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Sólo yo conozco ese dolor

Le propondré un baile a la soledad
para sanar
mis heridas.
Ella los pies me pisará,
no se acabarán
sus mentiras.

Pienso en volver a la ciudad,
ver el mundo real,
pero la gente chilla.
Pienso en marchar,
no mirar atrás,
pero duro una milla.

Fue mi cabo suelto,
ahora ha vuelto,
salto por la borda.
El proceso lento
es digno de cuento,
me engulle la ola más sorda.

Hay una canción
que me recuerda el momento peor
de mi corta vida.
La escucho con pasión,
sin compasión.
Y nunca hay quien lo impida...

Subí la escalera infinita hace siglos,
escalón a escalón me sumí en el olvido,
pero sigo estando y siendo.
Subí la escalera infinita hace siglos,
me olvidaron amigos,
pero llevo décadas cayendo.

Soledad me quiere,
me ofrece hasta lo que no tiene,
nunca falla.
Ella va y viene,
quiere tenerme,
siempre gana la batalla.

Tengo un miedo inmenso a caer,
no sé qué hacer...
Estoy por rendirme.
Tengo un miedo inmenso a recaer,
no sé por qué
si las veces que me ha pasado se cuentan por miles.

Nunca lo necesité,
pero me venía bien.
Ese fue mi error.
No la utilicé,
fue justo al revés,
sólo yo conozco ese dolor.
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6comentarios 57 lecturas versoclasico karma: 86

Prendí los cardos

Desperté un día con un bosque en mi cabeza
densa madeja de arbustos y lianas
zarzas, cardos, espinas y ortigas
umbroso encinar.
No se veía el sol, ni el cielo que lo sostiene.
Sólo sombras, unas sobre otras.
Era oscuro,
hacía frío
Estaba desnudo entre tanta hojarasca
así que prendí lumbre al bosque para calentarme.
Ardió.
La cabeza en llamas.
Mis pies bailaron sobre las brasas.
Unte mi cuerpo de hollín.
Giros y más giros.
Pasos encabritados.
Hasta que no quedó nada.
Sólo humo.
Gas.
Ni astillas.
Maté el bosque.
Llamé al hambre.
Llené mi cazo de ceniza.
Me acostaba con hambre.
Despertaba con hambre.
Andaba con hambre.
Dejé de soñar.
Sufrí intoxicación simbólica.
Desprovisto de paisajes interiores.
Del universo que cabía en mis pequeñas manos.
Hoy sólo soy la materialidad del cuerpo
El hambre de las moscas,
molestas, diminutas y esquivas,
revoloteando la fruta,
acosando el cuerpo.
Hoy vivo mascando la dulce raíz del olvido.
Vivo tan cerca del ombligo de la muerte.
Vida tan corta como el último día.
Caí vencido de tanta luz.
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3comentarios 13 lecturas versolibre karma: 77

Desterrados del paraíso

“La muerte no duele a los muertos, sino que daña a sus parentescos”
(Muhannad, poeta y refugiado sirio)


El paraíso ya no es lo que era.
Las manzanas se han podrido,
de la Serpiente solo queda la piel muerta
y se ha perdido cualquier vestigio de Humanidad.
Dios está muerto.
Lucifer yace en las sombras.
Y nosotros hemos sido desterrados.
El paraíso es ahora un desierto en el que el único río que corre lleva sangre.
Hemos caído a la Tierra,
con las alas cortadas de cuajo,
reyes de absolutamente nada,
príncipes de la escoria
y mendigos de la inmundicia.
Desterrados del hogar,
proscritos del mundo,
buscando el amor que allí no hemos recibido.
Nos encontramos con vallas,
con muros que nos quieren separar,
como si fuéramos seres que el mundo olvidar
No hacéis nada
y están acabando con nosotros.
En vuestras manos está nuestro futuro.
Hoy más que nunca.
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2comentarios 75 lecturas versolibre karma: 102

Sal pura (con @Pequenho Ze)

Salitre.

Lo único que queda,

tras la evaporación.


Corteza arisca

enganchada en una piel

que vive sin convicción.


Me espolvorean con los dedos,

sobre carne cruda.


Sal,

de otra naturaleza.

Negra.

Oscura.


Me cubre

la voluntad eterna de mi destierro

en una sal marcada

por la oscuridad.


Y la sed que siento...

Insaciable.


Atragantado

y perdido;

sumergido,

en sal pura.


Arañando nubes

para hacer caer agua dulce

sobre el salitre eterno

de mi propia sentencia.


