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¡A la papelera!

Porque sucede el tiempo de invierno
y las primeras flores de los almendros
riman con la niebla y la escarcha

(¡Joder, Esteban! Querías decir sobre su sexo
¡A la papelera!)

… de los almendros riman…
sobre tu sexo, como riman las pieles
cuando nada esconde el deseo y cada segundo

(¿Cada segundo? ¿Cada segundo? No me vengas Esteban
ahora con el existencialismo ¡Estás espeso!
¡A la papelera!)

…cuando nada esconde el deseo y hay un ámbito de certeza
sometiendo la inercia de la fuerza y la ternura a

(¿fuerza y ternura? ¡Joder! Pero tío ¿Qué te ocurre?
¿Así amas? Si en realidad quieres decir
que estás sujetando sus manos y viendo cómo sus ojos
van pidiendo el ritmo de los siete mares
¡A la papelera!)

¿De los siete mares? ¿Siete mares? ¿Aquí quién está amando?
¡Déjame en paz!

…van pidiendo el ritmo de todo lo que baila la inconsciencia

(¿Inconsciencia? Estás mal hoy Esteban ¡Muy mal! ¡A la papelera!)

¡Déjame en paz!

…de todo lo que baila la inconsciencia…
entre hálitos salvajes que derraman la única verdad,
porque puede que los sentidos sean algo
que haya que buscar dentro de lo peor de nosotros
y amar matando lo que se vive y tirarlo
a la papelera donde sólo estamos nosotros, doliéndonos.

(¡No me gusta! ¡Tíralo!)
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Sin titulo...

Aquella canción que sonaba,
tenia tanto ritmo, que...

Hasta el corazón de ambos,
no latían, sino...

¡Bailaban!...


© Derechos de autor
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sin comentarios 28 lecturas prosapoetica karma: 74

El círculo completo

En los ciclos completos, voluntad
ansiedades perfectas de un amor
espejismos blandidos en dolor
con un triste pasado sin verdad.

Dejaremos sentir oscuridad
sin los grandes secretos del rencor
respirar un valor reparador
lo queremos sentir sin la maldad.

Con poder absoluto, aprovechado
infortunios desdichas es fatal
espejismo en un aire castigado.

Escuchando paredes,asediado
en palabras,fatiga sin moral
absoluto dolor abandonado.

Poesía
Miguel Adame Vázquez.
11/01/2018.
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13comentarios 326 lecturas versoclasico karma: 120

Qué será

Qué será de cuanto guarda este mar
que en las noches más sordas en riadas
dejo para quien lo quiera tomar.

Dónde irá si, en lunas enajenadas
que arrastran las horas que envuelve el viento,
abandono mis sábanas tintadas.

Cuándo caerá mudo el pensamiento
para yacer en un lecho abisal
que diluya su ritmo en un lamento.

Por qué dormidas las manos en sal
olvidarán que pintaban caricias
cuando, al fin, un naufragio colosal
descubra que todas fueron ficticias.

¡Qué será de cuanto guarda este mar!
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Maza

La maza acelera el tiempo
y demora
con
o sin lágrimas
con
o sin palabras
con
o sin mantelas
con parsimonia
con autoestima
con funciones
con argumentos implantados
con capacidades implantables del con razón
con lluvias pronosticadas
con piedras milagrosas
con
o sin punta
con
o sin piloto
con
o sin justicia
con adverbios y gerundios
con dinamita
con fórmulas y escobas
con curvas en la percepción
con procesos históricos
con proyectos
con
o sin competencia
con
o sin ritmo
desnudan y
enderezan
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Ajena

Déjeme decirle

de esos oleajes
cuando su sonrisa

de ese trance hipnótico
cuando su caminar

déjeme decirle

de la nube de ansiedad
cuando se acerca

de ese ritmo salvaje
del corazón
cuando su aroma...

déjeme decirle

de ese derrumbarse
por dentro
cuando su mirada...

de ese infierno
cuando no le sé...

déjeme decirle a usted

de ésta sensación
de abismo...
de pecado...
cuando le siento ajena...

****************************

Ajena
2017 | Transmisor d Sinestesias©
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15comentarios 129 lecturas versolibre karma: 103

Al final, la vida sigue igual

Libro: Apotegmas en el desierto (2014)

En algún lugar de la tierra está lloviendo oro.
No sé en donde pero hay algo seguro...
No es en un barrio humilde.
Hay una tristeza infinita en la garganta del futuro.
Lo se porque también he llorado
en aquella intersección.

Hay un pájaro que escribe aforismos en un espejo.
Hay lagos que enferman, peces estresados,
hay amaneceres inciertos.
¿A dónde irá la saliva que no pronuncia los verbos
que nacen para morir? El preludio de la
soledad es una nota desafinada.

Al final, la vida sigue igual.

Un graffiti propone blasfemar a viva voz
que no existen el olvido, la distancia,
y el beso sin resurrección.
Hay una proclama silenciosa, y un viento
que trae un rumor equivocado, y sicarios
del juego maldito de la desnutrición.

Nombres que al pronunciarse abren
heridas, soledades en
perfecta compañía.
Sílabas, versos, sonidos, miradas,
ritmos, esquemas,
el gozo y la desdicha.

Al final, la vida sigue igual.

El dinero, confundido, se desdibuja,
mientras lo que se devalúa es el
corazón de nuestra especie.
El alma se infla de impotencia
cuando nadie observa
al niño que mendiga.

