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Agonía

El cálido toque de manos enamoradas
que danzan por una piel
que vuelve a ser virgen.

El desolador poder de ojos que indagan
profundo en tu alma,
siempre admirándola.

La definitiva soledad de una voz
que suspira amablemente tu nombre.

La agonía de extrañar.



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La nevada

Dejad…
Dejad que caiga la nieve blanca
Y borre toda frontera.
Que cure cualquier herida.

Dejad que tape las cosas feas
que calme todos los golpes.
¡Dejad que caiga y cubra la tierra!

Que se vea solo su alma blanca
Que con sus nimbos de copos blancos
La vuelva virgen, inmaculada.

¿No veis ahora con que caricias
Mata los viejo en cada armonía?
¿No veis ahora que hermosa y blanca
Se vuelve nueva como una niña?

Como una reina de traje blanco
Ya no recuerda ninguna pena.
Con fríos hielos forma silencios.
Con fríos fuegos la primavera.

Como recuerda la tierra alegre
Como la vida bullía sobre su falda,
Donde ahora con frío hielo
Quema lo viejo como guadañas.

Su nostalgia sonríe sin penas.
Tras los frutos vienen las canas.
Pero abrirá mil flores alegres
Donde ahora brilla la nieve blanca.
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Sombras níveas

Ahora despierto
No quiero abrir los ojos,
algo se reproduce tras mis párpados
cerrados en una fuga negra,
algo brilla más allá de mí.
Yo soy esto.
Soy esto
Este ojo cerrado.
Este querer estar cegado.
Despierto pero tras ellos,
amparado tras los párpados,
mis párpados,
párpados encerados,
siempre a su resguardo.
Bajo ellos construyo mi teatro,
no el tuyo, ni el nuestro,
ni el vuestro ni el de ellos:
el mío.
Un teatro uterino.
Virgen.

Me he alimentado de nieve,
llevo días tragando blanco,
la he comido a manos llenas
metiendo su frío dentro,
haciéndole espacio,
iluminando mis huecos,
difuminando mis aristas y recovecos.

No quiero abrir los ojos.
Sólo dormir,
nada más quiero.
Yo no sé si soy yo
ni si tú fuiste quien fuiste
si hice lo que hice
o hicimos lo que hicimos,
si fue él, o fui yo mismo,
o si él era yo o eras tú,
los traeré juntos,
a todos, a los tres,
a los dos, los que seas,
todos juntos
a las sombras níveas,
las que me habitan,
nos dormiremos todos,
abrazados, anidados
dentro, bajo mis párpados,
se dormirán todos.
Cuando despierte,
cuando se funda la nieve,
ya no estaremos,
no quedará nada
salvo mi teatro uterino.
Un yo virgen
Un saber que soy esto
Un reconocerme
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Yo soy Gloria

Hola niños,
yo soy Gloria,
la que perdió la memoria
que guardaba en su zurrón,
pegó un mordisco al turròn
creyendo era zanahoria
y allí quedaron sus piños
¡qué susto me dio el bribón!
y hoy la he visto ¡maldición!
agua sacando en la noria.

Sé donde anda
mas no insisto.
Hay quien dice que la ha visto
con su pato, con su pata,
con su gata turulata
presumida, dando el pisto.
Que marchó de cuchipanda
con su música y su panda
y su novio el Evaristo.

Si me crees,
no me creas
que metida en las peleas
y amarrada a ese bigote
del soneto, su estrambote,
toreando en las capeas
le soltaba una patada
y, procaz, la carcajada
se montaba en el cogote.

¡Virgen santa,
Ave maría!
Qué de artista no sería
que subida en una lata
nos cantó una serenata
y hasta el público aplaudía.
Mas por poco se atraganta
-se hizo un nudo en la garganta-
y creyó que se moría.
©donaciano bueno

Comentario: ¡FELICES REYES MAGOS!, niños. Que aunque sabemos que hay gentes malas que quieren robaros la inocencia, que ésta anide por siempre en vuestros corazones lo mismo que le ocurría a Gloria Fuertes.
www.donacianobueno.com/
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A veces Azul otras Rosa

Soy como esa gente
ya en este tiempo escasa
unas veces azul
otras de matices rosa,
de ese mínimo que llaman locos.

