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Finales de Septiembre (relato corto)

Amanecía, y la luz de la mañana se filtraba por la cortina, haciendo que la habitación estuviese iluminada, con esa tenue luz que te permite verlo todo sin que moleste. Adoraba aquellas mañanas perezosas de sábado, de finales de septiembre. Cuando ya los días van a menos (como decía su madre). Le gustaba despertarse así, de a poco, comprobando cada rincón de aquel espacio que tan bien conocía. Haciendo memoria de cosas banales del día anterior. Poniendo una pequeña lista de planes para el día.: leer, pasear, quizá un café con Ana, o podía quedar para ir a ver alguna película.
Se levantó y avanzó hasta la ventana para correr las cortinas y abrir. El aire fresco de la mañana inundó la sala y sus pulmones. Dejó que acariciara su piel hasta erizar el bello. No era nada ni nadie, antes del café. Puso una canción y se sirvió un café con leche y una cucharada de azúcar moreno, una tostada con aceite de oliva y dejó que el café y la música la posicionaran de nuevo en el mundo de los vivos.
Mientras desayunaba, hizo un repaso mental de la conversación que había tenido con Jorge unos días atrás, seguía sin entender el porqué de su nueva postura, había pasado de ser un proyecto de relación a amigos distantes. Creía que había buena química entre ellos, es mas sabía que la había, por eso no entendía que había pasado. No quería comerse la cabeza con aquello, hacía tiempo que las relaciones habían pasado a un segundo plano en su vida.
– Mejor sola que acompañada de seres que proyectan mala sombra- como decía Ana.

Tomó la taza y se aproximó a la ventana, corría una brisa que hacía que las ramas del chopo que tenía frente a la ventana se movieran, parecía una danza un tanto alocada con una extraña coordinación descoordinada. Las hojas se movían como bailarinas de una cajita de música. Dio un sorbo al café y dejó que aquel bonito espectáculo de ramas y hojas bailando al compás de la música que salía de su equipo, inundase la cocina. (Dulce mañana de sábado, me conformó con poco – se dijo).

Dejó la taza y la cuchara en el lavavajillas y de dispuso a leer un rato. Se dejó caer en la cama, acomodó la almohada a la espalda, se puso las gafas y dejó que la lectura la envolviera en ese mágico mundo que sólo un buen libro sabe crear. Por espacio de aproximadamente una hora ya no era ella, era el personaje central y sus circunstancias.
Miró el reloj, y pensó que quizá ya era hora de dejarlo, pero un capitulo a medias, ni pensarlo (manías de lector-se dijo).
Puso el marca-páginas y se levantó, de verdad que no sabía qué hacer, estaba tan a gusto así, perezosa y relajada.

En el cine de la esquina estaban reponiendo grandes clásicos. Ese podía ser un buen plan para la tarde. Un paseo matutino y de paso mirar la cartela para hoy.
-Si algún título me interesa llamo a Ana por si la apetece – pensó.
Se puso un pantalón cómodo, unas zapatillas y su camiseta preferida, esa que ya iba perdiendo el color por el mucho uso y el tiempo. Le que se compraron en aquel puesto del rastro una mañana de domingo de resaca y risas hace ya un sinfín de años. Tomo el bolso y las llaves y salió a la calle a disfrutar de aquel maravilloso día de finales de septiembre.


Hortensia Márquez - Sep.Oct/2017 (@horten67)
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De bárbaros y romanos

El hombre, asaetado en la tierra baldía rogaba por su vida. De pié, mirándole fijamente, la venganza brillaba en los ojos de su adversario. Un instante de silencio. Después, el romano continuó suplicando el perdón.

- ¡No tuviste piedad cuando mataste a mi familia! -gritó el guerrero hispano.- ¡Y ahora, ni tu ni Roma viviréis para ver amanecer un nuevo día!

La luz del atardecer, se reflejó en la gastada hoja de la espada al alzarse por encima de la cabeza del fiero guerrero, mientras un zumbido ahogaba el aire. Un golpe seco bastó para separar la cabeza de su dueño. Un gran charco de sangre se formó a sus pies, y el silencio del delirio de la venganza se fue convirtiendo gradualmente en el fragor de la batalla, pues esta todavía no había acabado. ¡Sin piedad! gritaban los camaradas a su lado. El guerrero alzó la mirada hacia las legiones que cubrían el campo de batalla y se unió a sus compañeros por la defensa de su libertad. El ejército bárbaro cargaba brutalmente contra las legiones romanas. Los soldados, muchos de ellos inexpertos en batalla, retrocedían tan solo al oír el griterío de los guerreros hispanos.

Lucio Espurio, veterano centurión de la Duodécima legión arengaba a sus soldados a no retroceder y a defender el honor de Roma. Hacía algunos minutos había visto como un enorme guerrero hispano decapitaba cerca de él al tribuno Marco Lucano, un asesino de mujeres y niños que deshonraba el honor de la República. Sabía que algunos de los suyos se comportaban como verdaderas alimañas, y que en el fondo, esos indomables hispanos luchaban por defender su tierra. Espurio era un hombre de honor, un fiel servidor de Roma y de los dioses. Su misión, luchar por la gloria de la República y devolver a la patria sanos y salvo a sus hombres. Él solo combatía contra guerreros, no era un asesino.

-¡Formación de ataque! -ordenó el centurión.

Los soldados, todos a una, obedecieron. La perfecta máquina de guerra romana se preparó para el choque. O ellos o nosotros, pensó Espurio. El combate se alargó hasta que la noche cayó sobre sus cabezas y la oscuridad lo cubrió todo. Todo, a excepción del amargo olor de la sangre derramada.
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Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
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Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
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La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
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Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
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Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
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Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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Aquellos Maravillosos Años 90

