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Este modo de vivir

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Este modo de vivir del Siglo XXI
es un culto a la prisa y al cansancio.
Todas las ciudades parecen al fin
de cuentas cortadas con la misma
tijera consumista, por habitantes que
solo mascan resignaciones desechables.

Envilecida, soberbia y vestida de
democrática la mentira campea a sus
anchas en el desecho calendario
de un presente repleto de fugacidad.
Un slogan de sonrisa asustada
desciende por una escalera mecánica.

(La revolución no ha de comenzar
editando artículos en Wikipedia).

Caminos morales incorrectos se clavan
en el corazón de la impotencia.
Los derechos y garantías viajan
dentro de una cantimplora agujereada.
Como en aquel poema de Bolaño,
juntamos las mejillas con la muerte.

Este modo de vivir es la
tormenta, el naufragio y la indiferencia
al mismo precio. Nos deslumbran
con fábulas infames, y zapateando
en el umbral de las quimeras,
el invierno solo reparte besos abatidos.

(Cuando la leche en polvo viene de regalo,
hasta el niño más hambriento desconfía).

Ignorarnos como habitantes de éste infierno
no nos transforma en residentes del paraíso.
Recuerdo con asimétrica nostalgia aquel tiempo
en que creíamos tener un futuro. En
la profundidad del intestino de la amargura,
crecen las raíces de los años encarcelados.

Para saber de una vez quiénes
somos, habrá que seguir escarbando
en los nombres extinguidos por el
ajuste estructural, remake eterna de los
mismos que quieren consolar nuestras
penas ofreciéndonos un pañuelo sucio.

(Esta insensatez de modas derrocadas
parece hecha al gusto de los reptiles).

Como anacrónica práctica se subastan las
más selectas lágrimas de cocodrilo,
mientras, en esta venerable indisciplina que
es levantarse a diario, continuamos
navegando, con los tendones deshechos,
hacia metas que sabemos inalcanzables.

Seguimos regando, con la tinta de un
contrato leonino, las gardenias que nacen
marchitas en la cuneta de la historia. Guerrillas
de iras oscuras ponen armas de guerra
en manos de niños con nombres arrebatados,
y el salvoconducto a una fosa común.

(Resulta que los más sabios de todos se
estrellan contra el futuro igual que los demás).

Es sencillo sentirse felizmente
desgraciado en este tiempo de ojos
cerrados y bolsillos entrelazados
con la incertidumbre...
Más que vivir los días
nos revolcamos sobre ellos.

Con nulos deseos de continuar hincando las
rodillas, los parias gritan su cólera
sin máscaras. Cuando ya solo nos quede
la negación como heredad, habrá que
sentarse a esperar el tsunami, o el
rigor del látigo de una multinacional.

(Hoy son los corderos los
que gerencian el matadero).

No va a ser gratuita emocionalmente
esta sobremesa de desilusiones
sucias y granadas de mano.
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Sonreír y sangrar al mismo precio

Libro: Bailar junto a las ruinas (2017)

Solo sabía huir…
Varón caucásico de edad en cuenta
regresiva y nula solvencia económica, inquieto
neutrón por el campo electromagnético de la
vida, con demasiados nombres añadidos entre la
realidad y su persona; con una angustia
que no sabe, no contesta, ni perdona.

Solo sabía huir…
Presumiendo de la hidalguía de un péndulo de
polvo; su madre le advirtió desde pequeño
“nunca se te ocurra ponerle alas a los lobos”.
Tan pobre de glorias que quiso quedarse
con las que otros dejaron tiradas;
antídoto saturado de contraindicaciones.

Solo sabía huir…
Y brindar por las aspas de las historias
desorientadas; con la sensación de que todo está
perdido, y los relojes solo señalan mordiscos del
pasado; aunque sea imposible guarecerse de una
llovizna de lágrimas, y no resulten recomendables
las respuestas fabricadas a golpes de puño.

Solo sabía huir…
Del borrador donde se fugó su primera metáfora
truncada, vestido por una juventud que se
derrumba, con lágrimas ásperas, puntuales;
y su excepcional costumbre de bailar junto a las
ruinas. Estornudaba aguaceros y silencios,
para sonreír y sangrar al mismo precio.

Solo sabía huir…
Como quien contempla una estatua de
mármol esperando que un día eructe.
Rezándole a la impunidad que
otorga el exorcismo de la lejanía,
buscando el pequeño milagro de que lo
efímero se transforme en perpetuo.

Solo sabía huir…
Y aferrarse a la circunspección,
a la amnésica daga que rasga la noche,
a la mirada estancada en el cemento
ahuecado… Sin detenerse a observar que
aquello que fue y seguía siendo
iba siempre colgando de su espalda.

Solo sabía huir…
Indultando promesas hechas a regañadientes;
condenado por la campana, que por jactarse
de siniestra, repiquetea en código morse,
titubeando en un ideal de absurdos, malversando
emociones, deseando encontrarse unos versos de
Jorge Manrique flotando en el aire.

