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Amor por computadora (relato romántico)

¡Acéptalo Belinda, si te puedes enamorar por el chat!
- "Pero si no conoces a la persona como te vas a enamorar, yo no creo en esos amores pasajeros y volubles, esperaré hasta que venga a mi vida el hombre indicado"

A sí contestaba Belinda a su amiga Rosy pues no era partidaria de este tipo de relaciones en donde las personas sólo se ven en pantallas.

Ella era una mujer conservadora y un poco tímida, pero tanta fue la insistencia de su amiga, que acabó convenciéndola y decide "probar suerte”.

Es así que una noche, luego de realizar sus actividades cotidianas, coge su laptop, se encierra en su cuarto y se pone a buscar amigos. Luego de varias conversaciones y descartando personas del computador, le impresiona un hombre que tiene buenos modales, aparentemente sincero y lo mejor de todo, vive en su país -"Con tantas cosas que pasan una nunca sabe"
-Es así que conectan, se preguntan sus nombres, edades, gustos y la conversación se hace muy amena. Las horas parecen minutos cuando conversan, los dos se identifican, ríen y congenian muy bien. Se encendía la llama del amor...

Todas las noches, el ordenador eran el lugar perfecto para sus conversaciones y poco a poco sin quererlo, el bichito del amor les fue rondando. Ya se les había hecho costumbre comunicarse por el chat y terminaban su trabajo temprano para contactar.

-"Tenía razón mi amiga, no se puede ver a la persona pero se le puede apreciar por lo que habla, porque allí se ve su personalidad y su corazón y eso, eso me está pasando con Luís ¡Dios mío!, ¿Me estaré enamorando?

Se preguntaba Belinda, pues ese ser que llegó su vida la estaba inquietando y sentía ganas ya de conocerlo, de saber más de él, ¡de abrazarlo! Es así que una noche en el ordenador le insinúa inteligentemente una cita. El accede y conciertan el día y la hora.
- ¡Al fin lo conoceré!, ¿será guapo como la foto?, ¿Será realmente amable como parece?...

-Ya pasó media hora y Luis no viene,
Estaba murmurando esto cuando se le acerca un hombre muy apuesto y bien vestido que le dice: ¿Eres Belinda?
- Ella muy nerviosa le dice que sí y el la saluda con un tierno beso en la mejilla y luego un poco nervioso pero alegre y vivaz, le dice -Eres como me lo había imaginado - Era lo quería escuchar y él se lo había dicho, su corazón comenzó a latir fuertemente y se ruborizó y Juan le dijo “No tienes por qué avergonzarte eres muy bonita y dulce, vamos te invito un café en lugar lindo que conozco allí conversaremos más a gusto.

Belinda no lo podía creer era el tipo de persona que había esperado toda su vida, (Tenía ya treinta y ocho años sola, porque no hallaba "un hombre interesante" y había perdido esperanza de encontrarlo) Y ahora el destino se lo ponía al frente. Ella que era tan racional, tan conservadora, sintió el impulso de dejarse llevar por primera vez por este bello momento.

Ya en el café las dos almas se hacen cada vez una, y el corazón de Belinda se siente muy pleno. Late cada vez más, ¡Había encontrado su alma gemela y él le correspondía!

Terminada la conversación disfrutan juntos de un romántico paseo por la ciudad, se sientan en una banca, intercalan afectuosos diálogos a luz del clima fresco al llegar la despedida Luis estampa un tierno beso en la frente de Belinda, ella enternece de amor, quisiera besarlo, abrazarlo. Pero hay que guardar compostura-Hay tiempo para entregarle todo mi amor-Por ahora se contenta con mirarlo tiernamente, sin palabras. El responde con una mirada dulce de complicidad.
Prometen volver a verse.
En el corazón de ambos llameaba fulgurante, la llama viva del amor.

Ya en su, casa, Belinda tiene que replantear conceptos-
"Ahora me doy cuenta que si es posible enamorarse a través del ordenador, yo buscaba un hombre especial toda mi vida y quien diría que en mi laptop lo iba encontrar, ahora sólo quiero ser feliz y disfrutar este bello momento que ojalá se prolongue con el tiempo y podamos llegar a madurar esta bella relación.

Belinda entendió entonces que el amor llega en cualquier lugar y momento y cuando toca la puerta hay que dejarlo entrar, quizás haya llegado el amor indicado.

Autora: Edith Elvira Colqui Rojas-Perú-Derechos reservados de autor/copyright ©
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El lustrabotas

Como todos los días al rayar el alba, Juan sale a trabajar.
Tiene un hermano de cuatro años, muy juguetón y una madre enferma por quien velar.
Coge su caja con betún, cepillos y trapos y sale a la calle, buscando su destino, luchando por sobrevivir.

-¡A dos soles la lustrada caballero, dejo zapatos limpios como espejo!

-¡Oye muchacho, lustra mis zapatos, que queden bien limpios!

Muriendo a su infancia, Juan tuvo que dejar el colegio. Pues no le alcanzaba para los gastos de su casa.
Su madre vende golosinas en la puerta de su casa y cuida a su hermano pequeño.

- "Unos años más de trabajo y regreso al colegio,tengo que estudiar para trabajar en algo mejor, comprar las medicinas de mi madre y llevarla a un buen doctor, también para los útiles de mi hermanito que el próximo año irá al jardín".

Con estas esperanzas, Juan trabaja hasta muy tarde, con la sonrisa en el rostro cansado y la barriga medio vacía gritándole siempre su pobreza.

Lustrando zapatos y botas en una Lima indolente y sorda.

Autora: Edith Elvira Colqui Rojas-Perú-Derechos Reservados/copyright ©
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Los cuerpos

Combaten los cuerpos su herida enamorada,
profundamente acuden los vientres y los pechos
y se rodean los brazos con la simiente alada
de las manos, de los besos.

Abismales son las bocas, son los sentidos rostros,
por cada separación acude la muerte honda
con su sed desesperada, para hundirse tan solos
bajo las aguas rojas.

Les empujan a la tierra del uno contra el otro
y quieren ser sus sangres desconsoladas yedras
de esclarecidas pieles, de abalanzados torsos,
de adueñada condena.

Formándose entre nudos de ahogadas soledades,
como un puño cerrado se ampara esta marea
habitando, sosteniendo crespusculados mares
cuando la tierra ayerma.

Final profundo, destino del ser, del desamparo
que tan sólo inundarse sabe del dolor cavernoso,
de claveles malheridos su exhalacion, su halo,
su coronado soplo

es este vidrio que no rompen las amorosas manos,
que es anegada ventura de esperanzados cuerpos
que se dan su cadena interminable de espacios,
de despoblado aliento.
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Karnak

Ciclos que se cierran.
"Certezas",
cobrando entereza en mi conciencia.
Desaparecen los símbolos,
Las imágenes...
La palabra,
los relega.

Palabras
cobrando entereza en mi conciencia
La imagen desmerece su pureza
Letras, lo único que debe formar la sombra
en mi cabeza.
Lo único que debe expresar,
mi naturaleza.

Ella. El motivo de que la tinta
sea el vino de mi mesa.
Desaparecen los símbolos.
Queda el Blanco
Mi Gris
los colores, me recuerdan demasiado a ella
cada oleo me recuerda demasiado a ti
los recuerdos,
las imágenes,
las escenas, no me dejan existir

Su voz,
sus frases,
susurros fugaces,
en momentos de guerra, de paz, voraces;
auditivas inmensidades,
tras una lengua ¿verdades?
El silencio,
El vacío,
desmerece identidades.
Nos congela en frígorificos,
seres, productos individuales.

