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La mirada de lucifer

Tú mi amada Lucifer serás mi alma compañera
en el libro de mi vida esta marcado una vez más el capricho del destino
pues durmiendo sobre las rosas una gitana me lo dijo de manera sútil y discreta
que mi más anhelado deseo carnal y sueño glorioso se materializaria
por invocarlo con pasión en lo más profundo de mi corazón.

Tú mi amada Luciana Fernanda, tú mi amada Luci-Fer
eres bella y ambiciosa
yo te ubico en una esquina
a nadie le importa si opinas
pero yo te creo buena amiga
soy poeta de la vida
mis versos expresan simpatía
pues no niegas tus caricias
al que mas lo necesita.

Eres mi excepción, mi escudo de neón
falsa sirena de Poseidón
tus ojos no me importan
solo el deseo lujurioso y la pasión.

Hoy te busco por telefono
y hasta en la misma internet
soy el águila inexorable
con perseverancia es probable
recuperar el amor incorrupto
que fue robado por lo maligno
en la lucha por mi idealismo.

Lucifer con su mirada me robo el querubín del amor
por desafiarlo con pasión y engañarlo en la tentación
tengo el intelecto de un Griego
y la oración de un terco Cristiano
no tengo el poder de tus ojos, pero tengo al Todopoderoso.

Mujer bella y ambiciosa mitigare el amor pérdido
pues para mi ha sido prohibido
a causa de un juicio intransigente
sé que eres buena gente, pues el oro lo compra todo.
Finge entonces:
Ninfa de mis sueños
Musa de mi inspiración
Sirena de Poseidón

Pues para mi la guerra aún no esta pérdida
te lo digo con convicción
pues llegare hasta el tribunal mayor
te lo repito con pasión
"Lucifer tu mirada no es feliz".

Erikbric The Almighty.
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Inventario

La cara de un niño al abrir un regalo,
la luna de agosto brillando en el agua,
buscar un abrazo y hallar tres mil besos,
beberte una alhambra mirando la Alhambra,
oír las palabras que dice el silencio,
soñar rodeado de gente sin sueños,
andar por la casa descalzo en la noche,
comprar una pluma que escriba poemas...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.

Un hilo de agua caliente en la espalda,
doscientos intentos y al fin conseguirlo,
el tacto sedoso de un rizo en los labios,
la risa sonora de alguien contento,
dos marcas de amor en el banco del parque,
la vida secreta del jazz y el flamenco,
usar los gerundios como han de usarse,
“votar” en la cama una ley antimiedo...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.

Un trozo de pan recién hecho a la leña,
creer que llorar es reír en futuro,
cantar un golazo de Messi o Cristiano,
saber al aliento del beso querido,
hundir en la arena las manos despacio,
saltar en los charcos que enero nos deja,
los ojos lejanos que tiene el recuerdo,
un libro olvidado de Kafka o de Borges...

Antes de darte el piro,
antes de darte un tiro
(plomo, dinero o coca)
piensa en las cosas que dejas,
piensa si salen las cuentas
y ya si quieres me cuentas.
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La Importancia De Llamarse Andrés

Fue un simple nombre
lo propuso su padre
entre copa y copa de sabroso vino
Este niño tendrá un nombre espiritual
apóstol de un señor dios
Valiente,fuerte,viril
como no presentarse valeroso?
Será pescador de hombres
Patriarca de su iglesia ortodoxa
No quieras entender su respuesta
solo los necios creen en sus propias palabras
La X tiene su cuerpo
banderas de los cristianos invictos
tres días de sufrimiento
Alguno tendrá que pensar en predicar
la mortalidad de su martirio
Bajo la Cruz de San Andrés
la importancia de llamarse.....de llamarse, Andrés.

Cuadro:
Bartolomé Esteban Murillo. El martirio de San Andrés. 1675-1682
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Dioses de Horoshima...

Aveces le concedemos el poder a una persona
de llevarnos al olimpo mitológico de la plenitud.
De hacernos y hacerlos Dioses dispuestos a carearse con
Zeus, Apolo, Poseidon y demás integrantes del panteón helenista.
Sin la determinación de alguna razón especifica,
ni el conocimiento del momento exacto
en que tal idologia se construye
dentro de nuestros laberintos psicológicos:

Quien lo diría; que unos huesos cubiertos de carnes,
con un cráneo albergando un menú de pensamientos mixtos,
tendrían el poder de hacernos considerar
la existencia de un Dios acompañante,
en este infierno de civilizada justificación.
Un Dios con el milagro de hacernos florecer
pavosas esperanzas en esta estadía oportunista
causada por algún desconocido trámite del universo.
De hacernos capaz de crear religiones sin títulos específicos
en honor a esas huellas digitales
que quedaran en nuestra piel como evidencia
de que fuimos de alguien mas por encima de nosotros mismos.
Maldita dopamina
con esa característica única de multiplicarse
cuando descubrimos otra existencia que como pieza de rompecabezas
encaja en nuestras ideas y pensamientos mas recurrentes.
Que sin importar que seamos ateos o cristianos,
administramos nuestra fe en otra persona
convirtiéndola en la mas sagrada creencia personal,
solo que esta si es palpable,
siendo esa una causa, entre miles para apostar a su favor,
y correr cualquier riesgo,
cegado por la entrega.
Dioses que brindan razones para graffitear las muros del corazón
con los spray de las ganas que motivan
esa otra presencia de significativa unanimidad para nuestra alma,
que por mas hermética y desolada que sea
decide malportarse en rebelión interna,
destrozando cualquier precepto de naturaleza concebida
por el transcurrir de la vida.

