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Big Bang...

Fuera del mundo amanecen
mil soles alborotados;
extraños mundos florecen
en un jardín atrapados.

Amores apasionados,
añoranzas renegridas,
vida-amor, amor-vida
corazones desolados.

Sexo, carne, desnudez,
tiempo, esperanza, vejez,
todo es lícito en el amor,
mas que difícil querer.
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Insectario

El apartamento es pequeño,
lo sé,
aún así el pasillo parece no tener fin,
lo ando, ando, ando,
siempre girando en ángulo recto,
siempre subiendo y bajando,
aunque no haya escaleras,
andando sobre un suelo de mosaico
sin fregar,
de baldosas arabescas, quebradas,
rotos por los que adentrarse
como por una puerta abierta,
empujado por la curiosidad y el miedo
de visitar la consulta del dentista.
Hace años que vagabundeo
por mi pequeño apartamento
y todavía hoy me confundo,
tres veces he pasado ya por la cocina,
he acabado en el salón,
veinte fotos cuelgan en sus paredes,
alienadas, enmarcadas,
veinte retratos de los propietarios,
antiguos, viejunos,
son rostros verdosos, fluidos,
tienen todos ellos rostros de larvas,
todos iguales, y todos distintos,
los retratos familiares así colgados
parecen pequeños insectarios
de un museo de ciencias naturales.
Sigo caminando,
otra grieta, otra puerta,
escaleras que suben, suben una planta,
una segunda, y hasta una tercera.
El apartamento sólo tiene un piso,
lo sé,
pero yo ya he subido tres,
hasta donde la bruma y vació
gatea sobre las baldosas de arabescos,
donde ronronea el aire espeso,
se acurruca contra mis piernas,
y maulla,
maulla el aire húmedo
repleto de sardinas, que arde,
es una fogata, una barbacoa
de mil escamas centelleantes,
están pegadas como si fuesen cuerpos siameses,
una pared de pescado chamuscado
en un patio de pupitres vacíos
vigilados por la mirada triste de una vaca,
el tubo digestivo desnudado de una paloma disecada
le hace de corbata.
Al fondo un tatuador en traje gris rodeado de papeles
el brazo, me exige,
el brazo le ofrezco,
x1244913S
así me matricula, esta es mi matrícula,
grabada en el reverso de la mano.
Se retira,
me retiro,
me divido
sin multiplicarme
en un intento de existir como juventud sin vejez,
de vida sin muerte,
de cucharas de aceite bajo la lengua,
de días de retención
sin orinar
por probar remedios
contra la nostalgia.
El apartamento es pequeño,
lo sé,
aún así el pasillo parece no tener fin,
lo ando, ando, ando.


*
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Esplendente

El bálsamo para todo es agua salada:
sudor, lágrimas o mar…
Isak Dinesen

…igual a las mareas que por ella suben
como a un acantilado.
Charles Baudelaire


Aquí va tu agradecimiento al mar.
Por acá, dejas tus solubles joyas:
lágrimas del crepúsculo nublado.
Allá, la marea menor de zapatos
trazo de estelas inimaginables.
La ropa: parda bruma, grises olas;
tu sostén, desleído en esta orilla.

Todos los mundos de nuestras edades
juventud y vejez se arremolinan.
De ajenas latitudes llega el bálsamo:
con su bajamar de lunas congrega
esta claridad de tu ser perfecto… 
torrente cual cresta de marejada
y estuario tibio de los días solares:
resuello contenido entre tus senos.

Desnudas al cenit horizontal.
Desnudos, somos nocturno bestiario.

De entre las mareas a la luz de luna
la plenitud deviene con tu olor:
retumbo de corrientes abisales
y ese resabio es la otra saliva.
En comunión de las aguas saladas,
oceánico es el origen del mundo;
entre los muslos ceñida humedad
y el jadeo, nuestra agridulce arena.

