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En otro mundo

¡el año pasado he ido a ese lugar, y no me gusta! - dijo Lucila.
Cursaba el 5to grado de secundaria Y otra vez tendría que viajar a la ciudad en la que vivía su tía, ella quería disfrutar de sus vacaciones con sus amigos. Pero, tenía una madre "sobreprotectora", si se le puede llamar así a una mujer que no quería que su hija tuviera amigos varones, ya que había sido engañada por un hombre que la enamoró con palabras y la abandonó cuando quedó embarazada, entonces a sus 16 años tuvo que hacerse cargo de su pequeña, Sara había logrado estudiar con mucho esfuerzo la carrera de educación inicial, donde trabajaba doble turno, así que tenía poco tiempo para compartir con su hija, la cual habia crecido con su abuela y cuando murió tuvo que pasar mucho tiempo sola, el cual aprovechaba para leer y escribir en su diario. ¡No es normal decían sus compañeros de aula!
Durante toda la temporada que pasó en la escuela fue la mejor estudiante y este año no seria la excepción.

¡apresurate muchacha, que te deja el avión!- grito su madre desde el primer pisó.
Al rato apareció con un polo rojo y un pantalón de algodón, que no combinaba.
Camino con su madre afuera del edificio en donde esperaba un taxi para llevarla al aeropuerto.
De camino sólo miro dos veces por la ventana del vehículo, llevaba puestos los audífonos y iba oyendo Numb de la banda Linkin Park, siempre había disfrutado oír Rock.
Al llegar al aeropuerto notó que estaba lleno de gente, y en su fila habían muchos padres despidiendo a sus hijos, ya en el avión, se sentó al lado de una chica que se pasó todo el viaje durmiendo, Lucila aprovechó para leer "éxtasis" de Bill Houston, que era una novela para adolescentes.
A las 11 de la mañana llegó a la ciudad en la que vivía su tía, en el aeropuerto la esperaba el chofer de su tía, quien sólo le dijo: ¡Hola! Y todo el camino se concentró en conducir.
Al rato llegó a casa de su tía Lucía, una mujer de 35 años que estaba casada con un hombre de 75 años, ¡le dobla la edad! Decían todos ¡No puede ser amor, si no interés!
Lucila encontró a su tía saliendo, se dirigieron un saludo corto y hablaron de la salud de su hermana y le dijo que se acomodara como en su casa.
Janet la chica que se encargaba del servicio doméstico la llevo a una habitación en el segundo piso, tenía el doble de espacio que su habitación, empezó a desempacar hasta que quedó como ella quería.
Durante el almuerzo no estuvo Lucía, así que aprovechó para comer en la cocina con Janet.
En la cena no se hablo mucho en la mesa, Lucía dijo que estaba cansada, luego se fue a su habitación.
Media hora después Lucila se dirigió a su habitación, se recostó sobre la cama,pero no conseguía dormir así que sacó su diario de la mochila y se dirigió a la mesa, y escribió lo siguiente:

29 de junio de 2018

Este viernes fue muy ajetreado, estoy super cansada, no había querido venir nuevamente a esta casa, es muy grande y no hay con quien hablar. Además está tío Marcos que nunca sale de su cuarto, creo que el cáncer de pulmón está en su última etapa, conozco poco de él, sólo que tiene empresas agrícolas con las que logró amasar una gran fortuna, Pero ni todo el dinero que posee podrá salvarlo de la muerte.
Por lo que sé tiene dos hijos que viven en España y casi nunca lo visitan, con él sólo está tía Lucía que pasa los días fuera de casa, posiblemente gastando el dinero de su acaudalado marido.
Durante el almuerzo hablé con Janet, es una gran persona, "super amigable", me dijo que tenía 28 años aunque aparenta más, debe ser porque toda su vida a trabajado, por lo visto será mi única amiga estas vacaciones.
Me siento cada vez más sola estos últimos meses, en el colegio casi todas las chicas han tenido o tienen relaciones de enamoramiento, excepto yo que no puedo comunicarme con varones, ya lo sé "soy un poco introvertida", bueno el amor puede esperar, por ahora trataré de sobrevivir estas vacaciones ya que madre tendrá que trabajar y no tendrá tiempo para mí. Además es manipuladora, pero se que tiene sus razones, para ella no a sido fácil cuidar de mi, y no quiere que pasé por lo mismo que ella. Sé que es una gran madre, siempre está para mí en todo momento. Pero quisiera tener un poco de libertad.

Colocó el diario sobre la mesa de noche, pensó durante largo rato y se durmió.

Al día siguiente. Lucía se despertó temprano y fue a ver a su esposo, la enfermedad estaba avanzando alarmantemente. A las 8:00 AM, llegó un doctor, ya no era el mismo de siempre, ya que en los últimos meses habían cambiado a varios ya que Marcos no aceptaba que no pudieran hacer nada contra su enfermedad.
Después de ser un reconocido empresario, estaba desahuciado a causa de su adicción al tabaco y cuando se dio cuenta del daño que le hacía ya fue demasiado tarde.
A las 8:30, Lucila salió de su habitación, llevaba la misma ropa del día anterior, y cuando pasó frente a la puerta del cuarto del enfermo oyó voces. Continuó su marcha hasta la cocina, donde encontró a Janet.
Luego fue a la sala donde encontró un gran televisor, al rato bajó un hombre con bata blanca seguido de su tía Lucía.
Apagó la televisión y se dirigió a la cocina, donde ayudó a Janet en las tareas del hogar.
Durante el almuerzo conversó con su tía sobre los viajes que está había realizado y las fiestas a las que había asistido.
En la tarde leyó durante tres horas "extasis", luego decidió salir a pasear, regreso a las 5:00 pm.

Durante la cena no se oyó una sola palabra, luego ayudó a Janet a dejar todo limpio. Fue a su habitación y sacó del cajón de la mesa su diario y escribió:

30 de junio de 2018

Este día estuvo de locos, cuando desperté me dirigí a la cocina, pero cuando pasé frente al cuarto de tío Marcos sin querer oí que le quedaban pocas semanas de vida.
Continúe mi marcha, en la cocina encontré a Janet, parecía apresurada en prepara el desayuno.
-me quedé dormida-dijo.
Tomé un vaso de agua, seguido me dirigí a la sala, donde encontré un gran televisor, cogí el control y sintonize el canal 21, estaban pasando November Rain de Guns N' Roses, una de mis canciones favoritas, le siguieron canciones de DC AC, "gran música sin comparación a la que sale actualmente, que está muy sexualizada".
Después de 5 canciones apareció por las escaleras Un hombre con bata blanca seguido por tía Lucía en su rostro se dibujaba la tristeza, que iba en contra de los chismes de la gente que decían que había sido un matrimonio por conveniencia.
Fui a la cocina donde Janet estaba lavando los trastes, decidí ayudarla, cuando terminé me dirigí hacia ella, no Fue difícil entablar comunicación, pese a que yo no era demasiado sociable.
Janet me contó que tenía una hija de 7 años la cuál vivía con su madre, dijo que la había concebido con un hombre que apenas había conocido, y cuando le dijo que estaba embarazada la abandonó-"algo parecido a lo que le pasó a madre"- dijo que era de un caserío a tres días de distancia y venía de un hogar en pobreza extrema.
En el almuerzo tía evitó hablar de la enfermedad de su esposo, me contó de los viajes que había hecho: Cancún, París y Mónaco. Me pareció que quería olvidar por un momento lo que estaba pasando.
Me contó del baile en el que conoció a su esposo, dijo que ella trabajaba como Secretaría en la empresa de su esposo, y que cuando obtuvieron un millón y medio de soles, algo que nunca había pasado decidió organizar una fiesta en honor a sus empleados por ayudar a conseguir tal suma de dinero.
Aquella noche tía llevaba un vestido negro y era diez años menor, él ya rondaba los 65 años y hace poco había sido diagnosticado con cáncer, pero aquella noche olvidó todos sus problemas y disfruto junto a su hermosa Secretaría.
Me dijo que salieron juntos durante 7 meses antes de casarse, a ella le gustaba hablar con él que era un gran conocedor de filosofía, historia y poesía.
-hablar con él era como transportarme a un mundo de ficción- dijo.

En la tarde leí éxtasis-¡Me encanta esa novela!- luego salí a pasear, llegue al parque en donde vi a adolescentes de mi misma edad paseando a sus perros, a otros caminando de la mano y prodigandose amor.