—¡Cuánto tiempo sin pasar un rato contigo! —dice Elena con los labios algo morados y entumecidos del frío, aplastando la colilla de un cigarrillo rubio bajo la suela de sus zapatillas blancas. Iker tuerce la boca y guiña un ojo, mientras las sombras del atardecer se alargan y el día se desvanece a cuentagotas.
—Creía que este año habías dejado de fumar. ¿O es que no te atreviste con ese anuncio de acupuntura oriental del que tanto hablabas? —pregunta Iker, con esa mirada suya tan pícara como condescendiente. Ella vestía ell mismo jersey negro que ayudó a destacar sus ojos verdes por encima de las multitudes en los años de la universidad.
—Lo intente, Iker, en serio. Como cuando me autoconvencía de hacer dieta después de cada Navidad para poder volver a ponerme la camiseta azul de David Bowie de la época del instituto… y al final acababa haciéndome un revuelto de helado de vainilla con Emanem´s.
—Decíamos que teníamos examen y terminábamos en Malasaña...
—Cantando y bailando en La Vía Láctea...
—Escuchando a Placebo, hasta las trancas de cerveza y tequila. Y tú tenías la feliz idea de ponerte…
—Aquella camiseta del mercadillo con la cara de un payaso sonriente que daba miedo a todo el mundo. Llegaste a pedírmela algún domingo. Y como amuleto para los exámenes.
Iker sorbe un trago corto de un vino peleón con demasiado recelo, aunque siempre fuese el primero en ridiculizar aquellos paladares exquisitos que encontraban en un sorbo de una botella cara cierto regusto a madera, a canela, a pino, a frutas de bosque o a cristo bendito. Cuando recordaba su paso por la vida universitaria, entre cigarros de la risa, whisky barato, perfume a lavanda, a incienso y a café, fiestas llenas a partes iguales de chuloputas engominados con la nariz empolvada e intelectuales enamorados de las entrañas de los ordenadores; revistas de rock´and´roll, el futuro abierto como una herida por donde entra el cielo en el cráneo, la juventud ardiendo como un ascua de plenitud en los pulmones, los bailes en El Penta, las madrugadas deshojando minutos en vinilos que ahora costarían medio riñón en E-bay… La vida se había vuelto un juego de ajedrez bastante más complicado que un simple coqueteo entre reinas y peones.
—¿Sigues pues con la nicotina a vueltas? Como una tatuadora heavy de California o algo así.
Iker revuelve cariñosamente el pelo color fuego de Elena, su cara de niña traviesa con insomnio, turbada por la prisa de los años, pero con la inocencia atada a sus hoyuelos.
—Si, ya sabes. Cuando mi hermana lo dejó intenté motivarme, ponerme esos jodidos parches o apuntarme a ese gimnasio tan noventero que hay en mi barrio peeeeero…Ya sabes, siempre reponen de madrugada alguna película de Tarantino, siempre me apetece un café muy cargado a deshoras… Y después está el trabajo que me pone de los malditos nervios.
—Siempre has tenido las excusas imperfectas para los momentos perfectos, Elena.
—Bueno, hay que tener el as para matar el tres, decía mi abuelo. Para sobrevivir en este mundo de pirañas.
Se pone el sol, de color óxido, y caen el día y el apetito como telones descoloridos por detrás de los tejados de las fábricas. A un centenar de metros, en un tugurio de mala muerte, una prostituta escupe en el lavabo porque el speed hace que le pique horriblemente la garganta, y la noche es un animal de caza ya despierto; a la vuelta de la esquina, un anciano hojea, nostálgico, periódicos amarillos de hace dos vidas; un mimo sonríe tras su pintura blanca, en el mismo silencio callejero perpetuo que llena luego una banda de saxofonistas tiñendo la avenida de jazz; un cuervo se precipita a volar desde un maldito rascacielos; un McDonalds abre sus puertas y un adolescente surcado de acné garabatea en su interior la firma de su primer contrato remunerado, mientras su padre, en el otro extremo de la ciudad, se limpia las lágrimas del rostro y baja a beber un trago al bar, y su madre se lava con vodka las penas por dentro, y sonríen cuatro jóvenes en el flash de una foto, y un florista vende su último ramo de la tarde, pone el cartel de cerrado y se pregunta por qué coño las flores no vivirán para siempre.
—¿Y has tenido la brillante idea de volver a traerme un tulipán? —pregunta Elena a bocajarro.
—No seas quisquillosa. Los dos sabemos, sobre todo desde que saliste con el tarado de Ismael, que es tu favorita.
—Lo es, pero no hace falta que todos los años me traigas uno.
—Claro que si…Para una vez que nos vemos me apetece traerte algo. Ya sabes lo difícil que es venir hasta aquí y en el almacén me explotan como a una mula de carga. Necesito unas vacaciones. Necesito fiesta. Necesito bailes, mojitos, drogas blandas y estrellas fugaces en el capó del coche más viejo del mundo.
—¿Eso no me suena idéntico a cierta cantinela del verano del noventa y cinco?
—Si, pero en aquellos tiempos no teníamos dinero para cocteles.
—No, pero nos bastaba con una litrona barata. Sí, los tiempos buenos, los cojonudos de verdad, al final, no requieren de demasiadas cosas.
—Es cierto. Ahora echo de menos tu salsa barbacoa, las palomitas y las maratones de cine hasta las tantas. Por cierto, Ismael ha cambiado de trabajo, ahora es repartidor de publicidad de una empresa de comida rápida, y al atardecer solemos ir a correr juntos por la ciudad. Es el mejor momento del día.
—Voy a encender otro cigarro antes de irme —comenta Elena cambiando de tema.
Iker sonríe, apacible, la piel de un moreno melancólico de sol. El ocaso ya puesto de rodillas y relamiendo los últimos restos diurnos de luz.
—¿Qué tal te van las cosas con ella?
—La verdad es que genial —contesta Iker— Pasó una racha espantosa cuando falleció su madre, fueron unos meses de mierda. Pero ahora está muy contenta, escribe para una revista ecologista en su tiempo libre. Sigo enamorada de ella como un niñato de instituto.
Elena suelta el humo como quien se desprende de lastre.
—Siempre me cayó genial Marta. Es una chica que gana cuanto más la conoces. Parecía tan tímida, con esos ojos tristes y esa sonrisa lánguida, y sin embargo luego te soltaba esas barbaridades ácidas y desternillantes sobre los reptilianos, la cienciología y la secta de Charles Manson. Tiene grandes virtudes, además de ser la mejor cocinera a lo largo y ancho del universo.
—Lo sé. Ella también te aprecia mucho, Elena. Miramos muchas veces juntos la cajita de fotos de los noventa.
Elena sonríe, con abierta ternura, y se quita un mechón pelirrojo de la frente.
—No seáis tontos y malgastéis vuestro valioso tiempo añorando a esta vieja loca. Una, por desgracia, no puede quedarse a vivir en las viejas fotografías.
Elena suelta una calada espesa, sujetando el cigarro con temblor en las manos. Iker le da un abrazo cálido, enorme, con ese amor incondicional y sin grietas que suelda con estaño las mejores amistades.
—Tienes que dejar de fumar. No seas cabezona. Cuando no me haces caso, pasan cosas como aquello del año noventa y ocho.
—No hace falta que me lo recuerdes. Hay cosas que es mejor… —Se le quiebra la voz antes de terminar la frase. Unos cuervos graznan y Elena aplasta de nuevo el espejismo ya sin humo del último cigarro. Una lágrima solitaria serpentea su mejilla izquierda.
—Ya es casi de noche, Iker, deberías irte. Tienes que dormir y curar esas ojeras.
—Me quedaría aquí contigo mil años. Bailando hasta el amanecer como en aquellos maravillosos años noventa.
—No puedes, cariño. A mí también me encantaría, pero me basta con que vengas a verme. Pese a todo lo que pasó, siempre serás mi…
—Lo sé, Elena; lo sé. Ambos lo sabemos —Suspira mientras le seca la lágrima de la mejilla con el dedo—. A ver cuánto te dura este tulipán.
—Un par de semanas, como siempre. Pero forma parte del encanto que tienen las flores, ¿verdad? ¿Nos vemos el año que viene?
—Igual vengo en Navidad, si consigo unos días de vacaciones…
—Te quiero Iker. Sé feliz.
—Yo también te quiero, Elena. Y hazme caso y deja de fumar como un maldito carretero.
—¡A sus órdenes, oh capitán, mi capitán! Veré lo que puedo hacer.