No es nicho ni espuma en busca de ahogo:
es un suave soplo al plexo solar.
¿Ave Fénix, tal vez, que se repite
en ajenas riberas de los otros
y en nosotros es única y puntual?
¿Dónde están los límites de los cuerpos
que se diferenciaban por caricias
en temeridad y timidez pródigas?

Al amparo de tu ardiente templanza
no olvides los esplendentes momentos.

Aquietado el pecho con la penumbra
en algún arrecife de estas sábanas
mi humanidad, zozobra demudada.

Alejandro Sandoval Ávila
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(sin titulo)

Una niña poderosa eres
y te ajitas
¿No la sientes?
Cierra tus ojos con calma
vuela hacía tu adentro infinita.
Abre la puerta y deja que fluya
oye el murmullo del viento que grita.

Eso eres tú
como la llenura de una Nada:
no tiene manos, carece de ojos
suave te choca contra la cara.
Eres como un beso amado
ese, que no se espera
tuyas son las caricias que nacen solas
como sola nace la primavera.

Una niña poderosa tienes
y te habita.
Me preguntas:
¿Cómo sabes a qué saben mis entrañas...
si contigo yo no soy?
me revelas todo mi pasado oscuro
hasta el claro día de hoy.
De dónde vengo, sabes, a dónde voy.

Eso soy yo:
como el vacío de un Todo
no tengo fin, carezco de principio
y en el centro me yace la pausa del ahogo.
Soy como el breve orgasmo
ese que arriba tras la larga espera.
Tengo verano cuando hace invierno;
soy el otoño en primavera.-


@ChaneGarcia
...
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Eterna Niñez

Imágenes grabadas, con una sutil sonrisa de amor.
Un bello disfraz que nos enamora de niños.
Hasta el alma se conmueve con su sonrisa,
será que la belleza solo se siente con el corazón,
la del niño que nos guía a ser felices,
que toda la infancia nos habita,
de adultos se nos apaga el brillo de nuestras miradas,
del asombro que nos causan los imprevistos,
adultos que nos asombran con sus corazones de niños,
una inalcanzable imaginación de años de sufrir,
con esa nariz roja que se graba en nuestras retinas.
A la distancia del tiempo, con una lágrima en cada ojo,
observo la niñez,
que en la vejez debe continuar,
porque es una imagen que se hace eterna
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Máscaras

