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Tiernamente...

Tiernamente la vida parpadea
y nos trae, con el alba, su mirada,
ese tibio candor, la llamarada,
para el alma que vibra y que desea.

Amanece también otra marea
con rubor de resaca maltratada,
es el mar de la vida en su llegada
el que llega hasta el hombre en su pelea.

Con las horas la vida continúa,
unas veces de forma cristalina
y en las otras de forma capicúa.

Es por eso que el alma se ilumina,
y que avanza, en el día, en su falúa,
intentando encontrar su medicina.

Rafael Sánchez Ortega ©
15/01/18
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Esencia a la deriva

El tiempo siempre cambia
todas las formas de poder ser libres
confundiendo a las palabras
para nunca encontrar el punto de partida
solo viviendo bajo la sombra de un recuerdo
cautivando a los secretos
para que no encuentren la salida.

La imagen de la esencia
nunca se volvió instantánea
ante la nitidez de los versos,
nunca fue puro el revuelo
para abrumar el vacío en lo que siento
la existencia
nunca pudo contener en un instante el goteo del tiempo.

Nunca seré como esas nubes que vagan a la deriva,
siempre preferí
estar atado al viento en un inmenso cielo
desvaneciendo las espinas que maltratan al cuerpo,
sujetándome fuerte a un oasis de mi pensamiento.

Quisiera poder encontrar a una esencia
que no se marchite al contemplar mis fracasos
que viva de las dichas de un espejismo perplejo,
siempre gana la luz de ese borroso y real espejo.

He fabricado con demasiada alegría
un mar de aventuras escritas,
no me arrepiento de nada
pues he curtido mis historias con un amor verdadero.

La esencia siempre imita a la esencia de otros
trasluciendo verdades
a veces vendidas por un bajo precio
sin tan siquiera obteniendo un simple te quiero
mendigando por unas cuantas miradas
que nunca sabrás si saben lo que es vivir una vida sin invernadero.

Me pesa la inconciencia
que voy borrando a cada momento
con la esencia nítida de lo que hasta ahora
construyó mi cuerpo,
desaprobando mi deserción de los sentidos opuestos.

Mi nombre aprieta el paso
siempre sabiendo que el tiempo no es ciego
se ha llenado muchas esencias marchitas,
solo espero que antes que se interese por tomar de la mía
pueda contemplar consumada mi vida.

Quiero ser esa esencia tan pura
como esa flor que es sostenida
con un puñado de tierra árida y fría
nunca seré como esas nubes
que vagan perdidas a la deriva.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
03/01/2017
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7comentarios 337 lecturas versolibre karma: 119

Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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Verano interminable

Retorcida
entre las horas de la noche
y alentada
por el hastío al estío,
escucha pasar el silencio lento
de los coches,
del neón,
del led incipiente,
de alguna discusión
entre escasos transeúntes,
que nutren de vida
el asfalto aún caliente.

No puede conciliar el sueño
el gato azul de las pesadillas,
ni la ingrata madurez
que aporrea los años
persiguiendo sus talones,
mordiendo con varices
las pantorrillas.

Engalanada de ojeras,
con el cansancio a cuestas
afronta el amanecer,
casi desde su nacimiento.
Sin fuerzas, sin ganas,
desmotivada
por el maltrato
que a diario
la vida le depara,
levanta el cuerpo de la cama,
lo lleva hasta la ducha,
lo inyecta con café cargado,
con buenas intenciones,
lo viste con engaños,
con esperanzas y argucias,
lo tapa con algún trapo
y lo saca reventando
a que enfrente el día.

Mientras,
se enroscan las apariencias,
se disparan las excusas,
se enumeran negativas,
se divisan las mentiras,
la vida sigue, quería decir,
y sube la temperatura
haciendo más insoportable
la levedad del aire,
vulnerable como la sensibilidad
herida
de un amante.

