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Helia la caballero

« Hombres y mujeres somos iguales ante cualquier situación. Luego, todo depende de las habilidades y cualidades de cada persona (M.A.C.J).»

Érase una vez, una niña que no soñaba con ser princesa. Helia, que así se llamaba la pequeña, siempre deseó convertirse en caballero para combatir las injusticias y defender a los inocentes. Tampoco buscó nunca al príncipe azul, pues su amor sería para un hombre de noble corazón, compañero y amante; aquel que luchara a su lado, escudo junto a escudo, como iguales. A medida que Helia crecía, luchaba con todas sus fuerzas contra los convencionalismos sociales de la época, y a pesar de no pretender ser ejemplo para nadie, la joven se convirtió en el referente de las mujeres que ansiaban romper las cadenas de la falocracia gobernante. Helia, ya mujer, consiguió convertirse en caballero y encontrar el amor junto a Beltrán, su compañero de batallas y amante. Los dos juntos, vencieron al Dragón que pretendía condenarla a la oscuridad del arcaico machismo histórico, convirtiéndose en el ejemplo de las nuevas generaciones femeninas, las cuales, fueron libres de elegir sin miedo su destino.
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Mascara

Entre sonrisa y llanto tan solo existe un cambio, y es de máscara
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Recuerdos de un lejano lugar olvidado

La memoria perdida hizo añicos el alma de Tannen «el hacedor». Todo era un caos dentro de su cabeza; ya no recordaba nada, ya no sentía a nadie cerca de él. Todo era nuevo y extraño cada día, aterrador, a la vez que tristemente irónico. Un hombre que había vivido toda su vida del recuerdo de viejas historias y leyendas recogidas a lo largo de los siglos de los hombres, ahora no recordaba nada, ni siquiera la fama de su nombre.
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Brilla vieja estrella

Brilla vieja estrella, nunca dejes de brillar, pues aunque el dolor persista, muy pronto acabará. Cierra los ojos, que yo te tenderé la mano. Tranquila, sigue soñando pues yo estaré a tu lado como tú siempre lo has estado. Mira al otro lado. Allí te espera él, pues a pesar de los años nunca te olvidó. Ahora ve, ve a su encuentro y abraza su recuerdo. No llores más, pues a este lado siempre presente estarás. Cuando esté triste sabré donde encontrarte, no te preocupes por mí, pues me enseñaste muy bien cómo cuidarme. Ahora ve, no pierdas más el tiempo, que yo no olvidaré mirar al cielo para hablar contigo. Pero recuerda: Brilla vieja estrella, nunca dejes de brillar, que a pesar de la distancia tú siempre me encontrarás.
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Fantasía de amor

Le preguntó cuál era su fantasía
y ella le contestó:
"Mi mayor fantasía eres tú,
un sueño inalcanzable".

Y siguió creando historias en su mente,
idealizaba un romance danzando juntos sintiéndose en las nubes que los elevaban al cielo deseando que su fantasía de amor
se convirtiera en realidad.
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Microcuento de tristeza

El vuelo de una libélula
creó una brisa suave
que lanzó al viento
el aroma de
una nostalgia triste.

Si te alcanza,
una lluvia de lágrimas
empapará tu pena.
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Bajo el mismo cielo

Era un día soleado, ella lo esperaba en la estación del tren impaciente y nerviosa observaba el reloj en la pared de la boletería donde marcaba la hora y segundo a segundo los minutos transcurrían. Ella, como siempre romántica, lo esperaba con una rosa roja en la mano sin espinas, como símbolo de amor, pasión y ternura que se tenían.

Surgió el tan esperado encuentro de dos almas que se amaban desde otras vidas. Desde lejos se reconocieron con gran facilidad. Se miraron de frente, no paraban de sonreír. Alrededor de ellos se escuchaba el tumulto de las personas y el ruido de los trenes, pero entre ellos hubo una pausa, el tiempo se detuvo, solo escuchaban el lenguaje del amor. Ella observaba sus ojos color de mar, su cabello rayos de sol. Él estaba embelesado con su hermosa piel canela, entrelazaba sus manos en su rizado cabello. Ambos les brillaban sus ojos, él acarició su rostro, se besaron encendiendo la pasión dormida y las mariposas revolotearon en todo su interior. Despertaron sentimientos de amor, romance y alegría; emociones que emanaban desde su alma.

Caminaron bajo el mismo sol, durmieron bajo la misma luna. Pero la vida se encargó de cambiar su destino. Se distanciaron confundidos pero amándose y vivieron separados bajo el mismo cielo. Un océano inmenso los separaba de día y de noche.