Solo sabía huir…
De su madriguera de espejos incomprendidos,
afinando su demagogia en corrales ajenos,
practicando el más desaconsejable de los actos:
Dejar escapar la felicidad justo cuando empezaban
a tutearse. (Cada quien hace de sus propias
carencias un clamor en harapos).
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Romeos sin Julietas y Julietas sin Romeos

La primera vez que la vi, sentí algo que jamás había experimentado. Una sensación ajena a mí; era como si no pudiera controlar mi propio pensamiento. Pasó por mi lado levantando una suave brisa perfumada del más dulce aroma. Se sentó justó detrás de mi pupitre, al lado de Ester. Parecía un ángel, y desde ese mismo instante no pude quitármela de la cabeza. En clase estábamos empezando a leer a Shakespeare, y más concretamente a Romeo y Julieta, y la atmosfera embriagadora de la obra comenzaba a proyectarse en mi cabeza. ¡Oh Julieta! ¡Mi Julieta! Pensaba torciendo disimuladamente la cabeza hacia atrás para contemplar su divino rostro. Pasaron los días, pero no me atrevía a hablar con ella. A las pocas semanas Ester nos presentó, ya que ella sospechaba algo, pues me conocía muy bien, ya que nuestros padres eran vecinos de toda la vida, y ella y yo nos habíamos criado prácticamente como hermanos. Se llamaba Valeria. Era fácil perderse en sus verdes ojos, que reflejaban la inmensidad de los mágicos océanos de hierba de las tierras mitológicas del Este. Su mirada era hipnótica, al menos para mí. Sus cabellos dorados resplandecían como el Sol estival, y su rostro parecía esculpido con una perfección milimétrica. Todo en ella era sensualidad y elegancia.
Continuaron las clases, y día tras día la relación con Valeria fue a más. Al principio mantenía las distancias, pero gracias a Ester nuestra amistad fue en aumento. En pocos meses los tres nos hicimos inseparables. Todo parecía ir bien, hasta el día en que me declaré. Yo confiaba en Ester, a la cual le contaba todo lo que sentía por Valeria, y ella parecía entenderme, aunque solo lo aparentaba. Ese día, salimos los tres al Stikers Bar, local donde nos juntábamos la mayoría de estudiantes y jóvenes de la zona. Buen ambiente, buena música y mejores precios. Mike y Daniel, mis dos mejores amigos frecuentaban el local, ya que el garito era propiedad del tío de Mike, y cada semana ayudaban a limpiar después de cerrar a cambio de un pequeño sueldo. Nos saludaron y se sentaron con nosotros. Ellos sabían lo que sentía por Valeria, así que intentaban alagarme con cumplidos, que de otra manera jamás me hubieran dicho. Pasado un rato le dije a Valeria que quería hablar tranquilamente con ella. Salimos fuera. Allí le confesé lo que sentía, y su expresión cambió completamente. Parecía no entender nada. ¿Y todo lo que me decía Ester? ¿Acaso no ha hablado con ella? Mi cabeza se quedó helada. Valeria me explicó que Ester estaba enamorada de mí, y entonces todo mi mundo dio un vuelco. ¿Quién lo iba a decir? ¿Ester enamorada de mi? Nunca lo hubiese imaginado.
Fue en ese preciso momento cuando una inoportuna llamada interrumpió la conversación. Era Ismael, el desconocido novio de Valeria. Un tipo cinco años mayor que nosotros. Esa noche llegaba de viaje, y Valeria quería presentárnoslo. Fue entonces cuando decidimos hacer como si esto no hubiera pasado y seguir adelante. La noche no fue como esperaba. Después de esto, mi relación con Valeria y Ester fue poco a poco desgastándose. Ya no éramos ese inseparable trío que hacía todo junto. Al año siguiente nos marchamos a la universidad sin coincidir ninguno. Valeria se fue al Norte, cerca de Ismael, Ester se quedó en la ciudad, gracias a una buena beca, y yo marché a Europa. Necesitaba un cambio de aires. Años después encontré la obra de Romeo y Julieta en unas cajas que guardaba en mi apartamento de Verona, ciudad llena de encanto, y en la que resido desde hace años gracias a mi trabajo como guía turístico. Todavía hoy, me siento delante del balcón de Julieta, atestado de turistas disparando con sus cámaras fotográficas rememorando aquel primer instante en que vi aparecer a Valeria.
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Tres mil millones de brutalidad

Cada cierto tiempo me atraviesa un tucán
dejando tras de sí un gorjeo primitivo.
Su voz monótona reverbera
en la vasija que es mi cuerpo,
hasta instalarse en un quebrado.

La fragilidad me define.
Si diese un grito,
me rompería.
Por eso callo.