© María José Gómez Fernández
Fotografía ©Juan Marcos Vázquez Vidal
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Las palizas a mi madre

Oí un estruendoso portazo en el pasillo. Era la puerta de entrada que se había cerrado con toda la fuerza del mundo. Todo mi cuerpo se puso en alerta y mi corazón comenzó a bombear sangre como para mantener a un elefante vivo. Las 3 de la madrugada, el despertador iluminaba los tres números rojos formados por diodos electroluminiscentes, 3:17. Me desperté de un sobresalto. No era la primera vez que mi padre hacia su entrada en casa de esta manera. El miedo se apoderó de mí en un microsegundo. Mis oídos abrieron sus compuertas de par en par intentando captar cada sonido. Percibí el chasquido del interruptor. Clip. La ranura debajo de mi puerta se iluminó en color amarillo. Un trompicón aliado a una patada, volcó el paragüero y salieron disparados los paraguas por el pasillo.
-Joder, esta mierda siempre en medio, gritó mi padre con la lengua enredada en el paladar.
Mi madre encendió la luz de su dormitorio y mandó silencio con un siseo imperativo.
-Vas a despertar a los niños. ¡Calla! Por favor, te lo pido.
-Cállate tú. ¡Siempre mandando! ¡Pesada!
-Por favor, no hagas ruido. Ellos no tienen la culpa de nada.
Ahora, las palabras de mi madre se habían tornado suplicantes y cargadas de paciencia. Mi hermana rompió a llorar. La puerta de su habitación daba al pasillo y estaba abierta. A pesar de tener un sueño muy profundo, fue tal la potente voz y la algarabía montada por mi padre que toda la casa pasó en un instante al estado de vigilia. Mamá acompañaba a mi padre allá por donde iba. Abría el frigorífico buscando algo que ni el mismo sabía.
-¿Dónde has escondido las cosas, desgraciada?
-Anda vete a la cama y descansa. Le contestaba mi madre.
-¡Me iré cuando me salga de los cojones! ¡Déjame en paz!
-Antonio, por favor, deja de gritar. Estás llamando la atención de los vecinos. Por favor…

Yo iba con mi hermana y la abrazaba intentando calmarla. Ella no dejaba de llorar y entre sollozos balbuceaba la palabra mamá, una y otra vez. El miedo me tenía paralizado. Sólo quería que pasara el follón cuanto antes y que mi madre no terminara llorando como lo hacía la mayoría de las veces que mi padre venía borracho a casa.
-¡Ala! Dijo mi madre. El vómito de mi padre se vertió de una gran bocanada sobre las baldosas de la pared de la cocina, la mesa, las banquetas y el suelo. Otra arcada más, acompañada de un grito, contribuyó a vomitar de nuevo una mezcla líquida de color marrón un poco amarillento, impregnando todo el ambiente de un olor asqueroso.

Ver así a papá daba mucho miedo. Se convertía en un hombre descontrolado, violento, no tenía cuidado con nada y atemorizaba su sola presencia. Mamá nos protegía como podía y, a veces, vi como le paraba los golpes que seguramente nos hubieran alcanzado a mi hermana y a mí. La casa se convertía en un infierno en el que todos estábamos desprotegidos frente a su ebriedad. Lo difícil era conseguir que se metiera en la cama a dormir. Una vez que lo hacía se quedaba dormido y no se despertaba hasta pasado el mediodía. Durante el resto del día no se hacía ningún comentario entre mis padres, se mascaba una fuerte tensión en el ambiente, intentando ocultarnos a mi hermana y a mí, la gravedad del problema. No me atrevía a salir de mi cuarto por miedo a encontrarme con mi padre o contemplar la cara descompuesta de mamá. Un silencio desolador se paseaba a sus anchas en todas las estancias de la casa. El reloj quedaba paralizado atando con más intensidad el nudo que bloqueaba mi corazón.
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Mi Ángel Especial

