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Dulce Castigo (@ARheinn & @Transmisor_d_Sinestesias)

Ardiendo...

Me asalta
la dulce tentación
verte
es beber
de un manantial
de deseos

Muriendo...

es al mismo tiempo
confesión del pecado
y la convicción
de cargar
la penitencia

Cargaría
con cualquier cruz,
si al final del camino,
eres tú,
quien me crucifica.

Ávido de placer,
sangraría,
si son tuyas,
las espinas
que agravan
mis heridas.

Doloroso calvario
desafiante dolor
cada herida
desangrando
mezclándose
en sudor y saliva

soportar la vía
el insulto
la burla
sin doblegar
mientras pende
en el pecho
la fe
de habitar tu cielo

Por ti,
cualquier infierno,
valdría la pena.
Dulce, el castigo;
abrigo, la condena.
Así prenden tus llamas
sobre mis venas, sobre
la pólvora, de mi conciencia.

Inferno

En ninguno
sentiría que ardiera.
En ninguno, como
envuelto en el fulgor
de tu belleza.

Más devoro
ésta melancolía
ofrenda diaria
en el altar
de mi lecho

Ridícula, cualquier pena;
cuando amarte,
en soledad,
es mi propia esquela.

*******************************
Dulce Castigo
Mesa Compartida:
A. Rheinn© & Transmisor d Sinestesias©
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Confesión II

Te dije “amor”,
Arriesgando todo, el sol, la luna, el universo.
Pero te dije amor.

Te dedique todas mis letras,
Y no me leíste,
Me saboreaste.

Te dije amor,
Y tu sonreíste,
Y yo me rendí.

Te dedique mi poesía,
Aquella reliquia tan mía,
Ahora toda tuya.

Y no hubo miedos,
Sino besos,
Y el tiempo se detuvo.

Y en cada caricia,
El sol nos delató,
Y la luna reía mientas partía.

Y te dije amor
Al amanecer,
Y el mundo cayó a tus pies.
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Confesión III

No pude mentirte,
Jamás he podido omitir nada,
Porque tu mirada me desnuda el alma.

De una forma tan inexplicable,
En la que desborda todo de mí,
Y las palabras brotan sin razón,
Sin permiso, sin consentimiento.

No pude mentirte,
Por eso no me marché,
Por eso bajo la lluvia me quedé.

Y te esperé 300 noches,
300 días y me rendí 65.
Porque el dolor me invadió,
Y no pude soportarlo.

No pude ser fuerte,
Porque mis fuerzas las tenías tú,
Y tú estabas desvaneciéndote.

Y cada día me volvía frágil,
Y cada día me volvía ingenua,
Y cada día nos perdíamos.

No pude mentirte,
Cuando te dije que no te amaba,
Llenándote de besos.

Porque mi alma siempre te buscaba,
Te anhelaba, te deseaba.
Porque todo de mí,
Tenia tatuado todo de ti.

No pude ser otra,
Aquella valiente capaz de romperte,
Porque mis balas eran de amor,
Y el veneno eran mis besos.

Te quise arrancar de mi piel,
Pero nos fundimos para ser uno,
Para ser todo.

No pude mentirte,
Porque mis latidos son tuyos,
Y las letras de mi nombre
Siempre se han disfrutado mejor
Cuando salen de tu boca.

Te quise echar al vacío,
Pero lo volviste el paraíso
Donde éramos cada día mejor.

No pude olvidarte,
Porque tu fantasma me asechaba,
Y en cada rincón de mi mente,
El eco de tu voz sonaba.

No pude marcharme,
Por eso te he vivido amando mil días,

Esperando la eternidad juntos.
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Jaque Mate

.
Mis 16 blancas.
Tus 16 negras.
En el mosaico 8x8
Comencé esta partida
amenazándonos de guerra.
.
Tú solías ser rey de esta tierra
a tu lado siempre fui yo la reina.
O eso establecían las reglas.
.
Pero dejaste entrar a las plagas
y con ellas las tormentas
despertaron a los demonios de tu cabeza.
Violaste con vehemencia
todas las reglas.
Perdiste la cordura
por suerte también todas tus piezas.
.
Te convertiste en villano.
El juego contigo
se tornó amargo y arbitrario.
Yo seguí jugando
Como quien por masoquismo se ciega
y sigue intentando.
.
Y lo entendí.
Era mi turno de dejarte
Sin torre y sin alfil.
Luego fui por ti.
A tu juego vil
Le puse fin.
.
Solo tengo una última
confesión por hacerte:
Siento pena por la siguiente.
.
Es esta mi manera
de desearte buena suerte.
.
Jaque Mate.
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Dicen por ahí

