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El Cementerio de Jaca

Hola, me llamo Ruth. Os voy a contar una historia que me ocurrió cuando tenía quince años y que jamás olvidaré.
Estaba veraneando con mi familia en Jaca, un precioso pueblo de Huesca. Me costó una semana convencer a mis padres para que me dejaran ir a la discoteca con mis nuevas amigas, Silvia y Miriam. Las conocí el primer día en la piscina de los apartamentos. Me vieron jugando con mi hermano pequeño y enseguida se acercaron para conversar conmigo. Silvia era un par de meses mayor que yo, y Miriam tenía diecisiete años.
Sin medio de transporte, sólo podíamos optar a la discoteca del camping. Pero el acceso estaba controlado. En la entrada del recinto los vigilantes comprobaban la identidad del personal que deseaba franquear la puerta. Nosotras no disponíamos de credenciales, ni de un aliado que desde el interior pudiera ayudarnos.
—Hay una solución —dijo Miriam con solemnidad.
—¿Cuál? —pregunté expectante.
—Nosotras hemos entrado dos veces saltando la valla de atrás —comentó Miriam —. Pero no sé si te dará miedo —hizo una pausa misteriosa y continuó —: Hay que atravesar el cementerio. Si vas corriendo y con los ojos medio cerrados no ves nada.
—¿Sólo tenemos que saltar un muro?, ¿no hay una puerta principal? —interpelé dubitativa
—Hay un portón de hierro, pero siempre está abierto —respondió Miriam guiñándome un ojo.
—Parece fácil —contesté sonriendo mientras recreaba mentalmente la escena.
—Pero no le has dicho nada de la vieja loca que vive por allí —añadió Silvia.
Entonces entre las dos me contaron que al lado del cementerio vivía una anciana que se llamaba Teodora, famosa en el pueblo por sus excentricidades.
La describieron como una vieja desgreñada, con ojos desorbitados y uniformada con un atuendo de hechicera malograda. Me explicaron que la anciana emergía de su caótico habitáculo esgrimiendo un sinfín de maldiciones a quienes atravesaran el cementerio en plena noche. Era su cometido y lo llevaba a cabo sin distinción.
Después de cenar esperaba impaciente que vinieran. Cuando llamaron a la puerta salí emocionada. Íbamos las tres riendo y botando por la calle. Nuestras melenas danzaban coquetas en el aire, el mismo que enamoramos con aquellas risas frenéticas: la hilaridad de la juventud.
Intentamos cruzar la entrada del camping, pero el vigilante nos paró y tuvimos que tomar el camino del cementerio.
Antes de llegar al camposanto atisbé el hogar de Teodora. Era una casa lóbrega; con un jardín repleto de objetos decorativos fantasmagóricos, y abundante vegetación marchita. El estado de la fachada era deplorable, con ostensibles grietas y desconchones.
El mensaje estaba claro: había que correr y saltar la tapia en tiempo récord.
Y lo hicimos. Aun así Teodora advirtió muestra presencia y salió de su morada blandiendo una escoba mientras lanzaba maldiciones a voz alzada. Por suerte estábamos a dos metros de saltar la tapia y no puedo darnos caza. Pero su imagen espasmódica y espectral se quedó impregnada en mi mente.