He visto a los ángeles cuidar de su rebaño.
Nunca supe el secreto que guardan en sus corazones,
ni el porqué, sus alas nunca descansan,
Ni la epifanía de los reyes magos,
que son seres tan mágicos.
Ni el amor que a los terrenales se nos acaba,
ni sus eternas flores blancas, que nunca se marchitarán,
ellos cuidarán por siempre a las almas y los sueños,
y el de todos sus angelitos.
Siento que muchas veces descuidamos estos placeres de escribir a los ángeles
a quienes admiramos con todo el corazón y nos enamoran con su alma tan brillante,
esa que muchas veces son maltratadas,
y no las ayudamos a salir desde el hastío que a veces se sienten.
Una musa de verdad nos haría enamorar y llenar de sueños de vivencias,
y placeres tan terrenales como necesarios para el hombre común.
Pero he aquí una paradoja para con mi corazón, puedo destruir los mitos del amor para mi ángel,
o simplemente amarla como si fuera un amor de verdad de esos que son tan perfectos,
que fuerzan a que la felicidad dure para toda la vida,
de esos que si me fallara el corazón ella lo cuidaría sin pedir nada a cambio.
¿Cuánto tinte poético deberé adornar en letras ese corazón tan trabajado,
para poder soportar el peso de las angustias, fracasos,
y dolores que su vida conlleva tan perfecta y sublimemente?,
es que una prosa o creo ayude tanto como ser esa musa del alma que vuela
como un ángel y cuando acepta ser terrenal,
lo hace mágicamente enamorando,
con su cuidado a tanto chiquilin que le implore tanto amor maternal.
Gracias a mi ángel especial.

José Luis Vega
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Arrebol maldito

Silente, la tarde arrebolada.
En el pueblo sisean mil secretos,
enredados rumores indiscretos,
sobre una mujer enamorada.

Mejilla de arrebol encarnada,
sofocos hinchados, de amor repletos
sollozos declarados incompletos,
al candor natural iluminada.

Cielo engalanado de nubes rosas
en el gris tardío, sol explotando,
dormido en azules mariposas.

Sus manos blancas ocultan llorando
el desprecio de almas lastimosas,
maltrato social, vergüenza quemando.
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Que quede claro

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Que las normas de convivencia recomiendan
sonreír a quien nos mete la mano en el bolsillo,
que madurez es uno de los sinónimos
más difundidos de la palabra resignación,
que el viento no se toma el tiempo
de llevarse palabras muertas.

Que la esperanza también tiene sus esquirlas,
que siempre quedarán los que
crean que un estornudo es coqueteo;
que la gente se zambulle, no en aquello
que los haga felices, sino en lo que
los lleve a sentirse menos apenados.

Que hay sufrimientos que ignoran
lo que significa marchitarse,
que el futuro es un pañuelo
descartable arrojado en una vereda,
que, socialmente hablando, resulta más sencillo
emitir una condena que una absolución.

Que cada quien se ha encerrado
en su irrealidad, y merienda
sándwiches de falsas esperanzas,
que los que no aprenden a distinguir
entre ética y política convierten a
ésta última en sinónimo de insensibilidad.

Que hay dilemas que nos respiran en la
nuca, que la televisión maneja a los televidentes
por control remoto, que las serpientes de arcilla
no perdonan a los buitres de la timidez,
que la fama es el mejor de los sobornos
para las víctimas que se creen victimarios.

Que no es culpa de la sombra que nos acompaña
que cada mano sea una pistola apuntando al
alambrado pecho de nuestros semejantes.
Que el día es una estaca de horas demasiado
iguales, que estamos curados de espanto
de legañas que nacen congeladas.

Que damos la vuelta olímpica festejando
campeonatos ajenos, que en este mundo importan
más las apariencias que los límites, que hasta
el insomne e intransferible dolor es digital
en estos tiempos, que la noche es
un incendio demasiado despierto para mi gusto.

Que la palabra del hombre se parece cada vez más
al balido de las ovejas cobardes, que la fórmula de
la eterna juventud se encuentra en el fondo de las
contaminadas aguas de un lago antaño cristalino,
que se está desencadenando una guerra civil
hecha de espejismos y melancólicas psicografías.

Que cuando el fanatismo estrangula tiene la
deferencia de ponerse guantes de cirujano, que
cada uno elige el mito que más
le ayuda a definirse, que todo mal
augurio adquiere otro color si se lo
deja unos minutos en el microondas adecuado.