Dicen por ahí
que hay malas lenguas
que hieren más de lo que cuentan.
Dicen por ahí
que hay buena gente
con oídos sordos
a palabras huecas
de alma carentes.
Dicen por ahí
que hay quien se escucha
antes de hablar y engendrar lucha
porque sabe lo cara que está la paz últimamente.
Dicen por ahí
que el universo se confabula
a favor de los que saben que tanto daña
el hambre como la gula.
Dicen por ahí
que el fin del mundo está cerca
para los que viven en su mundo
y se alejan del vagabundo
por miedo a que la desdicha
les roce la fina piel
de su compuesta apariencia.
Dicen por ahí
que mañana hará más frío que ayer
pero de momento hoy
solo estamos en alerta.
Dicen por ahí
que la paciencia es la madre de la ciencia
pero que hasta ésta lleva
en su muñeca un reloj de pulsera al que da cuerda
porque sabe que tarde o temprano fallarán las pilas
que no se recarguen con energía nueva.
Dicen por ahí
que lo de aquí es lo que importa
y el más allá es una treta,
que la leche en polvo alimenta más que la de una teta,
que dar la teta en público es pecado,
que la confesión se hace con cura y en privado,
que el juicio final está en manos
de un jurado celestial, mientras un jurado popular
decide sobre un hermano sin que le tiemblen las manos,
que vida no hay más que una
y hay que vivirla bailando aunque le sangren los pies
al que no sabe bailar y en tu empeño por ser más
acabas siempre pisando.
Dicen por ahí
que si no damos
nos irán dando.
¡Y es que por ahí dicen tanto!,
que podría seguir y seguir escribiendo en nombre
de lo que dice el hombre durante años y años
pero prefiero cuestionar, aunque solo sea un minuto,
lo que digo en mi nombre…
que seguir nombrando.

Susana Pamies salinas
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Eufonías y heptasílabos

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Me da escalofríos esta página en blanco. La tinta
que me redime es una corazonada sin azúcar.
Mi pluma, vandálica y analfabeta, escribe sobre los
escombros de mis sonetos mentiras que son verdad.

Todo en mí viaja de adentro hacia adentro, ignorando
que en el mundo exterior está ocurriendo un cisma de
manteles deprimidos. Los verbos que ahora escribo,
cargan y descargan imprudencias desprestigiadas.

Conclusión I: No es un
aporte significativo estar bronceado en
la profundidad de las tinieblas.

Un párrafo también sabe ser una brasa cayendo al
precipicio. Las palabras más bellas no son más
que una forma sutil de disfrazar el miedo a
que se vean los dobladillos de nuestros desperfectos.

Siguiendo el consejo de la única gota sobreviviente
de una piscina vacía, arranqué del diccionario
la página donde estaba la palabra amargura,
pero cometí el error de ingerirla sin masticar.

Incógnita I: ¿Qué hago yo, preguntándole al
otro que me habita por qué ahora
soy – espléndidamente – aquel que nunca he sido?

Aprendo a rastrillar vocablos y fronteras, mientras me
quito del dedo índice una astilla que expresa todo
aquello que las palabras no pudieron. Continúo
buscando mi sitio en semblantes benévolos.

Mi imaginación se entretiene acomodando y
desacomodando inexistentes mosaicos de colores
diversos. Fuera de mi enajenamiento, el silencio solo
es desacreditado por el goteo de una canilla.

Conclusión II: Las cargas invisibles que vamos
acumulando con los años son las
que nos dejan la espalda encorvada.

La tarde pasa caminando, con las rodillas
desencantadas, buscando un lago donde lavar el
herrumbre de alguna despedida. La primavera estalla, y
con ella la furia, como última señal de un condenado.

Dejo caer un terrón de azúcar en la taza
de las confesiones intimidantes, en las que desplumo
quimeras primitivas y diurnas. Sé que en el
perverso oleaje de algún mar dejé mis pensamientos.

Incógnita II: ¿Qué fue
antes, la corrupción
o la política?

El orgullo es una mancha de sangre cayendo del
cielo, y las turbaciones, trabalenguas de dificultosa
pronunciación. Ante tanto fatalismo bien alimentado,
no puedo limitarme a eufonías y heptasílabos.

