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Reminiscencia de invierno (parte IV)

En medio de parajes tan vívidos, los héroes formidables avanzan cruzando bosques y ríos, sorteando batallas con espeluznantes hechiceros y héroes de poderes alucinantes de otras tribus. Unas batallas más sangrientas que otras. El objetivo de su victoria está muy lejos todavía y su tribu se encuentra diezmada. El sonido característico de llamada entrante en su iPhone suena insistente. La sensación de estar inmerso en ese mundo fantástico se difumina con rapidez y da paso al lúgubre sótano de la casa de su madre, donde vive. Paredes oscuras que apenas se notan al fondo de la infinidad de monitores anchísimos que se observan por doquier. Abundan los teclados, los joystick, y los ratones de distintos conjuntos de computadores que se encuentran encendidos al unísono. ─Pensé que lo había dejado en vibrador ─grita Solomon mientras pone pausa a Dota 9, el juego con virtualidad aumentada que salió el pasado 2029 pero que aún se encuentra muy en vigencia durante este invierno del 2030. La verdad, no habría dejado el juego por nada, excepto que de reojo pudo notar que le marcaba Salvatore, de la oficina. Apenas si habla con él lo escasamente necesario para cuestiones de trabajo. Y allí está, llamándole cerca de la media noche. Deja el joystick sobre una mesita, cerca de una sobras de pizza fría, se rasca la cabeza calva, más bien recién rapada ese día, se pasa los dedos entre la abundante barba pelirroja que usa desde el año pasado (es extraña esa tonalidad de su barba, ya que su cabello es más bien rubio, o lo era antes de empezar a caer en abundancia hace unos cinco años, cuando apenas cumplía los veinte). Pasa un dedo por el lector de huella digital de su móvil y responde a la llamada. Le sorprende el tema con que Salvatore le asalta casi sin saludar y sin preludios. Las palabras clave que menciona parecen hacer un clic en la mente de Solomon, le dice que cree haber visto algo sobre archivos clasificados de un tema similar, pero que le dé unos días para zambullirse en la Dark Internet y darle "datos duros", así se lo dice literalmente. Cuelga la llamada, toma el joystick de la mesita y sin querer lo embarra con un poco de salsa y queso ya casi secos de la pizza, lo limpia rápidamente sobre sus calzoncillos boxer, y vuelve en menos de un segundo a estar inmerso en su épico juego electrónico.

Salvatore va al baño, se cepilla los dientes casi en automático, mientras vuelve a revivir una y otra vez las escenas de su encuentro con Alessandra: la cara tan redonda de doña Juana, la exquisitez del café guatemalteco, la impertinencia en el comentario de Tony, la conversación interminable con Alessandra; sus ojos, sus labios, sus abundantes pechos, la tibieza de sus blancas manos, y ese misterio insondable de una tristeza que no es obvia a la vista pero es tan evidente cuando te sumerges en las profundidades del alma de alguien y él parece poder hacer eso exactamente en el alma de ella. En su lecho de muerte, Salvatore, rodeado de sus cinco nietos, sus dos hijos, las esposas de ellos y su esposa Catalina; parece poder ver en su mente, en sus últimas horas, la película de su vida entera. Ve a Catalina entrar en el altar, toda vestida de blanco, radiante; ve a su primer hijo, Fernando, nacer en esa sala de partos, donde le hacen la cesárea a su esposa; ve a su segundo hijo, Giulio, montando en bicicleta por vez primera. ¡Cuántas veces se cae! Pero no cesa en su objetivo de aprender esa misma tarde. Ve a Fernando recibir su título de Ingeniero en Sistemas de Oxígeno para las colonias marcianas y lo ve partir en esa nave espacial sin boleto de regreso, con una lágrima recorriendo una de sus mejillas y un adiós atravesado como nudo en la garganta. Ve a Giulio recibir ese premio Nobel al descubrir esa nueva especie subacuática al fondo del océano bajo el Triángulo de las Bermudas. Una serie interminable de cortos memorables de una vida de ciento veintisiete años (pues la esperanza de vida a nivel mundial había rebasado los ciento diez años a partir del 2050), las más hermosas veladas románticas vividas con Catalina, las más notables riñas que casi los llevan al divorcio en tantas ocasiones. Y de pronto, como una rama extraña injertada hábilmente en el tronco de un árbol de una especie muy distinta, empiezan a saltar flashes de una vida que él nunca vivió, otra vida entera, unas hijas, otros nietos, otras profesiones, otros logros que le son extraños y a la vez familiares. Una vida entera vivida con Alessandra. ─¡Alessandra! ─grita mientras despierta bañado en sudor. Son las 4:44 de la mañana otra vez. El sueño ha cambiado.