Aún no pierdo la fe por descubrir que es exactamente el amor. Pese a todos los problemas de los que estoy siendo testigo, sé que pronto pasará, aunque duela debemos enfrentar la realidad, por que para ver la lluvia nos tenemos que mojar.
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Tanka

Puente romano,
matrimonio entre orillas,
obra maestra.
Para el río,coqueto,
su preciosa diadema.
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Matrimonio

Tenemos defectos y virtudes, tenemos pros y contras como cualquier persona
Pero encadenarte a la eternidad… somos almas libres, que no pertenecen a las personas.
No debes encadenarte, ni por voluntad propia, ni por ser más madura,
Si lo hicieras tu jaula quedaría pequeña para tu envergadura.
Mereces ser libre, libre sin ataduras.
¿Prefieres vivir feliz en una pecera? O ¿sobrevivir en el mar?
¿Ser propiedad de alguien? O ¿vivir libre e ir a cualquier lugar?
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El desengaño 2.0

Él, aburrido de los desplantes
de caricias de un matrimonio
oxidado en la rutina
decide recurrir a la informalidad
de los website de citas

Y en el "¿Que edad tienes?"
"¿A qué te dedicas?"
"Vamos a vernos hoy a las ocho"
del flirteo a escondidas
el susodicho consigue ligar con una fulana

Con perfume Calvin Klein
armado hasta los tobillos
y el carisma de un casanova recién jubilado
él, emocionado
llega al sitio de encuentro

Pero como ironías de las causalidades
y el mundo que es una servilleta de papel
el susodicho al sentarse a la mesa pautada
descubre que la fulana no era tan fulana
sino la esposa de él.
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Mis fantasmas y la poesía

Escribir poesías que salen del alma puede parecer sencillo y puede que en realidad lo sea… si hay fantasmas susurrándote al oído.
A veces me pregunto ¿Qué haces escribiendo poesías? ¿Qué tiene que ver tu vida de ahora con ese mundo lejano al que pertenecían tu padre y tu tío? No sé, solo soy alguien que descubrió un día el encanto de los poemas, y, me sorprendí escribiéndolos sin esperarlo, escribo palabras que parecen flotar en mi mente.
Es como un manantial de versos que permanecía dormido en mi sangre, y ha brotado con tanta fuerza que me tiene con mariposas en el estómago, tantas maripositas revoloteando que me quedo extasiada escribiendo cada palabra que aflora.
Y ha sido así con cada una de las poesías que he estado escribiendo, siento un aleteo de palabras en mi mente y tengo que correr a escribirlas en ese instante si no al siguiente ya es tarde y no logro darle forma al poema.
Para mí ha sido algo mágico, desde niña estuve rodeada de poesías y décimas, mi papa Reymundo Peña y mi tío Donato Peña eran poetas de cuna, nacieron con ese don, de todo hacían versos.
A veces sus controversias reunían a gran cantidad de amigos y vecinos y armaban un guateque a cualquier hora.
Y yo crecí en medio de esas competencias a ver quién hacia la poesía más bonita o la décima más pegadiza, y pobre mi papa, mi tío Naco siempre le ganaba, él era un experto improvisando.
Tristemente no quedan registros escritos de su obra, porque no sabía leer ni escribir, solo permanecen algunas poesías en la mente de fieles seguidores de su verbo. He ido recuperando algunas que pienso compartirles aquí en mi blog.
Para serles sincera, yo no les prestaba mucha atención, solo quería correr a caballo bañarme en el rio y divertirme en ese tiempo, después vino el matrimonio y mis hijos que llenaron mi vida por completo.
Pero ahora es como si ellos dos, mi bueno y lindo padre y mi talentoso tío regresaran a hablarme de tiempos pasados, siento su influencia, como si el tiempo se agotara y quisieran que yo dejara plasmado en el papel su amor por la poesía.
A veces creo sentir su impaciencia, y me pongo a escribir cada frase que parece emanar del pasado que ha estado atrapado con ellos, un pasado alrededor de mi padre haciendo vibrar las cuerdas de la guitarra cual, si llorara por su amada perdida, el amor de su vida, mi madre muerta apenas comenzaba a vivir…
Les decía que ahora siento una necesidad imperante de escribir, siempre me ha gustado mucho leer, bueno gustado, apasionado, encantado, para mi leer es como vivir muchas vidas, es como viajar a todas partes, leer es como vivir doblemente, pero escribir, nunca lo había considerado, ni tampoco hacer poesía, lo veía lejano como fuera de mi alcance, a veces escribía alguna anécdota, algo que llamara mi atención, y luego lo dejaba, pero ahora ya no, ya no puedo dejarlo, mis lindos fantasmas están todo el rato instándome a anotar cada palabra que me susurran al oído.
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Danza

La tarde acoge colores intranquilos,
hay una danza de aire y un sol de marzo
entre el oro de las acacias y la plata de sus sombras,
el tiempo es una bailarina.

Sobre los tejados unos hilos de nubes
sujetan la luz, hibrida, azul y sigilosa,
entre los edificios es ocre, sobre la piel es noche,
sobre la bailarina me olvida.

Hay un matrimonio de tierra y carne
debajo de mis pies, una calma insoportable
y es tan terrible quedarse como huir,
nadie baila, ahora soy quien tiene que danzar.
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El silencio de la vergüenza

Agradecía el silencio y la calma de la casa vacía. Minutos antes sus dos hijos se movían bulliciosos, esperando el momento de salir con su padre hacia el campo de fútbol.
Delante del espejo del baño se arreglaba para ir al cine con unas amigas. Una película de terror y unas palomitas eran un buen plan. Después, un chocolate con churros y una buena conversación con sus dos amigas del Alma; en la que, como siempre, fingiría un matrimonio feliz.
Se observó con detenimiento y, para que resultase creíble, sería imprescindible un poco más de maquillaje en su pómulo derecho.




Publicado en la Asociación solidaria cinco palabras:
cincopalabras.com/2018/02/11/escribe-tu-relato-de-febrero-iii-sandra_e
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Reminiscencia de invierno (parte VII - final)

Ese lunes por la mañana Salvatore llama a Alessandra camino a su trabajo. Le dice que es vital conversar esa misma tarde. Le pide que salga temprano y que lo acompañe al parque pues tiene cosas muy relevantes que contarle sobre su viaje a Monterrey. Alessandra queda sorprendida de saber que él anduvo en Monterrey el fin de semana y le dice que ella también tiene información muy extraña que compartir con él sobre una charla que tuvo con doña Juana el día sábado. Alessandra no tiene que rogar mucho a Claudia para que la cubra esa tarde; después de lo que ambas vivieron en la cocina de doña Juana, sabe que es crucial esa cita. Salvatore por su lado, pasa muy mal rato rogando a su jefe que le deje salir temprano, una vez más; inventa alguna cita inesperada con el IRS, y en Estados Unidos ese es siempre un tema de respeto; de mala gana, el jefe accede. En el parque, los copos de nieve caen con una tristeza, como si tuvieran el augurio de que esa tarde, alguna hermosa historia de amor, podría acabar. Alessandra y Salvatore caminan de la mano, se miran fijamente a cada rato mientras lo hacen; ninguno comienza tratando el tema grave que necesitan abordar. Hablan de nimiedades. Se preguntan del trabajo. De como van las ventas en la pastelería. De como están los clientes de Salvatore. Finalmente se sientan en una banca, respiran profundo y Alessandra le cuenta todo lo sucedido donde Juana. Salvatore por su lado, le cuenta los increíbles hallazgos de Solomon en los archivos de Remembrance. Ninguno de los dos quiere dar crédito a las historias que cada uno cuenta y a la increíble coherencia y consistencia de ambas. Alessandra llora mientras cuenta su parte, las lágrimas caen al suelo como granitos minúsculos de hielo. Salvatore tiene una cara de aflicción imposible de esconder. Ambos deciden ignorar todo lo que han investigado. Simplemente no pueden dar crédito que el uno o el otro se haya hartado de la relación y del intenso amor que vivían.

Los meses pasan volando. En menos de diez días Alessandra rompe definitivamente con Salvador, su prometido. Le cuenta que ya sabe toda la verdad y Salvador no opone ninguna resistencia. La abandona de inmediato, sin drama. En menos de un mes, ella se muda al apartamento de Salvatore. El mes siguiente dan rienda suelta a su pasión. Las noches no les alcanzan, pues el deseo y el amor les desborda. Los primeros meses son de idilio total, se enamoran tan profundamente, como nunca antes lo habían estado. A partir del cuarto mes, algo empieza a ir mal. Todo lo que investigaron meses atrás empieza a hacerse realidad, inclusive una realidad más dramática que lo que les habían contado. Alessandra desarrolla paulatinamente una codependencia muy intensa y maliciosa. Empieza a tener un comportamiento compulsivo, obsesivo y controlador. Salvatore la ama desesperadamente y aguanta con valentía todo lo malo que se viene. Sus encuentros sexuales no menguan ni un ápice a pesar de todo. Una tarde cualquiera de sábado, volverían al apartamento a las tres de la tarde y pasarían desnudos hasta la media noche, devorándose el uno al otro, con o sin coito; y la cantidad y calidad de sus orgasmos es algo fuera de este mundo.

A los seis meses todo ha concluido. Salvatore se ha mudado de ciudad, ha puesto una orden de restricción contra Alessandra. Ha viajado a Monterrey a hacerse un borrado voluntario de memoria, olvidar a Alessandra y todo lo que tenga que ver con ella, otra vez. Alessandra pierde toda cordura, literalmente. Se le diagnostica algún tipo de demencia. Es recluida en un centro especializado para recibir el cuidado y tratamiento que corresponde. Claudia se encarga de todo. Las ganancias de la pastelería son suficientes para cubrir con esos gastos y aunque no lo fueran, Alessandra es su amiga del alma. Sufre mucho por ella. La visita todos los sábados sin falta. En cada visita, Alessandra le cuenta sus delirios de relación con Salvatore, una que aún no termina; le cuenta como él la visita a escondidas todas las noches, se mete a su cama y le hace el amor toda la madrugada. Y siempre se despide diciendo que la ama con toda su alma, que pronto la rescatará de esa clínica, que ya casi desbarata toda la organización de Remembrance, y cuando concluya, ella será liberada y vivirán felices para siempre. “Salvatore, te amo”, es lo que ella siempre le dice al verlo salir por la puerta de su habitación.