Hay quien peina la pobreza para
que luzca mejor para la foto.
No siempre alcanza el maquillaje.
Hay vidrios rotos, dedos asustados,
hojas amarillas engullidas por
el pantano del inconsciente.

Al final, la vida sigue igual.

Sueñan los semáforos con un rato de
descanso; bocas con labios
eméritos subrayan sus insultos.
En estos tiempos, apenas se
distingue el gris del negro.
Y observando con atención.

Un ciento uno por ciento de lo
que existe se está resquebrajando.
Se incrementa el cansancio que
acumulan las verdades desabridas.
¿Quién ha de negarnos los últimos
metros cuadrados del paraíso?

Al final, la vida sigue igual.

Se vive a los gritos.
Se habla a los gritos.
Se sueña a los gritos.
Incluso se piensa a los gritos.
Cuando se debe decir algo
importante, se hace silencio.

Al final, la vida sigue igual.
Si es que en el siglo XXI aun hay vida.
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Diálogo entre artistas

—Si me miras así, no podré concentrarme en lo que estoy escribiendo

—No escribas
Hubo un largo silencio. Al cabo de unos segundos se volvieron a mirar, y antes de que pudiera chistar una que otra palabra ella se sonrió diciéndole:

—Sé que escribes para mí, porque se te nota en los pómulos, en el suave pulsar de tus dedos y en como acaricias el teclado creyendo que es mi cuerpo.

— ¡Me desconcentras Dora!

—No escribas ya, deja de hacerlo, mientras lo haces me atormento con esa combinación sensible e incoherente de sonidos y silencios pausados que haces al descansar y encumbrar tus dedos ahí.
(Dijo “ahí” con un gesto despectivo, señalando el teclado).

—Estoy tratando de descubrir palabras.
En serio trataba de descubrirlas no tenía inspiración desde hace días. Ella volvió a interrumpir, era callada, inteligente y muy orgullosa, sus ojos reflejaban cierta maldad.

—Disculpa, ese conjunto de sonidos exclusivos que suenan cíclicamente uno tras otro y otro, los percibo en una consonancia proporcionada y propia. Mejor dedícate a pintar.

—Esto no tiene nada que ver con pintar. Pintar es pintar y ya, solo lo visualizas no lo piensas.

—Escribir es como pintar, antes de repintar una superficie en blanco, hay que eliminar todo el polvo, lo que se logra con un cepillado vigoroso.

— ¿Y eso que tiene que ver?

—Tienes que eliminar el polvo que carcome tus pensamientos.

—Tienes razón. Creo que tengo unos recuerdos e ilusiones que debo oxigenarlas y diluirlas. Así funciona la mente literaria.
Se quedaron en silencio, Dora no decía nada y George solo empezó a escribir.
Dora vuelve a interrumpir.

—¡Ah!, y perdona que te interrumpa en tu escritura, (George entorna los ojos) pero me parece un discurso melódico y visual percibir el resultado de tus frases construidas con verbos, adjetivos y gramática, es inconfundible, eso me da la impresión de que ya tienes color, ya percibes la luz pero en forma difusa por lo que estás observando internamente.

—Gracias por tu interrupción, ¿puedo seguir escribiendo? Si me dices si, lo hago. Si me dices que no. Igual lo haré.

—Pintaré el tono, la intensidad y la pureza de nuestra pequeña convivencia, esto tendré que plasmarlo para no olvidar la autodestrucción que me infliges.

— ¿Autodestrucción? (Encendió un cigarrillo.)

—Sí, hay algo que me intriga. Y apaga ese cigarrillo, tengo cosas inflamables aquí.

— ¿Puedes decirme qué es?

— ¿Qué cosa?

—Lo que te intriga.

—Hablas de dos personas mientras escribes, y lo haces simultáneamente, a veces tecleas rítmicamente sonriendo y luego, luego lo haces con el ritmo del teclear abatido.
Él tomó uno de los colorantes de ella y se lo lanzó, los dos sonrieron.

—Ya déjame escribir, hablo de ti. De tu histeria.

—No me intereso por saber de quien se habla ahí, al parecer es una armonía de palabras que llevan el ritmo de un corazón regulado.

— ¡Ya basta! Le dijo Georges, poniéndose de pie quitándose el cigarrillo de su boca y dándole un beso a Dora. Hubo compatibilidad, fue como favorecer la mezcla de diferentes pinturas o solventes sin que reaccionen o se separen en forma perjudicial.

El aire se llenó de ausencias físicas; absolutas y relativas. Mientras se besaban se mezclaban diversas experiencias artísticas, eran dos elementos en definición; el arte y la poesía.

Ella con su dedo dibujaba sobre su rostro y él la tocaba con pasión y lujuria.