Eso hacemos; adoptamos a un Dios
y le damos el poder del afecto, ni siquiera comparable
con el que tienen nuestros parientes mas cercanos.
Dioses poseedores de nuestro querer y adoración
con tanta ceguedad que nos sacrificaríamos por ellos
sin el titubeo del análisis previo al daño futuro.
Dioses que al estar cerca de ellos, aunque nuestra vida sea una mierda,
en esos momentos el sentido de la misma
crece como supernova en plena acción.
Con las características exactas de que por muy marcado que fue el pasado
no tiene comparación con lo que va siendo el presente
luego enlazarnos a sus estadías.
Dioses que nos curan y nos afinan
aun cuando esas no sean sus intenciones,
pero quien puede con una razón desbordada en euforia.
Dioses capaces de hacernos concebir el milagro del amor
que aunque aceptamos su existencia, nunca apostamos
que nos tocaría hasta ese momento.

Quien lo diría que esas características e intensidades
sea la misma formula para destrozarnos
tal cual bomba nuclear a hiroshima...
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La comunión

Aquella vez fue la segunda y última vez que me confesé, un día antes de hacer la comunión, perdí la fe.

La primera confesión el cura la llamó prueba y, como pude comprobar más tarde, no se diferenciaba en nada de la segunda y oficial confesión.
El día de la prueba le pregunté a Sergio qué iba a confesar.
Que había incumplido una promesa, desobedecido al profesor y que le había escupido a su hermano en la cara.
En una acción de cristiano altruismo hice mías sus infracciones.
-¿Solo eso Canet?, me interpeló el abate. He visto películas de terror y leído libros que dicen mentiras.
-Vale, dijo él -para mi asombro-. Tres salves reginas y dos padrenuestros.

Permanecí de rodillas un largo rato cavilando en mis asuntos,
simulando rezar, ya que aquello era tan sólo una prueba, un paripé.
El día de la comunión repetí en la confesión mis pecados - los de Sergio- quizá en una exposición de sadismo precoz y arrogancia.
A ver qué me ocurre, me dije. Y lo que pasó es que no pasó nada.
No se rasgó la tierra a mis pies, ni un dedo gigante me señaló desde el cielo,
ni Mefistófeles en persona se presentó para azotarme y arrastrarme hasta sus aposentos subterráneos.
Estoy seguro que Dios dejó de existir, si es que existió alguna vez, pensé.
Aquel funesto domingo hice la comunión.
No me entusiasmé, no quería beber vino ni tragarme una oblea.
Mi padre se puso corbata y mi madre estrenó vestido,
y celebramos una frugal comida a la que sólo acudieron la familia más cercana y dos amigos borrachos de mi padre.
Me regalaron un bolígrafo de segunda mano y un reloj que más tarde me robaría mi compañero de clase.
Desde aquel día he perpetrado los actos más inmorales.
Jamás me han castigado, todo lo contrario: tengo la sensación de que alguien me está recompensando día a día.

Canet
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Eco

En mi boca de oreja a oreja , queja.
En la soprano con llanto, espanto.
En jaculatoria de un santo, canto.
En consejo de vieja, moraleja.

En promesa al ciudadano, vano.
En vacuo pensamiento,sufrimiento.
En el libro polvoriento,talento.
En excusa de cristiano,pagano.

En la indecisión de un juez,dejadez.
En redoble de soldado, pasado.
En sillones del Congreso, exceso.

En memoria del pez, estupidez.
En embuste del amado, pecado.
En tu labio travieso, solo un beso.

©Giliblogheces
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Desde la nada

La deseada oportunidad de que uno de sus tantísimos deseos —que sólo cesan con la muerte del individuo— se viera cumplido, dejó patente el egoísmo que caracteriza a los hombres: sólo él y su biblioteca, y que el resto del mundo desapareciera.
¡Qué amarga sorpresa se llevó cuando pudo comprobar que sus libros poseían solamente hojas en blanco! Supo desde entonces que al esfumarse por su propia voluntad el universo los contenidos escritos también desaparecieron, puesto que éstos forman parte de aquellos; que cada letra es un símbolo del cosmos, pero minúsculo y vilmente fragmentado para comprensión de nuestra limitada capacidad de conocimiento.
Surgió la necesidad de reescribir todo aquello sobre lo que él conocía y desconocía. No le interesaba en absoluto equivocarse porque la idea de que cada uno crea su propia verdad nunca fue tan tangible como en este caso.
Los años y el tedio le hicieron arrepentirse de aquel deseo. Criado en el Occidente cristiano, el arrepentimiento fue elemento suficiente para enmendar su egoísta e impetuoso error.
El universo volvió a constituirse tal cual lo conocemos. Su bibliografía, escrita con tanto esfuerzo de un modo medieval, volvió a formar parte de los anaqueles del mundo; pero una característica los distinguía de los demás: también se hallaban con las hojas en blanco. Escribir desde la nada sobre la nada es imperceptible para nosotros; se ha tenido la piedad de, por lo menos, materializar aquella nada en libros.
Sobre él, más nada se supo.
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Y las aguas no quedaron divididas

Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses.
Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río.
Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería.
Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase.
Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño no lloraba. Y teniendo terror de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste.
Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que entierre este niño?
Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces llorando fue la doncella.
Y la hija de Faraón también lloró; y se lamentó de que Osiris no haya todavía concebido a Moisés.
Y las profecías de los hebreos no profetizaron bien la venida de Moisés, el que a los hebreos liberará de Faraón.
Y los hebreos se desanimaron y dejaron de creer en Dios; y Faraón continuó oprimiéndoles.
Y así termina este libro que pudo ser lo que no fue.
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El reloj de Aristóteles

No eran verde el cielo ni azules las hojas, no era sombrajo el árbol frondoso, no era previsible para André que iba a morir en el bosque.
Por incapacidad o admiración, Europa y Arabia absorbieron los conocimientos de los sapienciales helenos. Y entre las cosmologías, la de Aristóteles contiene el germen del futuro homicidio. No en vano Ptolomeo y los medievales estudiaron al maestro de Alejandro con tanta atención; algo intuían de aquella teoría que no se rebajaba a una mera descripción de los astros. Era no sólo un intento de comprender el universo sino también un plan de asesinato que el pasar de los siglos no hizo más que perfeccionarlo.
Cuando en Europa imperó lo que la historiografía ha denominado Renacimiento, un tal Galileo se animó a divulgar las teorías cosmológicas de Copérnico que se oponían a las de Aristóteles, y, por lo tanto, a una verdad sostenida durante milenios. Naturalmente, se granjeó enconados rechazos y fervorosas adhesiones. Pertenecía al grupo de los que aún sostenían las teorías aristotélicas un teólogo, astrónomo y matemático residente en Basilea. Dedicó su vida a contradecir al advenedizo italiano que consideraba hereje y digno su cuerpo de ser carbonizado por las sagradas llamas de la Santa Inquisición.
Por eso es que se dirigió en un áureo atardecer al mejor relojero de la ciudad para materializar su idea.

—No quiero cualquier reloj, quiero el reloj de Aristóteles —le dice de forma intempestiva el erudito anciano a André.

—¿Una clepsidra?

—No. Es algo nuevo que estuve diseñando en mis horas libres. Le dejo los planos. Mañana pasaré a la misma hora para preguntarle si no comprendió algo —y se marchó arrastrando su hábito consigo.

Sin darse cuenta André acababa de aceptar como encargo su propia muerte.
Esa misma noche, bajo la trémula y oxidada luz de las velas, observaba con atención los croquis del viejo: una esfera con hilera de anillas alineadas perfectamente en un extremo externo. Una de esas anillas debía jalarse hacia abajo para que la esfera se abra. Ya hecha la apertura, la cara interna izquierda tendría que servir de reloj, mientras que la derecha poseería una representación a pequeña escala de la cosmología aristotélica. Cada anilla externa serviría de enlace para hacer rotar, con un movimiento esférico, previsible y repetitivo, un conjunto de planetas cada cierto lapso de tiempo de manera automática o, si se prefería, manualmente. La cavidad interna de la sección astral debería estar dividida en tridimensionales capas jerárquicas, como una cebolla: el mundo sublunar (la Tierra y la luna) en el centro; el mundo supralunar (los planetas situados sobre nuestro mundo); el éter luego; las fijas estrellas más arriba; y finalmente el vacío que alberga el llamado Primer Motor Inmóvil (interpretado como Dios por los cristianos). Los interrogantes que le surgieron a André fueron respondidos al día siguiente: ¿Material de la esfera? Cobre; ¿De las anillas? Oro o plata; ¿Tamaño? Que quepa en una mano; ¿Por qué una esfera? Porque es una figura perfecta: nada le sobra y nada le falta; ¿Cómo representar a Dios dentro de la esfera? A libre albedrío…
La complejidad del invento requería de alguien familiarizado con artefactos complejos, ¿y qué mejor que un relojero suizo del Renacimiento? Sin embargo, André no sólo se topó con dificultades técnicas sino también espirituales: para él no era suficiente representar a Dios con una esfera por más perfecta figura que sea; mucho menos encerrarlo en un estrecho y marginal estrato en la jerárquica capa divisoria. Su conciencia se batía entre el respeto hacia la autoridad divina y el respeto a cumplir con su palabra (“En tres meses tendrá su reloj”). No era muy difícil tampoco seguir al pie de la letra un encargo. Pero aquel anciano, célebre en todo el cantón por su fanatismo religioso, podría estar poniendo a prueba su fe. Y presenciar en la plaza central, como todos los del pueblo lo hicieron, sus disertaciones en contra de los heresiarcas, le llevó a creer que no se trataba más que un elaborado plan para que la Inquisición —la protestante— le arranque a fuerza de tormentos la confesión de sus pecados. André, como todo converso religioso, poseía el fervor del neófito. Y eso era también un problema porque en su pasado católico podría haber representado a Dios mediante figuras; quizá una cruz de oro habría sido suficiente. Pero ahora, protestante, le estaba prohibido sentir algún tipo de adoración por una imagen.
La esfera ya estaba casi terminada. Entreabierta sobre la mesa, André observaba la vacía hendidura y pensaba cómo representar a Dios mientras las luces del candelabro hacían bailar centelleante almíbar sobre la pulida superficie de cobre.
En el atardecer del día siguiente, decidió dar un paseo en busca de inspiración. Se dirigió, sin percatarse de ello, hasta el peligroso bosque, donde habitan los inescrupulosos ladrones y las brujas. Pero no era el miedo lo que lo dominaba sino la fascinación por la naturaleza que lo rodeaba. Aquella parcela de Dios, con sus dorados haces de luz que penetraban como puñaladas el follaje, con su tierra salpicada de sol y con las hojas de los árboles acariciadas por plata resplandeciente, exacerbaron su fe. Se arrodilló sollozando de alegría, agradeciéndole a su Señor por semejante magnificencia y disculpándose por su naturaleza de pecador. Y entonces, detrás de él, un fulgor casi intolerable se le apareció. No le era inexplicable aquel fenómeno; supo desde el primer instante que Dios estaba ante él. Se dejó arrastrar por la luz, la de su delirio tranquilo y nunca más volvió a despertar.
André, como tantos otros, quiso simbolizar la eternidad, la omnisapiencia; él, el de comprensión finita. Los hacedores de su muerte supieron explotar la inacabable ambición de los hombres. Y el plan fue todo un éxito.
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Cantos