Seis meses atrás, esa noche de domingo, Salvatore llega casi en automático a la casa de Solomon, al sucio y lúgubre sótano donde vive. Por el camino lo asalta la incertidumbre, la ansiedad, el desespero. No puede creer que su historia con Alessandra no acabe de comenzar, que ya tengan esa historia previa. Esa historia tan extraña, y que inclusive ni esa historia es verdadera, según lo que Solomon le ha anticipado por teléfono. ─Tú y Alessandra nunca han estado juntos. Nunca se conocieron en verdad. ─le dice Solomon─ todo comenzó con un concurso que ambos ganaron en alguna red social, alguna encuesta que llenaron y salieron favorecidos con unas vacaciones de ensueño ─Solomon continúa relatándole ese mecanismo que Remembrance utilizó en el pasado, unos tres años atrás, cuando su tecnología estaba en versión beta. Y le cuenta como las dichosas vacaciones de ensueño eran en realidad una prueba beta de implantarles los recuerdos de unas vacaciones. Que coincidentemente Salvatore y Alessandra eligieron Milán como destino de su viaje vacacional. Lo que Remembrance hizo sin su autorización fue agregar la experiencia de romance fugaz, y para que ésta fuera más intensa cruzaron sus dos personajes. Cada uno había sido la experiencia romántica del otro. A decir verdad, había un buen nivel de seguridad en la experiencia, estaba garantizado que el romance sería superficial y temporal y que sembrarían en ambos un sabor de haber sido algo bello, pero que no iba a tener trascendencia alguna. Tiempo después, algo inaudito ocurrió. Los recuerdos sembrados en cada uno de ellos empezaron a crear nuevos recuerdos, unos que no fueron implantados, y que obviamente tampoco correspondían a ninguna realidad. Esos nuevos recuerdos incluyeron la continuidad de su relación de vuelta en Estados Unidos. Y un breve periodo de un año en el que se amaron con una intensidad, como ninguno había experimentado en su vida real, al punto de hacer planes de casarse. La relación ─en la virtualidad de sus nuevos recuerdos─ sin embargo, se deterioró porque Alessandra desarrolló una obsesión maliciosa y un síndrome de bipolaridad que hizo que continuar juntos fuera poderosamente peligroso para ambos. Si bien la relación que su cerebro inventó a raíz de los recuerdos primarios implantados no era 100% idéntica para ambos, los puntos de coincidencia eran asombrosos. En la vida real, dos personas no recuerdan una relación 100% igual tampoco, cada quien le ve sus matices y la ve a través un cristal distinto. Todos los participantes de la prueba beta eran monitoreados quincenalmente por personal calificado de Remembrance y al detectar esa anormalidad los invitaron a ambos, cada uno en fechas distintas, a realizar otro viaje a Remembrance, donde se les contó la verdad de lo que les acontecía y al descubrir ambos que todo era una farsa creada en su cerebro, optaron por un borrado total de toda la experiencia: De los recuerdos que nacieron espontáneamente, del viaje original a Monterrey, de las vacaciones inventadas en Milán, del romance fugaz, de todo lo concerniente al tema. Y para hacer verosímil todo el tema y liberar de responsabilidades a Remembrance les pidieron que grabaran los videos falsos en que ambos confirmaban haber tenido una relación real, que se tornó dolorosa y decidieron borrarla de su memoria. Alternativamente, había unos video reales de todas las sesiones que habían tenido con ellos; estos últimos eran ultra-secretos y estaban encriptados con criptografía cuántica, indescifrable para el mortal promedio; mas no para Solomon. Como parte de los servicios de borrado, Alessandra optó por el detalle de conocer un nuevo novio de inmediato, alguien que sagazmente la conquistara y le propusiera matrimonio, y que tuviera un nombre similar al de Salvatore. De allí surgió Salvador. Por su lado, Salvatore optó por que le sembraran un desgano y apatía total hacia una nueva relación, prefería quedarse como un lobo solitario. Doña Juana y algunos otros personajes, eran personal de Remembrance, que se aseguraban de lo verosímil de las historias, y ante el encuentro inesperado de Salvatore y Alessandra, activaron un plan “B” que hiciera creíble la cuartada de Remembrance en todo el tema ─¿Tienes una memoria USB que me prestes? ─pregunta Salvatore─ cópiame allí todos los videos por favor, me los llevo para revisarlos nuevamente con calma esta madrugada ─. Solomon hace la copia y lo despide con un efusivo apretón de manos, de alguna manera le había cogido cariño a Salvatore ahora, a pesar de la falta de empatía que caracterizaba a Solomon. Salvatore regresa a su casa, conduce con mucha calma, como sedado, como hipnotizado. Los videos vistos pasan por su cabeza una y otra vez, dando punzadas en su corazón, cada vez más fuertes. “Alessandra, te amo”, susurra mientras conduce por la larguísima autopista que lo lleve de regreso a su hogar vacío, un hogar donde Alessandra, en la realidad, nunca tuvo parte.


FIN.


@AljndroPoetry
2018-ene-12
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Reminiscencia de invierno (parte VI)

En el check-in asistido por computador del aeropuerto, Solomon se siente como pez en el agua. Para Salvatore sin embargo, es como un proceso sin alma, extraña los tiempos en que una señorita amable le atendía en un mostrador; en esto él es todavía chapado a la antigua. El vuelo a Monterrey no toma más de noventa minutos (la última década de avances aeronáuticos no ha pasado en vano). Solomon está tan desvelado luego de una intensa madrugada conquistando reinos en Dota 9, se queda dormido de inmediato y ronca durante todo el camino. Salvatore, también está trasnochado pero no concilia el sueño en su asiento, de hecho nunca ha podido dormir en un avión, incluso cuando viajó a Alemania. Ha sido y sigue asediado por la incertidumbre. ¿Qué encontrará en Monterrey?

Salvatore había investigado ya que esa tarde tenían una presentación comercial (para incentivar las ventas) en el edificio de Remembrance. Mientras tanto, se hospedan en el Holiday Inn Monterrey Valle. Solomon continúa durmiendo el resto de la mañana, hasta pone el rótulo de "no molestar" en su puerta. Salvatore se recuesta, pero sigue pensando en el incidente de su pasaporte extraviado y esa hoja fantasma, digitalizada en la nube, con un sello de Monterrey. Piensa en Alessandra, en sus besos, en su cuello; y por un instante, vuelve a sentir en sus labios, el oasis de su ombligo y ese recorrido por los delicados trazos de sus piernas y por la alucinante curva de su derriere. Su paladar se endulza ante la evocación del sabor de sus pezones. Recuerda sus ojos, esos profundos ojos café oscuro donde él podría perderse el resto de su vida. “¿Qué estará haciendo esa mañana de sábado?” es una pregunta que ronda su mente mientras se queda dormido, aunque no más de media hora.

Solomon y Salvatore tienen un hambre voraz al mediodía. No desayunaron nada en el avión. Bajan al restaurante del hotel y se comen una buena cantidad de tacos al pastor bien enchilados. A Salvatore se le da bien el picante en la comida, Solomon en cambio tiene la cara enrojecida, una lágrima sale por su ojo izquierdo y en su lengua, hay un incendio que tres cervezas corona no son capaces de apagar. ─No bebas más por favor, te necesito sobrio en la presentación ─le dice Salvatore─ creo que hay secretos oscuros en la tecnología que usa esta corporación, seguro que tu agudeza de hacker ha de captar algo que yo jamás podría ver ─Un vaso de agua con hielo, urgente ─le grita Solomon a un mesero que va pasando cerca.

Un taxi verde los lleva velozmente a su destino. Un edificio de unos siete pisos a pocos kilómetros de la zona industrial de Monterrey del parque Fundidora. El taxi es un sedan Nissan que se les antoja pequeño, pero es un auto del año y de verdad se siente como nuevo. El conductor responde un par de llamadas con su auricular bluetooth durante el viaje y no deja de decir cosas como: “güey haz esto”, “¡no seas güey!”, “¿qué te dijo ese güey de mí?”, “te dije que no volvieras a ver a ese güey”. Parece que todo su vocabulario gira alrededor de esa palabra “güey”. Solomon tiene amigos Mexicanos pero no había escuchado que usaran tanto esa muleta al hablar. Entre llamada y llamada les habla de lo que él considera atracciones turísticas en el camino. A Solomon solo le llama la atención lo caprichosa forma del cerro de La Silla, Salvatore está absorto en sus preocupaciones, realmente no ha puesto atención a nada.

