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Musa entre las olas

En la espesura del bosque denso
de mis sentidos, vislumbro una luz
tenue, que en la oscuridad,
calma el mal de mis principios.

Pensamientos que galopan sobre
lomo de blancos caballos viejos,
heridos por la distancia del tiempo.
Sueños de largas noches de insomnios,
latidos que rompen el silencio,
albas llenas de promesas rotas.

En el bosque de mis pensamientos
apareces tu, musa entre las olas,
luz entre las alargadas sombras
difusas de mis días grisáceos.

Aurora blanquecina, dorada,
de mis largas noches de quebrantos.
Infinita, transparente claridad
de mis melancólicos ocasos.

En el bosque de mis dulces besos
eres la diana, amazona valiente,
deidad elocuente de mis rezos.
Tu piel, urdidos estambres, hilos
finos, con delicado esmero
en fruto melocotón,
hace bailar a mis torpes dedos.

En la espesura del bosque quieto
entra la duda cual brisa marina
moviendo el barco velero, al son
de las olas fuertes de mis deseos.
¿Por qué la fría, lejana, lenta
pasión de tus callados "te quiero"?
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Llamazares, viejo amigo

Qué fácil es caer en el olvido
cuando todo se tiñe de amarillo en esta vida.
Mi alma, amarilla, impertérrita,
deja a la burda muerte regodearse de sí
y clavar su espina negra en las venas de dulce azufre.

Han caído las nieves de la última vez
en estas tierras de Ainielle donde yace,
esperándote postrada en la acera,
Sabina y dos muertos más con sombreros de paja.

Todo se ha cubierto de amarillo tras tu derrota.
Volvió a ganar la sombra yerta, y ahora el río,
la nieve y hasta tu propio recuerdo es amarillo;
y amarillas son las hojas de los chopos,
y amarillo el lamento y las lágrimas en eco.

Allá en las montañas se divisa el verde esperanza,
pero aquí yazgo, el último superviviente de este pueblo,
porque Andrés, no, no eras el último que quedabas aquí con vida
ni el amarillo era un difuso melancólico
ni sus fantasmas espectros de la luna llena.

Ya vienen las frías y burdas madrugadas,
y me quedo solo, esperando que el amarillo me consuma
y que la Diosa Negra me dé por fin
el descanso que necesito.
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Lluvia...

Lluvia...
Tiene un encanto especial
en esta noche que apenas
la luna se puede apreciar...

Lluvia...
Es inspiradora, ayuda a
plasmar a escribir lo que
me dicta el corazón, es
melancólica, es como música,
que se cuelan en tus oídos,
y en tu corazón, y los versos
que escribo forman bonitas
canciones.
y a la vez nostálgica, que te
recuerda recuerdos vividos
tan tuyos.

Lluvia...
y sábado mezcla perfecta
para estar en armonía
acompañada de tus pensamientos,
junto a una taza bien caliente
de café...
Escuchando así, como golpean
las gotas de lluvia en el cristal
de tu ventana...

Cierras los ojos y te evades
de la realidad, de
las acritudes cotidianas. Los
inevitables sin sabores del día
a día y algún que otro desaire.

Aunque te sientes en un rincón
preferido de tu habitación,
escuchando esa canción de
fondo que se escucha sin parar.
y la noche y la lluvia te acompaña,
al compás.

Por unos instantes te llegan aromas,
sonidos recuerdos, y fantasías
divagando por tu mente.
que te acompañan en ese mundo
tan tuyo, tan personal y que
no puedes compartir con nadie,
porque tal vez, nadie lo entendería...

Abres los ojos. ...

Y ahí te ves, con tu taza de café,
escuchando la misma canción
que no deja de sonar, y escuchas
caer la lluvia, y las gotas
golpeando en el cristal de tu
ventana...


© Derechos de autor
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Ene

N se asoma a esa ventana
melancólica
de un lunes cualquiera.
Su casa huele a vacío y abandono,
a polución nocturna y a angustia;
un gato maúlla en algún rincón,
el frío se cuela por un cristal roto,
y otra vez se quema el café.