Pensaba que era mejor no pensar, ser un robot, un androide en el mundo de los maniquíes, cuando para distraerse, para escapar de aquella cárcel de sonidos sin armonía, fue al lavabo.
Allí se quedaría dormido y le despertarían los golpes que le daba a la puerta un compañero.
Al salir, vio que un hombre de parecida estatura a la suya se cruzaba con él en el umbral.
Algo le chocó de aquel rostro, algo le llamó tremendamente la atención, aunque todavía sus reflejos estaban hibernados.
Luego de retorno a la oficina, metales brillantes, muebles blancos, ordenadores, aséptica y limpia, empezó a penetrar completamente el significado de su absurda desgracia.
Todo parecía igual que antes, pero todo había cambiado; los teléfonos sonaban, las fotocopiadoras repitiendo páginas idénticas, los ordenadores los bucles reiterativos de sus fríos programas. Pero, los compañeros, ¿qué había ocurrido con los compañeros?
¿Cómo podía ser?,¿cómo se puede producir un cambio tan absoluto y repentino?,¿alejarse diez metros, volver, y que todo sea distinto?, ¿darse la vuelta y que todo cambie a nuestra espalda?
Cerró los ojos y pensó cuando los abra de nuevo, todo será tan monótono, tan horrible, tan explicable como siempre. Los abrió y era peor, mucho peor.
Vio una sala, vio unas mesas y gente que trabajaba como siempre, pero todos eran idénticos, idénticos a él, con el mismo rostro triste y la misma mirada, con los mismos labios finos y la barbilla saliente. No había ninguna mujer; todos hombres, todos vestidos con la misma chaqueta gris abotonada, hablando con la misma voz, gesticulando del mismo modo, rasgos, andar y ademanes repetidos; era un libro de páginas replicadas, era la abominable reiteración de los espejos.
El tiempo se ralentizó para él como en una moviola como en un tocadiscos falto de revoluciones.
Todo perdió unos instantes movimiento y cobró una quietud de fotograma inmóvil.
El silencio planeaba lentamente sobre el mundo como un pájaro gigante y transparente.
Sonó un frenazo en la calle. Gritó un perro atropellado y volvieron las impresoras y los timbres y volvió el sonido y su dominio.
Fue pasados unos segundos cuando advirtió que sus semejantes no eran completamente iguales; no todo el mundo tenía la misma edad; el paso del tiempo conservaba su huella inexorable.
Miró a cada uno de sus compañeros.
El botones que traía el almuerzo y llevaba sus dieciocho años a la espalda.
El auxiliar que fumaba en la mesa bordeando la treintena.
El oficial cuarentón que contesta al teléfono.
Eran como versiones de él mismo, versiones perfectas, copias realizadas en edades distintas.
Y el jefe que leía el periódico reclinado en sus cincuenta, debería ser la imagen exacta que surgiría de su cuerpo, cuando pasasen diez años, la imagen del inicio de su futura vejez.
Se sentó en su mesa, abrió el diario, empezó a hojearlo.
En primera plana, una crónica fotográfica. La policía cargaba contra los manifestantes en una lejana dictadura. Tanto las fuerzas de orden público como los rebeldes tenían el mismo rostro; sólo los diferenciaba el uniforme y el tiempo.
En las páginas de cultura, una reportaje sobre “La Batalla de Tetuán”, la conocida obra maestra de Fortuny. Eran dos ejércitos de soldados de plástico, hechos en serie pero vestidos con uniformes distintos; se acuchillaban, se fusilaban, se torturaban hasta el suplicio más atroz, hasta la muerte.
En las páginas deportivas, la alineación del equipo nacional con un mismo nombre repetido, una fotografía de la formación con un mismo jugador multicopiado.
Y ese policía, ese manifestante, ese soldado español o norteafricano, ese jugador, ese portero, ese entrenador eran él mismo; sólo una diferencia apreciable; el atuendo y el tiempo.
Arrullados por los ritmos mecánicos de la oficina, soñó despierto.
Vio una playa gigantesca, infinita como el tiempo.
Vio estrellas en el cielo inacabable.
Vio burbujas elevarse en una inmensa copa de champán.
Vio un tablero ilimitado de ajedrez con incontables peones.
-Señor, señor- Le gritó un cliente.
Su mente volvió a concentrarse en lo exterior; de nuevo la sorpresa le horadó con sus dardos imprevistos; el muchacho que estaba delante de su mesa reclamándole un documento, era distinto a él, en nada se le parecía. Pensó que lo habitual retornaba como el flujo marino. Pero no. Todo seguía siendo anómalo, sólo aquel joven resultaba extraño, a causa precisamente de su normalidad.
Quiso hablarle pero no le brotaron palabras. Pasaron algunos segundos afilados que se le clavaron en la carne. Después el muchacho sin explicación alguna, se dio la vuelta, se alejó hacia la puerta y echó a correr escalera abajo.
Superada su primera indecisión, no tardaría en seguirlo.
Se abría paso entre la multitud indiferenciada. Era una persecución por calles tortuosas y laberínticas. A veces, lo perdía pero acababa encontrándolo siempre.
En una plaza solitaria, lo alcanzó. El joven lanzó una oleada de risa. Se acercó a su perseguidor. Lo miró de soslayo y se arrancó la careta.
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La casa que deseo

Si decidimos amarnos, no te pediré una casa de madera o concreto,
sólo te pediré dejarme habitar en ese lugar donde frágil o fuerte tú puedes hacerlo.