El edificio de Remembrance es totalmente asimétrico en todos los sentidos, tiene dos caras revestidas por completo de vidrio que asemeja espejos que reflejan todo a su alrededor. Una cara totalmente tapizada de ladrillos de un café quemado y otra cara que parece un inmenso césped vertical. Una de las caras de espejo, a ratos, según la intensidad de luz, parece esbozar la silueta de una neurona. Allí los reciben anfitrionas sumamente amables y atractivas. En un salón de conferencias les dan una presentación general de los servicios de la corporación en una pantalla que es literalmente de 360º. Una de las anfitrionas toma un grupo (Salvatore incluido) y los lleva a un recorrido por todas las instalaciones del edificio. Las áreas tecnológicamente impresionantes son las que principalmente se muestran, nadie quiere ver las oficinas de contabilidad o de recursos humanos. Otra anfitriona toma otro grupo, donde va Solomon. Los recorridos pretenden mostrar las mismas áreas, pero en orden distinto, en grupos pequeños es más fácil apreciar, comentar, preguntar y responder inquietudes. En noventa minutos concluye todo. Cerca del 20% de los asistentes terminan comprando paquetes de servicio.

Temprano esa noche, Solomon y Salvatore se van a cenar a un lujoso restaurante en el centro de Monterrey. “Allí sirven un cabrito de primera” les dijo el encargado del mostrador del hotel antes de salir. Salvatore sabe que tiene que consentir a Solomon un poquito, que le está pidiendo demasiado, considerando que ni siquiera son amigos y hasta hace muy poco, ni se caían bien. En el restaurante, precisamente piden cabrito para cenar acompañado por unas cuantas cervezas corona. La cena en verdad es deliciosa. ─ ¿Tú en verdad crees ese cuento de que lo que te venden son vacaciones inolvidables? ─dice Salvatore antes de darle una mordida a un taco de cabrito─ Esa tecnología de nanobots capaces de implantar breves instantes memorables de unas vacaciones, es totalmente viable en estos días ─le responde Solomon con la boca llena de cabrito y un poco de la salsa escurriéndole por la comisura de los labios, manchando su roja barba─ Si lo piensas bien, cuando uno recuerda unas vacaciones de unos 5 años atrás, todo lo que queda son unas cuantas instantáneas en la mente de los mejores momentos, casi no tienes diálogos, ni escenas muy elaboradas de lo acontecido ─le sigue diciendo antes de beberse media botellita de corona en breves sorbos ─eso, considerando unas vacaciones promedio, claro está; porque si en esas vacaciones te arrodillaste ante tu novia para pedirla en matrimonio, esa es otra historia; implantar algo así lo veo difícil ─Tú eres el experto en tecnología y ciertamente lo que dices me hace sentido, pero ¿qué piensas del otro tipo de servicios? lo de borrarte momentos y hasta épocas dolorosas de tu vida ─Mira Salvatore, si te soy honesto, yo no creo en eso del alma, el espiritu o de chamanes que escupen demonios en calzoncillos; pero si te puedo decir que los sentimientos y las emociones profundas parecen guardarse en algún lugar más allá de las neuronas y sus interacciones químicas o eléctricas, hay un misterio en eso ─responde Solomon mientras limpia su plato usando pedazos de tortilla con los que recoge los últimos residuos de salsa y carne ─esta carne y esta salsa de verdad son cosa aparte, qué comida tan deliciosa ─no puede Solomon evitar hacer ese paréntesis en la charla─ entonces, pienso yo, qué es viable borrarte los recuerdos, pero en tu esencia ha de permanecer algo de esa etapa de tu vida, algo de las personas y de los sentimientos y emociones que te han borrado ─concluye Solomon─ Necesito averiguar si contraté servicios de esta empresa con anterioridad ─ le dice Salvatore y le cuenta toda la historia del pasaporte perdido y la hoja digitalizada con sello de Monterrey y las extrañas cosas que le han ocurrido al estar con Alessandra, esa sensación de conocerla de antes, de amarla de antes inclusive. Solomon le cuenta que durante el recorrido que le dieron a él, con excusa de ir al baño se escabulló hacia su centro de cómputo y sabe bien en donde es que deben resguardar las copias de respaldo de los expedientes de los clientes. Le asegura que esa misma noche regresa a ese edificio con una identidad falsa de técnico externo de mantenimiento de los servidores y va a obtener su expediente. Le ruega Salvatore que obtenga el expediente de Alessandra también.

Esa noche, Solomon llega a la garita de seguridad de Remembrance y presenta una tarjeta de acceso de la empresa que les da servicio técnico a los servidores de cómputo. Solo él sabe cómo ha podido averiguar el nombre de la empresa, falsificar una tarjeta de acceso e introducir un registro de autorización en la bitácora de visitas programadas en el sistema de seguridad de Remembrance (cosas de hackers, eso es seguro). Dentro de las instalaciones se mueve con una naturalidad escalofriante. Va y viene por los pasillos de los servidores. Revisa una cosa y la otra. Asegura cables conectados. Hace chequeos a los routers, etc. Y asegurándose de estar en un punto ciego ante las tantas cámaras de seguridad, inserta una memoria USB, con un software especial que rastreará los archivos del historial de Salvatore y Alessandra. Deja la memoria conectada y se va por allí a fingir que hace más chequeos de rutina. En menos de treinta minutos concluye todo. Retira la memoria, se asegura que tenga una carpeta de Salvatore y otra de Alessandra. Y se retira de las instalaciones tan naturalmente como llegó. Uno imaginaría que estas cosas conllevan un gran riesgo y que la posibilidad de que lo descubran es sumamente alta. Pero el que sabe, sabe. Y por lo visto, Solomon, sí que sabe de estas cosas. De regreso en su hotel inserta la USB en su notebook y hace una llamada: ─ ¿Salvatore? ¡Lo tengo! Me vas a quedar a deber una muy grande con esto compañero ─ ¿De verdad? ¿No te han descubierto ni nada? Disculpa, pero honestamente nunca pensé que todo ese alarde de tus dotes de hacker iba en serio. Te debo una muy grande de por vida, tenlo por seguro amigo ─ Solomon le continúa contando algunos pormenores de su visita a la corporación y de como obtuvo las dichosas carpetas. Le cuenta que todos los archivos están fuertemente encriptados. Pero que no se preocupe, que va a diseminar (sin riesgo de que alguien más vea el contenido) la tarea de decodificación ante una red de usuarios que permiten acceso a sus computadores mientras ellos duermen, para distribuir tareas que requieren alto volumen de procesamiento y aún entre otros usuarios conectados a redes de juegos de video que no han dado su consentimiento, pero igual, existen pasadizos para lograr que cooperen. “Total, no se les hace ningún daño” le dice también. Solomon se queda dormido monitoreando el avance de la tarea que ha diseminado.

A la mañana siguiente piden el desayuno en la habitación de Salvatore. Solomon se reúne con él allí para ver los archivos en cuestión. Entre varios papeles legales y formularios se encuentra también una amplia variedad de videos. En ellos se documenta a detalle las razones por las cuales Alessandra y Salvatore, primero en pareja y luego en solitario, declaran en su propia voz la justificación y la amplia liberación de responsabilidades hacia Remembrance. En uno de los videos, Alessandra, ahogada en llanto, confiesa lo infeliz que ha llegado a ser con Salvatore, la escasa atención que éste le presta, lo evasivo que se ha vuelto, su frialdad e indiferencia, abundando en anécdotas al respecto. En otro video, Salvatore, con la voz entrecortada, como con un nudo en la garganta confiesa lo posesiva que Alessandra se ha vuelto, lo insistente y controladora que es. Que le pide justificación, minuto a minuto de sus horas en la calle, que espía constantemente toda su actividad en las redes (la cual es tan reducida de todos modos) y todas las apps de su móvil. Y detalla los ataques de histeria de ella, muchos de los cuales han desencadenado en violencia física, quizás superficial en su mayoría, pero con tendencias a empeorar al punto de creer él, que su vida podría correr peligro en algún momento crítico y trágico que aún no se da; pero que no descarta del todo. Entre formularios, contratos y videos queda muy claro que ambos, por voluntad propia, y en pleno uso de sus facultades mentales, han autorizado a Remembrance a borrar de sus vidas todo rastro de que alguna vez fueron pareja y estuvieron enamorados. Lo cual incluye visitar y persuadir por todos los medios a los familiares, amigos y conocidos de ambos, eliminar todo objeto físico y actividades en las redes, y borrar de su cerebro los principales enlaces que activan tales recuerdos, usando la patentada tecnología de nanobots de Remembrance. Salvatore está en shock ante tales videos. A Solomon le parece que todo es muy viable, tecnológica y logísticamente hablando, su pragmatismo se antepone a cualquier emoción que quisiera aflorar al respecto, pero no hay mayor riesgo de emociones; a decir verdad, su personalidad parece estar marcada por una gran falta de empatía. ─Insisto en lo que te dije ayer ─rompe el silencio de quince minutos en que ambos han quedado luego de ver el último video─ si los sentimientos en verdad fueron muy profundos, rastro de ellos debe quedar en algún otro lugar, más allá de la red neuronal de la memoria, y acuérdate que no hablo de infantiles misticismos de ningún tipo─. Luego del desayuno, abandonan Monterrey sin decir más. El silencio reina entre ellos durante el viaje en taxi hacia el aeropuerto y durante el viaje de regreso a casa. Esa noche, sin embargo, Salvatore recibe llamada de Solomon. ─ ¡No vas a creer lo que he descubierto! ─ y Solomon prosigue contándole que en ambas carpetas había unos archivos que parecían basura, residuos de alguna eliminación de archivos, o una especie de archivos temporales incompletos ya inservibles, pero que despertó su curiosidad, alguno que otro patrón que vio en ellos. Más impresionante fue que ninguno de sus medios convencionales para decodificar archivos le había sido útil. Estos tenían algún mecanismo de codificación cuántica con una llave de encriptación tan larga, que le llevaría muchas vidas humanas a la espera de incontables servidores de alta potencia de computación de la época para lograr descifrarlos. Pero que, siendo el reto tan mayúsculo, él no había de quedarse quieto hasta hackearlos, costara lo que costara, aunque su contenido fuera inservible al final. De modo que haciendo acopio de todas sus habilidades tecnológicas y hasta de las que no, pudo acceder a la ultra nube cuántica experimental en el proyecto de aceleración de partículas que hace un par de años arrancó Japón en combinación con la China y algunos países árabes en algún lugar aún secreto de Oceanía. Y luego de un par de horas de batalla campal para derribar sus múltiples sistemas de seguridad de un orden avanzadísimo, logró acceder y descifrar los archivos en cuestión de unos noventa minutos. ─Ya tengo los archivos y he visto su contenido. No tienes idea de la relevancia de ellos para tu caso. Ese contenido lo cambia todo radicalmente. No debo decirte nada más por teléfono. ¡Ven a mi casa cuánto antes! ─Salvatore no responde nada, pero no se lo piensa dos veces. Se pone unos jeans, un suéter y un abrigo, toma las llaves de su automóvil y agarra camino a casa de Solomon. Son las 11:55 de la noche de un domingo de invierno especialmente gélido, la realidad misma parece congelarse y hacerse añicos ante los ojos de Salvatore mientras conduce rumbo a casa de Solomon.


