Verso clásico Verso libre Prosa poética Relato
Perfil Mis poemas Mis comentarios Mis favoritos
Cerrar sesión

encontrados: 75, tiempo total: 0.008 segundos rss2

Después de Teutoburgo

Cuando abrí los ojos, no sabía dónde estaba, tan solo veía luz. La cabeza me daba vueltas como en una horrible resaca, y por la garganta todavía se mezclaba el amargo sabor de la sangre con el de la saliva. Poco a poco la vista se fue aclarando. Lo primero que pensé es que estaba muerto y que estaba despertando en el Eliseo. No me entristecí, ya que volvería a ver a mis padres y a muchos camaradas muertos en combate. No era así, estaba vivo, pero mi mayor sorpresa fue descubrir quién me había salvado.

- ¡Mira Sigrid!- dijo una voz masculina que me era familiar.- ¡Está despertando! ¡Rápido, trae un poco de agua y algo para comer!

En pocos segundos la mujer salió de la estancia donde me encontraba, para regresar con un cuenco de agua y algunas bayas silvestres. Las imágenes cada vez me eran más claras. Por fin, pude ver con claridad, aunque la cabeza continuaba dándome vueltas.

- ¡Lucio, Lucio!- gritaba el hombre.- ¡Soy Yo, Esket! ¿Te acuerdas de mí?

- ¿Esket?- dije sorprendido y con la cabeza todavía doliéndome.- ¿Eres tú de verdad, viejo amigo? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Yo creía que estaba muerto.

- Todavía no, amigo. Estás muy vivo, pero no gracias a mí, sino gracias a los dioses que hicieron que topara por casualidad contigo.

- ¿Que ha pasado? Tan solo recuerdo que caminábamos por el bosque en formación de avance. Todo estaba oscuro, y de repente la muerte se abalanzó sobre nosotros. Salieron de la nada, cientos de guerreros germanos rompieron nuestras filas. Recuerdo haber reducido a más de uno, pero un pequeño grupo nos vimos acorralados. Nos encomendamos a Marte y combatimos valientemente hasta el final. Séptimo Valente y yo quedamos los últimos. Resistimos espalda contra espalda durante largo rato, pero el cansancio hizo mella en nuestros cuerpos y fuimos reducidos. Lo último que recuerdo es ver a mi camarada caer, y una espada clavándose en mi costado. Luego, me invadieron las tinieblas.

- Yo también estaba allí para combatir contra los romanos. – manifestó Esket.- Pero por suerte, pasé por donde tú estabas. Al verte, recordé mi tiempo en Roma y nuestra infancia. A los nueve años tuve que marchar a Roma para asegurar un pacto entre el emperador y mi tribu. Aunque nunca estuve retenido, siempre me sentí como un rehén. Los demás niños me miraban con desdén; “Bárbaro”, me llamaban algunos. Todavía recuerdo cuando a los dos años de estar en Roma, unos niños mayores se pusieron a pegarme y a insultarme, pero allí estabas tú. Nunca nos habíamos visto, pero saliste en mi defensa golpeando a esos idiotas. Luego me levantaste y me llevaste a tu casa. Allí me curaron los golpes. Desde ese día comprendí que no todos los romanos erais iguales. Tus padres me aceptaron en su casa como uno más hasta que retorné a mi tierra. Era lo mínimo que podía hacer por tu familia y por un buen amigo.

- Así que…. ¿No hay más supervivientes?- dije imaginando la respuesta con pesar.

- Creo que no. – contestó el germano.- Hemos acabado con tres legiones. Vuestro comandante Varo se ha quitado la vida ante la desastrosa derrota.

- Publio Quintilio Varo ha preferido quitarse la vida antes que enfrentarse a la deshonra – dije.- ¿Y ahora que será de mí?

- Ahora debes recuperarte - contestó la mujer de Esket.- Podrás quedarte aquí hasta que estés curado del todo; luego, eres libre de marchar si así lo deseas.

