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Separación

Como perros fieles

los poemas
que te escribí

los poemas
que para ti desencadené

van de tu lado.
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Ella

Paz, eso es lo que ella produce, un suspiro de ferocidad, una pretenciosa profundidad, y algún que otro poema con faltas ortográficas de la ansiedad, ella es el punto medio entre la locura y la cordura, la agonía aferrada a lo testarudo de un instante, y las ganas de dormir abrazado al jamás, ella es eternidad desde diferentes ángulos, creatividad, tristeza y llanto, pero aun así, vale agregar, que tiene un humor bizarro, una comilla que no busca compañera y que aparenta que todo lo que dice lo ha citado, ella provoca palabras bonitas, la parte coqueta de algún que otro idiota, y las ganas de nunca aprisionar, ella provoca libertad, buenos deseos y uno que otro poema viejo que estaba buscando dedicatoria, ella provoca palabras, versos y muestras de ideas podridas, pero aún y con un poco de emergencia, ella es magia, y es lo único que he podido decirle.

Ella es lo tormentoso y lo inquieto de un niño, la historia corta y sin sentido que se guarda esperando poder mejorar, ella fue el punto medio de mi apocalipsis, lo que aconteció después de ella fue una depresión casi mortal, las nubes me acompañaron en una danza silenciosa y anhelante, donde el compás de las velas adornadas con aromas desmedidos me siguió, me siguió los próximos dos siglos, bailando a la luz de la luna, regresando, conociendo y recordando, memorando el inicio cortante, olvidando el final audaz, nos volvimos los cuentos lujuriosos que nos leían cuando eramos niños, soy el lobo herido y con hambre, la bruja que no pudo hacer su comedido, y el rey malvado que no pudo conservar el poder.
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En tu foto ya no hay dedicatoria

Un verso se disipa en tu memoria,
en tu boca, ese beso que no has dado,
el musgo, sin la roca se ha secado,
se oxida el engranaje de la noria,
la apuesta a tu amor es aleatoria.

En la jaula no existe escapatoria,
porque aquel mirlo inerte y desplumado
expira junto al sueño quebrantado.
Las noches de pasión ya son historia
y solo de ellas tú te vanaglorias.

La plegaria se torna exclamatoria,
evocadora de un tiempo dorado,
semejante al rogar de un condenado,
con un reproche y voz acusatoria,
a laberintos sin escapatoria.

Caminamos sin rumbo y trayectoria,
ni con mentiras te has ruborizado,
la comedia a mi oído regalado
de la vil excusa premonitoria
del final amor, sin pena ni gloria.

Atrás quedó nuestra inicial euforia,
el rostro al encontrarnos, irisado,
nuestro rincón, que hoy duerme abandonado,
y ya no hay conquista, y ya no hay victoria…
y en tu foto ya no hay dedicatoria.
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Cuento del poeta

Había decidido dar un paseo luego de una tarde dedicada a una minuciosa lectura de El árbol que se derrumba, poemario de Macedonio Fernández. Las obras que conforman el citado libro tienen el honor de estar emparentadas por el pesimismo y el existencialismo. La conjunción de esos dos elementos me inquietan hasta el punto de que mis ideas no pueden librarse —por más empeño que ponga en ello— de la férula de una angustia incesante. Así, los días vividos me resultan nimiedades sin sentido alguno que las ampare; y los por vivir, el repetir de una sucesión que sólo tendrá fin con mi muerte.
Buscaba distraerme de la melancolía. Me subí a un tren convulso pero no claustrofóbico como el subte, y ambos me condujeron a la avenida Corrientes. Era de noche cuando había llegado. Conozco el sosiego, el silencio, las casas bajas, las sombras de los árboles espesos, tanto como para percibir el contraste de este Buenos Aires de torsos presurosos, de ruidos y asfalto infinitos. No vi la claridad sonrosada estrecharse entre los techos bajos ni oí el gorjeo de las aves. En el horizonte flotaban, intranquilos, innúmeros asteriscos luminosos como estrellas. Las únicas sombras eran las siluetas que recortaban el resplandor de las parpadeantes luces blancas, rojas, amarillas, verdes, azules (desperdigada iridiscencia). He mentido entonces, la noche no era tal.
Recorrí a pie, con paciencia, cada una de las librerías de viejo que hay en Corrientes, aquella legua libresca como Macedonio ha llamado a la avenida en algún alejandrino. De todas, una cercana al Obelisco es la que me ha retenido por más tiempo. No es casual que haya sido una librería acorde a mis preferencias —a medio alumbrar, de colores adormecidos y estrecha como las veredas de Buenos Aires. Pregunté por los libros de poesía y me señalaron un rincón oscuro, polvoriento, una hilera de pocos ejemplares a la altura de las rodillas. Relegados, expectantes de nuestra curiosidad, esos libros de poemas eran la viva imagen de sus autores, los poetas relegados, expectantes de nuestra curiosidad... Si fuese uno haría versos aquella imagen triste que sería también la imagen de mí mismo.

