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Haiku 3

Menuda joya
de cuero azabache.
Su voz: un filo.-


@ChaneGarcia
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Otra historia de amor (parte 5 - final)

Los preparativos para la boda parecen estar finalmente listos. Han sido tres meses alucinantes entre tantas decisiones sobre manteles, comidas, colores, flores, música, capilla y demás. Definitivamente, temas en los que a Martin le habría gustado no tener que participar tanto. Es increíble que se esté casando a tan solo un año de haber iniciado ésta relación. Aunque recuerda con agradecimiento, que ésta relación le salvó de perder toda cordura. Mónica vino a rescatar la casi nula capacidad de amar que había quedado en su corazón desde la huida de Verónica, hace dos años ya. Aún recuerda, con un sabor amargo el desordenado basurero en que se convirtió su vida interna y hasta su apartamento, tras su partida. Y el trabajo, con la inercia ganada, seguía avanzando bien, pero en piloto casi automático. Con Mónica todo fue tan fluido desde el principio. Ese primer encuentro en el parque mientras ella paseaba su cachorrito dálmata. Ese acercamiento tan natural y desenfadado de ella mientras él se sentaba en una banca que parecía tan solitaria como él, desconectado de todo lo que sucedia a su alrededor, absorto totalmente en los recuerdos de los días vividos con Verónica. Manchitas fue un mediador fantástico entre ellos. Su sola presencia suavizaba las cosas. Evitó el rechazo de Martín hacia toda chica que pudiera ser una amenaza a tener que abrir su corazón de nuevo. La amistad fluyó inmediatamente, entre este trío (Mónica, Manchitas y Martín) sin expectativas, sin dobles intenciones. Los encuentros en el parque se hicieron habituales, no planeados, espontáneos. Martín hasta se compró un cachorrito labrador ─Nicky- para acompañar algo de su soledad y completar así un cuarteto de amigos. La existencia de Nicky lo obligó a regresar a los suburbios, pues en su edificio de apartamentos no aceptaban mascotas. El cambio a los suburbios, rodeado de verdes árboles, plantas y sus flores; le sentó muy bien a su alma también. Se hizo un caldo de condiciones propicias para que las arañitas del amor volvieran a tejer sus redes, subrepticia y subliminalmente. A tan solo un mes de conocerse ya andaba saliendo con Mónica formalmente (sin la compañía de Manchitas y Nicky que distraian bastante). No había asomo alguno de planes de matrimonio en la cabeza de ninguno de ellos, pero las hadas del romance hacían lo suyo y a los cinco meses de estar saliendo; a la luz de una luna plateada, y un concierto de pajarillos nocturnos, con rodilla al suelo y todo, en el mismo parque en que se habían conocido, le dió un hermoso anillo de compromiso y le pidió que fuera su esposa. Mónica se le tiró encima y rodaron por la grama, entre sonrisas y unas lágrimas de felicidad que se mitigaban un poco con profundos besos de dos almas muy enamoradas.

La fecha de la boda estaba fijada para siete meses después y de allí fue una vorágine y un pandemónium de arreglos de boda que abrumaron a Mónica y Martín; pero de buena manera.