El cansancio regresó para apoderarse de mi cuerpo, y caí rendido en los brazos de Morfeo. Estaba alegre porque había sobrevivido a tan terrible batalla, pero me apenaba la perdida de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Por otra parte, estaba el reencuentro después de tantos años con Esket, mi mejor amigo de la infancia, a pesar de su origen germano.
Tras dos meses de descanso y buenos cuidados por parte de Esket y su mujer, conseguí recuperarme del todo. No me costó demasiado volver a estar en forma una vez cicatrizada la herida que tenía en el costado derecho, y que me hubiera costado la vida, de no ser por el gran corazón de Esket y los sabios conocimientos de medicina de Sigrid. Todos me daban por muerto, y no tenía a nadie que me esperara en casa, así que decidí quedarme en el poblado de Esket. Antes de ser aceptado, el consejo de ancianos y jefes, se reunió para decidir mi suerte. Esket convenció al consejo, y bajo su responsabilidad, fui aceptado como uno más. Trabajé las tierras del clan de Esket, e incluso contraje matrimonio con una prima de Sigrid; Fedona. Ahora ya han pasado treinta años desde aquel fatal día en el bosque de Teutoburgo, pero doy gracias a los dioses por darme otra oportunidad. A pesar de todo este tiempo, mi devoción se debe a los dioses romanos, aunque he de reconocer que también profeso la fe en los dioses germánicos; nunca está de más tener algún dios a mano. Mi felicidad está al lado de mi mujer y mis hijos, así como dentro del clan de Esket, en el cual he sido aceptado como un hijo, y lucharé contra cualquiera que quiera hacerles daño; incluida la propia Roma.
3
2comentarios 53 lecturas relato karma: 36

No llegas

Otra taza de café
y de mis hombros cae la tela.
Ven, que vengas te pido.
Aunque no me escuches, llega.
Oprime tanto este vacío
tan candente, a la espera.

Bajo los párpados te veo
y en mis sienes te desato.
Se me escapa un suspiro
de entre la mente, en tu regazo.
¿Cómo paro mis sentidos?
Llega pronto, llega, vamos.

Me recorre la serpiente,
ávida de mi, sin dientes.
Desaparecen mis manos,
la luz se apaga, me deshago.
Sé que no puedes, no vienes,
no llegas, yo lo hago.
8
sin comentarios 37 lecturas versolibre karma: 80

La venganza del muerto errante

El latir de su corazón, resonaba por cada una de las oberturas del acantilado, acompañado del rítmico jadear de su respiración. Estaba aferrado a una hendida roca que sobresalía de la pared, colgado a más de ochenta metros del suelo. Por encima de su cabeza se escuchaban unas voces. Dos hombres hablaban entre sí. Segundos después, se escuchaban dos caballos galopar en dirección contraria al escarpado acantilado. El hombre, que permanecía colgado de la roca, a punto de caer, y tras realizar un enorme esfuerzo, consigue alcanzar la cima de la pared y ponerse a salvo. Recupera el aliento lentamente, mientras contempla la inmensidad del horizonte desde las alturas. No dejaba de sonreír. En un acto de reflejo, el magullado desconocido se toca con cuidado el bolsillo derecho, e introduce la mano para buscar alguna cosa. Vuelve a sonreír mientras saca el misterioso objeto. Una pequeña caja negra, parecida a un antiguo cofre del tesoro, aparece en las manos de ese hombre. La abre, y de ella saca una antigua y desgastada llave. Después de observarla detenidamente y comprobar que no ha sufrido ningún daño, la vuelve a guardar. Todo ha salido bien al final, y el riesgo ha valido la pena. El maltrecho hombre casi pierde la vida, pero ahora tiene en su poder la llave que esconde un oscuro y valioso secreto; y lo mejor de todo, es que sus perseguidores lo dan por muerto. Pero hay veces, que hasta los muertos regresan para vengarse.
3
sin comentarios 39 lecturas relato karma: 37

De mi

¿Qué me pasa en mi vacío
que me aterra y me amansa?

¿Qué ocurre en los inicios
sin ruidos y sin trampas?

¿Qué tropieza con mis pelos?
¿Son mis manos o mis zarpas?

¿Soy de aquí y nunca me he ido
o soy de mi y me falta casa?
leer más   
16
sin comentarios 54 lecturas versolibre karma: 96

Alborotada

Alborotada como mi pelo
quizá necesite un peine,
pero me peino con los dedos y desenredo
poco a poco lo que duele.

¡Que se queden las canas y se ricen si llueve!
leer más   
13
2comentarios 54 lecturas versolibre karma: 86

Siempre

Más vale nacer loca
para escribir versos
cuando la hierba no vuela.

Más vale nacer loca
para ser persona
entre personas que no se saben.

Más vale nacer,
nacer desamparada,
bajo luces de otoño que se esconden en nada,
en susurros tardíos, en las noches heladas,
en el último atisbo de una triste mirada.