Que los cimientos sean de un verdadero amor, para la amenaza de la tormenta.
Las paredes de confianza y cariño, para cuando haya un malentendido que explicar.
El piso de seguridad, para cuando uno de los dos sienta debilidad.
Ventanas de esperanza, para cuando una mala noticia nos cause calamidad.
Nuestra recámara revestida de bondad, armonía y lealtad, para cuando lleguen los días de vejez y enfermedad.
La cocina con las recetas del amor, de riquísimo sazón y aroma invitador.
El comedor sencillo pero mágico para que hable el soñador.
El cuarto de estar tan confortable que nos impacientemos por llegar.
Y que la puerta principal tenga una llave que represente sublime prisión o indeseada libertad.
Entonces esa casa con el tiempo no lo será más, cuando se convierta en un bello hogar.

Letizia Salceda,,
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Madre

MADRE, tus piernas enmudecen sus quejidos,
saben de memoria el peso del trabajo laborable
que tú has situado en la cocina,
sin que nadie parezca enorgullecerse de tu persona por ello.

Madre, las yemas de tus dedos
parecen no tener vacaciones
y el sueño está exiliado de la patria de tus ojos,
pero sigues aquí, en pie, entre trastos por fregar,
como un vendaval de perseverancia
por seguir adelante con todo.

Madre, se van burlando del tinte
las perezosas canas de tu pelo,
pero todavía hay un arco iris diminuto
en las facciones de tus risas de niña
y eres sabia en esto de la estrategia y el juego de la vida
al que tanto apuestas por nuestro bien.

Madre, descansa por un tiempo, descansa,
reposa por unos días, date una pausa
porque se me resquebraja el corazón al verte doblegada.

Date una pausa, aunque sé que estarás
desmesuradamente interesada en la prisa,
porque es más tarde de lo que parece
y tus hijos mayores hace tiempo que no fumamos a escondidas...
Date una pausa, porque a los adolescentes
pronto empezará el mundo a teñirles las pupilas
de colores nuevos y peligrosos.

Madre, sé que sigue habiendo todavía
pañuelos y consejos esperándome en tu hombro,
aunque el tiempo haya asesinado las nanas
y ya no nos firmemos las mejillas, con nuestro afecto,
tan a menudo como entonces,
pero sé que continúas escondiendo un te quiero en cada plato.

Madre, tus piernas se alivian de su carga de quejidos
cuando las horas en que las camas se deshacen
cobijan y sopesan tu cansancio.
Por eso yo, con este modesto poema,
he querido hablar por tus dolencias,
porque hay mucho que aprender de ellas, Madre.


(Abel Santos, de ESENCIA,
Ediciones Az90, Barcelona, 1998)
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Etérea Musa

Poeta vagabundo de versos,
títere de silencios,
en su soledad de musa
anheló sanar su inspiración
renegada de palabras y letras.

Puso un anuncio en vida ajena:
"Busco salvación virgen de ideas"

Recibió respuesta agitadora del sentido,
de teclas etéreas en luz de luna:
"Con el miedo por bastón,
te espero en la vejez de mi casa"

Partió el poeta,
hacia destino desconocido,
como guía la voz de su musa,
la halló sentada en adoquines,
con su pecho lleno de pos-it
y la lluvia por sudor,
papeles que dibujaban
relatos de vida de musa rota.

Descosidas las costuras
de su corazón, por cada ojal
escapaba la tristeza de su alma,
susurrada melodía,
"Vida de reloj de cuco
a dos certezas de una realidad,
sacrificando la eternidad de un segundo,
pasos descalzos de esperanza
sedientos de la calzada de piedras
con nombres como lápidas del mío"

El poeta, enchido de lágrimas
en paño de consuelos,
abrazó a su salvadora malherida,
auyentó lobos y nieblas,
le puso letras al amor,
"Eres mi musa
alquimiadora de piedras en versos,
luna llena
a la que mi corazón clama"