Era un viernes por la tarde, Martín estaba recogiendo su frac de la tienda de renta de trajes, cuando de pronto, entra una llamada, de un número desconocido. ─Debe ser alguna de las empresas proveedoras de la boda que llaman a última hora (a veces llamaban desde los celulares de empleados distintos) ─dice Martín en voz alta con tono de irritación. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─contestó Martín─ ¿Hola, cómo has estado? Por favor no cortes ─dice la voz de Verónica ─y a Martín le tiemblan las piernas, y su mente viaja en el tiempo, dos años atrás y su alma es traspasada por todas las sensaciones y sentimientos, incluidos el dolor y la añoranza de todo lo vivido con Verónica. ─¿Qué pasa Verónica? ─responde Martín bastante cortante. Tras una breve charla, entre intensos reclamos de Martín por la deslealtad de la huida de Verónica y los recuerdos de que lo bloqueó en todas sus redes sociales, cambió su número de teléfono, cambió hasta de trabajo para tomar un tren distinto y demás, y las débiles excusas de Verónica; accedió Martín a reunirse con Verónica en la casa de él, dentro de dos horas. Tanto ella como él creían que valía la pena un cierre decente de esa relación y ese capítulo de sus vidas. Martín, muy nervioso, casi no pudo hacer el resto de cosas que tenía planeadas esa tarde. Llegó a su casa una hora antes de la hora acordada. Repasó una y mil veces, tres o cuatro versiones del breve discurso frío que le daría a Verónica y de pronto, suena el timbre de la casa. Se dirige a abrir, el sol todavía algo brillante del inicio del ocaso le golpea la visión; Verónica se ve solamente como una silueta algo borrosa, un tanto más delgada que como la recordaba. La invita a pasar adelante luego de saludarla friamente con un leve apretón de manos, sin apretarla en lo más mínimo realmente, casi sin tocarla. Se sentaron en la sala y fue entonces que pudo contemplar su rostro, esos hermosos ojos azules que antes lo habían hechizado, ahora se veían con menos brillo, su rostro más palido de lo usual, su ánimo muy decaido, habría perdido unas quince libras desde que la vió la última vez. Verónica le contó, con una narración honesta, sin querer excusarse inutilmente, el porqué de su regreso abrupto con Alberto. Esa "fuerza del destino" que pareció arrastrarla hacia él, a pesar de la resistencia que ella quiso oponer por sus nuevos sentimientos hacia Martín en esa época. Le narró lo desdichada que fue otra vez con Alberto, quien nuevamente, había sido nada más que un triste espejismo. Martín perdió todas sus fuerzas. Olvidó todos los discursos ensayados y hasta los imaginados. Y antes de darse cuenta, se abalanza contra ella y le da un beso que en milisegundos pasa de un beso tierno a un beso apasionadamente intenso. Las manos no le alcanzan para acariciar su rostro, se le enredan entre su pelo, se deslizan solas en la espalda de Verónica, llegan hasta sus muslos y sus caderas, la aprieta contra sí mismo con una fuerza y convicción como si quisiera que no se le escapara nunca más. A Verónica le escurre una lágrima en su ojo derecho mientras jadea, y respira con dificultad, los besos de Martín casi la asfixian, pero en ese momento no quiere respirar oxigeno, solo quiere respirar sus besos, su aliento, su aroma, su esencia. Salen manos de todos lados, las de ella y las de él para despojarlos con violenta vehemencia de sus ropas y antes de darse cuenta no hay nada entre ellos sino su piel y una densa capa de sudor que los quema al roce de sus cuerpos. Martín la levanta sujetándole los gluteos con sus dos manos, y las piernas de Verónica se enroscan en él como si su vida dependiera de ello. El jadeo es intenso, el vaivén es despiadado, la embiste con las fuerzas de una pasión que había dormido en su interior durante dos años ya. Su corazón estalla de amor por ella. Verónica solloza mientras él la penetra; ella se aferra a su espalda con sus largas uñas hasta hincárselas dolorosamente dejando huellas de sangre sobre ella. Martín no siente nada, solo la presión de las piernas de Verónica enroscadas en su cintura. La pone a gatas contra el sofa, la sujeta fuerte del cabello con una mano mientras la otra se aferra de uno de sus pechos, mientras la penetra nuevamente con una violencia casi gentil, sin lastimarla, pero desbocando todos sus caballos en el acto. Se sumergen en un océano de sensaciones, sudor, placer y gemidos, hasta que ambos llegan al estallido de su orgasmo compartido. Minutos después Martín yace exhausto en el suelo y Verónica recostada en su pecho con uno de sus muslos cruzados sobre su miembro ya en reposo; juega con su dedo índice a recorrer el pecho desnudo de él.

Transcurre una hora más mientras Martín y Verónica se besan en silencio, acariciando su cuerpo muy lentamente, disfrutando de una intimidad a lo que no tuvieron acceso antes, por falta de tiempo.