Las dos semanas siguientes se hacen intensas en su relación (que no va a ningun lado al parecer) con Alessandra. Se hablan por teléfono casi diez veces al día (aunque son llamadas breves). La primera semana es ella quien le llama en cada respiro que tiene en la tienda de pastelillos. La segunda semana es él quien la llama en punto de cada hora (siempre que no esté en una presentación de campaña publicitaria con algún cliente). El WhatsApp entre ellos está abarrotado de mensajes cortos en un lenguaje que inventan entre ellos. Ella le pide discreción por si Salvador llega a verle el celular incidentalmente (aunque él es muy respetuoso de su privacidad). Hacen coincidir su hora de almuerzo más de una vez y los alargan hasta noventa o ciento veinte minutos, inventado las más creativas excusas cuando llegan de vuelta a su trabajo. Pero Claudia, la socia y mejor amiga de Alessandra, empieza a sospechar algo y con tenaz insistencia le saca una confesión. El supervisor de Salvatore es menos perspicaz, pero algo intuye, su empleo podría peligrar a futuro si sigue así. El viernes de la segunda semana, ambos inventan una indigestión repentina después del almuerzo, un marisco en mal estado; y se dan una escapada de toda la tarde y parte de la noche a casa de Salvatore. Afortunadamente, los lunes, miércoles y viernes llega la señora de medio tiempo que le hace aseo profundo a su casa. Así que todo está en perfecto orden e higiene. Salvatore enciende rápidamente la fogata en su sala. Trae una botella de Malbec de veinte años de añejamiento que su gerente de oficina le regaló el año pasado por haber cumplido sus metas de ventas con creces. ─Este lo tenía reservado para una ocasión muy especial, no sabía cual, pero ahora que te veo aquí, sentada en la alfombra, frente a mi chimenea, supe de inmediato que esta botella traía tu nombre ─le dice─ Ella se pone de pie, se cuelga a su cuello y le da un beso muy profundo, como ninguno de los besos breves que él le había robado en los restaurantes en las citas previas. La abundante ropa de invierno que los separa empieza a desprenderse pieza por pieza de sus cuerpos: ella se quita la bufanda y el gorro y de un tirón le quita la bufanda a él. Salvatore besa su cuello tibio con cierta delicadeza al principio y luego sube a una intensidad que se hace insoportable, mientras una de sus manos palpa sus pechos por encima del sueter; se lo quita junto con la blusa y él se abre la camisa de un tirón y unos cuantos botones van a rodar al suelo. En un instante, la desnudez imaginada por cada uno de ellos, en todo su esplendor es iluminada por la fogata de la chimenea; que arde con inusual intensidad al igual que sus pieles que claman por ser recorridas por los labios del otro, por las yemas de sus dedos, por el filo de sus lenguas. La alfombra de la sala parece estremecerse ante el ritmo tan fiero con que Salvatore le hace el amor y luego ante el galope pertinaz con que Alessandra lo cabalga. El frío acumulado de todo el invierno se derrite en ese instante y se evapora hasta los cielos. Son ya las nueve de la noche, ella sale apresurada, terminando de ponerse el abrigo, los guantes y el gorro mientras corre a subirse al Uber que la espera. Hace media hora que Salvador le está marcando para tener noticias de ella. Saber si llega tarde nuevamente, y a qué hora cierra la pastelería, etc.

Salvatore se queda dormido en el sofa de la sala. Una tarde y parte de su noche nadando en las dulces aguas de su romance, lo han dejado exhausto. Son las 11:45 de la noche. Entra llamada de Solomon. ─Te tengo interesantes noticias sobre el Oblivion ─le dice─ Gracias por investigarlo tan rápido ─responde─ Entre los años 2022 y 2025, la armada de Estados Unidos desarrolló un método basado en nanotecnología que permitía buscar selectivamente los recuerdos de los soldados traumatizados por la guerra y eliminarlos con un 99% de certeza. El proyecto al parecer fue cancelado por un consejo independiente de ética y derechos humanos y quedó clasificado como top secret con el código "Oblivion", aunque durante su desarrollo le llamaban el proyecto "Lette Anón"─ Solomon continúa con detalles exhaustivos de todo lo encontrado, la cantidad de soldados que quedaron en estado de demencia en las primeras etapas experimentales, y los tantos que fallecieron; cuyas autopsias misteriosamente indicaban que habían muerto por causa de un parásito particular que les comía porciones específicas del cerebro y que lo habían contraido en el último conato de guerra mundial en algunos desiertos del África a principios de la década de los 2020. Salvatore queda perplejo ante toda la información, pero le asusta más enterarse que una organización de salud, privada y muy poderosa, había comprado los derechos del proyecto al gobierno estadounidense por una suma billonaria y que ofrecía servicios privados de borrado selectivo de memoria (por una suma no tan exorbitante pero tampoco al alcance de las masas). Le da coordenadas de geolocalización de las clínicas en varios puntos del planeta, que no incluyen ciudad alguna de Estados Unidos, seguramente para evitar su jurisdicción legal. Y entre las ciudades extranjeras cercanas está Toronto, Canadá; y Monterrey, México.

