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Trastorno de despersonalización...

Yo me sentaba en la orilla de la cama, con el rostro entre mis manos, sintiendo como mis dedos se marcaban en mis mejillas y en la frente. Los ojos cerrados sólo percibían pequeños destellos de luz dentro de una obscuridad profunda, colores violetas y verdes, algunos dorados y blancos. Como si viajara por mi propio espacio viendo galaxias luminosas que no existen, así como yo no existo.

La noche me rodeaba y el ruido silencioso de las calles me arrullaba, escuchaba a la lejanía los autos pasar, los pasos de las personas que caminaban por las calles solitarias, los insectos que de vez en vez hacían un pequeño ruido, tan simple que no sabía si lo escuchaba en verdad o sólo era mi mente la que los inventaba para mantenerme consciente. Podía sentir la brisa que cruzaba por mi habitación, como si de una sombra con vida se tratara, percibía claramente su murmullo sereno y frío detrás de mis oídos, hacía que se crispara mi piel, cada bello de mi brazo se levantaba al sentirla como si despertara de un pequeño sueño llamado por la voz de un frío que no hiela, pero si reanima.

El aroma de la habitación medio vacía entraba por mi nariz, podía degustar cada parte de ella, las sábanas destendidas, la ropa en el suelo, el tazón de cereal aún con leche, los zapatos arrojados a cualquier parte, y un leve aroma a comida frita que entraba por la ventana; todo se conjugaba en un intento de la vida por mantenerme en ese lugar y en ese espacio.

La memoria a veces me fallaba imaginando cosas que no me sucedían, pero recordándolas tan vívidas que me era imposible comprender que de verdad nunca ocurrieron; o por el contrario, existían fotos, vídeos, pruebas concretas de sucesos en mi vida, de los cuales no tenía la más mínima idea de que hayan sucedido, la gente me contaba las anécdotas y yo las escuchaba y escuchaba, y cada vez las hallaba como nuevas, ¿y quién dijo eso? preguntaba y todos respondían "TU" con cierta cara de burla e incredulidad.

Me daba por escapar de esta realidad tan jodida de pagar impuestos, de ir al trabajo, de buscar una esposa, de tener una familia, de pagar la renta, de divorciarte, de que los hijos se vayan y todo termine donde empezó, en soledad. Me pregunto a veces cómo puede ser este el plan de Dios, si yo no encuentro ningún trazo por donde camino, ¿acaso es un plan confidencial, de esos "Top Secret" el cual todos conocen menos yo? A veces esa idea me ronda la mente y me causa terror, ser el que vive esta vida sin que sea realmente mía.

Por eso escapo a los campos azules de cielos dorados, donde las libélulas gigantes me llevan a las montañas de lava helada. Donde las sonrisas son sonrisas sin la necesidad de un rostro. Ahí soy feliz, donde me duelen los pies de tanto correr y cuando me detengo descubro que ni siquiera tengo un cuerpo, donde un pensamiento persigue a otro y juegan a que se volvían realidad, me gustan esas ciudades donde los autos no se necesitan porque todos podemos volar. Será que sueño tanto que por eso me cuesta trabajo dormir por las noches.

Sabe, estas ideas no las comparto, porque las personas no las comprenden, me miran raro y me pasan de lado, he decidido vivir ese mundo de color para mí, y usted puede decirme que soy un egoísta, y puede que tenga razón. Pero yo le estoy contando todo esto y usted me mira con el mismo rostro engreído de la sociedad que juzga en lugar de comprender o por lo menos de intentar hacerlo. Si usted me contara que soñó que montaba un águila, yo le preguntaría ¿Y qué se siente? Yo vine aquí porque me han dicho que usted es de los que tratan estas cuestiones dándoles un fin para que uno pueda ser normal, pero... y qué pasa si después de contarle todo esto me he arrepentido y ya no quiero ser normal, no me interesa serlo. La normalidad es el conformismo del abandono de los ideales, y usted es un experto en hacer que se abandonen ¿o me equivoco?, yo lo único que quiero es no sentirme sólo en un mundo tan maravilloso, tanto, que quisiera compartirlo, pero la gente no lo desea.

Dígame usted, señor experto, ¿qué hago para mostrar esta vida tan increíble a una sociedad tan desolada?