Iker deja el hermoso tulipán sobre aquel cuadrilátero de piedra, aquel trocito de tierra y de mundo con su desangelada inscripción: Elena Martín (1973-1998). Y echa a andar, nudo en la garganta, melena al viento, hacia donde el sol se pone. Con una tonelada de recuerdos a cuestas. Un año más.

Juanma
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Billete de vuelta (parte 2 de 3)

Si quería llegar a su vagón debía continuar atravesando aquel pasillo pero un miedo contradictorio le impedía avanzar. Miedo a que la reconociera. Miedo a que no lo hiciera. Deseó retroceder sobre sus pasos y regresar a la cafetería, pedirse algo con alcohol, hacerse invisible, sentarse al lado de Samuel, saltar del tren en marcha... en unos segundos, lo quiso todo y no hizo nada. Como una estatua, permaneció inmóvil hasta que notó que alguien le ponía la mano en la cintura. Era una anciana que a duras penas le llegaba por el hombro y gruñía para que se apartara del pasillo. Violeta se disculpó y la dejó de pasar.

— Violeta, ¡qué casualidad!

Samuel se había girado al oír a la señora y ahora la miraba a ella con asombro y una sonrisa enorme plantada en la cara.

— Hola, Samuel —respondió a secas, petrificada.
— No sabía que viajábamos en el mismo tren —comentó él incorporándose del asiento.
— Yo tampoco, jamás habría subido —pensó, pero no lo dijo—. Ni yo.

Volvía a sentir la contradicción de un momento atrás. Aspiraba a huir de ese vagón y a quedarse, eternamente, al mismo tiempo. Nerviosa y tranquila. Incómoda y reconfortada con aquel encuentro. El metro setenta y siete de Samuel la miraba satisfecho, como queriendo abarcarla toda con su mirada marrón. Marrón como la castaña, solía decir él cuando le preguntaban por el color de sus ojos.

— Bueno... en fin... ¿Te apetece tomar algo? —preguntó él.
— No sé si será buena idea —declaró Violeta—. En realidad, vengo de la cafetería pero... —dudó antes de responder— de acuerdo, vamos.

Cuando llegaron a la cafetería se cruzaron con los tres ejecutivos que salían y dejaban el mostrador libre. Ambos se dirigieron hacia él sin mirarse, dando por hecho que el otro haría lo mismo.

— Para mí un cortado —pidió Samuel—. ¿Qué quieres tú?
— Otro —indicó Violeta, aunque le hubiera gustado responder: quiero retroceder doce meses en el reloj.

Dos cafés humeantes aparecieron rápido delante de ellos. Samuel se apresuró a coger el suyo y bebió el primer sorbo. Violeta no hizo ningún gesto, su mirada seguía contemplando la máquina de café.

— Violeta, ¿cuánto hace que no nos vemos? Hace mucho, ¿verdad? ¿Qué ha sido de tu vida?
— Sí que hace tiempo... Yo he estado trabajando en Italia. ¿Y tú? ¿Has logrado encontrarte o sigues tan perdido como siempre?

El rostro de Samuel, hasta entonces risueño, se endureció. Miró hacia la ventana, apretó la mandíbula y frunció el ceño. Violeta también había arrugado las cejas y, sin darse cuenta, se había cruzado de brazos.

— No fui yo quien desapareció de un día para otro sin avisar —respondió él.
— ¿Avisar? ¿Para qué? —preguntó Violeta alzando la voz, consiguiendo que el único superviviente de la cafetería, un señor con bigote que ojeaba el periódico, levantara la vista del papel.
— ¿Cómo que para qué? Para despedirnos.

Samuel negaba con la cabeza como si la respuesta fuera tan obvia que responderla fuera casi un insulto hacia su persona. El señor del bigote volvió al periódico y Violeta sintió una punzada en el estómago, la misma que clavó su vientre el día que abandonó su pueblo. Recordó el vacío, aquella sensación de pérdida, como si se desmembrara en cada movimiento mientras guardaba sus pertenencias en la maleta, como si dejara un trozo de sí en todos los rincones de su casa, de su barrio, de su gente. Como si ya parte de ella se hubiera quedado con Samuel, la noche anterior, cuando estuvieron reunidos con otros amigos en el bar de siempre.

— Ya, claro... el problema es que...
— ¿Cuál es el problema? —la interrumpió Samuel—. ¿Por qué te fuiste así?
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Al otro lado del espejo

Alicia anda perdida al otro lado del espejo. El sombrerero no la invita hoy a tomar el té. Detrás de aquel conejo inquieto y divertido, se deja conducir por agujeros que la agrandan y empequeñecen, dependiendo de la botella que tome. Al dorso del papelito que dice "Bébeme" escribe un aviso de socorro y lo clava en un árbol, justo cuando la reina de corazones grita que le corten la cabeza.

¿Quizás aquel mundo le resulta superfluo? ¿Acaso le parece banal? Tal vez en su medio orden todo se vuelve siempre medio caos, la superficie del cristal se distorsiona y desencaja, la fantasía la aplasta y se mezcla entre ella y la realidad, envolviéndola como niebla en una fría y húmeda mañana de noviembre. Aquella extraña irrealidad la engatusa. Guarda dentro de su país de las maravillas el lado más hermoso del universo y se gira hacia el otro cuando quiere llorar. Busca el rincón más recóndito y a la vez más cercano. Intenta esconderse, hacerse invisible, correr rápido para que no la vean. Pero sus huellas se hacen aún más profundas con cada paso que da. Su rastro es obvio. Su intención evidente. Y su silueta, antes compuesta de una miríada de sonidos y colores, ahora semeja tan sólo una sombra retorciéndose entre el silencio y la soledad.

