Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

encontrados: 1, tiempo total: 0.012 segundos rss2

El reloj de Aristóteles

No eran verde el cielo ni azules las hojas, no era sombrajo el árbol frondoso, no era previsible para André que iba a morir en el bosque.
Por incapacidad o admiración, Europa y Arabia absorbieron los conocimientos de los sapienciales helenos. Y entre las cosmologías, la de Aristóteles contiene el germen del futuro homicidio. No en vano Ptolomeo y los medievales estudiaron al maestro de Alejandro con tanta atención; algo intuían de aquella teoría que no se rebajaba a una mera descripción de los astros. Era no sólo un intento de comprender el universo sino también un plan de asesinato que el pasar de los siglos no hizo más que perfeccionarlo.
Cuando en Europa imperó lo que la historiografía ha denominado Renacimiento, un tal Galileo se animó a divulgar las teorías cosmológicas de Copérnico que se oponían a las de Aristóteles, y, por lo tanto, a una verdad sostenida durante milenios. Naturalmente, se granjeó enconados rechazos y fervorosas adhesiones. Pertenecía al grupo de los que aún sostenían las teorías aristotélicas un teólogo, astrónomo y matemático residente en Basilea. Dedicó su vida a contradecir al advenedizo italiano que consideraba hereje y digno su cuerpo de ser carbonizado por las sagradas llamas de la Santa Inquisición.
Por eso es que se dirigió en un áureo atardecer al mejor relojero de la ciudad para materializar su idea.

—No quiero cualquier reloj, quiero el reloj de Aristóteles —le dice de forma intempestiva el erudito anciano a André.

—¿Una clepsidra?

—No. Es algo nuevo que estuve diseñando en mis horas libres. Le dejo los planos. Mañana pasaré a la misma hora para preguntarle si no comprendió algo —y se marchó arrastrando su hábito consigo.

Sin darse cuenta André acababa de aceptar como encargo su propia muerte.
Esa misma noche, bajo la trémula y oxidada luz de las velas, observaba con atención los croquis del viejo: una esfera con hilera de anillas alineadas perfectamente en un extremo externo. Una de esas anillas debía jalarse hacia abajo para que la esfera se abra. Ya hecha la apertura, la cara interna izquierda tendría que servir de reloj, mientras que la derecha poseería una representación a pequeña escala de la cosmología aristotélica. Cada anilla externa serviría de enlace para hacer rotar, con un movimiento esférico, previsible y repetitivo, un conjunto de planetas cada cierto lapso de tiempo de manera automática o, si se prefería, manualmente. La cavidad interna de la sección astral debería estar dividida en tridimensionales capas jerárquicas, como una cebolla: el mundo sublunar (la Tierra y la luna) en el centro; el mundo supralunar (los planetas situados sobre nuestro mundo); el éter luego; las fijas estrellas más arriba; y finalmente el vacío que alberga el llamado Primer Motor Inmóvil (interpretado como Dios por los cristianos). Los interrogantes que le surgieron a André fueron respondidos al día siguiente: ¿Material de la esfera? Cobre; ¿De las anillas? Oro o plata; ¿Tamaño? Que quepa en una mano; ¿Por qué una esfera? Porque es una figura perfecta: nada le sobra y nada le falta; ¿Cómo representar a Dios dentro de la esfera? A libre albedrío…
La complejidad del invento requería de alguien familiarizado con artefactos complejos, ¿y qué mejor que un relojero suizo del Renacimiento? Sin embargo, André no sólo se topó con dificultades técnicas sino también espirituales: para él no era suficiente representar a Dios con una esfera por más perfecta figura que sea; mucho menos encerrarlo en un estrecho y marginal estrato en la jerárquica capa divisoria. Su conciencia se batía entre el respeto hacia la autoridad divina y el respeto a cumplir con su palabra (“En tres meses tendrá su reloj”). No era muy difícil tampoco seguir al pie de la letra un encargo. Pero aquel anciano, célebre en todo el cantón por su fanatismo religioso, podría estar poniendo a prueba su fe. Y presenciar en la plaza central, como todos los del pueblo lo hicieron, sus disertaciones en contra de los heresiarcas, le llevó a creer que no se trataba más que un elaborado plan para que la Inquisición —la protestante— le arranque a fuerza de tormentos la confesión de sus pecados. André, como todo converso religioso, poseía el fervor del neófito. Y eso era también un problema porque en su pasado católico podría haber representado a Dios mediante figuras; quizá una cruz de oro habría sido suficiente. Pero ahora, protestante, le estaba prohibido sentir algún tipo de adoración por una imagen.
La esfera ya estaba casi terminada. Entreabierta sobre la mesa, André observaba la vacía hendidura y pensaba cómo representar a Dios mientras las luces del candelabro hacían bailar centelleante almíbar sobre la pulida superficie de cobre.
En el atardecer del día siguiente, decidió dar un paseo en busca de inspiración. Se dirigió, sin percatarse de ello, hasta el peligroso bosque, donde habitan los inescrupulosos ladrones y las brujas. Pero no era el miedo lo que lo dominaba sino la fascinación por la naturaleza que lo rodeaba. Aquella parcela de Dios, con sus dorados haces de luz que penetraban como puñaladas el follaje, con su tierra salpicada de sol y con las hojas de los árboles acariciadas por plata resplandeciente, exacerbaron su fe. Se arrodilló sollozando de alegría, agradeciéndole a su Señor por semejante magnificencia y disculpándose por su naturaleza de pecador. Y entonces, detrás de él, un fulgor casi intolerable se le apareció. No le era inexplicable aquel fenómeno; supo desde el primer instante que Dios estaba ante él. Se dejó arrastrar por la luz, la de su delirio tranquilo y nunca más volvió a despertar.
André, como tantos otros, quiso simbolizar la eternidad, la omnisapiencia; él, el de comprensión finita. Los hacedores de su muerte supieron explotar la inacabable ambición de los hombres. Y el plan fue todo un éxito.
4
sin comentarios 136 lecturas relato karma: 26