—¿Macedonio Fernández? —pienso en voz alta.

—En unos minutos llega. Siempre viene al mismo horario —me responde el empleado.

Hacía referencia a sus libros, no a su persona. Sin embargo mi interés en conocer a Macedonio, autor de alejandrinos, era sincero.

—El joven ha preguntado por usted —le dicen a Fernández cuando llegó a los pocos minutos.

Noté perplejidad en su mirada cuando me la dirigió. Era bajo y lo bastante ancho como para que sus caderas entrechoquen con torpes movimientos sobre los anaqueles de ajada madera. Tenía una frondosa barba entrecana como su cabello desprolijo, gafas gruesas y vestía un viejo sobretodo. Me saludó con un fuerte apretón de manos. No hablaba por timidez. Su evidente incomodidad era contagiosa y yo también hacía silencio. Lo invité a una cafetería para charlar un rato. Accedió, pero no sé si por temor a la descortesía o a unas sinceras ganas de conocer a un admirador suyo.
Nos sentamos. Macedonio no me miraba, pero yo sí a él. Vi las grietas de un lunar en una de sus mejillas. Vi cómo el perfil de su rostro se partía por la refracción de los cristales. Vi cómo su trabajosa respiración hacía que su cuerpo subiera y bajara, y cómo sus gafas centelleaban. Nada tenía que ver su nombre de gentilicio con el lejano país de los Balcanes. Ni era el otro Macedonio Fernández, también poeta, que algunos conocemos. Sólo compartían nombre, oficio, nacionalidad y destino: la muerte y el inexorable olvido.
Continuaba callado. Otra vez fui yo el que intentó iniciar una conversación.

—Macedonio, hoy terminé de leer su primer libro. Yo jamás podría escribir como usted. Me sorprende que haya tenido mi edad al componer esos versos de semejante calidad. ¿Sabía que Julio César lloró al cumplir los 32 años? El motivo fue que en ese lapso de vida no llegó a igualar o superar en hazañas a su ídolo Alejandro Magno, muerto a esa edad. O eso dicen...

Con imprudencia y orgullo del que hoy me avergüenzo quise demostrarle a uno de mis ídolos que no era cualquier ignorante con el que se encontraba dialogando en esa bulliciosa cafetería. Creí que de esa manera llegaría a considerar que su tiempo no estaba siendo desperdiciado por un desconocido y que la charla no caería en la monotonía de la adulación. Su respuesta me decepcionó hondamente.

—Perdón, ¿quién es Julio César?

—César... el dictador romano... —le respondo sorprendido.

—No sé quiénes son ese tal César y ese tal Alejandro Magno, estimado.

Volví a mi hogar con más pesadumbre con la que salí (en este aspecto Macedonio era tan angustiante como su obra). ¿Cómo era posible que aquel erudito no supiera de cuestiones de bachillerato? Cavilando con la sien en la almohada llegué a una reconfortante conclusión: no era ignorante sino irónico en extremo. Mi notoria inmodestia fue el causante de su comportamiento burlesco. "Así de soberbio has sido, como yo de inculto", parecía decirme. Había sido humillado por un genio, algo que arranca más sonrisas que rencores. Pero todo fue producto de mi imaginación. Los encuentros ascendieron en número y continuaba con su aparente actuación de idiota. Al final resultó serlo. Nada sabía de métrica ni de poesía en general. Sus escasas disertaciones eran breves y sus tópicos se limitaban superficialmente a cuestiones triviales como la amargura del café, las bajas temperaturas de junio y la humedad que le adolecían las articulaciones. Por momentos me sentí furioso al pensar que el empleado de la librería se había librado de la presencia de un farsante, un loco que creía ser alguno de los dos Macedonio Fernández sólo por leer su nombre en alguna portada y que molestaba a los demás con ello, espantando a la clientela.
Me dirigí decidido a nuestro próximo encuentro. Deseaba expresarle con franqueza lo que creía de él. Me senté en la mesa de siempre y esperé a Macedonio mientras me sumergía en la lectura de Los bohemios del marqués de Pelleport. Un mozo de resplandeciente calva se me acerca con un libro delgado.

