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Enjambre de supersticiones

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Domingo de tomar té con masitas con
un espantapájaros analfabeto, en un jardín
de platos rotos y vergüenzas por el estilo.

Domingo de aprender que es mejor
no cortarse las uñas para arañar
los indescifrables pasillos de la memoria.

Domingo de infamias imperceptibles, y
de quedar mano a mano él y yo, un
insomnio invicto que se niega a jubilarse.

Domingo de canciones desconsoladas, de arrojar al
almanaque una procesión de gritos transpirados
con meticulosa e insoportable parsimonia.

Domingo de vanidades primerizas, romances
embalsamados, de dos y dos sumando seis
generaciones de rendiciones aromáticas.

Domingos de asalto a caricia armada,
de caligrafía en llamas, de procesos de erosión,
de protobiontes, de exhaustos picaportes.

Domingo de querellas apresuradas, de
acariciar el pelo al letrero que anuncia la
capitulación de un escultor tenebroso.

Domingo de reconstruir papeles locuaces, aunque
desgastados, de estrangular audacias invisibles,
de disecar un enjambre de supersticiones.

Domingo de estudiantes de arte dramático
vestidos de negro, de inviernos que se
acurrucan bajo la escalera para pasar el otoño.

Domingo de reverberaciones y palafrenes,
de perseguir caricaturas en los copetines,
de acariciar novedades cubiertas de rocío.

Domingo de viajar en un avión de
párrafos displicentes, de muecas de disgusto
sobre las que es sencillo resbalar.

Domingo de recitar epigramas que se desdicen
a sí mismos; de trenes estrafalarios, que
detienen sus caprichos en andenes polvorientos.

Domingo donde un hilo de lluvia cae
sobre un libro abierto, en el momento
en que una efeméride envejece.

Domingo de mezclar ruegos desabridos con
agravios en cautiverio; donde la eventualidad
gobierna, aunque no se responsabiliza.

Domingo de escalones desordenados, donde soñar
con mariposas transparentes al costado del camino
es recubrir al espanto con mala hierba.

Domingo de signo de interrogación amarillo
sobre fondo negro, de esconder bajo
la manga dos relámpagos y un ruego.

Domingo en que la lucidez encubre el
puñetazo de lo inalcanzable, y las porciones
descocidas de un gesto que no pudo centellear.

Domingo en que cada hora viene con su
insurrección de nomenclaturas, y con
la crisis existencial de una bestia milenaria.

Domingo, jarrón que empieza a quebrarse llegando
la tardecita, amplificando las ganas de tirarle arena
en los ojos a la inevitable rutina que vendrá.

Será cuestión de desabrigar esperanzas, de hacer
fondo blanco con una taza de café con poca
azúcar… Porque el lunes ya ha tomado su lugar…
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2comentarios 54 lecturas versolibre karma: 97

Quisiera Pero No Puedo

QUISIERA PERO NO PUEDO

Quisiera dejar de escribir
pero no puedo.

Quisiera dejar de soñar
pero no puedo.

Quisiera dejar de ser Yo
pero no puedo.

Quisiera ser diferente de lo que soy
pero no puedo.

Quisiera no ser un poeta
pero no puedo.

Quisiera acabar con todo
pero no puedo.

Son tantas cosas que quisiera hacer
pero No puedo.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Noviembre 2017
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1comentarios 76 lecturas versolibre karma: 82

Utópica distopía de la realidad

Nos empeñamos en creer
que este plano existencial infinito
que llamamos universo cosmos firmamento
alguna vez dio a luz a una roca incandescente
que al enfriar su núcleo ardiente
y en el más improbable y remoto
de los improbables eventos del azar
dio paso a la vida...

vida que plantó e izó su bandera de victoria
sobre una esfera anegada de materia inerme
hace tantos millares de milenios mileniales...

vida que forjó su camino que luchó tenazmente
para no extinguirse ante la espeluznate adversidad
de un cosmos que había nacido muerto...

vida que floreció, se esparció, se multiplicó,
evolucionó y hasta al universo mismo
casi en su totalidad entendió...

y también maliciosa, envidiosa, desidiosa,
mentirosa, menesterosa,
homicida se volvió...

y por la muerte la vida fue acechada
y por la vida misma la vida fue acechada
y por la ineludible inevitabilidad del omega
la vida fue acechada.