Es sólo cuestión de tiempo,
sibila alguien tras mi oreja.
Pero nunca hay nadie.
Sólo manchas sobre las pupilas.
Una llama azul sobre la palma de la mano.

A medida que el tucán se distancia de mí,
lo oigo hundiéndose sordamente en un mar verde.
Desaparece,
transformado en una bandada de mariposas.
Decenas, cientos, miles.
Alas nacaradas,
turquesas, verdes blanquecinos,
azules metalizados, destellos,
chispazos naranjas, violáceos,
purpúreos, carmines,
un incendio de colores en la foresta,
ascendiendo,
descendiendo,
el orden dentro del caos,
alzándose entre glaucos,
esmeraldas y frondosos paisajes.

Allí, en ese mundo,
soy tres mil millones de brutalidad.
Tres mil millones de pares de bases enlazadas,
con la finalidad de ordenar lo imposible.
Mi brutalidad pisa una orquídea.
Treinta y cuatro mil millones pares de bases,
reducidas bajo una bota.
Treinta y cuatro mil millones pares de bases,
de información para moldear la belleza.
La mía, la partitura que me compone,
cabe en uno solo de sus cromosomas.
¡Uno!

El mio es un ADN mal zurzido,
una producción rápida
falta de diseño.
Un recorte de genes mal hilvanados.
No hay sublimidad en la forma.
La naturaleza se ha detenido en la belleza,
ha invertido tiempo:
seleccionando,
escogiendo,
filtrando,
hasta dar lugar a la delicadeza de las flores,
la finura de las mariposas,
la graciosidad de las aves,
la magnificencia de los árboles,
la lindeza de las ranas,
la preciosidad de los helechos
y su despliegue esplendoroso,
de una beldad infinita.

Y en medio de tanta hermosura,
mis apenas tres mil millones de brutalidad
alzados sobre sus piernas,
contemplando la inmensa serpiente
de aguas turbias que secciona la selva.
Me sigue la (ci)vilización del necio.
El lenguaje del salvaje.
El bestia se ha armado con regla,
escuadra y compás.
Artilugios rígidos.
Estrictos.
Para tomarle la medida al todo.
Instrumentos incapaces de plasmar
un mundo que se retuerce y se quiebra.
Un mundo en contante transformación.
Uno que se reinventa cuando se le altera.

El punto es incapaz de percibir la línea.
La línea no puede concebir el plano.
El plano nunca entenderá la tridimensionalidad de la esfera.
El continente, el cuerpo nos pone fronteras.
Dicen:
las líneas paralelas no se cruzan.
Nunca,
aseguran.
No sólo se cruzan,
sino que se unen,
cerrándose una sobre la otra,
abarcando el infinito.
En hélices de belleza
con un alfabeto simple:
adenina (A)
citosina (C)
guanina (G)
timina (T)
cuatro bases nitrogenadas,
cuatro anillos químicos,
para escribirlo todo.
Para dar forma a todo.
Incluso a mis tres mil millones de brutalidad.
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Impuntual

Dictan las teorías de los multiversos
que el tiempo no es tal,
que es tan relativo, se puede doblar,
también el espacio.
Pero no sucede con la genuina esencia de los cuerpos,
el amor, por ejemplo.
Y resulta pues que este sentimiento, el nuestro,
ha sido gestado, desde sus inicios, en otro momento,
otro espacio-tiempo.
Mas en esta Tierra donde nos hallamos
y que nos limita a medir segundos, minutos y horas...
Un bendito día, mi tarde, por cierto,
encontré tus ojos y anhelé tus besos.
Mezclando estaciones, primavera, otoño y tal vez invierno.
Y fue la belleza, la luz y fulgor de un verano nuevo,
un cometa etéreo.
Te miré por dentro, me besaste el alma, te robé el aliento.
Amor en un grito, amor en silencio,
sumamos al mundo un preciado tiempo.
Y fui otra persona, una más feliz, en este Universo.
En medio de todo este torbellino, locura, embeleso,
donde cada día nos sabe muy poco.
En este planeta y en esta vida, hoy solo lamento,
el haber llegado tarde a nuestro encuentro.
Pues te habría guardado mi primer pecado,
mi primer sonrisa, mi primer te quiero
y mi primer beso.
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Un Verano Perfecto

María, de escasos siete años, de piel muy blanca de ojos grandes castaños,
su cabello hasta los hombros como el color de la miel, volaba en libertad con el suave viento,
mientras corría al encuentro con los niños del poblado morenos por los rayos del sol
que contrastaban con la blancura de su piel.

Emocionada y con la alegría reflejada en su carita lo primero que hacía al llegar y antes que se lo impidieran ,
era quitarse los zapatos, despojarse de sus calcetitas y sentir con sus pies la tierra caliente que le hacía cosquillas.
Los restregaba como bailando twist para sentir más cosquillas sobre esa tierra seca con grietas como boas pidiendo al cielo el agua tan preciada.