El doctor, lo miró fijamente con el ceño fruncido en señal de meditación. "Yo amigo mío le creo todo lo que ha dicho y como bien lo menciona soy parte de una sociedad funcional donde muchas veces lo soñadores como usted no son comprendidos, le prometo que a partir de hoy todo comenzará a funcionar mejor".

Mi rostro sonrió, pero no por el gusto de escuchar sus palabras sino por la ironía de lo que dijo, pues contrastaba con los trazos de la pluma fría y nostálgica a tinta negra sobre el papel blanco carente de consciencia... TRASTORNO DE DESPERSONALIZACIÓN.

...

Gracias doctor, de hecho, comienzo a sentirme mejor.
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Te Entrego Mi Alma Señor

Señor, en una cama me encuentro postrado.
Con este cáncer me siento abandonado.
Con mucho dolor con mi esposa a mi lado.
Se que mi hora de partir ha llegado.

Muchos recuerdos pasan por mi mente.
Como cuando me entregastes a mi esposa.
Esposa que anhele con mi corazon latente.
Y ahora esta a mi lado triste y ansiosa.

Pero sé que es mi turno de partir.
Hacia ese lugar santo y espléndido.
Y como explicar a mi familia que tengo que concluir.
Sin sentirme derrotado y abatido.

Ahora te entrego mi alma Señor.
Anhelando pasearme entre tus hermosos senderos.
Por tus valles de oro y mar de cristal.
Agarrado de tu mano, mi fiel doctor.

Ahí estare feliz y gozoso.
Viendo a mis seres queridos que se fueron antes.
Sabiendo que me qusisites y me amastes.
Y tranquilo sabiendo que fui excelente esposo.

Ahora me toca cerrar mis ojos.
Para darte lo mas preciado que es mi alma.
Diciendole a mi esposa que este tranquila y con calma.
Por que donde estaré no hay ciegos ni cojos.
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Virtualidad

Amanece un nuevo día, y como cosa extraña, no siento dolor en ningún hueso, a mi edad, es raro. Ni siquiera me duele la espalda. La mañana es tan perfecta como puede ser una de otoño. Mientras viajo en el tren al trabajo tengo que escribir un tuit sobre eso. A ver: "Ya no me siento tan solo, me abriga la compañía de la ocre soledad de estos árboles que me quieren abrazar con sus ramas y acariciar con sus hojas que están más muertas que mi alma". ¡Caray! Tengo cuarenta caracteres de más. ¿Qué le quito? Ya deberían extender esto. Ciento cuarenta caracteres no alcanzan para contar la vida. A ver, borro aquí, cambio allá: "No me siento solo, me abriga la compañía de la ocre soledad de estos árboles que me acarician con sus hojas, más muertas que mi alma". ¡Bien! Ocho caracteres me sobraron. ¡Publicado! Tiene el justo dramatismo que el melancólico otoño merece. Seguro me dan varios "likes" y #RT. Ahora a ver las noticias en línea, como siempre, algunos muertos por aquí, manifestaciones en algún país asiático que está harto de ser comunista. Otras en un país sudamericano que está harto del irrespeto a sus derechos constitucionales. Otra gran potencia se va a la banca rota. Otra que sigue ganando fuerza. Las colonias en Marte siguen su expansión, ¡doce mil habitantes ya! La tasa de natalidad de los terra-marcianos es controlada y sostenida. ¡Lo mismo de siempre!