(continuará...)


@AljndroPoetry / xii-17
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Invierno boreal

Te han liberado,
magia verde invernal,
alma del mundo.
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Rimas de Invierno

Perfecta entre tus labios la mesura,
consonante la rima en tu cadera,
sin ti yo verso roto, estrofa huera,
echo de menos tu voz... y tu cintura.

Ni una sílaba falta en tu figura,
tu ritmo tan pausado me acelera,
y ni en la eterna distancia se modera
mi amor que tras tus besos se apresura.

Tu más bello poema, tu ternura,
la rima siempre fiel, siempre a tu vera,
moribundo entre tus versos reviviera...
¡qué regalo disfrutar de tu hermosura!

Juanma
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Reminiscencia de invierno (parte III)

El día de la cita, ambos han salido temprano del trabajo. Salvatore casi quería lanzarse en caída libre desde el piso setenta y siete de su torre de cristal, con tal de llegar temprano; pero, ¿es una cita en verdad? Alessandra le rogó sobremanera a Claudia que llegase a las 4:00 en punto de la tarde a relevarla. Que no quería correr riesgos. ─Hoy no te me puedes enfermar; llueva, truene o relampaguee, estás aquí en punto de las cuatro ─le dijo esa mañana por teléfono. Cinco minutos antes de las cinco, ambos caminan hacia la puerta de entrada de la cafetería. Alessandra viene del sur, él del norte, casi caminan al mismo ritmo, a pesar que él es diez centímetros más alto. Un tímido y soñoliento sol, de esos que no abundan en esa estación, los divisa con atención desde el horizonte lejano, abriéndose paso entre incontables edificios y avenidas, como quien ve una comedia romántica y lleva rato ansiando el mágico encuentro de los protagonistas. La penetrante mirada de ambos se saluda a la distancia, cual rayo láser que rompe el viento. Antes de entrar se dicen un simple "hola" y Alessandra le da un beso en la mejilla, no tan ligero, que alcanza a sonrojar un poco a Salvatore. De inmediato se dan cuenta que en el lugar no cabe un alfiler. —¡Qué va! Aquí no cabe ni el helado viento de la calle, si quisiera entrar. ─dice ella— Sabes, en la oficina escuché que en la otra manzana hay una cafetería pequeña, artesanal, atendida directamente por su dueña, una señora oriunda de Antigua Guatemala; y sirven un café guatemalteco exquisito ─responde él.