Las victimas perecen y los corazones se pudren, los cabellos se caen.
La bandera hondea, el grito y su eco a lo lejos suena ¡Oh Patria eres ceniza!
Balas de rojo y bocas con hambre, manos de maíz y pasos de guerra.
Gendarmes y escudos, cuerpos en el asfalto y seducción en las palabras.
Tronos de oro y casas de madera ¡Patria me dueles!
Fronteras internas, proletariado ciego de nacimiento y colonias de adobe y lamina.
Monarcas que emigran al norte; en el sureste, hojas de palma como cobijas.
Soles nuevos, lunas viejas, días de siempre, ríos de noviembre.
Montañas escondidas a la vista del buitre, metáforas del azteca.
Mayas exiliados, cristianismo florece en los burdeles del epicentro.
Ciudad desprotegida, pueblo resignado, morenos de canela olvidados,
bolas de algodón para curarnos, fuego del imperio para llorar con nuestros cantos.
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Arne Jacobsen rezó

Arne Jacobsen rezó. Pidió que la riqueza material y espiritual de este año continuara sin mancha y que Dios le diera el hijo más angelical que hubiese pisado los fiordos de Hordaland. Un hijo fuerte, seguro de su propósito angelical en el mundo, digno sucesor de su padre, político conservador demócrata cristiano, que en sus ratos libres, cuando la política y los negocios privados se lo permitían, iba a la iglesia protestante a purificarse el alma y a rezar por otras almas menos perfectas y trabajadoras que la suya. Rezó toda la noche mientras la tormenta de viento, razón de ser de octubre, tumbaba abedules y abetos en las cumbres. Rezó mientras la corriente del río se llevaba la antigua escuela de madera de Undredal. Rezó mientras el lago Vangsvatnet se desbordaba y las caravanas del camping se alejaban nadando, siguiendo a las olas con saltitos alegres, afirmando su vocación nómada. Rezó pero no por los pescadores que se hundieron en el fiordo de Ulvik cuando un golpe de viento les tumbó la barcaza, sino por lo angelical de su inmediata descendencia. Rezó mientras su mujer, sola en el paritorio, daba a luz a su hijo. Dios, dame un ángel, te lo pido, rezaba Arne en la capilla del hospital. Un relámpago más y el niño nació dejando claro su lugar en el mundo con un llanto que resonó en toda la planta. Cuando Arne lo vio supo al instante que Dios le había enviado un ángel. Y no se equivocaba. Treinta años después su hijo se convirtió en uno de los líderes más importantes del motoclub de los Ángeles del Infierno.
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Quisiera ser

Quisiera ser el viento viajero,
ver infinitas llanuras
sin nostalgias en el cuerpo.

Quisiera ser una ínfima partícula,
un temor en la palabra,
una huella de silencio,
la candidez del alma,
un desierto primitivo,
un sentimiento añejo,
un ataúd sin brillo,
un lento suspiro viejo.

Quisiera ser el viento viajero,
volver a apócrifos años
de aventuras y de juegos.

Quisiera ser las calles lejanas,
los quirófanos fríos,
las caricias maternas,
los amores baldíos,
los colegios cristianos,
los prohibidos libros,
los patios adoquinados,
los inocentes niños.

Quisiera ser el viento viajero,
llevar mi raíz hispana
a las masas y a los pueblos.

Quisiera ser un libro de mil poemas,
un sinfín de vanidades,
una inmensa algarabía,
una tumba en dos mitades,
una tonada en el pecho,
un disparo de fusil,
un buen pedazo de tierra,
una mañana de Abril.

Quisiera ser tantas cosas...
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La existencia

La existencia se me contrae por momentos,
se me agotan los cigarros
y olvido, sin pretenderlo,
otro instante más de sueños
en la letra diminuta de una libreta.
Como lo justo y salutífero,
reflexiono, devoro viejas películas
y, como toda criatura,
en la cabeza tengo nocivas meditaciones:
ese latoso lastre que heredamos
de los delitos cristianos
y los trastornos de Freud.