Dicen que afuera una tormenta con intervalos de
felicidad concede una tregua a un mundo edificado con
brea. Habrá que salir a comprar a precio moderado,
el olvido de hoy en una ferretería de ayer.

Conclusión III: Que no se
vislumbre como un privilegio sostenerle
la mirada a la memoria.

¿O es que acaso no piensan que me cansa terminar
hablando siempre de las banderas rasgas por la sangre
y la zozobra de la artillería que cubre de muda
oscuridad el mediodía de un país acuclillado?

Con tres dedos afónicos es imposible aplaudir
quitándose la boina. Para completar, ha fracasado mi
proyecto de levantar un castillo de arena al fondo de
un armario inundado de saliva desconsolada.

Incógnita III: ¿Alguien puede llegar a suponer
que la poesía protege de enfermedades a
los que empujan inquietudes para vivir?

Y aunque la más pérfida de las truculencias salta
a la cancha con cielo despejado, intuyo que
una vez por milenio incluso los mayores próceres
de la inmoralidad deben llorar su vacío sempiterno.

Hago mías incluso las arrugas que no me conciernen,
descorcho – pese a todo – un optimismo sin raíces;
y araño las esquinas de un grito cuando dejo crecer
libremente mis defectos de carácter doctrinario.

Conclusión IV: Ser feliz es una
indiscreción que no le queda
bien a todo el mundo.

Después de extraviar todos mis comodines apócrifos,
ejerzo mi función de roncar mis reproches en un
callejón sin salida. Si me quedo pensando en el ayer, es
porque aun no sé pintar de azul las horas de mañana.

Con gula póstuma soborno al tiempo suplicando
indulgencias, cuando ya no perfuma la cuesta de los
trotamundos cojos, y el espejo me reconoce como
su caricatura favorita, aunque sea solo por incordiar.

Incógnita IV: ¿Por qué en la carrera
de la vida vemos el semáforo ponerse en
verde, pero nunca la bandera a cuadros?
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Reminiscencia de invierno (parte IV)

En medio de parajes tan vívidos, los héroes formidables avanzan cruzando bosques y ríos, sorteando batallas con espeluznantes hechiceros y héroes de poderes alucinantes de otras tribus. Unas batallas más sangrientas que otras. El objetivo de su victoria está muy lejos todavía y su tribu se encuentra diezmada. El sonido característico de llamada entrante en su iPhone suena insistente. La sensación de estar inmerso en ese mundo fantástico se difumina con rapidez y da paso al lúgubre sótano de la casa de su madre, donde vive. Paredes oscuras que apenas se notan al fondo de la infinidad de monitores anchísimos que se observan por doquier. Abundan los teclados, los joystick, y los ratones de distintos conjuntos de computadores que se encuentran encendidos al unísono. ─Pensé que lo había dejado en vibrador ─grita Solomon mientras pone pausa a Dota 9, el juego con virtualidad aumentada que salió el pasado 2029 pero que aún se encuentra muy en vigencia durante este invierno del 2030. La verdad, no habría dejado el juego por nada, excepto que de reojo pudo notar que le marcaba Salvatore, de la oficina. Apenas si habla con él lo escasamente necesario para cuestiones de trabajo. Y allí está, llamándole cerca de la media noche. Deja el joystick sobre una mesita, cerca de una sobras de pizza fría, se rasca la cabeza calva, más bien recién rapada ese día, se pasa los dedos entre la abundante barba pelirroja que usa desde el año pasado (es extraña esa tonalidad de su barba, ya que su cabello es más bien rubio, o lo era antes de empezar a caer en abundancia hace unos cinco años, cuando apenas cumplía los veinte). Pasa un dedo por el lector de huella digital de su móvil y responde a la llamada. Le sorprende el tema con que Salvatore le asalta casi sin saludar y sin preludios. Las palabras clave que menciona parecen hacer un clic en la mente de Solomon, le dice que cree haber visto algo sobre archivos clasificados de un tema similar, pero que le dé unos días para zambullirse en la Dark Internet y darle "datos duros", así se lo dice literalmente. Cuelga la llamada, toma el joystick de la mesita y sin querer lo embarra con un poco de salsa y queso ya casi secos de la pizza, lo limpia rápidamente sobre sus calzoncillos boxer, y vuelve en menos de un segundo a estar inmerso en su épico juego electrónico.