Que se borren las escenas,
que se borren los trazos,
no caerá esa breva,
los recuerdos,
seguirán acechando,
en sueños, seguirá acechando,
en recuerdos,
me sigue amando.

IMAGO

No puedo seguir con esta demencia,
reteniendo una vida entera,
múltiples escenas,
obras de teatro, baladas, condenas,
todo,
en mi cabeza,
todo, teñido por las rosas de tu mesa.
Ahora,
ya secas. Por sombras desconocidas envueltas.

Se borran...
Como huellas en la arena
Como el agua en una ciénaga
Como la luz, en la oscuridad
Se borran...
Las escenas
Las imágenes
Se apagan nuestras velas

Mis recuerdos, seguirán...
Mis recuerdos, me atormentarán
Sabores que disfruto en el paladar,
saben a vainilla,
a tequila,
a cerveza,
a salmón,
a tus labios,
rojos, negros, ebrios de pasión.
Siempre entreabiertos, siempre abiertos,
para perderme yo.

Los recuerdos, seguirán.
Se borra Ella.
Me borra ella.
Lo que retengo en mi cabeza no es más que la imagen proyectada de una belleza, de un amor, una personalidad, una proeza, que nunca existió.
Lo que amamos,
no es más que una ilusión.
Metemos en ello
lo que la IMAGO deseó.

Perdemos.

Las palabras,
la tinta,
la expresión de mi condena,
destino sabido,
infierno, reservado el sitio,
va,
quien demonios quiere ascender al olvido.
Nunca mejor dicho,
color rojo,
cito.
Yo ya sé cual es mi sitio.
Está en el bardo,
precioso infinito.

Las curvas, esos círculos, me recuerdan sus caderas,
las vueltas, su sensualidad.
Vuelvo a las rectas,
y no es sólo por cambiar.
Vuelvo a las rectas,
trato de reconstruir un Karnak personal.

@A. Rheinn

#RheinnPoetry

Karnak.

IMAGO] "amar a una imagen de la realidad"
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Imaginaria ventana

Desde la ventana imaginaria.

Las hojas bailan con el viento,
dan el paso balseando entre los árboles
los sentidos y las emociones.
Dime acurrucada alondra que vuelas sin destino
por los techos azules anaranjados extremeños
en direcciones prohibidas
sin horizonte y planeando los surcos que el arado hizo
sembrado el trigo.
Alineaciones perfectas entre los olivos y la vid, con las manos del hombre con dolor y trabajo realizó.
Olor húmedo de tierras rojas como la sangre y el sol
los verdes plateados y carruaje en la orilla de los caminos
charcos plateados de agua recién caída.
Al lado los musgos, la romaza, berros, y tréboles recién nacidos.
Llega el aire puro desde el otro lado del bosque de encina.
Sin querer nos avisa de una gran tormenta,
rayos y relámpagos plateados con furia caen,
sobre un suelo verdes y ocres, en este otoñal infierno del esperpéntico día a día de estos tiempos caóticos y convulsivos.
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Acuarela natural

Tan maleable,
tambaleante;
tan descosido,
y sin sentido.

Desordenada
sin separarse,
llena de gotas
tan ordenadas.

Puras, caóticas,
son nuestras aguas.
Simples, armónicas,
complejas flautas.

Atravesando
los mares,
los ríos
y océanos,
marchan corriendo
las gotas
del agua dulce,
salada
y sin color,
como si fueran
a su destino.

Hallan camino
a cada paso.
Cuales serpientes
trepan nadando.

Colores tierra,
verde y violeta,
suavizan rojos,
y azul turquesa.

Curvas sensuales
sufren la pesca,
las cazas,
y demás mierdas.
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Lágrimas al mar

Lágrimas de rojo intenso bañan las aguas frías del martirio de mi soledad.

Lágrimas perpetuas golpean las rocas atrapadas en la noche ,arrastrando al barro de la desventura mi consciencia que intenta zafarse del ancla encallada en mi penitencia .

“La arena invariable absorbe el destino del mar”.

Las minúsculas gotas de llanto que mis ojos paren,son como rojas huellas que se confunden y extravían en el sendero a las aguas profundas y recónditas del mar tenebroso,dejando algo del dolor esparcido en la superficie del revoltoso oceano.

Las inoportunas lágrimas rojas caen desesperadas golpeando repetidamente las rocas perpetuas que no sucumben ante el parto inclemente de dolor infligido por mea culpa a mis ojos casi fallecidos .

Mi voluntad sucumbe complaciente a los vestuarios del mar, exponeniendo la congoja y la agonía de mi soledad entre los arrecifes huérfanos del mar .

“La vida se esfuma entre lágrimas rojas.”



JOSE LARA FUENTES
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La amapola

Floreció en un campo de trigo maduro, una solitaria amapola roja, inocultable en la inmensidad amarilla, en la que por obra del azar había germinado días antes. Se dejaba llevar por la calidez de la brisa veraniega que mecía su endeble tallo al compás de aquel clónico grupo en el que se había infiltrado sin querer, y por momentos se sentía uno de ellos, feliz en la ignorancia de su auténtica naturaleza. Sonreían sus estambres negros al sentir el roce casual del trigo, silenciosamente envidioso éste, de su colorido único entre aquella homogénea y aburrida multitud.
¿De dónde habría salido, y porque sonreía constantemente?
¿No era acaso consciente del irremediable destino que les deparaba a todos aquella misma tarde?
De cuando en cuando un visitante esporádico irrumpía en sus cavilaciones y vaivenes: era un ser bellamente distinto, irrepetible y que la dejó fascinada, ya que en su breve historia sólo había conocido al trigo, a la brisa y al sol. Era una espléndida mariposa azul.
Su colorido era indescriptible y se paseaba orgullosa
sobrevolando el prado, con la superioridad que le daba la independencia del suelo y lo imprevisible de sus vivos movimientos, formando todo ello una interesante amalgama de atributos que dejaron a la flor doblegada ante su presencia. No pudo más que rendirse y entreabrió sus rojos pétalos, entregada a su suerte para que libara su néctar dulce, para que la acariciara en aquellas zonas ocultas que apenas el viento había traspasado algún día.
Se sintió morir por el intenso placer provocado por las palpitantes y suaves acometidas de su visitante, que la acariciaba con sus alas y al que sintió posarse y aferrarse en el borde de su húmedo cáliz, rebosante de la miel con la que el insecto saciaba su voraz apetito. Y lo hizo hasta dejarla exhausta… y luego retomó el vuelo con un empujón de la brisa y se fundió con el sol, a lo lejos.
La amapola tardó largo tiempo en recuperar de nuevo su pose erguida. Se sentía avergonzada en la medida en que iba tomando conciencia de que el trigo, seco por la envidia, se había dado cuenta de lo sucedido y de que la odiaba al verse incapaz de despertar en aquel increíble ser un instinto semejante. Sin embargo, la flor lejos de arrepentirse era feliz.
Buscó a su azul amante con la mirada en el horizonte y por un momento creyó divisarlo a lo lejos, posada sobre una radiante margarita a la que también brindaba generosamente el placer de sus artes.