Su llegada al rancho de sus abuelos coincidían con la época de verano, así que disfrutaba del sol, y el calor.
También algunas veces de la lluvia a torrenciales que algunas veces caía.

No podía salir y atrapada dentro de la casa observaba por la ventana como el agua hacía caminos
por la tierra del jardín hasta llegar a formar charcos.
Allí pegada a la ventana aguardaba a que la lluvia pasara, había escasas ocasiones que su abuelo le permitía salir a jugar
y correr bajo la lluvia como una yegua en libertad.

Disfrutaba beber y saborear tan exquisita agua, el olor a la tierra mojada, ver como se llenaban los aljibes
y brincar en los charcos cual si fuera una rana.

Que alegre era María, no había niña sobre la faz de la tierra más libre y feliz.
De pronto la lluvia así como llegaba se marchaba las nubes negras se disipaban y el cielo se aclaraba
dejando ver nuevamente el sol, las buenas lluvias refrescaban la región.

Estas precipitaciones era muy esperadas, cosechas abundantes, agua almacenada,
limpieza de patios, y techos de tejas como nuevos brillaban, contrastando con el verde de los árboles.

Era un espectáculo ver caer las gotas de agua contenidas en las hojas de los árboles,
como pequeños arco iris cayendo al suelo, una a una, como si fueran lágrimas como prismas
reflejando colores agradeciendo al cielo su abundancia.

Y ay! de aquel niño que se acercara bajo un árbol en seguida aparecía él niño l travieso
que con fuerza sacudía el tronco del árbol y como lluvia fuerte las gotas prendidas a las hojas
que como lluvia caían mojando a los niños que reían.

Con las lluvias el río aumentaba su nivel y eso era motivo de sonrisas, la alegría llegaba con las lluvias,
porqué en compañía de otros niños nadaría y saltaría en sus aguas.
Entonces podría disfrutar de un verano perfecto, llenando de historias nuevas para contar.
Vacaciones cada año esperadas, antes de regresar a la monotonía de la ciudad y del colegio.

MMM
Malu Mora
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etiquetas: relato
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Plaza Olivos

Medio desnudo, a los ojos de los pájaros
piando en la plazoleta de los olivos, añorada plaza que una vez fue refugio de las convulsionadas
tertulias de los párvulos de mi cuadra, allí estaba yo sentado,
en el mismo banco roído y oxidado, dónde alguna vez mi madre me cogió de la mano y juntos dimos mis primeros pasos,
donde alguna vez mi padre me columpiaba hasta alcanzar el cielo,
donde alguna vez reí con mi hermano hasta asfixiarnos de tanta sed,
donde alguna vez mi abuelo me riñó y amenazó con el paraguas en mano,
donde alguna vez lance aros de humo con mi mejor amigo.

En esa misma plaza,
donde alguna vez olvidé mis libros,
mis zapatos, mi goma de mascar,
donde alguna vez dí mi primer beso,
donde alguna vez entregue la inocencia a aquella niña de pelos rubios,
donde alguna vez jure amor eterno a la diosa del amor,
donde alguna vez perdí la paciencia,
donde alguna vez cayeron lágrimas de tanto llanto,
donde alguna vez perdí la longitud y latitud de la vida.

Allí estaba yo.
Ahora sentado en el mismo banco roído y oxidado,
donde juro volver al principio,
a dar mis primeros pasos, a tocar el cielo con las dos manos,
a desternillarme de risa,
a sentir miedo,
a fumar sin reparo,
a perder mis objetos más preciados,
a recobrar la fe perdida en el amor,
porque volveré a entregar mi inocencia,
porque volveré a jurar amor eterno,
y volveré a ser humano.

Aunque sea lo último que haga en la plaza de los olivos.

JOSE LARA FUENTES.
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Zapatos de tacón y luces de neón

El cielo se apaga, y Diana parte hacía ese frio lugar donde almas perdidas predican un poco de atención a precio estipulado. Allí no existen los sueños, y solo se presta atención a las agujas del reloj contando los minutos. Vestida tan solo con unos zapatos de tacón y sugerente ropa interior, guarda su corazón bajo llave en un oscuro cajón, pues no hay sitio para el amor. Carmín rojo y simulada sonrisa para aprobación del consumidor, mientras las actrices del placer, aprendices y maestras aguantan la jornada a base de evadirse de la realidad. Diana aprende rápidamente las culpas de la noche; a veces, consolando a náufragos del amor que tan solo buscan un poco de cariño, pero otras veces, aguantando improperios y frases como, “si a ella le gusta lo que hace”, salidas de la sucia boca de despojos que se creen hombres. Luego, al apagarse los neones que anuncian los carteles de la entrada, Diana recupera su corazón de ese oscuro cajón, y sueña con algún día, poder escapar de ese frio lugar para entregarle su corazón a alguien que no la vea como una simple mercancía.
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Yo

Siempre llego tarde a mi propia vida,
como una marea que llega tarde a lamer las costas de una tierra indefinida,
y siempre quiero cantar como el cisne inmolado
pero jamás llego a tiempo para mi final esperado.