Con George ella dejó de ser “la mujer que llora”.
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Marlett.. la mujer sin nombre

Las circunstancias de la vida, nos obligan a mejorar el intelecto, la economía, todo lo material que creemos, debemos hacerlo.
Nuestro corazón nos mantiene vivos, no duerme, no pide dinero, no nos pone triste, nosotros lo hacemos trizas y aún así, vivimos.
No hay ser externo que pueda cortarlo con un cuchillo, ni con unas tijeras y que le queden horrendas cicatrices, somos nosotros que lo escarificamos, de a poco, y no nos damos cuenta, con el pasar de los años, nos duelen, se hacen profundas y las dejamos como trofeo.
No existe un ser mágico que nos alivie del dolor, nos alegre y nos haga feliz. Somos nosotros que de tanto buscar por fuera, nos olvidamos que en nuestro interior, tenemos una máquina perfecta, y tenemos tantas regiones sin conocer, que lo descuidamos hasta perecer, sin haber encontrado la cura.
Sabemos que la doctora del corazón, no encuentra el mal con su estetoscopio, ni puede ver las cicatrices, sin abrir nuestro pecho sin que nos sangre. Entonces, nos aconseja, nos muestra la solución a su entender, y casi nos deja conforme.
De tanta atención, la doctora del corazón, por ese mal nos entrega el análisis; Debemos buscar la cura nosotros mismos.
Yo, en el afán de escribir o hacer garabatos de historias de amor, me topé con mi sosia, un corazón igual al mío, con cortes y cicatrices, tan iguales, que podía sentir el olor sangre que emanaba a miles de kilómetros, tan profundos todos, que podía ver desde mi ventana, todo su mal.
Hoy sin el pudor que me caracterizan los años, puedo describir la forma que tiene, mi sosia, un corazón pequeño, el de Marlett...la mujer sin nombre, una doctora del corazón que vive con sus alas rotas, un corazón partido, con cicatrices sin curar.
Haciendo su trabajo con maestría, en esa mágica fábrica de vida que maneja, esa que nunca podrá sustituir el hombre, por nada que su imaginación pueda vislumbrar hasta ahora. Parte de ese corazón roto, es sosia del mío, no pregunten, sé lo que escribo, porque apenas lo vi, se unió al mío, como el ósmosis de las células que dan vida, así me la dio a mi.
No quiero ser extenso con esta cháchara imaginativa, pero debo decirle a ésta mecánico del corazón ajeno, que se hizo la dueña del territorio que supo sembrar, y cuando pueda divisarlo después de recorrer el mundo, el del exterior, y el de su interior, y sin ningún compromiso, y que su comprensión pueda mas que su sabiduría corporal femenina, que no es sólo amor, ni un simple amor a la distancia, que existen muchos pululando con lágrimas en el mundo, es mucho mas que eso, es admiración, tal vez gratitud, su dulce dolor ajeno, un empático gusto por sus dolores diarios, un amor, que donde se encuentre, sin wifi ni alambre telefónico, sentirá a diario, el que siento por ella, y que si mi corazón muere, seguirá amándola eternamente.
Qué cómo lo sé?……… Es que mi corazón, desde que apareció su sosia, el de tan lejos, de la mecánico; ! Ahora late a un ritmo diferente, igual al de Marlett..la mujer sin nombre, y no lo puedo dominar, y como me siento sublimemente feliz, puedo vivir y morir con esta falla, es mi vida, a la distancia, la que usted curó, que no se como sucedió.
Creo que fue Marlet.. ahora mi mujer, un ángel…...La mujer sin nombre.
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Contador de sueños

Tu mérito fué presagiar
a un milagro impuesto,
vivir de la letra que se ajusta
a los ritmos de un habla escrita
que no escucha,
con la angustia temerosa
por almacenar en poemas
las dichas gloriosas.

Nunca saque la medida exacta
de las tristes consecuencias
de contarle a el mundo mis sueños,
ahora solo veo su largo grito
que pregona auxilio,
nadie me enseño a no solo querer
tener amor del bueno.

Tarde que temprano
dejaré de recordar
porqué la gente se arremolina
por querer vivir solo un segundo,
ahora lo comprendo todo
es más fácil el silencio
que permanece en lo eterno
para no tener que beber
más lágrimas ajenas,
algún día seré como la corriente en el agua
y te arrasaré con amor en ella.

Te persigo en las horas
donde dominan las sonrisas,
para no atreverme a olvidar
lo tanto que me gusta imaginar
que no existen las palabras tristes,
esas que nos aterran en la noche
donde deseo volver a escuchar
las melodías inocentes de la luz
que vive en tu corazón.

Poesías.
Miguel Adame Vázquez.
15/12/2017.
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Reminiscencia de invierno (parte IV)

En medio de parajes tan vívidos, los héroes formidables avanzan cruzando bosques y ríos, sorteando batallas con espeluznantes hechiceros y héroes de poderes alucinantes de otras tribus. Unas batallas más sangrientas que otras. El objetivo de su victoria está muy lejos todavía y su tribu se encuentra diezmada. El sonido característico de llamada entrante en su iPhone suena insistente. La sensación de estar inmerso en ese mundo fantástico se difumina con rapidez y da paso al lúgubre sótano de la casa de su madre, donde vive. Paredes oscuras que apenas se notan al fondo de la infinidad de monitores anchísimos que se observan por doquier. Abundan los teclados, los joystick, y los ratones de distintos conjuntos de computadores que se encuentran encendidos al unísono. ─Pensé que lo había dejado en vibrador ─grita Solomon mientras pone pausa a Dota 9, el juego con virtualidad aumentada que salió el pasado 2029 pero que aún se encuentra muy en vigencia durante este invierno del 2030. La verdad, no habría dejado el juego por nada, excepto que de reojo pudo notar que le marcaba Salvatore, de la oficina. Apenas si habla con él lo escasamente necesario para cuestiones de trabajo. Y allí está, llamándole cerca de la media noche. Deja el joystick sobre una mesita, cerca de una sobras de pizza fría, se rasca la cabeza calva, más bien recién rapada ese día, se pasa los dedos entre la abundante barba pelirroja que usa desde el año pasado (es extraña esa tonalidad de su barba, ya que su cabello es más bien rubio, o lo era antes de empezar a caer en abundancia hace unos cinco años, cuando apenas cumplía los veinte). Pasa un dedo por el lector de huella digital de su móvil y responde a la llamada. Le sorprende el tema con que Salvatore le asalta casi sin saludar y sin preludios. Las palabras clave que menciona parecen hacer un clic en la mente de Solomon, le dice que cree haber visto algo sobre archivos clasificados de un tema similar, pero que le dé unos días para zambullirse en la Dark Internet y darle "datos duros", así se lo dice literalmente. Cuelga la llamada, toma el joystick de la mesita y sin querer lo embarra con un poco de salsa y queso ya casi secos de la pizza, lo limpia rápidamente sobre sus calzoncillos boxer, y vuelve en menos de un segundo a estar inmerso en su épico juego electrónico.