Salvatore va al baño, se cepilla los dientes casi en automático, mientras vuelve a revivir una y otra vez las escenas de su encuentro con Alessandra: la cara tan redonda de doña Juana, la exquisitez del café guatemalteco, la impertinencia en el comentario de Tony, la conversación interminable con Alessandra; sus ojos, sus labios, sus abundantes pechos, la tibieza de sus blancas manos, y ese misterio insondable de una tristeza que no es obvia a la vista pero es tan evidente cuando te sumerges en las profundidades del alma de alguien y él parece poder hacer eso exactamente en el alma de ella. En su lecho de muerte, Salvatore, rodeado de sus cinco nietos, sus dos hijos, las esposas de ellos y su esposa Catalina; parece poder ver en su mente, en sus últimas horas, la película de su vida entera. Ve a Catalina entrar en el altar, toda vestida de blanco, radiante; ve a su primer hijo, Fernando, nacer en esa sala de partos, donde le hacen la cesárea a su esposa; ve a su segundo hijo, Giulio, montando en bicicleta por vez primera. ¡Cuántas veces se cae! Pero no cesa en su objetivo de aprender esa misma tarde. Ve a Fernando recibir su título de Ingeniero en Sistemas de Oxígeno para las colonias marcianas y lo ve partir en esa nave espacial sin boleto de regreso, con una lágrima recorriendo una de sus mejillas y un adiós atravesado como nudo en la garganta. Ve a Giulio recibir ese premio Nobel al descubrir esa nueva especie subacuática al fondo del océano bajo el Triángulo de las Bermudas. Una serie interminable de cortos memorables de una vida de ciento veintisiete años (pues la esperanza de vida a nivel mundial había rebasado los ciento diez años a partir del 2050), las más hermosas veladas románticas vividas con Catalina, las más notables riñas que casi los llevan al divorcio en tantas ocasiones. Y de pronto, como una rama extraña injertada hábilmente en el tronco de un árbol de una especie muy distinta, empiezan a saltar flashes de una vida que él nunca vivió, otra vida entera, unas hijas, otros nietos, otras profesiones, otros logros que le son extraños y a la vez familiares. Una vida entera vivida con Alessandra. ─¡Alessandra! ─grita mientras despierta bañado en sudor. Son las 4:44 de la mañana otra vez. El sueño ha cambiado.

Las dos semanas siguientes se hacen intensas en su relación (que no va a ningun lado al parecer) con Alessandra. Se hablan por teléfono casi diez veces al día (aunque son llamadas breves). La primera semana es ella quien le llama en cada respiro que tiene en la tienda de pastelillos. La segunda semana es él quien la llama en punto de cada hora (siempre que no esté en una presentación de campaña publicitaria con algún cliente). El WhatsApp entre ellos está abarrotado de mensajes cortos en un lenguaje que inventan entre ellos. Ella le pide discreción por si Salvador llega a verle el celular incidentalmente (aunque él es muy respetuoso de su privacidad). Hacen coincidir su hora de almuerzo más de una vez y los alargan hasta noventa o ciento veinte minutos, inventado las más creativas excusas cuando llegan de vuelta a su trabajo. Pero Claudia, la socia y mejor amiga de Alessandra, empieza a sospechar algo y con tenaz insistencia le saca una confesión. El supervisor de Salvatore es menos perspicaz, pero algo intuye, su empleo podría peligrar a futuro si sigue así. El viernes de la segunda semana, ambos inventan una indigestión repentina después del almuerzo, un marisco en mal estado; y se dan una escapada de toda la tarde y parte de la noche a casa de Salvatore. Afortunadamente, los lunes, miércoles y viernes llega la señora de medio tiempo que le hace aseo profundo a su casa. Así que todo está en perfecto orden e higiene. Salvatore enciende rápidamente la fogata en su sala. Trae una botella de Malbec de veinte años de añejamiento que su gerente de oficina le regaló el año pasado por haber cumplido sus metas de ventas con creces. ─Este lo tenía reservado para una ocasión muy especial, no sabía cual, pero ahora que te veo aquí, sentada en la alfombra, frente a mi chimenea, supe de inmediato que esta botella traía tu nombre ─le dice─ Ella se pone de pie, se cuelga a su cuello y le da un beso muy profundo, como ninguno de los besos breves que él le había robado en los restaurantes en las citas previas. La abundante ropa de invierno que los separa empieza a desprenderse pieza por pieza de sus cuerpos: ella se quita la bufanda y el gorro y de un tirón le quita la bufanda a él. Salvatore besa su cuello tibio con cierta delicadeza al principio y luego sube a una intensidad que se hace insoportable, mientras una de sus manos palpa sus pechos por encima del sueter; se lo quita junto con la blusa y él se abre la camisa de un tirón y unos cuantos botones van a rodar al suelo. En un instante, la desnudez imaginada por cada uno de ellos, en todo su esplendor es iluminada por la fogata de la chimenea; que arde con inusual intensidad al igual que sus pieles que claman por ser recorridas por los labios del otro, por las yemas de sus dedos, por el filo de sus lenguas. La alfombra de la sala parece estremecerse ante el ritmo tan fiero con que Salvatore le hace el amor y luego ante el galope pertinaz con que Alessandra lo cabalga. El frío acumulado de todo el invierno se derrite en ese instante y se evapora hasta los cielos. Son ya las nueve de la noche, ella sale apresurada, terminando de ponerse el abrigo, los guantes y el gorro mientras corre a subirse al Uber que la espera. Hace media hora que Salvador le está marcando para tener noticias de ella. Saber si llega tarde nuevamente, y a qué hora cierra la pastelería, etc.