La locura la sigue, la acecha, la atormenta... por mucho que se esconda en el más inaccesible agujero o en la más inverosímil madriguera. Se expande en torno a ella de un modo tan desesperante que la hace balbucir y sollozar. Gime buscando ese cariño que siempre quiso, pero jamás logró. Se encoge. Tirita. Sus extremidades se retuercen, sus fuerzas flaquean; la oscuridad cegadora quema y se muestra inmisericorde ante aquella pequeña y asustadiza criatura. El resplandor y su nitidez siempre vuelven, regresan cada mañana y, al despertar, ella se indigna. No hay salida, la huida es en vano; la única manera es encarar el camino con la conciencia tranquila y la cabeza bien alta. Y tal vez, sólo tal vez, afrontar de nuevo el principio con la certeza de lo antes evitado. Y con la fortaleza de la verdad que siempre tanto había anhelado. Los niños siempre saben soñar despiertos. E incluso en los grises y tenebrosos días de tormenta, descubrir sonrisas de Cheshire suspendidas entre aquellas lágrimas prendidas de los párpados del cielo

Alicia abre sus ojos, grandes y asustados. Es su no cumpleaños justo hoy, pero no lo festeja. Una nube de tristes recuerdos ha ocultado para siempre su país de las ilusiones. ¿Y algo más? Sí, por supuesto. Que sea a este mundo real, sin sueños ni maravillas, al que por fin le corten la cabeza.

Juanma
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Grandes Moños Negros y Ese Azul Tan Feo!

Vámonoos!! grtó el abuelo había llegado la hora, Lucerito perfectamente arreglada
subió a la camioneta de su abuelo y partieron rumbo al pueblo.

Mientras la camioneta atravezaba la campiña,entre saltos y rebotes
por lo rudo del camino, iba imaginando soñando como serían.
No era la primera vez que su abuelo se los compraba, era una costumbre,
lo hacía tan seguido como ella visitara la casa de los abuelos.
Pero esta vez, sólo ella los escogería, nadie iba a intervenir esa era lo mejor.
Que importaban las recomendaciones que la abuela le diera al abuelo.
Fíjate que sean de su medida, checa la calidad de preferencia negros o café .
Sí sí no te preocupes mujer , contestaba el abuelo.
Ella sabía que su abuelo la dejaría escoger los que más le gustaran, no por algo ella era la niña de sus ojos.

Sólo ellos dos iban al pueblo, ella y su adorado abuelo,
con apenas ocho años de edad sabía del gran amor que su abuelo le profesaba,tan correspondido
por la niña como sólo un infante puede hacer.
Cuando apenas tuvo conciencia se dio cuenta de cuanto la amaba ese hombre,
y lo que significaba para él .
Aaay! de aquél o aquella que se atreviera a importunar o lastimar a su nietecita,
porque ya más de una y más de uno supieron de su enojo,y de su rabia.

Tanto iba perdida en sus pensamientos que no se dio cuenta que ya habían entrado al pueblo
su abuelo manejó hasta la avenida principal y en algún lugar estacionó su camioneta.
-Vamos hija , le dijo el abuelo, a buscar y escoge lo que más te guste .
Esas palabras mágicas eran las que ella esperaba escuchar, sabía que nadie intervendría o la haría disuadir
de lo que a ella le gustara, que alegría sintió.

Dio la mano a su abuelo, y empezaron a caminar desde donde empezaba las tiendas en la calle principal.
Después de un rato de entrar y salir viendo los aparadores por fin los vio, allí estaban
los más hermosos que en sus cortos ocho años ella hubiera visto.
Eran color azúl, con unos enormes moños negros, los más preciosos que su ojos infantiles pudieran haber visto.
-Esos!! esos! abuelito !
Cuales decía el abuelo, incrédulo a lo que estaba viendo, se equivocaría su nietecita ?
Esos zapatos entre azul verde, gris, no eran ni azul mar, ni azul cielo, eran de una azul tan feo!
Seguro que eran esos de color azul? pensó incrédulo.
_Cuales hijita ?
_Esos abuelito! esos!
La pequeña los señalaba insistente con su dedo .
-Estas segura mi niña?
Si abuelito! esos me gustan !
Y entraron a pedir el par de zapatos, azules con grandes moños negros, mientras Lucerito se los probaba, ya sabía él lo que le esperaba con la abuela ...
-Porqué le compraste zapatos tan feos ?
Que no te dije que fueran café o negros que no ves que no los puede combinar con sus vestidos?
Si al menos hubieran sido blancos, con un gesto de desaprobacion en su cara y moviendo la cabeza de un lado a otro, en forma de reclamo.

Ya le diría él en su momento, déjala que disfrute sus zapatos, ya regresaré a comprarle otros.
Y la familia le dirían porqué le compraste a la niña zapatos más feos! y azules! que no había negros?
Pero, para lo que al él le importaba!
Esa niña era su vida y la sonrisa de felicidad que se dibujaba en su cara
Lucerito su nietecita era lo que él más amaba, la luz en su atardecer,
colores brillantes en su ocaso, su risa era el cascabel a su vida.

Los zapatos azules, con grandes moños negros, eran los que Lucerito quería.
A él que le importaba que fueran morados, grises ,verdes o naranja
O esos! si esos!
Lo más importante para era verla feliz y que más daba si era precisamente
con ese par de zapatos de grandes moños negros con ese azul, ese azul tan feo!
Y Lucerito lo era y el abuelo con la felicidad de su nietecita.
Se los lleva puestos? pregunto la señorita, empleada de la tienda, al mismo tiempo que lo sacaba de sus pensamientos.
Sí contestó el abuelo, y salieron de la tienda sonriendo y agarrados de la mano y por toda la avenida principal.
Él caminando orgulloso, ella dando brinquitos así como suelen hacer los niños y luciendo el más bello par de zapatos feos.


MMM
Malu Mora MoraG
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Aserrín Aserrán (Travesuras encantadas )

Tres años tenía Mía, cruzaba corriendo el patio hasta la casa grande
se encaminaba hasta el comedor sus ojos apenas alcanzaban el nivel de la mesa, y sin que nadie la viera
después del desayuno, por la mesa buscaba su bebida preferida, después de unos segundos la localizaba,
allí estaba! esperándola, le daba vueltas a la mesa, estiraba sus bracitos y si no la alcanzaba, se subía a una silla
y agarraba con sus pequeñas manos ese recipiente de leche evaporada que bebía, para la niña exquisito manjar.

