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Paseo entre la ventisca

El cielo se volcaba delicadamente sobre el suelo en un movimiento lento y fluido.
El mundo había quedado reducido a un torbellino de cenizas blancas que borraba el horizonte.
Todo parecía estar suspendido en la nada.
Tu estabas a mi lado pero el espacio entre nosotros parecía cada vez mayor.
Más espeso y etéreo al mismo tiempo.
Simplemente se difuminaba lo que había entre nosotros.
Eramos pura ventisca arrastrándonos el uno al otro.
Subiendo y bajando,
arrojándonos,
de un lado para otro,
de aquí para allá,
contra un paisaje que desaparecía en cada uno de nuestros arrebatos.

Cuando la tormenta arrió estaba sólo.
Caminé por un campo de nieve sembrado con cabezas de caballo.
Sus lenguas congeladas colgaban pintorescas de unas bocas grandes y grotescas.
Era un espacio virgen y estéril.
Muerto.
Allí donde la razón y la palabra son imposibles.
Ese punto en el cual se desata la tragedia.
Al cerrar los ojos no reconocía a quien veía.
¿Eras tu?
Temo que fuese otra persona.
Me aterra pensar que he olvidado tus facciones.

El desenlace de la tragedia carece de toda importancia.
No se sobrevive a ella,
lo que resulta es algo completamente nuevo,
distinto a lo que había precedido.

Pienso a menudo,
caminando todavía entre esas cabezas congeladas,
en el camino,
el sendero que nos llevó ha despojarnos del lenguaje y la conciencia.
Sin ellos estamos ahora incapacitados para todo.
Entramos,
jugando como quien no quiere la cosa,
en el espacio de la incertidumbre.
Nos dejamos llevar,
y ahora, aquí, en este páramo helado y vacío,
intento volver la vista buscando un paisaje familiar.
Sólo veo cabezas equinas de rostros esperpénticos y lengua frías.
La palabra es imposible para ellas.
Aquí estamos todos mudos.
Un pajarito de las estepas,
posado sobre mi labio,
se ha llenado el buche con todo mi lenguaje.
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Silencio, sonido virgen

Que tu perfil, silencio, no se confunda.

Caricia de la memoria,

eco de lo indecible,

espacio de lo no dicho,

estado que precede,

lugar de asombro,

momento de escucha,

poesía sin palabras,

rebeldía del poeta,

sonido duradero.

De tanto silencio que aprendí,
ahora sé callar y aprendo a escribir:

En la montaña
alfombrada de ramas,
sonido virgen.
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Tú Esperando Paciente Trascender

A veces me siento frente a ti,
te miro fijamente,
siento tu mirada
cara de luna blanca
en mis ojos bien clavada
queriendo leer mis sentimientos,
te acaricio delicadamente con mi mano
que suave y despacio recorren
tu níveo cuerpo y contorno.

Observo directamente tu carilla
y me pierdo en esa virgen
profundidad de tu blancura
y te imagino de mi mano
contando un sin fin de historias
que llevan a otros mundos,
a otro tiempo, a otra piel
o sentimientos de un ayer.

Y me lleno de impotencia,
por momentos no poder,
tengo tantas palabras
historias y fantasías atoradas
ansiosa, gritando libertad
esperando espontáneamente
y a perpetuidad ser liberadas.

Y yo deseando ese momento
ese segundo de tiempo
que con fuerza te impulsa
a tomar ese instrumento
pluma, lápiz o teclas
que me permite expresarlas,
y plasmarlas con sencillez.

Y tú!
Tú esperando paciente trascender,
y llevar en tus entrañas un mensaje,
un relato, una historia que encaje
en el corazón o vida de algún ávido lector

Y tú!
Tú esperando paciente trascender
para dejar de ser algo más
que una simple y sencilla
hoja en blanco de papel.

MMM
Malu Mora
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Del equilibrio

Del equilibrio


X

A deshoras
El descenso de los soles de tu cuerpo
Se desata
Sola en su ala fatal

¿Será algún salto al vacío?
¿Será la sed de las olas?