Salvatore se queda dormido en el sofa de la sala. Una tarde y parte de su noche nadando en las dulces aguas de su romance, lo han dejado exhausto. Son las 11:45 de la noche. Entra llamada de Solomon. ─Te tengo interesantes noticias sobre el Oblivion ─le dice─ Gracias por investigarlo tan rápido ─responde─ Entre los años 2022 y 2025, la armada de Estados Unidos desarrolló un método basado en nanotecnología que permitía buscar selectivamente los recuerdos de los soldados traumatizados por la guerra y eliminarlos con un 99% de certeza. El proyecto al parecer fue cancelado por un consejo independiente de ética y derechos humanos y quedó clasificado como top secret con el código "Oblivion", aunque durante su desarrollo le llamaban el proyecto "Lette Anón"─ Solomon continúa con detalles exhaustivos de todo lo encontrado, la cantidad de soldados que quedaron en estado de demencia en las primeras etapas experimentales, y los tantos que fallecieron; cuyas autopsias misteriosamente indicaban que habían muerto por causa de un parásito particular que les comía porciones específicas del cerebro y que lo habían contraido en el último conato de guerra mundial en algunos desiertos del África a principios de la década de los 2020. Salvatore queda perplejo ante toda la información, pero le asusta más enterarse que una organización de salud, privada y muy poderosa, había comprado los derechos del proyecto al gobierno estadounidense por una suma billonaria y que ofrecía servicios privados de borrado selectivo de memoria (por una suma no tan exorbitante pero tampoco al alcance de las masas). Le da coordenadas de geolocalización de las clínicas en varios puntos del planeta, que no incluyen ciudad alguna de Estados Unidos, seguramente para evitar su jurisdicción legal. Y entre las ciudades extranjeras cercanas está Toronto, Canadá; y Monterrey, México.

(continuará...)


@AljndroPoetry / xii-17
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CONFESIÓN (Soneto)

Me ruegas con palabras que confiese
decirte sin mentira ante la gente,
revelar cual inspiración sintiese
hablar de su fe el devoto creyente.

Permíteme decirte que muriese
alma mía sola triste, silente,
mi esperanza la vida si tal fuese
no expresar lo que este corazón siente.

Llegando como caballero andante
airoso frustraciones he vencido,
dejar de ir por la senda del errante.

siendo suficiente el haber sentido
el brillo de tu mirada danzante
quedando a los pies de tu amor rendido.

Lucio Carlos Quinteros
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Confiesa

Tiremos las cartas sobre la mesa
digámonos ya las cosas de frente
a mi la mentira no me interesa
Confiesa lo que tú corazón siente

Invítame de tu amor a ser presa
bésame que tu mirada no miente,
sé que mi cercanía te embelesa
negarlo no puedes seguramente.

Desde que llegaste a mi te he querido
yo necesito en mi vida un amante,
un caballero decente y aguerrido

Fue suficiente mirarte un instante
sintiendo que la vida nos a unido
y que mi alma sin ti andaría errante.

Las letras de mi alma
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De las confesiones

Qué aburrido el paso del tiempo ―dije, anhelando algo diferente―. Entonces, lo hice: me dejé llevar por el instinto. Fue excitante, pero raro. Algo así como manejar una de esas grúas que demuelen edificios con una bola gigante. La estructura de lo que habían sido mis sueños, miles de proyectos, el futuro, mi futuro... todo, absolutamente todo, se hizo escombros y, entre la humareda gris de polvo, distinguí la luz de otro amanecer.