No sé a que hora he llegado a la oficina. No lo he notado. Será mejor que me ponga a trabajar. Definitivo, esto de trabajar a través de internet me sienta de maravilla. A ver, que quejas de clientes hay. ¡Caray! Otra vez tienen problemas en sus entregas en Chicago. Un par de audio llamadas de Skype y lo soluciono. Se han ido tres horas ya, ni tiempo de desayunar. Es raro no sentir hambre; pero, todas las quejas han sido atendidas. Tomaré un receso de quince minutos. A leer unos cuantos poemas en Poémame.com, dejar comentarios a los que me gustan. Estos chicos y chicas cada día escriben mejor. !Qué poesía espléndida! Volteo a ver el monitor de mi ordenador y sorpresa, se ha llenado la bandeja de quejas nuevamente. !Uf! Tengo trabajo para otras dos o tres horas. Manos a la obra. La mañana se fue en un abrir y cerrar de ojos. No tengo apetito y ya es tarde. Usaré mi hora de almuerzo para ir el parque que está a unas cuadras del edificio. En esta época es relajante caminar entre los árboles de colores azafranados. Ese crujir de hojas que piso, no sé, me relaja. El viento que no es frío ni cálido. Unos pájaros trinan, no parecen alegres, noto nostalgia, seguro extrañan la primavera; pero trinan, eso es bueno. Es maravillosa la naturaleza, y sin embargo, no puedo evitar usar mi móvil para escribir un tuit inspirador sobre mi caminata. Aprovecho para enviar un par de WhatsApp a esos dos grupos de amigos, principalmente al grupo de lectura. Tengo que decirles como me va leyendo "La lentitud" de Kundera. Doy un vistazo al instagram de unas amigas, de vacaciones en Europa. !Qué envidia! Se acabó la hora de almuerzo en un parpadeo.

La tarde perfila no muy diferente de la mañana. Más quejas, llamadas a proveedores, persecución a compañías de entrega. Un respiro de cuando en cuando, breves minutos cada hora y media. Un vistazo a Poémame. Una ojeada a mi e-book de Kundera, comerme a grandes bocados unas pocas páginas de lectura. Música de fondo todo el día, en mis audífonos. Principalmente mis listas maravillosas de Spotify, y algunos videos en Youtube. Antes de fijarme, estoy en el tren de vuelta a mi apartamento. Por un instante pienso en la cena, la fuerza de la costumbre, pero no sé, no hay apetito. Me voy a la cama, voy a leer un par de capítulos de mi e-book y a dormir. ¿Dormir? Parece que ni sueño tengo, pero hay algo por dentro, que me dice, que debo dormir. Es lo normal, lo usual. A ver, unos diez minutos para publicar un poema corto en Poémame no serán problema. Ese poemita que me ha rondado la cabeza todo el día. Ya está. !Quedó bonito! Con suerte tendré unos likes y comentarios para mañana. Me duermo.

La mañana arranca otra vez, y no sé por qué, pero me siento como programa de ordenador en un bucle diario. Todo parece lo mismo otra vez. El tuit de buenos días. El tren hacia el trabajo. Noticias mundiales y marcianas. Quejas de los clientes. Sigo sin dolores de cuerpo. Es lo que más me extraña. Sin apetito. También raro. Debo ir al doctor. Algo no anda bien. Me siento mejor que nunca, y sin comer. Voy a usar ese nuevo servicio de doctor en línea que nos informaron este año. Aquí está la aplicación en mi ordenador. Un click y listo. El doctor me hace un sinfín de preguntas. Usa la cámara de mi ordenador ─y su capacidad de rayos X─ para hacer un chequeo general. Pongo mi índice en el sensor de huella digital que mide mi temperatura y hasta procesa microscópicos fluidos que hay en él. El chequeo es tan completo como puede ser para un pre-diagnóstico. ─Todo está bien con usted ─me dice el doctor en línea ─que por cierto es una entidad de inteligencia artificial IA─. No veo necesidad de hacerle una cita física con un doctor humano. ─Duerma al menos siete horas diarias, haga algo de ejercicio ─continúa el doctor─ Coma algo saludable tres veces al día, aunque sea por protocolo, y le vuelvo a ver a fin de mes ─concluye.

Llega el fin de semana y me siento aventurero. Como el lunes es feriado, me compro un boleto a Roatán. Convenzo a Paul y a Lois que me acompañen. Allá vamos los tres amigos. Qué fin de semana. Atardeceres de ensueño, el sol se hunde profundamente en el lejano borde del mar. Charlas interminables sentados bajo una palmera o acostados en la blanca arena. Bailamos en la playa a ritmo de bossa nova y de soul. Lois se pone un poco atrevida y me obsequia algunos besos inesperados, la beso de vuelta, siempre me ha gustado, es tan bella, pero es más una buena amiga que otra cosa. Y para mi sorpresa, a Paul también le obsequia sendos besos. Bueno, las cosas no pasan de allí, Lois tiene buen freno de mano, ni hablar. Mejor así, sino el lunes, de vuelta a la realidad, la incomodidad será abismal.