La existencia me atraviesa,
salta de un lado a otro
y se olvida de mí.
Crepitan mis cervicales
con un crujido pausado
y me zarandea el vértigo sentado en el sillón
mientras contemplo
el telediario:
hambre, enfrentamientos, enfermedades, penurias,
en regiones remotas.

Canet
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Hijos de un mismo Dios

Vestida de oscuridad y tinieblas caminaba mi alma entre cadáveres amontonados en la roja tierra. Estaba desorientado, sumido en un mundo irreal, sin saber quién era exactamente. Todo mi cuerpo estaba cubierto de barro y sangre, pero esta no era mía. En mi mano derecha, portaba todavía la espada con la que había sesgado decenas de vidas; en la izquierda, la cabeza del asesino de mi mujer y mi hijo. Aún podía sentirse el hedor de la sangre putrefacta en el ambiente. A mí alrededor, continuaba el estrépito del choque del acero contra el acero, seguido del lamento de los que probaban la afilada espada del enemigo hundiéndose en su carne. Me dirigí hacia el acantilado que daba al mar, parándome al llegar al borde. Sentí la brisa marina por el rostro mientras las olas chocaban furiosas contra las rocas. Cerré los ojos, y por unos instantes olvidé donde me encontraba. Al abrirlos volví a la realidad. Elevé la mirada al cielo, y levanté la cabeza que llevaba en la mano izquierda. Luego grite:

-¡Oh Dios Misericordioso! Aquí tienes un fiel servidor. Esta cabeza que te brindo es la de nuestros enemigos. Nunca he matado en vano, y en esta terrible guerra siempre he defendido tu potestad. Este es el hombre que mató y violó a mi mujer, llevándose consigo la vida del hijo que llevaba en su vientre. Sabes bien Señor, que mi lucha es en nombre de la justicia divina, y que mi espada te sirve. Acepta mí venganza en nombre de esta justicia, que yo seguiré llevando orgulloso el símbolo de tu magnificencia. Yo prometo servirte fielmente, hasta el fin de mis días en la tierra, cuando por fin, vuelva a reunirme con mi mujer y mi hijo. Amén.

Luego, agarré la cabeza ensangrentada y la lancé al mar, perdiéndose esta bajo la espuma de las olas que chocaban contra las rocas. Recé de nuevo por el alma de mi mujer y mi hijo, y me dirigí de vuelta hacía donde se encontraba el resto de los soldados. La victoria había sido nuestra. Muchos celebraban el triunfo en la batalla riendo y bailando, aunque viendo el gran número de compañeros que habían caído valientemente en el campo de batalla, a mi entender, poco había que festejar. Me uní directamente al grupo que recogía los cadáveres de los caídos. Mi única preocupación en ese momento era poder darles cristiana sepultura para su descanso eterno.
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Heremita

Ausencia insular del desquebrajar,
donde te imboca mi corazon abnegado,
dividida autonomía, fuerza ordinaria,
en cuya oscuridad per se me hallo.

Soledad del menester para mi labor,
es de si donde mi cabalgar es caminar,
una espada sin filo, la roca de mi voluntad,
una mirada sin abismo, mi tenaz fervor.

Cada gota de fluido, que emana abundante
roja y sin reflejos, mi dolorosa frialdad
indiferencia suscitada, implacable
ante el llanto, febril clamor de piedad.

Un credo me persigue, moluscos cristianos
mis crímenes de aislamiento y justicia,
mis hacedores de dioses y redención,
¡Vienen para conmigo hacer guindajos!

Viticino mi propio despertar en sueños,
he estado aletargado por mas tiempo,
por mas tiempo del que recuerdo,
mas alla de la cosecha de almas y cuerpos.

Ellos quieren una parte de mi.
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Martyr

Fariseo esclavo,
poseo mártir deseo
y con fe m´acabo,
en coliseo m´empleo.

Figlio d´Adán y reo,
sufrí menoscabo,
d´Eva probé bocado,
fruta de pe(s)cado.

Gladiador, bien arreo,
manejo fierro, escudo,
armadura de cuero feo,
hago de fieras felpudo,
oval ruedo y embudo,
rudo Heracles a sueldo.

Retorna al cuor,
neonato alado,
querubín vendado.

Tú, gladiolo traidor,
ornato que tornóse
tornado mudo y torneo,
entornado contoneo
tan entrenado me pudo.

Maté por ti,
por ti atado,
al fuego caído,
a Dios cuitado.

Trémolo o trémulo,
tres veces báculo.
Cálculo errático,
Hermes hermético,
secta do século.

Tu rostro ajado,
amortajado
es paradoja
es para Jano.

Remo y Rómulo,
Roma y ósculo,
vulva y mácula,
Loba y glándula.

Bebo lo bíblico,
San Esteban mítico,
Ichthys dístico,
misógino crístico.

Vivo un sin vivir,
prístino vitoreo.
Enemigo a batir.
Mi José de Arimatea
es un Dani Mateo.

Ánimo litúrgico,
rito eucarístico:
pan, vino místico,
solo con pase vip.

Aplico lo que leo,
hoy, San Mateo,
por Jesús, galileo,
dispuesto a partir
y a patir mi toreo.