El camino hacia el "Café de doña Juana" se les antoja larguísimo, como para vivir una vida juntos mientras caminan a paso muy lento, como quien disfruta con algarabía el trayecto sin ansiar el destino. Por ratos Salvatore camina de reversa, frente a ella, para escuchar con atención la historia de como estableció su pastelería con su amiga. Ella lo regaña, que el pavimento está muy resbaloso, que camine bien. Esboza él una leve sonrisa que le ilumina el rostro y que a ella, simplemente la enamora. Luego de esa hermosa eternidad de su caminata, llegan a destino. Doña Juana los recibe abriendo la puerta para que entren. Es una señora llenita, más bien gordita, cara muy redonda, ojos color miel; tiene un rostro que recuerda un intenso sol de verano. Usa un atuendo muy particular, una especie de traje típico indígena que no pasa inadvertido. ─¡Pasen, pasen jovencitos, entren a calentarse que afuera está muy helado! No me parece haberles visto antes ─les da la bienvenida─ La verdad no conocíamos este lugar, apenas hoy escuché de él ─responde él─ Es extraño, yo tengo una pastelería a pocas manzanas de aquí y nunca se me ocurrió venir a caminar por acá, me habría encantado descubrir este acogedor lugar desde antes ─concluye Alessandra. Juana los lleva directo a una mesita encantadora, en una esquinita con vista a la calle, les enciende una vela primorosa y le baja intensidad a la lámpara más cercana. Les toma la orden y en menos de lo que canta un gallo está de vuelta con dos bebidas tan calientes, que queman el paladar aún a milímetros de distancia. La conversación abunda. Las horas vuelan como gaviotas que se pierden en el horizonte. Ninguno se atreve a mencionar el sueño que los atormenta desde su encuentro previo. Ambos se olvidan por completo que existe un prometido que estorba. Salvatore menciona sin mucho énfasis el "¡Despiértame del olvido!" de la nota. Ella piensa que es una broma que él le hace (honestamente no se acuerda haber escrito tal cosa). Se ríe un poco. No insiste él. Imagina que fue una broma de ella también. El tema pasa rápidamente a segundo plano. Cuando la cafetería está a punto de cerrar, se acerca un muchacho de baja estatura, piel morena, con un leve acné propio de su edad; hijo menor de doña Juana, un adolescente bastante flaquito, con una sonrisa de oreja a oreja; los saluda y empieza a recoger platos, tazas y cubiertos de su mesa. Cuando casi termina de recoger, los ve de cerca con extraña curiosidad y atrevimiento: —¡Alessandra y Salvatore! Queridos amigos ¿dónde se habian metido? Hace más de dos años que no les veo ─y desde el fondo recóndito del lugar, la voz de doña Juana irrumpe e interrumpe al jovencito con un grito ─Tony, apresúrate que se hace tarde para cerrar y acuérdame de ir a comprar ese libro que dijo Carlos ayer, el de "Las cascadas del Oblivion", de ese autor raro, Lette Anón ─en ese instante se le borró la amplia sonrisa al chico y sin terminar de recoger las servilletas sucias, pide disculpas, dice que los ha confundido con otra pareja y se retira de inmediato a la cocina. Ellos se miran con semblante atónito sin decir palabra. Reducen el ritmo de la charla. Han quedado muy pensativos. ¿Qué ha significado esa confunsión del chico? Es algo que atormenta a Salvatore particularmente. Tony les había dejado el ticket en la mesa. Salvatore deja 15 dólares. Le pone el abrigo a Alessandra. Salen a la calle sin decir nada. Al instante aparece el Uber que Alessandra había pedido minutos antes. Salvatore le abre la puerta, la despide con un beso en la mejilla, sin decir adiós.

En el apartamento de Alessandra, Salvador, su prometido, la está esperando con una cena especial. Esa lasaña que es su especialidad, la prepara él mismo, y una botella de merlot. La recibe con un efusivo beso francés, y aunque Alessandra se siente más bien agotada y con ganas de irse a la cama, responde el beso con una fingida emoción. Cenan entre velas, pasta y el merlot que se acaba rápidamente. Alessandra nunca le ha mentido y sin embargo se ha excusado de su llegada tarde dadas las horas extras que han tenido que abrir la tienda de repostería, lo cual es cierto pero a medias, ya que ha sido Claudia a solas, la que ha atendido la tienda esa noche. Antes de llegar a casa, Alessandra le ha pedido por WhatsApp que sea su cómplice en esa cuartada, sin darle razón, que mañana le explica; Claudia accede con vivaz curiosidad. Alessandra borra la conversación antes de bajar del Uber. Con remordimiento y culpa ella brinda por los 18 meses que están cumpliendo de estar comprometidos y los 6 meses de vivir juntos. ¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Cómo pudo acceder a esa "cita" con Salvatore el mismo día? Luego de la cena, Salvador lava los platos velozmente, no se quiere perder el postre en la cama. Alessandra sigue muy pensativa sobre su segundo encuentro con Salvatore. Esa sonrisa seductora de él se repite en su mente una y otra vez. En 7 meses, quizás en 10, estará casándose con su prometido y piensa que nunca ha tenido esa sensación intensa de enamoramiento con él. Siente que lo ama, ¿pero desde cuándo? ¿cómo surgió ese sentimiento? No lo recuerda con claridad. Salvador es todo un caballero. Un hombre exitoso en su pequeño emprendimiento de citas por internet. Un negocio que se toma muy en serio, para unir allí a verdaderas almas gemelas. Siempre ha sido atento, cordial y correctamente cariñoso con ella. No puede quejarse de nada. Excepto de no encontrar el porqué lo ama y el porqué se va a casar con él. Toma una ducha caliente, rápida, mientras Salvador friega los platos. Uno y dos sprays en los lugares particulares en los que Salvador más se recrea sobre su piel; con ese perfume francés que él le regaló el San Valentín pasado. Usa la lencería de color negro que él le obsequió precisamente esa noche. Ella le dijo que olvidó en la pastelería, esa bufanda hermosa que a él le había gustado tanto en esa tienda exclusiva de caballeros (aunque él tiende a vestir sencillo), que había salido a prisa al mediodía a comprarla durante su hora de almuerzo. Todo inventado. Tendría que hacerlo a la mañana siguiente. Se pone las medias negras con sujetadores que le llegan a la parte alta de los muslos, y esos stilettos altísimos, color vino tinto, que él tanto disfruta quitarle durante el juego previo. Media hora se va en un abrir y cerrar de ojos para Salvador, que en verdad parece disfrutar su merecido premio por ser un novio ejemplar y por todos los detalles de la velada. Sobre todo, por no olvidar tan importante fecha, cosa que no es propia de su género. A Alessandra se la hace una eternidad. El sexo es muy bueno con Salvador, es un amante excelente y se esfuerza por estar en buena forma. El crossfit que practica cinco veces por semana, más los treinta kilómetros que recorre en bicicleta de montañana, rinden resultados. Nunca se apresura al coito. Es magnífico en el juego previo. Pero como que siente que ella no está del todo allí. La excusa en su mente, pensando que debe estar exhausta de las largas horas de trabajo en su tienda. Y Alessandra no está del todo allí, devuelve los besos de buena gana, pero le saben al fuego de un amante en Milán que nunca tuvo. Se humedece y recibe las embestidas con leves aullidos que se apagan en un grito callado, pero algo sabe diferente, su cuerpo siente y no siente, en parte fantasea con la desnudez de Salvatore (desnudez que aún no conoce).