Martín se levanta, se pone sus jeans y camina descalzo por la sala, hacia el desayunador de su cocina y busca su celular. Tiene tantas llamadas perdidas y mensajes de Mónica, inquiriéndole sobre las cosas que él debía hacer esa tarde en preparación final para la boda, incluído el ir a recoger su frac. No tiene moral, ni energía para llamarle de vuelta y menos responder uno solo de su mensajes. Verónica lo sorprende por la espalda, aún desnuda, abrazándolo intensamente mientras le propina dos besos muy tiernos.

Casi no cruzan palabra. Se hablan con la mirada. Se hablan desde el alma, se ponen de acuerdo sobre su futuro. Y se dirigen ese mismo día al aeropuerto y compran un boleto a París. Ni siquiera llevan equipaje, en el camino comprarán lo necesario. Las dos empresas en que trabajan tiene subsidiarias en París, ambos son empleados estrella y no tendrán problema en que los transfieran allá. Suben al avión, se sientan el uno al lado del otro, Verónica observa la noche de estrellas brillantes desde la ventana, mientras sujeta la mano de Martín, quien la aprieta como si no quisiera soltarla jamás. Suspiran al unisono mientras arranca esa noche, volando muy cerca del cielo, la primera noche del resto de sus vidas, juntos. Su corazón palpitaba muy fuerte, mientras algo en su interior les decía que este era el verdadero inicio de su historia, para muchos, tan solo otra historia de amor, para ellos, su única y verdadera historia de amor.

FIN.


@SolitarioAmnte / vii-17
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Otra historia de amor (parte 3)

Verónica no podía creer que cinco semanas hubieran transcurrido ya desde aquel extraño primer encuentro en la estación del tren con Martín. No dejaba de sorprenderle la facilidad y desenvoltura de las tres primeras citas. Aunque aún estaba confusa. ¿Podría considerar ese primer día que pasaron juntos, el de su encuentro, como una primera cita? Martín habia sido tan atento, tan detallista, no le quitaba la mirada de encima, pero ya no le molestaba, la halagaba sobremanera. Esos momentos tan casuales, informales, nada forzados que vivieron ese día. Ese primer café que tomaron en Starbucks, con una bagel y queso crema. Esa charla tan desenfadada, divertida, fluida que tenía con Martín. Esas largas caminatas en las calles del centro, entre rascacielos y automoviles; bañados de un sol que al fin, le parecía brillante.

De tanto caminar, sin darse cuenta, habían llegado al parque del centro. Otra vez apreciaba el intenso verde de la grama, la decoración multicolor de la gran variedad de flores que vestían el parque con una alegría primaveral sin par; y ese azul cielo que chocaba y se perdía en el azul de sus ojos. Ese almuerzo tan informal, un par de perros calientes y una soda; y la vergüenza que pasó cuando Martín usó su servilleta ─más de una vez─ para limpiar un poco de mayonesa y salsa de tomate que le escurría por la comisura de sus labios.

Esas charlas kilométricas sentandos en una banca de color marrón o recostados sobre el pasto observando las nubes; contando historias de personajes inventados que surgian de sus caprichosas formas. Hablaron de todo y de nada a la vez.

Y cuando el crepúsculo impregnó de colores boreales ese cielo maravilloso, caminaron tomados de la mano de vuelta a la estación del tren; se bajó con ella en su estación y caminó las sencillas calles que llevaban a su apartamento. Hasta el sucio habitual de los callejones de su barrio parecía haber desaparecido. ─¿Habrá venido el ayuntamiento a hacer limpieza finalmente por estos lugares? -se preguntaba por dentro. La despedida de Martín no podía ser mas caballerosa, un profundo beso en su mano derecha y un tímido beso en su mejilla, casi rozando atrevida pero levemente la comisura de sus labios.

Verónica se recostó en el sofa de su pequeña sala comedor y suspiro profundo y su mente se perdió en la remembranza de todo el tiempo compartido con Martín; un día, como hacía años no había vivido. Los últimos años con Alberto habían sido más un infierno que otra cosa; un infierno al que su alma se aferraba con uñas y dientes.