(continuará…)


AljndroPoetry
2018-ene-1
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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Letras de seda

Bienaventurada sea la tarde
que es reinada por el sol
al llover entre mis poemas,
todo lo que hay en ellos: mi amor.

A veces un beso de tus uñas
al centellear mis dedos con tus caricias,
o una frase romántica,
cuando ya me tocas con Eva: tú desnuda.

Dicen de hacer el amor,
pero para nosotros es mejor hacer nuestro amor,
el que esta tinta queda en mi libro:
en un matrimonio con dos nombres, y un autor.

Igual el sol ya no quiere amar,
entonces llora en luna
mojando mis labios con el Diluvio Universal,
con voz de poeta, y corazón virginal.

Y a ti llegan las lluvias
del lance de mis libros,
la mejor historia de amor
grabada con beso, y nombre a gemidos...

El puño y letra vienen luego
cuando al acabar esta leyenda
tatúo mi secreto en tu alma tan ecuménica:
la que te hace caminar, hacia mi amor completo.

© 2017 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.
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Eso tan terrible que solía llamar amor

Quiero escapar
de este sentimiento
intransigente;

de este dolor
irrefrenable;

de este constante
andar descalzo
sobre cristales rotos;

de eso tan terrible
que solía llamar amor.

De este querer
que devora
con la ansiedad
de un hambriento:
Como si no hubiera mañana,
como si no hubiera otro;

de este sentir famélico
y mezquino,
y a la vez
amedrentado,
que no sabe dar;

de estas míseras migajas
que no nutren;

de este sentir
que una y otra vez revive
el matrimonio
de mis padres,
y también de aquel amor
resignado,
que todavía no sabe
decir "no",
pero tampoco "sí".

Quiero amar
y sólo consigo
asirme a la corriente
de los ríos,
al ir y venir de las mareas,
ensimismarme
todavía más
en mis catástrofes.

Tan sólo quiero
hallar algo distinto
a todo aquello
que conozco:

Ni siquiera
una vida
totalmente plena,
o la quimérica
armonía,
que al tocar
una misma
melodía,
logran dos instrumentos
diversos.

Tan sólo quiero
un corazón
que camine
junto al mío,
sin desgarrarnos
uno al otro.
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Éternels (eternos)

Nunca los vi como un matrimonio. Ella le amonestaba cientos de cosas: su mal carácter, su misantropía, su falta de sueño, su vestimenta oscura…
Él hubiera querido una esposa más prudente, una compañera que esquivara a los osados que alguna vez la adulaban, que no fuera tan presumida y, cómo tantas veces le solicitó sin conseguirlo, dejara de comprarse zapatos con prominentes tacones que tanto le disgustaban.

Las discusiones lograban sacar a la superficie sus desiguales naturalezas. Él, una vez pasaba la controversia, lo arrinconaba todo hasta olvidarse. Era ella quién archivaba ciertos detalles, ordenados e intachables como sus viejos recuerdos guardados en cajas de zapatos en distintos armarios. Lo conservaba todo, hasta las heridas y enfados que tanto la hacían angustiarse.

Viéndolos en su hábitat de convivencia yo creí que no se querían. Inclusive vacile que hubiese habido amor alguna vez entre la pareja. Los dos acataban los términos del compromiso. Él contribuía con menos dinero aunque aseguraba el mantenimiento del hogar; ella aportaba más ingresos y se ocupaba de la ropa de él, de los guisos y de la medicina para que él pudiese descansar.

El paso del tiempo acaba diciendo cosas, es evidente. Décadas más tarde admití mi desacierto, y vi realmente cuánto cariño había existido entre ambos. Su amor era un amor peculiar, sin otra melodía que la conversación diaria, la literatura, el mundo cinematográfico y su pasión por la música, pero todo regado por la autenticidad.

Cuando ella se fue extinguiendo él intentó alumbrar sus tinieblas, rechazando desgaste, documentando olvidos y sollozando, con la furia y la incapacidad de un joven solitario, su alejamiento discontinuo, señales de un adiós decisivo. La cuidó todo cuanto pudo, entre riñas, arrumacos y temores. Cada mañana la bañaba con cuidado y andaba, con sus pasos fatigados una buena distancia hasta el mercado que vendía las únicas arepas que ella, detenida en una infancia antojadiza, aún toleraba comer. De regreso, se desviaba del camino hasta la librería donde compraba un ejemplar de Saramago, Pavesse, Hesse, García Márquez, Cortázar, Márai o Baudelaire (sus favoritos) para aquella mujer que la vida y la muerte le iban arrancando.

Ella, por su parte, desvanecidos los recuerdos y miles de emociones, lo escoltaba con la mirada en la que, al contemplarle, resplandecía como nunca antes lo hizo.

El destino, aquel que los unió aun conservaba una brizna de piedad para ellos. Él se marcho, con el corazón hecho pedazos de tanto usarlo, antes de verla irse, gastados cerebro y cuerpo. Ella, que ignoraba que él no regresaría jamás, aprisionada en un tiempo paralizado, repitió cada mañana su nombre, mientras farfullaba
-¡Lo que tarda este hombre! ¡Lo que le gustan los paseos!-.

Un día sus cansados ojos dejaron de mirar la puerta por la que esperaba verle aparecer. No volvió a nombrarlo. No recriminó su soledad. Fue entonces cuando, inmovilizada en un cuerpo inerte y una mente desorientada, encontró el sendero que él había tomado y marchó en su busca.

Canet
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Neb-Jeperu-Ra

NEB-JEPERU-RA
Por D. A. Vasquez Rivero


I
VANITAS



¿Torcido sueño? ¿Espejismo?
Los cuatro muros que habito
se expanden hasta el abismo
supremo del infinito.

Las lámparas se derriten
en una espesa jalea.
Los libros en el armario
me obligan a que los lea.

¡Señor! ¿Qué me está pasando?
¿Tan fuerte es el opio rosa?
Me siento vapor liviano,
me elevo sobre las cosas.

Inflado, voy rebotando
sinuoso en la trayectoria
hasta que al fin me revienta
la llama de palmatoria.

Me achato. Caigo en un valle.
El gran desierto es la escena.
Camino por cierta senda
de ardientes, blancas arenas.

A cada lado se elevan
en fila enormes palmeras
y pareciera su fronda
hundirse al fondo en laderas.

Me freno, alguien me empuja.
Lo quiero ver, no me deja.
Pretendo irme ¡No puedo!
Así que sigo, sin quejas.

Perdida, bajo ondulada
ceniza de dinastías,
encuentro la entrada a un reino
que en otro tiempo existía.

Abierta la puerta, piso
un mar de ratas y cráneos.
La oscura fuerza me lleva
al corazón subterráneo.

¡Colmado está el hipogeo
de espléndidas maravillas:
cuchillos y bumeranes,
carruajes reales, sillas!

Y ciento treinta bastones
y taparrabos de lino.
En un costado ordenadas,
esbeltas jarras de vino.

Me sigue empujando el guía
que me acompaña y no veo.
Él dice: "Mira a tu izquierda."
Lo hago y... ¡No me lo creo!

Bañado en oro portando
el nemes de cobra y buitre
un féretro guarda al joven
varón de cuerpo salitre.