¡Ya viene, ya está aquí..! Escuchó murmurar al trigo en un susurro tristemente resignado.
Y sucumbieron ambos, el trigo y la amapola, bajo las afiladas cuchillas de la siega.
En su lecho de muerte, la vivacidad de sus rojos pétalos se fue apagando, y pudo percibir un latido también cesante en su interior…Se sintió extrañamente afortunada en su agonía y sus estambres negros sonrieron por última vez.

Canet
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El chachachá del tren

Hora punta AM.

Apenas ha amanecido y el rebaño se agolpa en los andenes de la gran ciudad. Una locomotora tras otra. Cada pocos minutos se abren las puertas de un tren hacia la rutina.

Vagones atestados de hormigas rumbo a su quehacer. Se palpan, se respiran, algunos se mezclan y otros se esquivan. Sobresalen hombres trajeados y mujeres con carmín, ataviados con carteras y agendas digitales, los que empiezan la jornada más frenéticos. Otros, rostros cabizbajos, se bostezan, abatidos, es la cara de la resignación de la obligación.

Las mañanas son calladas. Viajeros solitarios entre los dietarios, los libros madrugadores, los apuntes de escuela y evasivos auriculares. A veces escapan del letargo ante un móvil ajeno que agobia la rutina, alguna alarma aún sin desconectar, el papel indiferente que posan los mendigos en sus rodillas, el instrumento de un músico que en ocasiones aligera y dibuja sonrisas, y otras tuerce el gesto de los rostros abstraídos en sus tareas.

Parada tras parada, unos salen aliviados, otros cogen aire para hacerse un hueco entre cabezas y carteras, otros desploman su sueño sobre el hombro del asiento de al lado, que se retuerce y sobresalta.

Por fin llegas al destino. Te apeas y te desplazas entre obstáculos presurosos, hormigas que tropiezan por posar el primer pie sobre las escaleras mecánicas, como si de atrapar la miga de pan se tratase.

Unos, tranquilos, a la derecha forman civilizados una fila calmada; otros, los frenéticos, a la izquierda, se sortean y avanzan peldaños a la carrera apresurando los talones contiguos.

Es el rebaño, caballos zarandeados que corren apresurados antes de que el patrón cierre la puerta de la cerca.

Ya está, han llegado a su particular fábrica. ¿De qué? De objetos, de ideas… no importa que sea si no se pueden fabricar sueños.
Altas dosis de cafeína y afrontar otra jornada frente a la ventana del quehacer; esa pantalla sucia que anuncia caravana entre teléfonos que suenan bajo los rayos de fluorescentes que a veces creen parpadean.

Pupilas resecas. Frotar de ojos. Es la hora.

Ya es de noche en el corazón financiero de la ciudad. Pero los pasos siguen acelerados. Corren, no tienen prisa, pero no son capaces de descender el ritmo cardiaco.

Otra vez la misma boca de metro, el mismo andén, en hora punta PM.
Mismos rostros con distinto disfraz. Camisas arrugadas y americanas al hombro, caras desempolvadas y descoloridos pintalabios.

Otra vez. Se respiran, se mezclan, se miran pero no se ven. Ojos rojos, cuerpos cansados, botones desabrochados, tacones que cambian de postura… Mentes abatidas. Es el rostro cansado de la gran ciudad.

Pero las tardes son bulliciosas. Algunos solitarios regresan con compañía. A saber, a veces, a contrariedad, el pesado del departamento financiero, el colega de clase que no te habla en el recreo y ahora se muestra amigo… y otras, cómplices, que despotrican la jornada, cotillean, conversan…

Más susurros, más melodías móviles, más ecos de conversaciones ajenas. ‘Acabo de salir’; ‘ya llego’, ‘estoy a solo dos paradas’…
‘¿Has hecho la cena?’

Un día menos a contar. Las hormigas se retiran a su madriguera. A saber, unos a continuar quehaceres domésticos, otros sofá, reality show y a caer rendido en el sofá. Los más desorientados, copas bien frías y apuradas que el trabajo lo merece.

Mañana se pondrán de nuevo las calles para la cotidianidad de los robots urbanos.
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Cuento del poeta

Había decidido dar un paseo luego de una tarde dedicada a una minuciosa lectura de El árbol que se derrumba, poemario de Macedonio Fernández. Las obras que conforman el citado libro tienen el honor de estar emparentadas por el pesimismo y el existencialismo. La conjunción de esos dos elementos me inquietan hasta el punto de que mis ideas no pueden librarse —por más empeño que ponga en ello— de la férula de una angustia incesante. Así, los días vividos me resultan nimiedades sin sentido alguno que las ampare; y los por vivir, el repetir de una sucesión que sólo tendrá fin con mi muerte.
Buscaba distraerme de la melancolía. Me subí a un tren convulso pero no claustrofóbico como el subte, y ambos me condujeron a la avenida Corrientes. Era de noche cuando había llegado. Conozco el sosiego, el silencio, las casas bajas, las sombras de los árboles espesos, tanto como para percibir el contraste de este Buenos Aires de torsos presurosos, de ruidos y asfalto infinitos. No vi la claridad sonrosada estrecharse entre los techos bajos ni oí el gorjeo de las aves. En el horizonte flotaban, intranquilos, innúmeros asteriscos luminosos como estrellas. Las únicas sombras eran las siluetas que recortaban el resplandor de las parpadeantes luces blancas, rojas, amarillas, verdes, azules (desperdigada iridiscencia). He mentido entonces, la noche no era tal.
Recorrí a pie, con paciencia, cada una de las librerías de viejo que hay en Corrientes, aquella legua libresca como Macedonio ha llamado a la avenida en algún alejandrino. De todas, una cercana al Obelisco es la que me ha retenido por más tiempo. No es casual que haya sido una librería acorde a mis preferencias —a medio alumbrar, de colores adormecidos y estrecha como las veredas de Buenos Aires. Pregunté por los libros de poesía y me señalaron un rincón oscuro, polvoriento, una hilera de pocos ejemplares a la altura de las rodillas. Relegados, expectantes de nuestra curiosidad, esos libros de poemas eran la viva imagen de sus autores, los poetas relegados, expectantes de nuestra curiosidad... Si fuese uno haría versos aquella imagen triste que sería también la imagen de mí mismo.

—¿Macedonio Fernández? —pienso en voz alta.

—En unos minutos llega. Siempre viene al mismo horario —me responde el empleado.

Hacía referencia a sus libros, no a su persona. Sin embargo mi interés en conocer a Macedonio, autor de alejandrinos, era sincero.

—El joven ha preguntado por usted —le dicen a Fernández cuando llegó a los pocos minutos.

Noté perplejidad en su mirada cuando me la dirigió. Era bajo y lo bastante ancho como para que sus caderas entrechoquen con torpes movimientos sobre los anaqueles de ajada madera. Tenía una frondosa barba entrecana como su cabello desprolijo, gafas gruesas y vestía un viejo sobretodo. Me saludó con un fuerte apretón de manos. No hablaba por timidez. Su evidente incomodidad era contagiosa y yo también hacía silencio. Lo invité a una cafetería para charlar un rato. Accedió, pero no sé si por temor a la descortesía o a unas sinceras ganas de conocer a un admirador suyo.
Nos sentamos. Macedonio no me miraba, pero yo sí a él. Vi las grietas de un lunar en una de sus mejillas. Vi cómo el perfil de su rostro se partía por la refracción de los cristales. Vi cómo su trabajosa respiración hacía que su cuerpo subiera y bajara, y cómo sus gafas centelleaban. Nada tenía que ver su nombre de gentilicio con el lejano país de los Balcanes. Ni era el otro Macedonio Fernández, también poeta, que algunos conocemos. Sólo compartían nombre, oficio, nacionalidad y destino: la muerte y el inexorable olvido.
Continuaba callado. Otra vez fui yo el que intentó iniciar una conversación.