Resplandor coloso
y odioso abucheo.
Perdí todo honor,
yo aprendí sin trofeo.

Carente de hombría
no oculto el olor
a dolor y a agonía,
a morir en horror.

Tinc por, mare mía,
protégeme, María,
de la sangre fría
de quien me porfía.

Oh, coronado pavor,
corazón adorado
de espinas y sol,
atravesado solaz
de asediado valor
sin ardor depredado:

Muerte repentina
para el pecador,
son los paganos
entre paisanos
de nos lo peor.

Y suena ocioso tambor,
Mors se exaspera,
espadas no esperan,
Moiras e hilo de or.

Derraman sangría,
rocían con sal,
¡Oh, Santo Grial!
Roto mi Cristo
tan de cristal.

Ecce homo mortal.

Aforo o enjambre
hambre de sangre,
muere mi nombre
con fin d´hombre:
un acto atroz.

Muchedumbre y su cruz,
s´aturde e inflama,
queman la carne y su pus
con luz, lumbre y rama.

Coz de Pegaso
mi alma veloz
vuela al raso,
´cos I´m a ghost now.

¿Ascenderá acaso
tras el ocaso
al Parnaso
para dar paso
a acallar mi voz?

Fue tanta tu gracia, dona,
perdona a tu don, de Judas,
cubierta de arena la zona,
parto con Dios sin dudas.

La Santa Mare es bona.
mi mort sin sepultura.
Impura tortura harcore,
fin sin mimo ni finura,
tumbado fiel sin tumba.

Piedra de coliseo oscura,
un cráneo de catacumba,
divina llama lo depura:
un óseo canto perdido perdura.
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A Christmas Carol

Como de costumbre, en llegando la noche del domingo, aunque con pereza, Rudolf se apresuraba a escribir en su "Laptop" de última generación, el panfleto semanal que publicaba asiduamente en el blog; no importaba que esta vez fuera Navidad, quería hacer ver a sus lectores (a los que consideraba adláteres o acólitos) su dedicación plena a la causa, su " leitmotiv "

En Rudolf, a pesar de haber recibido una educación cristiana en el mejor colegio de su ciudad, no prendió nunca la llama de la religión; tampoco se podría adivinar en él, a pesar de pertenecer a una familia numerosa, ninguna virtud relacionada con la modestia, o con el hecho de compartir. Además, el excelso esfuerzo realizado por conseguir su formación, le provocaba un estado de autosuficiencia, incompatible con cualquier grado de empatía por pequeña que este fuera. Aunque bajo de estatura, solo conseguía ver en los demás la coronilla capilar. No sabía mirar a los ojos.

Este excelso estado de engrosada autoestima le provocaba una inquietud permanentemente por alcanzar las altas metas ( bajo su óptica, merecidas)que el destino le tenía reservado, y que a sus cincuenta años aún consideraba no haber alcanzando, quizás porque confundía éxito con dinero.

...Pero el estaba ahí, en su casa de la Costa Brava, haciendo creer a quienes leían sus escritos que estaba dotado de unas cualidades humanas supremas, trabajando por la Humanidad desde el confort que da la paga extra de Navidad y “Los Moscosos” que le permiten ver la vida engañadamente optimista.

Aún recuerda, cuando escuchó hablar en una Convención a su Maestro Hans, el que le hizo reconducir su vida, el que le hizo cambiar de bando renegando de todo lo anterior, el que le abrió los ojos a unos ideales más acordes con su proyecto, aparentemente más altruistas, más políticamente correctos, más remunerados. y por supuesto más próximos al futuro que él merecía.

Para conseguir sus intereses Rudof no tenía más remedio que desdoblar su personalidad, no se piensen, la propia no, solamente la que quería hacer ver a sus semejantes. Para ello contaba con las herramientas que le proporcionaban los adelantos del Siglo XXI, su blog y el escaparate mediático de Twitter.

Él no había nacido para servir a los demás, equivocadamente siempre había pensado que estudiar una carrera con tanto prestigio moral le serviría para posicionarse en una escala social privilegiada. Su sueldo por encima de la media de sus colegas le era insuficiente para los méritos que consideraba justos.

En un principio optó por un destino transitorio, uno que le permitiera trabajar poco , alejado del control presupuestario que le aseguraba unos ingresos extras , inmorales desde luego, a la vez que ilegales. Pero llego la crisis y con ella una vigilancia extrema del Dinero Público que otros, incluido Rudolf, bautizaron como recortes, y que que le impedía mantener un estatus sosegado.

Y le conoció a él, a su Hans, otra manera de desarrollar su función era posible. Abrazando sus teorías filosóficas y posicinándose cercano a las ideas políticas del nuevo gobierno, logró protegerse de una pátina moral como justificación a una nueva conducta que le convertiría en un ser implacable ante sus inferiores , ejemplo a seguir por sus colegas y llamado a suceder a su maestro y mentor. Ahora transmutado en cordero y amparado en ideas que recordaban más al DESPOTISMO ILUSTRADO del Siglo XVIII .

“Todo para el pueblo pero sin el pueblo “.