Ella se quedó estacionada en ésa época, sintiendo la culpa de haber vivido en una burbuja de amor que su mente creaba. Tejiendo sueños de lo que fue y no pudo ser. Tantos capítulos vividos de una historia sin final.

Solo quedó el recuerdo de las cartas de amor que recibía de su amado, convirtiendo sus días de soledad en alegría y el recuerdo vivo de sus besos, su voz y su mirar.

En las noches ambos (sin saberlo) coincidían al mismo tiempo, miraban al cielo, escogían una estrella, le soplaban un beso desde la distancia y le pedían a la luna que cuidara a su amado y amada.

Y en la noche fría los abrazaba la melancolía convirtiéndolos en dos lobos aullando porque extrañaban a su amor eterno.

Escrito por: Aydil DR
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Secretos

La observaba absorto mientras dormía plácidamente. Las sombras oscuras bailaban, sobre su cuerpo desnudo, con la escasa luz de Luna que entraba por la ventana. Irrumpió súbito el amanecer. La angustia se apoderó de él. Ella lo descubriría. Debía huir antes de ser condenado al olvido o devorado por un rayo de Sol. Inesperadamente ella lo abrazó por la espalda y sus cuerpos se enredaron con vehemencia. En el espejo, solo el reflejo de una cama vacía.

Alicia Fdez.
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Jamás te soltaré

La vida los cruzó en el camino y tropezaron...
Le agarró su mano para no caer.
Ella le dijo mirándolo fijamente a sus ojos: "No me sueltes despues de esperarte tantas vidas, tantos años, meses, días, horas y al fin llegaste a mi vida y no quiero dejarte ir tan fácilmente.

Él (apretando su mano) le dijo:
"Jamás te soltaré"
Ella preguntó: ¿Hay riesgo?
Él contestó: Siempre existe el riesgo.

Sonrieron en complicidad. Siguieron caminando tomados de la mano, ambos mirando hacia la misma dirección y el sol como testigo iluminando su camino.

Juntos hasta la eternidad...
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El payaso

El payaso lloraba tras aquel telón, mientras reía como un desquiciado. Sus manos estaban ampolladas, sus pies cortados y su maquillaje corrido; su cabello estaba reseco y enredado y su delgado cuerpo cubierto de cicatrices.
Este era el patético escenario frente a los ojos de la niña.
-“qué es tan divertido?” preguntó luego de observar aquella escena un momento.
-“la vida” respondió el payaso –“la vida es la una gran comedia”
-“no comprendo qué es tan cómico en ella”
-“su dolor, su desgracia, su tristeza”
-“eso es horrible” dijo la pequeña horrorizada
-“y no por eso mentira” respondió secándose las lágrimas -“la tragedia siempre fue la mayor comedia de la vida. Tú, ¿de qué te ríes hoy?”
-“no lo sé” dijo la niña empezando a reír nuevamente –“de ti, de tu desgracia, de tu vida” y se alejó de aquel espejo, debía volver al circo que era su vida.


casimentira.blogspot.com.ar/p/microcuentos.html
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La Niña

Ella era su preferida. Le gustaba cuando jugaban las dos y todas las noches la miraba dormir.

—Aún no es tiempo, no está preparada, pero llegará su hora. —decía mientras la miraba desde el estante de los juguetes.

Mientras tanto, peinando su cabello, la niña miraba detenidamente su reflejo mientras éste le respondía:

— Aún no, no estoy preparada…Pero llegará su hora.

P.E.S.S
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Yuxtaposición

-Si no es ella ¿quién va a ser? -preguntó desde su corazón.
-Tú mismo -se dijo frente al espejo siendo portavoz de la razón.
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Divorcio

—Hasta que la muerte nos separe, ¿recuerdas? —dijo ella.

Acto seguido, jaló el gatillo.
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La locura de Peter

Tal vez Peter
dentro de su locura
hizo lo mas sensato;
no crecer nunca.
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Cuento del poeta