—Macedonio, hoy terminé de leer su primer libro. Yo jamás podría escribir como usted. Me sorprende que haya tenido mi edad al componer esos versos de semejante calidad. ¿Sabía que Julio César lloró al cumplir los 32 años? El motivo fue que en ese lapso de vida no llegó a igualar o superar en hazañas a su ídolo Alejandro Magno, muerto a esa edad. O eso dicen...

Con imprudencia y orgullo del que hoy me avergüenzo quise demostrarle a uno de mis ídolos que no era cualquier ignorante con el que se encontraba dialogando en esa bulliciosa cafetería. Creí que de esa manera llegaría a considerar que su tiempo no estaba siendo desperdiciado por un desconocido y que la charla no caería en la monotonía de la adulación. Su respuesta me decepcionó hondamente.

—Perdón, ¿quién es Julio César?

—César... el dictador romano... —le respondo sorprendido.

—No sé quiénes son ese tal César y ese tal Alejandro Magno, estimado.

Volví a mi hogar con más pesadumbre con la que salí (en este aspecto Macedonio era tan angustiante como su obra). ¿Cómo era posible que aquel erudito no supiera de cuestiones de bachillerato? Cavilando con la sien en la almohada llegué a una reconfortante conclusión: no era ignorante sino irónico en extremo. Mi notoria inmodestia fue el causante de su comportamiento burlesco. "Así de soberbio has sido, como yo de inculto", parecía decirme. Había sido humillado por un genio, algo que arranca más sonrisas que rencores. Pero todo fue producto de mi imaginación. Los encuentros ascendieron en número y continuaba con su aparente actuación de idiota. Al final resultó serlo. Nada sabía de métrica ni de poesía en general. Sus escasas disertaciones eran breves y sus tópicos se limitaban superficialmente a cuestiones triviales como la amargura del café, las bajas temperaturas de junio y la humedad que le adolecían las articulaciones. Por momentos me sentí furioso al pensar que el empleado de la librería se había librado de la presencia de un farsante, un loco que creía ser alguno de los dos Macedonio Fernández sólo por leer su nombre en alguna portada y que molestaba a los demás con ello, espantando a la clientela.
Me dirigí decidido a nuestro próximo encuentro. Deseaba expresarle con franqueza lo que creía de él. Me senté en la mesa de siempre y esperé a Macedonio mientras me sumergía en la lectura de Los bohemios del marqués de Pelleport. Un mozo de resplandeciente calva se me acerca con un libro delgado.

—El señor Fernández me ha pedido que le haga entrega de esto. ¿Desea beber o comer algo?

—No, gracias —dije extrañado sin darme cuenta de que tardé en responder y me encontraba hablando solo.

Se trataba de El miserable, otro poemario suyo que venía buscando hace años y que de forma unánime recibía descatalogado como respuesta. En la página de cortesía estaba impresa su firma que coincidía con la del pedacito de papel que contenía una dedicatoria:

Para mi buen amigo Segal, con afecto de parte alguien que lo estima más de lo que cree. Perdón por defraudarlo.

Macedonio.


El reverso mostraba un número de teléfono.
Me había equivocado groseramente. Era el mismo autor de libros excelsos como los dos ya mencionados y de microcuentos como El hastío de Efraín ("El suspiro, el quejido del sillón y el sol muriente que se cuela en la casa son cosas de todos los días para Efraín. Y hoy tuvo la sensación de recordar que ya había vivido todo eso. Y recordó que ya había recordado lo mismo en otra ocasión. Pensó que estaba viviendo lo vivido, reviviendo lo revivido, y se resignó a morir como en la otra muerte, hastiado de vivir.")
Llamé a Macedonio desde una cabina. Me rogó de manera agitada que me dirija a su hogar, a pocas cuadras de la cafetería, de la librería de viejo, del Obelisco y de las luces infatigables. Cuando llegué, agitado yo también, era demasiado tarde: encontré a Macedonio, con el torso desnudo y boca arriba, con la mirada inexpresiva. Me recordó a Efraín y lloré a ambos. Sobre la mesa se hallaba un cuaderno y en una de sus hojas se leía Despedida; debajo del título, uno de los más hermosos poemas jamás compuestos. La luctuosa experiencia me reveló que Macedonio no era persona sino versos. Cuanto mejores, menos era él. Era cada saber de sus poemas, cada estrofa, cada rima, cada metáfora, cada pausa, cada melodía que endulzaba los oídos e insuflaba de vida, a costa de la suya, a la belleza más bella de todas que es la literatura.
Es hasta el día de hoy, luego de años, que todavía descreen de esta versión de los hechos sólo por no haberme tomado la molestia de citar de memoria alguno de los versos de Macedonio Fernández.
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Una Historia de Amor

Parte Uno

Dicen que las historias de amor como esas que llenan incontables paginas en los viejos libros, solo existen en ellos y ya en el mundo no se encuentran.
Dicen que ya no existen dulces niñas de 15 años que entregan su inocencia por amor y que ya no hay jóvenes tristes que acaban su corta vida por su ausencia.
Esto aunque impregnado de verdad no es del todo cierto. Aun hay algunos valientes con el corazón como coraza que regalan rosas rojas y llenan largas esquelas con palabras poéticas.
Y se aman, y se aman en silencio escondiendo sus sentimientos de este mundo enfermo que ve con malos ojos las historias con finales "...Y vivieron felices por siempre..."

Para muestra de esto les contare la historia de dos muchachos que aunque en polos opuestos vieron nacer su amor entre los cortos escritos que lograban enviar en los veloces mensajes de texto.
El era un muchacho callado, una singular mezcla de juventud y de un alma vieja. Y ella un inocente lirio que mas allá de toda duda echo raíces entre las piedras y los espinos.
Ellos a mi modo de ver son la muestra mas palpable que el destino premia a esos valientes que mas sufren, o a aquellos pacientes, que mas esperan. Se encontraron, ellos se encontraron y se unieron sus caminos bajo el mismo cielo que se empeño tantas veces por las lagrimas que solitarios, dejaron cae en ese profundo silencio de sus noches frias.

