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Sargazos de poesía

Por ese puñado de tiempo
que no he sabido vivirte,
te crees con el derecho
de asomarte por mi jaula,
espantarme el corazón
y poner el tuyo en su lugar.

El miedo y su lenguaje
me alimentan de voces absurdas
que envenenan y no matan.
Enseño los dientes,
no consigo asustarlas
y el silencio trepa hacia mí
como una araña por su tela.

Ahora que concibo la poesía
sucede que me abandono
y que te olvido -si me miento-.
Desciendo por el corazón
hasta el fondo de los versos
y me dejo atrapar por los sargazos.

Entonces, posada sobre el fango,
me convierto en un vago recuerdo,
un desplome constante,
un continuo devenir de la memoria
buscando un atisbo de luz
para escaparme de tu sombra.
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Portazo de bienvenida

No recuerdo cómo
ni por qué
pero puedo admitirlo.

Volví a ella como quien regresa
a lo que realmente fue su vida.

Volví a ella
y al mirarla a los ojos pude contemplar
que ya no quedaba certeza en su mirada.

Volví a ella y pude oír
como sus labios me dijeron
sin librarse de metáforas
“hasta aquí”.

Volví a ella
y fue así como el portazo de bienvenida
que te recibe
con el más dulce de los “adiós”.

Volví a ella
y lo supe:
nunca más volvería a crear algo
que hablará por si solo
sin necesidad de sentir
o pensar.

Pero entonces me descubrí mintiéndome a mí misma,
como tantas otras veces.

Volví a ella porque consiguió vaciarme
sin ni siquiera abrirme.

Volví a ella
y volveré a volver
porque la poesía es eso
un continuo ir y venir,
un adiós seguido de un

“encantada de volver a conocerte”.
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Tocando Fondo

Vagando en la nada, flotando en el infinito
creí tocar del techo, o quizás el cielo mismo.
No me percataba que era tan solo un delirio
mientras de cabeza estaba, lo que palpaba era el piso.

No era el techo, toque fondo y no puedo regresar
es demasiado tarde para echar la vista a atrás
aunque quiera ya no puedo sin mi oxígeno vital
sin tu labios, tu cariñó y el amor que tu me das.

Buscando en mis recuerdos para encontrar la salida
y terminé perdido en laberinto de mentiras.
En cada esquina veía caricias de cartulina
que reavivaban mi llama en tu manos de sangre fría.

Me quedé atrapado en un profundo pensamiento
donde mis peores demonios adquieren discernimiento
y sus huesos toman carne prestada de viejos miedos,
con sus ojos penetrantes devoran mis sentimientos.

Solamente del que fui ha quedado un cascarón
sin emociones, pues tengo prisionero al corazón,
aunque a veces no lo encuentro en el lugar de su prisión
sino escribiendo poesía... quizás alguna canción.
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