Es martes, estoy de vuelta en la oficina. Ese viaje a Roatán ya parece más un sueño muy vívido que otra cosa. La rutina inexorable sigue su curso. Inmerso en la virtualidad de mi existencia. Twitter, WhatsApp. Aligerando mi alma en Poémame. Facebook, Instagram. El portal de quejas. Video-conferencias y Skype. Música en línea. Noches de zambullirme en el e-book de Kundera y el de "Vivir para contarla" del Gabo. La falta de apetito. La falta de cansancio. Dormir por protocolo.

Mi cita con el doctor (el de IA) es este viernes. A ver, hoy es miércoles. Me siento igual. Preocupa no sentirme tan humano. Este letargo de mi vida. Esta tarde de miércoles pasa algo inusual. Hay mucho movimiento en la inmensa sala de servidores de la nube. Donde ocurre todo el Cloud computing de mi empresa ─es de sus principales servicios─ . Entran y salen técnicos de mantenimiento. Cables por aquí, cables por allá. Paneles de redes van y vienen. Cajas de servidores se mueven de aquí para allá. Me asomo a dar un vistazo. Moriré por la curiosidad del gato. Desconectan un grueso grupo de cables de un larguísimo rack de servidores y no sé por qué, me da un mareo intenso como cuando se cae en un abismo sin previo aviso. Apagan varios interruptores en el panel de control de ese rack y siento una punzada intensa en el pecho, como cuando te clavan un puñal afiladísimo con una saña psicótica. ─Pero si el doctor me dijo que todo estaba normal ─pienso─ He hecho ejercicio, he comido suficiente, he dormido hasta ocho horas diarias─continúo cavilando. Antes de darme cuenta estoy tirando en el suelo. Tal vez me ha dado un ataque cardiaco y ni tiempo de notarlo he tenido. Los técnicos de computación pasan cerca de mí y ni siquiera voltean a verme. Siguen en su proceso de desactivar esos servidores de la nube, y coincidentemente, conforme avanzan en desconectarlo por completo, yo me siento más grave. Estoy muriendo y nadie me auxilia. Como si fuera invisible, como si no existiera.

Es lunes otra vez. Por la ventana veo una mañana primaveral. ¿Cuándo se terminó el otoño? Y ni me acuerdo que pasó en este invierno. Qué intenso dolor de cabeza. Estaba teniendo una pesadilla. A ver: ¿qué era? Me estaba muriendo. Me estaban desconectando. ¿Cómo me van a desconectar? De qué carajos estoy hablando. ¿Qué es este video que me ha llegado a mi WhatsApp?

Buenos días Fernando. Bienvenido a su vida virtual número noventa y siete. Por petición suya, le enviamos este video informativo al inicio de cada una de estas vidas. Hemos realizado con éxito el upgrade de su vida virtual. Encontrará que esta versión es más realista. Especialmente, la comida sabe mucho mejor, casi como la recuerda en su vida orgánica hace mil setecientos años. La nube a la que lo hemos instalado usa tecnología de punta, the state of the art del siglo cuarenta. El siglo virtual en el que usted ha elegido vivir esta vida es el siglo veintitres. Su edad virtual será de treinta y cinco años. Esperamos se sienta con mucho más energía que en su vida anterior,en la que había elegido tener cincuenta y tres años y vivirla a finales del siglo veintiuno. Estamos seguros que esta experiencia será totalmente placentera. Disfrútela y nos vemos de nuevo en su siguiente vida. Por cierto, este video se autoeliminará de su móvil al concluir y toda esta información será eliminada de su memoria ─no la memoría del móvil, la de su cerebro─; continuará con su vida como si esto nunca hubiera ocurrido... ¿Qué iba a ver en el móvil? Se me olvidó. Debe ser este dolor de cabeza. Aunque ya casi no me duele. De hecho no me duele para nada ya. ¡Cielos! Me siento tan lleno de energía y vitalidad. Qué mañana tan hermosa. ¡Qué alegría estar vivo en un día como hoy! ¡Ojalá esta vida fuera eterna!