Ella le enseño a ese ser solitario y esquivo a caminar con confianza y sin miedos tomados de manos y el le enseño que podrían tropezar, pero que jamas se atrevería a soltar su mano.
El le enseño muchas cosas viejas que había guardado con el paso de los años pero que al ella poner sus manos sobre ellas brillaron con todo el color que tienen las cosas cuando son nuevas.
A diferencia de muchos ellos deshojaron su amor lentamente, quitando uno a uno los petalos hasta llegar a los delicados pistilos, no fueron rápido porque para ellos el tiempo no era problema, presentían y mas que presentir, sabían, que eso que vieron nacer entre ellos, no era cosa de un dia, sino hasta el final de sus vidas.
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{ad líbitum}

Blanco {desenlace}

que se despliega vertiginoso
como un gélido manto de nieve
Se arredran las huellas del ayer
conformando los recuerdos
El desnudo lienzo del futuro
nutre el recelo del ignoto destino
En mi equipaje los sentimientos
se amontonan desordenados
La lluvia del alma humedece
acremente cada pensamiento

Verdes {lágrimas}

descienden recorriendo
cada centímetro de mi cuerpo inerte
Desahogando gota a gota
el dolor que quema tan dentro
Cuanto más se diluyen mis esperanzas
más se saína la escarcha
Sigue el tiempo naufragando
para desempolvar la realidad
Por cada hora de desleimiento
el desierto sombrío alborece

Naranja {amanecer}

que esclarece las percepciones
desenmascarando los engaños
Invirtiendo los renglones
donde se vendimian las palabras
Descartando las promesas quebrantadas
emigrando sin desear ...vendetta
Sobre el vacuo prado germinan
los recuerdos de un amor postergado
Para que las grietas que infiltraron el desconsuelo
cicatricen con pigmentos

Rojos {latidos}

de este corazón que aún lleno de espinas
retoña ardiente rosal
Abandonando los inviernos
que devoraron cada matiz del otoño
Para que las hojas inéditas desnuden una a una
las ramas de la espesura
Pintando silencios voy trazando miradas
intentando guarecerme
donde las mariposas declaman sus versos
Inesperados ósculos que llenaran de anhelos
las virginales primaveras

Azul {espacio}

donde abonanza la tormenta
de reminiscencias del pasado
Desde la orilla de una isla que se conforma
con minutos de sílice
Vas desnudando los verbos
asoleando mi alma con cortesías
Salobre océano que en la profundidad
esconde mis vacuos temores
Atemperando la esencia que inunda
las entretelas de la mortal debilidad

Ocres {caricias}

van arpegiando acordes consonantes
que me atronan por dentro
Las tramas de mi piel se dispersan
sintiendo el tacto de tus dedos
Amalgamándose todos los fragmentos
de nuestros ávidos cuerpos
Quemando los segundos que se demoran
para diluir lento tus besos
Se esbozan metáforas sobre las partituras
de esta melodía acotada

Negro {desafio}

es la pasión que tan pronto dispensa ventura
como resquebraja promesas
El amor ...es una quimera que trepa de noche
hasta el firmamento
Cada noche busco una estrella que descendiendo fugaz
me conceda tres deseos
...que no haya un cambio de agujas
que detenga el tren de esta fábula
...que la palabra destino no sea un polizón
...que nadie desaparezca {ad líbitum}
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"El Agua es roja."

Las sábanas se lavan en el manantial de la desdicha

sofocando las huellas del cuerpo

que durmió una vez abrazadas a ellas.



El sufrimiento y las heridas infligidas

inmortalizan la amargura desgarradora del hombre sereno,

que por culpa del arma diabólica

tiene sus sueños rotos.

Ese cuerpo golpeado con desfachatez por el egoísta

solo hace que se tiñan las aguas cristalinas de rojos rencores.



Las sábanas dónde

dormían hombres libres y soñadores

hoy son flanco de fuego,

destruyendo el descanso

que debía ser sempiterno.



Se levantan las sábanas adheridas

a los cuerpos descuartizados

por la acción discriminada y vil del infiel

perturbando al hombre que vive

en paz y sosiego

sobre los hombros de sus ancestros.



Las bombas tiñen de rojo desgracia

las aguas claras de los manantiales;

y el miedo carcome sus anhelos

porque las balas que indiscriminadas caen

también abren claros y diminutos huecos

el la humanidad de ese hombre

perforando el descanso y sus sueños .



El viento está perdido,

pero sigue golpeando la honra,

no hay jabón para limpiar las desgracias de los pueblos,

no hay niños con que repoblar la inquietud humana,

solo huecos tragándose las glorias

y los pecados de los hombres.



¡La tormenta

en la noche

se hace eterna!

Cuando aparece el día,

los ojos hinchados por el infortunio de algunos hombres

por haber nacido en tierra ajena ,

solo pueden avistar ,en el firmamento, el revoloteo y la desgracia

enlazadas en las alas de todas las mariposas

que huyen de miedo…

por el temor a la bestia.





No hay Dioses a qué rezar

para que dominen el vómito irracional de la bestia,

porque es muy fuerte y tiene el lápiz para escribir

las profecías y las encíclicas

de esclavizar a los pueblos.



Chillan los niños despavoridos,

sabiendo que su destino es una fosa común.

Las escuelas son fosas comunes,

los hospitales son fosas comunes,

las viviendas destruidas son fosas comunes.



Guaridas o guerrillas será el destino del cazador casado.



Infame, todo es un caos y el agua es roja.

Nadie suplica tanto,

como el suelo muerto

o el río interfecto.



¡Oh, emergen de la voluntad absurda documentos

con letras muertas para las firmas o la sentencia,

pero mientras tanto sobre las escuelas

siguen cayendo toneladas de explosivos,

caen sobre los niños y sus sueños

rubricando la barbarie,

pero ellos siguen la fiesta,

organizando firmas mundiales amparadas en el secreto y la seguridad.!



Donan órganos al suelo oprimido.

Donan órganos al suelo devastado.

Donan órganos de enteros pueblos esclavos de sus bombas.



Sin su consentimiento

siguen donando órganos al suelo tibio.

Sin su consentimiento

los halcones vuelan y vuelan

amparados en una

O rganización que

T rata

A razas enteras, a razas de la especie humana como inconcebibles

N eardentales o primitivos .



¡Todo es un caos

y el viento está perdido,

como lo está la raza humana!



Siguen volando el espacio aéreo prohibido,

amparados en la avaricia humana.

Siguen extendiendo sus alas de muerte a la infinitud del hombre desposeído,

solo porque los buitres necesitan comer de la carroña humana

esparcidas a lo largo y ancho de las tierras fértiles

por mercenarios que buscan un pedazo de tierra

que no les pertenece y que los hace creerce superiores o quizás inhumanos.

Todo es un caos y el agua es roja.
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Gatra [ Exordio ]

«Era otra noche tranquila, una más de aquella tormentosa vida que ahora estaba nuevamente rota. Era sólo la calma que precede a la tempestad, pensó; o al menos eso le había escuchado decir a Dhamar. Estaba sólo frente a la playa. Miraba el mar y sentía como éste le llamaba. Así también el reflejo de la Luna sobre el agua. Qué hermoso era esa quietud… tan distinto al Clan… Allá donde su paz se había roto abruptamente por los Dioses… ¿Pero cuales Dioses?.. Dhamar se comunicaba con ellos, pero aún así nunca le advirtieron a él y al Clan sobre aquellos seres… que eran hombres y a la vez no… Ni el coraje ni el arrojo bastaron para repelerlos… sólo llegaron hacía dos noches… idéntica en quietud como la que lo cobijaba en sus pensamientos… y arrasaron todo. Los Códigos no existían en ellos… el Clan esperaba al campeón de esos ¿hombres?… para medirse con el suyo, con el más gallardo, el más valiente… Su padre, espada en ristre esperaba definir en un duelo justo aquella irrupción que habían sufrido, seguro de ganar y evitar más violencia de la que era estrictamente necesaria… ¿Acaso no era así como se definía el Mundo? ¿Habría mentido Dhamar y todos los ancianos sobre la conducta de los hombres en Tierra?… Sí… No… No podía definir aún la respuesta cuando su mente recordó el sonido ensordecedor de los gritos… ¿O eran acaso chillidos? O lo que sea que emanaban de aquellos seres que entraron de noche y empezaron a destruir todo y quebrantaron el sueño de todos… Aquellos que en grupo se abalanzaron sobre su padre y… y… y lo devoraron… lo masticaron y desmembraron cual ciervo… y su madre… su madre que tanto le cuidó… que tanto lo amó y protegió junto a su padre cuando fue despreciado por todo el Clan por nacer así… horrible… amorfo… sin el mismo color de piel y de cabellos… “Gatra!” le gritaban todos al verlo cuando Tadhy y Fredah enfrentaban a quien osaba insultarlo… ‘Gatra’… ‘Gatra’ era la imagen de Fredah hecho pedazos en un lago carmesí sobre la arena de la playa… ‘Gatra’ era haber presenciado a Tadhy abalanzarse sobre los intrusos en busca de venganza y morir entre sus fauces mientras todos eran tragados… asesinados y tragados por la desesperación de un enemigo inconcebible y su apetito voraz… y él, el hijo de los mejores guerreros no pudo hacer nada para evitar la masacre…