El sudor del mar

/que resbala del silencio a tu saliva espesa en que me hundo

¿Qué cercos de savia virgen
Son estas horas sumergidos los dos

indisolubles
en tus muslos?
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sin comentarios 20 lecturas versolibre karma: 70

Contemplación

Hay un secreto que guardo,
entre mis noches de insomnio
y mis sueños entre almohadas.
Me gusta cómo me miras.
Me encanta sentirme así,
por ti observada
y que tus ojos que amo,
recorran mi anatomía,
entre silencios y calma.
Y me agrada provocar
esa sonrisa traviesa,
que tan tierno me regalas.
Ver asomarse esos dientes,
con los que comes y muerdes
y que tu lengua resguardan.
Me gusta que esa tu cara,
me grite un mensaje mudo,
que dice cuánto me quieres.
Cuando tu par de mejillas
se encienden, sonrosadas,
me vuelvo una musa hermosa
y me siento contemplada.
Esa sensación me encanta.
Porque entonces soy perfecta,
como la obra maestra,
que a Da Vinci se escapara.
Me convierto en Mona Lisa,
Virgen de Rocas o estatua.
Soy bella porque me observas
y me enamoras, me abrasas.
Tu vista sobre la mía,
me hace La Venus de Milo,
de Velázquez La Menina
o de Goya alguna Maja.
Me fascina que me contemples,
con esa luz en el rostro,
más que diáfana.
Me gusta cómo me miras,
porque me besas el alma.
Me gusta que me contemples,
me gusta, cómo me amas...

© EPadrón
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¡Ya se acabó el verano!

¡Ya se acabó el verano!
Dicen los viejos que lo dice el viento,
que tras los montes sopla
al amanecer más limpio y más fresco.

Algunas nubes blancas
de la tormenta de ayer son recuerdo,
alivio del agosto,
y aunque los campos siguen polvorientos
-tan seca está la tierra que ya llueve,
ya vuelve el agua al cielo-
verdea el castañar y brillan negras
las moras que bordean los senderos.

En el prado algunos quitameriendas
púrpura han brotado, y a los insectos
los charcos que aún quedan
sirven de improvisado abrevadero.

Ya se acabó el verano;
la virgen y el santo a la iglesia han vuelto,
terminadas las fiestas.

De sus hijos y nietos, ya extranjeros,
se despide la sierra.

¿Marcharon los jóvenes con el viento?

Bajo el manzano de la vieja escuela
no hay ya niños ni juegos,
ni nadie que recoja
las manzanas del suelo.

Quizá un tractor recorra la ladera
del calvario y en la val suene el eco
del grito del pastor;
o tracen los vencejos
aún sus círculos sobre la plaza.

Sin embargo, bien lo saben los viejos,
ya se acabó el verano...
¡ya comenzó el silencio!


Foto: Miguel Ángel García (flic.kr/p/zistmM, CC BY 2.0)
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Sepan que

Sepan que
los recuerdos cruzaran el Caribe;
desde la cima, el mundo arde:
humo y cenizas
siendo el viento guía
a una tierra donde la vida y la muerte no existen
tan solo hoy
tú y yo
nosotros eternamente
sueños majestuosos
donde tu ausencia refulge en nuestra alma;
pesadas piedras moldeadas por miles
viento y gotas tan frágiles que parten millones de años;
las luces de la ciudad anuncian pataletas
veneran a la montaña que les da vida;
el mar admira, respeta, le teme al peñasco que lo detiene
en la cima, una amistad se refuerza, se fortalece, se destruye
gracias al sufrimiento del camino
puede que incluso el orgullo se levante más alto que los casi tres mil metros de mi mejor recuerdo.

Contemple la salida sol en silencio,
el alba extendió sus rosados dedos por los valles, el mar, las ciudades;
lo mejor del amanecer no es la salida del sol,
sino como el mundo transforma su ruidosa inactividad en una sinfonía esquizofrénica que despierta cada sentido sentimiento;
la mejor filarmónica no es la de Berlín ni la de Los Ángeles ni la ruinosa pianista ni las decadentes nubes:
la mejor filarmónica son las crestas y los valles, los acantilados y los topos, los riscos y las filas maestras, los bosques húmedos y una vegetación que parece a la de un páramo, el infinito mar azul y el inexpugnable cielo magenta, morado, rosa, azul y demás colores desconocidos
los cocos escarabajos tocan la viola, los pájaros verde-azul-amarillo un acordeón, la mosca negra tan grande como una ciruela la trompeta;
el jazz, blues, reggae, trap, rock, pop, Chopin son una galaxia virgen que folla con el folklore;
puede que no tenga sentido: eso es lo único que tiene todo el sentido posible.

