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Miedos

Tengo miedo a la muerte
ahora entiendo por que sigo vivo.

Tengo miedo del rico
pero también del mendigo.

Tengo miedo de lo desconocido
pero más miedo me dá
quedarme para siempre
con lo ya conocido.

Tengo miedo a la poli y
al juez pero más
miedo me dá el testigo.

Tengo miedo de tí,
de mí y de nuestro amor,
pero más miedo me dá
la traición de tu corazón.

Tengo miedo de mostrarme
tal y como soy pero
más miedo me dá
no poder conocerte
por la misma razón.

Tengo miedo a la verdad
pero peor son una
o varias mentiras.

Tengo miedo de dar y
esperar lo mismo
pero más miedo me dá
no dar y permanecer en el abismo.

Tengo miedo de mis dudas
y mis propios miedos.
Ojalá existiese ya un
quitamiedos mental y
nos curasen a todos así
a groso modo.

Tengo miedo de la Tierra
pero más miedo me dá
el universo en el
que estamos inmersos.

Tengo miedo de lo que escribo
pero más miedo me dá
no escribirlo y quedarme pensativo.

Tengo miedo de los que
mirando conversan pero
más miedo me dá
no ser el prota de lo que hablan.

Tengo miedo de ese sofá
que se acopla pero
más miedo me da esa silla ronca.

Tengo miedo incluso
del Alma pero más miedo
me dá el Karma.
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sin comentarios 38 lecturas prosapoetica karma: 61

Siempre estaré enfermo de ti

No lluevas por mi amor.
Doctor, me duele,
me duele mucho el corazón.
Si me pudiera operar,
operarme los secretos de esta canción
hecha poema para ella,
para la dueña de mi interior.
Tengo migraña,
azotes de irritación
cuando mis neuronas trabajan
en hacerla feliz, por todo el universo exterior.
No hacen falta palabras complejas
para definir lo que es la pasión,
si me estoy muriendo ahora mismo
por causa de este romántico dolor.
Extírpeme los órganos,
se lo ruego, doctor,
pues sin ellos seré una vasija sagrada
para contener a mi soberana, por favor.
Seré su templo, un palacio de oro,
un mundo nuevo y un panteón
para su refugio, para su perfume,
ese dulce olor
que siempre desprende
cuando su placer eterno me ruge el nombre de Dios.
Doctor, necesito no ser curado,
pues la única enfermedad tan venenosa y sin redención
que no necesita las dotes de santos falsos,
es el amor.

© 2017 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.
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Ahí nos quedaremos

Quisiera detenerte
pero caes como agua de lluvia de verano
que en un instante ennegrece a la nube
abrazando al instante, nadie lo detiene.

Quisiera ser ese silencio
prisionero de las letras ciertas de un pedazo de fuego,
sueño fragmentos de todos
liberando miradas feroces que solo te persiguen.

Quisiera poder curar a tu herida
con un puñado de rosas silvestres
que floten alegres ante una impaciencia
que te consume hasta doblar la cabeza.

Quisiera poder liberar tus pensamientos cautivos
de esa pregunta ciega que anida en la tumba
cada vez que te acercas a una segura caída
en la tumba infinita de una gloria que no quiso ser.

Pasamos más allá del comienzo
de una puesta de sol que nunca marchita,
ahí nos quedaremos
sólo queriendo ser.
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13comentarios 236 lecturas versolibre karma: 107