Sobre su pecho, trazada
distingo la crux ansata.
¿Un sol y un escarabajo?
¡De Tutankamón se trata!

Debajo del áureo cuerpo
que apresa fusta y cayado
descansa un capullo hueco
más pálido, descarnado.

¿Será que su Ka retiene
por dentro aún palpitando?
¿Y si despierta o se mueve,
o si me ve profanando?

Tal vez lo ha llevado Anubis
a responder por sus vicios
ante la pluma de Osiris
en la balanza del juicio.

De todos modos, se encuentra
provisto por los mortales
de mágicos elementos
que compensarán sus males.

En el vendaje que bajo
sarcófago lo amortaja
se engarzan los amuletos,
las inscripciones y alhajas.

Hay cuatrocientos ushebtis
dispuestos a hincar la azada,
a trabajar por su dueño
si falta le es imputada.

Pero... ¿Quién es la desnuda
mujer que deja las sombras?
Como una virgen, me quiebra,
como una fiera, me asombra.


II
RITO


Se acerca al momificado
flotando sobre alacranes
y alrededor de la tumba
coloca unos talismanes.

Es evidente su angustia,
mirarla me da tristeza:
Desconsolada lo llora,
enardecida lo besa.

Se enjuga su amargo llanto,
retrocediendo de nuevo
hasta unos vasos canopos
que yacen igual que huevos.

Con calma ceremoniosa,
vacía los recipientes
y lleva al vientre del muerto
las vísceras pestilentes.

Alzando al cielo las manos
recita salmos antiguos.
Quiero escapar y quedarme
-mi sentimiento es ambiguo-.

La estática de ultratumba
comienza a ganar potencia.
Del suelo brota la niebla;
del techo, cierta presencia.

Prestando atención diviso,
cayendo como en racimos,
tarántulas y gusanos
que a describir no me animo.

La hermosa mujer se agacha
y ordena con ademanes
que el féretro por completo
recubran sus alacranes.

Del techo las alimañas
también su dádiva entregan
y un jugo fosforescente
sobre la momia segregan.

La arena de todo el sitio
se vuelva roja, viscosa.
¡Es sangre que se destila
por entre nichos y losas!

El féretro está temblando
movido con las palabras
de la mujer que en su trance
realiza danzas macabras.

Me enervan el aire tenso,
los cánticos y gemidos.
Tambores y panderetas
repican en mis oídos.

Sin previo aviso, me ciega
un disco de luz radiante,
de cuya fuente desciende
el alma de un gobernante.

La fémina va y lo invita
a entrar en el descarnado.
No pasan ni dos segundos...
¡El rey ha resucitado!

Se para junto a su amada
que lo recibe sonriente.
La toma por la cintura,
la besa fervientemente.

¿Qué tiene el rey en la mano?
No logro ver. Estoy lejos.
Me muevo un poco más cerca,
mi previo escondite dejo.

Ya estoy llegando, ya llego,
Lo puedo ver si me elevo.
¿Acaso tiene una daga?
¡Oh, no! ¡Me empujan de nuevo!

La oscura fuerza me arroja
a pasos del matrimonio.
Me miran idiotizados
sus vástagos y demonios.

III
FINAL


El faraón enloquece
con un puñal me señala.
Ordena que, de inmediato,
mi sangre riegue la sala.

Me paro de un salto y corro
gritando desesperado.
Me siguen miles de arañas
y escarabajos dorados.

¡Que laberinto más grande!
¿Por dónde tomo el camino?
¡No puede ser que esto pase!
¡La muerte no es mi destino!

Elijo. Sigo corriendo
mi esfuerzo pide pulmones.
Detrás de mí serpentea
el piélago de escorpiones.

Un pozo ciego delante
cercena mis esperanzas.
Volver resulta imposible,
el poco aliento no alcanza.

¿Qué hago? ¿Salto o no salto?
Son muchos... ¡Son demasiados!
No tengo escape, me tienen
rodeado por todos lados.

Al trote vienen las ratas.
El pozo hierve en pirañas.
Tejiendo trampas de tela
y en formación veo arañas.

Un escorpión toma impulso,
saltando clava su anzuelo.
Me paralizo, tropiezo
y me retuerzo en el suelo.

¡Ay! ¡Cómo duele, Dios mío!
Mi savia ya coagulada.
¡Me están cortando por dentro
con hojas desafiladas!

¡Malditas, vengan ahora,
soy un manjar suculento!
¡Acaben con las cuchillas
que causan mi sufrimiento!

Me invaden los estertores,
el mundo es un manto negro.
Soy vaporoso, liviano,
volando me desintegro.

Despierto. Miro mi cuerpo.
Tendido estoy en la silla.
En humo y brasa de pipa,
se mueren las pesadillas.
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Esto está jodido...

Esto está jodido abuelo!!!, de verdad que lo está... Solté con coraje, las palabras me lastimaban como navajas al salir por mis labios, aun más lastimados por sus besos. El abuelo sólo me miró, con esa mirada penetrante tan de él, con esa mirada de sabiduría eterna encerrada en dos pequeñas pupilas negras, como una cueva llena de tesoros escondidos... Es gracioso, sabes, me he dado cuenta que por amor se dicen más blasfemias que palabras de cariño, me causa intriga cómo un sentimiento tan puro puede en momentos sacar lo peor de nosotros... será que llega un momento en el que uno ama tanto que tiene que ocupar cuanta palabra tenga en su léxico para poder expresarlo, un "Jodido" puede encerrar un te amo más sincero que un "Te amo", tal vez eso es lo que llaman ironía, o tal vez yo no estoy comprendiendo a qué te refieres cuando llegas a ésta, que es tu casa, en medio de la noche fría y con lluvia, a sacarme de la cama y lo primero que salga de tu boca no sea un "abuelo buenas noches" o un "disculpa la hora", no... lo primero que sale de tu boca es una blasfemia artera y sin razón, a menos claro... que ésta haya suplido una palabra de cariño... de cariño por ella, claro, no por mí. Lo miré fijamente, ¿Que no me comprendía? me estaba muriendo por dentro y él dándome lecciones de gramática amorosa, a veces me molestaba tanto su calma y sapiencia. Tienes razón, disculpa abuelo, me marcho para no molestar más. Él torció la mirada y puso su mano en mi hombro cuando me disponía a salir por el marco de la puerta. Y de nuevo vuelves a tener cinco años, si no es como tú lo esperas, no es y ya ¿verdad?, anda pasa y sécate, aquí lo sabes de sobra no molestas a nadie a menos de que Áureo se moleste por tu presencia, pero no creo, él duerme más que yo; me encontraste justo en medio de una historia de H.P. Lovercraft, nada mejor para leer con éste clima. Entré y dejé mi chamarra en la silla del comedor, y era verdad, Áureo estaba acostado en la alfombra entre los sillones, supongo que era su lugar favorito; desde que lo recuerdo de cachorro se duerme ahí cada noche, ese perro siempre me ha hecho feliz, no sé por qué, pero lo veo y lo quiero... perro tonto, como lo quiero... Bueno y dime, ¿por qué "esto está jodido"?, ¿de qué "esto" estamos hablando y que tan "jodido" está?... Es mi prometida, voy a romper el compromiso con ella, no nos entendemos, ella no ve las cosas claras, siempre me marca todos los errores que tengo, mi dispersión, que no tomo la vida en serio... en fin, parece que soy más causa de contrariedades que de felicidad, yo la amo claro, pero ¿cómo estar con alguien que te ve tantas cosas negativas, que te remarca aquello que uno ni siquiera nota?, ves cómo está jodido, no puedo más con esto... Yo hablaba a una velocidad tan rápida que ni siquiera podía entenderme, las manos me temblaban, el coraje recorría todo mi ser. El abuelo me escuchaba desde la cocina donde me servía un carajillo, es curiosos pero la primera vez que probé uno fue con él, era tal vez su tónico misterioso que todo lo resolvía, desde una indigestión hasta un desamor... Anda bébelo, necesitas entrar en calor... Ahh... el que inventó este elixir debe de tener su lugar seguro en el cielo... ¿Está bien? ¿le hace falta licor?... Carajo... "¿le hace falta licor?"... ¿es en serio?... le acabo de decir que romperé mi compromiso de matrimonio y al abuelo sólo le preocupa su estúpido carajillo... Si, está bien... Dio un pequeño sorbo y me miró fijamente sin decir nada, yo esperaba impaciente su respuesta, que dijera algo, nadie nunca me ha ayudado como él... Pues... siendo así, con todo lo que me dices me da gusto que rompas con esa relación tormentosa que parece no les dejará nada bueno, tienes razón, esa mujer es un ogro y no te conviene, yo no sé qué le viste... creo que es lo mejor hijo, mujeres hay muchas, ya vendrá la indicada... Me quedé en shock, ¿cómo podía decirme eso?, él la conocía muy bien, siempre me había dicho que le agradaba, ¿cómo podía decir eso en éste momento?, ahora no sabía con quién estaba más molesto, con ella... con él... conmigo... definitivamente esto está jodido... el abuelo de nuevo tomó un sorbo y miró por la ventana, me sentí sólo, completamente sólo... también fijé mi mirada en la lluvia, por la ventana los rayos iluminaban por un instante todo, como un día de un segundo, los truenos se escuchaban estruendosos. A ella siempre le daban miedo las noches así... Yo la quiero... tú fuiste el primero en saber que le pediría matrimonio, ¿Cómo puedes hablar así de ella?, tal vez soy yo un testarudo, será que no me gusta verme como soy en realidad, aunque ella no es una santa claro, pero la cabeza me da vueltas, de verdad que la quiero, pero no sé si sea mi futuro, ¿o sí lo sé?, a veces la quiero tanto que me duele, supongo que por eso sé que la amo... el amor duele ¿no?... sino cómo se sabe que se ama, pero hay veces que yo no la entiendo, me quiere un día y al otro no, ¿Qué debo hacer?... No pude decir más, llevé mis manos al rostro y sentí como las lágrimas buscaban escaparse entre mis dedos... ¿Hijo dime algo... tú la amas?...Claro que la amo... ¿Con todo y sus defectos?....Sí, ella es perfecta para mí, a veces no la entiendo y otras tantas de verdad que me saca de quicio, pero siempre la amo... ¿y ella te ama?... No sé... Claro que lo sabes... Yo creo que sí me ama, siempre me ha apoyado, me ayuda a mejorar y en los peores momentos sólo me abraza y con eso el mundo mejora... ¿Entonces?... Entonces, soy un tonto, una simple discusión no puede más que nuestro cariño, gracia abuelo siempre sabes qué decir... Pero yo no he dicho nada, todo lo has dicho tú. Sabes bien que yo estimo mucho a tu prometida, ella es linda y agradable, pero sólo tú la conoces de verdad yo no podía decirte lo buena o maravillosa que es, que no la dejaras y aventaras todo por la borda, eso sólo lo puedes saber tú, y me da gusto que recapacitaras. Ya te tocará ser abuelo y espero que entiendas que el dar un consejo no es decir las cosas que se deben hacer, dar consejo es ayudar a otro a ver la luz... Al terminar de hablar me abrazó y yo me sentí de nuevo ese niño de cinco años en sus brazos, me liberé por completo y solté mis lágrimas en su bata como si de un paño removedor de penas se tratara. Terminé mi carajillo y le dije cuanto lo quería, tomé mi abrigo y salí por la puerta. Pasaron dos meses y tuve una boda increíble y feliz. El abuelo nos dejó tres meses después.

