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El tren del abismo

Viajan sin conocer su ventura
en trenes fantasmas para el mundo
cubren bocas tenebrosas
a lo largo de todo el recorrido

Su trayecto, noche perpetua
ni estrellas que brillen, ni lunas
se niegan a ser testigos
del dolor ahogando lamentos

Vagones repletos, agonizantes
de ojos de vida hambrientos
de alaridos que son voraces
de rostros espejos del temor

Tren que el abismo avanza
sin estaciones, ni alientos
raudo al campo de exterminio
para volver y comenzar de nuevo

Tren, testimonio de la historia
que muere al ser descubierto
por tantas vilezas perpetradas
que en el recuerdo lloran y lloran
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El tren de los sueños rotos

Subí al tren de los sueños rotos
sin rumbo y sin dirección.
Pero encontré mi camino
justo aquí, en esta estación.
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Senryu (el tren)

Ya se ha ido el tren.
Duermen mis sueños blancos
sobre los rieles.


@AljndroPoetry
2018-ene-5
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5comentarios 110 lecturas versoclasico karma: 126

Andanzas de Andén

Mundos mirados
aire agotado.
Auroras cansadas
y el frío en las nubes.

Postes de luz
que nada esperan;
pasos lejanos
en banquetas con grietas.

Grabaciones de campanillas
y crecen las vibraciones.
Aparece el largo rojo
con maniquíes al interior.

Algunas chispas
que no son de vida
más un silbido, en las vías,
de un freno inoportuno.

Se abre el umbral
que arroja gente al azar;
miradas perdidas en todos lados
y un anden que recuerda existir.

Desfile y calzado
de pocos colores.
Filas que nadie ordena
esperando el siguiente paso.

El tren se ha alejado;
los cuerpos se han separado.
Y el pequeño desorden de ruido
otra vez trae la soledad.
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5comentarios 28 lecturas versolibre karma: 43

Trenes

He visto el amor
en cada uno de los abrazos que nos dábamos en Atocha,
y en esos ojos dilatados con cada cosa nueva que aprendían.

Lo he sentido con cada rayo que paraba mi corazón
cuando los trenes salían de las vías
y las agujas del reloj se volvían a mover.

Y ahora
que los viajes dejaron de tenerte como destino,
y ahora
que mi corazón ha sido arrollado mil veces en Sorolla
es cuando creo en él.
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8comentarios 63 lecturas versolibre karma: 112

Se perdió el tren

Allí estabas,
envuelto en tu aura encapsulada,
con una mirada,
sin nombre extraviada,
con tu piel
cubierta de estrofas,
rendidas a tus pies,
buscando tu horizonte perdido,
atado a tu cuerpo,
a tu huella sin sentido,
recordando reminiscencias
hechas minutas
en un camino
que perdió su tren,
que pudo ser
y no ha sido.

Ahora te vistes de añoranza,
y te empuja a mirar
al abismo de la nada.
Es tiempo de sufrir
una profunda metamorfosis,
de versos que buscan
encontrar savia nueva
en otros versos.

Angeles Torres
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8comentarios 57 lecturas versolibre karma: 105

El tren del pasado ya se fue de nuevo

Llevas un lustro encadenado a los recuerdos del tiempo
no puedes redimir solo tu pasado
ese tren que partió
se fue llevando todas las cosas que alguna vez fueron.

Ya no estás ahí con la nostalgia pasajera de un suspiro que se agota
ahora es otro momento inaudito
único e irrepetible
no debes permanecer inmóvil.

Ya has callado muchas letras que se esconden testarudas
en el silencio de un no lo quiero
debes agitar los brazos y moverte
como si quisieras liberarte de algo que aún te sujeta.

Debes fijar la mirada en un horizonte que promete
es muy cierto que es un mundo que desconoces
y que la sorpresa a veces trae enmascarada
en su senda la desdicha.

Vale la pena correr el riesgo de un río rápido e indolente
ya no vuelvas la mirada atrás
nunca alcanzará tu mano a aquellas cosas que quedaron en el camino.