Cada mañana era el mismo ritual, esperaba que terminaran el desayuno y sin que la vieran corría a la casa grande.

Muchas veces después de hacer la travesura deambulaba por las habitaciones de la casa , callada,
observaba silenciosa todo lo que pasaba, era la nieta, no muy querida pero tenía libre entrada.

Otras se quedaba mirando desde la puerta de alguna habitación, como la señora mayor acariciaba y hablaba con mucho cariño a otros niños, nietos también pero nunca se preguntó porque a ella no.

Mía jamás sintió ese cariño con la que la señora hablaba, y la diferencia no le importó.

Minutos antes de ver esa escena, había recibido una reprimenda de la abuela, el motivo?
el motivo no importaba era costumbre que la regañara y a su corta edad ni entendía el porqué.

Ni el porque no vivía en la casa grande, si no había cariño, ni palabras dulces ni regalos para ella .

Observó unos segundos más, giró sobre sus pies y salió corriendo, atravesó habitaciones hasta llegar al patio trasero al fondo entre árboles de almendros y un nogal se encontraba su pequeña casa de madera vieja, llena de rendijas , por donde se colaba el aire del norte y el frío del invierno que congelaba hasta los huesos , pero ella nunca lo sentía su mamá arropaba muy bien , además su casa tenía siempre ese calor,que calienta más que el de una chimenea .

Cruzó la puerta de la vivienda y buscó los brazos amorosos de su madre, y los besos que cubrían su cara,
a su cuello se colgaba y reía Mía, reía de felicidad, a carcajadas con su bella mamá, que con sus amorosas y trabajadoras manos la acariciaba y con brazos fuerte la abrazaba y jugaban al "Aserrín aserran " era el juego que más le encantaba.

Despúes comía unas galletas o rosquillas de sal, que su madre siempre horneaba para ella.
Así era su hogar lleno de alegría pero principalmente de amor, tanto que al no caber y por las rendijas de la vieja casa como el humo del horno de tierra escapaba, quizás volaba, hasta otros hogares donde pudiera hacer falta.

Y cada mañana nuevamente al comedor silenciosa entraba, pues allí su leche preferida, la del café, la que sobraba, en la gran mesa todos los días pareciera que la estaba esperando servida sólo para ella.
Jamás se dieron cuenta porque desaparecía, quizá para esos adultos fue un misterio, quizá culparon a algún inocente de terminarla.
Alguna vez escuchó a la abuela decir que otra vez se terminó la leche, y gritar ¡Que pasa Filomena si casi llena la jarrita de leche quedaba, vuelve a llenarla quiero otro café!

No le afectaban los regaños y el desamor de la Señora , Mía era feliz!

Nunca nadie lo supo, ni su madre, ni la señora de la casa grande la que decían que era su abuela .
Nadie jamás sospechó que ella era quién a hurtadillas y sin que nadie la viera del mismo recipiente la bebía.
Después de hacer la travesura todos los días ,corría atravesando el patio, nuevamente a su casita de madera, muy apurada, allí la esperaba siempre los brazos amorosos y los besos de su madre que como siempre le prodigaba.
Y volvería con ella a jugar "Aserrín aserran".

MMM
Malu Mora
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Billete de vuelta (parte 3 de 3)

— Porque no supe hacerlo de otra forma. Todas me parecían dolorosas —respondió Violeta.

El tren se detuvo, pudo escucharse el trasiego de pasajeros que subían y bajaban del vagón más cercano, arrastrando maletas. Algunos de los recién llegados, aprovecharon ese momento para acercarse a la cafetería. Violeta y Samuel se vieron rodeados de padres con hijos que tenían hambre y lo proclamaban a voces, de estudiantes ojerosos que un café cargado y seguían estudiando, sorbo a sorbo, sus folios, de abuelos que solicitaban el periódico para desinformarse un poco.

— Quiero salir de la cafetería —prosiguió—, me estoy empezando a agobiar con tanta gente.

Dejaron atrás el bullicio para volver a la calma de cogotes, codos, piernas, brazos, caras... cuerpos retorciéndose en sus plazas que más parecían jaulas de rejas invisibles que espacios cómodos para viajes largos. Cuando llegaron al asiento de Samuel, Violeta se sentó a su lado.

— Todavía no entiendo por qué huiste —murmuró él, pasándose una mano por sus rizos y agitando la que le quedaba libre.
— ¡Que no huí, Samuel!
— ¿Cómo que no?
— Como que no. No es lo mismo huir que marcharse —Samuel la miró con las cejas arqueadas, como si aquella explicación no le bastara—. Además, me fui cuando estar contigo era lo mismo que estar sin ti.

Samuel tomó aire. Luego, lo dejó escapar despacio y esperó a vaciarse antes de hablar.

— Te dije que estaba confuso.
— Confuso habría sido dudar entre ponerte una camisa azul o una de cuadros —protestó ella—. Me dijiste que no sabías si seguías enamorado de mí.
— Me equivoqué y te llamé para explicártelo, pero te negaste a cogerme el teléfono.
— ¿De qué habría servido atender tu llamada? ¿Habrías podido rebobinar nuestra historia hasta el momento en el que, todavía, no dudabas de tus sentimientos?
— Violeta... ¿tú nunca has tenido dudas?
— Sí, claro que las he tenido. Por ejemplo, he dudado entre llamarte yo y no hacerlo.
— Al final, decidiste no hacerlo. ¿Por qué?
— Porque preferí aguantarme a saberte contento, a escucharte radiante al otro lado del teléfono, contento con tu nueva vida sin mí.
— ¿Contento? Oía tus pasos repicando en las baldosas de mi calle, no te imaginas las veces que salí al balcón creyendo que estarías ahí. El pueblo se me hacía grande y extraño, me perdía para llegar a casa.
— Esa era la otra razón para no llamarte.
— ¿Qué quieres decir?
— Que me molestaba por igual descubrirte feliz que encontrarte triste.
— No hay quien te entienda, de verdad.
— Ese es el tercer motivo por el que no me puse en contacto contigo.
— ¿Cuál? ¿De qué estás hablando?
— A mí también me cuesta entenderme.

El megáfono interrumpió la conversación, avisando de la parada en la estación anterior al pueblo. Algunas personas comenzaron a ponerse sus abrigos y a recoger sus pertenencias. Violeta suspiró e hizo el amago de levantarse, pero Samuel le puso la mano en el muslo, deteniéndola.

— ¿Te vas a ir así, sin más? Te he echado mucho de menos —hizo una pausa y continuó luego, como si le costara la vida—. He intentado encontrarte en otras playas, en otros labios, en otros bares, en otras canciones y... no es lo mismo.