Al llegar a la discoteca dos chicos fueron directos a por mis amigas, y yo me quedé sola. A los pocos minutos las perdí de vista, lo único que deseaba era volver al apartamento con mi familia. Al llegar a la salida del camping vi al mismo vigilante que nos prohibió la entrada. Seguramente no me hubiera reconocido, pero no me atreví a cruzar el acceso. Creía que tomaría represalias avisando a mis padres o alguna contrariedad parecida. De modo que volví al muro del cementerio.
Mientras franqueaba el camposanto vi caer unos guijarros cerca de una lápida, pensé que detrás me aguardaba la anciana agazapada para asustarme. Paré y me acerqué temerosa, pero no vi nada. Y justo al enderezar mis pasos atisbé el espectro de un chico reclinado sobre el portón enrejado, me miraba y me extendía la mano. Avancé sin miedo hacia él y le ofrecí la mano. Enlacé los dedos corpóreos con los suyos traslúcidos, y sentí la embriagadora calidez de su energía.
Caminamos unidos por el bosque, mirándonos y sonriendo continuamente. Tenía el pelo castaño claro y divinos ojos verdes soñadores. No sé cuándo murió, pero su indumentaria indicaba que éramos coetáneos.
Me llevó junto al arroyo, la luna llena reflectaba en el agua abrigando el lugar con luces irisadas.
No hablaba, sólo transmitía un infinito estado de paz. Sentí cómo me abrazaba y su mano etérea acariciaba con dulzura mis bucles pelirrojos.
En ese momento clavé mi mirada color café sobre sus evanescentes ojos verdosos y me dormí acunada en su aura placentera.
Al cabo de tres horas una susurrante voz me dijo:
—Ruth, despierta.
Me alcé como un resorte. Pero el espíritu ya no estaba. Desande el camino corriendo. Las ramas de los árboles se agitaban con virulencia creando sombras amenazantes, mientras el viento silbante contribuía en el plano acústico acrecentando la tenebrosidad del paraje.
Llegué al cementerio y lo busqué, pero no lo hallé. Pasé sigilosamente por delante de la casa tétrica de Teodora, y al final llegué a mi apartamento.




Me desperté pasado el mediodía y bajé a la piscina. Allí Silvia y Miriam me aguardaban para disculparse de lo ocurrido. Les dije que lo entendía y no estaba enfada con ellas. Un mohín de perplejidad cruzó sus rostros, no comprendían mi firme indulgencia.
Cuando les participé por dónde salí, las dos exhalaron sendos suspiros ahondados del alma.
—¿Por el cementerio tu sola? —interpeló Miriam con estupor abriendo exageradamente las cuencas de los ojos —. Pensábamos que saldrías por la puerta.
—Sí. No tuve ningún problema, llegué rápido a casa —respondí soslayando los hechos.
—Esta noche volveremos. Vendrán con un amigo que casualmente ayer no fue. Le hablamos de ti y te está esperando —argumentó Silvia complaciente.
—¿Si? Perfecto —contesté sin celebrarlo.
—Cuando te lo presente vas a flipar —comentó Silvia risueña —. ¡Está buenísimo!
Aquella noche me arreglé más que nunca. Recuerdo que llevaba una minifalda tejana ribeteada con unas piedrecitas de colores y una blusa de tirantes negra. Le pedí a mi madre que me pintara la raya superior del párpado para que me quedara perfecta.
Mis amigas me rindieron un sinfín de alardes y por la calle varios chicos me lanzaron piropos en exclusividad.
Oteamos al mismo vigilante que la noche anterior. Ni lo intentamos.
Atravesamos el cementerio cautelosas para no alertar a Teodora. Ellas saltaron la tapia y yo no. Mi rostro reflejaba la férrea determinación de permanecer en aquel lugar de modo inequívoco.
—Ruth, ¿por qué no saltas? —preguntó Miriam desde el otro lado.
—Mi cita está en el cementerio —afirmé categórica.

Marisa Béjar, 31/05/2017.
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El viejo cementerio

El viejo cementerio castellano
se muere poco a poco sin remedio,
no tiene quien le llore. Que hoy el tedio
le agarra con tristeza de la mano.

Ya nadie le acompaña, ni el fulano
que hiciera del suicidio un intermedio;
ni el cura le somete ya a su asedio
rezando un buen responso a algún hermano.

Si un día yo me muero, es muy posible,
que cuando vaya a verle ya no exista
o piense es un objeto ya inservible.

No quiero aquí pecar de pesimista
así que alguno insista no es horrible,
prefiero otro lugar como turista.
©donaciano bueno

Comentario: Poco más de trescientos metros son los que separan al viejo cementerio o mejor, al camposanto, de la pequeña población. Anclado en la falda de una colina, cuatro humildes paredes de adobe y cuatro cipreses, uno en cada esquina, a los que se accede por un camino de tierra de unos trescientos metros que en invierno y en los días de lluvia se convierte en un barrizal. Una puerta de hierro de la que pende un simple candado oxidado, da paso al recinto . Pareciera que allí todo duerme el sueño de los justos. A medida que la población ha ido desapareciendo, ley de vida, los yerbajos se han adueñado de las lápidas . Y es que hoy ya los jóvenes no le visitan ni siquiera el día de los Santos. Requiescat in pace (R.I.P.) Descanse en paz.
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Noviembre

Noviembre no es un mes,
son unos segundos de distracción
vestidos de noche y lluvia,
oscuro viento en la acera.
Es un soplo que nadie oye.