A partir de ese momento, los días contuvieron la sorpresa intrigante de un regalo envuelto que miras y sopesas antes de atreverte a desliarlo. Un remolino de vida. Estupendo, genial, magnífico. Era justo lo que quería... hasta que lo tuve, porque no hay mejor manera de desprenderse de un deseo que satisfacerlo. Qué curioso. El asombro cambió de nombre para llamarse incertidumbre y riesgo y vértigo y nado contracorriente. Dejó de gustarme eso de ir a tientas, subir al trapecio con una venda, lanzarme de espaldas con los brazos abiertos, caminar descalza, preguntarme todo el rato qué vendrá después. Supongo que alguna vez te ha pasado. Qué mareo, ¿verdad? Da miedo ser la que maneja el timón con la tormenta, dirigir el rumbo sin tener muy claro hacia dónde ni cómo y, menos aún, para qué. Te agobias, te cansas, te hartas y huyes. Primero, de mentira, porque cuesta; pero, al final, terminas marchándote de verdad, convencida de que es lo mejor.

Salté de aquel tren en marcha, pero solo lo hice cuando supe que la caída me dolería menos que proseguir el viaje por un túnel interminable, es decir, encontré un paracaídas. Desprecié lo que no entendía y salté. Mi paracaídas se parecía al equilibrio y, además, era hermoso. La estabilidad recién salida del horno huele muy bien y sabe mejor. Por eso, la degusté con calma, mordisqueé todos sus recovecos narcóticos, me agarré a su firmeza, suspiré subida a su equilibrio en noches cubiertas de estrellas, en definitiva, me convencí de que eso sí era vida, felicidad, prosperidad... y no lo otro, no el remolino eléctrico. Sin embargo, como ya he dicho, los seres humanos somos caprichosos. Pataleamos hasta conseguir lo que queríamos y, cuando lo obtenemos, tachamos la proeza y buscamos la siguiente. Que quede entre tú ―que me estás leyendo― y yo ―que me estoy sincerando contigo―: estamos abocados a un descontento eterno.
Lo sabes, ¿verdad? A mí me quedó claro hace tiempo.
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Si hubiera cambiado algo

Nos cruzamos paseando
por la calle,

un punto fijo en nuestros ojos
hizo
que permaneciéramos
inmóviles durante un buen rato.

Y vi cómo eran nuestros incendios
provocados por un beso,
unos dedos en llamas,
recordé las confesiones de madrugada,
aquel intento de poema que me
recitaste,
las fotografías en las que estamos juntos,
todas las que te hice en mi mente, también.
Y las veces que me acompañaste
de un lugar a otro
y me escuchabas, sonriendo simplemente
ante mi locura.

Volví a lo que se supone que era
lo real.
Y aparté la vista.
Seguí caminando, en dirección contraria
a lo que gritaba mi cuerpo.

Eché una última, de verdad, rápida
mirada hacia atrás:
tan sólo vi tu espalda y que cada vez
estabas más lejos

-qué ironía-.

Así que seguí andando, prometiéndome
no volver a girarme.

Y nunca supe si en algún momento impreciso
y a destiempo
tú también te giraste.

Y nunca, probablemente, sabré
si hubiera cambiado algo, si lo hubieras hecho
en el mismo instante

en el que te miré yo.
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Lo Confieso

Lo confieso,
no siempre soy feliz.

Aunque vean que sonrío, no siempre quiero estar presentable, hay días en que te necesitas elemental y sin adornos, y tu alma solo precisa escuchar tu propia voz.

Hay otros días en los que te aterra saludar y oras implorando que el mirar al suelo te haga invisible, son días en que te elige la soledad o tal vez eres tu quien la elige a ella y la abrazas fuerte; Aquellos días en que hasta tu reflejo se niega a tropezarse con el espejo y

¡como cuesta sonreir!

Pero hay otros,
¡Ay! esos días brillantes que te masajean la esperanza, amanece y el sol baña de magia las aceras, todo se hermosea ante tus ojos, la gente se vuelve buena, los viejos trajes te vuelven a quedar y el cabello brilla compitiendo con tus ojos, esos días en los que por todo sonrío y

¡qué fácil se me hace!