De los que escriben
robando inspiración al día,
de los que respiran letras
intentando exalar poesía,

Que de tantas caídas
vueltas y tropezones
ya no saben si lo escrito
es ajeno, prestado o propio.

Que sienten la pena del amigo
o de cualquier individuo
y que a veces la hace propia
para consolar con letras
cuando las palabras sobran.

De los que realmente
sienten lo que hay
en cada líneas escrita,
de los que saben.

Que allí entre líneas
dejo parte de mi esencia.
Esencia Nívea virgen
que es con la que nacemos.

Con lo que el alma
se nutre la existencia
y siente lo que ama
y vive lo que siente.

MMM
Malu Mora
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Un ataúd para dos

Calista murió un martes por la mañana, murió virgen y joven.
Su lozanía no conoció nunca el sol que daba fuera del pueblo, y su huraño comportamiento de autoconfinamiento le hacía tener una piel pálida perenne, que le vestía con una suerte de lividez rígida y decadente.
Sus padres -decían sus vecinos- iban siempre de viaje largas temporadas por dedicarse al negocio de las mercaderías, y por sufrir ella de un extraño mal que le cubría el cuerpo de llagas si estaba expuesta a la intemperie y el sol como lo pudiera hacer una persona normal.
Era de poco dormir, o al menos eso parecía, puesto que ostentaba unas ojeras de grandes proporciones que le hacían ver sus opacos ojos como hundidos en dos cuencos de un gris enfermo que asustaba.
Las Hermanas de la Caridad que le cuidaban por días en ausencia de sus padres, no eran capaces de hacer comer a la chiquilla, cuyo esquelético cuerpo iba arrastrando por la casa donde era incapaz de salir.
Calista llevaba unas uñas de un largo antinatural que daban un sincero y valiente asco. Pero tampoco había dios capaz de hacérselas cortar.
Es cierto que entonces se corría el rumor que sus padres habían amasado una enorme fortuna en sus negocios, y por ya alcanzar una avanzada edad y tener a Calista como la única heredera, cualquiera que se hiciera con sus favores tendría la vida resuelta.
Sin embargo, el errático y estrambótico comportamiento de la muchacha, que casi rozaba la idiocia, echaba para atrás las pretensiones de los más inescrupulosos y ambiciosos pretendientes que al conocerla ponían pie en polvorosa.
Siempre fue así hasta que Eladio Fuensanta, octogenario y perverso, se dio a la imposible tarea de cortejar a la chiquilla.
Aquel había ido de viudez en viudez viviendo de sus consortes muertas, pero ya hace más de un año que se encontraba en unas condiciones económicas nefastas, y a pesar de no vivir en el mismo pueblo de Calista, había emprendido un largo viaje con la descabellada idea de conocerla.
Tenía por supuesto pensado presentarse como uno de los socios comerciantes de sus padres, quienes hubieren querido (en especial encomienda) que él mismo en persona se hiciese cargo de ella y sus necesidades. Las domésticas y las propias de la ausencia.
Fue así pues, que con esta burda estratagema Eladio, el octogenario advenedizo, fue a parar a la casa de Calista, quien no le recibió, sino que fue Sor Aradia, la que más trataba con la muchacha, quien cayó en el ardid, un poco por alegría de que a alguien más le importara la suerte de Calista, y mucho más por sustraerse de las labores que se desprendían de cuidar a aquella atípica joven.
Sor Aradia no tendría más que limpiar las defecaciones ni meados que la muchacha iba plantando por doquier o hacer fuerza para soportar de improviso su terrible semblante lívido y huesudo. Sus frustrados intentos por socializar con aquella, o hacerle hablar o comer de modo de convencerse de que era humana.
Esa mezcla de lástima, repugnancia y zozobra que Calista le producía iba a terminar de una vez por todas. Así que, aunque todo le pareció sobrevenido, ninguna de las mentiras que le vendió Eladio para quedarse le parecieron poco razonables.
Los santos del cielo habían escuchado por fin sus ruegos, dejaría por fin de ver las horrendas cicatrices de los pellejudos brazos de Calista, las mismas que ella se autoinfligía en las oscuridades de aquella casa pútrida de sombras y olores nauseabundos de ausencia.
Habían pasado tres días y pudo más la avaricia del viejo decrépito y deforme que la lobreguez de aquella morada exornada en tinieblas. Había sido advertido del carácter huraño de la chica, pero no estaba dispuesto a rendirse hasta conocerle. No podía ser tan terrible todo lo que se decía de ella, y él (tan avieso e insurrecto) no se iba a conmover por una joven fea o desaliñada.
Después de todo él, su halitosis y sus problemas de granos en su anciana piel (que eran de cuidado) no le hacían tampoco un Adonis, ni mucho menos aquella, que tan poco agraciada se supone que era, iba a poder rechazarle por nimiedades estéticas.
Eladio disimulaba malamente su labio leporino de nacimiento, su meteorismo y su onicosis. Y hasta poco cuidadoso era con las desmesuradas legañas que no se limpiaba jamás.
Así que al cuarto día, ya cansado de esperar, decidió adentrarse en los aposentos de aquella casa, que más bien emanaba efluvios de panteón o fosa común. Eladio continuó decidido descendiendo por una escalinata llena de carcoma, notó la presencia de alimañas que reptaban por los peldaños al ir bajando y notó como el aire empezaba a tornarse más enrarecido y espeso.
Una mezcla de umbrías, polvos y telarañas anidaban por todas partes y la luz se hacía más débil, cuando de pronto el viejo da un terrible resbalón, producto de haber pisado sin cuidado una materia fétida y oscura.