Ella volvió a rasgar el clarinete de las risas,
él, en su fiel melancolía, escribió versos de abandono y eterno olvido.
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La Cita

Era el último recorrido por las calles de siempre. Miró de una manera más detenida el centro de la ciudad como si acabara de descubrir algo irreal en sus edificios. Algo le hizo caer en cuenta que llevaba años sin mirar nada, como si solo caminara mirando el rostro de los miles de peatones diarios.
En ese momento se percató de la vejez de algunas edificaciones sobrevivientes al paso de la modernidad, con sus fachadas deslucidas y su pintura en ruinas. Recordaba haber visto algunos avisos publicitarios de refrescos con su color original y su impacto visual en la distancia. Pero acababa de ver un cambio en las calles y en la arquitectura y hasta en las caras de las personas que siempre vio como una repetición de rostros.
Era como una luz repentina pronta a apagarse cuando cayeron las sombras y la ciudad se iluminara. Hubo entonces una honda melancolía capaz de confundirlo un poco pero ya todo estaba decidido para terminar su recorrido y cumplir su cita inevitable, decidida y expectante con la muerte.
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Nuestro amor es más grande que los dos

Fragilidad
deambulo entre los sueños
flotando con los ojos semiabiertos
sonambulo
intermitente entre un zumbido
en el oído que nunca me habla
cansado
huyendo de la luz
con movimiento de un sentimiento
con muchas esperanzas,
nunca te han amado
con un abrazo de soledad.

Restringido
cortado de los árboles
antes de ser un fruto dulce,
solo pausas
quietud que cierra los ojos
ante el suspiro que inhala
el frío aire de una madrugada más que termina.

El mar se escucha
en tu pecho solitario
nada importa
si no es todo a tu lado
vejez sin esperanza,
tus manos son muy pequeñas
para sujetar con fuerza
todo aquello que quisieras controlar.

Ojos que no pierden detalle
de todas las insignificantes palabras
que tu mente simplemente no escribe,
paz inaudita
camino que sana las heridas.

Si no te ayudo
¿Que sentido tiene la vida para vivir?
te quiero contar lo que hace revolotear
a mi estomago en todas las madrugadas ausentes.

Es más el miedo
que la verdadera traición,
pausa en una noche
que apenas empieza,
otra vez terminaré recitando
versos en voz alta,
escuchando silencios vencidos,
letras que nunca escuchan
porque tú atención
siempre está en la mirada que voltea
solo a otro lado.
agua turbia que trasluce un amor cristalino
nuestro amor
es más grande que los dos.

Poesía.
Miguel Adame Vázquez.
13/01/2018.
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Una vida

Amanece.
Miedo. Asfixia. Azotes. Lagrimas. Abrazo. Incubadora. Cuna. Lactancia. Inocencia. Familia. Primavera. Sonrisas. Años. Adioses. Hormonas. Enamoramiento. Amor. Desengaño. Llantos. Rabia. Frustracion. Risas. Adolescencia. Amistades. Despedidas. Espinillas. Acné. Onanismo. Deseos. Tentaciones. Madurez. Trabajo. Estres. Hipoteca. Ulceras. Niños. Alegria. Responsabilidad. Recuerdos. Nostalgia. Tanatorios. Soledad. Vacaciones. Hastio. Otoño. Hojas. Acera. Nubes. Vejez. Cataratas. Amnesia. Achaques. Miedo. Medicos. Hospital. Consultas. Amargura. Paliativos. Remedios. Morfina. Dolor. Cirugia. Muerte. Ataud. Saten. Lagrimas. Flores. Tierra. Olvido.
Anochece.
Un instante. Un segundo. Un santiamen. Tu vida.
Disfrutala.

Siento la falta de tildes, pero lo acabo de escribir con el movil :(
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Vuelan tormentas

Desperté en madera,
como árbol de
esbeltas ramas alzadas,
tendidas al vacío,
llenándolo con
belleza de lenguaje
lento lanzado al cielo.