Pero la realidad es que no hubo nacimiento...

gestación sí, sí la hubo,
preñado quedó el universo de un engendro
que por millares de milenios
se proclamó la guinda del pastel
de la creación...

¿creación?

¿qué no había sido un accidente del azar?
un golpe de suerte de dados cósmicos cargados,
un as bajo la manga del vacío,
un vacío y una nada
que misteriosa, mágica, cabalística y místicamente
contenían desde ya al todo...

un todo
donde cabía la vida y la muerte a la vez,
el amor abrazado del odio,
la envidia encamada con la piedad,
la materia en comunión íntima con la antimateria,
la oscuridad anudada a la luz en un nulo claroscuro indefinible,
la crueldad de la mano con la misericordia...

un todo en una nada...

insisto, que no hubo nacimiento
solo gestación...

y el cosmos arrepentido del engendro aberrante
que germinaba en sus entrañas
decide abortar;
abortar la vida, abortar la muerte,
abortar el alfa, abortar el omega,
abortar el tiempo, abortar la eternidad,
abortar y absorber,
consumir, concentrar, compactar
un todo categórico
en una nueva nada y vacío absolutos...

y los creyentes y los escépticos
y los fanáticos y los antifanáticos
y los que creían en todo
y los que creían en nada
y los que estaban a favor
y los que estaban en contra
y los que estaban en contra de los que estaban en contra
volvieron todos al zigoto vacío primigenio.

Jamás hubo nacimiento
ni vida, ni amor, ni odio,
ni cronos, ni infinitud;
fue todo una quimérica fantasía alucinante,
el anhelo de un firmamento imaginario
que soñaba con el ser y existir;
la utópica distopía onírica
de una deidad tortuga mitológica
que flota sobre el líquido amniótico
de la inexistencia absoluta.



@AljndroPoetry / xi-17
(@SolitarioAmnte)
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17comentarios 149 lecturas versolibre karma: 117

Hilar

¿Son los silencios las rendijas ocultas de la realidad?

¿Entonará el universo un tiempo desalmado?

¿Podrán los jóvenes predecir los bucles del compás interminable?

¿Ataremos deseos en un pentagrama desgastado?

¿Podrán hilar en el tejido que nos une, sentimientos los repudiados?

¿Se corromperá el objetivo que un día nos lanzó por la armonía que pisamos?

¿Acabarán derritiéndose las inquietudes de la cima de las expectativas?

¿Intentaremos arrancar los eslabones de la vida que regentamos?

¿Silenciarán las cascadas del deshielo tantos lamentos de los ignorados?

¿Silbará la nada anunciando su llegada para recrear miedos indelebles?

Quizá ensordeceremos para reducirnos.









*Querido lector de Poemame, te invito a visitar mi rincón secreto: anadeseria.com (Un bazar de deseos que aún no han sido anhelados por nadie.)

Gracias por tu tiempo.
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1comentarios 34 lecturas prosapoetica karma: 39

Ruinas

Hay un espejo esta noche
que refleja de todo
salvo mis rarezas

¿Y quién soy yo, que
obligada a sobrevolar mi vida
ha caído sobre las ruinas de algún roto corazón?

Querían que fuese el último de los peones
de su ajedrez
Pero yo soy negra, y a veces también blanca
Mírenme bien,
porque mi dignidad no ha sido comprada
por un puñado de monedas insípidas

¿Y qué es lo que quiero?

Hay demasiada soberbia
en tan pequeños cuerpos
[...]


¿Y quién soy yo?

Todo se ha teñido de silencio

La mierda tiene un color más amable.
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2comentarios 96 lecturas versolibre karma: 87

No existe el vacío

“y no existe el vacío
si quieres colmarlo”
—Ernestina de Champourcin—



Si lo llenas, el vacío volverá siempre a colmarse.
Resbalará por el borde del recipiente
y mientras se deshabita,
—de nuevo—
inundará de brisas marinas,
flores exóticas y olorosas
dentro de cuentos huérfanos
en busca de dueño,
todo lo que a su paso, de golpe,
la riada desbordada ahogue.