Quiero cantar y ser escuchado,
y reverberar en mí mismo, y ser visto,
pero siempre llego tarde a mi propia vida,
y por todos otros ya fui despojado,
y sólo me queda el silencio,
y dentro sólo me queda el tiempo.

Y pasa el tiempo, y de tarde en tarde,
pienso que he llegado,
pero me engaño,
y ardo, y estallo,
porque quiero llegar a tiempo,
y arder en un momento,
en ese momento, no en otro,
pero es mentira,
y ficción, y engaño, y otros sinónimos
que salen en los libros de medias verdades,
que dicen qué decir mientras no dicen nada,
y con rabia me trago mi lengua,
y mis lágrimas, y mi saliva
y más sinónimos que salen en libros de mentira,
mis mentiras,
más preciadas que el oro.

Siempre llego tarde a mi propia vida
¿Tú no sientes lo mismo que yo?
Como si no fueras nunca de ningún lado,
como si fuera del tiempo estuvieses fuera de lugar,
como un objeto desplazado,
lleno de odio, de furia, de confusión,
de brea ardiente en la que se funden los huesos
de los dinosaurios.

Oh, Dios, ya vuelvo a llegar tarde a mi propia vida.
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Te Entrego Mi Alma Señor

Señor, en una cama me encuentro postrado.
Con este cáncer me siento abandonado.
Con mucho dolor con mi esposa a mi lado.
Se que mi hora de partir ha llegado.

Muchos recuerdos pasan por mi mente.
Como cuando me entregastes a mi esposa.
Esposa que anhele con mi corazon latente.
Y ahora esta a mi lado triste y ansiosa.

Pero sé que es mi turno de partir.
Hacia ese lugar santo y espléndido.
Y como explicar a mi familia que tengo que concluir.
Sin sentirme derrotado y abatido.

Ahora te entrego mi alma Señor.
Anhelando pasearme entre tus hermosos senderos.
Por tus valles de oro y mar de cristal.
Agarrado de tu mano, mi fiel doctor.

Ahí estare feliz y gozoso.
Viendo a mis seres queridos que se fueron antes.
Sabiendo que me qusisites y me amastes.
Y tranquilo sabiendo que fui excelente esposo.

Ahora me toca cerrar mis ojos.
Para darte lo mas preciado que es mi alma.
Diciendole a mi esposa que este tranquila y con calma.
Por que donde estaré no hay ciegos ni cojos.
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Ya no sé volar (la nieve que jamás hubo)

A quinientos metros del mar
he despertado cubierto de la nieve
que jamás hubo,
con sabor en los labios de un cuello
que todavía no he logrado descifrar.

Detrás del edificio con decimoquinta planta
la monotonía se desespera
al encontrarte turbia
y con la caja de sueños rota.

Al volver la vista atrás los aviones
ya no son los mismos,
son más rápidos,
nosotros más torpes,
son más bellos,
nosotros más arrepentidos.

Detrás de las señalizaciones de carretera
se encuentran los recuerdos mustios
esperando en un museo
sin licencia de apertura.

Ya no sé volar, por eso ya no puedo
ir a verte a tu casa de ventana sin cortinas,
ni sentarme junto a ti en el viejo sillón
hundido por deseos migratorios.

Supe resignarme, pero no olvidar
que las marcas de mis heridas
se han convertido en preciado licor.

Todavía hay días
en los que despierto sobresaltado
creyendo que me he vuelto
a equivocar de vida, que vuelo
y se me concede todo lo que quiero.
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La sala médica

La sala médica.

Acaricia el viento que viene
nos trae oscuro dolor
por horas de salud,
un precio que pagar.

En las salas infectadas
corre la sombra de la muerte.
Voluntarios con mucho amor
regalan su tiempo,
dulcificando el mal.

Gentes que nunca regalamos una medalla
ni un reconocimiento de agradecimiento
ni un abrazo, ni un beso.

Dan su alma, entregan su trabajo
y de respuesta reciben un exiliado
silencio.
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Yoísmo

Ahora va a ser mi culpa,
Ahora llámame mediocre,
Me dejaste hecho felpa,
Pero yo fui el torpe...

Tan terca,
Tan orgullosa,
Cual rosa,
Ajena al rosal,

Que enajenada,
Y perfumada,
Baila al son,
Mecida por el viento...

Crees que miento...
Cuando ni tiempo me diste,
De hacerlo,
Tú y tu yoísmo...

Lo mismo de antaño,
Hoy día...
Tanto daño,
¿Tamaña osadía sería...

Dejarlo?
Reconocer todo el mal,
¡Qué ingeriste!
Veneno femme fatale,

¡Qué poco me diste!
Si quiera recordar, pudiste...
Cuando te necesite,
Me fui... Te fuiste.