@SolitarioAmnte / vi-2017
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Otra historia de amor (parte 4)

Ese viernes Martín pidió permiso para salir dos horas antes de la oficina. Pudieron haber tenido la cita un sábado ─con más calma─, pero para Martín la fecha del viernes tenía un significado especial que le explicaría a Verónica durante la cena. Saliendo de la oficina se fue directo al supermercado gourmet para comprar esos tallarines tan particulares y los frescos mariscos, los tomates, albahaca y demás ingredientes de su receta especial de pasta con frutos de mar. Sin olvidar el exquisito vino que le ofreció a su novia. La tarde era adorable mientras conducía por las calles camino a su casa, luego de comprar las cosas para la comida y la decoración de la casa. La felicidad le irradiaba en todas sus formas, desde la calidez del atardecer con sus colores pastel, el arrullo de los ruidos urbanos; hasta las bocinas de los autos y el ritmo de los semáforos parecía ser parte de una sinfonía. Y por supuesto, la alegría de ésta cita tan especial que tendría. Los recuerdos de la primera cita y las posteriores fluian en su mente con una cadencia casi musical. Él anticipaba que Verónica se quedaría en casa todo el fin de semana luego de esa cena tan romántica y lo que le seguía.

Con una mezcla de nerviosismo, ansiedad y gozo siguió todo el ritual de preparación de la comida. Una pizca de pimienta por aquí, otras pizcas de sal por allá, el fino corte de algunas hierbas, otros cortes de vegetales, la preparación de los mariscos y demás. Mientras la pasta estaba al horno aprovechó para colocar unas velas de fragancias lavanda, vainilla, canela y otros. Era un popurri de aromas, que extrañamente no le quedó mal, ningún aroma era excesivo. Derramó algunos petalos de rosas en la entrada de la casa, otros cuantos por su sala y comedor y muchos más en el dormitorio. El ambiente estaba listo y aunque el arte de decoración romántica no era su fuerte, al parecer el resultado era exquisito a la vista y el olfato. La comida estaba casi lista. Todo a la perfección para su invitada tan especial.

Son ya las seis cuarenta y Verónica no llama desde la estación del tren, tampoco le envía ningún mensaje. Debe estar un poco retrasada, piensa Martín y se despreocupa otros quince minutos. No llega ningún mensaje de ella. Se habrá retrasado tanto. La cita era a las siete de la tarde. A las siete y diez, Martín le llama, el tono de llamada suena tres o cuatro veces y no hay respuesta. ─¿Mi amor, como va todo? ─dice el primer mensaje que le envía por WhatsApp. No hay respuesta en los siguientes cinco minutos. Una segunda llamada sin respuesta concluye con un mensaje de voz que le deja Martín. Le llama tres veces, le deja otro mensaje de voz en la quinta llamada. Le manda un sinfín de mensajes de WhatsApp en las siguientes dos horas, cada vez más alarmado, pensando que algo malo le había ocurrido. Sube a su dormitorio a recoger un sueter, la noche se había puesta fría, o era él que se estaba helando ante la situación que vivía; baja al garage y se sube al automovil, listo para ir a casa de Verónica, ─algo malo tuvo que pasarle ─piensa. Está a punto de encender el auto y el celular suena con la notificación de mensaje entrante, está nervioso, no se acuerda si lleva el celular en la bolsa del pantalón o lo puso en el otro asiento del auto, revisa ambos lados, y curiosamente lo encuentra en la guantera ─¿a que hora puse el celular allí, nunca lo hago? ─piensa. ─Estoy bien, no te preocupes ─dice el mensaje de Verónica. A toda velocidad le escribe un largo mensaje contándole lo preocupado que está y todas las cosas que pasaron por su cabeza mientras la esperaba y antes de presionar el botón de envío entra el segundo mensaje: ─Estoy solamente un poco indispuesta, mañana te llamo y te explíco─. Se queda pensativo, borra todo el mensaje que ha escrito y le escribe uno diferente, diciéndole cuanto se alegra que ella esté a salvo en su casa, que no se preocupe por no haber podido venir, que espera que se reponga pronto, que se acueste temprano y descanse bien, que si gusta puede llegar en automóvil ahora mismo y acompañarla un rato hasta que ella se quede dormida. Envía el mensaje y espera. Pasan diez minutos. Nunca encendió el auto, se quedo allí estático esperando una reacción en la pantalla del celular. Las dos rayitas azules nunca aparecen. Ese mensaje, simplemente, ya no fue leído por Verónica. ─Estará muy indispuesta ─piensa y sale del auto y regresa al sofa de su sala. Por su mente pasan un sinúmero de pensamientos e ideas, algunos con matices de ansiedad, muchos otros negativos y finalmente se queda dormido.