Marlett.. la mujer sin nombre

Las circunstancias de la vida, nos obligan a mejorar el intelecto, la economía, todo lo material que creemos, debemos hacerlo.
Nuestro corazón nos mantiene vivos, no duerme, no pide dinero, no nos pone triste, nosotros lo hacemos trizas y aún así, vivimos.
No hay ser externo que pueda cortarlo con un cuchillo, ni con unas tijeras y que le queden horrendas cicatrices, somos nosotros que lo escarificamos, de a poco, y no nos damos cuenta, con el pasar de los años, nos duelen, se hacen profundas y las dejamos como trofeo.
No existe un ser mágico que nos alivie del dolor, nos alegre y nos haga feliz. Somos nosotros que de tanto buscar por fuera, nos olvidamos que en nuestro interior, tenemos una máquina perfecta, y tenemos tantas regiones sin conocer, que lo descuidamos hasta perecer, sin haber encontrado la cura.
Sabemos que la doctora del corazón, no encuentra el mal con su estetoscopio, ni puede ver las cicatrices, sin abrir nuestro pecho sin que nos sangre. Entonces, nos aconseja, nos muestra la solución a su entender, y casi nos deja conforme.
De tanta atención, la doctora del corazón, por ese mal nos entrega el análisis; Debemos buscar la cura nosotros mismos.
Yo, en el afán de escribir o hacer garabatos de historias de amor, me topé con mi sosia, un corazón igual al mío, con cortes y cicatrices, tan iguales, que podía sentir el olor sangre que emanaba a miles de kilómetros, tan profundos todos, que podía ver desde mi ventana, todo su mal.
Hoy sin el pudor que me caracterizan los años, puedo describir la forma que tiene, mi sosia, un corazón pequeño, el de Marlett...la mujer sin nombre, una doctora del corazón que vive con sus alas rotas, un corazón partido, con cicatrices sin curar.
Haciendo su trabajo con maestría, en esa mágica fábrica de vida que maneja, esa que nunca podrá sustituir el hombre, por nada que su imaginación pueda vislumbrar hasta ahora. Parte de ese corazón roto, es sosia del mío, no pregunten, sé lo que escribo, porque apenas lo vi, se unió al mío, como el ósmosis de las células que dan vida, así me la dio a mi.
No quiero ser extenso con esta cháchara imaginativa, pero debo decirle a ésta mecánico del corazón ajeno, que se hizo la dueña del territorio que supo sembrar, y cuando pueda divisarlo después de recorrer el mundo, el del exterior, y el de su interior, y sin ningún compromiso, y que su comprensión pueda mas que su sabiduría corporal femenina, que no es sólo amor, ni un simple amor a la distancia, que existen muchos pululando con lágrimas en el mundo, es mucho mas que eso, es admiración, tal vez gratitud, su dulce dolor ajeno, un empático gusto por sus dolores diarios, un amor, que donde se encuentre, sin wifi ni alambre telefónico, sentirá a diario, el que siento por ella, y que si mi corazón muere, seguirá amándola eternamente.
Qué cómo lo sé?……… Es que mi corazón, desde que apareció su sosia, el de tan lejos, de la mecánico; ! Ahora late a un ritmo diferente, igual al de Marlett..la mujer sin nombre, y no lo puedo dominar, y como me siento sublimemente feliz, puedo vivir y morir con esta falla, es mi vida, a la distancia, la que usted curó, que no se como sucedió.
Creo que fue Marlet.. ahora mi mujer, un ángel…...La mujer sin nombre.
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2comentarios 143 lecturas prosapoetica karma: 90

Mi Triste Ruiseñor

Tengo escritos cuatro
versos sueltos que no
soy capaz de seguir
desde hace tiempo.


No pienso parar.
Ni quiero.
Ni me sale.
Ni lo intento.

Al igual que estos,
yo también sigo incompleta.
Mi vacío no logra curarlo
ni dicho tiempo.

El ruiseñor ya emigró.
Aunque dejó conmigo su voz
y al verle partir,
se llevó consigo
mi esperanza y aliento.

Fue en busca de una rosa,
donde con el tiempo,se posó.
Olvidó una cosa,para acabar de conquistarle,necesitaba
aquello que a mí me dejó.

Oh,triste ruiseñor,
te hizo falta tu canto.
Lo siento pero lo tenía yo.

Quisiste volver pero era tarde.
Como merecido castigo,
la rosa le embaucó.
Le envenenó con sus espinas.
Arrepentirse de nada le sirvió.

Yo sigo aquí vacía,
pero aún conservo aquella voz.
En sus últimos momentos,
me dijo que me quería,
que en sus entrañas aún
conservaba parte de mi amor.

Entonces,
mi esperanza cobró vida,
evadió por completo el
cuerpo del triste ruiseñor.

El reloj de arena bajaba
y de un momento a otro,
el pajarillo su sentido recobró.

Me robó mi esperanza
y a continuación me
arrebatató su voz.
Cuán arrepentido estaba,
cuán incompleta me dejó.