Camina de frente aunque tus pies tambalean en el intento,
no mires los senderos luminosos que no te llevarán a ningún lado
son caminos encantados que brillan a ciegas.

Respira hondo hasta que tus pulmones revienten alegrías
sonríe seguro aunque el entorno grisáceo de la vida
no conciba tu eterna melancolía.

Llevas un lustro soñando y construyendo puentes
que no usarás en tu camino
es mejor emprender el vuelo que permanecer siempre intranquilo.

Libérate
después de todo que puedes perder
el tren del pasado ya se fue de nuevo.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
14/03/2016.
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El chachachá del tren

Hora punta AM.

Apenas ha amanecido y el rebaño se agolpa en los andenes de la gran ciudad. Una locomotora tras otra. Cada pocos minutos se abren las puertas de un tren hacia la rutina.

Vagones atestados de hormigas rumbo a su quehacer. Se palpan, se respiran, algunos se mezclan y otros se esquivan. Sobresalen hombres trajeados y mujeres con carmín, ataviados con carteras y agendas digitales, los que empiezan la jornada más frenéticos. Otros, rostros cabizbajos, se bostezan, abatidos, es la cara de la resignación de la obligación.

Las mañanas son calladas. Viajeros solitarios entre los dietarios, los libros madrugadores, los apuntes de escuela y evasivos auriculares. A veces escapan del letargo ante un móvil ajeno que agobia la rutina, alguna alarma aún sin desconectar, el papel indiferente que posan los mendigos en sus rodillas, el instrumento de un músico que en ocasiones aligera y dibuja sonrisas, y otras tuerce el gesto de los rostros abstraídos en sus tareas.

Parada tras parada, unos salen aliviados, otros cogen aire para hacerse un hueco entre cabezas y carteras, otros desploman su sueño sobre el hombro del asiento de al lado, que se retuerce y sobresalta.

Por fin llegas al destino. Te apeas y te desplazas entre obstáculos presurosos, hormigas que tropiezan por posar el primer pie sobre las escaleras mecánicas, como si de atrapar la miga de pan se tratase.

Unos, tranquilos, a la derecha forman civilizados una fila calmada; otros, los frenéticos, a la izquierda, se sortean y avanzan peldaños a la carrera apresurando los talones contiguos.

Es el rebaño, caballos zarandeados que corren apresurados antes de que el patrón cierre la puerta de la cerca.

Ya está, han llegado a su particular fábrica. ¿De qué? De objetos, de ideas… no importa que sea si no se pueden fabricar sueños.
Altas dosis de cafeína y afrontar otra jornada frente a la ventana del quehacer; esa pantalla sucia que anuncia caravana entre teléfonos que suenan bajo los rayos de fluorescentes que a veces creen parpadean.

Pupilas resecas. Frotar de ojos. Es la hora.

Ya es de noche en el corazón financiero de la ciudad. Pero los pasos siguen acelerados. Corren, no tienen prisa, pero no son capaces de descender el ritmo cardiaco.

Otra vez la misma boca de metro, el mismo andén, en hora punta PM.
Mismos rostros con distinto disfraz. Camisas arrugadas y americanas al hombro, caras desempolvadas y descoloridos pintalabios.

Otra vez. Se respiran, se mezclan, se miran pero no se ven. Ojos rojos, cuerpos cansados, botones desabrochados, tacones que cambian de postura… Mentes abatidas. Es el rostro cansado de la gran ciudad.

Pero las tardes son bulliciosas. Algunos solitarios regresan con compañía. A saber, a veces, a contrariedad, el pesado del departamento financiero, el colega de clase que no te habla en el recreo y ahora se muestra amigo… y otras, cómplices, que despotrican la jornada, cotillean, conversan…

Más susurros, más melodías móviles, más ecos de conversaciones ajenas. ‘Acabo de salir’; ‘ya llego’, ‘estoy a solo dos paradas’…
‘¿Has hecho la cena?’

Un día menos a contar. Las hormigas se retiran a su madriguera. A saber, unos a continuar quehaceres domésticos, otros sofá, reality show y a caer rendido en el sofá. Los más desorientados, copas bien frías y apuradas que el trabajo lo merece.

