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El último secreto

Basta con abrir el cajón de tus recuerdos
para darte cuenta del desorden
que ocasiona tú pasado en una culpa
que se apega para bien morir.

Yo no seré uno más de tu colección de culpas,
vives como si solo estuviéramos aquí
para consumirlo todo
hasta dejar simplemente de existir.

La familia para ti siempre fue un teatro de sombras
verdades y mentiras
relatos de una infancia carbonizada
por unas cuantas imágenes que no se olvidan.

Tal vez necesitarás millones de años
para convencerte que ese enojo
te llevará a convertirte
en eso que tanto te molesta.

¿Yo quién soy para juzgarte?
nunca seremos pensamientos exentos
ante la mirada inquisidora de aquel que quiere
aprovecharse de tu locura.

Nada me cuesta amanecer honrando a la vida
he visto cómo el cáncer llega con el crepúsculo
de los asuntos pendientes
que solo hacen amanecer en las tinieblas.

Solo me preocupo por vivir y dejarte vivir
maltratando a nuestros miedos
hasta conseguir envenenarlos
con la esperanza suficiente para poder partir.

El milagro de la vida amanece
sin la oscuridad de una noche
que se siente cómoda en las tinieblas
ahí es donde entro con un salvavidas que no sé usar.

Nadie me entreno para soportar
el terrorismo de tu mirada
que renuncia a seguir luchando
porque restas a todos chantajeando voluntades.

Yo sobreviví a los mismísimos dolores
que te corrompen sin ninguna prisa aparente
yo te enseñaré calladamente
que el último secreto es amar para vivir.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
17/11/2018.
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Del barro

No espero nada de tu letrina
allí no caben rosas, ni encinas,
en el foso de la ignorancia
se muere el futuro de la infancia.
Solo los gusanos saben el final
de esta fábula mal escrita,
en tu lengua todo está mal
y mi palabra, maldita.
Mátame mil veces
mil veces volveré de las cenizas,
esculpiré mi nombre en tu cara
y en mi osamenta una sonrisa.
No hay derrotas en mi carne
creció en el barro mi esperanza,
de la nada vengo, me basta mi sangre
y un poco de felicidad me alcanza.
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4comentarios 76 lecturas prosapoetica karma: 89

Cuando era niño

Estás líneas las escribieron a medias
entre las entrañas
y la paz de mis muertos que yacen bajo el musgo.

De donde yo provengo,
de donde yo fui,
de cuando yo era un niño
–poco después que ahora-
había un cementerio y jugábamos al escondite.
Hoy
cerca de aquella infancia hay una iglesia
que rinde obediencia
a una divinidad de plástico.

Siempre
–cuando era niño–
poco después que ahora,
hubo un sendero fecundado de incógnitas
con sus meandros cultivados de silencios
y mi desconocimiento.
Después,
llegaba la primavera
y florecían
los espinos con sus agujas
y dejaba de ser yo.

Canet
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Ojos que llegan al alma

Estos ojos desnudos del falso manto de la vanidad se pierden entremezclándose con la perfección de tu salvaje y suave desnudez. Gotas de frio sudor recorren mi espalda al rozar tu delicada piel cubierta por la radiante luz de las divinidades antiguas, mientras tiemblo en silencio regresando a mi más tierna infancia. Tu sinuoso cuerpo, coronado por finos cabellos de elegante belleza, repica al contonearse con cada paso, como si todo el universo se precipitara al compás de tus esculpidas caderas. Pero eso no es todo. Tu inteligencia te hace más y más hermosa con cada palabra salida de tus sensuales labios, tu amor por los demás, tu facilidad para despertar una sonrisa hasta al moribundo, y la sensación de vacío al contemplar tu ausencia. Y tú te preguntarás que cómo descubrí todo esto, y yo te responderé, que todo fue al darme cuenta, que tus ojos hacían juego con mi alma.
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Locura fulminante

Las continuas voces en mi cabeza,
las sombras a mi alrededor,
esas figuras permanentes
que acabaron con mi infancia
y perturbaron mi imaginación
Todas esas formas se esfumaron
con el simple sonido del gatillo
que mi corazón apretó
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11comentarios 115 lecturas versolibre karma: 86