A mí, confieso, me gusta el agua en todas sus formas:
dulce o salada,
y nadar no es un hobby,
es el estilo de vida que profeso.
Y sé que cansa,
que moja,
y que nunca podré atraparla.
Sin embargo,
yo siempre vuelvo
allí,
a su cauce,
a ese mismo lugar
que habita mi primer y último recuerdo,
donde me sumerjo desnuda
y despojada de miedos
bajo las olas que embisten mi mar.

Y me hundo de nuevo
y, —de nuevo— me hallo,
me lleno,
de ese vacío que no existe
si colmarlo quiero.

@nuria_sobrino
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100% Existencial

" Empezaré por barrer la casa
y quitar estas telarañas
que me han distraído
durante un tiempo...
¡ Ahí fuera hay mucha vida
por descubrir
y muchas cosas
por las que luchar !. "
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1comentarios 38 lecturas versoclasico karma: 64

Existencial

Ahora dormiré más noches
o no dormiré
es lo mismo.

Tomaré una taza de café y,
me pasearé
fugitivo
por todas las existencias
que te rodean.
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Oquedad

Madre muerte aguarda,
paciente polvo de rincón,
pérfido arrullo exhala…

El arroyo de la sombra
serpentea toda materia.
Perdurar es imposible.

Infeccioso fruto podrido
que en nuestro cráneo
segrega fábula y ruido…

Chispa y estado de locura:
besos de dios con dulzura,
fatiga de fe que abriga…

Dosis de mentira es la cura
para la psicosis colectiva,
la angustia que camina
junto al hombre
que sin armadura
dilapida su amor y fortuna,
huérfano del negro infinito…

Finito movimiento:
juguete a pilas
en la basura.
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Quererte de memoria

Ya estoy harto,
tú quédate con tus mentiras
las verdades serán mías
y no las comparto.
¿Qué voy a decir si todo fue bonito?
menos este final falto de principios.

Esta absurda manía de inmortalizarlo todo
como si sólo lo eterno mereciera la pena,
lo efímero consume el canto que lloro
como creyéndose más libres por tener suelta la cadena.

Que extraño este delirio
como tantos otros
El tiempo y la espera traerán el alivio
que hoy todavía no noto.

Es difícil mantenerse tan mal
con otro vacío existencial
y otra mentira al contestar un ¿qué tal?

Me pondré a llorar
a falta de tormenta
que poder escampar.

Tú me destrozas,
yo te destrazo en esta hoja.
Hago de tus vicios mis virtudes,
esta borrachera existencial se me baja
y sólo tú la subes.
Sólo tú me haces que dude;
si vida o muerte,
si cielo o infierno.
Te mantendría la mirada con tal de poder verte
pero estas cadenas que nos separan me atan al cuaderno.
Sí, ya lo sé, soy un cobarde empedernido,
a veces ser puntual es llegar tarde
cuando el amor es el motivo.

Estoy enamorado del tiempo porque al fin y al cabo
será el único que traiga lo que realmente amo.
Pasará tiempo, antes luz, ahora oscuridad todo lo cubre
cuando el amor, antes cruz, se vuelve sólo costumbre.

Parezco la diana en la que te clavas
intentando acertar en mi vientre,
si no es por mi que sea por ti si te salvas
que el veneno del tiempo es para siempre.

Te lo pido por favor, olvídate de esa escoria
y sé poseedora de mi llanto.
Estoy herido de espanto,
voy a quererte de memoria.
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3comentarios 58 lecturas versolibre karma: 84

Haya paz...

Cuando la niebla se eleve y se atisbe
la claridad,
y sobre el campo de batalla quede
la soledad,
solo habrá víctimas, ni rastro de
humanidad.

Cuando en la retina quede la imagen
tan abismal,
de la infeliz madre sin consuelo, harta
de sollozar,
con su hijo inerte en su regazo, ¿quién
la ayudará?

¿Quedará el mundo vacío de gente
loca de atar,
por la que los demás no nos tengamos
que avergonzar?
Es mi esperanza, y a la vez mi duda
existencial.

¿Será en esta vida o en la otra, será en
el más allá?
En paraísos que locos prometen…
¿allí quizás?
Solo queremos vivir en un mundo
donde haya paz.
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3comentarios 93 lecturas versoclasico karma: 80

Todas las tardes de domingo

Manto de otoño que cubres las soñolientas calles de mi nostalgia,
escucho tu lamento en el susurro de la noche,
tus golpes despiertan mi inocencia dormida
y añoro tus palabras en mis recuerdos perdidos.