Miró sus manos y las vio rojas como si el fuego las hubiera acariciado… y recordó a Dhamar… ¡Cómo quería al viejo Dhamar!. El mismo que lo acogió y le instruyó en todo lo que sabía… él, que le dijo que su madre era en verdad la Diosa Luna encarnada, y que los Dioses le había dicho que él nació así... Gatra... porque él haría cosas muy importantes en Tierra… el mismo Dhamar que no
supo decirle quiénes eran los asesinos y solo pudo escuchar “Dios…” de sus moribundos labios, labios del sabio que quizás pudo salvar si no se hubiera dedicado a ayudar a escapar a otros del Clan… ¿Valía la pena haber salvado la vida de ellos y haber dejado morir a Dhamar?… Volvió a mirar sus manos enrojecidas y se recordó solo… rodeado por aquellos seres… él y su espada, su única arma de pelea… su decisión de sentirse muerto, y por sentirse muerto no le temía al Dios Muerte; por el contrario, se veía en su reino… sin antes no haber matado a uno de los intrusos… y así fue.

Incluso más.

De las fauces de ellos corría la sangre de sus hermanos y hermanas… y sólo sintió ira, furia, odio… y golpeó con su espada en el rostro de uno de ellos con todas sus fuerzas, las suficientes para abrirle los sesos y sentir como la sangre de éste le salpicaba el rostro y su torso desnudo, impregnado en el naranja que brinda la noche y el fuego cuando se juntan… y su ira se volvió placer… y siguió atacando, golpeando, pateando, matando… vengando. Él, el hijo de Fredah… el amado de Tadhy… el protegido por Dhamar… el Gatra. Descubrió que el terror y la desesperación impidió a sus hermanos a defender el Clan, y se baño en sangre impura… sólo él y nadie más que él. Mataba y la sangre de sus enemigos le perforaba la piel… punzadas que aumentaban su ira… y a cada muerte más dolor se incrustaba en su ser… y más… y más… hasta que no hubo más ser a quien mostrar la espada y más sangre que la bañara… hasta que esos Hijos de la Noche estaban todos muertos… hasta que esos grajos seres estaban inertes y se disolvían en polvo cual poder de los Dioses… y entonces miró la luz del fuego y miró a la noche en su plenitud, y se sentó sin saber en qué pensar… sin darse cuenta que tenía a alguien más detrás de él, que lo tomó del cuello y lo asfixió mientras le decía:
Mataste a mis hijos… y haces que mi corazón se destroce en millones de fragmentos por tener que matarte… Pero si aún sigues aquí… espero que me busques… y te daré las repuestas que quieras… porque sólo tú podrás llamarte de ahora en adelante mi hijo…

Las palabras de aquel que lo mataba se disolvían en la noche cuando a duras penas escuchó el nombre de su asesino, quien se lo susurró para que lo memorizara. Larn solo atinó a percibir un sonido seco y la noche lo envolvió y lo acogió. Pero el Dios Muerte lo rechazó, y despertó.

Siguió mirando sus manos y entendió todo. Que los dioses no existían. Que la muerte lo despreció y no se incomodó, puesto que tantas veces abrigó esa sensación en vida. Que la luna debía ser su madre en verdad para seguir vivo después de todo, ahora que ella se recostaba plácidamente sobre el mar antes que venga la tormenta. Que tenía muchas preguntas sobre éste planeta llamado Gea. Así que se puso en pie y apagó el fuego de las fogatas, quedándose por completo en la inmensidad de la noche. Derramó unas últimas lágrimas por Fredah y por Tadhy, prometiéndose no volverlo a hacer. Y sonrío en saber que en verdad pudo matar a ocho de esos seres sin ayuda y pudo salvar a algunos para que el futuro del Clan, tenga un futuro, y que tiempo después se les conocería como los Gitanos de la Galia. Es que ahora sabia tantas cosas… Sabia que tenía veinte y siete años solares y que nació en el vigésimo cuarto día del décimo mes… Pero desconocía muchas más. Sólo quedaba buscar las respuestas, y tenía que hacerlo pronto. Suspiro y emprendió la marcha en busca de él.. su asesino…, Kain. Ese era su nombre. Porque sólo Kain sabría bien porque no murió, porque aparecieron sus hijos… porqué él… porqué él inmerso en tan enmarañado destino… él, el Hijo de la Luna…, el futuro hijo de Kain, el Horrible, el Gatra

Decidiendo no perder más tiempo en sus cavilaciones e inmerso en la noche, Larn empezó a caminar y buscar respuestas… sin saber exactamente que le esperaba más allá de su playa y esa noche tan particular.»

© Larn Solo
Lima/Perú • 13/mayo/2009
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A la rivera de tu destino

A la rivera de tu destino

Como no llorar si veo la tristeza en tus ojos
como no gritar ante tanta miseria
te veo en la calle solitario y sucio
con la mirada perdida en lo desconocido,
con el alma rota de tantos golpes
y el corazón herido por tanta maldad.
No supiste perdonar, no quisiste regresar
te abandonaste en el mundo oscuro y cruel,
este mundo te ofreció una mascara
de miedo, vicio, hambre y soledad.
La ciudad te escondió en su vientre
infectado de miserias que rasgaron tus sueños
y empolvaron tus promesas,
allí donde aprendiste a odiar y olvidar
está esperando la esperanza; sentada en tu silla favorita.
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Te Equivocaste Destino

Navegar mar adentro
hasta encontrar al destino
para decirle de frente
te equivocaste conmigo.

MMM
Malu Mora
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Carnada tus labios rojos

Escribirte mis versos tan sentidos,
recitarte poemas consentidos,

recostarme en tu pecho corazón,
escuchar tus latidos, tu emoción,
repicar de campanas y canción,
en los trinos de amores mi ilusión.

En la tierna mirada de tus ojos
en la dulce carnada, labios rojos,

me enamoras con flechas de cupidos
y me nubla tu estampa la razón
y me sacias con creces mis antojos.



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@AljndroPoetry
2018-may-14
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Müki (lanchitas)

Se apaga el sol
hundiéndose en el lago.
Rojas lanchitas.



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@AljndroPoetry
2018-abr-25
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Susurros

LAS CENIZAS DE UN ANÓNIMO.