Ahora que completé
contigo mis versos,
ya puedes volar lejos;
Mi querido y triste ruiseñor.
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3comentarios 77 lecturas versolibre karma: 98

Juntas..

Juntas desde el momento en que te anidaste en mi útero oscuro pero tibio y plascentero para ti…

Juntas hemos estado nueve meses sin mirarnos, sin tocarnos, pero sintiéndote, amándote y deseándote.

Cuándo saliste de tu nido, vi por primera vez tu hermoso rostro, tus bellos ojos, que no dejaban de mirarme.

Ya pasaron muchas lunas de aquel mágico momento, pero aún seguimos juntas, celebrando nuestros éxitos, nuestros logros pero tambien juntas llorando nuestras tristezas.

Pero ha llegado el momento de dejarte volar, se que lo harás muy bien, volaras tan alto, como tú lo desees.

Y si en ese vuelo llegas a caer, yo estaré ahí abajo para recibirte y curar tus heridas, y cuando cicatricen tus heridas volverás a tomar vuelo.

Se que de vuelo en vuelo, volverás a tu nido, aquel que te vio nacer y crecer.
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Estaba herido y volví a vivir

Estaba herido
entre huecos de metal mis manos lloraban,
no podía controlar el pulso y sujetar el rostro perdido,
ahora observo como la nieve refleja su destello iluminando con plena luz mis pasos,
ya no tengo que mirar siempre
hacia al suelo cuando piso.

La vida es perpetua,
he visto como Dios curará a la enfermedad
que destruye lentamente a mis seres queridos,
pronto el tiempo vendrá con la lluvia esplendorosa
llevándose escurridos los infames lamentos y quejidos.

Nunca he padecido de un insomnio
que desvele a la mañana,
siempre me he dormido todo hasta ya no sentir a la cabeza por andar cazando estrellas
en un infinito firmamento.

Tal vez es imposible respirar en un instante,
siempre me escabullo de la mentira envenenada
abrazando al olvido con una simple blanda almohada.

Quisiera poder ser ese velero
que con sus alas blancas
zarpa azaroso con el viento
siguiendo a las gaviotas
que ponen en el cielo su nido,
simplemente quisiera dejarme llevar
por el mar celeste en su profundo brillo.

Estaba herido
ambulante andaba vendiendo mis mejores latidos
dejando que el fruto de mis labios
fuera un fruto podrido,
ahora tengo esperanza porque se que todo es posible.

Aún tu mirada es como un niño perdido
aún la angustia te asfixia,
tengo la ilusión de que las penas se evaporen
al menor roce de un umbral hermoso
de una promesa segura.

El árbol crecerá muy rápido
con el rocío nocturno que se va en la mañana,
el ruiseñor todavía vive
lo escucho cantar suavemente a diario en mi ventana,
la vida es un regalo de perlas y tesoros
que sobre los hombros orgullosos la llevamos
más allá del dolor
la vida se desnuda limpia y pura.

Estábamos a ciegas
hasta que la luz hizo posible
que pudiéramos disfrutar de nuestras vidas llenas
estaba herido y volví a vivir.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
13/01/2018.
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Mensaje en una botella

Conducía mirando al frente. Con seguridad.
De vez en cuando se veía una casa,
rodeada siempre de campo y algún huerto sin cuidar.
Masas de árboles se movían al mismo tiempo,
empujadas por un viento ligero y caluroso.
Cuando tomaba un rumbo nuevo
el sol cambiaba con nosotros de dirección.
A veces nos daba en la cara
y aunque nos nublaba la visión
sentíamos el verano quemándonos la piel.
Canté con ansias más de una canción.
Recordaba bien las letras, pero nunca retuve los títulos.
Dejamos atrás algun pueblo y en alguno que otro desperezamos los huesos.
El olor de un horno con nombre de mujer nos activó más de un sentido
así que me vi obligada a comprar bollos de mermelada
que comimos a la sombra del cariño y a la luz tenue del placer.
Cuando llegaban las noches, el frío llamaba para dormirse en nuestros pies.
Aparcaba en algun camino y hacíamos el amor hasta dormirnos en los asientos de atrás.
Llegué a pensar que nunca volvería a encontrar una magia como aquella.