Me detengo y escucho.
Allá, en la profundidad del silencio,
te busco.
No estas,
pero te siento
en cada palabra que pronuncio.


La lluvia me habla,
escupe esas palabras tan repudiadas.


Manto de otoño que siembras todas las mañanas
los deseos de mi alma en las miradas de los vampiros
de las noches ya pasadas.
Sus labios sedientos de vida
palidecen en tinieblas ante la muerte venidera.


Y a veces lloro
ante mi reflejo.


Y a veces miento.


Frío metal imperecedero
que se clava tan adentro.
Me hieres.
Me quieres.


Manto de otoño, despiértame del sueño imposible en que vivo,
háblame de esos momentos que robaste a otros amantes hoy esquivos
y cuéntame el final de mil historias perdidas en el olvido.
Conversas conmigo todas las tardes de domingo,
pero tus palabras no escuchan lo que yo digo.


Y te vas
y yo me quedo.



Nuria Sobrino
@nuria_sobrino
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5comentarios 109 lecturas versolibre karma: 75

Paraíso extraño en el que me hallo

Soy isla.

Paraíso extraño en el que me hallo
y me hundo, tendida al sol,
con la piel abierta y resquebrajada por el calor
que aprieta desde lo alto y profundo del ser.
Humana.

Rodeada de mar.
¿Cómo no ahogarse?
¡Cómo no aprender a nadar!
—Ven, báñate conmigo
pero no te quedes más de lo necesario
que la compañía te asusta, recuerda—.
Y a mí, hay sombras que me abruman
si se alargan demasiado en pleno día.

No siempre es verano en las playas,
el agua también llueve lejos de las olas
mojando la brisa que abraza la arena,
el cielo, los árboles y las rocas.
Entonces nadie quiere ser isla.
La mayoría prefieren ser casa
que no es lo mismo en todas partes,
ni siempre cobija.

Pero yo, allí, en medio de la tormenta,
de la nada que nada espera
me quedo quieta,
siendo ese sueño donde muchos se camuflan
como iguanas de la vida.
Y soy tronco,
soy hierba,
soy tierra,
soy piedra.
Soy gota que ahoga,
que riega,
que baña,
que limpia.
Soy mar.
Soy isla.

Abandonada, rodeada y ansiada.
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Se me coló la bruma

No se por que costado se me coló la bruma.
En un movimiento falso.
Se introdujo en mis costillas.
Ahí duerme, con toda su penumbra.
Despierta,
a ese llanto constante
de aquella niña fuerte
que, de repente,
ya no fue niña,
ni fuerte.
Ahí anda, buscando la salida.
Mientras tanto,
el viento frío,
penetra.
Humedad sin alivio,
no deja salir al invierno.
Sopla y corre a sus anchas.
Entre nervios
—sin acero—
músculos
y células.
De abajo hacia arriba,
viceversa y vuelta.
Sin tiento.
Arrasa.
Sentimiento.
Para cuando mi corazón quiso darse cuenta,
ya no encontró norte al que asirse.
Triste.
¡Fue de repente!
El gesto se me quedó puesto.
A veces, se disfraza de risa,
o de vino.
Vino.
Sí,
se coló,
arrasó
y ahora no quiere erguirse.

Quizá,
mañana
pruebe a asomarme.
Quizá,
hasta
me de por abrir
una ventana
y dejar
que salga.
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A Lucy

No aspiro
a salir fotografiado
en diarios poderosos;
no aspiro al poder y la gloria;
me han defraudado los
que pretendiendo esconder
su angustia existencial
prometen y nada cumplen.

Se me va lo mejor de mi vida
y tú eres mi mundo ahora;
si tú me fallas
circulará la sangre y todo
será un esperar
la tierra que me cubra.

Necesito tu pelo largo
color de trigo dorado
y tu cara blanca
y aún las ojeras
que señalan
que también
te ha marcado la vida.

Yo que miro tu cuerpo menudo
y sé lo que has sufrido
me elevo al contemplarte
y ver como tu dignidad
se mantiene sin mancha.