Las farolas parecen curiosas estrellas
mientras N echa de menos
lo que fue ayer,
casi tanto como lo que será mañana.
Más que lo que fue, lo que sentía entonces:
aquellas mariposas en el estómago,
la magia en los huesos,
el amor en el alma
el cóctel de hormonas,
la droga del corazón…

N pone un disco de Leonard Cohen
en el viejo tocadiscos,
enciende un canuto
con el viejo zippo de H
y deja flotar sus pensamientos:
a veces sale de su cuerpo,
flota alrededor de la lámpara
y recupera la fe;
otras, siente que su piel
es una madriguera llena de ladrones,
que las canciones y los porros
jamás le traen ya de vuelta
los posos de su risa,
la ilusión de los viernes,
las caricias multiorgásmicas,
la sensación de ser alguien.
Aunque sea por una última vez.

A N le gustaría abrasarse
la piel con otras manos,
la boca con otros labios;
y poder decir, con algo de fortuna,
aquello de que aún no estamos muertos
mientras se acaba
el último sorbo de cerveza
en las entrañas de un tugurio
de mala muerte;
fuera en la calle huele a mar,
a tierra mojada,
a café derramado
o a apocalipsis, ¡qué más da!
En ese efímero instante
un vagabundo muere,
una duda se disipa,
un mimo estornuda,
un nuevo día amanece
y una niña pide un deseo
mientras el agua del lavabo
se lleva su pestaña por el desagüe.

(Luvia)

N aplasta la colilla en la acera
y escucha el blues invisible del agua
inundando el mundo.
Aunque la ciudad nunca duerme,
eso ya lo sabe
desde siempre.
Como esa puñetera cantinela
de mañana será otro día,
de qué ojeras llevas hoy,
de no bebas entre semana,
de un clavo saca otro clavo…
de adiós a tanta tontería.

Juanma
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Pensamientos de inexistencia

He pensado que, ya que nos vamos a morir, que sea liviano.

Los párpados que aún vagan por la playa,
verano lamiendo las heridas,
cucuruchos entre bloques de hormigón
y malos besos de infancia.
Melancólica melodía para flauta dulce desafinada,
con dedos de alambre
tapando las negruras de la vida sin atino.
Suena la muerte entre las rendijas de una persiana mal bajada
que, a duras penas, oculta del sol la soledad
de un cuarto en ruinas y un corazón batido.
Maratón de taxis por la gran vía de un pueblo herido,
la sangre barriendo salvaje briznas de verde tierra
hasta desaparecer en una balsa de sonrisas fingidas
y pelo de visón en los semáforos.
Es nochebuena en agosto,
lloran a la mesa los perros de arrugado hocico y cadera pisada.
Con suspiros entre ladrido y ladrido plañen
por unos instantes
más antes de que el blancor de una sala aséptica les cierre los ojos
y apriete los dientes.
Por los que vienen y por los que se van,
aúlla discordante la manada que queda,
la manada que late,
la manada que es.

He pensado que, ahora que por fin nos morimos, es mejor olvidar
y que caiga el telón de los años.
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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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42 de noviembre

42 años, una vida de 42 años,
recuerdos en sepia
que en el tiempo
se vuelven ficticios,
como si lo vivido
nunca hubiese acontecido.

42 años de vivencias
reproducidas cual
películas de cine mudo,
cuyos personajes se mueven
a velocidad vertiginosa,
láminas mudas en blanco y negro.

42 años de tristezas,
forjando un espíritu melancólico,

42 años de desilusiones
fortaleciendo un alma rebelde,

42 años de locura permanente
abandonada a un ánimo insatisfecho.

42 sentidos en estado de ebullición,
42 ojos para observar todo,
42 oídos prestos a escuchar
cualquier idea inteligente,
42 direcciones en las que correr,
42 paladares degustando cada segundo.

Una vida en 42 años,
con la emoción del eterno aprendiz,
cuyo apetito insaciable
por aprender, por sentir, por amar,
le llevaría a paladear
42 vidas de 42 años.

Amén
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Magia sin truco

Llegas y arrasas,
huracán de una eternidad
que llevaba esperándote.

Primer verso escrito
y aún no me lo creo.

¿Me dejarás en tu boca
o frente al altar vestida de blanco?
Mejor no pensarlo, herido diario,
que no te desangre
ni aún soplando a milímetros,
pues conoces al viento
y a tu corazón embustero,
tan falto de amores verdaderos,
incompatible con los que aparecen por noches
y al alba se marchan
sin mirar hacia atrás
aunque se dejen en tus labios
conjugaciones inexactas
de predicciones inciertas
que nunca erran tus pasos.