Ejercía ,disfrazado de altruismo y abnegación, una nueva manera de trabajar; amansaba dulcemente a los que tenía que servir, a la vez que cumplía con los intereses presupuestarios, cobrando en forma de incentivos por ello; en cantidad similar o superior a cuando los obtenía de una manera ilegal, aunque igualmente inmoral ; además con la posibilidad de poder salir de “un encierro inmerecido” emprendiendo una carrera política...

Continuación en mi blog: vlpqvl.blogspot.com.es/2016/12/a-christmas-carol.html
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Muchacha cama adentro. 1era parte

El domingo, pasado el mediodía, después de almorzar
un buen bife argentino, asado a punto, y regado
con un vaso de vino ordinario, en un bodegón de La Boca,
mi barrio, no recomendado para los espíritus finos,
me tomé el 130 rumbo a un sitio poco frecuentado
por mis vecinos: el elegante distrito de Recoleta, cuna de nuestra
arrogante clase adinerada, para visitar el Museo de Bellas Artes.

Hacia allí me llevó la curiosidad, bichito que me picó
por culpa de la crítica de arte Laura Malosetti, a quien
no conozco en persona, pero a la que ya debo
este poema, y no sería injusto dedicárselo.

En un artículo en que habla sobre el cuadro
« Le lever de la bonne », « El despertar de la criada »,
de Eduardo Sívori, pintor argentino nacido en 1847
y muerto en 1918, dice, para intrigar al lector, que
fue pintado para su exhibición en el Salón de París de 1887,
y que la fotografía que se tomó del mismo en aquel entonces,
demuestra que la obra que hoy conocemos,
expuesta en el Museo de Bellas Artes, como parte
de su colección permanente, « presenta algunas diferencias »,
y no es exactamente la misma, que se exhibió en París en 1887.

Motivado por la nota, quería ver la pintura con mis propios ojos
y tratar de entender qué se escondía detrás de todo esto.
Yo ya admiraba un importantísimo cuadro de Sívori,
que había visto en el Museo de Quinquela, en La Boca :
« La mort d´un paysan », o « La muerte de un campesino »,
de 1888, que Don Benito compró para su museo en 1938,
y rebautizó « La muerte del marino », integrándolo así
a la problemática del paisaje boquense. Esa pintura trágica
nos presenta a un hombre pobrísimo en su lecho de muerte,
ante el dolor y el desconsuelo de su mujer y sus hijas
que lloran, desesperadas e impotentes. La dura escena
golpea al espectador. Al mirarla me sentí doblegado,
con el corazón grave, cargado de piedad. Tanto nos intimida
hoy el final como en aquel pasado. Nuestra alma busca,
sedienta, la inmortalidad.

Llevé para releer en el 130 la novela de Emile Zola,
L´ Assommoir, La taberna, de 1877. Esta obra célebre
del gran francés, creador del movimiento Naturalista,
fue la primera en denunciar con crudeza las terribles condiciones
de vida de los trabajadores bajo el gobierno reaccionario
de Napoleón Tercero. Zola afirmó que había querido escribir
« une oeuvre de vérité…qui ne mente pas et qui ait
l´ odeur du peuple». Lo dijo para defenderse de la crítica
de sus enemigos, que ayer como hoy abundan dondequiera,
para atacar a los grandes artistas de su tiempo.
Zola retrató la vida de los obreros y de las mujeres pobres
como nadie. Sívori, que lo admiraba, vivía en esos años
en París, decidido a ser un pintor de peso, y regresar
victorioso a su país un día, como efectivamente sucedió.

Bajé del colectivo frente al edificio de la Facultad de Derecho,
nuestro arrogante Partenón. Al otro lado de la Avenida
estaba Plaza Francia, el corazón de Recoleta, la privilegiada zona,
hogar de nuestra oligarquía, tantas veces enfrentada a su pueblo.
Allí vive la otra parte del país, en esta, nuestra Argentina de hoy,
dividida e irredenta. No me gusta ir a territorio enemigo,
pero es que esta gente, que se cree dueña de todo, se ha apropiado
de nuestro arte, no ha entendido que los artistas pertenecen
a su pueblo, aunque ellos no lo quieran. Yo estaba allí, entonces,
para reclamar, como poeta, en nombre de los creadores fervorosos
de la plebe, nuestro derecho a ser, a expresarnos, nuestra libertad,
que tantas veces nos negaron estos esbirros del infierno.

Caminé hacia el edificio del Museo de Bellas Artes y atravesé
su pórtico de rojas columnas. Ansioso como estaba por descubrir
la verdad, fui directamente a la sala de los pintores argentinos
del siglo XIX, y allí me detuve frente al soberbio cuadro.
Su título, « El despertar de la criada », no develaba
el enigma central la obra. Una sensualidad natural,
un estado de erotismo que sacudía la fibras íntimas del espectador
emanaba del cuerpo de la mujer. Había algo que el forzado título
encubría. ¿Habría sido una solución de compromiso que tuvo
que adoptar nuestro pintor, falseando la autenticidad de su arte,
para defenderse de los prejuicios y amenazas de ciertos grupos?
Las críticas destructivas y sus ataques tienen que haber resultado
una presión insostenible para Sívori. Mucho dependen,
por desgracia, los artistas plásticos de sus patrones…