Violeta se echó a reír y asintió repetidas veces, mirando hacia la ventana.

— ¿De qué te ríes? —preguntó él, irritado.
— Me ha hecho gracia que intentaras buscarme en otra gente y en otros sitios. Yo no tuve tiempo ni ganas. En Bari he trabajado más que he dormido. No te he echado de menos, ¿sabes? Sin embargo, no he dejado de quererte. Para eso no me hacía falta nadie más, no me hacía falta tiempo.

Se puso de pie, pero Samuel volvió a frenarla. Le cogió la mano y tiró suavemente de ella para que regresara al asiento.

— Espera, no te vayas.
— ¿Quieres que me quede hasta que anuncien nuestra parada, recojamos juntos tu equipaje, luego, el mío, y bajemos por la misma puerta, del mismo vagón, como en una amnesia repentina que nos da otra oportunidad?
—Me gustaría volver a intentarlo —admitió—. ¡Teníamos planes juntos! Todavía podemos llevarlos a cabo.
— Yo no quiero volver, no quiero un billete de vuelta a lo de antes.
— ¿Por qué dices que me quieres si no quieres volver conmigo?
— Quererte no significa que me convengas, que me hagas feliz, que te necesite. Lo siento, Samuel —tras disculparse, Violeta se incorporó del sitio, sorteó las piernas de él alcanzando el pasillo y se marchó.
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Billete de vuelta (parte 1 de 3)

Violeta despegó su cuerpo del asiento con dificultad. Tenía las piernas entumecidas después de tres horas de viaje y necesitaba escapar, por un rato, de los ronquidos del pasajero que viajaba a su lado. Atravesó el pasillo de su vagón sorteando codos y zapatos mientras recobraba la movilidad, y cruzó dos vagones más hasta llegar a la cafetería. Al entrar observó que el mostrador más inmediato estaba ocupado por tres ejecutivos de trajes impolutos y zapatos relucientes, que discutían sobre la noticia del periódico abierto frente a ellos. Buscó con los ojos un espacio para apoyarse y eligió la barra lateral izquierda situada a lo largo de una de las ventanas. Pidió un café con leche. Desde su postura descansada, contemplaba el paisaje desenfocado del exterior, donde las llanuras se hacían interminables al igual que aquel dichoso viaje. Llevaba un año sobreviviendo en Bari, al sur de Italia, pero había decidido volver tras conocer que su padre había recaído en su enfermedad. Por eso, iba en aquel tren, convencida de que debía volver al pueblo y animarlo. En realidad, no tenía ni idea de cómo se hacía eso, cómo se da aliento a alguien que ya ha sufrido varias embolias y, sobre todo, cómo sería capaz de disimular su propio sufrimiento. El traqueteo del tren se agudizó y el soniquete molesto la apartó de aquellos pensamientos. Bebió el sorbo de café restante en la taza y se dispuso a regresar a su asiento. Recorrió el primer vagón a toda prisa, huyendo del intenso olor a embutido que provenía de los bocadillos de unos niños que había sentados junto al guarda equipajes. Entró en el segundo y se detuvo en seco. El olor a embutido había sido sustituido por aroma a una fragancia de frutas cítricas. Al fondo reconoció un cabello negro ensortijado. Estaba segura: no había visto aquella cabeza en su paso hacia la cafetería, anteriormente. También, estaba segura de que pertenecía a Samuel. Su corazón, atento a las reflexiones, sintió el disparo de salida y latió con fuerza. Violeta caminó como si calculara la distancia a través de sus pasos hasta situarse justo detrás de él. Confirmó que no había nadie sentado a su lado, lo cual no quería decir que viajara solo. Puede que su acompañante estuviera estirando las piernas como acababa de hacer ella. En cualquier caso, allí se encontraba ella de pie, casi rozando la espalda de Samuel.
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Soneto. Ave fénix

En este verso, con que te describo,
hay un resurgir de ave fénix nuevo
donde te doy mi acervo y te apruebo
por ser la única fe que hay en mi libro.

En la página en que el capítulo escribo
te duchas en palabras cuando lluevo
dando razón a lo que siempre apruebo
por ser tu amor con el que vivo y vibro.

Leerte es germen de sabiduría.
Compones y descompones relatos
emancipados de la cobardía.

Todo queda escrito con melodía.
Tus palabras son tus gestos innatos
y con ellas me invado de alegría.
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Un Relato de Amor en Navidad

La noche era muy fría, en una ciudad tan grande.
En soledad el frío se siente y congela hasta los huesos.

Como cada mañana muy temprano antes de que la luz del alba y se hicieran presente los rayos del sol.
Miné saltaba de la cama, se bañaba, se vestía, daba un beso a Marita su hija de nueve años
que todavía dormía, que se medio despertaba para responder a ese beso.

No había colegio, Marita estaba de vacaciones,
no tenían ni un pariente ni un amigo, lejos todos estaban,
preocupada salía hacia su trabajo en una ciudad tan grande.
No sin antes declamaruna a una las tan repetidas frases características de todas las madres.

No le abras a nadie, si tocan no respondas,
no prendas las estufa, no salgas a ninguna parte, lee un libro, pinta un paisaje,
escribe para que mejores la letra, colorea, ponte a ver la televisión, te dejé el desayuno en la mesa,
y allí hay comida, nos vemos en la noche hija, te quiero.

Y corría a la parada del autobús, preocupada de dejar sola a su hija.

No siempre fue así, a veces había quien la cuidara, pero esta vez las circunstancias eran diferentes.
Marita era obediente, creativa, no le daba problemas a su mamá.
Ya su madre mucho se afanaba como para causarle disgustos, así que se levantaba, se bañaba,
escogía un vestido, luego iba a ver que le había dispuesto su madre para el desayuno,
terminaba ponía los platos en el fregadero y se iba un sofá de la sala frente al televisor.
esa era su rutina vacacional

Pero esta no ocasión no podía ver sus programas favoritos, todo cambió.

Jugaba con sus muñecas, inventaba juegos solitarios, recorría uno a uno cada cuarto,
salía al balcón que daba a la calle a ver pasar a la gente, tanta gente y ellas tan solas, pensaba para sí.
Mientras con la mirada seguía un auto, ese también era uno de sus juegos solitarios,
adivinar cuantos autos rojos pasaban, si eran más que los otros colores de autos el rojo era su color preferido.
Llegaba el medio día, buscaba su comida y sola se sentaba a comer, luego, caminar por todas habitaciones,
contar las horas y esperar a su mamá

Anochecía la penumbra cubría la gran ciudad y su casa en ésta ocasión estaba a oscuras, un árbol navideño sin luces,
ni regalos y al pie un nacimiento, desangelado, con sus reyes magos,
que esta vez no hicieron magia y la estrella de belén no brillaba.