Homero, poeta garrapatoso que me hizo tener fe en los mitos griegos
incluso en los cunaguaros del Ávila;
detrás de mí un pájaro cuyo canto es amarillo
un flash que grita ¡arte! agradeciendo a Dios su creación
y finalizo mi sinsentido dándole sentido, porque es la puesta en escena a través de palabras anteriores de tal vez los mejores recuerdos que tendré por un par de años o mi vida,
pues el frio lamio mis pelotas y el peso moldeo mi espalda y las quejas y la terquedad y las palabrotas doblaron-jodieron mis rodillas.

Declaro ante ti, humilde gigante,
alimento de viejos sabios y adolescentes orgullosos,
que sufrí con mucho gusto tus laderas,
respire con dulzura tu aire moribundo
sacie mi sed con tu agua hedionda de vida;
te agradezco humildemente dios protector
(tsunami-piedra-montaña)
por haberme dejado acariciar las nubes al conquistar tu cima;
el plástico se multiplica más rápido que los conejos
y la naturaleza se arriesga en las cercanías de una ciudad que todo lo mata con golpes de vida;
escuche tu canción y descubrí en las alturas no solamente que el mundo luce distinto,
sino que está permitido imaginar-delirar sobre la forma del mismo.
¡Brinde por la muerte ebrio de vida!
Así termino mi perorata, recordando un chocolate, una flor, un abrazo
una foto donde cinco personas sonríen así no más:
sonríen simplemente.
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Despeinada

Las aspas del molino
estropeaban mi peinado,
no había disculpa que desenredara
tanto vómito peludo de gato tibio
haciéndose león.

No hallé aspirinas
para la culpa pegajosa
de virgen niña
de buena madre
de pobre inútil.

Hoy apenas alcanza el acomodo
de tantos libros ya ordenados
para que más gigantes tomen asiento.
Pasen, adelante, aquí siempre hay lugar
tiempo ganas de pelear con ustedes.

No habrá excusas
ni analgésicos ni lógica
para espantar los fantasmas
que nacen
crecen
se reproducen
y mueren
bajo estas pestañas.
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Cuando desfallece el sol

Cada día cuando desfallece el sol
se me apaga un poco la vela de la vida
y en alguna esquirla de realidad
tan inequívocamente indefinida,
me duele;
me duele la enormidad del hecho irrefutable
de que tú, no estás.

Tú,
___ que alguna vez fuiste algo
___ (en el onírico reflejo de mi lecho de espejo)
___ y otras veces quisiste ser algo
___ y que alguna vez ya no quisiste ser nada
___ (el día que hallé la orilla del infinito
___ y se me acabó aquella eternidad).

Tú,
___ que siendo nada, ajenamente mía
___ serías siempre el todo de la nada en el algo.

Tú,
___ que fuiste la caricia en la mejilla virgen
___ y los ojos que brillaron en aquel iris
___ que al fin resplandeció, por amor.

Tú,
___ que fuiste novia, amiga, compañera,
___ confidente, amante,
___ esposa, esposa, esposa,
___ rival...
___ En todas las vidas que imaginé contigo.

Tú,
___ el negro rostro de la noche
___ cuando el relámpago del reloj
___ me rompía el inconsciente
___ a las 3:33 exactamente.

¡Ah, pero sí!
También tú,
___ el aroma del alba sonrisa del alba
___ y el sabor del radiante mediodía.

Tú,
___ la inagotable y profunda
___ espina perenne...

Tú,
___ la que nunca, la que quizás,
___ la que jamás,
___ y la que siempre para nunca siempre.

Tú,
___ la herida punzante,
___ el latido sangrante,
___ la navaja, la navaja.

Tú,
___ el verso importante.

Tú.


"Cada poema es único. En cada obra late,
con mayor o menor grado, toda la poesía.
Cada lector busca algo en el poema.
Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo
llevaba dentro" ~ Octavio Paz.


@SolitarioAmnte / ix-17
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Un mundo sin ti

Sentado en el pupitre de aquella aula universitaria, no imaginaba lo que el minuto siguiente me deparaba. El día era de su gris habitual, los rostros usuales, los mismos latidos, el aire sin sabor.

De pronto, una llama de color, una chispa de aroma, un dejo de sonido, otra esencia. Apareces tú, pasando por la puerta, buscando tu salón. ¿Por qué volteé a ver a la puerta en ese preciso segundo? Nuestras miradas tejieron un chal que nos abrigó por unos segundos. Nuestros látidos se suspendieron un milisegundo y se sincronizaron. Sentí tu mirada penetrando hasta el centro de mi alma y te juro, que me amó en ese instante, tu mirada. Sentí la mía viajar cien millones de años luz hasta el centro de tu universo y contemplar el bing bang de nuestro cielo. Te aseguro que te amó una vida entera en ese instante, mi mirada.