Más vale nacer:
nacer siempre,
nacer loca,

nacer en boca de tu palabra.
12
6comentarios 83 lecturas versolibre karma: 89

Palabras

Palabras, palabras, palabras,
paquetes vacíos que obvian el alba.
Tan sólo eso, sólo enlatadas,
llegando a la mente de los que no hablan
y que por no hablar
matan.

Matan a miradas que se dicen en un sí.
Matan con las ganas que regala el vivir.
Matan, pero matan
porque matar es decidir
no utilizar palabras.
Palabras, palabras, palabras.
14
3comentarios 86 lecturas versolibre karma: 96

Hijos de Roma

Petronio señaló a sus compañeros una arboleda situada en lo alto de la loma que dibujaba el camino por el que avanzaba su regimiento. El legionario había advertido previamente a su centurión, el respetado Favio Clodio Espurnio; III centuria, Legio XXI Rapax, de que unos exploradores de la avanzadilla enemiga les estaban siguiendo. Espurnio situó a sus hombres en avance de combate, preparados para sofocar cualquier imprevisto. Unos metros más adelante un gran tronco atravesado en el camino les cortaba el paso.
Mientras el centurión ordenaba a sus hombres situarse en formación compacta y defensiva, el rugir de una garganta enemiga tronó en el aire anunciando el inminente ataque. El sonido parecía venir de lo más profundo del Averno. Los legionarios romanos no conseguían distinguir a nadie entre la maleza y los altos arboles que atravesaba el camino. Petronio apretaba el “pilum” con fuerza, mientras con la mano izquierda situaba su escudo en alto. De pronto, unos gigantescos hombres del norte aparecieron entre la espesa vegetación, vociferando y lanzando improperios en su bárbara lengua. La gran mayoría combatía con el pecho desnudo, y con la única protección de un pequeño escudo de madera y una gran hacha de doble filo.

- ¡Preparaos para chocar!- gritó Espurnio, situado en primera fila de combate.- ¡ No olvidéis que luchamos por la gloria de Roma!

Estas palabras alentaron a algunos legionarios el valor necesario para comenzar a luchar. La colisión fue feroz. Un gran guerrero enemigo había conseguido romper la primera línea de defensa con un solo golpe de su terrible hacha, pero la rápida reacción romana rehízo la línea, abatiendo al germano con una estocada en el corazón. Los legionarios formaban la “testudo” mientras los enemigos continuaban hostigando la muralla de escudos imperiales con sus grandes hachas, espadas, lanzas, e incluso con grandes troncos y piedras. A pesar del brutal y continuado ataque, los romanos mantuvieron eficazmente su formación.

- ¡Atacad Ahora!- gritó de nuevo el centurión.

La orden del centurión Espurnio se realizó automáticamente, y los legionarios pasaron a la acción lanzando sus jabalinas y abriéndose paso con sus lanzas y espadas. Petronio clavó su “pilum” en el tórax de un gigante de larga melena rubia y ojos azules, mientras rápidamente se hacía de nuevo con el arma. Un soldado romano caía justo a su lado atravesado por un asta enemiga. El mandoble de una gran espada germana impactó contra su maltrecho escudo, rebotando terriblemente contra su casco. Petronio quedó unos segundos en el suelo, aunque su instintiva reacción de soldado romano le salvaría la vida. A pesar del golpe, el veterano legionario levantó su lanza y atravesó el estomago de su enemigo, el cual se retorcía de dolor en el suelo mientras se desangraba a gran velocidad. Rápidamente volvió al combate. Abatió a varios enemigos, aunque a su lado, algunos de sus compañeros también caían víctimas de la furia guerrera de las tribus bárbaras del norte. Los germanos comenzaron a retirarse al ver que los romanos aguantaban el envite, y de que estos estaban ahora llevando la iniciativa en el combate. Un gran cuerno de guerra resonó en el aire. Segundos después, los guerreros del norte habían desaparecido.
Diecisiete bajas se contaron entre las filas romanas, incluyendo dos heridos de gravedad. Espurnio ordenó montar a los dos heridos en un carro de la impedimenta y trasladarlos al campamento romano, situado a media jornada de camino. Una vez en el fuerte que protege la frontera, mandaría a algunos trabajadores a recoger a los muertos. Los legionarios marcharon en formación de combate en dirección al campamento, mientras Petronio, vigilaba en la retaguarda cualquier posible indicio de una nueva emboscada.
4
2comentarios 40 lecturas relato karma: 57

Fe

- Arrodillaos ante mí y seré piadoso. Si lo hacéis, os prometo una muerte rápida y digna, pues no existe fuerza en este mundo ni en ningún otro que os pueda salvar de vuestro destino - ordenó el general victorioso a su prisionero, Ergalian Fritz, líder de los rebeldes.