—El señor Fernández me ha pedido que le haga entrega de esto. ¿Desea beber o comer algo?

—No, gracias —dije extrañado sin darme cuenta de que tardé en responder y me encontraba hablando solo.

Se trataba de El miserable, otro poemario suyo que venía buscando hace años y que de forma unánime recibía descatalogado como respuesta. En la página de cortesía estaba impresa su firma que coincidía con la del pedacito de papel que contenía una dedicatoria:

Para mi buen amigo Segal, con afecto de parte alguien que lo estima más de lo que cree. Perdón por defraudarlo.

Macedonio.


El reverso mostraba un número de teléfono.
Me había equivocado groseramente. Era el mismo autor de libros excelsos como los dos ya mencionados y de microcuentos como El hastío de Efraín ("El suspiro, el quejido del sillón y el sol muriente que se cuela en la casa son cosas de todos los días para Efraín. Y hoy tuvo la sensación de recordar que ya había vivido todo eso. Y recordó que ya había recordado lo mismo en otra ocasión. Pensó que estaba viviendo lo vivido, reviviendo lo revivido, y se resignó a morir como en la otra muerte, hastiado de vivir.")
Llamé a Macedonio desde una cabina. Me rogó de manera agitada que me dirija a su hogar, a pocas cuadras de la cafetería, de la librería de viejo, del Obelisco y de las luces infatigables. Cuando llegué, agitado yo también, era demasiado tarde: encontré a Macedonio, con el torso desnudo y boca arriba, con la mirada inexpresiva. Me recordó a Efraín y lloré a ambos. Sobre la mesa se hallaba un cuaderno y en una de sus hojas se leía Despedida; debajo del título, uno de los más hermosos poemas jamás compuestos. La luctuosa experiencia me reveló que Macedonio no era persona sino versos. Cuanto mejores, menos era él. Era cada saber de sus poemas, cada estrofa, cada rima, cada metáfora, cada pausa, cada melodía que endulzaba los oídos e insuflaba de vida, a costa de la suya, a la belleza más bella de todas que es la literatura.
Es hasta el día de hoy, luego de años, que todavía descreen de esta versión de los hechos sólo por no haberme tomado la molestia de citar de memoria alguno de los versos de Macedonio Fernández.
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Mar de Letras ( dedicatoria)

Navegamos
entre las letras
Surcando este
Curioso mar

Vamos dejando
En cada puerto
Un pellizquito
De nuestra sal.
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Dedicatoria

A las noches desveladas.
A las duras enseñanzas.
Al esfuerzo y sacrificio.
A las lágrimas inundadas.
A la fortaleza al caminar conmigo de pie.
A la constancia al tomar mi mano fuertemente.
Al corazón que nunca ha dejado de latir.
  Al refugio que me han obsequiado.
A todas las tardes y noches.
Y a quién hizo posible todo esto:

A papá y mamá.
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Dedicatoria 2

A las estrellas, y de entre tantas
tú sola
A mi hermana.

Al agua que llega como ríos: las lágrimas
A mí.
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Dedicatoria a un político conocidillo

Por la boca estupidez,
por sus venas dictadura
y sus ojos como un pez
que no mira, sino duda.

No regala su niñez
ni reprime su amargura,
en su mundo del revés
no hay lugar para la cura.

Es un fan de la idiotez,
es un genio, es figura,
con su mente inmadura
se las da de ser un juez.

Él no teme tu postura,
la sentencia con fluidez;
impoluta partitura
de su canto a la memez.
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