¡Oh, pequeña y gran mujer
los que pudieran
cambiar el mundo
no lo harán! y por eso
que mañana ni de ti ni de mí
no diga nadie nada;
pues si mañana el mundo
con los falsos se desploma
yo hoy solo quiero decirte:...
¡Lucy!
y que tú me digas:...¡Hola!

Octubre, 1995

Poema de Marco Antonio Morales Orellana
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Agonía

No te quise, solo fingí quererte ¿Como iba a ser tan mediocre como para idolatrar esos ojos almibarados? Repito, te quise solo un poco. Tras tu partida soy un harapo esperando el advenimiento del mesías, bien lo dicen las sagradas escrituras:Una vez llegado el juicio final tendrá lugar la salvación ¿Qué mayor señal de un inminente apocalipsis que esta nostalgia ponzoñosa, que esta viudez infundada? Las gráciles mariposas que revoloteaban en mi abdomen cuando era un poseso de tus pasos, se han reducido a necrófagos gusanos que beben de la putrefacción de mi inexistencia. Liban la carroña de este andrajo melancólico. Es indiferente todo esto, como ya mencioné: Solo te quise bastante.

Me hallo en una perenne mendicidad emocional. Sin ti, desamparado, soy un floricultor en el infierno, un miserable elemento (mal)gastando oxígeno. El yugo del pretérito me ha amortajado. Mis venas son las raíces de un jaramago que ha proliferado en esta ruina del mañana,en este cadáver errante,en esta necrópolis del porvenir. Por mi boca se asoman los retoños de un muérdago que ha escalado entre tanta desolación... Solo te amé un poco.

Ya no escucho crepitar tu cuerpo derramado sobre el mío, y lo que es peor, no sé cuántas horas de autonomía le quedan a este maltrecho miocardio. El jilguero de mi ventana ha emigrado al exterior en procura de oídos sanos. Ha sido sustituido por sirenas pregoneras de la muerte, de canto horrísono y de risa demoníaca y enfermiza. Más que cantar emiten quejidos para estar en consonancia con el horror de mi claustrofobia existencial.

Despreocúpate, todos estos hechos son corrientes. Como dije al principio : Te amé con todo mi ser y ahora finjo olvidarte.
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El otro lado del espejo

Fueron dunas y manos a mi espalda.
Escondo el papel en los cajones
que se abre con la llave invisible
hecha de verdad y miedo.
Es extraño el paraíso
cuando no crees en él.
Yo no tengo un atajo que me lleve
allí donde revives tus momentos
de enamorado.
En mi desgarradura existencial,
las emociones ya no saben vivir solas;
se ahogan en cada mal paso que doy
sin un destino real,
sin nada más que una muerte en ciernes
por ese beso que jamás... por ese beso.

El juramento se hizo expreso,
pero mi firma ha perdido su encanto inicial
y ahora es sólo un borrón de lo que fue mi pensamiento.
No creo que vuelva a aprender a querer
si he roto el amor a mordiscos de soledad
cada noche de aturdimiento.

Yo soy el otro lado del espejo,
donde el vuelo no tiene fecha de caducidad,
pero sí sentencia de muerte.
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4comentarios 87 lecturas versolibre karma: 72