El día siguiente Verónica no responde sus llamadas ni sus mensajes. Él está muy preocupado. Decide que pasará a su apartamento a verla ─debe estar muy mal de salud ─piensa. Antes de salir del trabajo le envía mensaje indicando que llegará a verla y le lleva un poco de sopa de pollo para que le levante el ánimo. Casi de inmediato Verónica le responde que tiene una variedad de influenza excesivamente contagiosa, que el doctor le aconsejó no recibir visitas ni ir al trabajo en los próximos días. Le ruega que por favor no llegue, que no quiere contagiarlo y que incluso él perdería días de trabajo. Martín nota algo raro en toda la descripción que le hace Verónica, algo no anda bien.

Los días siguientes Verónica sigue evadiéndolo y finalmente, al parecer sin fuerzas o valentía para verlo en persona y contarle lo que pasa, le envía un kilométrico mensaje de WhatsApp diciéndole que la perdone, pero que necesita espacio, que ya no puede seguir con esta relación, que no es culpa de él, que es algo que le pasa a ella. Que algún día tal vez le explique. Que incluso saldrá de la ciudad unas semanas. Que no la busque, que no insista y sobretodo que la perdone. Que él merece alguien mejor que ella, alguien que de verdad valore el tipo de hombre que es.

Ese viaje de regreso a su casa, en el tren, le parece a Martín que dura una eternidad. Una tristeza y desesperanza profundas lo embargan. Siente un frío glaciar en medio de la tibia tarde soleada. La tarde para él es nublada, muy gris, nada que ver con los destellos de naranjas y lilas de la acuarela del cielo.

Seis meses después... el sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz.
El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.
Sale de su apartamento en el cuarto nivel de ese viejo edificio. No nota las gradas de cuatro pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Verónica decidiera viajar más temprano para no toparse con él.

Así comienza ahora Martín sus mañanas, luego de mudarse a vivir al mismo edificio en que vivía Verónica, para estar más cerca de ella cuando volviera de su viaje de cortas semanas. Y aunque a los treinta días se enteró que Verónica se había ido a vivir con su antiguo novio ─indiscreciones del jefe de mantenimiento del edificio─ ya no tuvo fuerzas para mudarse de vuelta a los suburbios donde vivía.


@SolitariAmnte
vi-2017
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Doctores imaginarios

A decir verdad
No hay derecho
Llueve y hace rato que no existo
Escucho una canción sin música
Mientras se anuncian adormecidos los ojos que te observan
Sigilosamente
Se escuchan los pasos de los bailarines en la oscura noche
Blancos
Pulcros
Santos
No hay derecho
Las medicinas no me ayudan
De esos bailarines sospecho
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Déjala En Paz Ya!!!

Mirandote a tus ojos me encuentro a tu lado
Mientras acaricio tu cabello mi alma sigue pensando
En que fallastes con la vida hermosa que tenias
Para que ella pusiera en ti esta agonia.

Agonia que todavia me pregunto por que es tan malvada
Con un ser tan maravilloso como fuistes tú
Habiendo tantos seres malditos en este planeta
Y queriendote elegir a ti, mi bella esposa.

Viendo como sufres, estas en esta camilla
Mientras me pides perdón por hacerme sufrir viendote en este estado
Y yo llorozo maldiciendo este terrible cancer
Queriendo ser yo el que estubiera ahi acostado.

Pero ya mi futuro sin ti esta escrito y decidido
Por ese simple anuncio del doctor de tus dias contados
Analizando en como le explico esto a nuestra cria
En tu modo de mensaje subliminal.