Las dos citas siguientes, con unos ocho a diez días de separación cada una, fueron un tanto más ordinarias, diremos mejor, convencionales, para no demeritarlas; al menos de forma, pero jamás en el fondo, pues las chispas y la química entre ellos no daba lugar a lo ordinario. Eso sin contar que todos los días viajaban juntos en el tren, al menos el segmento compartido hasta el trabajo de Martín, que se bajaba primero. Lo más trascendental es que finalmente, en la tercera cita, Martín se despidió con un profundo e intenso beso apasionado que duró entre larguísimos breves minutos y una eternidad de mitología griega. A Verónica le ganó la pasión y en forma traviesa sujetó con firmeza y vehemencia la nalga derecha de Martín.

Al filo de la quinta semana, tendrían, finalmente, una cita íntima. Ninguno lo dijo explicitamente, pero ambos sabían, muy en su interior, que era el momento. Martín le tuvo bastante paciencia y jamás apresuró las cosas, luego que Verónica le contara a grandes rasgos, las vicisitudes de su última relación. Se reunirían a cenar en la casa de Martín. Él le aseguró que sería algo en verdad especial, que haría su mejor esfuerzo por crear un ambiente hermoso; y a la vez, inolvidable para ambos.

A Verónica le había tomado siglos decidirse por el atuendo a utilizar. Algo sexy y casual o algo más sofisticado y sensual. Martín siempre le dice que le encanta su atuendo de princesa urbana, con simples jeans ajustados, una camiseta suelta, y esos tenis Adidas de estilo retro que se han puesto de moda; pero, ésta es una ocasión especial, su atuendo debe estar a la altura de las circunstancias. Sale de su apartamento ─algo retrasada ya─ para dirigirse a la estación del tren y llegar a la casa de Martín, a pesar que él insistió en pasar a recogerla, ella le dijo que no fuera ridículo, bastante trabajo tendría él con la decoración de su casa y la preparación de la cena. Ah, porque incluso, Martín prepararía esa pasta italiana con frutos de mar que es su especialidad, acompañada de un exquisito vino blanco. Sin embargo, a punto de bajar las gradas, se da cuenta que ha dejado su celular y seguro Martín la llamará para ver si ya va cerca y seguro la irá a recoger a la estación del tren; él es así.

Con apuro regresa a su apartamento y no se acuerda dónde ha dejado el bendito celular. ¿Serán los nervios, el estrés de la ocasión, el hecho de que ya se está retrasada? Y de pronto, el celular revela su ubicación con el timbre de una llamada entrante... ¿Quién puede ser? ¡Carajo, es Alberto! Su mundo interior da un vuelco. La llamada tan esperada todos estos meses de separación, y justo ahora, que se dirige a una cita tan importante. El celular no está en vibrador, pero tiembla entre las manos de Verónica, los nervios, la ansiedad, la traicionan. Antes de darse cuenta, ha contestado la llamada.

─Hola Verónica ─dice Alberto al otro lado de la línea─ Verónica enmudece. ─¿Vero, estas allí? ─insiste Alberto─ Aquí estoy ─responde ella. Su mundo interno se derrumba hasta los escombros que quedaron cuando Alberto la abandonó tras su infame traición. Se queda congelada al teléfono escuchando la retahíla de argumentos, excusas, arrepentimiento, pensamientos, sentires y deseos que Alberto le expresa al teléfono. Frases trilladas de "cometí un grave error", "tenía que perderte para darme cuenta lo valíosa que eres", "ésta vez será diferente" diluviaban al teléfono. Ella apenas responde con monosílabos. Su mundo se ha congelado. Antes de darse cuenta han pasado más de dos horas al teléfono. Ha faltado a la cita con Martín.

Apenas recuperada del shock emocional que le causó la llamada de Alberto, revisa su celular. Tiene cinco llamadas perdidas, dos mensajes de voz y un sinfín de mensajes de WhatsApp donde Martín le expresa su desconcierto y preocupación profunda por su bienestar. Piensa que algo grave pudo haberle pasado. No sabe ni como reaccionar. ─Estoy bien, no te preocupes ─le responde en un primer mensaje de WhatsApp─ Estoy solamente un poco indispuesta, mañana te llamo y te explíco ─reza el segundo mensaje, y su mente divaga, hundiéndose en las arenas movedizas de sentimientos que creía empezaba a enterrar y resurgen ahora con el ímpetu de mil mares bravíos. Casi en automático presiona la tecla de enviar y al instante siguiente, en total inconsciencia... apaga su celular.