Noviembre no es un mes,
no nos engañemos. Son luces tenues
sin gente en la calle ni ruido alguno.
Es una sombra que cubre cabezas,
un escaparate donde nadie se para.

Noviembre es una almohada
hecha con los truenos de la noche.
Se resquebraja en la cama revuelta
del cielo que ladra con rabia
un dolor desconocido.

Noviembre no es un mes ni tiene nombre.
Es cuna del pájaro que ha huido,
la voz del niño callado
cuando no sabe con qué jugar
y mira la nada, ausente.
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Cementerio General del Sur

El cementerio es la diaria cita
de los muertos en vida
con los vivos en la muerte.
O tal vez sea
un sitio para el reposo de las almas
de los que mueren
y el comienzo de las memorias
de los que siguen viviendo…

Sepultura de corazones
de difuntos y dolientes,
poblados en los que entramos a despedir un pariente
y salimos despidiéndonos
de aquello que un día fuimos.

La única certeza al pisar un camposanto
es que lo abandonamos siendo completamente distintos.
Entre el dolor y el llanto
ya no seremos los mismos.


Heclist Blanco
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Soldados

Los versos, son lo único que queda
para golpear el corazón de los hombres que no hablan, que hacen el mal y no dicen nada.
Hombres con uniformes de todos
los colores, sujetos a una bandera
que les manda y les dice todo por la patria.
Y ellos dan sus vidas, pero también
las quitan, hombres que llevan
muerte escrito en sus caras orgullo
en su pecho y pena en sus almas.
Necios algunos, otros cobardes,
otros muertos de miedo oyen el ruido
de los proyectiles, sabiendo que su nombre está escrito en uno de ellos, sabiendo que las coronas de flores
solo se las regalan a los muertos,
y que sus novias, padres y madres pasarán por un infierno.
Y aún así honran su bandera liberan
al barquero y a su dueña tiñen de negro los lugares donde llegan.
Oyen los ruidos, los ruidos de la guerra. Hoy un niño me pregunto porque disparaban los hombres de verde
y manchas negras.
No supe que responderle
tuve cargo de conciencia.
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Otro poema sobre Madrid

Madrid es un lince, desgasta
a lametones desde los pies
y mecaniza todos los pasos
por mucho que escapen de su raíl.

La música ambulante se mezcla
al son de repletos autobuses.
Articulan lo que quiere oír cada uno,
son las mil y una voces de Madrid.
Aun así guarda el secreto que nos atañe.

Su cuerpo tiene forma inexacta,
de atleta es su pierna izquierda
y con tacones anda la derecha.
Ambas manos sujetan indistintamente
un maletín o la correa de un can
disfrazadas detrás de un periódico.
Sus brazos han barrido el suelo
o se han alzado en la última manifestación.

Madrid tiene barba de camionero,
cien ojos en la cámara del turista
y late al ritmo de quien le siente al andar,
da igual si va o viene, siempre estará allí.
Su boca es la de quienes comen genitales
para labrarse un futuro mejor.
¡Bienaventurados todos ellos!


Pese a todo, siento que hoy habla
sólo para mí. Recita en su adagio
todas las cosas pendientes de hacer.
Incluso se atreve a hablarme de ti,
y eso que no eres verdad.
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Veintiún gramos exiliados

Somos la pequeña gota de un grifo gélido
que cede sus hijos a la tierra.


Mundo, mundo, uno a uno te vas llevando.


Se van envueltos en aire de tergal
y arañan el ayer
sus veintiún gramos exiliados.