Son las 11:30 de la noche. Salvatore no concilia el sueño. Toma su teléfono, abre el buscador de internet. "Oblivion", "Lette", "Anón". Busca separadamente, y en distintas combinaciones. Oblivion, latin de "olvido". Lette, griego romanizado del griego antiguo "Λήθη". En la mitología griega, un río del Hades, donde los muertos eran obligados a beber, para olvidar por completo su vida pasada antes de reencarnar. No encuentra mucho más. Todo es para él pura cursilería mitológica. Debe haber algo más. Le marca a Solomon, un compañero del trabajo. Que siempre se jacta de ser una especie de hacker y geek empedernido, que bucea sin problemas en lo profundo de las oscuras aguas del Dark Internet. Allí debe estar la respuesta que busca.

(continuará...)

@AljndroPoetry / xii-17
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Reminiscencia de invierno (parte II)

Es una mañana de otoño, y las lágrimas de los pinos llorones del Himalaya cubren de hojas el paseo de una pareja de enamorados por el parque Sempione en Milán. El abundante cabello negro rizado de él parece la copa de un árbol que aún no se entera que es otoño, la clara melena lisa de ella parece un sol vertical que resplandece sobre la ocre estampa del lugar. La fragancia de una sonrisa carmín llena de colores el sentido auditivo de un chico que no sabe si está más enamorado de la bella ciudad italiana en la que está vacacionando con su novia, que de la novia misma. Y de pronto todos los árboles dejan caer las pocas hojas de colores azafranados y amarillentos hacía un cielo que se torna de un gris muy denso. Y todas sus ramas secas se cristalizan y se quiebran en cientos de pedazos triangulares y son engullidas por un remolino maligno que se ha formado en el centro del parque; y toda el agua del lugar se petrifica cual lava incandescente que ha dejado de arder. Son las 4:44 de la madrugada, Alessandra despierta con un sudor frío que empapa sus pechos y su abdomen. Otra vez esa pesadilla recurrente que la aflige desde el encuentro con ese chico en el café del centro aquella tarde de ventisca de invierno, hace una semana ya.

Salvatore la toma de la cintura con una mano, y con la otra detrás de su nuca la acerca con una firmeza gentil hacia su cuerpo encendido por una pasión que le recorre y que casi no puede reconocer como algo suyo; siempre ha sido muy moderado con sus expresiones de afecto en público. La silueta del Duomo de Milán sirve de escenario en un ocaso otoñal en el que Alessandra y Salvatore viven un fuego de verano en las venas. Ella apaga por un instante la intensidad de sus profundos ojos café al cerrar sus párpados y unos labios rojos, de carnes abundantes, se abren para recibir el beso en llamas de Salvatore, que la besa tan profundo como el amalgamar de dos galaxias que se funden en la honda oscuridad del cosmos abismal. Son las 4:44 de la mañana, Salvatore despierta de un sueño casi húmedo con un hervor en su cuerpo y la natural erección matutina propia del género masculino. Nuevamente el mismo sueño ardiente, que lo persigue desde el encuentro con esa chica hermosa, envuelta en una misteriosa tristeza, que conoció en aquel café aquella tarde de feroz batalla contra los vientos del norte. Ha pasado una semana y no se ha atrevido a llamarla. No termina de entender por qué. Quizás el imperativo de su nota al despedirse lo pone nervioso.