Y sí, lo confieso, no siempre soy feliz aunque me vean sonreír

y lo que no me atrevo a confesar es…

…que casi siempre depende de usted.
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Inquisitio

El rostro desencajado del reo, se confundía entre las llameantes sombras de los candelabros que iluminaban el vaporoso ambiente de la gran sala de torturas. A su lado, el Inquisidor General clavaba sus cetrinos ojos en el hereje, buscando una confesión que no alargase más el proceso. Mientras, en la plaza central de la ciudad amurallada, la hoguera purificadora de almas esperaba lista para ser encendida.
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2comentarios 97 lecturas relato karma: 77

Nosotros

Creo en la posibilidad de lo imposible,
en la rapidez del tiempo entre tus besos,
y en la torpeza de mis manos
ante tu piel erizada.

Creo en esa sonrisa con aire nervioso,
en esos ojos que anuncian ganas,
y en una tarde entre confesiones
con olor a café.

Creo en la ruptura de la distancia
sin más arma que las palabras,
en tu pelo al viento
fotografiado en mi memoria,
y en abrazos como arma arrojadiza
contra los días largos.

Creo en los susurros a medianoche
que gritan en silencio mil "te quieros",
en las dudas resueltas por tus labios,
y en tu aroma impregnando en mi almohada
cada mañana.

Creo en nuestra historia
por encima del tiempo y de las prisas.
Creo en tí,
en nosotros,
y en la sensación de paz que supone
llamar "hogar" a estas 4 paredes.

Sólo prométeme que seguirás mirándome así,
aún cuando no lo merezca,
y harás de cada uno de mis días
una razón más
para seguir creyendo.
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El velorio

Me perdí en la madrugada, en los laberínticos recovecos
de un suburbio, arrastrando mi sombra, apenas visible
para mis ojos opacados por el alcohol, abandoné el miedo
en una botella de ginebra y me lancé a la nada.
Una luz mortecina me llamó al pasillo de un conventillo,
la seguí, esperando encontrar otro vaso de licor,
alcance a distinguir a medida que avanzaba
un aroma lacerante a flores, creo que me recordaban
algún acontecimiento del pasado. Comencé a distinguir
murmullos, secretos contados al aire (pensé en ese instante),
tropecé con una mujer vestida de negro que se alejaba
del lugar, ¿ por que lloran? le escupí de improviso,
no se si me miró, solo me respondió - por la partida de otro
buen hombre- y se esfumó en la noche. El patio estaba lleno de gente
humildes desarrapados se apiñaban para entrar al pequeño
cuartito de donde salia la amarillenta luz de las velas.
Fui tropezando con personas que me empujaban
hacia el difunto mientras decían- era un hombre bueno-, -sufrió mucho-
y otras cosas inentendibles.
Alcancé a mirar al cielo antes del último empujón, las nubes grises
corrían a tapar las estrellas, dentro de la piecita rodeado de mujeres
que lloraban y rezaban, descansaba ya el difunto, me persigne
como pude, y me acerqué un poco como para no quedar mal
y salir disimuladamente después del fiasco.
Una de las ancianas se corrió al verme y me tocó el hombro,
y pude ver el rostro de aquel hombre, las llamitas de las velas
quemaron mis ojos y apagué ese fuego llorando desconsoladamente,
a mi mente vino el abandono de mi padre, ese al que nunca había podido
llorar ya que su fallecimiento, solo me llegó a través de una confesión tardía
como tardío es este llanto por alguien al que nunca conocí.
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Confesiones frente al espejo...

Le di vuelta al espejo esperando verme ahí
y me encontré al otro lado de mi mirada,
estaba agazapado en las sombras del silencio,
justo al medio de un latido y una melodía.

¿Será entonces que estaba perdido?

Le di vuelta al espejo otra vez, esperando verme ahí
y resulta que nunca había salido de ahí,
seguía inundado de emociones y sueños,
justo al medio de un suspiro y un silencio.

¿Será entonces que seguiré cantando?

Le di vuelta al espejo una vez más, esperando verme ahí
y resulta que en el fondo de la repisa del alma,
me encontré abrazado a mi guitarra,
justo al medio de una corchea y una clave de sol.

¿Será entonces que seguía siendo el mismo?

Le di vuelta al espejo una última vez, esperando verme ahí,
pero no, todo era un vano espejismo, ya no estaba más ahí,
había cambiado la voz y ya no reía al cantar...