Conducía mirando al frente. Con cautela y atención.
Un día llegamos a una ciudad y en ella me di cuenta de mucho.
Los caminos se convirtieron en grandes avenidas
y a nuestro paso se llenaban de charcos todas las aceras.
Dejamos de comer dulces de mermelada
y los sustituimos por café sin azúcar la mayoría de despertares.
Seguía habiendo casas, pero los tifones del final del verano
se habían llevado tantos tejados
que nos acostumbramos a vivir así, desarropados.
Una de cada dos noches me costaba conciliar el sueño.
No encontraste ni un cuento ni una sola nana para hacerme dormir.
Hubo veces en que me volví hacia tu asiento para mirarte de reojo.
En todas las ocasiones solo encontré botellas vacías y una foto tuya de carnet.
Kilómetros después siempre te encontraba haciéndome autoestop.
Siempre quise pasar de largo pero nunca encontraba las agallas.


Conducía mirando al frente, sola, sabiendo que en cualquier momento me podía estrellar.
Me dolió tanto el estómago.
Los pinchazos no se detenían en ninguno de mis semáforos en rojo
en los que poder recuperar un poco de aliento.
Las casas no tenían ventanas, ni puertas, ni paredes.
Las flores estaban muertas, los gatos y los pájaros también.
Los pueblos, la ciudad, el campo, el horno, los charcos, el verano y parte del otoño
se habían convertido en un río sin orillas donde poder agarrarme.
Flotaban mi coche y las camas en las que intenté sudar la tristeza alguna vez.
Me dolió tanto la garganta. Y las manos.
Vomité tu voz tantas noches. Y días. Y vidas.
No hubo poemas por escribir.
Me dejaste sin hojas en un invierno largo
que no tenía ojos ni tampoco sonrisa.
Encontré la miseria en un pijama, en una taza.
En el espejo.

Dejé de conducir. Finalmente me estrellé.
Encontré fuerzas y te escribí este mensaje
para meterlo en una de tus botellas vacías
y la arrojé al río. Con rabia. Bien lejos.
No me hizo falta asegurarme de que la recibieras
porque tú ésta fábula bien la conocías.


Recuerdo esta historia mientras me quito la ropa, pieza a pieza, frente al mar.
Me sumerjo dispuesta a poner en práctica todo aquello que me enseñaste.
La sal curará las llagas, los mordiscos y los arañazos que me dejaste de recuerdo.

Sigo con dolor de estómago. Creo que ahora es de tanto reír.
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9mm (cargador repleto de honestidad)

Cuatreros de la envidia
asediando a los seres anónimos
con docta ignorancia.

Lo que no saben
es que tenemos una nueve milímetros
apuntándoles a la sien
con el cargador repleto de honestidad.

¡No os mováis!,
o soplaremos vuestro castillo de naipes
hecho de odio y veneno.

Hemos trazado líneas de humildad
para mostrar un sendero a nuestras familias
y no permitiremos que ningún
niño pataleta con bolsillos llenos
venga a ensombrecernos.

¡Márchense por favor!
ya estamos curados de tanta amenaza,
las dificultades del vivir ya son familia.

Si se aburren compren un maniquí y lo peinan,
lean un libro, paseen....
inyecten en sus vidas dosis de mundo real
y si por casualidad se vuelven "Yonkis" de ello, mejor,
entonces nos entenderán.

¡Márchense por favor!
abandonen el barrio.

¡Ahh!
si sus padres les preguntan
por que tienen los pantalones mojados,
un consejo:
¡Mientan!.
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Agujero blanco, cimiento y flor

Puedo verte al asomarme al balcón.
Decidido, con pasos de cimiento y flor,
con pancartas y la sonrisa de los que no se resignan.

Te encuentro, agujero blanco,
en los versos de Neruda,
al paralizar un desahucio,
al defender lo que es de todos.

Me acunas, marea,
que borras poco a poco
estas huellas de un pasado sin futuro.

Caminando, puedo escucharte,
reclamando lo que nos pertenece.
Primavera, que floreces
a cada paso, a cada grito.

Floreces. Y con tu luz alumbramos
cloacas del miedo de despacho.
Floreces. Y a tu paso,
curas democracias enfermas.
Tus manos, tu voz,
la palanca con que sacudir escaños.
Puedo escucharte, en cada escuela,
en cada hospital,
en cada constitución saqueada.