Mañana se pondrán de nuevo las calles para la cotidianidad de los robots urbanos.
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Trenes ludópatas

Voy hacia ninguna parte,
el tiempo se ofrece a llevarme.
Con puntos suspensivos de equipaje
solo se llega al nunca.

Lo bueno de dejar pasar los trenes
es que en la estación conoces
a personas con cosas en común.

Camino por los sonidos de los besos
y en mi memoria resuenan
los que no nos dimos.
En el vagón de la lluvia
leo los suspiros
y el paisaje sabe que estoy a una mirada
de volver del exilio.

Hay lugares que parecen que tienen
un lagrimal a punto de desbordarse
y yo no paro de empaparme
de desiertos sentimentales.
Se me resbalan las despedidas
en este presente áspero
y siempre acabo donde diciembre me derrota.

El insomnio descarrila por el abrazo
y me doy cuenta de que
yo soy más de esperar a que pasen estrellas fugaces,
que de esperar a que pasen trenes.
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Trenes

He cogido muchos trenes que no iban a ningún lado, sin destino para mí, equivocados.
Trenes para soldados, estudiantes, alcohólicos, muertos y esclavos.
Y si no recuerdo mal, trenes para enamorados.
De todos me han bajado o me han echado. Pero en este llego hasta el final, si no hallo mi parada habré fracasado una vez más,
a lo mejor en el último vagón
del último tren que voy a coger, encuentro lo que nunca encontre
y me enamoró locamente una vez.
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1comentarios 47 lecturas versolibre karma: 72

Wladyslaw Szpilman

Oculto
en la parte aria de la ciudad
el pianista ejecuta
una canción
sin tocar las teclas. Sabe
que todo está a oscuras,
y la música de Chopin,
su pureza,
puede delatarle:

Negras.
Blancas. Blancas.
Blancas.

El pianista sólo ve
- letales - las linternas.

(Abel Santos,
de "LAS LÁGRIMAS DE CHET BAKER
CAEN A PISCINAS DORADAS,
Chamán Ediciones, 2016 - 2da edición 2017)
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16comentarios 176 lecturas versolibre karma: 109

Boleto de tren

Quiero perderme en la distancia
que separa mi existencia
de un instante perfecto.
Relativamente extensa,
tan sólo la abreviaría
con un boleto de tren.
¿Qué importa un manojo de metros
si, al final del camino, encuentro
el intenso sabor de momentos
que me hacen sentir bien?
¡Qué importa la distancia!
Quiero perderme otra vez...

LórenCe
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Tren

La vida es un hierro en amasijo,
la música lo curva y lo vuelve romo,
lo doma y le otorga el sentido,
le golpea con un látigo
en la nariz haciéndola sangrante,
y le hace doblar las piernas,
más no morir.

Es la música la que imprime ritmo,
y nuestro corazón con sus latidos el primero.

Todos los músicos partieron de él,
y tu mismo.

¿Pasillo o ventanilla? Preguntan.
Preguntan y te lo preguntas.
Dices pasillo, pensando en ventanilla,
por lo que que no ves el paisaje,
pero tampoco vas al baño.

Observas el vagón,
y justo antes de entrar, fijas en alguien tu atención.
Y no puedes dejar de mirarlo, y no te mira.

¿Pasillo o ventanilla?
Dices ventanilla, pero piensas pasillo,
te sientas,
queriendo ir a pasillo,
con el asiento de al lado vacío.

¿Pasillo o ventanilla?
Ves su reflejo en el cristal,
las gotas de agua mojándolo,
sus ojos color miel y su fular.
Ves la mano que le cubre la boca,
y te da la sensación de que por un instante,
tu mirada y su reflejo se tocan.
Apartas la vista y finjes,
vuelves, y...
mira hacia arriba con una leve sonrisa.