Que la realidad enseña tarde o temprano que
el ombligo no es frontera, que los tribunos
que maltratan la economía nos enroscan en
el cuello un cumplido difícil de agradecer,
que la devastación provocada por las llamas
de la corrupción no conoce de indulgencias…
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1comentarios 63 lecturas versolibre karma: 120

Que nos obliguen a hacerlo

Que nos obliguen a mirarnos como somos
sin máscaras sonrientes
sin las tinieblas que cubren la tierra
sin la absurda noticia de que el día
se ha marchado para siempre.

Sin el sabor amargo de la muerte
cuando los pulmones se colapsan con el frío
sin vacilaciones
porque los versos desnudaron lo que sientes.

Sin maltratos como si fuéramos
cualquier pedazo de arcilla fresca,
sin el menor respeto por los años
en los que hemos tenido que respirar,
sin un montón de cicatrices
que solo un ciego podría ignorar.

Que nos obliguen a mirarnos a los ojos
con el silencio a cuestas
sin ese costal de remordimientos falsos
de lo que no sienten y por lo cual
fácilmente se pueden mofar.

Que nos obliguen a llevar muy adentro la noche
sin dolor y sin discordia
sin las gotas de agua que sollozan
hasta convertirse en agua nieve
que enfría los delirios.

Que nos obliguen a dialogar
con nuestra parte más humana
sin condenas y sin culpa del desconsuelo
de ese enigma sin fondo
que sobrevive a los años más rencorosos.

Que nos obliguen a encontrar la paz
con la única certeza de encontrar la calma
en esta vida combatiente e incesante
entre heridas de sangre,
en donde siempre los demás
tratan de hacer trampa
al jugar con nuestra última esperanza.

El poema es infinito,
aunque les parezca injusto
vendrá alguien más a leerlo
aunque no nos obliguen a hacerlo
así será.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
09/12/2017.
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12comentarios 281 lecturas versolibre karma: 118

Mi pobre desventura

Extasiada y cansada
regresa maltratada
otro día más avergonzada
de su trabajo de puta mal remunerada

Con señas en su cuerpo
cicatrices en el alma
se mira al espejo
limpiando con mucha calma
El maquillaje que cubre
su rostro avejentado

Dejar caer el vestido
mismo que le acompañó
la noche de locura
que su corazón empañó
con tanta desventura

Entra a bañarse
tratando de quitarse
del cuerpo las caricias
que dejaron las manos
de quienes pagaron sus servicios

Con jabón trata de lavarse
los besos pagados
por hombres solitarios
que la poseyeron en cuerpo
pero jamás en su alma

Un día más para dormir
para despertar de noche
y empezar a sufrir
por tanto reproche

Podrá ser deseada
creyendo que es feliz,
mas nunca será amada
por una vida marcada
con tanta cicatriz

Las letras de mi alma
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3comentarios 73 lecturas versolibre karma: 107

Agua de aceitunas

Nos hemos quedado sin...,
si le echamos Vodka
al agua del bote de aceitunas
puede servir.

¿Sabes que hemos contraído matrimonio
hace diez minutos?.
Enlazamos nuestras manos
con el cargador del móvil
y en un enajenado ritual
nos prometimos amor eterno.

La cuestión no es morir joven,
es reprogramarse
maltratando el cuerpo
vertiendo sueños viscerales
sin que los dedos acusadores
del día a día intervengan.

¡Joder!
estos tragos de bisturís autoinducidos
son comparables a la disección
de una rana en clase.

De fondo suena la voz de Quique
susurrando "Polvo en el aire..."
mejor dejamos la noche de bodas para otro día,
los flashes y el intento
de tensar ciertos músculos
no son viables.

¿Sabes que te amo?,
te lo digo hoy
desde una espiral alcohólica,
te lo diré mañana
con la frescura del ser
y te lo diré dentro de veinte años
con un mensaje en una botella de plastico
tirada aun río seco
por si no te vuelvo a ver.