Cuento del poeta

Había decidido dar un paseo luego de una tarde dedicada a una minuciosa lectura de El árbol que se derrumba, poemario de Macedonio Fernández. Las obras que conforman el citado libro tienen el honor de estar emparentadas por el pesimismo y el existencialismo. La conjunción de esos dos elementos me inquietan hasta el punto de que mis ideas no pueden librarse —por más empeño que ponga en ello— de la férula de una angustia incesante. Así, los días vividos me resultan nimiedades sin sentido alguno que las ampare; y los por vivir, el repetir de una sucesión que sólo tendrá fin con mi muerte.
Buscaba distraerme de la melancolía. Me subí a un tren convulso pero no claustrofóbico como el subte, y ambos me condujeron a la avenida Corrientes. Era de noche cuando había llegado. Conozco el sosiego, el silencio, las casas bajas, las sombras de los árboles espesos, tanto como para percibir el contraste de este Buenos Aires de torsos presurosos, de ruidos y asfalto infinitos. No vi la claridad sonrosada estrecharse entre los techos bajos ni oí el gorjeo de las aves. En el horizonte flotaban, intranquilos, innúmeros asteriscos luminosos como estrellas. Las únicas sombras eran las siluetas que recortaban el resplandor de las parpadeantes luces blancas, rojas, amarillas, verdes, azules (desperdigada iridiscencia). He mentido entonces, la noche no era tal.
Recorrí a pie, con paciencia, cada una de las librerías de viejo que hay en Corrientes, aquella legua libresca como Macedonio ha llamado a la avenida en algún alejandrino. De todas, una cercana al Obelisco es la que me ha retenido por más tiempo. No es casual que haya sido una librería acorde a mis preferencias —a medio alumbrar, de colores adormecidos y estrecha como las veredas de Buenos Aires. Pregunté por los libros de poesía y me señalaron un rincón oscuro, polvoriento, una hilera de pocos ejemplares a la altura de las rodillas. Relegados, expectantes de nuestra curiosidad, esos libros de poemas eran la viva imagen de sus autores, los poetas relegados, expectantes de nuestra curiosidad... Si fuese uno haría versos aquella imagen triste que sería también la imagen de mí mismo.

—¿Macedonio Fernández? —pienso en voz alta.

—En unos minutos llega. Siempre viene al mismo horario —me responde el empleado.

Hacía referencia a sus libros, no a su persona. Sin embargo mi interés en conocer a Macedonio, autor de alejandrinos, era sincero.

—El joven ha preguntado por usted —le dicen a Fernández cuando llegó a los pocos minutos.

Noté perplejidad en su mirada cuando me la dirigió. Era bajo y lo bastante ancho como para que sus caderas entrechoquen con torpes movimientos sobre los anaqueles de ajada madera. Tenía una frondosa barba entrecana como su cabello desprolijo, gafas gruesas y vestía un viejo sobretodo. Me saludó con un fuerte apretón de manos. No hablaba por timidez. Su evidente incomodidad era contagiosa y yo también hacía silencio. Lo invité a una cafetería para charlar un rato. Accedió, pero no sé si por temor a la descortesía o a unas sinceras ganas de conocer a un admirador suyo.
Nos sentamos. Macedonio no me miraba, pero yo sí a él. Vi las grietas de un lunar en una de sus mejillas. Vi cómo el perfil de su rostro se partía por la refracción de los cristales. Vi cómo su trabajosa respiración hacía que su cuerpo subiera y bajara, y cómo sus gafas centelleaban. Nada tenía que ver su nombre de gentilicio con el lejano país de los Balcanes. Ni era el otro Macedonio Fernández, también poeta, que algunos conocemos. Sólo compartían nombre, oficio, nacionalidad y destino: la muerte y el inexorable olvido.
Continuaba callado. Otra vez fui yo el que intentó iniciar una conversación.

—Macedonio, hoy terminé de leer su primer libro. Yo jamás podría escribir como usted. Me sorprende que haya tenido mi edad al componer esos versos de semejante calidad. ¿Sabía que Julio César lloró al cumplir los 32 años? El motivo fue que en ese lapso de vida no llegó a igualar o superar en hazañas a su ídolo Alejandro Magno, muerto a esa edad. O eso dicen...

Con imprudencia y orgullo del que hoy me avergüenzo quise demostrarle a uno de mis ídolos que no era cualquier ignorante con el que se encontraba dialogando en esa bulliciosa cafetería. Creí que de esa manera llegaría a considerar que su tiempo no estaba siendo desperdiciado por un desconocido y que la charla no caería en la monotonía de la adulación. Su respuesta me decepcionó hondamente.

—Perdón, ¿quién es Julio César?

—César... el dictador romano... —le respondo sorprendido.

—No sé quiénes son ese tal César y ese tal Alejandro Magno, estimado.