Me acunas, marea.
Tú, que borras poco a poco
estas huellas de un pasado sin futuro.
Me acunas, atrapasueños
de conquistas sin vencidos.


Puedo verte. Puedo escucharte.
Con tu caja de herramientas y tus gafas de lejos.
Puedo verte. Puedo escucharte.
Enseñándome. Llamándome.
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Soledades y otras compañías

Con la rabia y la pena
en la punta del quebranto
que me hizo descubrir
que nada cambia,
todo es canción de monotonía cobarde.

Se está siempre más sólo
de lo que se piensa y se cree.

Ruido de palabras huecas,
vacías de contenido y
oblongas de forma,
que se prolongan hasta
el hastío y el absurdo.

En esta soledad no pedida
se descubre que queda de cierto.

Palmadas en el ego
del egoísta que de forma ególatra
te cuenta, que cuenta contigo
siempre, cuando sabemos que
todo es puro cuento.

En los pasillos de los solitarios
muy acompañados, nos reconocemos la mirada.

Pero siempre retomamos camino,
nos levantamos,
curamos,
limpiamos ,
y proseguimos sabiendo
que es un ciclo nuevo
pero igual.

La vida es repetir y repetir
esta monótona canción
de soledades en compañía.
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6comentarios 117 lecturas versolibre karma: 103

Tempo

Quiero escribir para ordenar mis pensamientos
para controlar mis idas, mis venidas, mis viajes introspectivos

Para curarme de la desilusión que quieren fomentar

Para romper con la injusta racionalidad y ponerme un tapon en los oidos,
ante el veneno.
El primer café
La musica
Escribir
Leer
Respirar
Vivir

Una buena conversación,


Momentos de evasión,
huída de este mundo que quiere condicionar

Romper las líneas verticales,
con imaginación

No echarte de menos,
porque siempre estas contigo.
Porque somos más fuertes de lo que nos quieren hacer

No saben quienes somos,
no saben quien soy

Dentro de mi está mi guión,
en blanco

Así es como lo quiero,
huyo de las pautas,
de cualquier cosa que se aleje de mi propio yo
de mi mundo interior,
de soñar,
de enfadarme,
de reírme cuando me de la gana

Te invito a acompañarme
o seguir tu propio guión en blanco,
de vivir y dejar vivir como quieran,
de dejarte vivir a ti

De perseguir cosas que no apunten a números
De valor, cada minuto,
a las personas

Conversaciones y no relojes,
relaciones humanas y no trabajo constante

Que el unico 24 horas que exista en tu vida sea el de las golosinas
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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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Deseos

No perder el camino, ni el fuego, ni sus sombras ondulantes.
No olvidar el mar, el río, las montañas o la tierra.
Enamorarnos.
Que siempre nos queden mapas y tinta y libros de papel.
Apagar las luces para contemplar el firmamento.
Seguir aprendiendo. Aprehendiendo.
Barrer la monotonía de las calles.
Que, si me olvido, me enseñes de nuevo a soñar.
Vaciar de enfermos los hospitales.
Y de crímenes las calles.
Abrazarnos en esa hora en que la luz y el tiempo son etéreos.
Construir una góndola y navegar por los canales de los versos
en las noches de poesía.
La ternura en los labios, en tus besos.
Dibujar sonrisas en los paisajes tristes.
Curar de dolor al amor.
Seguir sorprendiéndonos.
La música.
Y, siempre, tu risa.
Pasatiempos en la nubes.
Cruzar de tu mano el umbral de Fantasía.
Pintar cientos de soles para borrar todas las sombras.
Cantarle a la luna llena.
Acariciarnos la piel... y las venas.
El primer llanto de esos amaneceres tímidos.
Que siempre quede un remanso que alivie los desencantos.
Empaparnos de la sabiduría de unos ojos bohemios.
Que te quedes para siempre.
¡Quédate!
Atesorar el tiempo intangible entre las manos.
Un pincel rebosante de colores.
La inocencia.
No más lágrimas en los ojos de los niños.
Atardeceres mágicos.
Salas de espera vacías y corazones llenos.
Que me perdones los errores y los horrores.
El génesis naciendo de cada orgasmo.
Las aulas siempre abiertas y rebosantes de alegría, vino y filosofía.
Dejarnos llevar.
Cerrar los ojos y señalar en un mapa un punto al azar.
Y viajar, con los ojos cerrados, hasta allí.
Baudelaire en todos los discursos e investigaciones.
Maestros y alumnos jugando juntos en los recreos.
El arte de acariciarte.
Esas noches soleadas y esos días bajo la luna...
Y las estrellas.