- ¡Solo me arrodillaré ante Dios!- contestó Ergalian Fritz con la cabeza alta y con un brillo desafiante en sus mirada.

- ¿Dios? No veo por aquí a ese al que tanto amáis - le replicó el general, furioso por el desafió de un hombre que apenas podía mantenerse en pie.

- El puede verlo todo, y estoy seguro que me protegerá pase lo que pase. Podéis acabar con mi cuerpo, pero no con mi espíritu.

- En ese caso, no me queda más opción.

Tras hacer llamar a dos guardias, Lord Egmont, general de la caballería Real, se retiró a sus aposentos, desconsolado y cabizbajo. No podía quitarse de la cabeza la mirada de su antiguo compañero de armas, desafiante hasta el final, aún a sabiendas de la horrible muerte que le esperaba. ¿Sería tan fuerte el poder de ese nuevo Dios? Se preguntaba una y otra vez mientras observaba la estatuilla votiva con la imagen de Odín, padre de los dioses.
12
sin comentarios 79 lecturas relato karma: 83

Roma Victor

Aurelio y Antonio, entraron en el campamento al galope. Sus rostros desencajados, tensos y polvorientos reflejaban ansiedad y temor, como si estuvieran huyendo de la mismísima Parca; y para ellos así era. Se dirigieron sin perder un segundo a la tienda del Tribuno, y allí, cuadrándose ante él, y después de saludarlo, hablaron.

- ¡Señor!- dijo Aurelio con la respiración entrecortada.-El enemigo se encuentra a un día escaso de camino y es muy numeroso.

- ¿Hacia dónde se dirigen exactamente soldado?- preguntó el Tribuno.

- Vienen directamente hacia nosotros señor-contestó Aurelio.- Creo que su intención es atacar nuestra posición.

- Bien hecho soldados. Reuniros con vuestros compañeros y estad listos para entrar en combate. Podéis retiraros.

Después de esta inesperada noticia, el Tribuno, Aurelio Cornelio Glabrio se dirigió preocupado a su lugarteniente, el cual se encontraba también en la tienda.

- Marco, la situación es preocupante. Según los exploradores, el enemigo nos supera en número, y solo puedo contar con una legión. Debemos enviar un mensaje al Legado Salinator para que nos venga a ayudar lo antes posible con sus tres legiones. Envía a tu hombre más de confianza. Manda tocar formación en orden de batalla. Quiero a todos los hombres listos en veinte minutos. Puedes retirarte.

- ¡Si señor!- y después de cuadrarse y realizar el saludo romano, se retiró.

Tal y como había mandado, veinte minutos después, todos los soldados de la legión que guardaban el campamento en la frontera del Danubio formaban en orden de batalla. La visión era marcialmente magnífica. Hombres robustos y curtidos, la mayoría, en cientos de batallas, vestían la armadura del glorioso ejército romano. Los débiles rayos del sol que escapaban del cielo gris de la región de Panonia, refulgían en los cascos y las puntas de las lanzas de los legionarios, dándoles un aspecto de semidioses. El Tribuno los miraba con admiración, con el orgullo de un padre cuando contempla a su hijo, con el respeto de un legionario romano. Después de pensar unos segundos sobre la suerte que correrán algunos, o la mayoría de esos pobres valientes, se dirigió a sus hombres para intentar infundirles valor para la batalla.

- ¡Soldados de la gloriosa Roma! Un enemigo mucho más numeroso se dirige hacia nosotros. Su objetivo es destruirnos, pero no dejaremos que lo consigan- los vítores y gritos guerreros empezaron a escucharse por todo el campamento.- Un mensaje ha sido enviado al Legado Salinator para que venga a apoyarnos. Pero....,¡Decidme! ¿Dejaremos que la historia hable, de que nuestra gloriosa legión tuvo que recibir ayuda para vencer a unos malditos y desorganizados salvajes barbaros?

- ¡No!- se escuchaban gritos entre los soldados- ¡Cerdos del infierno! ¡Bastardos!