Estragos del tiempo

Paseo por las calles de mi barrio y aún me resulta raro no ver aquel kiosko que presenció mis pataletas y llantos.
En frente, ya no está ese humilde mercado por el que daba vueltas corriendo para sentir la velocidad y sus obstáculos.
Sigo caminando y veo que todo ha cambiado.
El parque de mi infancia ha sido sustituido por uno prefabricado.
Dicen que así duelen menos las caídas, pero qué es un niño sin sus heridas.
Les han quitado la oportunidad de hacer castillos de arena y de trepar por los árboles como si fuesen animales.
Continúo mi trayecto por la calle comercial.
Casi no quedan tiendas de reparaciones, y las que hay ya tienen colgado el cartel de liquidación por falta de prestaciones.
Lo que sobra es basura en las calles en una sociedad de usar y tirar, en una sociedad tristemente material.
Mi antiguo colegio no sé si seguirá en las mismas, pero me alegraría que ya no fuera tan tradicionalista.
Solo sé que exteriormente han privado de la luz del sol a los niños techando el patio con la excusa del mal tiempo.
No saben que para un niño bailar bajo la lluvia puede ser una gran y divertida aventura.
He aquí cuando mi vuelta finaliza y me subo al metro.
No soy capaz de asimilar que no haya niños jugando en la calle porque están con la tablet.
La melancolía me atrapa porque aunque mi infancia no haya sido la mejor siempre hay algún buen recuerdo, alguna agradable sensación.
Así que me siento, me pongo los cascos y espero a la próxima estación.
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Capítulos

Bajo un sol tibio del medio día
las ramas señalaban las páginas de las hojas,
en el suelo estaba su lectura,
los pasos de los capítulos del tiempo,
los remolinos de los niños jugando con la infancia,
la vida en un banco con sus soledades
cerraba los ojos,
se dejaba calentar por los rayos del olvido
entre el silencio de la lluvia,
ni una nube de memoria agazapada entre los tejados,
sólo la luz, como un gato arañando la verdad.
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4comentarios 61 lecturas versolibre karma: 72

Una guerra igual a todas

La noche daba inicio a una tregua, obsequiando a los exhaustos soldados con un descanso insuficiente que no repararía sus afligidas almas. Llevaban meses siendo testigos del más cruel horror, enmascarado por la más radical de las doctrinas y las luchas de pérfidos políticos que codiciaban su porción del pastel en el que se había convertido la vieja Europa. Todos esperaban la oportunidad de dar el golpe mortal, mientras padres, hijos, maridos, amantes, amigos de la infancia, o simplemente un desconocido, caen en el barro del campo de batalla, dejando allí su cuerpo inerte, carente de vida, vacio de toda esperanza.
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Un vivac bajo la cama

Tengo miedo de que la rabia
monte un vivac
bajo mi cama.

Tengo miedo
de que las palabras desaparezcan
y se ensanchen los músculos.

Tengo miedo que los objetivos
no se avisten en el horizonte
y se larguen en pantalones nuevos.

Al rozar la meta te relajas
y cuando levantas la cabeza
ves que se ha trasladado
cien kilómetros más allá.

Tengo miedo
que la infancia de mis hijos
se desvanezca.

Tengo miedo
de convertirme en una pieza del ajedrez
de los que de todo tienen
y duermen bien.

Había una vez tres cerditos
que mejor o peor
diseñaron una vida,
con lo que no contaban
es que la manada de lobos
crecía y crecía
y sin hacer nada
su boceto engullían.

Tengo miedo del miedo,
ya el cemento está por las rodillas,
y sí, somos un punto más,
un número más,
protagonistas amordazados
en este film de terror.
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Soneto. El ciclo de la vida

Un periplo sin retorno es la vida.
La infancia, que es herética y errática,
que es caótica y, a la vez, empática
deja huellas de inocencia perdida.
La adolescencia, en hormonas tullida,
edén de alma pictórica y erótica.