Ahora solo me toca esperar el sonido de la maquina
Que anuncia tu muerte tan injusta
Gritando en este cuarto "Dejala en paz ya te lo ruego!!!
Sabiendo que en este caminar sin ti estare hasta que llegue mi hora.
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Paisaje con Gonzalo Rojas

Ahora, el señor Gonzalo se para en las palabras, como siempre lo hizo, y les pone relámpagos. A veces, relámpagos de neón con verdín de biblioteca.

Se sienta como un dragón, creando sus propias visiones, entre volúmenes de autores de versos, hermeneutas y pensadores.

Aunque siempre sueñen con las ingles, con “medias y muslos de seda blanca”, o sueñen que aletean, hechas de aire, mil mariposas embellecidas de ausencias; o que alguno niegue que vive en este vecindario y diga que solo está de paso por el mundo. O que le digan, que “la zambullida tiene que ser en seco”.

Tratemos, con él, de leer y escribir en el humo. Y riamos, riamos porque “no tenemos talento”, no tenemos talento, no tenemos talento; “a lo sumo oímos voces, eso es lo que oímos”, como ese señor, que habla solo y oye voces; también los locos oyen voces.
Son los ángeles los que nos dictan los versos.

Ya no sólo es 666 el número. También, “77 es el número de la germinación”, de la palabra efímero. Y son zarpas enormes por toda Sudamérica, las 77 “especies de leopardos voladores” de Gonzalo Rojas.

Y a esa tierra suya, quizá no le lleguen las bendiciones, ni nada bueno del vaticinio del siglo XXI; quizás porque fue el perro el que pronunció la profecía, o hubo demasiados “títulos falsarios premiables” que confundían “las moscas con las estrellas”. Quizá porque tantos doctores universitarios nunca fueron a mirar la vida, nunca fueron. Sólo están de vuelta de bibliografías y dictan sus sentencias, con eructos después de digerirlas; o, a veces, después de que “maten poetas para estudiarlos”, con énfasis de “eruditos, ponen un huevo”, entre tantas “páginas de cemento” que producen.

Es hora de sacar a este casi muerto con un poco de vida. Que grite en el aire y que suene como que alguien lo escucha,
aunque André Bretón, en su papel de difunto, mirando su reloj les murmure: “es que no hay eternidad, muchachos, es que no hay eternidad”.

Sigámosle, saltemos de las vocales a las estrellas y hagamos caso omiso de la poluciones de tantos letrados. Oigámosle que nos grita, “hombres de poca fe, piensen en el cántico”, piensen en el cántico, piensen en el cántico…


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Sólo yo existo

Un laconismo, que hoy yace difuso sobre el nicho gris aledaño al de su madre, sirve como epitafio al que alguna vez fue Prometeo Domínguez; dice: La vida es sólo la muerte aplazada. "Los ojos no cambian", subrayó en vida su padre en uno de sus libros, "pero sí nuestra mirada sobre lo demás". Aquel epitafio fue un trago de lacerante hiel para su ya demacrado espíritu. Le hizo saber que la muerte de su madre —que presenció— no fue más que una agonía dilatada, laxa en el tiempo e implacable en su última hora.

Además de una melancolía incesante, la difunta le legó joyas. No conoce su valor exacto, pero la antigüedad de las mismas le brinda una mínima noción. Decide no conservarlas; aparentemente los recuerdos le bastan.

Camino a la joyería se topó con el arrebol. Es el ocaso quizá la compensación de la vida al mostrarle al desdichado que lo moribundo puede también ser algo bello.

Una vez dentro pudo leer en un anillo grabado —de oro pajizo— una locución en latín: ego solus ipse.

—¿Qué quiere decir aquello? —pregunta al vendedor con curiosidad de niño.

—Significa "Sólo yo existo".

—¿Egoísmo?

—Realmente no lo sé —le responde con cierto desagrado.

Si hay algo que le legaron y nunca supo apreciar su valor, ni siquiera mínimamente, fue la biblioteca de su padre. Está en su casa, casi vacía debido al saqueo sistemático de su hermana menor, ávida lectora. Durante años, una vez a la semana, Julieta iba y tomaba prestado un libro; sólo se llevaba aquellos de lectura accesible: policiales, románticos, fantásticos, de ciencia ficción. Los de historia y filosofía quedaban bañados en polvo. A él jamás le interesó la lectura, de ahí su permisividad.