Te supe el amor de todas mis vidas.

Que garbo el tuyo, que presencia de actriz intemporal, del mejor cine de todos los tiempos. Me sentí pequeño, y me sentí crecer; inflado por un amor muy ancho, sumamente largo y excesivamente profundo.

Salí del salón a toda prisa, como ráfaga de viento. Fingí que te conocía de la secundaria. Te saludé por otro nombre. Te pregunté como habías estado estos años que no nos habíamos visto. Me llenaste de explicaciones para convencerme que estaba equivocado, que te confundía con otra persona. Te repliqué con toda mi astucia sobre el increíble parecido; que hasta la voz era la misma, que solo te habías cambiado el corte de pelo y que esos años te habían sentado tan bien; que hermosa te habías puesto.

Me sonreías amablemente tímida. Y tu mirada me amaba y la mía te correspondía. Nuestros ojos suspiraban. La olas de tu pelo llegaban a la orilla de mis dedos que no se atrevían a tocarlas. El sabor de tus labios era de frutos de primavera, lo supe sin probarlos. El vaho de tu piel era el de una isla virgen en los confines de un océano aún no descubierto, lo supe aspirando y eliminando en mi mente el aroma de tu exquisito perfume.

El tiempo, la vida, el universo se confabularon a nuestro favor. Fuimos los mejores amigos y ya te amaba. Nos hicimos novios y te amaba más.

Luché todas las batallas nórdicas, las cruzadas europeas, los combates tribales, todas las guerras de las galaxias. Contra tus padres, contra las circunstancias, contra nosotros mismos, para hacerte mi esposa.

Le gané todos los argumentos a mis dudas, injerté certezas invencibles en las tuyas. Hice un batido de todas ellas, con yogurt, fresas y moras; y lo bebimos a la luz de una luna llena de esperanza.

Te amé todas las vidas que dura un ser humano bajo todas las lluvias y soles de vicisitudes. Peleé todas nuestras riñas y trifulcas con lanzas de juguete, con balas de salva; esquivé la furia de todas las necedades, las tuyas, las mías, las nuestras.

Te amé, me diste hijos. Los educamos, los vimos crecer. Caminamos todos los kilómetros de playa que tiene la vida para una pareja tan enamorada.

Fuimos millonarios en nuestra vida modesta. Revolucionarios, una pareja inseparable en un mundo abarrotado de relaciones fallidas.

Fuimos compañía en el lecho de muerte. Fuimos nuestra vida, todas nuestras vidas.

─Jovencito, ¿como resolvería usted esta ecuación de termodinámica? ─dijo el catedrático.

Regresé al punto de partida, al mundo sin color, sin tu fragancia, sin tus besos de frutos de primavera, sin guerras ganadas, sin voluntades conquistadas; un mundo sin ti.



(Quise recordar este poema en prosa poética escrito en abril de este año)

@SolitarioAmnte / iv-2017
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Petrificado en tus laberintos

Estas allí,
sentanda en un orilla del tiempo
que no me decido
si la quiero en los mañanas
que aún no me visitan,
o en los incontables mañanas
que se quedaron adormecidos
en los ténues destellos
del gélido crepúsculo del ayer.

Y en ese borde del tiempo
tus labios centellan
y los vuelvo a morder
en una esquina solitaria
de aquel viejo barrio
y aquellas calles empolvadas
que vieron nuestros primeros besos.

Y los tibios rayos de sol
de atardeceres infinitos
que siempre brillaban intensos
aunque escamparan plomizos arcoiris
iluminan tu rostro virgen
y tus pechos redondos
como lunas llenas
carentes de lobos todavía
en su casta alborada.

Se me quedaron centenares
de miradas perdidas
y petrificadas
en los laberintos
de tu melena
de indomable Medusa
que arrastraba piedrecitas
de multitud de colores
por los ríos de ilusión
que me manaban desde dentro.

Y en ese canto del tiempo
en el que te encuentro,
te deseo ataviada
de la seda
de un amanecer
que despierta
de una noche eterna
en la que tus pechos
fueron mi fuente de vida
mi Nilo teñido de rojo
y tus muslos fueron
el sarcófago
en donde embalsamamos
los fieros deseos
de noches egipcias
de vehemente pasión.