Así que esta vez camina despacio
y si encuentras magia sin truco
con la que pretenda hipnotizarte,
deshazte del miedo y recuerda quién eres.

Bésala,
cierra los ojos
y abrázala
hasta que al mirarla te sienta
como la quieras amar.

- ¿Qué dices, poeta? ¡Se marchará!
- Olvida estos impulsos que se saltan el compás.

Mas no te detengas
a pensar en su risa
hasta ahora indiferente
para tu melancólico hastío.

Quizás, todas ellas
hayan sido presentes,
pretéritos simples de verbos
que nunca se hallaron reciamente consolidados,
ni por redobles de cánticos
ni por poemas de Bécquer
que desataban consonantes
tu afán por pintar golondrinas rigurosamente.

Y a lo mejor, cansada de poesías,
que rechinan insólitas
en la métrica quejica,
lo que la vida te ofrece
sean sus ojos haciendo juego sin rima
en satírica que despierta en ti cada día
el hecho de necesitarla sin motivo aparente.

Es didáctica,
nomenclatura científica,
prosopoética ausente,
discordante imaginativa
con la clásica melodía
que deniegas a tu corazón ilegítimo.
Y, sin embargo, feliz por hallarle la cura
al que eligió ser artista
sometido a su propia tortura.

Historia sin prólogo
que te hace sentir extraterrestre,
y ella incompatible
con la infelicidad del absurdo poeta
que te lleva al fracaso.
Filosofía tampoco.

¿Qué será?

Quizás, tan solo sea
la asignatura pendiente
que nunca has aprobado
en eso del amor
por deshacerse de ti a tiempo
en el baile de graduación.
Entretanto por la falta
de corazón incompatible
para el sinsentido con el que bañabas
antaño tu razón.

Y, ¿si ha llegado?...

Sin roles adquiridos
ni congénitos propios
de quien haya nacido
para ser musa de un artista.
Simplemente, ella,
con nombre y apellidos,
sin cuento que la encasille
para incitar tus sentidos artísticos.

“Ojalá sea ella mi mejor regalo”
sueñas a su lado toda la semana
y cómo decírselo
si nunca es el momento
aunque siempre se halle bailando en tus brazos.

Tal vez esta vez se aleje primero
por dejar que tu mente interponga vuestro vuelo
y llegarás a deshora aunque la tengas al lado
porque tú, corazón cobarde,
siempre has faltado
donde empieza el miedo.

Así que ahora corre
y lucha por ella.
Pregúntale
si tiene truco para mirarte
como tú la miras.
Deja que vuele,
que se quede en blanco
y enséñale que la magia
se revela con labios
que aunque aún no se conozcan,
se llevan toda la vida buscando.
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Deseo en común

En un banco clandestino
dos amantes se acarician,
mientras un gato negro cruza
veloz, sin prudencia la esquina.

El estómago me patea
soltando las mariposas,
aquellas que en invierno
salieron de sus crisálidas.

El cielo posee sus ojos
melancólicos, tintilantes.
La diferencia es que los tuyos
no me miran y lo intuyo.

Que aunque no me mires
tú también miras al cielo,
y cuando cae una estrella
el deseo es el mismo.
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Que quede claro

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Que las normas de convivencia recomiendan
sonreír a quien nos mete la mano en el bolsillo,
que madurez es uno de los sinónimos
más difundidos de la palabra resignación,
que el viento no se toma el tiempo
de llevarse palabras muertas.

Que la esperanza también tiene sus esquirlas,
que siempre quedarán los que
crean que un estornudo es coqueteo;
que la gente se zambulle, no en aquello
que los haga felices, sino en lo que
los lleve a sentirse menos apenados.

Que hay sufrimientos que ignoran
lo que significa marchitarse,
que el futuro es un pañuelo
descartable arrojado en una vereda,
que, socialmente hablando, resulta más sencillo
emitir una condena que una absolución.

Que cada quien se ha encerrado
en su irrealidad, y merienda
sándwiches de falsas esperanzas,
que los que no aprenden a distinguir
entre ética y política convierten a
ésta última en sinónimo de insensibilidad.