¡ Oh juventud erudita y hedónica
que es un regalo de la vida en vida !.

Madurez y senectud que emborracha
de experiencia al alma y rejuvenece
en placeres de volcán y lava.

El ciclo de la vida se despacha
en el solsticio de un sol {0x1f31e} - que se crece-
... y es la música {0x1f3b5} {0x1f3b5} {0x1f3b5} que nunca se acaba.
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Lo que nunca sucedió

Un cabello de luna sobre el tejado,
pudiera ser la lluvia, tal vez nada.
La ciudad reflejada en un pasado,
igual son los años caminando por los charcos.
Te paras y contemplas lo que nunca sucedió,
los arrabales con sus luces mortecinas
te recuerdan a la infancia,
un hambre de chocolate y sed de agua,
ahora viento de soledades y piel mojada.
Antes de ahora, en ese nunca... una gota en el cuello,
¿la primera palabrota? un joder, tal vez…
no recuerdas la primera pedrada al diccionario.
Te escuchas entre los murmullos de la noche,
quién te ha inventado así, quién eres,
un perfume de hojas de plátano y sal,
hueles a la quietud de quien no huye.
No sucedió nunca, repites en tu interior,
ves pasar paraguas, vehículos, tiempo,
luces, colores, palabras, sentidos
y sabes que estás solo.
Observas un cabello de luna sobre el tejado,
pudiera ser la lluvia, tal vez nada.
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Olor a mamá

Flagrancias que traen recuerdos evocando sentimientos, hurgan en el baúl de la mente trayendo imágenes, sobre nuestros pasos por el tiempo.

Olores
Entrometiéndose sin permiso entre las fosas nasales.

Especias que envuelven el olfato y el paladar.

Sazones que nunca se olvidan.

Efluvio de historia que aromatizan las memorias, los pensamientos. Pasado, presente entrelazados en aliños.

Sapidez que juegan con los sentidos del Homo sapiens.

Condimentos que obsequian sabor, color y aroma; Realza y reafirma aquellos sentires de adultos, de niños.

Elementos terrenales, obsequios de la madre naturaleza que nunca faltan en la alacena de un hogar.

Aderezo
Fragancia imposible de olvidar que deja su huella impregnada, perfumando el andar de los pasos del hombre por la vida.

Olores y sabores que evoca lo bueno y malo, aquellos que describimos como algo etéreo, rancio, aireado, putrefacto, mohoso, viciado, floral, cítrico, fresco, tenue, ligero, acre, terroso.

Olores a humanidad.

¿Quién no se a dejado llevar por algún olor en particular?

¿Quién no a sentido nostalgia y ganas de llorar por algún sabor en especial?

Aromas y sabores que se pasean entre el olfato y el gusto emanando recuerdos de infancia, recuerdos de adultos.

Imágenes que se asoman invitándonos a degustar los sabores del hogar, los recuerdos perdidos.

Nostalgia a la patria, nostalgia por nuestros seres queridos.

Esencias, fragancia, olor a familia.

Aroma que todos buscamos no olvidar que nos recuerda nuestras cultura, nuestras raíces.

Sabores de recuerdos que destilan sentimientos, cariños.

Olores de abuelos, aroma suave de niño, fragancia hijos, esencia de hermanos, perfume de amigos.

Hay olores entrañables que nunca serán olvidos y que el olfato lo percibe con los cinco sentidos.

Ese olor al que llamamos madre, aquella fragancia maternal que todos buscamos encontrar aun siendo ancianos.

Olor a mamá.
El primer aroma que percibimos.

A ese aroma yo le escribo entre las especias de mi hogar con el despertar de la alborada, fragancia que invade mi morada con un rostro de mujer.

Saludo el amanecer y al rocío con un café y con ese aroma traigo a mi presente la imagen de mi madre.

Cuando caliento el budare para hacer las arepas y la fragancia a cilantro inunda la cocina de mi casa llega el vaho de recuerdos de infancia.

El olor a caldo de papas, dibuja ante mí su silueta una imagen celestial.

Hay tantas fragancias que me hace recordarla.