@SolitarioAmnte / vii-17
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Palomas de Valencia

Palomas de mi niñez revoloteando en mi alma
como espuma del mar que en risas me bañaba
palomas tiernas, palomas blancas
la mano de mi padre en mi mano chiquita y blanca
llena de pequeñas semillas de alpiste
y de palomas, palomas blancas
allí sentada en un rincón
de la plaza de la Virgen,
bajo aquel sol
lleno de luz y color
como mi infancia
palomas blancas
que guardo en mi memoria
junto a la luz que acariciaba mi cara
mi vestidito blanco como encaje de olas
palomas blancas de Valencia, palomas blancas.
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Entre mis labios

Agarras mis manos como una muchacha ansiosa
cuando el atardecer se tiñe con crespones púrpuras.
Huérfana de etiquetas, pretensiones, oscuridad,
buscas mis señales en los corredores del deseo.

Acaricias mi boca como niña experimentada
que conserva su dosis exacta de poesía y cordura,
de océanos violetas,
de alimentos afrutados que no pertenecen a este mundo.

Tatúas mi piel como una muchacha aplicada
en el contraste luminoso de la cocina,
esparces vino, canela, oleos
sobre elevados muros eróticos.

Me acaricias sin misericordia, me besas, me hieres,
ocaso de dulce dolor,
dejas estigmas en mi espalda
niña virgen o vampiro angelical.

Te rindes a mi apetito, señora o muchacha,
te diluyes,
flor de exquisito cianuro,
entre mis labios de zahorí seco,
a fuego, a hierro, carnalmente.

Después yaces, mi muchacha,
extenuada y frágil en mi pecho,
mientras lunas pasadas de leche
cuidan las flores estáticas de tu pecho.


Canet
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Sin título 2

Hace tiempo que dejé de contar
los pasos ajenos
y las enmudecidas líneas de las baldosas que pisaba.
Una mañana entré en una cafetería,
no más charlatana que el abajo firmante,
cuyo propietario conocía desde hacía meses
y con el que intercambiaba dudas.
Aquel día en el que estaba allí
escribiendo en las servilletas de siempre
bebiendo pausadamente mi sombra
de una copa de vino,
se sentó a mi lado y me preguntó
que por qué era así, tan soporífero,
tan mustio e insociable, tan misterioso.
Y yo le contesté, por contarle algo,
que la causa de todo era un enigma
que jamás había querido revelar.
Fue tanto lo que me insistió que, bajo
juramento de silencio y lealtad,
le declaré ruborizándome: soy virgen.
Diversos pájaros de carcajadas
volaron con alas estrepitosas,
pero al fin se sosegó y volvió a garantizarme
guardar perpetuamente aquella confidencia.
Pasados unos días, regrese a la cafetería
y observe que la clientela que allí se reunía me miraba
y afloraban sonrisas burlonas.
Entendí que había sido delatado
y desde entonces dejó de existir
la amistad, la franqueza y otros embustes.
Jamás volví por aquella cafetería
y su propietario nunca llegó a sospechar
que mi secreto continuaba bien guardado.
De ningún modo llegó a saber que soy poeta
y que los poetas siempre seremos
buenos cuentistas.

Canet
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Neb-Jeperu-Ra

NEB-JEPERU-RA
Por D. A. Vasquez Rivero


I
VANITAS



¿Torcido sueño? ¿Espejismo?
Los cuatro muros que habito
se expanden hasta el abismo
supremo del infinito.

Las lámparas se derriten
en una espesa jalea.
Los libros en el armario
me obligan a que los lea.

¡Señor! ¿Qué me está pasando?
¿Tan fuerte es el opio rosa?
Me siento vapor liviano,
me elevo sobre las cosas.

Inflado, voy rebotando
sinuoso en la trayectoria
hasta que al fin me revienta
la llama de palmatoria.

Me achato. Caigo en un valle.
El gran desierto es la escena.
Camino por cierta senda
de ardientes, blancas arenas.

A cada lado se elevan
en fila enormes palmeras
y pareciera su fronda
hundirse al fondo en laderas.

Me freno, alguien me empuja.
Lo quiero ver, no me deja.
Pretendo irme ¡No puedo!
Así que sigo, sin quejas.

Perdida, bajo ondulada
ceniza de dinastías,
encuentro la entrada a un reino
que en otro tiempo existía.

Abierta la puerta, piso
un mar de ratas y cráneos.
La oscura fuerza me lleva
al corazón subterráneo.