El piso setenta y siete de la torre de cristal en la que Salvatore trabaja como publicista se siente como un iglú esquimal a pesar que la calefacción está a tope. Pero a él nada le entibia el alma. Lleva dos años de ser un lobo solitario, refugiado en su trabajo, teniendo solo el mínimo contacto con la gente, por temas laborales; rehuyendo las citas y fiestas o reuniones con amigos o conocidos. El encuentro casual con esa chica quizás ha empeorado esa consciente autorevelación de que está muy solo en el planeta. ¿A dónde va su vida? ¿Qué le hizo enconcharse dentro de un caparazón emocional todo este tiempo? Son interrogantes que lo asaltan. Alessandra no ha pasado por la cafetería desde hace diez días. Luego de una semana de indecisión sobre si llamarla o no, cuando al fin decide hacerlo, una contestadora automática dice que el número marcado se encuentra fuera de servicio. Se pregunta si ella acaso cambió de número para eludir el contacto, la posibilidad de un segundo encuentro; quizás de una cita verdadera. El día es largo, de una longitud intransigente. Cuando al fin llega la noche, ya en su casa y al calor de la chimenea, Salvatore decide intentar nuevamente: 4, 9, 3, 2, 3, 4 y 5 marca a toda velocidad en el teclado virtual de su móvil. Se lo sabe de memoria ya. ─¿Hola? ─responde una voz masculina al otro lado, se queda callado─ ¿Hola? ¿Hola?─ la voz se hace más ronca y aspera, cuelga. El número queda en la cima de la lista del historial de su teléfono. Lo presiona otra vez. ─¡Hola! ¿Quién habla? ─la misma voz masculina─ ¿Me comunicas con Alessandra por favor? ─pide Salvatore con una tímida firmeza─ Llámale más tarde, está tomando un baño de tina ─le responde la voz─ Dile a tu compañera de apartamento que me llame de vuelta por favor, a este número; menciona que es el chico impertinente de la semana pasada en el café ─Alessandra es mi prometida ─responde la voz─ Le daré tu recado, hasta luego─ y corta. Un aire de desesperanza, más frío que el invierno que vive, anega todas las emociones de Salvatore. ─Hay un prometido en el medio. Esto no puede ir para ningún lado ─se dice a sí mismo mientras las pupilas de sus ojos azules se tornan de un naranja lacerante al reflejar las llamas que arden sobre los leños de su chimenea.

La tienda de dulces y pastelillos en esa concurrida calle del centro se encuentra a tope esa tarde. Alessandra no da abasto para tomar las órdenes, cobrar y despachar. ─Buen día para que Claudia se enferme ─piensa, mientras hace malabares con las tareas de la tienda. Hace poco más de dos años, cuando Claudia le ofreció ser parte de esa aventura de emprendimiento, su propia tienda artesanal de repostería; no habría imaginado Alessandra que durarían tanto y que un día como hoy habría tanto que hacer que estaría refunfuñando entre dientes por la ausencia, bien justificada, de su amiga del alma y socia de hazañas empresariales. Al fin un respiro, se ha vaciado la tienda y Alessandra se acerca a la ventana y se sienta un rato a descansar en una de las pocas mesitas del lugar; su mirada se pierde en la calle, sin mirar a nadie ni a nada y a la vez, como mirándolo todo. ─¿Por qué no has llamado chico extraño del café? ─empieza un monólogo en su mente─ ¿Te habré asustado por lo callada que me puse? ─no puede ser, una chica decente no debe ser efusiva de buenas a primeras ─¡de qué estoy hablando, estamos en pleno siglo XXI, el fenimismo es más victorioso que nunca! ─si este chico piensa tal cosa, definitivo que no vale la pena ─¿Por qué no me llama? ¿Por qué tengo esa pesadilla recurrente con él? ─¿Por qué tengo esta sensación de que él me necesita tanto como yo a él? ─¡Qué estoy diciendo, por todos los dioses, si yo ya estoy comprometida!. Su monólogo es interrumpido al sonar el teléfono con la monótona melodía de su celular android. ─¡Hola! ─responde de inmediato─ ¡Alessanda, hola, al fin me respondes! ─¿Quién eres? ─Soy Salvatore ─no conozco a ningún Salvatore ─el chico impertinente de la cafetería hace un par de semanas ─¡Ah! El chico del macchiato, Salvatore es tu nombre entonces. ¿Qué cuentas chico lindo? ─y antes que él responda, se arrepiente de haberle hecho esa pregunta de esa manera, qué va a pensar este chico, que es una lanzada ─Te he estado llamando, pero tu teléfono parecía estar inactivo ─Oh, lo siento, lo extravié unos cuántos días después de nuestro encuentro y tardé en recibir el repuesto de mi proveedor de servicio─ La otra noche te llamé y me respondió tu prometido, dijo que te daría el recado─ Y continúan charlando amenamente durante una media hora sin advertirlo. Ella excusando la actitud de su prometido, él diciéndole que no importa, que lo bueno es que al fin la ha encontrado. Preguntas triviales sobre como han sobrevivido ambos las inclemencias de este invierno y como van las cosas en el trabajo y otras nimiedades; hasta que finalmente, Salvatore en una forma muy casual y natural, como quien no pretende forzar nada y casi esperando una negativa, la invita a tomar otro café en la misma cafetería; y ella acepta encantada de inmediato, se verán en un par de días.