Marchaste,
Quise y quisistes...
Te quedaste con tu bien preciado,
Tu gran amor,
Tu yo...
Tú misma,
Y ahora te das cuenta...
Te entran prisas,
Ya que el reflejo no es buen amante...

Pobre...
Tan solo soy un mero infante,
En un ejercito en el exilio...
Al que tú me desterraste....
Yoísmo
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Sin ti

Es ver pasar los días,
las jornadas y cada uno de los segundos
del reloj de la vida
sin ti.

Es el respirar el aire denso
de un julio ya marchito
y un otoño que se precie
sin ti.

Es el efímero silencio de la noche
y la lenta madrugada tras la cruenta
y funesta pesadilla de recuerdos
sin ti.

Es el contraste del alma poeta,
es la bravura, la tempestad serena,
es imaginarme una vida contigo
sin ti.
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El violinista

El violinista está prisionizado, el Sire repudia su llanto; sólo anhela cánticos y ritmos que ensalcen su imperio.
Es una flagelación a su honor, soñó que sus notas deslumbrarían el fastuoso techo artesonado del palacio. Pero la melodía queda postergada para una instancia amurallada: su alma.
Arrobado por la imagen del Sire, un día olvidó su vida creyendo con osadía que el palacio tributo le rendiría.
Ahora ve aquellos días a través de un celosía; de flores marchitas e imberbes en dicha.
Los cortesanos golpean el suelo con zapatos de pico vociferando con ahínco. Rostros pomposos y tenebrosos bañados de escarnio que desdeñan sus virtuosas manos.
Los prados están segados; eviscerados de frutos amados. Los pájaros emigraron desairados…
El violinista salta del camastro, atrás queda el sudario; ahora en su traje más preciado va enfundado. Susurra al violín en tono almibarado, la madera de arce refulge en la alcoba. El violín cobra vida; vida en raíces infinitas… Juntos tantean en penumbra el palacio, las columnas salomónicas advierten sus trasnochados pasos. Es una acción: ¡subversión!… desamueblada de amparo.
En el bosque suena la melodía, aquella por la que su corazón palpita. Notas que fluyen del arce edulcorado por amor al bien preciado: principios de un “yo” estimado.
Los espectros emergen del letargo.
Las ramas de los árboles zarandean el viento extendiendo ondas musicales a todo el Universo.
Las notas dibujan una cenefa en el oscuro cielo. Se aglutinan puntos luminosos dirigidos por la batuta de los espíritus del bosque. El violinista observa atónito el ingenio de los destellos… La cenefa relampaguea con virulencia y en ella se muestra:
¿Tú escribes lo que realmente quieres, o lo que exige el Sire?

Marisa Béjar 04/09/2017
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La oveja que se salvó del tren

Obdulio era un pastor avezado, enjuto largo y espigado. No tenía estudios, aunque aprendió a leer en la escuela primaria. Contaba con un rebaño de cientoveinticinco ovejas, entre corderos, carneros, madres y alguna que otra cabra. Obdulio se pasaba largas temporadas en la transhumancia, pastoreando por los valles, montes, caminos y Cañadas Reales. En su caminar se encontraba con caminos, cruces, carreteras, pedregales, arroyos, ríos y hasta vías de trenes. En su zurrón no faltaban el queso, el pan y las viandas que se iba aprovisionando por las poblaciones por donde pasaba. Como había que conservar las tradiciones, cuando pasaba por alguna ciudad por la que atravesaba alguna Cañada Real, le hacían festejos e incluso cortaban el tráfico para que sus ovejas la cruzaran sin problemas. En alguna ocasión que otra, incluso había salido en el noticiario por televisión.

Conocía a todas y cada una de las ovejas, corderos, carneros y cabras por su nombre: "la machá, la yerbas, la juntá, el bravón,l manoli...", y así una a una; pero había una muy especial, una a la que tenía mucho cariño porque aunque era blanca de lana, la consideraba la oveja negra del rebaño, "la regañá" la llamaba, porque siembre la estaba regañando por su, entre comillas "mala conducta". También le acompañaban dos perros mastines, "Canela y Chiss", cuyos nombre había puesto por el color y por que no dejaba de ladrar y estaba continuamente mandándolo a callar.

Obdulio era un hombre creyente, llevaba una biblia y algunos libros de ficción que leía de vez en cuando, para no aburrirse en medio de la nada con sus ovejas. A veces, incluso hablaba con sus ovejas, en particular con "la regañá" que era la que más trabajo le daba.

La lectura de la Biblia y los libros de ficción que llevaba, le hacía impregnarse de un halo de misterio y de ensoñación. En ocasiones se organizaba conversaciones con supuestos e hipotéticos espíritus y con Dios. Claro que cuando emprendía la marcha, se dejaba de tonterías y se ponía a trabajar. Aunque en ocasiones, a causa de la superstición, evitaba pasar por según qué sitios o incluso pronunciar según qué palabras o números.