Eladio fue a parar casi muerto a un hueco donde sus huesos rotos reposaron sobre lo que parecía un lecho de fémures, costillas, tibias y cráneos. El golpe de la caída le hizo perder la conciencia por poco tiempo, la pestilencia de aquel lugar era tal que la misma le hizo recobrar el sentido entre espasmos y arcadas violentas.
Imposibilitado de poder moverse y escorado como una falange más de aquel protervo agujero, Eladio escuchó que alguien se acercaba bajando, como arrastrando un saco de guijarros o fragmentos de algo desconocido, que producía una cacofonía escalofriante.
Por más que intentó menearse no fue capaz siquiera de apoyarse en un costado, aquello estaba tan oscuro que apenas fue capaz de ver la violenta dislocación de sus rodillas, y una clavícula que le asomaba abyecta producto de la caída.
Gimió y gritó con desgarro:
¡Calista! ¡Calista!
Mientras intuía más cerca la presencia de una sombra (no era posible con certeza saber si era un animal o una persona).
Indefenso y preso del pánico más absoluto Eladio de cagó encima.
Vio por encima de sí como unas uñas verdes y extremadamente largas y asquerosas le cogían del cuello, de algo parecido a una cabellera, que alcanzó a ver antes de desvanecerse cayeron unas larvas adultas y no pocos gusanos.
Pasaron los días, y al no saber nadie nada del cuidador de Calista ni de ella misma, una comitiva consternada por la situación o por las garras de la incertidumbre, decidió entrar en la casa de la interfecta para aclarar qué ocurría.

Fue así que, Sor Aradia, Mateo el cura del pueblo cercano, y otros cuatro, acudieron al desolado sitio.
Asaltados por el estupor nauseabundo y vomitivo que emanaba de la casa y sus linderos, y tan pronto abrieron la puerta principal, dos de los hombres que iban con los religiosos cayeron desvanecidos por arte de aquel poderoso hedor.
Poco después se descubrió por fin, en la parte baja, una espeluznante estancia que bien podía ser un cementerio interior o una morgue de vastas proporciones, donde osarios y restos fecales se confundían con las sombras en macabro cuadro.
Aquella fosa común o lo que fuere, guardaba en su centro un ataúd de mayúsculas proporciones. En aquel escenario enrarecido y tóxico Sor Aradia y Mateo fueron los únicos, que, sobreponiéndose a la conmoción de las circunstancias, se acercaron a aquel inaudito hallazgo.
Al asomarse constataron como un amasijo pestilente de huesos, pellejos y vísceras se revolvía dando sus últimos estertores de vida. Sor Aradia cayó fulminada al reconocer entre tanta mortandad el atuendo de Eladio pútrido y desgarrado, y Mateo atónito vio con horror como entre los restos Calista iba engullendo con fruición los restos mortales de su necio y octogenario pretendiente.
Esta vez nadie en el pueblo preguntó, ni se atrevió a ir a buscar a nadie. La superstición o el miedo atroz que estos hechos y desapariciones provocaron pudieron más que cualquier vocación de auxilio de familiares o personas relacionadas con estos nuevos desaparecidos.