El orégano, el tomillo, el romero, la albaca, el céleri, la yerba buena
Todos me huelen a ella.

Añoro su presencia, su aroma, su café por las mañanas.

Añoro el corredor de la vieja casa, el verde de sus plantas que adornan el pasillo.

Extraño el solar y aquel olor a tierra mojada mezclado con la fragancia del árbol de guayabo, el de mango y el de lechosa, combinados con el aroma prestado de los cítrico de los árboles de los vecinos, limón y naranja.

Llega a mi olfato olor a sofrito. Cebollín, ajo porro, ají dulce a ajo.

Huele a guiso a estofado, huele a pastel recién horneado.

Mi olfato percibe entre aire de nostalgia los alimentos hechos por sus manos.

Hoy amaneció el día en esta ciudad de concreto la gran caracas, con un sin fin de aromas flotando y todos esos aroma me la recuerdan a ella, a mi madre.

Una mescla de fragancia que inunda y recorren los pasillos del viejo Candoral.

Orégano, tomillo, albaca, eneldo, mostaza, clavitos, vainilla, hinojo, nuez moscada, canela, cacao, anís, café.

Olor a caldo de papa, aroma de leche con papelón.Traen a mi madre a mi presente a las puertas de mi lar.

Hoy todos esos aromas me hacen recordarla, añorarla, extrañarla, pensarla, quererla.

Hoy el ambiente destila olores de infancia que me trasportan a mi niñez a los días entrañables de protección y ternura.

Olor a regazo materno.

Hoy el día tiene aroma de madre
Hoy el día me huele a ti.

Autor: Andrea Farias
Caracas - Venezuela
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Tengo

Las manos gastadas de tiempo
- sus líneas cuentan mi vida -
añosas / resecas / tristes
ellas hablan de infancia feliz
- piedra, papel y tijera -
blancas / delgadas / rápidas
me recuerdan al abuelo.

La sabiduría esperando entre dedos
- su piel rendida a las batallas -
firmes / heridas / incólumes
crujiendo nudillos en desesperanza
- la tersura me recuerda insolente -
duras / lentas / torpes
su momento de luz apagándose.

La juventud se llevó todo al abismo
- esa flexibilidad exacta -
fuertes / sensibles / precisas
sin prevenir su necesidad ulterior
- esa resignación pesada -
diestras / cautas / reservadas
hoy el poema habla por ellas.
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La página del viento

La página del viento,
te recuestas en una palabra, digamos por ejemplo quietud,
corriente de soles rojos, calles desnudas en el vientre,
sueños despojados, silencios de luna pálida.
Hablan los niños de la muerte y sonríen,
callan los viejos la sonrisa y son infancia,
tu vestido, cómo modela la situación de las formas,
es una forma de huir, de dibujar una estancia en un espacio,
de callarse o de gritar
¿Es la vigilia de la imaginación?
El hogar que nunca tuve, la ceniza de las ambigüedades.
Duerme, me digo, duerme, no hagas caso de nada, duerme,
ya no sabes quién eres, ya no te importa,
sólo eres una página más, alguien que sirve y bebe
alguien que silencia y grita, alguien que es madera y llama,
que es fuego y es agua y tierra, barro, lejano a la quietud,
una hoja más del viento, la última hoja de un otoño
que nunca existió.
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Escapando

Recuerdo que mi primer juguete fue un perro de peluche, el perro Juan.
Nuestro primer juego fue escondernos en el armario de mi madre
y también esperar el momento adecuado para escaparnos a la calle.
Juan y yo preparábamos el equipaje y acomodábamos dos almohadas de la cama grande como si fuesen los asientos de un vagón .
Y nos sentábamos, cada uno mirando por la ventana.
Juan no llevaba maleta, ni mochila siquiera, sólo su lanudo jersey rojo.
Yo llevaba un baúl de madera muy pesado. Quizá el mismo que mi madre utilizó en su viaje hacia Madrid.
En su interior había una chaqueta vieja, las ceras para colorear, un par de cuentos, una navaja y mi inseparable linterna.
Fugarme de casa fue uno de mis juegos preferidos.
Se trataba de una llamada para viajar.
Con la gran mudanza a los once años, y la tendencia de mi madre por deshacerse de todo,
perdí de vista a Juan, el pesado baúl y aquel armario.
Pero mantengo intactas las ganas de seguir ocultándome…
de continuar escapando.