Avancé páginas en mi cuaderno,
y encontré la palabra olvida,
supongo que así será...
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En el mismo tren de siempre

Los mismos horarios,
el mismo trayecto,
las mismas ilusiones
incumplidas.
Camino del mismo trabajo
en el tren de siempre.
Las mismas caras
con todas sus sombras
como espejos turbios
donde mirarse
al final de la noche
y reconocerse.
Un libro entre las manos
que no podrá salvarte
pero, quizá con sus poemas,
no te sientes tan solo
en un mundo que siempre
se repite de la misma manera,
como nunca quisiste.
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2comentarios 37 lecturas versolibre karma: 62

Campo

Un polvo fino de nieve
cubría el lodo del suelo,

y las columnas de blanco
el pálido azul del cielo.

Miles de copos nacieron
bajo el rugido del fuego.

Lejos quedaron los gritos,
no se oye ya ningún ruego.

Solo dos cosas persisten
eternas, tras los libertos:

Ceniza para la tierra
y pena para los muertos.
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El tren de las estaciones

Se te va a pasar el tren,
a tu Luna se le secaran los ciclos,
y en el jardín secreto de tu vientre,
todavía con su primavera intacta,
no habrá un verano de trigo,
el estío que lo cuece todo en nueve meses,
no darás luz a la gravidez de tu otoño,
bajo el plenilunio,
como aquel fruto maduro,
la semilla que siempre quisiste tener,
cual pequeño plantón parásito,
amamantándolo en tus brazos.

¡Anda!...
¡Aún hay tiempo!



@ChaneGarcia
...
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El tren de los pecados

Fría noche de Enero, tirado
en la estación de los recuerdos,
acurrucado, helado esperando,
esperando al tren de mis pecados.

Estoy desolado, ni un sólo viajero
mis monstruos se han soltado,
como perros, en mi interior
estabán atados, pero se soltarón.

La soberbia, la envidia,
el egoísmo desenfrenado,
la mentira, la infidelidad, el odio
hacer, de otros naúfragos.
Al hambre, la soledad, la pena,
y el sufrimiento me han llevado.

Hoy voy a arrepentirme, si,
en un vagón desangelado, si,
sólo, sin tu amor, sin tus manos.
Esperando tu perdón, mi amor,
mi penitencia al viento,
si te llegan mis lamentos,
no te olvido, aún te quiero,
de todo me arrepiento,
no quiero formar parte,
de las huestes del infierno.
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Los pliegues del Holocausto

Lo único que aspiraban era vivir…

****************

Al filo de las nubes, el destino cuelga
como ánforas grises,
el templo de los sueños
en un coloquio de colores sombríos
trenza sus raíces,
en hojas de freudianos silogismos.
El silencio, castra la garganta del autócrata,
mil voces emergen
de los pliegues del Holocausto,
Hitler los satura de alambres
y el Vaticano cose su indiferencia
con hilos de diplomacia,
el águila mordaz cava hoyos para sepultar
sus insignias de inútil brillar.
Llora el hambre y se desploma la fe
en campos sembrados de huesos.
Maldice la madre que entrega su hijo
en brazos de los crematorios,
el humo invade el invierno
el reposo, es imposible.
La noche, entre los cuerpos pobres
sin historia, retorciendo
la esperanza en sus harapos
celebra la llegada del viento
que les trae en su alforja
un recuerdo de Varsovia.
No cesan las rosas muertas,
los pétalos dispersos
los bombardeos,
los tanques abriendo zanjas
para sepultar las manos que gritan piedad
en una soledad redonda
que apaga los latidos huérfanos
de montículos de carne y astilla.
La patria de los inocentes,
se tiñe de un aire sereno
que golpea al ritmo de botas, la frágil humanidad.
La luna derrama su espejo
sobre la espalda que abraza,
la dolorosa pasión de los judíos
y el mundo cómplice cierra sus ojos,
espera el amanecer con alabanzas y estupideces.
Los monumentos pretenden resarcir
una nación masacrada y violada,
víctima de un cónclave de mentes distorsionadas.
Cada espacio que habita Europa está escrito:
Descansad en paz que con vuestras agonías, el mundo también murió.

Yaneth Hernández
Venezuela
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
v-2017
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