Los padres de Calista nunca regresaron, nadie lloró, nadie habló y las Hermanas de la Caridad o la Diócesis del pueblo al que pertenecía Mateo tomó parte en investigación alguna.
Lo único que se decía (si alguien ajeno al pueblo preguntaba por la casa) es que era una propiedad de un matrimonio rico que se dedicaba a las mercaderías, y cuya única hija soltera, núbil y excepcionalmente hermosa y erudita, les esperaba siempre estudiosa en la biblioteca de la casa, a la que se podía acceder por unas escalinatas que llevaban a un nivel inferior.
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El viejo Druida y la Dulce Meiga

Tan viejo como el tiempo, tan solitario como el silencio, el sol siempre a su espalda, con la melancolía como recuerdo, el viejo Druida silbaba un son cuál compañero de viaje.

La letra de aquel son de desaliento, arena arrastrada por sus pies en un andar errante, no hay umbral, únicamente camino. Con el corazón lleno de arrugas y el alma arremangada, cada mañana con la penumbra de su inocencia envejecida impregnando su felicidad ausente. En el vidrio de sus añoranzas su amada, su Dulce Meiga…..

Ella es el rostro de la esperanza, el amor por vestidura, siempre esperando lo mejor desde la cara más dulce de la vida. El viejo Druida cierra los ojos del recuerdo, su pecho pierde la vida ante la primera imagen de su Dulce Meiga. Su visión más virgen, la pureza de su aura, su voz de alondra le transportaba a un tiempo sin edad, donde el dolor es una roca y su corazón una brisa con la esencia de su Meiga. Sin meditar en ello, el Druida abre la mano en un gesto intuitivo, se la lleva a su boca donde aún quema el beso de su amada, regalo que sana todas las heridas de un cuerpo cansado de combatir.

Pero su Dulce Meiga no entiende de jaulas, de redes donde retener su alma migratoria y el viejo Druida tampoco de egoísmos, sabe que su amada perdería paulatinamente los pétalos de su felicidad en la trampa de los sentidos, intuye que cada beso es un clavo, cada abrazo un lazo donde su Dulce Meiga iría languideciendo por falta de aire donde desplegar sus alas, su percepción ausente de dolor, de esclavo compromiso.

Con el horizonte como compañero de confidencias, el Viejo Druida camina con la sonrisa plena de cicatrices y la certeza de que nada es eterno, ni siquiera el olvido.
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Rosetas de culpa y de arrebol

Tus mejillas, mojadas por las penas,
son manchas de rubor en tu alborada,
va manchada tu albura arrebolada
por la culpa que corre por tus venas.

Sangre roja en las blancas azucenas
que confiesa en silencio la estocada,
son como virgen nieve mancillada,
son como dos bermejas lunas llenas.
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Mi mar

Si existe una vida posterior
quiero ser el mar,
un mar en calma,
en calma con las olas,
bañado por una dulce
y cálida luz de luna,
un mar libre de elegir
las playas en las que pasear,
donde encontrar la serenidad.

Si existe vida en mi vida,
es un mar,
embravecido por la olas,
emboscado por la noche,
un mar agitado que se golpea
una y otra vez
contra el acantilado,
librando una perpetua cruzada
contra lo inevitable,
no esperando nunca la victoria,
no desmayando jamás al desfallecimiento.

Si existe una vida anterior,
fui un mar virgen
donde se originó la vida,
un mar de esperanza
al llegar a la costa,
frecuentado por sirenas
entregadas al auxilio
de marineros mendigando olvido.