Vino un petirrojo
a definir con tiza
mis contornos,
piolando al día,
trinando bajito
hasta dormirse,
hasta dormirme.

Vuelan las tormentas
en sanas distancias
enterrándose en la tierra
que cruza la frente,
prendiendo la vela,
agitando las cuerdas,
el instrumento suena
ulula el mochuelo
y se levantan las ruinas.

Cae la lluvia vieja
en edificios rotos
en tejidos años atrás descosidos
que poco a poco van tejiendo
su edad,
su vejez y miserias,
entrando en la piel
apagando la niebla
primero aquí,
luego allí
y allí
desvelando,
gota a gota,
la belleza
el asombro
de sueños
cuerpos
rebeldías
que fueron,
hoy madera
firme estructura
de ayeres ausentes.
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No soy un viejo

NO SOY UN VIEJO

¿Pero qué le pasa al mundo? Creen que he perdido el juicio y me tratan como a un niño. Fíjate, me dicen que el “pis” se hace dentro del wáter y el “pas” no se unta en los sanitarios. Cuando voy al médico siempre justifica mis dolores con los años y “qué vamos a hacer”, el tiempo no pasa en balde. Si lo único que siento es que las piernas me duelen y por eso no puedo caminar bien. Es verdad que abrocharme los botones de la camisa me resulta imposible. Claro, si se ha puesto de moda hacer los ojales muy estrechos, así es muy difícil. La cremallera del pantalón no la subo hasta arriba porque tiene el cierre demasiado pequeño y cuando me entra una prisa no me da tiempo. Suelo utilizar los zapatos más anchos, ¡cualquiera acierta con el calzador! Me parece que el suelo está más bajo que hace un tiempo atrás.

¡Estoy harto! Continuamente me echan en cara que eso ya lo había dicho. ¡Pues claro! Lo que pasa es que nunca me hacen caso. Yo me acuerdo de las cosas y todo el mundo se empeña en convencerme que es a mí sólo a quien se le olvidan. ¡No hay derecho! Si sabré yo lo que pasa. He perdido vista. Ahora no veo como antes. Las últimas gafas que me compré no me las ajustaron bien. He ido varias veces al oculista y dice que sí, pero no me hace mucho caso, estoy seguro. Así que me cuesta meter las llaves en las cerraduras. A veces, no dejo la tacita del café en el centro del plato y se derrama algo, pero claro no se dan cuenta que las gafas están mal graduadas.

Me molesta que me griten. Me parece una falta de respeto. Encima, cuando lo digo me contestan que no les escucho. ¡Claro que les escucho! Y les da igual. Siempre se tienen que llevar el gato al agua. Si yo estoy en mi mundo, los demás estarán en el suyo, digo yo. La última proposición de mis hijos es que me ponga un sonotone de esos que se ponen en la oreja. ¡Lo que faltaba para parecer un robot distraído, ni de coña! No sé que se piensan. Yo me entero de todo. Ahora me han comprado un pastillero en el que meten toda la medicación de la semana. Dicen que así no se me olvidarán tomar las pastillas. Pero eso sí que es liar la cosa. ¡Si yo lo tenía todo organizado..!

Sé conducir perfectamente y no quisieron renovarme el carné. Pero no fue en la revisión rutinaria de Tráfico, sino mis propios hijos los que impidieron que cogiera el coche. No se fían de mí y creo que fue porque tuve un par de despistes sin importancia. Como si yo fuese la única persona que tiene despistes al volante.

Si les voy a llevar la corriente en todo lo que me recomiendan, tendría que comprarme un bastón, unas muletas o, mejor, un andador de esos que llevan ruedas y silla incorporada y, cuando se cansan de andar, se sientan. El sonotone, un calzador largo para no agacharme. El botón de llamada colgado al pecho para llamar a urgencias, la almohada eléctrica, cambiar el teléfono fijo y poner uno con números grandes y no sé cuantas cosas más. Creen que soy un viejo, ¡por favor!