Sin embargo aquella tarde se acercó a la biblioteca y tomó un diccionario filosófico, no sin antes soplarlo y generar una tempestad de arenilla dorada sólo visible en el fragmento de luz que ingresaba por la ventana. Pudo allí leer que la locución remite a un cultismo —solipsismo—, y de ahí a una definición:

"Doctrina que propone solamente la existencia de nuestro yo. Para un solipsista, la realidad externa no es más que una creación de nuestra propia conciencia."

Su proclividad a dejarse arrastrar y considerar verdad última todo aquello que lee es propia de los ignorantes; curiosamente, fue un pensamiento de corte escéptico lo que se tornó absoluto para él. Cerró el libro. Sus ojos no cambiaron, pero sí su mirada sobre lo demás. Se vio al espejo. Pudo comprobar, en otros términos, que su reflejo invertido no era más que una duplicación de la ficción que él mismo había creado.

Puertas, ventanas, vidrios, libros y sus vastos contenidos, flores, insectos, animales, nubes, letras y números, sonidos y colores, lenguaje, sentimientos y todo aquello que podía percibir mediante los sentidos —que eran también ficciones propias— las consideró creaciones suyas. Se dio cuenta de que su imaginación era impresionante; de que sus conocimientos no eran minúsculos como creía, porque él creó el cielo y las estrellas; era de su creación el caos del universo y las ciencias que intentan gobernarlo mediante las leyes. La historia se transformó en una mera curiosidad de los tantos hechos que alguna vez imaginó. De acuerdo a sus saberes religiosos, La Biblia (creación suya, por supuesto) era una simple narración en tercera persona sobre su verdadera naturaleza: la de un dios creador de todo lo que existe; incluso de sus propias limitaciones, porque también son de su propiedad intelectual las contradicciones. Irradiaba una felicidad delirante, puesto que hasta ahora no supo que su ignorancia se limitaba sólo a que todo lo sabía. Se transformó en un megalómano primero, en un incomprendido luego y en un melancólico otra vez, porque si él es el creador de todo lo que existe, también es de su autoría todo aquello que le disgusta: la muerte, la maldad; los otros hombres en sí. Vivir, pensó, es una autoflagelación.

Fue internado en un sanatorio psiquiátrico. Querer abarcar la totalidad de sus creaciones le enfermó. Su psicólogo, en un intento de ser razonable en su mundo irracional, le dijo que no se preocupara por intentar conocer el universo ya que esa es la causa por la cual él creó a los otros hombres, para ayudarlo a sistematizar el caos cósmico.

—Sí —respondió el solipsista enajenado en un arrebato de cordura—, pero su aportación al orden es infinitesimal. Soy un dios malvado que ha participado en su propio juego. Por cierto, doctor, si su profesión no es considerada científicamente exacta es porque el acceso a las conciencias ajenas es un síntoma de mi existencia única.

Según su legajo, aquellas fueron sus últimas palabras. Fue sepultado a pocos metros de los nichos de sus padres, Ana Arístegui y Prometeo Domínguez. En su lápida se lee con claridad: Solamente él ha existido.
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Pájaros muertos

En los recovecos de mi mente
aún quedan pájaros muertos,
y rien y me hablan,
no quiero morir de miedo.
Y cuando me pienso
veo un nido todo blanco
y unos hombres que me arrastran,
y unas señoritas, todos con bata blanca.

-Y me pienso, no quiero morir de miedo-

Y un señor con bata blanca que me habla
y me pregunta que me pasa, y yo le respondo:
que en los recovecos de mi mente
hay pájaros muertos que me hablan.

-Y me pienso, no quiero morir de miedo-

Y de repente los pájaros aletean y vuelan,
gritan, se rien, pian, y me hablan.
Un pájaro grande y negro también me habla,
no le entiendo, gotas de un líquido
espeso y rojo caen sobre mi cara.
El sabor fuerte del hierro se cuela
en mis entrañas, y el doctor me habla
y yo no digo nada.

-Y me pienso, no quiero morir de miedo-

Estoy en una habitación blanca
ya no entiendo nada.
Sólo porque tengo pájaros muertos
en la cabeza que me hablan.
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