SUSURROS



En mi mente sólo pude ver reflejos lejanos de aquellos recuerdos que alguna vez compartimos,
recuerdos que susurraban escritos en amaneceres cálidos de fríos inviernos.
Fotografías se volvían de tonos grises en los pasillos obscuros de mi mente,
como si fuese muriendo lentamente el amor y la alegría.
Trataré de recordar el perfume que una vez dejo tu piel en la mía,
intentaré revivirnos como un pájaro que vuelve de las cenizas y así nos volveremos eternos.
Te buscaré y quizás tengamos nuevamente esa sensación de conocer a alguien nuevo,
quizás pueda cruzarte por una calle donde solo alumbra la luna y refleja en tu verde mirada.
Actuaremos fingiendo sorpresa,
sabiendo que el destino es inevitable y que nuestra historia ya ha sido contada.




-JOEL B. LEZAMA.
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Me sobrevivo parpadeando mi destino

Me sobrevivo parpadeando mi destino.
Separando el dolor de mis lágrimas saladas.
Caminando a pasos no tan firmes por un bosque oscuro y húmedo.
Soportando las caricias de la lluvia fría.

Con las manos atadas al pasado a tal grado de no poder detener la caída.

Aguantando los golpes duros de la vida.

Salpicado momentos de desdicha.
Apretando los dientes tan fuerte que no se distingue el sigilo de la ruina.


Me sobrevivo parpadeando mi destino.
Con la vista fija en la salida de un futuro lleno de esperanza.

A pesar de las nubes cargadas de desdichas.

Se que pronto lloverá sin la rabia infinita.

Me sobrevivo parpadeando mi destino.

Porque no existe el destino marcado.
Todo se construye en el momento.
Con las decisiones que te llevan al sufrimiento o a la dicha.

Poesía
Miguel Adame Vazquez.
11/10/2014.
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Sombreros rojos para cabezas grises

Absurdo momento este
en que los pies se visten solos,
y eligen alas en vez de zapatos.

El sol grita rayos
y los caracoles sacan las sombrillas.
La luz nos deslumbra
y quema las ganas de salir.

¡Agáchate!
¡Qué te ve!
¡Sombreros rojos para cabezas grises!


Los caminos de baldosas amarillas
empiezan a escasear.
Unos gnomos regordetes bailan
mientras unas libélulas tocan el violín.

Volviste a dejar abierta la caja de polvos de sueños
y el mundo se llenó de querubines y mariposas.

¡Agáchate!
¡Qué te ve!
¡El nubarrón viene hacia aquí!
¡Sombreros rojos para cabezas grises!



Hortensia Márquez  


Imagen: cuadro de Kees Van Dongen (1919) "Le Coquelicot"
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Destinos

Creo en el destino
y, por algún motivo
( que nuestras
pequeñas
mentes
no comprenden)
estás en mi camino.
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Destinos preunidos

Despido el tiempo con creces,
amanece un nuevo día,
impertérrito, duradero,
se jacta de la noche mil veces.
Estalla el esplendor de las nubes,
rayos de fuego, once lunas,
la que falta llueve en mi corazón
las gotas del ser al que te pareces.
Cantos de agua, joven secreto,
traspasa los gramos del ingenio,
pesa los millones de besos
que gesta a lo que me perteneces.
Vidas de ritmo, atestadas de ancianos,
abierto el techo del mundo,
planeta andado por lo titilante,
sangre y amor, ten de mí lo que desees.
Mata el sol, el mítico dios de dioses,
acuna la sal que la arena destella
en los rostros del mundo;
la felicidad, lo que te doy: lo que te mereces.

© 2018 Elías Enrique Viqueira Lasprilla (Eterno).
España.
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Destino dado

Dado que brindas dudas,
dame dignas respuestas,
dime a quien blindas dentro,
di que me dejas fuera.

Día de dones dados,
tarde de dichas puestas,
digo que dije Diego,
niego que el dado rueda.
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Triste y solo, abandonado

Triste y solo,
abandonado,
uno a uno han desertado,
¿otros?
ni siquiera se han sumado.

¿Que cómo estoy?
¡Decepcionado!
Eran ellos y era hoy,
hoy les he necesitado.

Lo intuía,
un fatal presentimiento
de que esto pasaría,
al sentir tanto silencio.

Silencio y mil excusas
que me dejan tan vacío,
tan repleto de amargura.
¡Y es que no lo merecía!

Poco a poco vas notando,
con el paso de la vida,
con los gestos y detalles,
con las muestras del olvido
de los que eran tus amigos...
que eran unos conocidos,
¿otros?
solo piedras del camino.

Y hoy,
al mirarme en el espejo
contemplando mi reflejo,
recordando lo pasado
y esas cosas que no fueron
y que hubiera deseado,
me doy cuenta de mi sino,
de lo cruel de mi destino…

Y de que estoy solo,
triste y solo,
abandonado.
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Destino

Amanece y el sol apenas es juez de lo que no entiende, deseos a tientas y un poema a medias es ese mi legado si por las calles ando y se asoma un viento abrazador y apenas mi pelo reacciona al movimiento inesperado.

La misma persona pero distintas caras el mismo lugar pero diferentes recuerdos y por suerte somos otros aunque enfrentemos tormentas que no desatamos y gritemos una fé oscura en esta primera mañana de todas.

En fin...

Pero habrá otro tiempo y como nómadas del destino adelantaremos a la historia de su tristeza hasta que se derrumbe el misterio ese fichero de dolor.
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¿Por qué llorar es mi destino?

Y tú que me dirás chamigo,
no ves que todo está perdido.
Aquí no hay soja, aquí no hay trigo,
pero igual, no nos hemos ido.

No ves mis ojos quebrantados
y en vela, sembrados de hastío,
de sueños tristes y oxidados
como hojas secas en el río.

Ven aquí, quédate conmigo.
Verás que en el monte hay un río.
No es como tú piensas amigo,
hay fogón muerto y colchón frío.

Te diré que en el horizonte,
-¡allá! - quise aliviar mis venas,
para ir por el río del monte
con las promesas, sin las penas.

Te diré que por la picada
-¡allá! - perdí ayer mi cuchillo,
y ahora canta en la alambrada,
canta como si fuera un grillo.

Si yo lo encuentro lo maldigo
por dejarme en ese camino.
¿Por qué vivir como un mendigo?
¿Por qué llorar es mi destino?

Y tú, que me dirás chamigo,
no ves que todo está perdido,
que no hay vida, solo castigo,
pero igual no nos hemos ido.

Ven aquí, quédate conmigo
y verás en la noche inerme,
al dolor que busca un abrigo,
que entra en los ranchos, y que duerme.

mello
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Besos de frutos rojos

De frutos rojos, que emergen de la crisálida boreal en la primavera del tiempo; eran sus labios.

Carnosos puertos para un navegante aventurero; que cruza la inmensidad de los siete orogénicos mares, por vez primera.

Puertas color sangre, de una tierra virgen, de frutos de luna miel; escondida de la especie humana, desde el big bang de los tiempos.

Oasis del árido desierto florido de la juventud; que dura la eternidad efímera, del parpadeo de un dios griego.
Deidad que recibe en copa de oro bruñido (en las entrañas de los universos primogénitos), el elixir que mana de frutos rojos; cosechados en el Edén original. No el Edén del hombre; el de los dioses niños, que jugaron a moldear un universo de paradojas de espacio tiempo, en donde sembrar la criatura máxima; el hombre alado, que perdió sus alas al roce abrasador, de la entrada a la atmósfera, del Edén segundo.