Comía con avidez cuando paraba para comer, no sin antes haber bendecido los alimentos, en ocasiones escaso, que "Dios" le había proporcionado por su santa voluntad, desplegando toda su imaginación para componer una plegaria que, según su entender, le satisfacciera a "Dios" y también a los espíritus. Porque tenía cobntabilizado los espíritus: "los del bosque, los de los arroyos, los de las rocas, los santos protectores de la noche, los de los sueños"; en fin, una lista larga de todos ellos, eso sin contar con los "Santos": "San pascual Bailón", patrón de los pastores; "San Cucufato", si no lo encuentro las partes pudendas te ato. Y así otra lista larga de ellos.

Ahora vamos a conocer a Carlos: hombre mayor de unos sesenta años, pelo cano y barba al estilo de Papá Noel, aunque no era tan gordo como éste. Había estudiado magisterio, pero como no había cogido plaza, no por que no estudiara ni porque no fuera inteligente, sino porque se presentaba tanta gente que la proporción de pillar plaza era de uno a seiscientos y, claro, la pillaban quienes aportaban puntos por su experiencia. Era el pez que se mordía la cola, no tenía puntos porque no tenía experiencia y, a su vez, no tenía experiencia porque no tenía puntos para pillar plaza. Así que hizo un curso de Maquinista de tren y, ahí lo teníamos, conduciendo trenes.

Como era inteligente, sabía todo lo que debía saber para conducir uno, incluso, hacía cálculos mentales sobre la velocidad, el tiempo de reacción, la duracióbn del viaje, velocidad constante, velocidad variable, tiempos de frenado y parada total, etc.etc.etc. Así conseguía no aburrirse en sus largos y monótonos trayectos.

A veces soñaba con una clase llena de niños a los que explicaba toda clase de teorías. Soñaba con explicar todos los fenómenos que ocurrían a su alrededor.

Al contrario de nuestro pastor Obdulio, Carlos no creía ni en su sombra. Todo tenía una explicación y, si no era capaz de encontrarla no era porque no la hubieras, sino poque en ese momento no la habían descubierto. Por supuesto que era ateo y lo de los espíritus quedaba relegado para gente con poca personalidad, según su parecer.

Las vidas de Obdulio y de Carlos pareciesen que iban en sentidos completamente opuestos o paralelos, se podría pensar que nunca se iban a cruzar; pero, cosas del destino, sí que se cruzarían en un hecho que ninguno de los dos olvidaría jamás:

En cierta ocasión, cuando Obdulio pastoreaba por uno de los muchos valles que atravesaba con su rebaño. Bueno no era uno de tantos al uso, era uno un poco especial, porque a través de ese hermoso valle discurría la vía del tren que unía dos ciudades importantes. Esa parte del trayecto era aproximadamente la mitad de la distancia que había etre una ciudad y otra, por lo que por ese punto, un tren debía alcanzar su máxima velocidad, máxime cuando en ese tramo no había dificultad ni curva que impidiera al vehículo circular al máximo.

Como siempre "la regañá", la oveja favorita de Obdulio, iba a su aire, separándose del rebaño y pastoreando por donde le venía en gana. El pastor no encontró inconveniente en dejarla pastorear a su aire, pues el valle no presentaba guisos de dificultad, salvo por la vía del tren, que se veía muy tranquila. Tan tranquila se le presentaba la vía del tren, que pensó que quizá no viera ninguno en todo el día.

Ya era la hora de comer y el pastor andaba descuidado preparándose las viandas para el almuerzo. Ni había reparado que "la regañá" se había separado demasiado y estaba merodeando por las vías del tren.

Por otro lado, Carlos iba en su máquina del trén muy contento aquel día, porque era la primera vez que hacía ese recorrido y le habían hablado de la preciosidad del valle por el que iba pasar. Estaba deseando llegar al lugar para contemplar la majestuosidad de aquel valle. Incluso hacía cálculos matemáticos para saber cuando iba a llegar, cuanto tiempo iba a tardar y durante cuanto tiempo, según la velocidad, iba a estar atravesando el valle.

Obdulio, ajeno a todas estas cuentas, ya se encontraba comiendo cuando oyó sonido característico de un tren a su paso por las vías. Fue entonces cuando levantó la cabeza para buscar con la mirada a "la regañá", pues no se fiaba de ella ni un pelo, con razón. El corazón se le escapada del pecho cuando descubrió a lo lejos a su oveja inmóvil encima de las vías del tren. Se había enganchado una pata en las vías. Y al mismo tiempo vio aparecer la máquina del tren por el Oeste, aproximándose a toda velocidad hacia "la regañá". Fue cuando comprendió que no le daba tiempo para llegar hasta ella para salvar la vida de la bóvida, por lo que no dudó en hincarse de rodillas en la hierba e implorar clemencia a "Dios", para su oveja, formulando toda clase de ruegos y oraciones, a la vez que se santiguaba impulsivamente una vez tras otra.

