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Neura

Neuronas compactas,

empastadas en pasta

con la justa iluminación.

Ni más, ni menos.

Adiós, rendimiento

de obsesión.


Neurastenia por la neura,

que marchó,

pensamientos dejando

sin color.


Ahora duerme esta mente,

esforzándose por no perder

esas lucecitas

que aún vagan sin perecer.


Más química añadida

no habrá,

mas tampoco se añadirá

más oscuridad.

Que a mi pesar

es necesidad pensar

claramente

cuando quiera

sacar esta mencionada mente

a centellear.

youtu.be/ahpQzs9Nd4o
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Sola en mi quimera

Y si me ves amanecer en oscuro,
déjame que despierte sola.

Me agarré a una ráfaga de viento cálido
y ahora no sé cómo soltar.
Los pájaros me miran raro
y una mosca hizo nido en mi pelo.
Me dejo caer sobre una nube,
pero empieza a llover nostalgia,
y me precipito contra el suelo
empapada y sola.

Hago recuento de mis neuras,
con el golpe creo que perdí alguna.
Da igual, tengo de sobra.

Tengo un descosido en la manga,
y el zapato se hizo fuerte en la alcantarilla.
No importa los calcetines son gruesos,
y pisar descalza me renueva.

Me sitúo frente a la vida
en una espera sin saber
que esperar.
Espero al menos despertar pronto
de este desesperante sueño.



Hortensia Márquez


Imagen: dibujo a lápiz hecho por mi, del cuadro de Dali "Muchacha de espaldas"
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Una mañana

Espabila la mañana,
el crujido del sol
que se ha levantado azotando la ventana con luz y polen.
Le replica la blasfemia
que provoca el aullido del perro herido
que escapa en dirección a Plaza Castilla,
dobla la esquina, se esconde y silencia.

Paseo de la Castellana.
Progresa un coche conducido
por un lunático que ha heredado la malicia
que le falta al vagabundo que sentado espera.
El pavimento gime bajo los zapatos
de unos cuantos groggys,
los teléfonos continúan iluminados.
De la hediondez nacen imprecaciones.
Un gorrión se detiene en los jardines
y fugaz inicia el ascenso
con un gusano balanceándose en el pico.

Canet.
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Sin título 13

Desde la esquina del sofá donde está tendida,
los muros del patio no le permiten recrearse con la cotidianidad de los transeúntes de la calle.
Pero si sale al patio; si guarda silencio y presta atención, podrá escuchar los pasos sobre la acera.
Tampoco logra ver a los niños que corren tras la salida del colegio,
pero oye el deslizamiento de las ruedas de sus pesados macutos.
Ese tra-tra-tra que tritura el pavimento, y que se diluye con la estridencia de la lavadora de la vecina.
Cerca, otro extraño sonido engulle el montón de hojas que van cayendo sin que nadie piense en su próximo destino.
Solo existe un sonido en la casa, se trata del zumbido que emite la nevera.
De vez en cuando, suelta una queja afónica, esperando en vano una respuesta.
Pero esta tarde, incluso el grifo que siempre llora, se mantiene silencioso.
En el domicilio de arriba, alguien cuelga la ropa.
La punta de una sabana asoma y se exhibe tras el cristal de la cocina;
se columpia de un lado a otro, lamiendo los pernios de la puerta, coloreando de blanco el único paisaje que le corresponde.
Cuando sale de la cocina, su imagen amputa la exigua claridad que penetra por el cerco de la ventana. Han anunciado precipitaciones persistentes en toda la península. Pero dentro de la casa, todo es calma; grifos que no gimotean; brisa que entra por una ventana que alguien no quiso cerrar, y que desplaza las hojas de un libro.
Todos esos ¨amor de mi vida¨(de mentira) dedicados en algunos libros, van hundiéndose paulatinamente.
Y en el aire, esa percepción que se apodera de quien todo esto escribe.

Canet
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