Que hay dilemas que nos respiran en la
nuca, que la televisión maneja a los televidentes
por control remoto, que las serpientes de arcilla
no perdonan a los buitres de la timidez,
que la fama es el mejor de los sobornos
para las víctimas que se creen victimarios.

Que no es culpa de la sombra que nos acompaña
que cada mano sea una pistola apuntando al
alambrado pecho de nuestros semejantes.
Que el día es una estaca de horas demasiado
iguales, que estamos curados de espanto
de legañas que nacen congeladas.

Que damos la vuelta olímpica festejando
campeonatos ajenos, que en este mundo importan
más las apariencias que los límites, que hasta
el insomne e intransferible dolor es digital
en estos tiempos, que la noche es
un incendio demasiado despierto para mi gusto.

Que la palabra del hombre se parece cada vez más
al balido de las ovejas cobardes, que la fórmula de
la eterna juventud se encuentra en el fondo de las
contaminadas aguas de un lago antaño cristalino,
que se está desencadenando una guerra civil
hecha de espejismos y melancólicas psicografías.

Que cuando el fanatismo estrangula tiene la
deferencia de ponerse guantes de cirujano, que
cada uno elige el mito que más
le ayuda a definirse, que todo mal
augurio adquiere otro color si se lo
deja unos minutos en el microondas adecuado.

Que la realidad enseña tarde o temprano que
el ombligo no es frontera, que los tribunos
que maltratan la economía nos enroscan en
el cuello un cumplido difícil de agradecer,
que la devastación provocada por las llamas
de la corrupción no conoce de indulgencias…
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Tú... mi "Luna"

Así se anida la nostalgia,
a melancólicas caricias
de un recuerdo que ha volado.

Alcohólicas esencias
que dejan ebria la mirada
y así las consecuencias
de unos ojos que han llorado.

Y si a medias se han quedado
esas noches de amargura,
quizás alguna al sentimiento
bien renazca así en la cuna.

Solo una es la que siento
como siento que aún perdura...

ese brillo en la distancia
a medianoche...

... sin mi "luna".
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La tórtola y el águila

Era un acorde de voz musitando libre en sus cadenas de ensoñaciones. No alcanzaba su canto la felicidad, ni hallaba en su entonación el espectro de colores y la calidez de su gorgojear. Revoloteando perdido por el tiempo y espacio de su curiosidad infinita, seguía buscando aquello que ahogaba sus ilusiones, arrancarle la venda a aquel acorde, trocar su música en palabras.

Mas era libre, acompañado de la soledad e incomprensión, ¿como renunciar al plumaje de su esencia más íntima, a pesar del dolor, el arrebato….?

En la primavera, el acorde mutó en gorrión. En su volar errático, espontáneo, trinaba vivazmente sin más preocupaciones que encontrar sus semillas, el aire por compañía, sin más alivio en su destierro de emociones. En su empeño por no dejar de batir sus pequeñas alas, halló una Alondra, con un canto que aturdió sus sentidos y sacudió su soledad. Aquella inspiración le enseñó el bosque, lugares donde descansar de lo cotidiano. Le enseñó remansos de manantiales, donde refrescar su garganta hastiada de no poder emitir sonidos que dieran color a sus emociones, aquello que aprisionaba su pequeño corazón.

La Alondra le cantó la más delicada de las melodías, extendió sus alas y protegió al gorrión del frío de la soledad y los juicios. El gorrión, mirando a los ojos a la Alondra, pronunció su primera palabra, Amor. La Alondra conmovida por la sinceridad de aquel pequeño gorrión le armonizó el más melancólico de los cantos.

Entonces ocurrió que el pequeño gorrión se convirtió en un ruiseñor, repitiendo nuevamente la misma promesa, Amor. Pero las nubes, con forma de cazadores, asustaron la Alondra, quien echó a volar. El pequeño no pudo seguir aquel vuelo de despedida. En el adiós, descaminó lo andado, su canto se tornó en tormenta y pena, sin volver a entonar aquel voto.

El silencio lo llevó a lugares áridos, ahogado por el febril vuelo a ningún lugar, no entonó trino alguno. El pequeño ruiseñor se refugió en aves pasajeras, sin hallar remansos donde descansar, encontrar el camino de su palpite, de su búsqueda de lo puro. Aves migratorias aliviaron su punzada en cada latido, pero no la forma de que el pequeño ruiseñor, agotado de tanto peregrinar, hallase la paz y el sosiego que diesen forma a sus palabras.