Sólo las luces decembrinas de los anuncios publicitarios podían iluminar el departamento de ese segundo piso.
Se ponía su pijama, luego iba al cuarto de su mamá y allí se acostaba , teniendo su propia recámara
prefería dormir con su madre, las noches de invierno eran muy frías, las sábanas estaban heladas,
Marita se acostaba del lado de su mamá para calentar su almohada y las sábanas,
mientras iba contando los minutos que faltaban para la llegada de su mamá.

Daban las 10 y por fin oía el ruido de la puerta abrirse, luego los pasos por el pasillo hasta su recámara.
Inmediatamente la abrazaba y le decía :
-Mami ya calenté tu lado, y se recorría al extremo de la cama donde estaban las sábanas frías..
Su mamá se acostaba, la abrazaba y así platicaban, la niña tantas cosas que quería decirle a su madre
y ella por el cansancio, haciendo esfuerzos por escucharla, hasta que caían rendidas de sueño y abrazadas.
Esa era la rutina diaria.

Pero ese día precisamente fue distinto.
No tenían luz, ni gas, ni nadie que la cuidara, así que al llegar la noche,
esperando la llegada de su madre solo con una vela se iluminaba.
Miné abrió la puerta de la entrada y la niña estaba sentada en el comedor esperando por ella.
Miné la abrazó y la besó mientras le preguntaba como le había pasado el día después le preguntó
_ ya cenaste hija? _
sirviendo el único plato de sopa fría que se había hecho antes que el gas se terminara; al mismo tiempo
que lo ponía en la mesa en el lugar de Marita.
-Mami no quieres? tú ya cenaste?-
Su mamá le contestó
- Si hija, anda come tú.
Marita comió unas cucharadas de esa sopa fría e inmediatamente se lo acercó a su madre,
diciendo que satisfecha estaba.
Mine comió el resto de la sopa no sin antes volver a preguntarle a su hija si no quería más.
La niña intuyó que su madre no había comido nada en el día,
Porqué madre al fin ,la comida de su boca se quitaba por su hija, el amor de su corazón, la razón de vida y por la que luchaba día a día en esa fría y gran ciudad.

Pero esa noche no necesitaban ni gas ni luz, porqué el amor que madre e hija se profesaban,
era suficiente para convertir una sopa fría en un platillo excepcional, y es que el amor hacía su milagro,
todo lo iluminaba su vida , sus corazones, al mismo tiempo que les daba calor a ese departamento
y a la misma ciudad tan fría tan indiferente al dolor y a la desgracia ajena.

Esa joven madre, trabajaba para poder dar una mejor vida a su hija.
Y una noche de quincena cuando recibió su sueldo y sus aguinaldos duramente ganados,
fue objeto de un asalto, con violencia arrebataron su bolso y con ello algunos sueños,
el robo la dejó sin cena Navideña ni regalos para Marita.
No hubo pago de luz ni gas pero gracias a Dios un pedazo de pan nunca a su mesa faltaba.

Solo con la fuerza y la fe que Dios le daba levantó el ánimo, total Miné se dijo,
a mi no me pasó nada, y mi hijita está sana, ya vendría días mejores, otra quincena,
otro año con sus navidades, otros aguinaldos, pensaba, podré llevar la cena navideña y los regalos,
que esta vez a su hija y a ella les faltaron.

Pero esa noche de navidad en esa casa iluminada sólo por las luces de la gran ciudad,
el niño Dios nació allí esa noche fría rodeado del verdadero amor.

Volvieron a su rutina, la niña a calentar con su pequeño cuerpo las frías sábanas,
el lugar dónde su madre en un momento más se acostaría.
Y como cada noche abrazadas platicaban sus sueños por alcanzar,
quizás un día con su arduo trabajo; se quedaba pensando Miné, los lograré,
se decía así misma mientras el sueño las vencía.
Hasta mañana hijita, mañana será otro día.
Mientras le daba un beso de buenas noches le decía :
-Te amo hija.
_Te amo mami.
Y al unísono
Hasta mañana!

Y se quedaban dormidas, mientras una brillante luz su bendición y protección les daba.

MMM
Malu Mora
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Relato de un viaje

¿Qué falta? - Pregunté mirando a la ventana -
Nada - Respondió la Muerte.

¿Quieres ser la fuente de inspiración?
¿De estos escritos?
De proceso de comunicación
Entre la percepción de este cuerpo,
La mirada de tu frente,
El ansío de encender la mañana,
O cerrar la urna,
En donde no hago otra cosa más
Soñar que llega la noche,
Podría encender con llamas
Algunos humos,
Porque no puedo hacer algo mejor.
Que entre plena oscuridad,
Se sirva el brebaje de bienvenida
A la apertura de un ojo inquieto,
A punto de abrir:

Nos regalan un cactus en la falda del cerro, en pleno Valle.
Fatigado de conducir, me estaciono afueras de una casa abandonada, la última visible, era el fin de un camino.

Resentido de las heridas de hace algunos días. Nos disponemos a cocinar el San Pedro, un agua santa. Previo a esto, grité al cielo para alejar a la experiencia de mis ausencias, ¿qué más importaba?, si no nos escuchaba nadie más que el viento.

Durante el proceso, no cabían más preguntas, de las que este cuerpo recuerda. No había comunicación, solo la experiencia de lo peor.

Una vez listo el brebaje, algunos zumbidos se hacían manifestar.
'Bebe un poco más' - Oí en mi cabeza -
'Aun falta' - Seguía escuchando -
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Bajo la roja nieve

Tras la consigna 227, decretada por el camarada Stalin, nos aferramos a la esperanza de nuestros firmes ideales. “Ni un paso atrás”, establecía esa orden. Pocos meses más tarde, los alemanes nos cercaron en Stalingrado. Los ejércitos victoriosos del belicoso Reich de los mil años estaban listos para tomar la ciudad en una o dos semanas, pero se toparon con una inesperada resistencia. Los convencidos hijos de la Unión Soviética se atrincheraban casa por casa, defendiendo cada palmo de terreno de su ciudad con uñas y dientes, desesperando a los alemanes, ya que a pesar de su terrorífico potencial militar, no estaban preparados para establecer una guerra de guerrillas en un terreno que sus enemigos conocían metro a metro. Tras varias semanas de combates, la bonita ciudad se convirtió en un lugar dantesco.
La nieve, blanca y pura se teñía con la sangre de unos hombres cegados por sus creencias; alemanes, soviéticos, húngaros, italianos, croatas,…, hombres de duras convicciones, hombres de sueños imposibles y esperanzas truncadas por una guerra que parecía no acabar nunca.
Era septiembre. Lo recuerdo bien, y la batalla terrible que estalló en ese lugar no había hecho más que comenzar. Los alemanes llevaban la iniciativa y nuestras tropas comenzaron a flojear. Esa mañana, creo que fue un día doce, apareció el inflexible general del 64º ejército Vasili Chuikov, ahora encargado del 62º ejército en sustitución de Anton Lopatin, comandante que había demostrado síntomas de debilidad ante el avance teutón. Nada más llegar al apocalíptico lugar, los generales Yeriómenko y Kruschev preguntaron al general Chuikov:

- ¿Cual es el objetivo de su misión, camarada?