@Un_Fool
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Al lector mi confesor...

No quisiera vaciar tu recuerdo en simples letras que no darán mérito al sentimiento encerrado en cada una de ellas. Tampoco busco la justicia a mano propia en la que te juzgo a frases y te sentencia a puntos finales.

La verdad sólo pretendo expiar mis culpas.

Acúsome lector que he pecado, de pensamiento, palabra, obra y omisión.

De pensamiento por no alejarme de tu recuerdo ni un instante, por pensar en tu buena o mala fortuna, por descubrirme caminando a ninguna parte porque ha sido tu memoria la que llevaba mis pies, y como siempre, me deja abandonado al final de la calle sin un rumbo fijo.

De palabra por haberte dicho tantas veces, te amo, tanto... que el habértelo dicho en esas cantidades podría sonar a blasfemia, por decir que te apoyaba y porque en verdad lo hice, por hablarte al oído mientras dormías y susurrar un te quiero artero para que se clavara directamente en tus sueños y en tu conciencia.

De obra, porque cuanto estuvo en mis manos hice por ti, y créeme que no es reproche, cada pequeño paso, cada logro en mi vida lo hice por ti, por nuestro mañana y por nuestro futuro, lo malo es considerar un futuro escrito cuando debemos saber de la poca certeza que nos da, tan ingrato él, que nos deja hacer planes y al final todo se va perdiendo tras la niebla que despeja a su antojo.

De omisión, creo que son mi mayor falta... por omitir tus desdenes y tu hipocresía, por omitir tus faltas y buscarte perfecta, por omitir tu humanidad pensándote divina, por omitir mi conciencia buscando entrar en la tuya, por omitirme a mí dejando que me omitieras.

Esa es mi confesión, y acepto en el transcurso de este escrito mi pena, tal vez la sentencia sean diez canciones de Sabina y un poema de Benedetti, o dos horas de Serrat y tres libros de Onetti, igual y es más tranquila y son tres canciones de trova y una lectura ligera, digamos Cortázar o Borges, (es claro que esto último es una ironía). Sin embargo, cumpliré mi sentencia cabalmente, para expiarme de ti, y de todo aquello que no eres tú, es momento de redescubrir la fe que había perdido en mis dedos y en mis manos, hasta en mi inspiración.

Será que el amor se regocija de llevarse lo mejor de nosotros para alimentarse y al final, nos deja más pobres de todo, pero más fuertes... mucho más fuertes. Si a mí de pequeño me lo hubieran advertido, estoy seguro de que, aun así, me hubiera subido a esta montaña rusa... como seguramente lo haré mañana.
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Confesión

A ti, debo confesarte algo:

Si llegara el final,
Y el corazón corriera a donde se le antoja
Me haría sueño y mar
De regreso a casa.

Y si te aburres de mí
Convertiría mi sangre
En un tinto
Dulce y lejano próximo a consumirse.

Si decidiéramos despedirnos
Fingiría tener tus brazos
Por entre los míos
Como un doloroso recuerdo
Sollozado.

Y si intentáramos alejarnos
El espejo
Nos recordará, siempre
Quiénes somos
Quién fuimos.
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Confesión I

Y es verdad eso que dicen,
El amor llega cuando crees haber perdido todo.
Eso sucedió aquella noche en la que mis estrellas
Encontraron un nuevo cielo para brillar,
Tu cielo.

Es verdad que mentí,
Quizás unas mil mentiras acosen mi mente,
O quizás eran verdades a medias, da igual.
Tu cielo fue mas claro que el mío,
Y ahi quise estar.

Es verdad que enloquecí,
En cuanto te mire detenidamente,
Y descubrí que tu sonrisa es la cura a mis heridas.
Que tus pequeños ojos, son mas que eso,
Son mi paz.

Es verdad que escribo,
Que te escribo cada semana o cada mes,
Pero la verdad es que te escribo desde siempre.
Desde mucho antes que llegaras a mi vida,
A este caos que ahora es tuyo también.

Es verdad que soy de ti,
A medias, a pedazos a veces entera.
Cuando mis fuerzas escasean y vienes tu,
A levantarme con tu paciencia y tu amor,
Ese amor tan tuyo, tan puro.

Es verdad eso que dicen,
Que enamorarse es de valientes y de ciegos,
Arriesgando todo, perdiendo sin perder,
Ganando sin ganar, pero sonriendo como tonto,
Y así estoy yo

Sonriendote a ti.
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