Salvatore va al baño, se cepilla los dientes casi en automático, mientras vuelve a revivir una y otra vez las escenas de su encuentro con Alessandra: la cara tan redonda de doña Juana, la exquisitez del café guatemalteco, la impertinencia en el comentario de Tony, la conversación interminable con Alessandra; sus ojos, sus labios, sus abundantes pechos, la tibieza de sus blancas manos, y ese misterio insondable de una tristeza que no es obvia a la vista pero es tan evidente cuando te sumerges en las profundidades del alma de alguien y él parece poder hacer eso exactamente en el alma de ella. En su lecho de muerte, Salvatore, rodeado de sus cinco nietos, sus dos hijos, las esposas de ellos y su esposa Catalina; parece poder ver en su mente, en sus últimas horas, la película de su vida entera. Ve a Catalina entrar en el altar, toda vestida de blanco, radiante; ve a su primer hijo, Fernando, nacer en esa sala de partos, donde le hacen la cesárea a su esposa; ve a su segundo hijo, Giulio, montando en bicicleta por vez primera. ¡Cuántas veces se cae! Pero no cesa en su objetivo de aprender esa misma tarde. Ve a Fernando recibir su título de Ingeniero en Sistemas de Oxígeno para las colonias marcianas y lo ve partir en esa nave espacial sin boleto de regreso, con una lágrima recorriendo una de sus mejillas y un adiós atravesado como nudo en la garganta. Ve a Giulio recibir ese premio Nobel al descubrir esa nueva especie subacuática al fondo del océano bajo el Triángulo de las Bermudas. Una serie interminable de cortos memorables de una vida de ciento veintisiete años (pues la esperanza de vida a nivel mundial había rebasado los ciento diez años a partir del 2050), las más hermosas veladas románticas vividas con Catalina, las más notables riñas que casi los llevan al divorcio en tantas ocasiones. Y de pronto, como una rama extraña injertada hábilmente en el tronco de un árbol de una especie muy distinta, empiezan a saltar flashes de una vida que él nunca vivió, otra vida entera, unas hijas, otros nietos, otras profesiones, otros logros que le son extraños y a la vez familiares. Una vida entera vivida con Alessandra. ─¡Alessandra! ─grita mientras despierta bañado en sudor. Son las 4:44 de la mañana otra vez. El sueño ha cambiado.

Las dos semanas siguientes se hacen intensas en su relación (que no va a ningun lado al parecer) con Alessandra. Se hablan por teléfono casi diez veces al día (aunque son llamadas breves). La primera semana es ella quien le llama en cada respiro que tiene en la tienda de pastelillos. La segunda semana es él quien la llama en punto de cada hora (siempre que no esté en una presentación de campaña publicitaria con algún cliente). El WhatsApp entre ellos está abarrotado de mensajes cortos en un lenguaje que inventan entre ellos. Ella le pide discreción por si Salvador llega a verle el celular incidentalmente (aunque él es muy respetuoso de su privacidad). Hacen coincidir su hora de almuerzo más de una vez y los alargan hasta noventa o ciento veinte minutos, inventado las más creativas excusas cuando llegan de vuelta a su trabajo. Pero Claudia, la socia y mejor amiga de Alessandra, empieza a sospechar algo y con tenaz insistencia le saca una confesión. El supervisor de Salvatore es menos perspicaz, pero algo intuye, su empleo podría peligrar a futuro si sigue así. El viernes de la segunda semana, ambos inventan una indigestión repentina después del almuerzo, un marisco en mal estado; y se dan una escapada de toda la tarde y parte de la noche a casa de Salvatore. Afortunadamente, los lunes, miércoles y viernes llega la señora de medio tiempo que le hace aseo profundo a su casa. Así que todo está en perfecto orden e higiene. Salvatore enciende rápidamente la fogata en su sala. Trae una botella de Malbec de veinte años de añejamiento que su gerente de oficina le regaló el año pasado por haber cumplido sus metas de ventas con creces. ─Este lo tenía reservado para una ocasión muy especial, no sabía cual, pero ahora que te veo aquí, sentada en la alfombra, frente a mi chimenea, supe de inmediato que esta botella traía tu nombre ─le dice─ Ella se pone de pie, se cuelga a su cuello y le da un beso muy profundo, como ninguno de los besos breves que él le había robado en los restaurantes en las citas previas. La abundante ropa de invierno que los separa empieza a desprenderse pieza por pieza de sus cuerpos: ella se quita la bufanda y el gorro y de un tirón le quita la bufanda a él. Salvatore besa su cuello tibio con cierta delicadeza al principio y luego sube a una intensidad que se hace insoportable, mientras una de sus manos palpa sus pechos por encima del sueter; se lo quita junto con la blusa y él se abre la camisa de un tirón y unos cuantos botones van a rodar al suelo. En un instante, la desnudez imaginada por cada uno de ellos, en todo su esplendor es iluminada por la fogata de la chimenea; que arde con inusual intensidad al igual que sus pieles que claman por ser recorridas por los labios del otro, por las yemas de sus dedos, por el filo de sus lenguas. La alfombra de la sala parece estremecerse ante el ritmo tan fiero con que Salvatore le hace el amor y luego ante el galope pertinaz con que Alessandra lo cabalga. El frío acumulado de todo el invierno se derrite en ese instante y se evapora hasta los cielos. Son ya las nueve de la noche, ella sale apresurada, terminando de ponerse el abrigo, los guantes y el gorro mientras corre a subirse al Uber que la espera. Hace media hora que Salvador le está marcando para tener noticias de ella. Saber si llega tarde nuevamente, y a qué hora cierra la pastelería, etc.