Había decidido dar un paseo luego de una tarde dedicada a una minuciosa lectura de El árbol que se derrumba, poemario de Macedonio Fernández. Las obras que conforman el citado libro tienen el honor de estar emparentadas por el pesimismo y el existencialismo. La conjunción de esos dos elementos me inquietan hasta el punto de que mis ideas no pueden librarse —por más empeño que ponga en ello— de la férula de una angustia incesante. Así, los días vividos me resultan nimiedades sin sentido alguno que las ampare; y los por vivir, el repetir de una sucesión que sólo tendrá fin con mi muerte.
Buscaba distraerme de la melancolía. Me subí a un tren convulso pero no claustrofóbico como el subte, y ambos me condujeron a la avenida Corrientes. Era de noche cuando había llegado. Conozco el sosiego, el silencio, las casas bajas, las sombras de los árboles espesos, tanto como para percibir el contraste de este Buenos Aires de torsos presurosos, de ruidos y asfalto infinitos. No vi la claridad sonrosada estrecharse entre los techos bajos ni oí el gorjeo de las aves. En el horizonte flotaban, intranquilos, innúmeros asteriscos luminosos como estrellas. Las únicas sombras eran las siluetas que recortaban el resplandor de las parpadeantes luces blancas, rojas, amarillas, verdes, azules (desperdigada iridiscencia). He mentido entonces, la noche no era tal.
Recorrí a pie, con paciencia, cada una de las librerías de viejo que hay en Corrientes, aquella legua libresca como Macedonio ha llamado a la avenida en algún alejandrino. De todas, una cercana al Obelisco es la que me ha retenido por más tiempo. No es casual que haya sido una librería acorde a mis preferencias —a medio alumbrar, de colores adormecidos y estrecha como las veredas de Buenos Aires. Pregunté por los libros de poesía y me señalaron un rincón oscuro, polvoriento, una hilera de pocos ejemplares a la altura de las rodillas. Relegados, expectantes de nuestra curiosidad, esos libros de poemas eran la viva imagen de sus autores, los poetas relegados, expectantes de nuestra curiosidad... Si fuese uno haría versos aquella imagen triste que sería también la imagen de mí mismo.

—¿Macedonio Fernández? —pienso en voz alta.

—En unos minutos llega. Siempre viene al mismo horario —me responde el empleado.

Hacía referencia a sus libros, no a su persona. Sin embargo mi interés en conocer a Macedonio, autor de alejandrinos, era sincero.

—El joven ha preguntado por usted —le dicen a Fernández cuando llegó a los pocos minutos.

Noté perplejidad en su mirada cuando me la dirigió. Era bajo y lo bastante ancho como para que sus caderas entrechoquen con torpes movimientos sobre los anaqueles de ajada madera. Tenía una frondosa barba entrecana como su cabello desprolijo, gafas gruesas y vestía un viejo sobretodo. Me saludó con un fuerte apretón de manos. No hablaba por timidez. Su evidente incomodidad era contagiosa y yo también hacía silencio. Lo invité a una cafetería para charlar un rato. Accedió, pero no sé si por temor a la descortesía o a unas sinceras ganas de conocer a un admirador suyo.
Nos sentamos. Macedonio no me miraba, pero yo sí a él. Vi las grietas de un lunar en una de sus mejillas. Vi cómo el perfil de su rostro se partía por la refracción de los cristales. Vi cómo su trabajosa respiración hacía que su cuerpo subiera y bajara, y cómo sus gafas centelleaban. Nada tenía que ver su nombre de gentilicio con el lejano país de los Balcanes. Ni era el otro Macedonio Fernández, también poeta, que algunos conocemos. Sólo compartían nombre, oficio, nacionalidad y destino: la muerte y el inexorable olvido.
Continuaba callado. Otra vez fui yo el que intentó iniciar una conversación.

—Macedonio, hoy terminé de leer su primer libro. Yo jamás podría escribir como usted. Me sorprende que haya tenido mi edad al componer esos versos de semejante calidad. ¿Sabía que Julio César lloró al cumplir los 32 años? El motivo fue que en ese lapso de vida no llegó a igualar o superar en hazañas a su ídolo Alejandro Magno, muerto a esa edad. O eso dicen...

Con imprudencia y orgullo del que hoy me avergüenzo quise demostrarle a uno de mis ídolos que no era cualquier ignorante con el que se encontraba dialogando en esa bulliciosa cafetería. Creí que de esa manera llegaría a considerar que su tiempo no estaba siendo desperdiciado por un desconocido y que la charla no caería en la monotonía de la adulación. Su respuesta me decepcionó hondamente.

—Perdón, ¿quién es Julio César?

—César... el dictador romano... —le respondo sorprendido.

—No sé quiénes son ese tal César y ese tal Alejandro Magno, estimado.