¡Colmado está el hipogeo
de espléndidas maravillas:
cuchillos y bumeranes,
carruajes reales, sillas!

Y ciento treinta bastones
y taparrabos de lino.
En un costado ordenadas,
esbeltas jarras de vino.

Me sigue empujando el guía
que me acompaña y no veo.
Él dice: "Mira a tu izquierda."
Lo hago y... ¡No me lo creo!

Bañado en oro portando
el nemes de cobra y buitre
un féretro guarda al joven
varón de cuerpo salitre.

Sobre su pecho, trazada
distingo la crux ansata.
¿Un sol y un escarabajo?
¡De Tutankamón se trata!

Debajo del áureo cuerpo
que apresa fusta y cayado
descansa un capullo hueco
más pálido, descarnado.

¿Será que su Ka retiene
por dentro aún palpitando?
¿Y si despierta o se mueve,
o si me ve profanando?

Tal vez lo ha llevado Anubis
a responder por sus vicios
ante la pluma de Osiris
en la balanza del juicio.

De todos modos, se encuentra
provisto por los mortales
de mágicos elementos
que compensarán sus males.

En el vendaje que bajo
sarcófago lo amortaja
se engarzan los amuletos,
las inscripciones y alhajas.

Hay cuatrocientos ushebtis
dispuestos a hincar la azada,
a trabajar por su dueño
si falta le es imputada.

Pero... ¿Quién es la desnuda
mujer que deja las sombras?
Como una virgen, me quiebra,
como una fiera, me asombra.


II
RITO


Se acerca al momificado
flotando sobre alacranes
y alrededor de la tumba
coloca unos talismanes.

Es evidente su angustia,
mirarla me da tristeza:
Desconsolada lo llora,
enardecida lo besa.

Se enjuga su amargo llanto,
retrocediendo de nuevo
hasta unos vasos canopos
que yacen igual que huevos.

Con calma ceremoniosa,
vacía los recipientes
y lleva al vientre del muerto
las vísceras pestilentes.

Alzando al cielo las manos
recita salmos antiguos.
Quiero escapar y quedarme
-mi sentimiento es ambiguo-.

La estática de ultratumba
comienza a ganar potencia.
Del suelo brota la niebla;
del techo, cierta presencia.

Prestando atención diviso,
cayendo como en racimos,
tarántulas y gusanos
que a describir no me animo.

La hermosa mujer se agacha
y ordena con ademanes
que el féretro por completo
recubran sus alacranes.

Del techo las alimañas
también su dádiva entregan
y un jugo fosforescente
sobre la momia segregan.

La arena de todo el sitio
se vuelva roja, viscosa.
¡Es sangre que se destila
por entre nichos y losas!

El féretro está temblando
movido con las palabras
de la mujer que en su trance
realiza danzas macabras.

Me enervan el aire tenso,
los cánticos y gemidos.
Tambores y panderetas
repican en mis oídos.

Sin previo aviso, me ciega
un disco de luz radiante,
de cuya fuente desciende
el alma de un gobernante.

La fémina va y lo invita
a entrar en el descarnado.
No pasan ni dos segundos...
¡El rey ha resucitado!

Se para junto a su amada
que lo recibe sonriente.
La toma por la cintura,
la besa fervientemente.

¿Qué tiene el rey en la mano?
No logro ver. Estoy lejos.
Me muevo un poco más cerca,
mi previo escondite dejo.

Ya estoy llegando, ya llego,
Lo puedo ver si me elevo.
¿Acaso tiene una daga?
¡Oh, no! ¡Me empujan de nuevo!

La oscura fuerza me arroja
a pasos del matrimonio.
Me miran idiotizados
sus vástagos y demonios.

III
FINAL


El faraón enloquece
con un puñal me señala.
Ordena que, de inmediato,
mi sangre riegue la sala.

Me paro de un salto y corro
gritando desesperado.
Me siguen miles de arañas
y escarabajos dorados.

¡Que laberinto más grande!
¿Por dónde tomo el camino?
¡No puede ser que esto pase!
¡La muerte no es mi destino!

Elijo. Sigo corriendo
mi esfuerzo pide pulmones.
Detrás de mí serpentea
el piélago de escorpiones.

Un pozo ciego delante
cercena mis esperanzas.
Volver resulta imposible,
el poco aliento no alcanza.

¿Qué hago? ¿Salto o no salto?
Son muchos... ¡Son demasiados!
No tengo escape, me tienen
rodeado por todos lados.