En el otoño, con el cuerpo ensangrentado por los cortes de la vida, abatido por el desfallecimiento de no encontrar lo que se desconoce, una tórtola lo arrulló. Aquella nueva melodía sanó su cansancio, con sus lágrimas, la tórtola, enjugó su dolor curando sus heridas, su bondad le devolvió al ruiseñor las ganas de entonar bellas melodías y reír en su canto. La tórtola le prometió que ni cazadores, ni estaciones, ni silencios o tormentas le alejarían de su compañía, que sanaría sus imperecederas heridas del espíritu una y otra vez, que amaba aquel frágil ruiseñor por lo que era, no por lo que no sería nunca.

De nuevo sucedió, el pequeño ruiseñor comenzó a recordar, ¿cómo era aquella música mágica que había olvidado en su peregrinar por lo intangible? Mirando a la tórtola recordó y le pronunció aquella palabra abandonada en el olvido Amor. El ruiseñor se transformó nuevamente, ya no era una pequeña y asustadiza ave, el amor desinteresado de la tórtola sanó sus miedos, curó la falta de ilusión, le enseñó a volar más alto, convirtiéndose en un águila majestuosa.

El cielo era el mundo, los límites ya no existían en su canto. La música se transformó en palabras, amor…. pasión…. emociones… felicidad….. libertad, fonemas que eran devueltos en su eco con soniquetes de infinito.

Cada día el águila volaba y volaba, más alto, más lejos, quería verter al mundo aquella catarata incontenible que necesitaba gritar desde los confines de sus emociones. Mas aquel águila después de cada vuelo, volvía junto a su tórtola, porque en ella anidaba su fortaleza, su paz y manaba las facundias para su cantar.
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Las hijas del silencio

Reina el silencio en la habitación,
las voces rugen en el cajón
donde cumplen condena.

¡Déjanos salir
sabemos que está ahí!,
no te dejes engañar
por su falsa paz
e influjos melancólicos.

El silencio antes
era un grito descarnado
que desertó hace millones de otoños
iniciando una puntiaguda rebelión
parando el tiempo
allá por donde pasaba.

¡No seas insensato!
el silencio es un aliado del espejismo,
llega por carreteras secundarias
como profeta en auge,
se instala en tu debilidad,
saca sus tres tapones y
¿dónde está la bolita?.

¡BiiiiiiiiiiiiiP!
el claxon de un coche
amputa al silencio,
la habitación recobra
su forma austera y caótico ser.

Las paredes crujen,
el viento baila con las persianas,
sillas chirrían en el piso de arriba
mientras un imperativo cruza el barrio:
¡Carlos sube a comer!.

¿El cajón de las voces
ya no dicen nada?,
que extraño, lo abro,
veo que contiene una nota,
la leo:

¡Sorpresa!
somos las hijas del silencio
sólo rugimos cuando padre está aquí,
por lo demás,
elige tú.
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Se apaga el amor

Se apaga la llama, lentamente,
como de árbol seco cae la hoja,
como torpe llega otro noviembre,
y a la arena a morir llega una ola.

Lenta, como el sol cuando amanece,
que cambia la noche por aurora,
y es la luna, ahora, la que duerme
en el cielo inmenso que es su alcoba.

Como por el cristal transparente
la lluvia desliza finas gotas,
o como aquellos copos de nieve
que en manto blanco ahora reposan.

Despacio, como el rito solemne
de las campanas que 'a muerto' tocan,
en ese tañer triste y doliente
del acero que tiembla y que llora.

Así huye el amor todas las veces,
cuando ya no hay besos en su boca,
o se va borrando de la mente
su imagen antaño cegadora.

Y siempre es así como sucede,
se esfuma el sonido de las notas,
al ritmo de los suspiros breves
o al de las miradas melancólicas.

Se acabaron las ganas de verte,
por fin enterradas en la fosa
del recuerdo dañino que muere
y queda olvidado entre las sombras.

La herida mortal es solo leve,
y queda el dolor conmigo a solas
porque no lo llevan como a Bécquer,
entre la espuma envuelto, las olas.
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Corre la voz

¡Corre la voz!

He visto el amor
correr cubierto de trápala
en la húmeda noche de los amantes.