-cortes, rendijas, hendiduras

asedian mi consciencia;

siento mil heridas abiertas-


Quizá por eso,

se conserva mi locura.


Labios agrietados,

de demasiado hablar

conmigo mismo

dentro del espejismo

de la insana cordura.


Rheinn y Pequenho Ze

"Sal pura"
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13comentarios 88 lecturas versolibre karma: 114

Entre costuras

Se me enreda
su recuerdo
como hilo
entre mis dedos.

Escondiendose travieso
No se deja atrapar
por el filo del olvido
Que lo pretende cortar
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sin comentarios 13 lecturas versolibre karma: 16

A veces

A veces la noche es un hielo en los dientes,
a veces los sueños se caen inmaduros,
a veces parece no haber día siguiente
y a veces parece insalvable aquel muro
que ayer escalaban dos colas de hiedra
sin miedo a cortarse la piel con la piedra.

A veces retuerzo y araño las horas,
buscando tu verbo de ausencia en mi aurora.

A veces la cama es un nicho sin flores,
a veces el aire calcina la boca,
a veces parece que nieven dolores
y a veces parece el aliento una roca
mordiendo la carne y los huesos del alma
que dio por ganada la luz y la calma.

A veces te acecho y te siento constante,
buscando sin suerte tu voz mitigante.

A veces el suelo es arena que engulle,
a veces las sombras habitan la casa,
a veces parece que el pulso no fluye
y a veces parece que el cielo fracasa
y el sol y el azul y la luna y los astros
acaban tomando el color del asfalto.

A veces el mundo es un cero a la izquierda,
entonces regresas y todo concuerda.
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12comentarios 99 lecturas versoclasico karma: 98

Nuestro amor es más grande que los dos

Fragilidad
deambulo entre los sueños
flotando con los ojos semiabiertos
sonambulo
intermitente entre un zumbido
en el oído que nunca me habla
cansado
huyendo de la luz
con movimiento de un sentimiento
con muchas esperanzas,
nunca te han amado
con un abrazo de soledad.

Restringido
cortado de los árboles
antes de ser un fruto dulce,
solo pausas
quietud que cierra los ojos
ante el suspiro que inhala
el frío aire de una madrugada más que termina.

El mar se escucha
en tu pecho solitario
nada importa
si no es todo a tu lado
vejez sin esperanza,
tus manos son muy pequeñas
para sujetar con fuerza
todo aquello que quisieras controlar.

Ojos que no pierden detalle
de todas las insignificantes palabras
que tu mente simplemente no escribe,
paz inaudita
camino que sana las heridas.

Si no te ayudo
¿Que sentido tiene la vida para vivir?
te quiero contar lo que hace revolotear
a mi estomago en todas las madrugadas ausentes.

Es más el miedo
que la verdadera traición,
pausa en una noche
que apenas empieza,
otra vez terminaré recitando
versos en voz alta,
escuchando silencios vencidos,
letras que nunca escuchan
porque tú atención
siempre está en la mirada que voltea
solo a otro lado.
agua turbia que trasluce un amor cristalino
nuestro amor
es más grande que los dos.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
13/01/2018.
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10comentarios 331 lecturas versolibre karma: 107

De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Somos

Solo somos olas que se deshacen en las arenas
del tiempo.
Una pequeña pluma enredada en el árbol de la vida, esperando que una leve brisa nos haga volar.
Una lágrima en la mejilla de un Dios que nunca nos deja caer.
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Bitácora 4/01/2018

Permite que te cuente lo que ocurre esta noche, deja que a pasos cortos y pausados, te susurre lo inexplicable de esta complicidad.

Complicidad, cuando sin vernos nos vemos tan cercanas, nos sentimos tan humanas y nos gustamos tan sinceras.

Complicidad, cuando tus besos aun imaginarios se posan en mis labios y tus abrazos, igual de inexistentes me abrigan en mis sueños.

Complicidad que osadamente me mantiene despierta escribiendo esto que aún no logro describir...
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Romper con la rutina

Para romper con la rutina
me pido la imprevisiblidad del mar.
Me pido bailar las olas
cortando el viento al pasar.

Para romper con la rutina
me pido arena y sal,
la cal la dejo para aquellos
que se conforman con soñar.

Para romper con la rutina...
me pido vida, me pido libertad.
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Amantes de Amor

Especial son tus manos sobre mi cabeza

que me avisan antes de cada ataque .