Las cosas por hacer son dagas
en la boca de un faquir hambriento.
Camina sobre coronas de flores,
acaricia con manos de sangre
y mira a través de escarabajos inertes
clavados en tu pelo.
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Cementerio

La luz de la luna iluminaba levemente las filas de lápidas en el cementerio. Soplaba una brisa gélida y la niebla flotaba entre las tumbas, en cuya piedra rezaban los nombres de los difuntos. Muchos ya habían sido olvidados; otros, en cambio, descansaban bajo flores frescas que veneraban su memoria. Entre todo este silencio sepulcral, se empezaron a oír pasos. Pisadas que se hundían en el fango, que dejaban huella en la tierra húmeda. Los lobos anunciaban la media noche y aullaban a la luz de la luna.

Patricia se detuvo unos instantes y se estremeció. Era una chica joven, rubia y de ojos azules y brillantes, los cuales resplandecían como diamantes en la oscuridad. Su piel era pálida y sus labios rojos y carnosos. Llevaba puesto un abrigo verde militar y unos pantalones vaqueros, además de sus botas de lluvia. Hacía tiempo que había escampado, aun así había llovido bastante antes de que anocheciera. Patricia apuntó con su linterna, con cierto temblor, entre las lápidas. ¿Qué demonios buscaba allí? De pronto comenzó a tener una extraña sensación. Tenía el presentimiento de que alguien más respiraba junto a ella, de que la observaban desde algún rincón de la oscuridad. Comenzó a dar vueltas sobre sí misma, con el temor de que la luz de su linterna reflejase alguna forma sólida entre las lápidas. Y de repente…
-¿Hay alguien ahí?

Patricia se sobresaltó al escuchar su propia voz. Fue como si todo se congelara, como si el viento hubiese dejado de soplar, como si los lobos hubieran enmudecido. Por unos momentos reinó al silencio… hasta que algo lo quebró: alguien se dirigía hacia ella. La joven apuntó con su linterna hacia donde oyó los pasos, que se sucedían uno tras otro, de forma continua. Fuera quien fuese, no trató de disimular nada su acción: caminaba de forma dispuesta hacia ella. Patricia empezó a temblar y sintió un miedo terrible, hasta el punto que se le helaron los huesos.
Y entonces lo vio. La figura se detuvo a escasos metros de ella, mirándola fijamente. Lo que contempló entonces, fue lo siguiente: un hombre vestido de negro, cuyo rostro era blanco como la nieve, cuya boca esbozaba una sonrisa maligna y cuya dentadura dejaba entrever unos colmillos espeluznántemente grandes.
Era un vampiro.
-Estaba seguro de que vendrías…-murmuró la criatura. Patricia retrocedió un par de pasos. Aquella imagen le era familiar: lo que veía fue en un tiempo un hombre atractivo y elegante. De hecho, aún lo seguía siendo. La única diferencia (además de sus dientes) era que ya estaba muerto.
Agustín…la voz de la muchacha se quebró y apenas pudo pronunciar el nombre-. Agustín…
-Sí, soy yo-asintió el vampiro, que había reanudado su marcha hacia la joven.

Patricia volvió a retroceder. El pánico invadió su cuerpo y apenas podía pensar. Lo que veía no podía ser cierto, pero la voz de la criatura siguió resonando en su cabeza.
-No temas, amor mío. Soy yo, Agustín-el vampiro extendió su mano, en un intento por ganarse la confianza de la joven. Su sonrisa era aún más maliciosa que al principio.
Patricia pareció recular. Sus ojos se bañaron de lágrimas y tras observarle de pies a cabeza le contestó:
-Muerto o vivo, siempre serás el mismo. Durante varios años fui esclava de tus golpes, de tus mentiras, de tus dardos… cuyo veneno nunca podré extraer y por ello nunca podré sanar… tú eres el culpable de todo. Fuiste un miserable en vida y no por estar muerto cambiarán nada las cosas.

