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Anocheciendo contigo, vida

Cuando un anochecer y un amanecer se unen, el Universo de la Vida cobra todo su sentido.
En sus manos acoge serena, a ese pequeño ser que amanece a la vida.
Blanco, puro y sin mácula, contrasta junto a su piel gastada, cuarteada por el tiempo y las batallas.

- Niño mío, yo te guardo.
Tu corazón naciente, pegadito al mío ya cansado. Así, latiendo juntos. Tu entrando y yo saliendo, en ese minuto regalo, que nos da la vida, para decirnos hola y adiós, entre besos y abrazos.

- Me gusta estar entre tus manos. No me dejes, necesito que me muestres el camino que debo tomar para no caer.

- No tengas miedo, estoy aquí para entregarte suavemente a la vida. Tu vida.
Será como si de un vals romántico se tratara. Acunadito mi niño, sin prisas; suave y dulcemente, meciéndonos juntos.

Después me iré, porque mi vida ya la recorrí. Las arrugas y los surcos de mi piel, reflejan el camino andado. Los sueños cumplidos, los que pasaron de largo. Las alegrías y las penas. Las soledades a solas y las compartidas, que son las que más duelen. Los silencios, las ausencias, los miedos, los dolores.
Lo que disfruté y lo que me ilusionó. Todo lo que aprendí y lo que olvidé. Todo lo que amé y lo que me amaron. Lo que entendí y lo que no logré entender.
Porque, ¿Sabes una cosa? Nunca llegarás a saberlo todo. Nunca aprenderás lo suficiente, para desterrar el dolor de tu corazón. Porque niño mío, vivir duele.

- Entonces llévame contigo, no quiero sentir dolor.

- No, mi niño. La vida es hermosa y has de vivirla. Tu corazón está preparado para sentir y amar la vida. Deja que crezca en ti ese amor y únelo con el de las personas que te rodean y con el de las que están por llegar a tu vida.

- Y tú, ¿Por qué no te quedas siempre conmigo?

- Yo ya viví, mi niño. Este es el testigo que te entrego, ahora es tuyo.
Que cuando tu piel se escriba de arrugas como ahora la mía, puedas decir... He vivido y ha sido hermoso.



Publicado en "Gente Yold" el 10 de Septiembre 2016
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Desde la distancia

Con las manos en los bolsillos de su gabardina y el sombrero calado hasta las cejas, caminaba lentamente por la calle.
Llovía con fuerza pero no le importaba. En el suelo se formaban grandes charcos, que buscaba intencionadamente pisando fuerte sobre ellos.
Paró frente a un escaparate, donde una pantalla gigante, emitía un vídeo musical que no podía oír.
En la imagen reconocía a la cantante bailando una coreografía muy sexy.
Dos bailarines le acompañaban y sujetándola por debajo de los brazos, la levantaban una y otra vez.
Sonreía recordando lo poco que pesaba; prácticamente una pluma para aquellos dos fornidos y musculados muchachos.
Cuando estuvieron casados, él podía llevarla en brazos por toda la casa, hasta acabar en la piscina los dos, entre arrumacos, pasión y deseo.
¡Qué lejos quedaba ya lo que fue su vida...!
Lo había perdido todo, su trabajo como actor, su familia, sus amigos; a sí mismo y sobre todo a ella.
Ese último viaje le alejó para siempre.
Ajustado el cinturón de seguridad, el avión emprendió su vuelo a ninguna parte. Una explosión, una luz muy fuerte cegó sus ojos, y se acabó.
Ahora vagaba bajo una lluvia que no le mojaba y entre unos charcos que no salpicaban sus pantalones.
Y mientras, ella, bailaba tras un cristal.
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No será la última batalla

Año 206 a.C. Las legiones romanas estaban celebrando la victoria. Habían expulsado definitivamente a las huestes cartaginesas de la Península Ibérica, haciéndose con los territorios conquistados hacía años por esos bárbaros africanos. Roma expandía su poder con puño de hierro, y las legiones, entrenadas y disciplinadas, se convertían en su brazo ejecutor. Marcelo Crispo, uno de esos legionarios, celebraba el triunfo acompañado de sus camaradas, anhelando el fin de la guerra y el regreso a su Cumas natal junto a su mujer y sus dos hijos. Marcelo, recordó los momentos vividos con sus camaradas caídos en la batalla, buenos y leales compañeros, en especial Quinto Vitelio Rutio, el cual le había salvado la vida en más de una ocasión. Esa noche, el veterano legionario Aulo Marcelo Crispo, haría una ofrenda a los dioses sempiternos, pidiendo que las almas inmortales de sus camaradas y amigos caídos en la batalla tuvieran una existencia dichosa y feliz en los Campos Elíseos. “Volveremos a vernos, amigos”, dijo Marcelo mirando el refulgir de las estrellas en la oscura inmensidad de la noche, “pero todavía no.”
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Tortícolis

Al venir en sentido contrario

mi cuello quedó retorcido.