A Lo que este respondió con tono sereno pero firme:

- Defender la ciudad o morir en el intento.

Inmediatamente después de su lacónica respuesta, se dirigió personalmente a reorganizar las tropas y a asegurar la defensa de la ciudad.
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Cartas desde la Gran Guerra

Francia, 12 de Octubre de 1916.

"Queridos Padres:
Después de más de tres meses combatiendo contra las tropas alemanas en Francia, el frente del rio Somme se ha convertido en la tumba de miles de compañeros. Mi regimiento ha sufrido numerosas bajas, aunque no tantas como otros. Estamos estancados en las trincheras, cerca de Ovillers-la-Boiselle, y en todo este tiempo no hemos avanzado nada. Los bombardeos son continuos, y a penas tenemos tiempo para descansar. Si vierais en lo que se ha convertido este bonito lugar no daríais crédito. La sangre se ha mezclado con el barro, y algunos cadáveres continúan tirados en el campo de batalla días después de haber caído. De momento la suerte parece sonreírme, y doy gracias a Dios por continuar con vida. Me han ascendido a Sargento y ahora dirijo mi propio batallón. ¡Os echo tanto de menos! Darle un abrazo muy fuerte a Julia y a Robert. Decidle a Marta que pronto le escribiré y que deseo con toda mi alma regresar a su lado. Espero que todo esto acabe pronto y poder regresar a mi querida Chester junto a todos vosotros. Os adjunto este par de anillos de latón hechos en mis ratos libres; llevan vuestras iniciales. Os quiero con toda mi alma. Atentamente:
Sargento John Pearl Lauper.”

Mientras tanto, la guerra continuaba asolando Europa y las vidas de miles de jóvenes dispuestos a combatir por una idea que creían justa. Los dos bandos reemplazaban sus muertos con jóvenes inexpertos, aunque excesivamente entusiasmados en defender su país, su cultura, y sus ideales. Todo este ardor guerrero se vería oscurecido en las primeras horas de combate, luego, los ruegos y el miedo recorrerían los corazones de los soldados. A pesar de todo, era su deber, y a él se debían por juramento. Solo les quedaba sobrevivir o morir en esta maldita e inútil guerra. Por otra parte, en el bando alemán, las sensaciones de los soldados no se diferenciaban mucho a la de británicos y franceses. Al fin y al cabo, no eran tan diferentes.

Francia; 30 de Octubre de 1916.

"Queridísima Anna:
Llevamos meses combatiendo en unas trincheras empantanadas de barro. La sangre ya no me impresiona, y la muerte ya no me es extraña. Como capitán mi responsabilidad está en devolver sanos y salvo a mis hombres junto a sus familias, pero muchos de ellos no volverán a verlas. La mayoría eran unos críos, y ese dolor lo llevaré dentro para el resto de mis días. Ahora mi único consuelo es volver a abrazarte, sentir de nuevo tu corazón latir junto al mío, y ver crecer en un mundo en paz a nuestro pequeño Reinhard. Nuestras tropas no consiguen avanzar, así como tampoco las de nuestros enemigos. El deseo de que esta guerra acabe pronto se hace cada vez más lejano. Espérame amor mío, porqué prometo que no habrá nada ni nadie que pueda hacer que no nos volvamos a ver. Saluda a los Steimberg de mi parte y diles que Harold está bien, que lo tengo bajo mis órdenes y que hago todo lo posible por mantenerlo fuera de peligro. Dales también un abrazo a mis padres y a los tuyos, y un beso a mi hermanita Marie. Pronto volveremos a vernos. En cuanto pueda os volveré a escribir; mientras tanto espero con impaciencia noticias vuestras. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 15 de Marzo de 1918.

"Queridísima Anna:
Después de casi cuatro años de guerra nuestra victoria en el frente oriental se ha confirmado hace unos días por el alto mando. Los rusos han firmado la paz. A pesar de la alegría estamos agotados. Según nuestros generales la victoria final se acerca, ya que nuestros ejércitos del este vendrán a reforzar nuestras posiciones del frente occidental. Según Ludendorff y Hindenburg pronto estaremos tomando café en París, y nuestros enemigos, con las tropas mermadas, no tendrán otro remedio que capitular. Estoy ansioso porqué todo esto acabe y poder regresar a casa. Háblale a Reinhard de su padre. Dile que está luchando por su país y que pronto volverá para abrazarlo y jugar con él. Tú tampoco me olvides amor. Cuando acabe la guerra nos reuniremos de nuevo los tres. Me gustaría contarte más cosas, pero me es imposible revelarte cierta información por si esta carta cae en manos enemigas. Dale un fuerte abrazo a todos nuestros familiares, y como siempre un beso a Marie. Con todo mi amor:
Capitán Reinhard Konrad Zumpt.”


Francia, 6 de Abril de 1918.

"Estimada Marta:
Los alemanes han lanzado una gran ofensiva al norte de la línea del rio Marne, al este de París. Nuestro regimiento se ha desplazado a ese frente para ayudar a nuestros aliados franceses a defender la línea. También nos hemos encontrado con algunas divisiones norteamericanas. Estos yanquis luchan incansablemente y con un valor extraordinario. Nuestra superioridad numérica no parece haber mermado las esperanzas de los alemanes, que ganan palmo a palmo terreno en este suelo baldío. Solo nos queda resistir en esta laberíntica tierra el ataque enemigo, y contraatacar dando el golpe definitivo. En unos días se esperan más refuerzos norteamericanos; recemos a Dios por que lleguen a tiempo. Espero que esta guerra acabe antes de terminar el año. Solo deseo volver a tenerte entre mis brazos y poder darte un hijo. Resistiré por ti, eres lo único que me permite seguir vivo en esta pesadilla. Siempre tuyo:
Sargento John Pearl Lauper.”
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