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El muro invisible

Enorme era el muro que se le enfrentaba; era tan alto que llegaba a rasgar el cielo. “¡No desfallezcas! Has llegado hasta aquí y has de superar esta gran muralla llamada miedo”, pensó. El hombre observaba. La respiración se acelera, los músculos se tensan, el corazón resuena con fuerza. Es hora de partir. Recuerda siempre quien te enseñó a caminar.
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Patria

¿Qué es la patria? La patria son tus ojos, y hasta donde alcanzan tus brazos mi frontera. La patria son las voces de la gente, cada amanecer, cada luna, cada sueño. La patria son los niños, los ancianos y sus historias; los hombres y mujeres libres que caminan en una misma dirección. ¿Qué es la patria? La patria es la tierra, sin importar su color.
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Usurpación

Tan solo una sombra en un rincón de aquella habitación completamente blanca y de paredes acolchadas. Una camisa inmovilizaba sus brazos atados a la espalda. Con la cabeza apoyada contra la pared y la mirada extraviada, su boca repetía un grito que parecía el alarido de un animal herido, seguido de un susurro ininteligible; una letanía monótona que duraba minutos.
Una dosis más y todo terminaría, pensó observándola tras el cristal. Su nuevo rostro después de la operación, había sido un éxito y sería el golpe perfecto. Con su muerte, ella regresaría supuestamente recuperada y ocuparía su lugar. Por fin, tendría una vida.




Publicado en la Asociación solidaria cinco palabras:
cincopalabras.com/2018/02/04/escribe-tu-relato-de-febrero-ii-paco_plaz
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Lágrimas de sangre

Todo ocurrió en cuestión de segundos. Tras la primera explosión se desató el pánico. La polvareda atrapaba en su interior a decenas de personas que corrían sin orden alguno. Algunas se agazapaban, inmóviles por el miedo, confundiéndose con los cuerpos inertes en el frío pavimento. Quizá ya no notarían nada. Una segunda explosión volvió a sacudir el lugar, una pequeña plaza rodeada de bares de copas, establecimientos de comida y modernos escaparates de ropa. El céntrico lugar se había convertido de manera inesperada en un improvisado infierno. Marcel solo pensaba en Esther, su hija, a la cual abrazaba con fuerza para notar los latidos de su pecho. “Está viva”, se repetía una y otra vez en su interior. Habían salido a comprar algo de comer para la cena. Su teléfono sonaba, y la pantalla marcaba el nombre de Chloe, su esposa. La antes soleada y transitada plaza, estaba ahora cubierta por una negra y densa nube de muerte y destrucción. De su interior, algunas personas surgían como espectros de entre las tinieblas. Cristales rotos, sangre, y cuerpos de inocentes poblaban el lugar. Gritos y sirenas acompañaban la dantesca escena.
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Que fortuna sería

Que fortuna sería la de romper las cadenas que aprietan esa extraña angustia de no saber quién eres, que buscar, cuál es tu hado. Ese desconocido ser que se esconde en tu interior, que te atrapa cada vez que intentas escapar, que te retiene en su mazmorra de miedos y desazón, que absorbe tu vitalidad como el parásito que succiona la sangre a su huésped.
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El poeta de la Sibila

Hace mucho, mucho tiempo atrás, en un lugar olvidado por la historia, vivía un distinguido poeta que soñaba con una sibilina mujer. Solitario y afligido, escribía bellos versos con la esperanza de que algún día, esa mujer de nombre desconocido pudiera leerlos.
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La promesa

Uno tras otro, los disparos hacían blanco. El hombre, cadáver desde el primer tiro, continuaba recibiendo su dosis de plomo. Así doce veces, hasta vaciar el cargador y dejar el arma humeante. El verdugo había cumplido su promesa: acabar con la vida del asesino de su perro.
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Visca Catalunya! Visca la República!

A les tres de la tarda, en Ramón i en Marcel van ser traslladats per un grup de militars sublevats prop de la torre de l’aigua. Ells caminaven ferms, acceptant que aquest seria el seu últim viatge. Havien viscut tota la seva vida a Sabadell; en Ramón, era el petit propietari d’un taller de bicicletes, y en Marcel, un mestre d’escola. Els dos homes eren amics des de l'infantessa, y ara, el destí també els havia unit en la guerra. Tots dos havien estimat i abraçat la causa republicana, tant pel seu amor a Catalunya, com pels seus ideals llibertaris.
El camió es va aturar y els van fer baixar tot empenyent-los y cridant-los:

-¡Venga Rojos cabrones!

Els van fer posar un al costat de l’altre. Davant seu tres homes conformaven un improvisat pelotó d’afusellament. Els van donar unes venes per tapar-se els ulls, però cap dels dos les va voler. Un dels militars els va dir si volien dir unes últimes paraules, i tots dos van assentir amb el cap. Els dos amics es van mirar per últim cop. Va ser una mirada rápida, però plena de sentiment, un sentiment d’amistat que els uniria en el mes enllà. Tots dos van cridar alhora:

-Visca Catalunya! Visca la República!