Si la cuestión es morir joven
ahí queda dicho.
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3comentarios 65 lecturas versolibre karma: 112

No le busquemos más significados al no

No, una simple palabra de dos letras, que puede llegar a significar mucho o a no significar nada.
No, esa palabra que tenemos desde pequeños todos aprendidos, siempre nos hemos regido por ese vocablo. Pero qué pena que aún haya gente que siga pensando que no es sí.
Que aún haya maltratos por un no, que aún haya víctimas por un no, ese no que el hombre convirtió en sí, ese no que la mujer gritó sin saber que se perdería sin poder huir. Ese no que todo el mundo calla por miedo a lo que pueda ocurrir, ese no, es lo que debemos evitar.
Dejad de inventar más significados hacia el no, no es tan solo negación.
No más no, no más indiferencia, no más desigualdades. La desigualdad no lleva a nada, todo es caos y destrucción, peleas y guerras. Siempre estamos intentando romper esas barreras, vivir en armonía pero si luego llega un animal y decide estar por encima de todo, todo se chafa. No se puede vivir así, no, todos somos iguales, todos. Da igual el sexo, la ideología, la cantidad de dinero que tenga uno u otro todos somos iguales. Así hemos nacido, iguales, todos hemos nacido de una mujer. Una mujer que fue fuerte y valiente, que fue capaz de mantenernos a todos en su vientre. Cuidando a esa criatura durante nueve meses, siendo el escudo y la barrera para que nadie interferirá en su paz y tranquilidad. Es casi inexplicable como el ser que nació de ese vientre es capaz de hacer dado a una mujer o peor aún, a la propia mujer que lo tuvo en su interior.
Tengo un sueño, que la mujer deje de ser esclava de este mundo machista que nos domina y oprime en tantos aspectos y desigualdades. Que los hombres amen a las mujeres sin abusar de ellas, que no haya daños físicos y psicológicos a tantas féminas que se han quedado perdidas y encarceladas en la mente de un machismo opresor.
Ojalá el sueño se hiciera realidad. Ojalá algún día desaparezcan los no.
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5
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Vida

Hay momentos en la vida,
que debemos decir hasta aquí,
basta de tonterías,
basta de absurdas palabras,
piensa que sólo hay una,
que no vale la pena vivirla tontamente,
abre tus ojos,
mira a tu alrededor
y verás que no todo es hermoso,
que hay maldades rondando por ahí,
maltratadores donde menos te lo imaginas,
violadores mancillando mujeres indefensas,
buling en los colegios e institutos,
pero hay otro lado de la historia,
gente joven ayudando a los ancianos a cruzar una calle,
niños cediendo su asiento a embarazadas,
personas dándole monedas a un vagabundo,
ver todo esto es el significado de la existencia,
no te quedes con las cosas malas,
quédate... Con lo bello de ella.

Davinia Mesas Lorenzo
20 de Noviembre de 2017
La Poesía De La Vida - Artes Literarias -
© Derechos de autor.
4
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El último secreto

Basta con abrir el cajón de tus recuerdos
para darte cuenta del desorden
que ocasiona tú pasado en una culpa
que se apega para bien morir.

Yo no seré uno más de tu colección de culpas,
vives como si solo estuviéramos aquí
para consumirlo todo
hasta dejar simplemente de existir.

La familia para ti siempre fue un teatro de sombras
verdades y mentiras
relatos de una infancia carbonizada
por unas cuantas imágenes que no se olvidan.

Tal vez necesitarás millones de años
para convencerte que ese enojo
te llevará a convertirte
en eso que tanto te molesta.

¿Yo quién soy para juzgarte?
nunca seremos pensamientos exentos
ante la mirada inquisidora de aquel que quiere
aprovecharse de tu locura.

Nada me cuesta amanecer honrando a la vida
he visto cómo el cáncer llega con el crepúsculo
de los asuntos pendientes
que solo hacen amanecer en las tinieblas.

Solo me preocupo por vivir y dejarte vivir
maltratando a nuestros miedos
hasta conseguir envenenarlos
con la esperanza suficiente para poder partir.

El milagro de la vida amanece
sin la oscuridad de una noche
que se siente cómoda en las tinieblas
ahí es donde entro con un salvavidas que no sé usar.

Nadie me entreno para soportar
el terrorismo de tu mirada
que renuncia a seguir luchando
porque restas a todos chantajeando voluntades.