Carlos al entrar en la curva que daba acceso al extenso valle, observó que había una oveja en la vía a unos tresmilquinientos metros, calculó. Echó cuentas mentalmente, más rápido que una calculadora, y llegó a la conclusión de que, según la velocidad constante que llevava, teniendo en cuenta la distancia que le quedaba hasta llegar al obstáculo y aplicando una fuerza determinada, que calculó mentalmente, a los frenos, podría ser capaz de detener el tren antes de que ocurriera una catástrofe. Y así procedió.

El tren se detuvo justo un metro antes de "la regaña", para la autoecuanimidad de Carlos y por obra y milagro de Dios según Obdulio.


MORALEJA: "Lo que para unos es obra y gracia de la benevolencia divina, para otros puede tener una explicación científica. Lo que verdaderamente es importante es que el resultado es el mismo"

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Miradas

Miradas que donde se dirigen
dan paz, que se regalan
como destellos de luces,
como rayos de sol
rebotando sobre la mar.

Miradas que no saben de precios
ni de intereses
miradas que se hacen consuelo
de corazones expuestos,
miradas que abrazan
como brazos abiertos.

Miradas como torrente de agua fresca,
que sonríen en cada parpadeo,
como lluvia de estrellas
en noches de desvelo
que te invita a tener sueños.

Miradas azul , verde o marrón,
miradas que con sólo mirarte
te hacen el amor.


MMM
Malu Mora
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Vieja, mi vieja puerta

Vieja, mi vieja puerta .

Cuántas historias hay detrás de cualquier puerta, dímelo a mí. Yo apenas rondaba los 8 años, un niño creciendo en una sociedad que la modernidad le gritaba a los ojos. Mi madre, hacia la maleta para llevarnos a visitar a mis parientes a 16 horas en carretera, en un pueblo llamado Cantaura al oeste de Venezuela.

Y allí estaba yo, no sólo bajándome del autobús de aquel terminal improvisado de busetas y coches ,en medio de una plaza de un siglo cualquiera, menos este .

Allí estaba yo, un estereotipo de niño moderno o quizá una copia mal lograda de los niños del primer mundo en el tercero.

Y allí, justo en frente, esa puerta gigante, antaña, maltratada y sobreviviente de las repúblicas instauradas y fallidas, todo un fortín custodiando los tesoros más preciados de mis tatarabuelos, que dormían detrás de esa puerta envejecida con rostro casi humano, allí estaba yo.

Eran las 6 de la mañana y ahí estábamos parados en frente de aquella desprotegida puerta antañona vestida con una especie de cinturón ,muy extraño, recubriendo su barriga.

Allí, parado en la lejanía de un tiempo que transcurre ,ha quedado esa puerta en mis recuerdos,tatuada con la tinta ahumada de los evocaciones.Tiempo inclemente, tiempo que va desnudando puertas y memorias.

Hoy medio siglo después, mis viejos ancestros siguen durmiendo detrás de la vieja puerta custodiada por ese cinturón, muy extraño en su barriga, erigida como fortín ante los ojos de otra generación que vive ,desafortunadamente, en otra fallida república. Esa, mi vieja,mi vieja puerta.

JOSE LARA FUENTES
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Alcancé la libertad

Alcancé la libertad en el universo de la distancia
que explota como una supernova, cuando nos cruzamos
y nada es como antes. Y ya ni siquiera nos miramos.
En mi destierro imperecedero, contemplo furtivo,
cómo tu corazón interpreta en tu cama su monótona melodía
para otros oídos que no son los míos. Cómo tus labios
regalan sonrisas a otros ojos, y besos a otros cuerpos.
Confieso que me emborraché de silencios incómodos,
de palabras vacías que, indiscretamente, lanzaban a discreción
indirectas que no estallaban, y excusas sin sentido.
Perdí en mi partida encarnizada de ajedrez contra la tristeza,
que leía en el traslucido cristal de mis ojos todos mis movimientos.
Y todos me llevaban a ti, y me alejaban del mundo real de los imposibles.
Me vi capaz de romper –por hacerte volver– las leyes de la naturaleza.
Alcancé la libertad mirando al atardecer, siguiendo tus pasos,
esta vez desde lejos, fundiéndose con la aurora hasta desvanecerse.
Sí, alcancé la libertad al dejarte marchar. Pagué un precio muy caro.
De qué sirve tener alas, poder volar, si nadie quiere acompañarte.

@DaniOrtizEsc
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Canto fúnebre

Cuando las campanas silenciosas del Apocalipsis repican en el ambiente con estruendo feroz, es hora de ser juzgados por la dama de negro. Esa siniestra figura que señala al vivo sin saber que ya está muerto. Ese ser que aparece y desaparece sin ser visto, y ni tan siquiera, el más preciado de los mortales, puede escaparse de sus helados brazos.
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