Que siempre lluevan tardes de verano en la tenue luz de las alcobas.
Arroparnos las entrañas.
Ser culpables de no tener ninguna culpa.
Que los miedos sean fugaces.
Poder volar en pajaritas de papel.
O envolverme en papel de regalo para ti.
La extinción de las guerras y las cárceles y los zoológicos.
Miguel Ángel esculpiendo las formas de tus ilusiones.
La magia de Lothlórien en tu mirada.
Hacer de la razón nuestra locura.
La crucifixión de todos los sistemas, de todas las leyes, de todos los gobiernos.
Dormir siempre con un libro bajo la almohada.
Y con tu cuerpo entre mis brazos.
Tener siempre un alma que acariciar,
un corazón que cuidar
y un amor que alimentar.
La paz en todo y en todos.
Que las canciones y la poesía suenen y resuenen
en cada rincón del universo.
No enfermar nunca, salvo de pasión.
Escribir relatos a la luz de las velas,
desvelando y revelando nuevas letras.
Finales felices en todos los diagnósticos.
Un viaje. Todos los viajes posibles.
Que la suerte sea propicia para los pobres y afligidos.
Miríadas de rayos de luz en los oscuros tejados del mundo.
Abrigar el ánimo y el desamparo.
Un alma. Todas las personas.
Mecernos en los columpios cuando nadie nos vea.
Una pandemia universal de libertad.
Dormir bajo el cielo raso
y contar las constelaciones del firmamento.
Hacer manitas en cualquier sala de cine.
Un escondite mágico en cada lienzo y cada cuadro.
Tejernos un jersey para el invierno con los hilos del arco iris.
O tumbarnos boca arriba imaginando auroras boreales en el techo.
Un sinfín de mundos sin fronteras.
Y que siempre, en cualquier lugar, en todos los lugares,
haya alguien que sueñe, que cuide, que cure, que proteja, que escuche,
que cante, que baile, que enseñe, que construya, que invente,
que acaricie, que acompañe, que ría y, sobre todo, que ame.

Juanma
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Que quede claro

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Que las normas de convivencia recomiendan
sonreír a quien nos mete la mano en el bolsillo,
que madurez es uno de los sinónimos
más difundidos de la palabra resignación,
que el viento no se toma el tiempo
de llevarse palabras muertas.

Que la esperanza también tiene sus esquirlas,
que siempre quedarán los que
crean que un estornudo es coqueteo;
que la gente se zambulle, no en aquello
que los haga felices, sino en lo que
los lleve a sentirse menos apenados.

Que hay sufrimientos que ignoran
lo que significa marchitarse,
que el futuro es un pañuelo
descartable arrojado en una vereda,
que, socialmente hablando, resulta más sencillo
emitir una condena que una absolución.

Que cada quien se ha encerrado
en su irrealidad, y merienda
sándwiches de falsas esperanzas,
que los que no aprenden a distinguir
entre ética y política convierten a
ésta última en sinónimo de insensibilidad.

Que hay dilemas que nos respiran en la
nuca, que la televisión maneja a los televidentes
por control remoto, que las serpientes de arcilla
no perdonan a los buitres de la timidez,
que la fama es el mejor de los sobornos
para las víctimas que se creen victimarios.

Que no es culpa de la sombra que nos acompaña
que cada mano sea una pistola apuntando al
alambrado pecho de nuestros semejantes.
Que el día es una estaca de horas demasiado
iguales, que estamos curados de espanto
de legañas que nacen congeladas.

Que damos la vuelta olímpica festejando
campeonatos ajenos, que en este mundo importan
más las apariencias que los límites, que hasta
el insomne e intransferible dolor es digital
en estos tiempos, que la noche es
un incendio demasiado despierto para mi gusto.