Sívori, el artista, amaba, como Zola, perderse en los bajos fondos
para observar la vida cautiva y miserable de los más pobres.
Vio desfilar ante él a las obreras, las sirvientas, las prostitutas,
las madres solteras…seres marginales, sufrientes, castigados…
Una de esas mujeres, creo, aceptó posar como su modelo.
Había reconocido en ella el espíritu que necesita el artista
para llegar al alma dolida y buena, tierna y necesitada
de su personaje…La desnudó por fuera y por dentro
y esa mujer fue toda las mujeres, y su imagen fue símbolo
de los crímenes de una sociedad contra sus hijas indefensas…

Su cuadro recibió en Francia críticas negativas… No podía ser
de otra manera. La oligarquía francesa no es mejor que la nuestra.
Hermanos en la explotación y el desprecio a su gente.
La pintura de Sívori muestra a una joven mujer, sin ropas, en su cuarto.
Está sentada sobre su cama deshecha…Sus formas son abundantes,
sus pechos grandes y generosos. Sus pies están deformados, son feos.
Mira hacia abajo, con tristeza. Tenemos la sensación de que algo
la avergüenza. Va a vestirse. Junto a la cama observamos una mesa
de luz, con una vela. Medio rostro queda oculto en la penumbra.

Malosetti argumenta en su documentado artículo, que en la foto
de la obra tomada en París durante la exhibición de 1887
no aparecía en la mesa de noche el candelabro que vemos hoy.
En su lugar había una jarra grande y una palangana…
En la parte derecha del cuadro, sobre la pared, en un área
ahora oscurecida e invisible, había Sívori pintado un estante
que contenía « potes y artículos de tocador ». Es evidente
que la obra original no era el retrato de una sirvienta,
como declara, engañosamente, su título contemporáneo,
sino el de una prostituta, o, quizá, como es común en Buenos Aires,
el de una sirvienta prostituída, para entreteniento del gorilaje cipayo.
Los que visitaron la exposición, escandalizados por el tema,
que unía la sexualidad con la explotación y la pobreza,
lo criticaron: la hipócrita burguesía del Segundo Imperio
se sintió descubierta en sus oscuras prácticas « higiénicas ».
Censurado el tema, Sívori comprendió que recibiría la misma
crítica en Buenos Aires. Se vio ante un difícil dilema.
Enfrentarse a los arrogantes y poderosos patrones del arte
y defender su libertad de autor, o ceder antes las presiones…
Terminó sacrificando, lamentablemente, su independencia
de artista y lo transformó en un cuadro pío: el de una triste
sirvienta que despierta en su lecho, temprano por la mañana...
Han quedado, felizmente para nosotros, evidencias
de la intención original del pintor registradas en la escena.

Habría de reinvindicarse de esa situación humillante
con el cuadro que presentó en el Salón de París
al año siguiente, « La mort d´ un paysan », « La muerte
del marino », que hoy albergamos felizmente en La Boca,
la casa del pueblo trabajador, gracias a la generosidad
y altruismo de ese gran pionero del arte social
que fue Don Benito Quinquela Martín, quien lo compró
con su propio dinero para su museo. En esa obra pudo expresar
Eduardo Sívori su sincero amor por los pobres y marginados,
y denunciar ante la sociedad la desprotección de los humildes…

La escena central de «El amanecer de la sirvienta»
tiene lugar en el triste momento de la noche en que las muchachas
pobres ejercen el oficio, y venden a los hombres pudientes
la flor deseada de su sexo. Tal como sucede hoy en los appart hotel
de Recoleta, barrio selecto, donde los traficantes de putas ofrecen
su mercancía más fina. La actitud depresiva del personaje
denunciaba la humillación y el mal trato del que son víctimas
las muchachas prostituídas. A la oligarquía le gustaba ocultar
la « ropa sucia ». Expertos son en el oficio indigno de maquillar,
con mala fe, sus atropellos y justificarlos como parte
de sus « sanas costumbres », encubriendo sus delitos
tras los relatos engañosos de sus crónicas sociales.

Conmovido quedé por el cuadro de Sívori, nuestro primer
gran pintor naturalista, que no realista, como afirma mucha crítica
tibia y reaccionaria. Siguiendo a su maestro Zola, buscaba
decirnos algo sobre la desprotección de las mujeres.
Aún en su versión de hoy, modificada y corregida, víctima
de la censura de los sabuesos del sistema, sentimos la fuerza
de su mirada cristiana y compasiva. Sívori fue un artista
comprometido con su tiempo, al que la oligarquía del Ochenta
le torció la mano para justificar su liberalismo adocenado. Admiraban
a las élites francesas del Segundo Imperio y su visión racista
de la « civilización », tan en boga entre nosotros. En el salón de París
de 1887 los burgueses reaccionarios eran mayoría.

Sívori regresó de Francia y su cuadro causó asombro y generó
polémica en Buenos Aires. Allí está hoy su testimonio en el corazón
de Recoleta. El pintor, resignado, había modificado la temática
de su obra. A pesar de las alteraciones, el retrato de la joven mujer
había mantenido la fuerza expresiva de su estilo renovador.
Cuando el arte es auténtico, su espíritu vive; un aura inmaterial
lo envuelve; nace de él una conciencia nueva (¡cómo duele
la realidad « natural », triste y desoladora, de la selva darwiniana!).

La sociedad carnívora sigue acosando a los mismos sujetos:
los más frágiles, los más tiernos, los más déb
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