Lo siento soy un alma cansada

y me castigo moviendo hilos en tu memoria, para cortar caminos y no llegar a ti.

Cada luna llena muerdo algodones, para no gritar y decir la verdad de este Amor.

En medio de la desesperación y este corazón, empiezo a sentir que estoy boca abajo

mientras que en cada paso que doy, voy contando tus disparos y no sabes cómo arde

pero aun así te suplica, quédate conmigo!

no lo puedo evitar mi alma hace piedras en tu nombre.

Y como ser suya?

si no creo en mi suerte!

y dime…

Como es que no puedes ver al amante de este corazón?

deja de pensar que es el amor y lo que esta dispuesto a dar este corazón

obligas a poner limites y no entiendes que esto ya no tiene final.

Tu dejas que las gotas de mi amor, se te deslicen entre los dedos y solo pasas frente a el, duele.

Me arrebataste todo, sabía que quemabas, que no sabes amar

pero olvide lo mucho que arde en mi tu fuego.

Al esperar, me toco perder y mi voz ahora lo grita!

siempre estado hasta el tope

tanto que puedo sentir desbordarme.
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No seré más que cenizas

Si me voy y no me encuentras, no me busques,
yo estaré en la raíz de alguna estrella.
Viviré lejana, eterna, pero libre
y quizá mire hacia atrás y aún te vea.

Si me voy y no me encuentras, no te enfades.
No pretendo abandonarte si a mi vera
se mantiene tu recuerdo como mimbre
y quizá, si te lo digo, tú lo entiendas.

Si me voy y no me encuentras, no me llores.
Si me lloras tú yo vuelvo entre barrotes.
Yo reniego de mi árbol,
me deshago de mi bote,
vuelvo a ser lo que yo era
y quizá, así, lo notes.

Si me voy y tú me encuentras,
si me lloras y yo vuelvo,
no seré más que cenizas;
tú serás mi cenicero.
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11comentarios 103 lecturas versolibre karma: 117

Ametrallada

Haces que crea que alzarás un puente,
que estirarás el brazo para tocarme a la mañana
y yo cerraré los ojos
hasta que el viento susurre 'duerme'.

Pero no eres más que promesa ausente;
humano, cierto y triste, verdad enmarañada.
Indiferencia o despiste
que por no ser agua, duele.

Y sé que es así como funciona, al verte
en tus manos no cabe el vacío y se aclara
cuando caes en mi.
Yo me pierdo en tus redes.

Por ti me dejo llevar, deleble,
erosionando en palabras que siempre callan
entre ojos distantes.
A mi me ametrallan
y en mi
se mueren.
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Filo-Aguja

La mirada de un hombre
al que ya no le importa nada
es una mirada aguda,
de filo-aguja.

Se tuercen los días sobre su calma.
Pasa el poema, el poeta, la absenta,
el vigor, el licor de pérdidas…
y tú crees que todo dura
porque alguien lo masculló
entre las paredes infectas
de la caja tonta.

Te diré que viví y morí dos veces:
después de esto uno sabe que crece,
que la vida es bastarda y tan cortos cigarros
como el filo del infierno cotidiano.

La mirada de un hombre
al que ya no le importa nada
inquieta a los cobardes,
colapsa la consonancia de los grillos
y denigra a la inadecuada indecencia.
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3comentarios 81 lecturas versolibre karma: 125

Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Y solo eran dos extraños...

Y solo eran dos extraños...
Queriéndose encontrar,
y el destino no les juntaba...

Caminaban por esas calles
de Madrid.
ciudad grande, distancias
cortas, sentimientos,
corazones, y almas
unidas, pero cuerpos
separados....

Caminaban, entre la
multitud de gente, y el
aire esté, que se respiraba,
olía a la Navidad...

Y solo eran dos extraños,
queriéndose encontrar,
y que el destino, jugara
bien sus cartas,
y que les junte...
Como regalo de Navidad...



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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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Un querer escapa

Contenía el rasguño de algún beso herido
mueca insospechable cortada
y caída en el torrente de los hombros.

Era jubiloso el tacto a mar
a menudo irradiante
en el alcance de los ojos dichosos.

Su valía era prometer la ruina alzada
verde sobre el río de la voz
el misterio se alzó en suspiro a tiro.

Vino siguiendo el cordel luminoso
atado en redondo a la nostalgia
¡Tanto infinito soñaba de dentro¡
Volvió a cortar
a un querer sus alas
¡Ay de él!
No sabe que un querer escapa
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