Salvatore se queda dormido en el sofa de la sala. Una tarde y parte de su noche nadando en las dulces aguas de su romance, lo han dejado exhausto. Son las 11:45 de la noche. Entra llamada de Solomon. ─Te tengo interesantes noticias sobre el Oblivion ─le dice─ Gracias por investigarlo tan rápido ─responde─ Entre los años 2022 y 2025, la armada de Estados Unidos desarrolló un método basado en nanotecnología que permitía buscar selectivamente los recuerdos de los soldados traumatizados por la guerra y eliminarlos con un 99% de certeza. El proyecto al parecer fue cancelado por un consejo independiente de ética y derechos humanos y quedó clasificado como top secret con el código "Oblivion", aunque durante su desarrollo le llamaban el proyecto "Lette Anón"─ Solomon continúa con detalles exhaustivos de todo lo encontrado, la cantidad de soldados que quedaron en estado de demencia en las primeras etapas experimentales, y los tantos que fallecieron; cuyas autopsias misteriosamente indicaban que habían muerto por causa de un parásito particular que les comía porciones específicas del cerebro y que lo habían contraido en el último conato de guerra mundial en algunos desiertos del África a principios de la década de los 2020. Salvatore queda perplejo ante toda la información, pero le asusta más enterarse que una organización de salud, privada y muy poderosa, había comprado los derechos del proyecto al gobierno estadounidense por una suma billonaria y que ofrecía servicios privados de borrado selectivo de memoria (por una suma no tan exorbitante pero tampoco al alcance de las masas). Le da coordenadas de geolocalización de las clínicas en varios puntos del planeta, que no incluyen ciudad alguna de Estados Unidos, seguramente para evitar su jurisdicción legal. Y entre las ciudades extranjeras cercanas está Toronto, Canadá; y Monterrey, México.

(continuará...)


@AljndroPoetry / xii-17
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Rimas de Invierno

Perfecta entre tus labios la mesura,
consonante la rima en tu cadera,
sin ti yo verso roto, estrofa huera,
echo de menos tu voz... y tu cintura.

Ni una sílaba falta en tu figura,
tu ritmo tan pausado me acelera,
y ni en la eterna distancia se modera
mi amor que tras tus besos se apresura.

Tu más bello poema, tu ternura,
la rima siempre fiel, siempre a tu vera,
moribundo entre tus versos reviviera...
¡qué regalo disfrutar de tu hermosura!

Juanma
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No soy un viejo

NO SOY UN VIEJO

¿Pero qué le pasa al mundo? Creen que he perdido el juicio y me tratan como a un niño. Fíjate, me dicen que el “pis” se hace dentro del wáter y el “pas” no se unta en los sanitarios. Cuando voy al médico siempre justifica mis dolores con los años y “qué vamos a hacer”, el tiempo no pasa en balde. Si lo único que siento es que las piernas me duelen y por eso no puedo caminar bien. Es verdad que abrocharme los botones de la camisa me resulta imposible. Claro, si se ha puesto de moda hacer los ojales muy estrechos, así es muy difícil. La cremallera del pantalón no la subo hasta arriba porque tiene el cierre demasiado pequeño y cuando me entra una prisa no me da tiempo. Suelo utilizar los zapatos más anchos, ¡cualquiera acierta con el calzador! Me parece que el suelo está más bajo que hace un tiempo atrás.

¡Estoy harto! Continuamente me echan en cara que eso ya lo había dicho. ¡Pues claro! Lo que pasa es que nunca me hacen caso. Yo me acuerdo de las cosas y todo el mundo se empeña en convencerme que es a mí sólo a quien se le olvidan. ¡No hay derecho! Si sabré yo lo que pasa. He perdido vista. Ahora no veo como antes. Las últimas gafas que me compré no me las ajustaron bien. He ido varias veces al oculista y dice que sí, pero no me hace mucho caso, estoy seguro. Así que me cuesta meter las llaves en las cerraduras. A veces, no dejo la tacita del café en el centro del plato y se derrama algo, pero claro no se dan cuenta que las gafas están mal graduadas.