- Es por eso soldados -continuó hablando el Tribuno.-Que saldremos a defender nuestro honor y el de Roma demostrando al mundo entero y a la historia que nuestra legión está compuesta por valientes soldados del Imperio. Demostremos a los dioses nuestro valor, y volvamos a nuestra patria con honores. ¡Un soldado de Roma vale por 100 malditos bárbaros! Así que…,¿Qué debemos temer? Roguemos al padre Júpiter su protección en la batalla, y a su hijo, nuestro compañero en batalla, el divino Marte, que nos de toda la fuerza para derrotar a nuestros enemigos. ¡Salgamos allá fuera, y cojamos nosotros mismo la Nike! Que cuando llegue Salinator, solo pueda quedar perplejo por nuestra fuerza y nuestro valor. Si estáis conmigo, la victoria es nuestra. ¿Estáis conmigo, soldados de Roma?

- ¡Siiiiiii!- gritaron todos al unísono.

Los soldados gritaban y chocaban sus escudos contra sus lanzas, produciendo un sonido aterrador que se podía escuchar a cientos de estadios de distancia. Tan aterrador fueron los vítores por el éxtasis de entrar en batalla que el ejército visigodo que se proponía atacar el campamento romano, se detuvo unos minutos angustiado por tan fantasmal sonido. Después de esto, todo estaba listo para el choque mortal entre romanos y visigodos.
4
sin comentarios 30 lecturas relato karma: 57

Soneto. Igual que te he esperado cada día

Hay desenfreno en esos arrabales
que suscitan cultura anquilosada
y frío de hipotermia consternada
en tierra dura o grandes peñascales.

De madrugada, cuando entras o sales,
mi cardiopatía está dilatada
y bebo sed de amor exasperada
en todos los ríos y sus caudales.

Si al fin se degrada mi ideología,
podrás usarme como precedente
en tu boca llena de rebeldía.

Cundo muera y esté sin morfología,
podré esperarte como antecedente
igual que te he esperado cada día.
4
sin comentarios 72 lecturas versoclasico karma: 48

Selit: La bruja blanca

La anciana Selit, vivía a las afueras de la Villa recibiendo a hombres y mujeres que requerían sus servicios. Había muchos rumores sobre ella; Bruja para unos, maga, hechicera o curandera para otros, pero para la mayoría de sus vecinos era únicamente la solución a sus problemas. Entre sus clientes se encontraban los aquejados del mal de amores, los que buscaban un remedio para su fatiga, los que deseaban conocer su suerte, mujeres jóvenes embarazadas que deseaban abortar, madres solteras que buscaban ayuda para sus hijos…, y en general, los más pobres del lugar, que buscaban una solución a sus problemas o enfermedades. Todos salían contentos tras ser atendidos por la anciana, ya que procuraba remedio real y consuelo para todos.
Un aciago día de Octubre, se denunciaría injustamente a Selit bajo el delito de brujería. El Tribunal de la Santa Inquisición sería el organismo que ejecutaría la pena. El fallo: Culpable de brujería. Todos los aldeanos se opusieron a la pena, pero no podían hacer nada frente al poder de la Iglesia. La Villa estaba triste. Selit fue apresada y llevada al calabozo del puesto de guardia para ser interrogada, aunque su destino ya estaba fijado. Al amanecer, sería condenada a arder en la hoguera. Esa misma noche, su casa y todos sus recuerdos fueron consumidos por las llamas. De madrugada, una melodía resonó por toda la Villa: era la voz de Selit, que pese a los golpes del interrogador de la Inquisición, sonaba dulce y serena. Era la misma canción que cantaba a sus clientes mientras atendía sus males. De esa forma quería hacerles llegar que no se preocuparan.
El amanecer llegó, y en la plaza de la Villa ya estaba preparada la pira donde sería quemada la anciana. Algunos gritaban:” ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Arderás en el infierno!”, otros pedían clemencia, y la mayoría simplemente callaban y rezaban en silencio por la suerte de su vecina y amiga. El Inquisidor, emitió la sentencia en voz alta, e hizo la señal a un guardia para que prendiera fuego a la hoguera. Algunos aldeanos lloraban, ella reía. Selit, atada al poste central comenzó a cantar. En unos segundos el fuego había envuelto el cuerpo de la condenada, y las llamas más altas parecían llegar al cielo. Selit no mostró ningún síntoma de dolor ni quejido alguno. Antes de ser consumida por las llamas su rostro era sereno y sonriente.
Muchos testigos dicen, que mientras la pira se convertía en una gran bola de fuego, un rayo de luz se proyectó en el cielo; otros, que han visto a la anciana rondar por el bosque tiempo después. Pero la gran mayoría afirma que las noches de luna llena, una figura luminosa canta la canción de Selit, inundando la Villa de los dulces recuerdos que dejó en vida esta “Bruja blanca”.
5
sin comentarios 50 lecturas relato karma: 68

Soneto. A hurtadillas

La brújula del sol se mece inquieta
y la gaviota desgarra su plumaje
alentada en el vuelo de otro viaje
a un cielo que, entre las nubes, se agrieta.