Al trote vienen las ratas.
El pozo hierve en pirañas.
Tejiendo trampas de tela
y en formación veo arañas.

Un escorpión toma impulso,
saltando clava su anzuelo.
Me paralizo, tropiezo
y me retuerzo en el suelo.

¡Ay! ¡Cómo duele, Dios mío!
Mi savia ya coagulada.
¡Me están cortando por dentro
con hojas desafiladas!

¡Malditas, vengan ahora,
soy un manjar suculento!
¡Acaben con las cuchillas
que causan mi sufrimiento!

Me invaden los estertores,
el mundo es un manto negro.
Soy vaporoso, liviano,
volando me desintegro.

Despierto. Miro mi cuerpo.
Tendido estoy en la silla.
En humo y brasa de pipa,
se mueren las pesadillas.
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Soneto de romería

Se acerca el día, es pronta la visita,
entre piedras, matorral y el polvillo,
florecen los aromas al tomillo
que guía a los romeros a tu Ermita.

Te acogen la pizarra y la cuarcita,
¡Señora nuestra, Virgen del Castillo!
El iris de tus ojos tiene el brillo,
que convoca a esta ineludible cita.

Ya se nota en mi rostro la emoción,
tu morada en la Salve se estremece,
al cantarla tu pueblo con fervor.

No lo dudes, tu escudo protector.
Y ahora estas lágrimas..., ¿qué acontece?
Es la pasión que agita el corazón.
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Un mundo sin ti

Sentado en el pupitre de aquella aula universitaria, no imaginaba lo que el minuto siguiente me deparaba. El día era de su gris habitual, los rostros usuales, los mismos latidos, el aire sin sabor.

De pronto, una llama de color, una chispa de aroma, un dejo de sonido, otra esencia. Apareces tú, pasando por la puerta, buscando tu salón. ¿Por qué volteé a ver a la puerta en ese preciso segundo? Nuestras miradas tejieron un chal que nos abrigó por unos segundos. Nuestros látidos se suspendieron un milisegundo y se sincronizaron. Sentí tu mirada penetrando hasta el centro de mi alma y te juro, que me amó en ese instante, tu mirada. Sentí la mía viajar cien millones de años luz hasta el centro de tu universo y contemplar el bing bang de nuestro cielo. Te aseguro que te amó una vida entera en ese instante, mi mirada.

Te supe el amor de todas mis vidas.

Que garbo el tuyo, que presencia de actriz intemporal, del mejor cine de todos los tiempos. Me sentí pequeño, y me sentí crecer; inflado por un amor muy ancho, sumamente largo y excesivamente profundo.

Salí del salón a toda prisa, como ráfaga de viento. Fingí que te conocía de la secundaria. Te saludé por otro nombre. Te pregunté como habías estado estos años que no nos habíamos visto. Me llenaste de explicaciones para convencerme que estaba equivocado, que te confundía con otra persona. Te repliqué con toda mi astucia sobre el increíble parecido; que hasta la voz era la misma, que solo te habías cambiado el corte de pelo y que esos años te habían sentado tan bien; que hermosa te habías puesto.

Me sonreías amablemente tímida. Y tu mirada me amaba y la mía te correspondía. Nuestros ojos suspiraban. La olas de tu pelo llegaban a la orilla de mis dedos que no se atrevían a tocarlas. El sabor de tus labios era de frutos de primavera, lo supe sin probarlos. El vaho de tu piel era el de una isla virgen en los confines de un océano aún no descubierto, lo supe aspirando y eliminando en mi mente el aroma de tu exquisito perfume.

El tiempo, la vida, el universo se confabularon a nuestro favor. Fuimos los mejores amigos y ya te amaba. Nos hicimos novios y te amaba más.

Luché todas las batallas nórdicas, las cruzadas europeas, los combates tribales, todas las guerras de las galaxias. Contra tus padres, contra las circunstancias, contra nosotros mismos, para hacerte mi esposa.

Le gané todos los argumentos a mis dudas, injerté certezas invencibles en las tuyas. Hice un batido de todas ellas, con yogurt, fresas y moras; y lo bebimos a la luz de una luna llena de esperanza.

Te amé todas las vidas que dura un ser humano bajo todas las lluvias y soles de vicisitudes. Peleé todas nuestras riñas y trifulcas con lanzas de juguete, con balas de salva; esquivé la furia de todas las necedades, las tuyas, las mías, las nuestras.