Me molesta que me griten. Me parece una falta de respeto. Encima, cuando lo digo me contestan que no les escucho. ¡Claro que les escucho! Y les da igual. Siempre se tienen que llevar el gato al agua. Si yo estoy en mi mundo, los demás estarán en el suyo, digo yo. La última proposición de mis hijos es que me ponga un sonotone de esos que se ponen en la oreja. ¡Lo que faltaba para parecer un robot distraído, ni de coña! No sé que se piensan. Yo me entero de todo. Ahora me han comprado un pastillero en el que meten toda la medicación de la semana. Dicen que así no se me olvidarán tomar las pastillas. Pero eso sí que es liar la cosa. ¡Si yo lo tenía todo organizado..!

Sé conducir perfectamente y no quisieron renovarme el carné. Pero no fue en la revisión rutinaria de Tráfico, sino mis propios hijos los que impidieron que cogiera el coche. No se fían de mí y creo que fue porque tuve un par de despistes sin importancia. Como si yo fuese la única persona que tiene despistes al volante.

Si les voy a llevar la corriente en todo lo que me recomiendan, tendría que comprarme un bastón, unas muletas o, mejor, un andador de esos que llevan ruedas y silla incorporada y, cuando se cansan de andar, se sientan. El sonotone, un calzador largo para no agacharme. El botón de llamada colgado al pecho para llamar a urgencias, la almohada eléctrica, cambiar el teléfono fijo y poner uno con números grandes y no sé cuantas cosas más. Creen que soy un viejo, ¡por favor!

Están empeñados en que venga una persona a casa para hacerme las tareas domésticas y mientras yo pueda eso no va a suceder. No soy ningún inútil. Las cosas me cuesta hacerlas, pero yo voy a mi ritmo y me apaño. Lo que más me entristece es que me he enterado de que posiblemente, la “única solución” sea entrar en una residencia de ancianos. “Unica solución”, ¿a qué? ¡Lo que me faltaba! Me quieren aparcar en el desguace de abuelos para que de allí me saquen con los pies para adelante. Además, ya me han dicho que mis ahorros deberían tener algún disponente más, por si acaso me pasa algo a mí. ¡Vamos que puedan hacer con mi dinero lo que les dé la gana!

Soy mayor. ¡Claro que soy mayor! Pero, NO SOY UN VIEJO.
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Reminiscencia de invierno (parte III)

El día de la cita, ambos han salido temprano del trabajo. Salvatore casi quería lanzarse en caída libre desde el piso setenta y siete de su torre de cristal, con tal de llegar temprano; pero, ¿es una cita en verdad? Alessandra le rogó sobremanera a Claudia que llegase a las 4:00 en punto de la tarde a relevarla. Que no quería correr riesgos. ─Hoy no te me puedes enfermar; llueva, truene o relampaguee, estás aquí en punto de las cuatro ─le dijo esa mañana por teléfono. Cinco minutos antes de las cinco, ambos caminan hacia la puerta de entrada de la cafetería. Alessandra viene del sur, él del norte, casi caminan al mismo ritmo, a pesar que él es diez centímetros más alto. Un tímido y soñoliento sol, de esos que no abundan en esa estación, los divisa con atención desde el horizonte lejano, abriéndose paso entre incontables edificios y avenidas, como quien ve una comedia romántica y lleva rato ansiando el mágico encuentro de los protagonistas. La penetrante mirada de ambos se saluda a la distancia, cual rayo láser que rompe el viento. Antes de entrar se dicen un simple "hola" y Alessandra le da un beso en la mejilla, no tan ligero, que alcanza a sonrojar un poco a Salvatore. De inmediato se dan cuenta que en el lugar no cabe un alfiler. —¡Qué va! Aquí no cabe ni el helado viento de la calle, si quisiera entrar. ─dice ella— Sabes, en la oficina escuché que en la otra manzana hay una cafetería pequeña, artesanal, atendida directamente por su dueña, una señora oriunda de Antigua Guatemala; y sirven un café guatemalteco exquisito ─responde él.