Volví a mi hogar con más pesadumbre con la que salí (en este aspecto Macedonio era tan angustiante como su obra). ¿Cómo era posible que aquel erudito no supiera de cuestiones de bachillerato? Cavilando con la sien en la almohada llegué a una reconfortante conclusión: no era ignorante sino irónico en extremo. Mi notoria inmodestia fue el causante de su comportamiento burlesco. "Así de soberbio has sido, como yo de inculto", parecía decirme. Había sido humillado por un genio, algo que arranca más sonrisas que rencores. Pero todo fue producto de mi imaginación. Los encuentros ascendieron en número y continuaba con su aparente actuación de idiota. Al final resultó serlo. Nada sabía de métrica ni de poesía en general. Sus escasas disertaciones eran breves y sus tópicos se limitaban superficialmente a cuestiones triviales como la amargura del café, las bajas temperaturas de junio y la humedad que le adolecían las articulaciones. Por momentos me sentí furioso al pensar que el empleado de la librería se había librado de la presencia de un farsante, un loco que creía ser alguno de los dos Macedonio Fernández sólo por leer su nombre en alguna portada y que molestaba a los demás con ello, espantando a la clientela.
Me dirigí decidido a nuestro próximo encuentro. Deseaba expresarle con franqueza lo que creía de él. Me senté en la mesa de siempre y esperé a Macedonio mientras me sumergía en la lectura de Los bohemios del marqués de Pelleport. Un mozo de resplandeciente calva se me acerca con un libro delgado.

—El señor Fernández me ha pedido que le haga entrega de esto. ¿Desea beber o comer algo?

—No, gracias —dije extrañado sin darme cuenta de que tardé en responder y me encontraba hablando solo.

Se trataba de El miserable, otro poemario suyo que venía buscando hace años y que de forma unánime recibía descatalogado como respuesta. En la página de cortesía estaba impresa su firma que coincidía con la del pedacito de papel que contenía una dedicatoria:

Para mi buen amigo Segal, con afecto de parte alguien que lo estima más de lo que cree. Perdón por defraudarlo.

Macedonio.


El reverso mostraba un número de teléfono.
Me había equivocado groseramente. Era el mismo autor de libros excelsos como los dos ya mencionados y de microcuentos como El hastío de Efraín ("El suspiro, el quejido del sillón y el sol muriente que se cuela en la casa son cosas de todos los días para Efraín. Y hoy tuvo la sensación de recordar que ya había vivido todo eso. Y recordó que ya había recordado lo mismo en otra ocasión. Pensó que estaba viviendo lo vivido, reviviendo lo revivido, y se resignó a morir como en la otra muerte, hastiado de vivir.")
Llamé a Macedonio desde una cabina. Me rogó de manera agitada que me dirija a su hogar, a pocas cuadras de la cafetería, de la librería de viejo, del Obelisco y de las luces infatigables. Cuando llegué, agitado yo también, era demasiado tarde: encontré a Macedonio, con el torso desnudo y boca arriba, con la mirada inexpresiva. Me recordó a Efraín y lloré a ambos. Sobre la mesa se hallaba un cuaderno y en una de sus hojas se leía Despedida; debajo del título, uno de los más hermosos poemas jamás compuestos. La luctuosa experiencia me reveló que Macedonio no era persona sino versos. Cuanto mejores, menos era él. Era cada saber de sus poemas, cada estrofa, cada rima, cada metáfora, cada pausa, cada melodía que endulzaba los oídos e insuflaba de vida, a costa de la suya, a la belleza más bella de todas que es la literatura.
Es hasta el día de hoy, luego de años, que todavía descreen de esta versión de los hechos sólo por no haberme tomado la molestia de citar de memoria alguno de los versos de Macedonio Fernández.
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El amor también se come

-Huele bien… ¿Qué cocinas?, hace unos días que quería hablarte, noto como si algo entre nosotros hubiese muerto.
-No te preocupes, precisamente ahora cocinaba nuestras mariposas pronto las metereremos otra vez en el estómago.

Marisa Sánchez
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Microcuento

Se rompía pero con cuidado. Cada momento mantenía intacto el sentimiento que había comenzado con la grieta.
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ying&yang

Dime donde termina tu ausencia y te diré donde comienza mi presencia.
-Le dijo la luna al sol una tarde cualquiera-
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Naufragio

Mi primer naufragio fue cuando ella me invitó al mar: me mostró las olas y los barcos; también sus brazos, luego sus muslos. Me dijo “desde el mar, las olas se miran con ojos de pez”. Durante aquel naufragio me sujeté de las voces que navegaban en barcas y me colgué de ellas como un presagio de piratas, porque no hubo momento, siquiera, de escape.

La muerte, comprendí muy tarde, te muestra las olas y los barcos.


Imagen: Composicin Narrativa
by Ilustralia
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10comentarios 130 lecturas relato karma: 83

Libertad de expresión

— ¡No! ¡Este artículo no puede publicarse! gritó el jefe de redacción.
Tenía sus razones para decirlo.
— ¿Por qué? preguntó el periodista.
— Porque aquí no nos permiten la libertad de expresi…

Una bala le arrebató las dos últimas letras.


Imagen: Two men talking/
Fernando Rodríguez Salas
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