(continuará...)



@AljnadroPoetry / xii-17
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Reminiscencia de invierno (parte I)

Cae la tarde, los vientos gélidos del norte soplan con fuerza sobre la estampa de plomizos y níveos colores del centro de la ciudad. Los pasos de Salvatore se hacen pesados sobre el pavimento glacial mientras libra una batalla épica contra la ventisca que escupe su ráfaga de furiosos copos de nieve. Recién salido del trabajo, se dirige a su estación del metro urbano, a unas pocas cuadras del altísimo edificio de cristal donde trabaja. Hoy no tiene ánimo de pasar a tomar su macchiato bien espeso en la cafetería de moda del centro que le queda en el camino, urge llegar a casa a atizar unos leños en la chimenea y entibiar un poco el espíritu.

A pocos metros de la cafetería, desde el otro lado de la acera, observa sin embargo a los grupos de amigos, parejas e individuos solitarios que beben los cálidos sorbos de sus bebidas a temperatura de ebullición, casi todos con un móvil en la mano y unos pocos con un libro. Y su vista se detiene en una figura en particular; una chica de mirada perdida que sentada en una mesita al lado de la ventana, observa la blancura del ocaso y se extravía en los laberintos espirales de algún fugaz remolino de viento. Sus ojos son de un café tan oscuro como la densidad del espresso en el macchiato que Salvatore suele tomar. Su cabello castaño claro es tan liso que la luz de la lámpara encima de su mesita resbala por su pelo hasta caer al piso. Sus labios carnosos sugieren que su sonrisa debe ser angelical, pero su expresión es más bien de tristeza, pero no de una tristeza llana y simple, más de esas que son complejas, envueltas por el misterio. El corazón de Salvatore, sin embargo, late ahora con una tibieza inesperada, y antes de darse cuenta se encuentra en la puerta de entrada; sus pies lo han llevado hasta allí sin notarlo, como deslizándose o patinando por el pavimento helado.

El lugar está abarrotado, no cabe un alma; el frío invernal obliga a los transeúntes a hacer parada obligatoria y pedir una bebida bien caliente. Pero ya está allí y voltea a ver a la chica de los ojos café profundo, ahora de espaldas hacia él; lleva un abrigo corto de un color tan blanco como la nieve, lo cual realza el rojo escarlata del lapiz labial sobre sus carnosos labios. —Me das un macchiato con leche de soya y un toque de caramelo por favor —le dice al cajero— ¿alto, grande o venti? —le responde el cajero— Mejor un venti. Que me dure un buen rato— y le da un billete de diez dólares. Ya con su café en la mano, da un par de vueltas por las mesas y barra de asientos individuales del lugar, sin encontrar un solo espacio, excepto por una silla disponible en una mesita pequeña donde una anciana de cabellos plateados que está absorta en la lectura de su libro mientras bebe un latte que parece inagotable; y otra silla al lado de un hombre de mediana edad —aunque por su cabeza calva parece mayor— con una abundante barba y cara de pocos amigos, como quien ha tenido un día muy cargado; y por supuesto, la silla libre en la mesita de la chica de los ojos profundos, absorta en el panorama invernal de la calle, con un libro abierto casi por la mitad al que no ha vuelto a mirar en todo el rato que Salvatore lleva observándola. —¿Te molesta si me siento aquí? —ella lo mira con semblante serio, con especial asombro, como quien quiere ver hacia adentro y no solo por encima, pero no dice nada— ¡Es que no hay un solo lugar disponible! Claro, si no soy inoportuno, y si no esperas a nadie —Y ella lo sigue mirando por breves segundos más, pero su boca no se abre, mas con sus labios hace un gesto tan leve, como el de una tímida sonrisa; y de alguna manera parece que asiente a que Salvatore la acompañe. Al menos así lo entiende él, que sin decir más pone su bebida sobre la mesa y jala la silla, inusualmente pesada y sin protectores de hule en las patas, haciendo un ruido particularmente enervante al hacerlo. Ella levanta una ceja, como diciendo: —¿Qué haces? —pero realmente no dice nada— Perdona, no ha sido mi intención— se excusa él.