Si hay una vida que no quiero,
es ser un mar muerto,
muerto en mi ilusión,
prefiero mi imprevisión
que el abandono a lo cotidiano,
mi tormenta de emociones,
a la cobardía de la renuncia.

Si quisiera ser un mar,
sería un mar surcado
por barcos a la deriva,
tripulados por el pasado imperfecto,
el futuro clandestino,
el presente ficticio
y el estremecimiento como veleta.

Amén
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La Luna del Cierzo

Me contaron que era fiero,
que su aliento cortaba
vidas y rostros,
que en su frío arraigaba
la exhalación de los sentidos.

Pero el Cierzo agitador
de corajes y aceros,
arrastró luz de una Luna,
de nombre virgen
y de alma en un suspiro.

Sus haces lúcidos
trenzan mis sentidos,
me arrebatan las entrañas,
mi corazón se ensancha,
son de frialdad impía.

La Luna del Cierzo,
luz que exhala runas,
hiende sentidos y raciocinios,
frunce espacio y albedrío,
mescolanza de amor y olvido.

Amén
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6comentarios 86 lecturas versolibre karma: 97

Las dunas del recuerdo

Perdido en las dunas del recuerdo,
recomponiendo las piezas
de éste puzzle que la vida
y los errores dan forma,
con la pala de lo imprevisible,
encuentras tesoros con el calor
que da los brazos del niño
que se niega al abandono del olvido.

Me siento en el refugio
de la sonrisa tatuada por instantes,
diapositivas de un pasado bordado
en la camisa de la melancolía,
recuerdos que detienen el tiempo
y ensancha la memoria.

En esta duna de recuerdos,
un niño aun corre por su albedrío virgen,
guiado por la inconsciencia,
por su falta de comprensión
por los vocablos y las promesas.

Recuerdos de piedras con forma de plaza,
de muros hechos para que los sueños
trepen por las enredaderas del presente,
de parques de media luna
con hado en el dolor o la lucha.

En ésta duna de recuerdos
permanece varada la inocencia de una espera,
sostenido por el vidrio de mi mirada,
extendiendo los brazos a la llegada
de una voz que aviva el latido
de la promesa contenida,
del niño que duerme enterrado en el tiempo,
que se despereza ante las dunas de su recuerdo.


Amén
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4comentarios 87 lecturas prosapoetica karma: 86

Del equilibrio

Del equilibrio


X

A deshoras
El descenso de los soles de tu cuerpo
Se desata
Sola en su ala fatal

¿Será algún salto al vacío?
¿Será la sed de las olas?

El sudor del mar

/que resbala del silencio a tu saliva espesa en que me hundo

¿Qué cercos de savia virgen
Son estas horas sumergidos los dos

indisolubles
en tus muslos?
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Paseo entre la ventisca

El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido.
El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte.
Todo parecía estar suspendido en la nada.
Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor.
Más espeso y etéreo al mismo tiempo.
Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros.
Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro.
Subiendo y bajando,
arrojándonos,
de un lado para otro,
de aquí para allá,
contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo.
Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo.
Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas.
Era un espacio virgen y estéril.
Muerto.
Allí donde la razón y la palabra son imposibles.
Ese punto en el cual se desata la tragedia.
Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía.
¿Eras tu?
Temo que fuese otra persona.
Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia.
No se sobrevive a ella,
lo que resulta es algo completamente nuevo,
distinto a lo que había precedido.

Pienso a menudo,
caminando todavía entre esas cabezas congeladas,
en el camino,
el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia.
Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo.
Entramos,
jugando como quien no quiere la cosa,
en el espacio de la incertidumbre.
Nos dejamos llevar,
y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío,
intento volver la vista buscando un paisaje familiar.
Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías.
La palabra es imposible para ellas.
Aquí estamos todos mudos.
Un pajarito de las estepas,
posado sobre mi labio,
se ha llenado el buche con todo mi lenguaje.
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17comentarios 136 lecturas versolibre karma: 89

Silencio, sonido virgen

Que tu perfil, silencio, no se confunda.