@SolitarioAmnte
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Otra historia de amor (parte 4)

Ese viernes Martín pidió permiso para salir dos horas antes de la oficina. Pudieron haber tenido la cita un sábado ─con más calma─, pero para Martín la fecha del viernes tenía un significado especial que le explicaría a Verónica durante la cena. Saliendo de la oficina se fue directo al supermercado gourmet para comprar esos tallarines tan particulares y los frescos mariscos, los tomates, albahaca y demás ingredientes de su receta especial de pasta con frutos de mar. Sin olvidar el exquisito vino que le ofreció a su novia. La tarde era adorable mientras conducía por las calles camino a su casa, luego de comprar las cosas para la comida y la decoración de la casa. La felicidad le irradiaba en todas sus formas, desde la calidez del atardecer con sus colores pastel, el arrullo de los ruidos urbanos; hasta las bocinas de los autos y el ritmo de los semáforos parecía ser parte de una sinfonía. Y por supuesto, la alegría de ésta cita tan especial que tendría. Los recuerdos de la primera cita y las posteriores fluian en su mente con una cadencia casi musical. Él anticipaba que Verónica se quedaría en casa todo el fin de semana luego de esa cena tan romántica y lo que le seguía.

Con una mezcla de nerviosismo, ansiedad y gozo siguió todo el ritual de preparación de la comida. Una pizca de pimienta por aquí, otras pizcas de sal por allá, el fino corte de algunas hierbas, otros cortes de vegetales, la preparación de los mariscos y demás. Mientras la pasta estaba al horno aprovechó para colocar unas velas de fragancias lavanda, vainilla, canela y otros. Era un popurri de aromas, que extrañamente no le quedó mal, ningún aroma era excesivo. Derramó algunos petalos de rosas en la entrada de la casa, otros cuantos por su sala y comedor y muchos más en el dormitorio. El ambiente estaba listo y aunque el arte de decoración romántica no era su fuerte, al parecer el resultado era exquisito a la vista y el olfato. La comida estaba casi lista. Todo a la perfección para su invitada tan especial.

Son ya las seis cuarenta y Verónica no llama desde la estación del tren, tampoco le envía ningún mensaje. Debe estar un poco retrasada, piensa Martín y se despreocupa otros quince minutos. No llega ningún mensaje de ella. Se habrá retrasado tanto. La cita era a las siete de la tarde. A las siete y diez, Martín le llama, el tono de llamada suena tres o cuatro veces y no hay respuesta. ─¿Mi amor, como va todo? ─dice el primer mensaje que le envía por WhatsApp. No hay respuesta en los siguientes cinco minutos. Una segunda llamada sin respuesta concluye con un mensaje de voz que le deja Martín. Le llama tres veces, le deja otro mensaje de voz en la quinta llamada. Le manda un sinfín de mensajes de WhatsApp en las siguientes dos horas, cada vez más alarmado, pensando que algo malo le había ocurrido. Sube a su dormitorio a recoger un sueter, la noche se había puesta fría, o era él que se estaba helando ante la situación que vivía; baja al garage y se sube al automovil, listo para ir a casa de Verónica, ─algo malo tuvo que pasarle ─piensa. Está a punto de encender el auto y el celular suena con la notificación de mensaje entrante, está nervioso, no se acuerda si lleva el celular en la bolsa del pantalón o lo puso en el otro asiento del auto, revisa ambos lados, y curiosamente lo encuentra en la guantera ─¿a que hora puse el celular allí, nunca lo hago? ─piensa. ─Estoy bien, no te preocupes ─dice el mensaje de Verónica. A toda velocidad le escribe un largo mensaje contándole lo preocupado que está y todas las cosas que pasaron por su cabeza mientras la esperaba y antes de presionar el botón de envío entra el segundo mensaje: ─Estoy solamente un poco indispuesta, mañana te llamo y te explíco─. Se queda pensativo, borra todo el mensaje que ha escrito y le escribe uno diferente, diciéndole cuanto se alegra que ella esté a salvo en su casa, que no se preocupe por no haber podido venir, que espera que se reponga pronto, que se acueste temprano y descanse bien, que si gusta puede llegar en automóvil ahora mismo y acompañarla un rato hasta que ella se quede dormida. Envía el mensaje y espera. Pasan diez minutos. Nunca encendió el auto, se quedo allí estático esperando una reacción en la pantalla del celular. Las dos rayitas azules nunca aparecen. Ese mensaje, simplemente, ya no fue leído por Verónica. ─Estará muy indispuesta ─piensa y sale del auto y regresa al sofa de su sala. Por su mente pasan un sinúmero de pensamientos e ideas, algunos con matices de ansiedad, muchos otros negativos y finalmente se queda dormido.