El camino hacia el "Café de doña Juana" se les antoja larguísimo, como para vivir una vida juntos mientras caminan a paso muy lento, como quien disfruta con algarabía el trayecto sin ansiar el destino. Por ratos Salvatore camina de reversa, frente a ella, para escuchar con atención la historia de como estableció su pastelería con su amiga. Ella lo regaña, que el pavimento está muy resbaloso, que camine bien. Esboza él una leve sonrisa que le ilumina el rostro y que a ella, simplemente la enamora. Luego de esa hermosa eternidad de su caminata, llegan a destino. Doña Juana los recibe abriendo la puerta para que entren. Es una señora llenita, más bien gordita, cara muy redonda, ojos color miel; tiene un rostro que recuerda un intenso sol de verano. Usa un atuendo muy particular, una especie de traje típico indígena que no pasa inadvertido. ─¡Pasen, pasen jovencitos, entren a calentarse que afuera está muy helado! No me parece haberles visto antes ─les da la bienvenida─ La verdad no conocíamos este lugar, apenas hoy escuché de él ─responde él─ Es extraño, yo tengo una pastelería a pocas manzanas de aquí y nunca se me ocurrió venir a caminar por acá, me habría encantado descubrir este acogedor lugar desde antes ─concluye Alessandra. Juana los lleva directo a una mesita encantadora, en una esquinita con vista a la calle, les enciende una vela primorosa y le baja intensidad a la lámpara más cercana. Les toma la orden y en menos de lo que canta un gallo está de vuelta con dos bebidas tan calientes, que queman el paladar aún a milímetros de distancia. La conversación abunda. Las horas vuelan como gaviotas que se pierden en el horizonte. Ninguno se atreve a mencionar el sueño que los atormenta desde su encuentro previo. Ambos se olvidan por completo que existe un prometido que estorba. Salvatore menciona sin mucho énfasis el "¡Despiértame del olvido!" de la nota. Ella piensa que es una broma que él le hace (honestamente no se acuerda haber escrito tal cosa). Se ríe un poco. No insiste él. Imagina que fue una broma de ella también. El tema pasa rápidamente a segundo plano. Cuando la cafetería está a punto de cerrar, se acerca un muchacho de baja estatura, piel morena, con un leve acné propio de su edad; hijo menor de doña Juana, un adolescente bastante flaquito, con una sonrisa de oreja a oreja; los saluda y empieza a recoger platos, tazas y cubiertos de su mesa. Cuando casi termina de recoger, los ve de cerca con extraña curiosidad y atrevimiento: —¡Alessandra y Salvatore! Queridos amigos ¿dónde se habian metido? Hace más de dos años que no les veo ─y desde el fondo recóndito del lugar, la voz de doña Juana irrumpe e interrumpe al jovencito con un grito ─Tony, apresúrate que se hace tarde para cerrar y acuérdame de ir a comprar ese libro que dijo Carlos ayer, el de "Las cascadas del Oblivion", de ese autor raro, Lette Anón ─en ese instante se le borró la amplia sonrisa al chico y sin terminar de recoger las servilletas sucias, pide disculpas, dice que los ha confundido con otra pareja y se retira de inmediato a la cocina. Ellos se miran con semblante atónito sin decir palabra. Reducen el ritmo de la charla. Han quedado muy pensativos. ¿Qué ha significado esa confunsión del chico? Es algo que atormenta a Salvatore particularmente. Tony les había dejado el ticket en la mesa. Salvatore deja 15 dólares. Le pone el abrigo a Alessandra. Salen a la calle sin decir nada. Al instante aparece el Uber que Alessandra había pedido minutos antes. Salvatore le abre la puerta, la despide con un beso en la mejilla, sin decir adiós.

En el apartamento de Alessandra, Salvador, su prometido, la está esperando con una cena especial. Esa lasaña que es su especialidad, la prepara él mismo, y una botella de merlot. La recibe con un efusivo beso francés, y aunque Alessandra se siente más bien agotada y con ganas de irse a la cama, responde el beso con una fingida emoción. Cenan entre velas, pasta y el merlot que se acaba rápidamente. Alessandra nunca le ha mentido y sin embargo se ha excusado de su llegada tarde dadas las horas extras que han tenido que abrir la tienda de repostería, lo cual es cierto pero a medias, ya que ha sido Claudia a solas, la que ha atendido la tienda esa noche. Antes de llegar a casa, Alessandra le ha pedido por WhatsApp que sea su cómplice en esa cuartada, sin darle razón, que mañana le explica; Claudia accede con vivaz curiosidad. Alessandra borra la conversación antes de bajar del Uber. Con remordimiento y culpa ella brinda por los 18 meses que están cumpliendo de estar comprometidos y los 6 meses de vivir juntos. ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Cómo pudo acceder a esa "cita" con Salvatore el mismo día? Luego de la cena, Salvador lava los platos velozmente, no se quiere perder el postre en la cama. Alessandra sigue muy pensativa sobre su segundo encuentro con Salvatore. Esa sonrisa seductora de él se repite en su mente una y otra vez. En 7 meses, quizás en 10, estará casándose con su prometido y piensa que nunca ha tenido esa sensación intensa de enamoramiento con él. Siente que lo ama, ¿pero desde cuándo? ¿cómo surgió ese sentimiento? No lo recuerda con claridad. Salvador es todo un caballero. Un hombre exitoso en su pequeño emprendimiento de citas por internet. Un negocio que se toma muy en serio, para unir allí a verdaderas almas gemelas. Siempre ha sido atento, cordial y correctamente cariñoso con ella. No puede quejarse de nada. Excepto de no encontrar el porqué lo ama y el porqué se va a casar con él. Toma una ducha caliente, rápida, mientras Salvador friega los platos. Uno y dos sprays en los lugares particulares en los que Salvador más se recrea sobre su piel; con ese perfume francés que él le regaló el San Valentín pasado. Usa la lencería de color negro que él le obsequió precisamente esa noche. Ella le dijo que olvidó en la pastelería, esa bufanda hermosa que a él le había gustado tanto en esa tienda exclusiva de caballeros (aunque él tiende a vestir sencillo), que había salido a prisa al mediodía a comprarla durante su hora de almuerzo. Todo inventado. Tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Se pone las medias negras con sujetadores que le llegan a la parte alta de los muslos, y esos stilettos altísimos, color vino tinto, que él tanto disfruta quitarle durante el juego previo. Media hora se va en un abrir y cerrar de ojos para Salvador, que en verdad parece disfrutar su merecido premio por ser un novio ejemplar y por todos los detalles de la velada. Sobre todo, por no olvidar tan importante fecha, cosa que no es propia de su género. A Alessandra se la hace una eternidad. El sexo es muy bueno con Salvador, es un amante excelente y se esfuerza por estar en buena forma. El crossfit que practica cinco veces por semana, más los treinta kilómetros que recorre en bicicleta de montañana, rinden resultados. Nunca se apresura al coito. Es magnífico en el juego previo. Pero como que siente que ella no está del todo allí. La excusa en su mente, pensando que debe estar exhausta de las largas horas de trabajo en su tienda. Y Alessandra no está del todo allí, devuelve los besos de buena gana, pero le saben al fuego de un amante en Milán que nunca tuvo. Se humedece y recibe las embestidas con leves aullidos que se apagan en un grito callado, pero algo sabe diferente, su cuerpo siente y no siente, en parte fantasea con la desnudez de Salvatore (desnudez que aún no conoce).