Pasaron más de cincuenta años desde aquel suceso. Una noche cerca de las dos de la mañana sonó la puerta de mi casa, baje a ver quién podría ser a esas horas de la madrugada; era mi nieto, abrí la puerta y al verlo me dijo... Esto está jodido abuelo!!!... Yo sonreí y lo tomé del hombro... Pasa hijo, siéntate, prepararé un carajillo...
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Romance de Eros y Psique

Era la admirable Psique
la menor de las tres hijas
que tuvieron unos reyes
según la mitología.
Decían que era tan bella,
la encarnación de Afrodita,
que la diosa recelosa,
dictaminó su desdicha.
Con una flecha oxidada,
Eros, el hijo debía,
hacer que se enamorara
de la horrenda y deslucida,
de la más fea criatura.
Mas no todo era armonía,
y a pesar de su belleza,
infeliz era en la vida.
Ningún hombre se acercaba,
ninguno la seducía,
por parecerse a una diosa,
por eso no se atrevían.
Al Oráculo de Apolo
consultaron su familia,
casarse en una montaña,
ese destino tendría,
con el hombre más monstruoso,
esa fue la profecía.
Céfiro la rescató
de la montaña sombría,
y en un valle la posó
entre rosas florecidas.
Despierta a Psique el rumor,
la corriente cristalina
que la transporta a un palacio
de una belleza divina.
Allí todos la adoraban,
allí todos la servían,
la colmaban de riquezas,
de joyas y de comida.
Y en su alcoba por la noche,
va a recibir la visita
de adonis que la desposa,
y que se oculta a su vista.
Plena de felicidad,
pero cuando llega el día
el esposo la abandona,
triste queda en su partida.
En las noches amorosas,
cuando rebosa en su dicha,
le pide que sus hermanas
le puedan rendir visita.
Su amante no está conforme,
sabe de la hipocresía,
de sus malas intenciones,
de los celos y su envidia.
Y las hermanas a Psique,
el veneno y la mentira
le meten en la cabeza:
-Tu esposo es como una víbora,
una espantosa serpiente,
se oculta por terrorífica
.
Y decide en una noche,
que ni la luna lucía,
una lámpara encender,
por más de estar advertida
que si quiebra la confianza,
su amor se terminaría.
A la luz de la lucerna,
con la llama bien prendida,
descubre a un Eros perfecto,
de una belleza infinita.
Pero una gota de aceite,
que hasta el hombro se desliza,
despabila a Eros del sueño
y despierta a la vez su ira.
Vacía y desesperada,
hasta el templo de Afrodita
tras Eros vaga la psique.
La diosa ahora la humilla
con imposibles tareas
que nadie superaría.
Con la ayuda de los dioses,
sale bien de la porfía,
aunque le queda el castigo,
la condena de una arpía,
de bajar a los infiernos
por agua de Juvencía.
-Nunca el cofre destapes-,
Perséfone, allí le avisa.
Y al regresar a la luz,
por curiosidad movida,
abre, sin deber, el cofre
de la belleza divina,
y en el sueño más profundo
su mente se ve sumida.
Eros acude al rescate,
ruega a Zeus y le conmina
para que la haga inmortal.
Tras convencer a Afrodita,
el gran dios decreta boda,
y se celebra en Olimpia,
este feliz matrimonio
del que nacerá una hija,
Hedoné, del placer fruto,
y de esta historia maldita.
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Otra historia de amor (parte 5 - final)

Los preparativos para la boda parecen estar finalmente listos. Han sido tres meses alucinantes entre tantas decisiones sobre manteles, comidas, colores, flores, música, capilla y demás. Definitivamente, temas en los que a Martin le habría gustado no tener que participar tanto. Es increíble que se esté casando a tan solo un año de haber iniciado ésta relación. Aunque recuerda con agradecimiento, que ésta relación le salvó de perder toda cordura. Mónica vino a rescatar la casi nula capacidad de amar que había quedado en su corazón desde la huida de Verónica, hace dos años ya. Aún recuerda, con un sabor amargo el desordenado basurero en que se convirtió su vida interna y hasta su apartamento, tras su partida. Y el trabajo, con la inercia ganada, seguía avanzando bien, pero en piloto casi automático. Con Mónica todo fue tan fluido desde el principio. Ese primer encuentro en el parque mientras ella paseaba su cachorrito dálmata. Ese acercamiento tan natural y desenfadado de ella mientras él se sentaba en una banca que parecía tan solitaria como él, desconectado de todo lo que sucedia a su alrededor, absorto totalmente en los recuerdos de los días vividos con Verónica. Manchitas fue un mediador fantástico entre ellos. Su sola presencia suavizaba las cosas. Evitó el rechazo de Martín hacia toda chica que pudiera ser una amenaza a tener que abrir su corazón de nuevo. La amistad fluyó inmediatamente, entre este trío (Mónica, Manchitas y Martín) sin expectativas, sin dobles intenciones. Los encuentros en el parque se hicieron habituales, no planeados, espontáneos. Martín hasta se compró un cachorrito labrador ─Nicky- para acompañar algo de su soledad y completar así un cuarteto de amigos. La existencia de Nicky lo obligó a regresar a los suburbios, pues en su edificio de apartamentos no aceptaban mascotas. El cambio a los suburbios, rodeado de verdes árboles, plantas y sus flores; le sentó muy bien a su alma también. Se hizo un caldo de condiciones propicias para que las arañitas del amor volvieran a tejer sus redes, subrepticia y subliminalmente. A tan solo un mes de conocerse ya andaba saliendo con Mónica formalmente (sin la compañía de Manchitas y Nicky que distraian bastante). No había asomo alguno de planes de matrimonio en la cabeza de ninguno de ellos, pero las hadas del romance hacían lo suyo y a los cinco meses de estar saliendo; a la luz de una luna plateada, y un concierto de pajarillos nocturnos, con rodilla al suelo y todo, en el mismo parque en que se habían conocido, le dió un hermoso anillo de compromiso y le pidió que fuera su esposa. Mónica se le tiró encima y rodaron por la grama, entre sonrisas y unas lágrimas de felicidad que se mitigaban un poco con profundos besos de dos almas muy enamoradas.

La fecha de la boda estaba fijada para siete meses después y de allí fue una vorágine y un pandemónium de arreglos de boda que abrumaron a Mónica y Martín; pero de buena manera.