Están empeñados en que venga una persona a casa para hacerme las tareas domésticas y mientras yo pueda eso no va a suceder. No soy ningún inútil. Las cosas me cuesta hacerlas, pero yo voy a mi ritmo y me apaño. Lo que más me entristece es que me he enterado de que posiblemente, la “única solución” sea entrar en una residencia de ancianos. “Unica solución”, ¿a qué? ¡Lo que me faltaba! Me quieren aparcar en el desguace de abuelos para que de allí me saquen con los pies para adelante. Además, ya me han dicho que mis ahorros deberían tener algún disponente más, por si acaso me pasa algo a mí. ¡Vamos que puedan hacer con mi dinero lo que les dé la gana!

Soy mayor. ¡Claro que soy mayor! Pero, NO SOY UN VIEJO.
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28

28

28 días faltan para 28 años
Me vuelvo/ Me siento/ parezco
Anciano
Con Barba blanca

El 26 de Enero del 2017
Es el vigésimo octavo día del nombre mío
Solamente mío
24, 25, 26, 27,28

Cada año quemo una etapa
La vejez
Viene a mí
Como el aire que respiro

Me vuelvo/ Me siento/ Parezco

sabio
millonario

Único

Un pequeño recuento de mi vida
1 titulo universitario
0 novias
500 amigos

28
29
30
31

El tiempo corre
No hay parada
Para la vida
Vivir es solo

Un digito más
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El último suspiro

Hoy no me hables de mañana
hoy sólo quiero rezar que no se vaya mi madre
que mi madre no se vaya al señor le voy a suplicar.

Su último suspiro lo pronunció esta madrugada
madre, madre, madre todavía no te vayas
seré tu caballero madre, en tu última batalla
y tu serás mi dama.

No hijo, no, que yo ya estoy cansada
lucha, hijo mío por otra causa
y a mi, mi caballero, déjame partir al alba.
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El poeta de la fontana

Caminando por la soledad
de una calle de Buenos Aires
vi una fontana que fluía
lágrimas en cascadas,
detrás de ella observe la figura,
encorvada y silenciosa
de un anciano, abstraído en un libro
tan viejo como él.
El cielo brillaba con timidez,
la brisa lo rozaba
con una suavidad casi imperceptible;
el escaso cabello que le quedaba,
eran hilos que la luna tejía
con sus rayos luminosos.
Por momentos la calle pareció
poblarse de gente por doquier,
espectros que deambulaban
buscando su historia
y sus recuerdos.
Ni un ápice movía
sus labios templados
por el tiempo y la sabiduría.
Fui acercándome con parsimonia,
mi curiosidad era casi infantil,
se escuchaba el rumor
de la fontana, iluminada,
escasamente por la exigua luz
que donaban las estrellas.
Cuando pude estar cerca
le di las buenas
noches; su semblante
fue inmutable.
Logré ver su perfil sereno,
en otrora de una belleza
muy varonil, corpulento y altivo.
Levantó su cabeza,
esbozó una sonrisa
que por un instante
borró de su rostro la vejez.
Lucia letrado, inteligente, lleno
de sabia y con largos años incrustados
en su piel y su memoria.
Extendió su mano delgada y temblorosa
para ofrecerme un mate; con gusto acepté.
La noche trascurría callada con
con un esplendor inusitado,
como capricho pregunté su nombre,
dirigió sus ojos cristalinos
hacia mí y respondió:
“¡Aquí, lo que dejaron los puñales!
¡Aquí, una pobre cosa!
Un hombre muerto que se llamó César
y le abrieron cráteres
en la carne de los metales”.
Mi nombre… Jorge Luis Borges.

Yeneth Hernández
Venezuela
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El tiempo que perdimos

El tiempo que pasa a nuestro lado
nos saluda desde el asiento trasero de un coche,
se divisa en la isla que nunca visitamos.
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