Caricia de la memoria,

eco de lo indecible,

espacio de lo no dicho,

estado que precede,

lugar de asombro,

momento de escucha,

poesía sin palabras,

rebeldía del poeta,

sonido duradero.

De tanto silencio que aprendí,
ahora sé callar y aprendo a escribir:

En la montaña
alfombrada de ramas,
sonido virgen.
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3comentarios 221 lecturas versolibre karma: 99

Tú Esperando Paciente Trascender

A veces me siento frente a ti,
te miro fijamente,
siento tu mirada
cara de luna blanca
en mis ojos bien clavada
queriendo leer mis sentimientos,
te acaricio delicadamente con mi mano
que suave y despacio recorren
tu níveo cuerpo y contorno.

Observo directamente tu carilla
y me pierdo en esa virgen
profundidad de tu blancura
y te imagino de mi mano
contando un sin fin de historias
que llevan a otros mundos,
a otro tiempo, a otra piel
o sentimientos de un ayer.

Y me lleno de impotencia,
por momentos no poder,
tengo tantas palabras
historias y fantasías atoradas
ansiosa, gritando libertad
esperando espontáneamente
y a perpetuidad ser liberadas.

Y yo deseando ese momento
ese segundo de tiempo
que con fuerza te impulsa
a tomar ese instrumento
pluma, lápiz o teclas
que me permite expresarlas,
y plasmarlas con sencillez.

Y tú!
Tú esperando paciente trascender,
y llevar en tus entrañas un mensaje,
un relato, una historia que encaje
en el corazón o vida de algún ávido lector

Y tú!
Tú esperando paciente trascender
para dejar de ser algo más
que una simple y sencilla
hoja en blanco de papel.

MMM
Malu Mora
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13comentarios 106 lecturas versolibre karma: 97

Contemplación

Hay un secreto que guardo,
entre mis noches de insomnio
y mis sueños entre almohadas.
Me gusta cómo me miras.
Me encanta sentirme así,
por ti observada
y que tus ojos que amo,
recorran mi anatomía,
entre silencios y calma.
Y me agrada provocar
esa sonrisa traviesa,
que tan tierno me regalas.
Ver asomarse esos dientes,
con los que comes y muerdes
y que tu lengua resguardan.
Me gusta que esa tu cara,
me grite un mensaje mudo,
que dice cuánto me quieres.
Cuando tu par de mejillas
se encienden, sonrosadas,
me vuelvo una musa hermosa
y me siento contemplada.
Esa sensación me encanta.
Porque entonces soy perfecta,
como la obra maestra,
que a Da Vinci se escapara.
Me convierto en Mona Lisa,
Virgen de Rocas o estatua.
Soy bella porque me observas
y me enamoras, me abrasas.
Tu vista sobre la mía,
me hace La Venus de Milo,
de Velázquez La Menina
o de Goya alguna Maja.
Me fascina que me contemples,
con esa luz en el rostro,
más que diáfana.
Me gusta cómo me miras,
porque me besas el alma.
Me gusta que me contemples,
me gusta, cómo me amas...

© EPadrón
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¡Ya se acabó el verano!

¡Ya se acabó el verano!
Dicen los viejos que lo dice el viento,
que tras los montes sopla
esta mañana más limpio y más fresco.

Algunas nubes blancas
de la tormenta de ayer son recuerdo,
alivio del agosto,
y aunque los campos siguen polvorientos
-tan seca está la tierra que ya llueve,
ya vuelve el agua al cielo-
verdea el castañar y brillan negras
las moras que bordean los senderos.

En el prado algunos quitameriendas
púrpura han brotado, y a los insectos
los charcos que aún quedan
sirven de improvisado abrevadero.

Ya se acabó el verano;
la virgen y el santo a la iglesia han vuelto,
terminadas las fiestas.

De sus hijos y nietos, ya extranjeros,
se despide la sierra.

¿Marcharon los jóvenes con el viento?

Bajo el manzano de la vieja escuela
no hay ya niños ni juegos,
ni nadie que recoja
las manzanas del suelo.

Quizá un tractor recorra la ladera
del calvario y en la val suene el eco
del grito del pastor;
o tracen los vencejos
aún sus círculos sobre la plaza.