Era un viernes por la tarde, Martín estaba recogiendo su frac de la tienda de renta de trajes, cuando de pronto, entra una llamada, de un número desconocido. ─Debe ser alguna de las empresas proveedoras de la boda que llaman a última hora (a veces llamaban desde los celulares de empleados distintos) ─dice Martín en voz alta con tono de irritación. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─contestó Martín─ ¿Hola, cómo has estado? Por favor no cortes ─dice la voz de Verónica ─y a Martín le tiemblan las piernas, y su mente viaja en el tiempo, dos años atrás y su alma es traspasada por todas las sensaciones y sentimientos, incluidos el dolor y la añoranza de todo lo vivido con Verónica. ─¿Qué pasa Verónica? ─responde Martín bastante cortante. Tras una breve charla, entre intensos reclamos de Martín por la deslealtad de la huida de Verónica y los recuerdos de que lo bloqueó en todas sus redes sociales, cambió su número de teléfono, cambió hasta de trabajo para tomar un tren distinto y demás, y las débiles excusas de Verónica; accedió Martín a reunirse con Verónica en la casa de él, dentro de dos horas. Tanto ella como él creían que valía la pena un cierre decente de esa relación y ese capítulo de sus vidas. Martín, muy nervioso, casi no pudo hacer el resto de cosas que tenía planeadas esa tarde. Llegó a su casa una hora antes de la hora acordada. Repasó una y mil veces, tres o cuatro versiones del breve discurso frío que le daría a Verónica y de pronto, suena el timbre de la casa. Se dirige a abrir, el sol todavía algo brillante del inicio del ocaso le golpea la visión; Verónica se ve solamente como una silueta algo borrosa, un tanto más delgada que como la recordaba. La invita a pasar adelante luego de saludarla friamente con un leve apretón de manos, sin apretarla en lo más mínimo realmente, casi sin tocarla. Se sentaron en la sala y fue entonces que pudo contemplar su rostro, esos hermosos ojos azules que antes lo habían hechizado, ahora se veían con menos brillo, su rostro más palido de lo usual, su ánimo muy decaido, habría perdido unas quince libras desde que la vió la última vez. Verónica le contó, con una narración honesta, sin querer excusarse inutilmente, el porqué de su regreso abrupto con Alberto. Esa "fuerza del destino" que pareció arrastrarla hacia él, a pesar de la resistencia que ella quiso oponer por sus nuevos sentimientos hacia Martín en esa época. Le narró lo desdichada que fue otra vez con Alberto, quien nuevamente, había sido nada más que un triste espejismo. Martín perdió todas sus fuerzas. Olvidó todos los discursos ensayados y hasta los imaginados. Y antes de darse cuenta, se abalanza contra ella y le da un beso que en milisegundos pasa de un beso tierno a un beso apasionadamente intenso. Las manos no le alcanzan para acariciar su rostro, se le enredan entre su pelo, se deslizan solas en la espalda de Verónica, llegan hasta sus muslos y sus caderas, la aprieta contra sí mismo con una fuerza y convicción como si quisiera que no se le escapara nunca más. A Verónica le escurre una lágrima en su ojo derecho mientras jadea, y respira con dificultad, los besos de Martín casi la asfixian, pero en ese momento no quiere respirar oxigeno, solo quiere respirar sus besos, su aliento, su aroma, su esencia. Salen manos de todos lados, las de ella y las de él para despojarlos con violenta vehemencia de sus ropas y antes de darse cuenta no hay nada entre ellos sino su piel y una densa capa de sudor que los quema al roce de sus cuerpos. Martín la levanta sujetándole los gluteos con sus dos manos, y las piernas de Verónica se enroscan en él como si su vida dependiera de ello. El jadeo es intenso, el vaivén es despiadado, la embiste con las fuerzas de una pasión que había dormido en su interior durante dos años ya. Su corazón estalla de amor por ella. Verónica solloza mientras él la penetra; ella se aferra a su espalda con sus largas uñas hasta hincárselas dolorosamente dejando huellas de sangre sobre ella. Martín no siente nada, solo la presión de las piernas de Verónica enroscadas en su cintura. La pone a gatas contra el sofa, la sujeta fuerte del cabello con una mano mientras la otra se aferra de uno de sus pechos, mientras la penetra nuevamente con una violencia casi gentil, sin lastimarla, pero desbocando todos sus caballos en el acto. Se sumergen en un océano de sensaciones, sudor, placer y gemidos, hasta que ambos llegan al estallido de su orgasmo compartido. Minutos después Martín yace exhausto en el suelo y Verónica recostada en su pecho con uno de sus muslos cruzados sobre su miembro ya en reposo; juega con su dedo índice a recorrer el pecho desnudo de él.

Transcurre una hora más mientras Martín y Verónica se besan en silencio, acariciando su cuerpo muy lentamente, disfrutando de una intimidad a lo que no tuvieron acceso antes, por falta de tiempo.

Martín se levanta, se pone sus jeans y camina descalzo por la sala, hacia el desayunador de su cocina y busca su celular. Tiene tantas llamadas perdidas y mensajes de Mónica, inquiriéndole sobre las cosas que él debía hacer esa tarde en preparación final para la boda, incluído el ir a recoger su frac. No tiene moral, ni energía para llamarle de vuelta y menos responder uno solo de su mensajes. Verónica lo sorprende por la espalda, aún desnuda, abrazándolo intensamente mientras le propina dos besos muy tiernos.

Casi no cruzan palabra. Se hablan con la mirada. Se hablan desde el alma, se ponen de acuerdo sobre su futuro. Y se dirigen ese mismo día al aeropuerto y compran un boleto a París. Ni siquiera llevan equipaje, en el camino comprarán lo necesario. Las dos empresas en que trabajan tiene subsidiarias en París, ambos son empleados estrella y no tendrán problema en que los transfieran allá. Suben al avión, se sientan el uno al lado del otro, Verónica observa la noche de estrellas brillantes desde la ventana, mientras sujeta la mano de Martín, quien la aprieta como si no quisiera soltarla jamás. Suspiran al unisono mientras arranca esa noche, volando muy cerca del cielo, la primera noche del resto de sus vidas, juntos. Su corazón palpitaba muy fuerte, mientras algo en su interior les decía que este era el verdadero inicio de su historia, para muchos, tan solo otra historia de amor, para ellos, su única y verdadera historia de amor.

FIN.


@SolitarioAmnte / vii-17
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El punto final

Su moneda de cambio eran sus poesías y ella le entregaba, a cambio, gozo carnal. Con aquella disposición creaban un terreno que únicamente ellos habitaban. Lo mantenían en completo secreto. Algunas veces espontáneamente. Solo existía entre ellos una especie de intercambio. La forma de trueque menos material que se pueda pensar. Ni siquiera podría calificarse de intercambio, aunque de alguna manera fuera un negocio. Y ese mismo pacto les otorgaba una transformación invisible a los ojos del mundo. Les amparaba. De los sitios oscuros conseguían luz. Del encuentro imprevisto hacían infinitud. Al comienzo se sentían empujados por la idea de un mero yo te entrego, tú me entregas.
Hasta saber de él ella solo había conocido la típica forma de conseguir dinero de un hombre. No las formas más pérfidas: conocía de las extorsiones que abundaban sobre el sagrado matrimonio. Su profesión, al menos, dejaba las cosas bien claras desde el inicio.
Ahora se sentía fraccionada. No porque no consiguiera el precio acostumbrado, que cada día le atraía menos. Sino porque no sentía que el hombre le estuviera recompensando sus esfuerzos al recitarle sus versos. A su lado no se sentía mercadería. En aquella oscilación de licencias, ¿qué tenía más importancia? ¿La poesía embelesadora que ofrecía él o las delicadas artes amatorias que ella ejercía sobre el cuerpo del poeta?
Tampoco el rapsoda advertía en la conducta de la mujer una complacencia forzosa. Los dos se daban cuenta y lo hablaban.

-Esto nuestro es algo insólito, porque no se le puede llamar amor, ¿no?,- decía ella.
Realmente no dudaba, sino que creaba deducciones incompletas que le permitieran seguir averiguando, confundida como se sentía con aquel vínculo extraño, pero enormemente placentero.

-Quizá no sea amor, aunque tal vez sea el camino,- respondía el poeta con sarcasmo.
-Enséñame a narrar- le pedía ella mientras mordía el pecho de su amado.
-Enséñame tú a seducir,- contestaba él.

Y el hombre continuaba recitándole versos de amores aparentemente dichosos y evidentemente desgraciados, de tipos con hambre que no querían seguir viviendo, de narcisistas que escapaban para poder quererse mejor, de mujeres huecas que solo miraban los satélites de su ombligo, de trabajadores honestos que se sublevaban cansados de sus tormentos.

-Relátamelo nuevamente,-
le requería ella haciéndole saber que disfrutaba. Y él retomaba los versos, añadiendo cambios, alterando tonalidades y en ocasiones implantando distintos finales, dramáticos, misteriosos. Sin pedir por ello nada a cambio.

Una tarde él describió a la mujer un relato parecido a la historia que estaban viviendo. Ella se vio reflejada en el guión, se vio con precisión dentro de la historia, confirmo el camino recorrido en su vida desde que se encontrara con aquel poeta. De pronto detuvo su narración.

-No continúes con el relato. Solo quiero que me cuentes el final-

Él guardo silencio por un instante, puso las manos sobre la cara de ella y cerró sus ojos. La fue emocionando pausadamente. Ella resbalo bajo los arrumacos de él. Y sólo consiguió decir:

-Has aprendido correctamente. Lo mejor es el punto final.

Canet
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