Llavors, els fusells dels militars van tronar a l’aire, y els dos amics van caure al terra desplomats. En Marcel i en Ramón van afrontar la mort com valents milicians, amb l’esperança de que aquesta guerra alliberés Catalunya y tota Espanya republicana de l’amenaça feixista. Tot i els fatals aconteixements, persones com ells, van ser el fidel reflex del homes i dones que van donar la seva vida per la llibertat, per la germanor de tots els pobles d’una Espanya que va ser traïda, i per una pau que desgraciadament no es va poder aconseguir.
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Diguem el teu nom

Des del primer dia que la vaig veure no me la vaig pogué treure del cap. Era com una Deessa tota il·luminada d’una radiant llum hipnòtica. Cada dia, la veia passar davant la feina, i pensava, quina seria la millor manera d’acostar-me a ella i establir una agradable conversació. Tot i això, la por de ser rebutjat em tirava cap endarrere. Tot un any de dubtes em van fer perdre el cap.
Un matí, em vaig aixecar decidit a aturar a aquella noia per explicar-li tot el que sentia per ella des de feia un any. La vaig esperar impacient a la porta de la feina, però no es va presentar. Dia rere dia, la esperava desitjant tornar-la a veure; inclús la vaig buscar per tots els recons de la ciutat, però tot va ser en va. Mai vaig tornar-la a veure, i encara avui dia, després de mes de quaranta anys, el meu cor batega pel record d’aquella noia sense nom.
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180 grados

...Y de pronto, toda su vida cambió. El mundo que él conocía había desaparecido. Todo se había convertido en un lejano recuerdo, algo que le asustaba, a la vez que le hacía sentir ese excitante sabor que te ofrece la adrenalina.
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Hasta mañana por la noche

Óscar despertó en mitad de la noche. Sudaba. Buscó con su mano al otro lado de la cama, pero allí no había nadie. Todo había sido un sueño. El hombre suspiró, dio media vuelta y cerró de nuevo los ojos. Allí estaba ella, otra vez. Se abrazaron, se miraron a los ojos profundamente y continuaron amándose toda la noche. Luego, al amanecer, se despidieron con la promesa de volverse a encontrar la siguiente noche.
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Bajo la roja nieve

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

- ¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

- Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.
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Donde descansa el olvido

En un rincón de mi memoria allí estás atrapada, como la luz que retiene la nebulosa. De mil maneras te encuentro, de mil formas te amo, y en tus ojos siempre te reconozco. En la lóbrega noche son tus pasos quienes me iluminan, marcándome el camino a seguir. Porque si me rindo, pierdo; porque si no te encuentro, muero.
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¿Quién soy?

¿Y si siempre hice lo que no debía? ¿Y si siempre creí en las mentiras que reflejaban mi alrededor? ¡Despierta! Grita mi prisionero. Desata mis cadenas, implora. Quizá tiene razón y son ellos los extraños; el miedo, la incomprensión, lo desconocido golpea con fuerza la sien. ¿Acaso es real? ¡Adelante! No mires atrás. Escapa del hastío en el que se ha convertido este juego llamado realidad. Ahora ha llegado el momento de la verdad, pues tú no eres igual que ellos, siempre lo has sabido. Tú eres especial. Un don te ha sido concedido, pero no será fácil controlarlo. Haz de tu presencia luz, de tu voz sonrisas, de tus manos esperanza. Libérame y seremos eternos.
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Nuevo cosmos

Cuando Adrián y Astrid volvieron a encontrarse, el mundo real e imaginario convergió en una nueva creación. En ese nuevo universo no existía ni el tiempo ni el dolor, ni la amargura ni el desazón, y todo al que allí llegaba lo hacía a través del lenguaje del alma. Era cerrada noche, y la calle estaba iluminada únicamente por la cálida lucecilla de una vieja farola. Allí, bajo aquel débil refulgir, dos figuras intercambiaron miradas a la espera de nada, a la espera de todo.
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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Reos del amor

No se dijeron nada y se lo dijeron todo mientras unían sus cuerpos y se acariciaban el alma. Tanto ella como él, acabaron por declararse culpables ante el juez alado. Eros, los declaró culpables por haberse robado mutuamente el corazón, condenándolos a amarse para toda la eternidad.
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Y en el silencio, te encuentro

Apenas habían pasado cinco minutos desde que aquel muchacho de mirada olivácea había entrado a la biblioteca. Parecía no buscar nada en concreto mientras sus nerviosas pupilas se movían de un lado a otro resiguiendo las estanterías dedicadas a las novelas de aventura. Un gran cartel en la puerta rogaba silencio en todo el edificio, así como las pequeñas señales que se encontraban situadas en otros puntos de las diferentes plantas de la gran biblioteca. Allí, entre las estanterías donde corsarios, guerreros antiguos y nobles caballeros eran los protagonistas se vieron por primera vez. Héctor, que así se llamaba ese joven, descubrió concentrada en su lectura a una bella muchacha de ojos color miel y larga melena castaña. El chico la contempló durante unos segundos, sonrió, y se volvió para acabar de decidirse por un libro. “Demasiado perfecta para mí; sería inútil acercarme a ella”, pensó. Mientras, Ángela, la chica con la que Héctor había soñado despierto hacía unos segundos alzó la cabeza para descubrir al muchacho. Lo contempló durante unos segundos, sonrió, y pensó: “Demasiado perfecto para mí; sería inútil acercarme a él”. Héctor y Ángela coincidían habitualmente en esa biblioteca, y aunque nunca llegaron a encontrarse, en el silencio, se amaron sin saberlo.
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Dedicado a tí, amor

Nos miramos atrapando el tiempo entre nuestras pupilas. Luego, vino el beso más dulce y suave que jamás había sentido. Fue en ese instante cuando comenzó la verdadera historia de mi vida. Hasta ese momento solo había existido en la nada, atrapado en un mundo exento de la luz que tú me diste.
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