo.
¿Cómo puedo recordar algo que no existe?
Tu olvido se me clava como una estaca inerte
en lo mas profundo de mis recuerdos.

Tiemblo cuando tu mirada recorre mi nuca.
Cuando giro y no encuentro nada
y lo encuentro todo.
Sigo tapada en tus ojos turquesas
en el sueño que me quitan,
y en la vida que me dan.
Sigo quedándome sin aliento,
cuando pestañeo y como un cubo de agua fría
no es tu figura quien se posa en mi.
De nuevo su sombra armada con un suspiro
que me hace girar como mil tormentas.
Y abro los ojos.
De vuelta a la rutina.

¿Recordarte o olvidar tu recuerdo?

Mis pupilas se dilatan,
mi corazón no se acelera,
pero se huele a kilómetros el miedo.
¿Es ese tu olvido o solo tu recuerdo?
Entonces te acercas,
y no diferencio mi propia voluntad
y solo espero que te vayas
para poder quedarme contigo.
Para poder estar otros cinco minutos
huyendo de tus manos para alcanzar tus caricias.
Borrando tu poesía con una goma que escribe en tinta negra.

Mi pulso flaquea al pensar en ti,
así sosteniendo un lápiz
puedo escribir tu nombre y apellidos
sin trazar una letra.

Puedo olvidar tu tímida sonrisa.
Mi mirada jugando con la tuya.
Puedo olvidar las confesiones
y las oraciones dedicadas.
Puedo olvidar los sentimientos
y las ganas de ti.
Pero todavía mi mano tiembla al verte,
recordándome nuestro cuento de hadas.
Recordando la poesía que se escribía sin aliento en cada centímetro de tu piel.

Y cuando se taya la moraleja,
la rutina vuelve al flote.
Se marca la diferencia
con tu ausencia y mi derrota
en el intento de ese olvido.
Y en el intento de ese recuerdo.

¿Olvidarte o recordar tu olvido?
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sin comentarios 47 lecturas versolibre karma: 1

Silencio

Hay muchos tipos de silencio.
El silencio después de la traición.
El silencio después de la confesión.
El silencio después del error.
El silencio después de la vida.
El silencio que es precedido
por ese polvo que nunca se olvida.
En resumen, silencios hay muchos,
pero todos tienen la misma consecuencia,
después del silencio llega la sentencia
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sin comentarios 112 lecturas versolibre karma: 14
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