El día siguiente Verónica no responde sus llamadas ni sus mensajes. Él está muy preocupado. Decide que pasará a su apartamento a verla ─debe estar muy mal de salud ─piensa. Antes de salir del trabajo le envía mensaje indicando que llegará a verla y le lleva un poco de sopa de pollo para que le levante el ánimo. Casi de inmediato Verónica le responde que tiene una variedad de influenza excesivamente contagiosa, que el doctor le aconsejó no recibir visitas ni ir al trabajo en los próximos días. Le ruega que por favor no llegue, que no quiere contagiarlo y que incluso él perdería días de trabajo. Martín nota algo raro en toda la descripción que le hace Verónica, algo no anda bien.

Los días siguientes Verónica sigue evadiéndolo y finalmente, al parecer sin fuerzas o valentía para verlo en persona y contarle lo que pasa, le envía un kilométrico mensaje de WhatsApp diciéndole que la perdone, pero que necesita espacio, que ya no puede seguir con esta relación, que no es culpa de él, que es algo que le pasa a ella. Que algún día tal vez le explique. Que incluso saldrá de la ciudad unas semanas. Que no la busque, que no insista y sobretodo que la perdone. Que él merece alguien mejor que ella, alguien que de verdad valore el tipo de hombre que es.

Ese viaje de regreso a su casa, en el tren, le parece a Martín que dura una eternidad. Una tristeza y desesperanza profundas lo embargan. Siente un frío glaciar en medio de la tibia tarde soleada. La tarde para él es nublada, muy gris, nada que ver con los destellos de naranjas y lilas de la acuarela del cielo.

Seis meses después... el sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz.
El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.
Sale de su apartamento en el cuarto nivel de ese viejo edificio. No nota las gradas de cuatro pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Verónica decidiera viajar más temprano para no toparse con él.

Así comienza ahora Martín sus mañanas, luego de mudarse a vivir al mismo edificio en que vivía Verónica, para estar más cerca de ella cuando volviera de su viaje de cortas semanas. Y aunque a los treinta días se enteró que Verónica se había ido a vivir con su antiguo novio ─indiscreciones del jefe de mantenimiento del edificio─ ya no tuvo fuerzas para mudarse de vuelta a los suburbios donde vivía.


@SolitariAmnte
vi-2017
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Otra historia de amor

Martín se despierta lleno de alegría, con una extraña infusión de energía que le llena desde dentro. De un salto sale de la cama y se apoya en el pie derecho. Dicen que siempre es bueno arrancar el día así. Aunque él no es superticioso. En la cocina le espera el café recién hecho. Esa percoladora con función automática es de los mejores regalos que le dió Marielos, su mejor amiga de toda la vida. En un par de minutos están listas las tostadas, un poco de mantequilla y su mejor mermelada, un poco de fruta fresca y listo, a disfrutar su desayuno perfecto. A través de la ventana, se ve fantástica la mañana, un maravilloso azul cielo se mezcla con gracia con el verde del jardín, hasta parece ver aletear un colibrí.

Se toma su tiempo en la ducha, sigue todo el ritual de arreglo personal, se le antoja usar su mejor atuendo business casual y listo, sale a la calle, con esas ganas de comerse al mundo que no abundan todos los días.