Canet
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Dilema

Qué no sea pregunta el silencio,
quédate así, solitaria, desnudez,
como leyendo el último poema.
El claro de luna sobre tu cabello
caricia y desorden.
Sé que puedo destruir lo que no toco,
enredarme en tu nuca y no seguir leyendo tu cuello
o esconder los besos en la espalda,
pero entonces un corazón no sería frontera de la vida
y observo las sombras de tu pecho,
como queriendo comprender la existencia de la infancia,
el esconderme en los años, el inventarme en ti,
como las palabras que me quedan en el refugio de la muerte.
¿Sé morir? ¿Sabré?
Callo lo admisible, hay demoras que nunca justifican nada,
es un dilema absurdo, sólo estamos nosotros,
el sexo y la vanidad, un libro cerrado y no aprendido.
¿Puedo amarte? Y yo, no lo digo, lo dice el tiempo,
huelo tu vientre, me apoyo en el y te pregunto si puedo dormir,
que estoy cansado y noto tu sonrisa,
mis manos entre tus piernas como una almohada infinita
y no puedo elegir ser yo, ni te puedo elegir a ti.
Tal vez sea ese claro de luna que se clava en ti,
que te traspasa, que me traspasa,
tal vez sea ese último beso que se opone a la inteligencia,
el último cazador de palabras en el dilema del deseo.
No me preguntes, por favor, sólo déjame dormir e tu vientre.
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El relámpago de nuestra amistad

Era vida, andar por la calle sin vociferar en las dudas de llegar a casa y no saber si te siguen queriendo como la mañana anterior, porque no era necesario estar en casa, en la plaza, en cualquier avenida o aún así si te encuentras perdido, podía cerrar los ojos sin temer a su ausencia al abrirlos y correr como si el viento me llevase; como si nadie fuera detrás de mí, pero confiando en que él seguía cada uno de mis pasos. Desde la infancia he sabido que no fluyen en mi muchas palabras, al menos no es mi voz la que explote en sonidos de increíbles historias que todos gustan oír, más sin embargo él se sentaba a escuchar mi silencio y cuando menos lo imaginaba, sin darnos cuenta estábamos inundados de tormentas y relámpagos que arrastraban nuestras vidas, nuestros sueños y aquello de lo que odiábamos el tan solo hecho de recordar, lo coloreábamos de experiencias, unidos en una sola melodía… Sonrisas. Risas, tantas que recuerdo mi mirada borrosa, llenas de lágrimas y aquel dolor en un costado del estómago que solo te advertía no poder parar de reír, y era cierto, yo no soy de muchas palabras, pero él si era de quienes te invadían el alma, y cuando te das cuenta estás hablando de aquella cicatriz que llevas en la rodilla, o aquel tatuaje que prometiste hacer en su nombre, terminas contándole todo aquello que te carcome el espíritu, aún cuando el ni siquiera te ha pedido una sola palabra. El podía hacer eso y mucho más. ¡Vaya! ¡Si que lo quería! Su amistad ha sido tan grande, que “amistad” se quedaba corto, él era parte de mí, de mi familia, de lo que era y lo que quería ser. Pero ¿Quién era yo para saber o adivinar lo que significaba para él? Nadie, simplemente nadie. Y así como acostumbra la gente, se fue, ya no estaba esperando mi llamado en cualquier lugar, ya no me exigía que le avisara en donde me encontraba, ya no se preocupaba, ya no me buscaba, ya no habían lágrimas por consecuencia de risas, sino, lágrimas de ausencia, ahora sí reinaba el silencio; ese que duele, sollozos por quien se va así como cuando no quieren que te des cuenta, tan lento como el atardecer que nos hace ignorar en que momento llegó la noche, pero querido amigo, tratabas con alguien a quien no le importaría contar estrellas, y más aún a quien sí le importabas. Podías irte lo más lento que quisieras, pero dime ¿Cómo no darme cuenta que tu lugar estaba vacío? O quizá era mi corazón. Pero es que ¡Qué maldita costumbre la mía de aferrarme a estas cosas!