Que la palabra del hombre se parece cada vez más
al balido de las ovejas cobardes, que la fórmula de
la eterna juventud se encuentra en el fondo de las
contaminadas aguas de un lago antaño cristalino,
que se está desencadenando una guerra civil
hecha de espejismos y melancólicas psicografías.

Que cuando el fanatismo estrangula tiene la
deferencia de ponerse guantes de cirujano, que
cada uno elige el mito que más
le ayuda a definirse, que todo mal
augurio adquiere otro color si se lo
deja unos minutos en el microondas adecuado.

Que la realidad enseña tarde o temprano que
el ombligo no es frontera, que los tribunos
que maltratan la economía nos enroscan en
el cuello un cumplido difícil de agradecer,
que la devastación provocada por las llamas
de la corrupción no conoce de indulgencias…
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Soltando lastre

Hay muchas miradas que cambiar, hambrientas de amistad, miradas de soledad. Yo quiero miradas de aquí estoy, no te fallaré
Hay siempre heridas que curar, sin cicatrizar
Mientras haya gente que conocer, que se oculta detrás de una sonrisa, detrás de una mirada
Siempre habrá silencios que callar, sonidos que inundan nuestros corazones, gritan sin oírlos
Ese fuego que arde por dentro, nos quema. Vacíos en nuestra alma y nostalgias que nos sacan suspiros
Quiero mirar las estrellas, sonreír al sol, sentir la brisa del tiempo y vivir bajo el cielo sin taparlo con las manos
No quiero poner murallas en mis sueños, ni cerrar las puertas del destino sin antes dejar que mi alma brille y anunciar el camino para que tú me sigas
Quiero ser fuego en tu corazón y no agua, ser lluvia y no lágrimas
Surjo de la nada rompiendo cadenas, naciendo estrella, muriendo sol
Porque no hay heridas que sean montañas, no hay finales sin un nuevo comienzo, no hay comienzos que no lleven consigo un sueño sin poder ver el final
Rodando entre mis miedos, sorteando sombras, saltando entre la lluvia, montando nubes, cortando montañas.
Mirando de frente, riéndonos sin una razón, llorando de alegría
Atando mis dudas, encadenando mi penas, soltando lastre.
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1comentarios 34 lecturas prosapoetica karma: 56

Bipolar

Sabes, yo no soy tan bueno,
ni tan terrible tampoco,
soy tan cuerdo como un loco
y a mi manera, soy Pleno.
Puedo ser lago Sereno
o mar en plena tormenta,
si mi sangre se calienta
en ella puedes fundirte,
podría curar o herirte,
Bipolar Alma sedienta...

Igual se dar atención
y mesura sin medida,
que una crónica prohibida
que desate tu Pasión.
Urgar en el corazón
es un don Involuntario,
que ha hilvanado un rosario
de letras y de vivencias,
de silentes experiencias
que cimientan mi Santuario...

**************************************
… Blanco y Negro… en un mismo Ser…
2016 | Transmisor d Sinestesias©
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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Elegía incurable

Mueren las palabras
una a una
en manos de un alma torpe
demasiado costumbrada a ver sueños segados
con la hoz del miedo.
Chocan contra el suelo malcarado
que sólo da calor a mis piernas
a través de unos pies poco ágiles
que quieren saltar
pero se quiebran a cada paso mal dado.
Y me hierve en el cuerpo una esperanza, una,
que me ha de llevar a la puerta acertada,
aunque no sepa obedecerla,
ni seguirla
ni escucharla.
Los errores se pagan demasiado caros,
pero en el fondo, a mí me gusta equivocarme
y aprender que un error es un intento
aunque al final no aprenda nada.

-y conste en acta que esto
no es en absoluto argumento
de alguien que pierde,
o quizás sí, pero aquí no tiene efecto,
porque mientras algo siga latiendo dentro
es que la lucha aún no ha terminado-

Cerrada la puerta de la habitación insólita,
araño las paredes demasiado pintadas
de imágenes deformadas por el paso del tiempo
-ah, ese caballero impío y egoísta
que va dejando llagas que no curan
en cada arista de la vida-.

Restos de tinta bajo las uñas
escriben una elegía
por todos los alientos que nos dimos
y que ahora reposan
atravesados por una espada
que nunca acaba de matarlos
aunque le demos permiso para hacerlo.
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