¡Corre la voz!

El amor viste de luciérnagas
destellando ilusorias fantasías
en el cielo de mil ojos.

¡Corre la voz!

La noche viste de amor.

! Corre la voz!

He visto el amor y su embrujo
salir debajo de las piedras
del encantado bosque
vistiendo a la soledad y al olvido.

¡Corre la voz!

He visto llorar
a los viejos sauces del bosque melancólico
porque el amor viste de trápala.

¡Corre la voz!

He visto el amor
cubierto de noche
y a la noche cubierta de amaño.

Ya sólo es un recuerdo.

¡Corre la voz! JOSE LARA FUENTES ©
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Partitura miniatura

Cortamos cada factura
deudas puras
dedos y tijeras
mariposas oscuras
carcajada y quemadura

Cosimos cada fractura
alambre y armadura
fiambres vertebrados
calambres sangrantes
y hambre de estructura

Cerramos cada fisura
negamos toda figura
abierta al páramo
de nuestra furia

Atesoramos nuestra basura
juramos amarnos
cándidos bandidos
enarbolando nuestra penuria
contra el olvido

Curamos cada locura
en el cálido fluido
florecido de la gruta
frutal
y la dulzura
de nuestra lujuria

Roímos la cerradura
naufragamos
ríos y derrames
frío y amargura
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Aún puedo

Aún puedo verte caminar ,en el pasillo angosto, de un lado a otro ,

aún puedo verte en la cama con tu lectura obligada,

aún puedo verte en el sofá con el té entre las manos,

aún puedo ver tu cuerpo a través del agua cristalina en la bañera,

aún puedo sentir tu respiración suave cuando nos abrazarnos,

aún puedo sentir tu olor, que sigue hipnotizando mis pensamientos,

aún puedo ver en mi mente, aquella habitación llena de ti.

Cada recuerdo que se desprende de mi mente atribulada

tropieza al salir con furia ardiente mis ojos melancólicos

llenándolos de rocío

y de llanto anegado de luna llena.

Tu presencia sique siendo omnipresente.

JOSE LARA FUENTES.
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Después de la noche

La llovizna de esta noche
nos cae como un sobresalto,
no es más que un instante cansado
por tanto viento rebelde que quiere
alejar de un soplido al infortunio
ese que entristece ante el inmune espacio
de tiempo que nunca aprende a olvidar.

Ahí el corazón del poeta nunca estará vacío
siempre pesarán las penas
que como un balde de agua fría
nunca se llenan de esas anecdotas
que deambulan cayendo aflorando las penas.

Mis sueños nunca han sospechado
ser sueños de otros,
han existido ignorando
el poder de ser descubiertos
por esas fantasías que suspiran
entre un domingo agónico y un lunes
que en sus nervios apenas se asoma.

Mañana será muy temprano
para estirar a la noche
que en su oscura mentira
se esconde entre las tinieblas subversivas
que siempre les ha gustado pensar diferente
aunque el ruido de la vida
les reclame la calma añorada.

Muchas veces he pensado amontonar
a todas las palabras que hablo
y prenderles fuego en una pira
que arda entre las cenizas que tiznan las lágrimas,
esas que juegan a un desahogo eterno del habla.

De veras que somos tranquilos,
aunque nos envenenan el aire
y conviertan los jardines en panteones,
seguiremos diligentes
nunca pregonando las heridas
que se han ulcerado por el aire quemado
que hiede por tantas sombras tristes
que lloran ante tanta congoja.

Hoy he vuelto de noche
ante la muerte que tanto resiste,
nunca más me verás llorando
por el mal tiempo que solo maldigo.

Me amanecerá calladamente el alba
hasta que el corazón se precipite
a quererme de nuevo en un salvaje instante
de tanta llovizna.

Ya dejó de caer la noche,
tu voz melancólica se detiene de un sobresalto
son tus penas que lloran
por tener que volver a vivir de nuevo.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
01/10/2017.
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Lo difícil es salir entero de una historia de amor

-He conocido a una mujer.
De esas compañías que te hacen pensar.

-¿Y cómo es?

-Es sana, inteligente, algo melancólica.
Pero de una belleza
a todas luces cautivadora.

-Creo que la conozco.

-No. Pero la conocerás.

-¿La conoceré?... ¿Y cómo se llama?

-Soledad.
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