Pero era la vida, y lo sigue siendo, quien le abre la puerta a quienes no me apetece, y una vez adentro les abre todas las ventanas por donde puedan escapar. Eso hace, en el momento en que sabe que ya estas marcado, que no podrás olvidar. Continúas, porque en algún lugar eso fue lo que él hizo, continuar… Solo, que olvidó llevarme.
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Septiembre

Septiembre…
Aunque el calor aún aprieta, ya amarillean y aflojan las primeras hojas en las ramas de los parques.
Estiramos la sonrisa del verano un poco más, con los recuerdos aún frescos y yodados de ese paseo por la playa,
con la sensación húmeda e irregular de la arena todavía vigente en las plantas de los pies,
y el eco flotante de las risas de niños y sus juegos,
que nos invitaron a volver por un breve lapso a la infancia, con el rastrillo en la mano y el culete encharcado en la orilla .

Septiembre…
Con la piel bronceada y dispuesta a dar de sí lo que le quede de contraste bajo las telas blancas, amarillas, verdes, anaranjadas…
La sonrisa de septiembre es diferente,
enmarcada por esa tez brillante y caduca traída como souvenir playero,
y la mirada tiene su mayor fulgor devolviendo la belleza de los paisajes vistos
y archivando los colores de las puestas de sol en cada sección de nuestro iris .

Septiembre…
El amor también se alarga en septiembre.
La pasión y la dedicación mutua del verano se resisten a desvanecer de nuevo en la rutina de cada día.
Los cuerpos son más bellos en septiembre, la piel más suave, las sensaciones más intensas…
Si cada mes fuese septiembre, el amor sería un continuo y placentero ocaso de veranos .

Septiembre…
Es el noveno mes, el del alumbramiento, el de vuestro renacer a un nuevo ciclo,
habiendo madurado las sensaciones y atesorado los recuerdos del verano, reciclándolos,
como fuente natural de aprovisionamiento de energía por si nos flaquean las fuerzas más adelante.

Canet 2009
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Vivencias de un atardecer..

Hoy como cada dia buscaba
escribirle a la soledad, al silencio,
pero creo va siendo hora de
guardarlos en un cajón bajo llave,
y con la esperanza de perderla
tras un fallo en la memoria.

Entonces hoy ocurrio algo distinto
me dirijia como siempre a casa
y al pasar cerca de un parque
tome por un momento respiro
en una banca,
de pronto encontré a tantos niños
sonreír con tanta expontaneidad
que recorde lo hermosa que era
la vida y cuantas veces dije
a otras personas "sonrie", pues
ultimamente mis sueños se escaparon
de mis manos, dejando rastros
de aquellos dias felices.

Sacudi la cabeza y me pregunte
de verdad quieres continuar asi?
transcurridos unos segundo, salte
de la banca y comence a mojarme
entre la lluvia a saltar en los charcos
y magicamente, comence a reír ,
se que muchos me vieron con asombro
Ja!! pero no importa, al final
senti de nuevo el alma llena de
felicidad como en aquellos lejanos
dias de la infancia.

Entonces tome una decisión dejar
las preocupaciones y tomar la vida
con sencillez, mirando siempre él porvenir de una vida plena,
pero sobre todo "Sonreír"...

Autor : Tiarē
@LatidoEscrito
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Nota autobiográfica

Nací en una ciudad amurallada
donde el mar no se ve

ni se oye.

Abrí los ojos en una casa
flanqueada por la Catedral
el murmullo de las tabernas
y el perfume de las putas.

Aprendí a andar
entre las prisas de la heroína
las beatas y el hachís,

arrullado por el olor del aguardiente
que afinaba las gargantas de los hombres
a la hora de la siesta.

Y pude escuchar el mar,

en la garganta de mi abuelo
al susurrar una Habanera
cuando me daba por llorar.
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