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Allí está la libertad

Estaba aterrado. Un temible ejército se presentaba delante de mí, con sus poderosos estandartes, lanzando graves improperios e inhumanos alaridos que herían el espeso aire que inundaba el campo de batalla. El miedo que me presionaba el pecho era tan afilado como sus mortales dardos. Las piernas, comenzaban a pesarme, como si la carne se convirtiese en frio mármol. El sudor, me cegaba la vista. El corazón, me latía tan fuerte como los tambores de guerra. Noté una mano en mi hombro derecho, apretándome con ruda suavidad. Al girarme, vi al comandante Vitelio.

- ¿Ves todos esos hombres que pretenden detenernos?-dijo señalando al enemigo con su espada mientras esbozaba una desconcertante sonrisa que le iluminaba los ojos.

- Los veo, mi comandante.

- Pues allí, detrás de sus tiránicos estandartes se encuentra nuestra libertad. Lucha con valor y no dejes que el miedo te domine; pues hoy, la victoria o la muerte habrá de juzgarnos como hombres libres.
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De oficio, Eros

Todos los sueños que Mika pudo recordar se convirtieron en realidad cuando conoció a Nicole. Era hermosa y sabia a la par. Misteriosa y elegante; grácil en sus movimientos y portentosa en sus decisiones. Era todo lo que él, un simple chico de una diminuta ciudad podía desear. Ahora, solo faltaba que el amor hiciera bien su trabajo.
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Lluvia (II)

Envidiaba a las gotas que caían sin cesar del gris cielo, despreocupadas y temerarias, libres e indolentes. También envidiaba a las gotas que se derramaban sobre su pálido rostro y que caían al inmenso vacío, abandonando sus mejillas hundidas como yermos valles privados de primaveras.

Hoy, despreocupada y temeraria, decidió convertirse en gota, al fin libre, indolente, y acompañó a sus hermanas en su eterna caída.
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Lluvia

La lluvia asoló la ciudad al anochecer, todos corrían apresurados a sus hogares, perdida entre el bullicio había una pequeña niña que al parecer no tenía ninguna prisa, ya que no tenía a donde correr.
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El tesoro de la tortuga

Nada parecía querer despertar esa mañana, nada, a excepción de esa espesa e inusual niebla que se había formado a unos pocos cientos de metros en dirección nordeste. La espesura se iría difuminando con las primeras luces del día, dejando al descubierto la inmensa silueta que dibujaba una exuberante y verde isla. El Tritón había llegado a su destino: La isla Tortuga. Su capitán, el aventurero Robert Alcott, junto a su fiel tripulación, se disponía a encontrar el enorme tesoro pirata que durante más de quinientos años había permanecido escondido, y que ni españoles, franceses o ingleses habían conseguido encontrar durante todo este tiempo. Durante el convulso siglo XX, el mundo entero permaneció sumergido en dos guerrras mundiales y un sinfín de conflictos posteriores que borrarían toda pista del legendario tesoro, perviviendo en esencia tan solo en algunas historias que darían pie a escritores para escribir sus novelas de aventuras.
Pero todo esto cambió el día en que Robert Alcott encontró en el desván de casa de sus padres un viejo mapa y un bloc de notas con dibujos, coordenadas y anotaciones sobre la isla que su padre le había descrito cientos de veces en las historías que durante su niñez le contaba cada noche antes de irse a la cama. Robert, había heredado una gran fortuna al morir sus padres, una gran fortuna que ni tan siquiera él sabía que existía. Quizá, las historias que le contaban sobre esa isla no eran solo un cuento, y ese mapa junto al bloc de notas escondían algo más que la imaginación de su padre. Robert Alcott decidió poner a prueba sus sospechas y descubrir con sus propios ojos el lugar al que tanta veces había viajado en sueños cuando era un niño.
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Cuentan que morí de frío

Fue la última noche de febrero, algunos la recuerdan como la más fría en muchos años. Tras un largo invierno regresaste a oscuras y en silencio. Posaste tu gélido cuerpo sobre el mío y yo... Yo me encendí con todo el fuego acumulado en tu ausencia.

Cuentan que morí de frío, no saben lo que dicen.

Foto y texto @nuria_sobrino
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Como cada noche...

Como cada noche se acerca al puerto.
Quiere dejarse llevar por las aguas,
ya que ellas lo invitan,
pero las ve pasar, sin hacer nada.

Él camina hasta la orilla,
a donde llegan las olas de la bajamar.
Al hombro lleva los remos que usaba
antes de jubilarse.
Los deja en el suelo, con el cesto de la comida,
y se seca unas lágrimas de sus pupilas.
Arriba luce la luna que le mira.
Se rasca la cabeza por debajo de la boina.
Todo está bien, todo es perfecto…

Solamente falta la barca
que perdió un día en el mar.

Rafael Sánchez Ortega ©
19/03/18
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El deseo de la estrella (Microrrelato).

En una noche de primavera, una estrella le dijo a la luna:
- ¿Te puedo pedir un deseo?
La luna le contestó:
- Sí, linda estrella, pídeme
lo que quieras.
- Quiero descansar en tus brazos,
méceme en tu cuna para poder brillar después con más fuerza.
La luna le concedió su deseo cogiéndola con cariño y, mientras le cantaba una nana, se quedó dormida sobre su regazo.