En un golpetazo de olas se aprieta
la arena de la playa -sin encaje-
y en la tumbona de aire -sin ultraje-
descansa la mar con el agua quieta.

El viento sopla tímido -a hurtadillas-
y viste de color de sol pomelo
como hace siempre en todas las orillas.

Las aguas frías, que atemperan hielo,
te han visto mojarte hasta las rodillas
y por tu cuerpo se mueren de anhelo.
4
sin comentarios 35 lecturas versoclasico karma: 69

Soneto. Escalera de color

De cada
{0x1f539} {0x1f539} peldaño
{0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} de esta escalera
me subo -o me bajo- constantemente.

Me cuesta sopesar someramente
con el alma tenaz y aventurera.

De cada
{0x1f539} {0x1f539} escalón,
{0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} pisada certera,
me elevo - o me caigo- inconscientemente.

Mi mente desciende -o es ascendente-
al llegar la luz de la primavera.

Las estrellas se desvisten de gala.

Mis sueños no alcanzan al firmamento
y en el Universo no hacen su escala.

El canto sutil del mar en la cala
{0x1f539} {0x1f539} es estallido y desconocimiento
{0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} donde el Mundo
{0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539}se desprende...
{0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} {0x1f539} y... resbala.
10
4comentarios 75 lecturas versoclasico karma: 79

Soneto. Tierra

La madre Tierra luce tan hermosa
desde los satélites del espacio
que no concibe morirse despacio
en agravios de mano temerosa.

En un impás de guerrera forzosa,
su último desafío es el prefacio
del valiente planeta que es reacio
a morir en actitud dolorosa.

La Tierra, que te abraza como a un hijo,
no concibe energías nucleares
ni quiere ser tratada como alijo.

El Mar, el Sol - y Duendes Naturales-,
ecologistas de criterio fijo,...
serán el fin para todos los males.
10
1comentarios 65 lecturas versoclasico karma: 82

Soneto. Teorema Concluso

Ya no puedo demostrar el teorema
" saber si me quieres o no me quieres ".

Por reducción al absurdo, prefieres
dejarme vivir con ese dilema... .
La inducción ene-más-uno blasfema
y, ((( en intervalos encajados ))), eres
el axioma añorado de los seres
que se hace infinito en cualquier problema.

Cada día - sin respuesta - es confuso
y en la espera empírica se revela
el foco de luz de Amor primero.

Cuando aparezca el teorema concluso
y se vistan los campos de acuarela,
seremos almas de amor verdadero.
6
sin comentarios 27 lecturas versoclasico karma: 57

Bisoña

Ella... con sus besos de bisoña,
le encendía los tizones a cualquiera.
Con esa hambre de aprender cosas nuevas;
era ese sin miedo ante el filo.
¡Dios!
¡No he vuelto a ver a nadie que ame así!,
sin mañana en los labios,
sin la piel en espera.-



@ChaneGarcia
...
leer más   
8
sin comentarios 79 lecturas prosapoetica karma: 71

Soneto. El ciclo de la vida

Un periplo sin retorno es la vida.
La infancia, que es herética y errática,
que es caótica y, a la vez, empática
deja huellas de inocencia perdida.
La adolescencia, en hormonas tullida,
edén de alma pictórica y erótica.

¡ Oh juventud erudita y hedónica
que es un regalo de la vida en vida !.

Madurez y senectud que emborracha
de experiencia al alma y rejuvenece
en placeres de volcán y lava.