De frutos rojos era sus besos; los de la mujer primera, de la joven primavera, de la joven oasis del desierto, de la joven Edén.

De la joven, que es la niña de los ojos, del dios griego. Que la piensa y la crea; al imaginarla en las entrañas, de una madre preñada, del fruto de un primer amor; el de sus primaveras otoñales. Deidad imaginaria que la concibe, mientras bebe un sorbo más, del elixir de frutos rojos del Edén original.

Y la niña de los ojos del dios griego, en un Apolo de carne y hueso posa sus ojos, posa sus sueños y posa sus besos; sus besos de frutos rojos.
En el Apolo que es más hueso que carne; el que perdió sus alas en el infierno abrasador, en su caída de un cielo imaginario, hacia la atmósfera del Edén segundo.

Y la joven es feliz con su Apolo; y él es feliz con la joven y con sus besos de frutos rojos.

@SolitarioAmnte
iii-17
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Lo llamé destino

Era el lugar perfecto,
y es que yo no quiero París.
Usted tiene el destino perfecto
donde me gusta vivir,
donde siempre vuelvo,
donde las coordenadas pierden sentido.
Me gusta llegar ahí, a ese sol en una mañana,
que jamás creí que llegaría.
Ese destino indudable de creer y tal vez perder viviendo, pero decidido a morir creyendo en el todo, con la valentía de decidir cuándo, cómo y por qué sin escuchar al para qué.
Ese lugar palpable que no se comparte con nadie, donde se pierde la frontera y que requiere valor, porque sabes que te vas a quedar en el para siempre.
Y puede parecer un sueño todo lo que digo, o mas bien letras sueltas
Y....
Sí, yo también soñé con vaciar el alma y llevarme toda la arena de su playa y habitarle el corazón arrasado.
Y cierto; sigo queriendo y ansiando quedarme a vivir en ese lunar de su espalda, al que llame destino.
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Destino o Casualidad

Éramos del mar, del viento,
de cielos y océanos inmensos
de un azul profundo intenso,

A veces éramos dos, otras, solo uno,
a veces eramos temporal
otras apacible mar.

A veces éramos destino
otras sólo casualidad.

MMM
Malu Mora
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Paisaje con Gonzalo Rojas

Ahora, el señor Gonzalo se para en las palabras como siempre lo hizo y les pone relámpagos. A veces, relámpagos de neón con verdín de biblioteca.

Se sienta como un dragón, creando sus propias visiones, entre volúmenes de autores de versos, hermeneutas y pensadores. Aunque siempre sueñen con las ingles, con “medias y muslos de seda blanca”, o sueñen que aletean, hechas de aire, mil mariposas embellecidas de ausencias; o que alguno niegue que vive en este vecindario y diga que solo está de paso por el mundo. O que le digan que “la zambullida tiene que ser en seco”.

Tratemos, con él, de leer y escribir en el humo. Y riamos, riamos porque “no tenemos talento”, no tenemos talento, no tenemos talento; “a lo sumo oímos voces, eso es lo que oímos”, como ese señor, que habla solo y oye voces. También los locos oyen voces. Son los ángeles los que nos dictan los versos.

Ya no sólo es 666 el número. También, “77 es el número de la germinación”, de la palabra efímero y son zarpas enormes por toda Sudamérica, las 77 “especies de leopardos voladores” de Gonzalo Rojas.

Y a esa tierra suya, quizá no le lleguen las bendiciones, ni nada bueno del vaticinio del siglo XXI; quizás porque fue el perro el que pronunció la profecía, o hubo demasiados “títulos falsarios premiables” que confundían “las moscas con las estrellas”. Quizá porque tantos doctores universitarios nunca fueron a mirar la vida, nunca fueron. Sólo están de vuelta de bibliografías y dictan sus sentencias, con eructos después de digerirlas; o, a veces, después de que “maten poetas para estudiarlos”, con énfasis de “eruditos, ponen un huevo”, entre tantas “páginas de cemento” que producen.

Es hora de sacar a este casi muerto con un poco de vida. Que grite en el aire y que suene como que alguien lo escucha, aunque André Bretón, en su papel de difunto, mirando su reloj les murmure: “es que no hay eternidad, muchachos, es que no hay eternidad”.

Sigámosle, saltemos de las vocales a las estrellas y hagamos caso omiso de la poluciones de tantos letrados. Oigámosle que nos grita, “hombres de poca fe, piensen en el cántico”, piensen en el cántico, piensen en el cántico…
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Cuando las rosas no son suficientemente rojas

NO es bueno acostarse con algo oscuro,
decía mi abuela. Es tan malo
como irse a soñar con hambre.

Atrae espíritus burlones
que olvidan que están entre los vivos,
de que tomaba cuerpo la primavera
en mis labios en flor
cuando decías amarme tal como soy.

Cómo decirte que ahora duermo
con ropa negra,
por si, en un descuido, me cuelo en tus sueños
y no avergonzarte ante tus amigos,
mientras habláis
de aquellos "blue jeans", ahora inútiles,
que me hacían tan buen culo.

Cómo aclararte, corazón negro,
que a toda chica hay que tratarla
como te gustaría que trataran a tu hermana.

No me harás sentir más
como una mancha de grasa en la acera
que nadie ve y todos pisan.

No es bueno acostarse con algo oscuro.
Tu recuerdo ha terminado la maleta
cuando le hice salir de mis sábanas.

No sé qué se ha creído.
¿Qué le hace pensar que en mi poema
va a ser siempre de noche?


(Abel Santos.
de TODO DESCANSA EN LA SUPERFICIE,
Ediciones Vitruvio, 2013)
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Tus lunas rojas

Tu portento noble, tu sustento vivo,
suculento soplo, tu torrente bebo,
tu tormento vano, tu estridente cebo,
de la vida polvo, con tu sol festivo.

Tu tambor de vida, tu temblor cautivo,
ruiseñor de día, resplandor que pruebo,
el cantor con hadas, y servir te debo,
tu sabor del alba, de tu gloria vivo.

Y tus lunas blancas, mis estrellas rotas,
y tus lunas rojas, con su sangre brotan
manantial tan claro, diluvial reflejo.

Y la mala suerte, de mis cartas sotas,
y las malas muertes, con las cruces flotan,
y las malas vibras, al romper espejo.



@AljndroPoetry
2018-feb-9
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Tiempo

Tiempo,
a veces tan rápido, a veces tan lento.
Tiempo,
te hiciste amigo del destino
para ir alejando el amor de mi abrigo
...
Ambos me lleváis a puertos diferentes,
hacéis que caiga una y otra vez en el error
de creer que lo que tengo delante es amor
para luego cambiar de rumbo
y atracar en otro puerto sin dejarme saber
si era bueno o no, mejor o peor.
...
Tiempo,
quizás me estés dando una lección
y sin dudarlo te pido perdón.
Perdón por ver un cielo de colores
cuando ni siquiera habían crecido flores.
Perdón por verme junto a ella feliz,
por creer que te apiadarías de mí.
¡Pero que tonto fui!
...
Tiempo,
aún hoy sigo idealizando mi vida,
pues veo en mis noches y mis días
un amor con principio y sin final.
...
Tiempo,
espero ansioso el día
que por fin pueda descansar
en los brazos de un amor de verdad.
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