Yo sobreviví a los mismísimos dolores
que te corrompen sin ninguna prisa aparente
yo te enseñaré calladamente
que el último secreto es amar para vivir.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
17/11/2018.
18
14comentarios 331 lecturas versolibre karma: 106

Vivir maltratada

Del amor ya no espero nada,´
el morado de mis ojos me delata,
le quise con toda mi alma
le tendí caminos de oro
y puentes de plata.

Bebí los vientos y las aguas por él
de tarde, de noche y al alba le cuidé
el rey de mi vida en su trono de papel
cuentos de princesa, lunas de odio y hiel.

Mi piel almidonada está llena de llagas
heridas profundas recorren mi espalda,
mi corazón y mi alma, tengo rota la mirada,
mi vida está perdida, sucia y desolada.

Promesas edulcoradas, lenguas amargadas,
te amaré mi vida, ya, hasta matarme con tus balas
no me dejes corazón, y yo, despedazada, humillada
mi vida muda, sin palabras, la cara destrozada.

Pero se acabó lo que se daba,
hoy decidí que no hay gloria
en perder la vida por un ¿me amas?
verbo frío, dos míseras palabras.

Hoy ni tus suplicas ni tus golpes me callan,
hoy me voy, te dejo en tu castillo, alimaña,
hoy te destrono, te desdeño, te maldigo
hoy eres corona, de mi vida, desterrada.

Camaleontoledo*
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15
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Maltratada y Ultrajada

Le conocí, me enamoró, me casé ¿Y para qué? Para vivir en absoluto silencio, para vivir con miedo, para estar en el anonimato sin que nadie sepa casi de mi.
Me equivoqué, pensé que iba a ser siempre igual, siempre el mismo chico dulce y amable, el mismo chico que con sus miradas, sus cartas y sus rosas conquistaron mi corazón.
Un día de repente empezó la desconfianza, la vigilancia, la prohibición, los celos, era una agonía, era tener miedo constantemente, era verdaderamente un infierno.
Cambió sus miradas enamoradas por miradas de obsesión, las cartas por insultos y encontré la violencia en lo que antes eran rosas, le entregue mi cuerpo y me lo devolvió golpeado, amoratado, señalado y ultrajado.
Época que ya pasó, pero quedó en mi corazón, en el recuerdo de una mujer marcada, una mujer a la que le costará salir adelante, una mujer que a pesar de todo es fuerte para seguir su camino, pero esta vez con los ojos bien abiertos.

(Este relato está basado en historias reales, algunas mujeres son afortunadas de poder contar sus historias, pero otras por desgracia no tuvieron la oportunidad, que descansen en paz.)

Davinia Mesas Lorenzo
4 de Enero de 2017
La Poesía De La Vida – Artes Literarias –
© Derechos de autor
4
4comentarios 79 lecturas relato karma: 57

Mujer a la fuerza

Mi pequeña niña,
que llevas en tu alma el peso del dolor,
que han maltratado tus sueños
y te despojaron de la ilusión.
Que has pedido a gritos poder calmar tu dolor,
y sola te dejaron sin darte explicación.
Mi pequeña niña,
que llevas en tu piel la marca cruel
de quien te despojo de tus sueños de poder querer.
Mi pequeña niña,
que a la fuerza el destino, te hizo mujer.
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Todos duermen

Todos duermen, algunos lo hacen en el sueño
de los justos que es la muerte,
otros sueñan con el vacío que está lleno de promesas
de esos cuerpos cansados que buscan en la noche
un poco de regocijo que les dé certeza.

Todos queremos volver a ver la luz
sin tener que despedirnos de la vida
esa paranoia que va avanzado inútilmente
hasta cautivar con la prudencia
que alimenta el ego a los cansados.

Siempre amé al riesgo
no recuerdo cuándo fue que me rebelé
a ese traje que como molde nunca me ha quedado,
quizá tal vez fue por ejercitar de más a un corazón
que le fascino sentirse maltratado.

A decir verdad ya no puedo despertar
en la noche para saber si aún respiras,
los años han sido muy generosos conmigo
pero la juventud no es una cosa
que simplemente nos llegue por contagio.