Son las 11:30 de la noche. Salvatore no concilia el sueño. Toma su teléfono, abre el buscador de internet. "Oblivion", "Lette", "Anón". Busca separadamente, y en distintas combinaciones. Oblivion, latin de "olvido". Lette, griego romanizado del griego antiguo "Λήθη". En la mitología griega, un río del Hades, donde los muertos eran obligados a beber, para olvidar por completo su vida pasada antes de reencarnar. No encuentra mucho más. Todo es para él pura cursilería mitológica. Debe haber algo más. Le marca a Solomon, un compañero del trabajo. Que siempre se jacta de ser una especie de hacker y geek empedernido, que bucea sin problemas en lo profundo de las oscuras aguas del Dark Internet. Allí debe estar la respuesta que busca.

(continuará...)

@AljndroPoetry / xii-17
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Partitura de tu piel en la mía...

Un arrebato nos sumerge en un momentáneo silente
roto por el roce de la carne,
por el sigilo de dos salivas
incrustadas en el hueco entre los labios.

Rugimos como dos fieras,
desatadas por la pasión más salvaje,
comiéndonos la vida en cada aliento,
en cada jadeo que no hacía más del otro.

Manantiales de fuegos exudados entre tus labios,
álgidos al atajo de tu lengua,
entre arreboles de tus manos,
marca justa de tu pertenencia.

Ritmo in crescendo.
Un allegro.

Notas que reptan en los pentagramas de nuestros cuerpos,
sin libre albedrío.
Ritual de carne y saliva,
uñas y dientes…

Partitura de tu piel en la mía...

Yo, letra derramada en tus labios.
Tú, beso líquido de mis entrañas.

Y nos hacemos Melodía…
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Tu cuerpo es mi poema

TU CUERPO ES MI POEMA
Por Ana Lucero




Tu cuerpo es mi poema
Que escriben mis ojos,
Dibuja en tu contorno
Tinta de la mira

Tu cuerpo en mi pensamiento
Se transforma en poema.

Empezare a escribirte
Deleitare a mi pluma.

Tu cuerpo se mece
Como se mecen mis letras,
Al viento que sopla
Y mueve tus cabellos de plata.

Tu cuerpo me sana
Me envuelve
Me lleva a cualquier lugar
Todo me embelesa.

Te siento tan cerca
Tu aroma me pierde
Es la esencia de mis sueños
Es la esencia de mi esencia

Tu cuerpo baila en mis brazos
Al ritmo de mis versos
Como bailan mis besos
En tus caderas.

Al son de amaneceres cansinos
De noches llenas de delirios
Por tu amor de torrente y savia.

Tu cuerpo es un poema
Que esculpe mis pupilas
Con los colores tornasol
Del amor de una mirada.
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Arcadia: Última esperanza para la humanidad

Año 4689. El planeta Tierra agoniza tras largos años de guerras interestelares y epidemias. La población mundial ha descendido a más de la mitad, y los recursos naturales del planeta escasean a un ritmo imparable. Los Gorks, una raza guerrera de seres antropomorfos quiere hacerse con el control de la galaxia, y durante años han intentado hacerse con el dominio del planeta, provocando numerosos daños en sus frecuentes incursiones. El Imperio ha estabilizado temporalmente la situación, pero la raza humana se encuentra bajo una seria amenaza. La tierra se vuelve por momentos más estéril, los animales mueren sin explicación lógica, y ni tan siquiera los alimentos creados genéticamente aseguran la supervivencia de los hombres. Tras largas deliberaciones, el Consejo Imperial ha ordenado el envío de una flota de reconocimiento en busca de un planeta habitable para los humanos. Durante años, el hombre ha investigado diferentes galaxias, pero ninguno de esos planetas era adecuado para asentarse definitivamente, unos por su atmosfera y composición, otros por la falta de recursos, y la gran mayoría por la invasión de los Gorks.
Una de esas naves es la Arcadia, comandada por el Almirante Lars Bishop, veterano de las guerras imperiales en el planeta K-P21. Uno de los pocos lugares donde el Imperio ha podido establecer una base permanente. Según los exploradores de la Liga Imperial de defensa, en la galaxia Icarus X-23, se ha localizado un planeta de características muy similares a la Tierra, prácticamente idénticas, aunque se desconoce su habitabilidad y si hay vida inteligente en él. La misión de la tripulación de la Arcadia es descubrir la habitabilidad del planeta, y en caso afirmativo, organizar un puesto de enlace con la Tierra y un cordón defensivo contra posibles enemigos.
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¡Ah la tarde que aparecía en su pelo¡

Amanece y me busco hasta debajo de tus zapatos;
Es duro. Lo sé.
Me duele el movimiento,
hiciste brotar de mis ojos agua sal.

Agua en donde podrían vivir hasta cangrejos que después se comerían mis entrañas.
Su ritmo me incitó a bailar, me condujo placer.

¡Ah la tarde que aparecía en su pelo¡
quemando el tiempo de algunos momentos que ya vivimos.

¡Ah el sol a cántaros en su piel¡
en ocasiones mi voz salía de sus memorias.
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