El ciclo de la vida se despacha
en el solsticio de un sol {0x1f31e} - que se crece-
... y es la música {0x1f3b5} {0x1f3b5} {0x1f3b5} que nunca se acaba.
4
sin comentarios 61 lecturas versoclasico karma: 51

Sin marcha atrás

Las campanas repicaron en todo el pueblo dando la voz de alarma, mientras todas sus gentes se dirigían apresuradamente hacia el punto de reunión. Las mujeres y los niños junto con una pequeña patrulla de guardias armados, corrieron en dirección al refugio amurallado, situado en la parte más elevada del lugar, al mismo tiempo que los hombres preparaban sus armas a toda prisa para repeler al invasor. Las tropas enemigas estaban a pocos kilómetros y cada segundo contaba para organizar un eficaz plan de defensa. Los cañones comenzaron a hostigar las precarias defensas del poblado, haciendo estragos en las empaladizas y las débiles paredes de los torreones construidos con ladrillos de adobe. Básicamente, esas defensas estaban destinadas para salvaguardar a los animales de los lobos y los ladrones de ganado en el interior del poblado.
Los milicianos, dirigidos por el comandante Arturo, contraatacaron con sus cinco viejos cañones. No eran suficientes, pero no podían permanecer inmóviles al acecho del enemigo. De todas maneras, la defensa no podría resistir más de una hora. Había que hacer algo, y había que hacerlo de inmediato. Algunos minutos antes del asedio, un grupo de veinte hombres se había adentrado en el bosque contiguo a la aldea, con la intención de rodear al atacante. Su misión: Inutilizar la artillería enemiga, causar la confusión entre sus tropas, y capturar vivo a su oficial al mando. De esa manera podrían negociar un alto el fuego y ganar tiempo para solicitar ayuda de las demás poblaciones de la región, incluso del ejército nacional. Miguel y Alejandro eran los encargados de ejecutar la misión.
Agazapados al final de la arboleda podían contemplar los cañones franceses. Los soldados obedecían a sus superiores con majestuosa devoción, a la vez que los oficiales lanzaban órdenes ataviados en sus elegantes uniformes.
-¿Estáis listos?- preguntó Miguel, susurrando entre las sombras del bosque.
En pocos segundos la voz de Alejandro fue mecida suavemente hasta los oídos de Miguel, que observaba con detalle cada movimiento del enemigo.
-Mis hombres y yo estamos preparados. Esperamos la señal.
La cabeza de Miguel visualizó en décimas de segundo la acción a realizar. “Espero que todo salga bien; aquí está la gloria o la muerte” pensó mientras miraba a sus hombres. Luego gritó:
-¡Ahora! ¡Muerte al francés!
De pronto, a ojos de los confiados soldados franceses, los arboles del espeso bosque aparecieron convertidos en certeros pistoleros que escupían rudos hombres vestidos con harapos de campesino y mandiles de artesano. En pocos segundos reinó la confusión. Alejandro y sus hombres eran los encargados de inutilizar los cañones, torciendo el martillo que propulsaba los proyectiles y acabando con sus cañoneros. Miguel, aprovechando la confusión entre las filas enemigas huía de nuevo hacía el bosque llevando consigo al capitán Meliere. Javier y Sergio avisaron a Alejandro, y a una señal de este, los milicianos restantes corrieron otra vez hacía la protección de los arboles.
-¿Estáis todos bien?- preguntó Miguel.
-Ninguna baja -contestó Alejandro que seguía corriendo.
El pequeño grupo de milicianos corría velozmente entre los árboles, en dirección al poblado. Tendrían unos minutos de ventaja gracias a la confusión provocada. Las balas de los soldados franceses ya penetraban en el bosque persiguiendo a los milicianos. Un cañón reventó en el campo francés.
-¡Buen trabajo chicos!- exclamó Alejandro, mientras sus hombres le seguían con una sonrisa de satisfacción.
Los primeros disparos de sus perseguidores tronaron a sus espaldas. Algunos proyectiles pasaron muy cerca de sus cabezas. Al otro lado del bosque, en el umbral más próximo a la población, les esperaba un grupo de fusileros amigo, listos para disparar en cuanto tuvieran al enemigo a la vista. Una vez pasaron corriendo sus vecinos y amigos, las balas de los milicianos se precipitaron en busca de sus víctimas. Los cuerpos franceses rebotaron en el terreno húmedo como una fantasmal melodía.
-¡Lo tenemos Arturo!- gritó Miguel, apresurándose en llegar junto a sus compañeros.- ¡Tenemos al capitán Meliere!