A la noche siguiente, la estrella le habló a la luna así:
- Mi querida luna, gracias por concederme esa petición. Ahora debo brillar cada día para escuchar a esa persona que necesita mi ayuda.
La luna le respondió:
- Mi pequeña estrella, que tu camino sea hacer el bien y que el universo te acompañe, pues yo, como madre de las estrellas, te daré amor para que lo repartas por el mundo y te lo devuelva multiplicado por tres luciendo por doquier.

AUTORA: ALMAR.
Almudena del Río Martín.
DERECHOS RESERVADOS.
23/11/2017.
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Arbeit macht frei

El traquetear de las maderas inundaba todo el vagón. Decenas de personas atrapadas en esa diminuta cárcel de madera respiraban un insoportable aire fétido, aunque a pocos parecía importarles. Tan solo se escuchaban las quejas y el llanto de algunos niños que no entendían lo que estaba sucediendo. Solo el lúgubre silencio de los inocentes, condenados como reses que viajan al matadero, daba más pavor que el destino incierto que les esperaba en ese temible campo de la muerte llamado Mauthausen.
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Que fortuna sería

Que fortuna sería la de romper las cadenas que aprietan esa extraña angustia de no saber quién eres, que buscar, cuál es tu hado. Ese desconocido ser que se esconde en tu interior, que te atrapa cada vez que intentas escapar, que te retiene en su mazmorra de miedos y desazón, que absorbe tu vitalidad como el parásito que succiona la sangre a su huésped.
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Espíritu del miedo

Había una vez, un hombre que no sabía que existía, pues el espíritu del temor lo había atrapado en sus redes. Este demonio, de nombre Luzvel, se alimentaba de los sueños e ilusiones que una vez este hombre tuvo cuando era un niño. Este espíritu maligno aparece siempre en una edad adulta, incluso a veces, en la juventud, cuando los ojos de los hombres y mujeres que este diablo posee, pierden ese mágico cristal con el que se contempla el mundo cuando se es todavía un niño.
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Historia de todas las guerras

Y como siempre, el pobre muere por defender unas ideas que cree justas, mientras el rico, en la comodidad de su refugio, engorda enviando “cerdos” al matadero.
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El muro invisible

Enorme era el muro que se le enfrentaba; era tan alto que llegaba a rasgar el cielo. “¡No desfallezcas! Has llegado hasta aquí y has de superar esta gran muralla llamada miedo”, pensó. El hombre observaba. La respiración se acelera, los músculos se tensan, el corazón resuena con fuerza. Es hora de partir. Recuerda siempre quien te enseñó a caminar.
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Patria

¿Qué es la patria? La patria son tus ojos, y hasta donde alcanzan tus brazos mi frontera. La patria son las voces de la gente, cada amanecer, cada luna, cada sueño. La patria son los niños, los ancianos y sus historias; los hombres y mujeres libres que caminan en una misma dirección. ¿Qué es la patria? La patria es la tierra, sin importar su color.
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Usurpación

Tan solo una sombra en un rincón de aquella habitación completamente blanca y de paredes acolchadas. Una camisa inmovilizaba sus brazos atados a la espalda. Con la cabeza apoyada contra la pared y la mirada extraviada, su boca repetía un grito que parecía el alarido de un animal herido, seguido de un susurro ininteligible; una letanía monótona que duraba minutos.
Una dosis más y todo terminaría, pensó observándola tras el cristal. Su nuevo rostro después de la operación, había sido un éxito y sería el golpe perfecto. Con su muerte, ella regresaría supuestamente recuperada y ocuparía su lugar. Por fin, tendría una vida.




Publicado en la Asociación solidaria cinco palabras:
cincopalabras.com/2018/02/04/escribe-tu-relato-de-febrero-ii-paco_plaz
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Lágrimas de sangre

Todo ocurrió en cuestión de segundos. Tras la primera explosión se desató el pánico. La polvareda atrapaba en su interior a decenas de personas que corrían sin orden alguno. Algunas se agazapaban, inmóviles por el miedo, confundiéndose con los cuerpos inertes en el frío pavimento. Quizá ya no notarían nada. Una segunda explosión volvió a sacudir el lugar, una pequeña plaza rodeada de bares de copas, establecimientos de comida y modernos escaparates de ropa. El céntrico lugar se había convertido de manera inesperada en un improvisado infierno. Marcel solo pensaba en Esther, su hija, a la cual abrazaba con fuerza para notar los latidos de su pecho. “Está viva”, se repetía una y otra vez en su interior. Habían salido a comprar algo de comer para la cena. Su teléfono sonaba, y la pantalla marcaba el nombre de Chloe, su esposa. La antes soleada y transitada plaza, estaba ahora cubierta por una negra y densa nube de muerte y destrucción. De su interior, algunas personas surgían como espectros de entre las tinieblas. Cristales rotos, sangre, y cuerpos de inocentes poblaban el lugar. Gritos y sirenas acompañaban la dantesca escena.
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