Volví a mi hogar con más pesadumbre con la que salí (en este aspecto Macedonio era tan angustiante como su obra). ¿Cómo era posible que aquel erudito no supiera de cuestiones de bachillerato? Cavilando con la sien en la almohada llegué a una reconfortante conclusión: no era ignorante sino irónico en extremo. Mi notoria inmodestia fue el causante de su comportamiento burlesco. "Así de soberbio has sido, como yo de inculto", parecía decirme. Había sido humillado por un genio, algo que arranca más sonrisas que rencores. Pero todo fue producto de mi imaginación. Los encuentros ascendieron en número y continuaba con su aparente actuación de idiota. Al final resultó serlo. Nada sabía de métrica ni de poesía en general. Sus escasas disertaciones eran breves y sus tópicos se limitaban superficialmente a cuestiones triviales como la amargura del café, las bajas temperaturas de junio y la humedad que le adolecían las articulaciones. Por momentos me sentí furioso al pensar que el empleado de la librería se había librado de la presencia de un farsante, un loco que creía ser alguno de los dos Macedonio Fernández sólo por leer su nombre en alguna portada y que molestaba a los demás con ello, espantando a la clientela.
Me dirigí decidido a nuestro próximo encuentro. Deseaba expresarle con franqueza lo que creía de él. Me senté en la mesa de siempre y esperé a Macedonio mientras me sumergía en la lectura de Los bohemios del marqués de Pelleport. Un mozo de resplandeciente calva se me acerca con un libro delgado.

—El señor Fernández me ha pedido que le haga entrega de esto. ¿Desea beber o comer algo?

—No, gracias —dije extrañado sin darme cuenta de que tardé en responder y me encontraba hablando solo.

Se trataba de El miserable, otro poemario suyo que venía buscando hace años y que de forma unánime recibía descatalogado como respuesta. En la página de cortesía estaba impresa su firma que coincidía con la del pedacito de papel que contenía una dedicatoria:

Para mi buen amigo Segal, con afecto de parte alguien que lo estima más de lo que cree. Perdón por defraudarlo.

Macedonio.


El reverso mostraba un número de teléfono.
Me había equivocado groseramente. Era el mismo autor de libros excelsos como los dos ya mencionados y de microcuentos como El hastío de Efraín ("El suspiro, el quejido del sillón y el sol muriente que se cuela en la casa son cosas de todos los días para Efraín. Y hoy tuvo la sensación de recordar que ya había vivido todo eso. Y recordó que ya había recordado lo mismo en otra ocasión. Pensó que estaba viviendo lo vivido, reviviendo lo revivido, y se resignó a morir como en la otra muerte, hastiado de vivir.")
Llamé a Macedonio desde una cabina. Me rogó de manera agitada que me dirija a su hogar, a pocas cuadras de la cafetería, de la librería de viejo, del Obelisco y de las luces infatigables. Cuando llegué, agitado yo también, era demasiado tarde: encontré a Macedonio, con el torso desnudo y boca arriba, con la mirada inexpresiva. Me recordó a Efraín y lloré a ambos. Sobre la mesa se hallaba un cuaderno y en una de sus hojas se leía Despedida; debajo del título, uno de los más hermosos poemas jamás compuestos. La luctuosa experiencia me reveló que Macedonio no era persona sino versos. Cuanto mejores, menos era él. Era cada saber de sus poemas, cada estrofa, cada rima, cada metáfora, cada pausa, cada melodía que endulzaba los oídos e insuflaba de vida, a costa de la suya, a la belleza más bella de todas que es la literatura.
Es hasta el día de hoy, luego de años, que todavía descreen de esta versión de los hechos sólo por no haberme tomado la molestia de citar de memoria alguno de los versos de Macedonio Fernández.
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Lo que no pretendo ser

Quisiera ser galaxia.
No un ancla en las profundidades
donde el mundo emerge surrealista,
flotando en trozos de acero, moléculas,
nervios del pasado atados a la turbación,
ancestrales amores tallados en guerra
y el supremo don de la anarquía existencial.
Es lo que no pretendo ser
una mancha solar en la nieve
que derrite la fortaleza de sostener la muerte.

Bajo mis pies queda mi identidad,
la historia de mi vulnerabilidad,
la biografía de mis tormentos,
el dedo que señala mi frente.
Camino entre los muertos,
escuchan y crucifican,
por momentos se detiene la consciencia,
debate sobre el derecho del error.
Resumen mis días, cigarrillos espesos
y un ave sonámbula,
de nuevo el peso del ancla en mis pensamientos
confinan a la bastilla de la repetición.
La galaxia me busca en cada eclipse.

Yaneth Hernández
Venezuela.
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