La sonrisa del Agustín quedó borrada al instante. Con una mueca en su expresión, pareció reflejar en su rostro el dolor que había descrito la joven. Negó con la cabeza, mostrando arrepentimiento. Tras esto, habló:
-Los errores que cometí en vida me hicieron más humano tras mi muerte. Ya ves, amor mío, que fue tras apagarse mi corazón cuando realmente parezco tener alguno. Ni un solo día bajo tierra dejé de pensar en ti: en tu sonrisa, en tus ojos, en tu boca y en tus labios, en tu cuerpo desnudo junto al mío…
Una lágrima recorrió la mejilla de Patricia. Aunque el vampiro pareció comportarse mal en vida, los buenos recuerdos comenzaron a florecer en la memoria de la joven. Dio un paso adelante.
-Yo no quería que esto terminase así-dijo-. Podríamos haber sido felices…
-Todavía podemos serlo-contestó Agustín, y entonces volvió a recobrar su maligna sonrisa-. Ven conmigo y te prometo una eternidad junto a mí.

Patricia confió, avanzó hasta el que un día fue su amado y le agarró de la mano. Entonces, cual conejillo que es cazado por un águila, el vampiro la presionó contra su pecho, le agarró con una mano su cabello y con la otra la espalda, y le mordió entonces en su cuello. La sangre manó de la pálida piel de la muchacha, que apenas pudo emitir un grito ahogado. Los lobos volvieron a aullar con fuerza. Los cuervos, ocultos en los árboles, comenzaron a graznar. La niebla se hizo más densa y una gran nube ocultó la luna, quedando el cementerio a oscuras. Un instante después, entre las tinieblas, brillaron dos ojos como diamantes. Eran azules e intensos y comenzaron a vagar entre las tumbas. En realidad, Patricia había sabido siempre que su final sería este.
Aun así, fue al cementerio en busca de algo que su mente no deseaba… pero sí su corazón.

Evan Huygens
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Vampiros

En esa noche perpetua y sin sentido,
escribimos con sangre nuestros nombres,
tu vampira y yo vampiro.
Anudamos nuestro pacto
con suspiros de silencio
y entre la luna de sangre y el cielo,
nos dijimos te quiero.
Las estrellas rebrillaban
y reían los luceros,
a escondidas nuestros labios se mordían,
y los muertos en sus tumbas aplaudían y aplaudían.
Algunos sus lápidas abrían y salían
para ver a dos criaturas de la noche que nacían.
Con lazos de sangre sellamos nuestro amor.
Querernos por la eternidad
la vida nos costó.
Lo que ha unido la muerte,
que no lo separe Dios.
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Agua

Camina con pasos de lluvia,
llega hacia mí, hace charcos
y me besa con fuerza mareomotriz.


Sus olas balancean mi cuerpo,
náufrago de razón alguna.
Corrientes de agua salada fluyen
por sus venas para ser vapor
en el cielo de mi boca.


Si le miro tan solo veo agua
en su más perfecta armonía.
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Terrenal

Cargo un cementerio de

mi

ga

jas,

que florecen con el tiempo.
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Te tengo, pero no te tengo

A veces te siento conmigo
cual ave con su canto
pero a veces te siento sin mi
y solo quiero entrar en llanto.

Me siento a esperarte ansioso
cual embarazada con su niño
pero despues me siento angustioso
pues me falta tu cariño.

Las noches no son iguales
ya no siento tu presencia
tan solo tengo recuerdos
y eso me causa impotencia.

Hoy estoy aquí contigo
pero a la vez estoy sin ti
ya son más de trece años
desde que te fuiste de mi.

¡Dios! por que no fui yo
no sentiste compasión
ahora su belleza esta cautiva
para siempre en este panteón.
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Pseudocementerio

Por ese pseudocementerio que tengo en una cajita
escondida entre los libros de mi estantería.
De alguien que yo no conocí
una flor metálica y la esquela de un periódico
que nunca leí.
Polvo de los años pasados hasta ahora.
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Chilla, chiquilla

Chilla, chiquilla. ¡Chilla!

Chilla con la fuerza de tus entrañas

y apaga la llama

del dragón milenario que bosteza humo.





Chilla, chiquilla. ¡Chilla!

Chilla con todas las letras

del alfabeto que esconde tu piel

y regalas en cada abrazo.





Chilla, chiquilla. ¡Chilla!

Chilla contra el eco que pelea por tu voz

y ganarás el pulso otra vez.
4
sin comentarios 25 lecturas versolibre karma: 39