Todos duermen
me quedo con las palabras atoradas en el tiempo,
para atinar a escribir lo que siento
aunque muchas veces solo sean pedazos de historias
que se apelmazan con el tiempo.

Algún día ya no podré llegar a la otra orilla
y tendré que conformarme a olvidarme de la vida
esa que siempre se presume por vivir con sabiduría,
solo me resta enseñarle a mi corazón
a caminar de nuevo este día.

Mi mejor costumbre siempre fue querer volver a ver la luz
esa que se construye como un derrotero seguro
porque siempre le quise ganar la partida
al sueño de los justos,
no quiero que la muerte me alcance todavía.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
19/10/2017.
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Quizás despierte

tras el cristal
pasan diecisiete vientos
que ponen en la cima
demasiadas noches de silencio

vueltas, boca abierta,
y cierto temblor en los sueños
que no saben personarse
en carne y hueso

grito gracias
entre aturdidas lágrimas confusas
que no saben bien por quién llorar

vivo del aire cerrado
que sale de mis pulmones
amargo, destronado
de mis propios días
acusado de maltratar el presente
asido de mi mano

ya no tiene que ver

contigo, conmigo
con el resto

y si me grito ante el espejo
quizás despierte cada cierto tiempo
enfundada en mentiras que he cosido
verso a verso
y que configuran mi verdad más absoluta

quizás despierte
para decirme que todavía existo
aunque no me encuentre


(imagen: Aldo Tonelli)
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Última parada: Estación Z

Por debajo de sus temerosos pies, resonaban los maderos del viejo vagón al pasar continuado por las heladas vías del tren. Allí, hacinados como animales, cabían ciento cincuenta personas por vagón, según las autoridades militares del lugar. Llevaban dos días de camino, y las pobres almas que convivían en ese viejo vagón, lo hacían con los olores del miedo, el hambre, y la incertidumbre de no saber hacia dónde se dirigían. Habían salido desde su Francia natal, desde un pequeño pueblo situado a pocos kilómetros de Burdeos, obligados a subir apresuradamente al tren prácticamente con lo puesto, abandonando todos sus recuerdos a merced de la guerra. Todos los que allí se encontraban se hacían preguntas, todos a excepción de un viejo pastor que callaba y miraba al vacío desde la pequeña y única rendija que había en el vagón. Le habían llegado noticias sobre los campos de concentración y exterminio. Allí la gente era obligada a trabajar hasta la extenuación, azotada y maltratada, consumida por la miseria, tratada como una bestia, sin identidad, sin pasado, sin futuro, solo registrada como un simple número, tatuado en la piel para no olvidar el horror de sentirte inútilmente reemplazable. También había sentido el terrible rumor, por desgracia para la mayoría cierto, que la única escapatoria para los que entraban en ese lugar era hacerlo a través de las chimeneas, humeantes las veinticuatro horas del día. A pesar de todo esto, el viejo pastor no quiso decir nada que pudiera sumarse a la angustia y a las pocas esperanzas que le pudieran quedar a esa gente.
Al tercer día de camino, las puertas del vagón se abrieron, cubriendo de luz los delicados ojos de los viajeros que ya se habían acostumbrado a la oscuridad de su reclusión. A pesar del frio del exterior, los cuerpos extenuados de los prisioneros notaron el cálido abrazo del Sol. Los soldados los sacaron uno por uno, agrupándolos por diferencia de edad y sexo: Las mujeres y los niños menores de catorce años a un lado, los varones al otro. Un gran cartel marcaba que esa era la última parada: “Station Z”. Justo delante de esos hombres y mujeres aparecía algo similar a un complejo industrial, rodeado de altos muros y alambradas, torres de vigilancia, y multitud de soldados con el uniforme de las “Schultzstaffel”. Cruzaron una enorme puerta donde les saludaba un gran distintivo con el símbolo del diablo, debajo de él pudieron leer claramente: “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres). Detrás de ellos quedaba el nombre de ese terrible lugar, el cual nunca sería olvidado por los afortunados supervivientes: Auschwitz.
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