El capitán francés apareció maniatado delante de Arturo. Tenía una pequeña brecha en la ceja derecha, y el ojo ligeramente inflamado, nada que no pudiera curar un poco de hielo y una botella de vino. Lo llevaron a una pequeña celda de la prisión del poblado, situada a pocos metros de la defensa heroica de los milicianos. Rápidamente reemprendieron sus posiciones, aunque el ataque parecía haber cesado. Únicamente podía escucharse el silencio de la guerra. Un correo francés se acercó lentamente hacia la posición de los españoles; portaba una bandera de tregua.
-Los franceses pactaran por la vida del capitán Meliere, pero no se rendirán - explicó Arturo a Pedro, su segundo al mando. Miguel y Alejandro también estaban allí como oficiales que eran.
En esos momentos, el francés encargado de entregar el mensaje se dispuso lo más cerca que pudo de las maltrechas defensas de los aldeanos, que milagrosamente resistían, y en un castellano bastante correcto, pero con un marcado acento extranjero, comenzó a hablar.
-Reclamamos la liberación del capitán Jacobs Meliere, de lo contrario volveremos a atacar con todas nuestras fuerzas. En menos de una hora habremos conseguido arreglar todos nuestros cañones, y vuestro poblado no volverá a resistir otra envestida. Tienen una hora para pensarlo. De lo contrario, arrasaremos esta población, acabando con la vida de todos, mujeres y niños incluidos.
- ¡Necesitamos solo unos minutos para pensarlo!- gritó Arturo.- ¡Aguarden nuestra respuesta!
Después, se giró y marchó rápidamente junto a Pedro a la prisión. Quería hablar con el capitán francés antes de tomar una decisión.
-Esta guerra comenzada por dos reyes que se creen dioses no es nuestra guerra - empezó a decir Arturo al capitán Melier, que esperaba tranquilo sentado en un camastro de paja al otro lado de la reja.- Ustedes reciben órdenes de ese corso con aires divinos, nosotros de un rey que vive lujosamente prisionero del vuestro, y que nos vendería si pudiera por dos míseros reales. Nosotros solo somos unos humildes trabajadores de la tierra, entre los que también hay artesanos, ganaderos y gentes de decentes oficios. Somos un pueblo humilde y pacífico, pero le prometo que lucharemos hasta la muerte si es preciso por defender nuestra tierra y nuestras familias. Solo le pediré una cosa. Sé que ustedes no cederán a las peticiones de un modesto agricultor, y que con toda seguridad continuarán adelante en su conquista, hasta que uno de los dos ejércitos ceda o sea destruido por completo. Pero prométame una cosa, capitán; si le dejo libre para volver junto a sus hombres retírese y denos tres días, para marchar a un lugar seguro con nuestras familias o para continuar luchando hasta la extenuación.
-Tiene mi palabra de caballero de que así será -contestó el capitán Jacobs Meliere.- Aunque me temo que volveremos a vernos comandante. La temeridad y terquedad de la gente de su tierra es admirable, aunque no creo que sea suficiente para frenar al ejército más poderoso del mundo.
-Por el momento, el ejército del gran Napoleón se ha dado de bruces contra este pequeño pueblo de trabajadores, capitán.
- No habrá una segunda vez, comandante.
El comandante de la milicia y el capitán francés se dieron un apretón de manos para sellar su pacto de caballeros; después se dirigieron donde se encontraba el emisario francés, el cual esperaba pacientemente. Una vez allí, volvieron a estrecharse la mano. Arturo devolvió el sable al capitán Meliere en un gesto de buena fe. El capitán hizo un gesto al emisario mientras pronunciaba unas palabras en francés a su subordinado que nadie llegó a entender.
Los aldeanos celebraron la pequeña victoria ante aquel ejército que parecía invencible, el cual había conquistado toda Europa. El capitán Meliere cumplió su promesa, y los aldeanos dispusieron de tres días, pudiendo recibir ayuda de milicianos de la región, así como de un destacamento militar y un nutrido grupo de aliados ingleses. Todo parecía prever que el capitán Meliere y Arturo volverían a verse las caras. ¿Saldrían esta vez victoriosos los temerarios y tercos milicianos españoles tal y como los había descrito el capitán Jacobs Meliere?
5
sin comentarios 82 lecturas relato karma: 69

Soneto. Ave fénix

En este verso, con que te describo,
hay un resurgir de ave fénix nuevo
donde te doy mi acervo y te apruebo
por ser la única fe que hay en mi libro.

En la página en que el capítulo escribo
te duchas en palabras cuando lluevo
dando razón a lo que siempre apruebo
por ser tu amor con el que vivo y vibro.

Leerte es germen de sabiduría.
Compones y descompones relatos
emancipados de la cobardía.

Todo queda escrito con melodía.
Tus palabras son tus gestos innatos
y con ellas me invado de alegría.
5
sin comentarios 72 lecturas versoclasico karma: 63
« anterior1234