Te amé, me diste hijos. Los educamos, los vimos crecer. Caminamos todos los kilómetros de playa que tiene la vida para una pareja tan enamorada.

Fuimos millonarios en nuestra vida modesta. Revolucionarios, una pareja inseparable en un mundo abarrotado de relaciones fallidas.

Fuimos compañía en el lecho de muerte. Fuimos nuestra vida, todas nuestras vidas.

─Jovencito, ¿como resolvería usted esta ecuación de termodinámica? ─dijo el catedrático-. Regresé al punto de partida, al mundo sin color, sin tu fragancia, sin tus besos de frutos de primavera, sin guerras ganadas, sin voluntades conquistadas, sin ti.

@SolitarioAmnte
iv-2017
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Besos de frutos rojos

De frutos rojos, que emergen de la crisálida boreal en la primavera del tiempo; eran sus labios.

Carnosos puertos para un navegante aventurero; que cruza la inmensidad de los siete orogénicos mares, por vez primera.

Puertas color sangre, de una tierra virgen, de frutos de luna miel; escondida de la especie humana, desde el big bang de los tiempos.

Oasis del árido desierto florido de la juventud; que dura la eternidad efímera, del parpadeo de un dios griego.
Deidad que recibe en copa de oro bruñido (en las entrañas de los universos primogénitos), el elixir que mana de frutos rojos; cosechados en el Edén original. No el Edén del hombre; el de los dioses niños, que jugaron a moldear un universo de paradojas de espacio tiempo, en donde sembrar la criatura máxima; el hombre alado, que perdió sus alas al roce abrasador, de la entrada a la atmósfera, del Edén segundo.

De frutos rojos era sus besos; los de la mujer primera, de la joven primavera, de la joven oasis del desierto, de la joven Edén.

De la joven, que es la niña de los ojos, del dios griego. Que la piensa y la crea; al imaginarla en las entrañas, de una madre preñada, del fruto de un primer amor; el de sus primaveras otoñales. Deidad imaginaria que la concibe, mientras bebe un sorbo más, del elixir de frutos rojos del Edén original.

Y la niña de los ojos del dios griego, en un Apolo de carne y hueso posa sus ojos, posa sus sueños y posa sus besos; sus besos de frutos rojos.
En el Apolo que es más hueso que carne; el que perdió sus alas en el infierno abrasador, en su caída de un cielo imaginario, hacia la atmósfera del Edén segundo.

Y la joven es feliz con su Apolo; y él es feliz con la joven y con sus besos de frutos rojos.

@SolitarioAmnte
iii-17
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Descalza #2

Bajo las escaleras sin zapatos;
así es como el mundo me enseñó a hacerlo.
Por propia elección, la voz callada,
y entrando siempre con el frío en los pies
y el calor en el alma.

Sé que el camino es largo
y que hay cristales tirados por las esquinas;
que las camas se doblan cuando les das la espalda,
y que la muerte se pinta los labios
esperando que la bese
aquel que la desafía.

Pero a fuerza de los días,
estoy aprendiendo a ser la loba
que cubre su piel con lana virgen;
y que nunca se atrevan a rozarme la esperanza,
porque soy de las que saben adónde se dirige,
aunque vaya descalza.
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Liras del desamor

¡Oh líquido inflamable!
Que enardeces mis venas de amargura,
las rasgas como el sable,
vertiendo cual pintura
la sangre contagiada de locura.

¡Suave tacto agradable!
Caricia de la piel en su tersura,
dureza impenetrable,
selvática espesura,
que recorren mis labios con dulzura.

¡Oh mujer insaciable!
Seducirte es fascinante tortura,
el riesgo inevitable
en esta singladura
de la lucha sin cuartel ni armadura.

¡Oh vicio saludable!
Que en versos te derrites con finura,
tal barro moldeable,
y libre de atadura
fabricas del amor bella escultura.

¡Oh infame maleable!
Al fondo de tus ojos, su negrura,
mujer inalcanzable,
rayana a la pavura
del hechizo versado en la impostura.

¡Oh rictus adorable!
Delicado y repleto de ternura,
el arquetipo amable
de la virtuosa pura
que esconde su mejor caricatura.

¡Oh virgen admirable!
Por tu desdén me encierro en la clausura,
si bien indispensable
concurra la tonsura
y mi seso se encierre en la diablura.

¡No se qué es más fiable!
¿Rezar o envilecerme en la conjura?
Ruego lo aconsejable,
que pierdo la cordura,
y solo su dulce beso es mi cura.
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