Sin embargo, bien lo saben los viejos,
ya se acabó el verano...
¡ya comienza el silencio!


Foto: Miguel Ángel García (flic.kr/p/zistmM, CC BY 2.0)
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19comentarios 261 lecturas versoclasico karma: 93

Sepan que

Sepan que
los recuerdos cruzaran el Caribe;
desde la cima, el mundo arde:
humo y cenizas
siendo el viento guía
a una tierra donde la vida y la muerte no existen
tan solo hoy
tú y yo
nosotros eternamente
sueños majestuosos
donde tu ausencia refulge en nuestra alma;
pesadas piedras moldeadas por miles
viento y gotas tan frágiles que parten millones de años;
las luces de la ciudad anuncian pataletas
veneran a la montaña que les da vida;
el mar admira, respeta, le teme al peñasco que lo detiene
en la cima, una amistad se refuerza, se fortalece, se destruye
gracias al sufrimiento del camino
puede que incluso el orgullo se levante más alto que los casi tres mil metros de mi mejor recuerdo.

Contemple la salida sol en silencio,
el alba extendió sus rosados dedos por los valles, el mar, las ciudades;
lo mejor del amanecer no es la salida del sol,
sino como el mundo transforma su ruidosa inactividad en una sinfonía esquizofrénica que despierta cada sentido sentimiento;
la mejor filarmónica no es la de Berlín ni la de Los Ángeles ni la ruinosa pianista ni las decadentes nubes:
la mejor filarmónica son las crestas y los valles, los acantilados y los topos, los riscos y las filas maestras, los bosques húmedos y una vegetación que parece a la de un páramo, el infinito mar azul y el inexpugnable cielo magenta, morado, rosa, azul y demás colores desconocidos
los cocos escarabajos tocan la viola, los pájaros verde-azul-amarillo un acordeón, la mosca negra tan grande como una ciruela la trompeta;
el jazz, blues, reggae, trap, rock, pop, Chopin son una galaxia virgen que folla con el folklore;
puede que no tenga sentido: eso es lo único que tiene todo el sentido posible.

Homero, poeta garrapatoso que me hizo tener fe en los mitos griegos
incluso en los cunaguaros del Ávila;
detrás de mí un pájaro cuyo canto es amarillo
un flash que grita ¡arte! agradeciendo a Dios su creación
y finalizo mi sinsentido dándole sentido, porque es la puesta en escena a través de palabras anteriores de tal vez los mejores recuerdos que tendré por un par de años o mi vida,
pues el frio lamio mis pelotas y el peso moldeo mi espalda y las quejas y la terquedad y las palabrotas doblaron-jodieron mis rodillas.

Declaro ante ti, humilde gigante,
alimento de viejos sabios y adolescentes orgullosos,
que sufrí con mucho gusto tus laderas,
respire con dulzura tu aire moribundo
sacie mi sed con tu agua hedionda de vida;
te agradezco humildemente dios protector
(tsunami-piedra-montaña)
por haberme dejado acariciar las nubes al conquistar tu cima;
el plástico se multiplica más rápido que los conejos
y la naturaleza se arriesga en las cercanías de una ciudad que todo lo mata con golpes de vida;
escuche tu canción y descubrí en las alturas no solamente que el mundo luce distinto,
sino que está permitido imaginar-delirar sobre la forma del mismo.
¡Brinde por la muerte ebrio de vida!
Así termino mi perorata, recordando un chocolate, una flor, un abrazo
una foto donde cinco personas sonríen así no más:
sonríen simplemente.
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Despeinada

Las aspas del molino
estropeaban mi peinado,
no había disculpa que desenredara
tanto vómito peludo de gato tibio
haciéndose león.

No hallé aspirinas
para la culpa pegajosa
de virgen niña
de buena madre
de pobre inútil.

Hoy apenas alcanza el acomodo
de tantos libros ya ordenados
para que más gigantes tomen asiento.
Pasen, adelante, aquí siempre hay lugar
tiempo ganas de pelear con ustedes.

No habrá excusas
ni analgésicos ni lógica
para espantar los fantasmas
que nacen
crecen
se reproducen
y mueren
bajo estas pestañas.
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