Gafas de sol para esas breves cuadras hasta la estación del tren, su laptop bien guardada en la mochila de cuero de una sola correa que lleva en un hombro. El día se le antoja hermoso, cuanta vida se respira, cuanto sol entibia sus pasos, cuanta naturaleza se abre paso en medio del barrio de los suburbios donde vive. Mudarse aquí hace un par de años desde el centro, ya no parece tan mala idea como antes había pensado.

Se sube al vagón habitual, el mismo asiento de ventanilla; sus audífonos a los oídos, esa selección que le encanta de Chilled R&B en Spotify; Crónicas I, las memorias de Bob Dylan para leer en el camino. ¿Podría ser el día más perfecto?

Tercera estación en el camino, se avecina. El corazón se acelera. Anticipa el encuentro. Allí está ella. Desconocida. Perfecta. Bella. Con su pelo corto, rojizo oscuro. Su piel blanca, sus hermosos ojos azules, su figura de princesa urbana, sus jeans blancos, su camiseta suelta. Su mirada profunda. Su mirada profunda... que le engulle, que le atrapa, que le trasporta, que le hace traspasar universos. Ella. Esa visión persistente. Nunca se sube a este tren. ¿Espera a alguién que aborde con ella? ¿Un novio? Toda ella es misterio, misterio dentro del misterio, misterio envolviendo el misterio.

¿Es ésta la cuadragésima ves que la ve? ¿Acaso lleva la cuenta tan exacta? El corazón a velocidad luz. El aliento suspendido. El tiempo congelado. Ella. La visión, su obsesión, su ideal. ¿Dueña de su corazón?

A ver. La he visto cuarenta veces ya y nunca se sube. Bendita montaña que no viene a Mahoma. Es tiempo de cambiar este cuento, de procurarle un final feliz, y que me importa el final, me importa el guión, el diálogo, las escenas del centro, su evolución, al diablo con el desenlace, ya me ocuparé de eso cuando deba hacerlo. Este Mahoma irá por su montaña. Que se quiebre el cristal de la rutina en mil pedazos. Aquí me bajo. Le hablo. Algo le invento, algo le cuento, le diré lo que siento. ¿Y si la asusto? ¿Y si la espanto? ¡Carajo! Tranquilízate. Levántate del asiento. La puerta del vagón cierra en tres segundos. Tú puedes, dos segundos, da el primer paso, el segundo; un segundo. ¡Bájate¡ ¡Dile hola! Dale los buenos días. Cuéntale que verla ha sido el zenit de tu día, estos últimos cuarenta días. Cuéntale un chiste, hazle una broma, o solo sonríe, o solo mírala, deja que tu mirada le diga, que ya la amas, que ya la añoras, que ya la adoras.

Me bajo. Saludo. ─¡Hola¡ ─ella me responde─ ¡Hey! ¿Cómo estás? ─.

Ha comenzando la historia, mi historia, otra historia, mi mejor historia de amor...




@SolitarioAmnte
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
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Selene

Tú y yo
somos ajenos al mundo
volamos el puente de madera
que unía las palabras y las cosas
para beber toda la noche de un sorbo

los ojos de tu cuerpo
los árboles que llevas
los animales que eres
la tormenta
el océano
el calor de tus senos
la boca de tu vientre
tu gesto de caos microscópico

y yo
nadie
entre los pájaros de tu espalda
y tu cardumen dorado
un golpe de suerte

y todos los matices de verde
de tus lagunas recién nacidas
abriéndose
hacia mí

muriendo todas las veces

para encenderte.
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Esas fotos que nos obligamos a hacer

a tenor de las imágenes
en las que tu rostro ocupa mi hombre
donde tus pendientes mecen los adoquines
y tu lengua balancea mi cordura
cualquiera dudaría de nuestra relación

ocupas las manos en algo
que no es mi cuerpo,
miras fijamente a la cámara
bajo una lluvia que disfraza la ciudad
convirtiéndola en un regato de ausencias

trato de explicarte
pese a la sorda distracción de la tormenta
que posiblemente ésta instantánea
no ha de significar algo bonito;
simplemente es el pellizco más luminoso,
el menos deshilachado
de todas las filminas que nos unen.
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