La mirada de ella se zambulle ahora en la página actual de su libro, como queriendo esquivar la conversación con el chico; aunque en su interior siente, sabe, que debe, que necesita hablar con él. Mientras lee, sus ojos café parecen sumergirse en las páginas y éstas abren un portal que la transporta al mundo de la novela; al mismo tiempo, con su mano derecha y sus uñas semilargas, muy bien cuidadas, sin pintura; hace un sonido sobre la mesa que emula el cabalgar de caballos. —¿Qué lees? —pregunta él con sincera curiosidad. Y ella, en ese instante, es como sacada por un haz de luz del mundo de su novela y transportada en el acto a la mesita, con un par de bebidas calientes, un libro, y claro, un desconocido frente a ella. —No me despiertes del olvido —le responde, sin más— ¿Y de qué trata? —vuelve a preguntar, a lo que ella replica— es un cuento muy largo para contártelo, y aún no me decido si es ciencia ficción, o magia mística egipcia, o una combinación de ambas cosas; es intensamente romántica, eso si te lo puedo asegurar; pero, parece ser un romance que trasciende generaciones, eras, culturas y algo más— suena bastante bien —responde Salvatore— ¡es apasionante, no tienes idea! —concluye ella, y se sumerge de nuevo en su lectura. Mientras tanto él, bebe su macchiato lentamente, como disfrutando cada pequeño sorbo de alegría caliente; no sin notar que la alegría que siente no proviene del macchiato exactamente, sino de la contemplación de la hermosa chica que tiene frente a él. Su mirada se hace penetrante, sus ojos chocan contra el café oscuro de los de ella; por su parte ella, se siente observada, quizás contemplada más bien. Ya no logra concentrarse en el libro, se dedica a tomar su bebida, observarlo de vuelta disimuladamente, para luego envolverse con él en una charla trivial de desconocidos; de esas en las que hablas muy a grosso modo de tus aficiones, de tu trabajo, de que estudiaste, de que te gustaría hacer con tu vida más tarde, de alguna experiencia interesante vivida. Y hablan, y se observan, continuan charlando y se miran, casi como acariciándose con los ojos, hasta que en un instante inesperado, al unisono, ambos tienen una especie de flashback, una reminiscencia; una escena compartida, ambos caminando tomados de la mano, en una tarde de otoño, por una larga avenida de tiendas de moda en Milán. —¿Alguna vez has estado en Italia? —preguntan ambos al mismo tiempo— ¡Qué casualidad! Hacernos la misma pregunta en este instante —dice Salvatore— Nunca he salido de los Estados Unidos, dice ella —yo estuve de viaje en Alemanía hace unos pocos años, pero es el único lugar de Europa en el que he estado —responde él. Ninguno se atreve a mencionar nada de esa reminiscencia absurda que parecen haber tenido, para no atemorizar al otro.

En un abrir y cerrar de ojos, cae la noche con todo el peso de su oscuridad y la temperatura desciende unos cuantos grados más. Han conversado por dos horas y media ya. Ella se excusa, que debe salir corriendo, que tiene que pasar haciendo unas compras antes de irse a casa, que le cierran el supermercado. El quisiera acompañarla, quisiera pasar toda la noche conversando con ella, observando sus bellos ojos y sus carnosos labios que invitan a besarla. Pero no dice nada al respecto. —¿Te volveré a ver? —le pregunta— ¡Quiero creer que sí! —responde ella y le da un post-it de color neón, con algo anotado; se levanta de la mesa, le da un ligero beso en la mejilla y sale de la cafetería antes que Salvatore pueda siquiera decir adiós. La observa desde la ventana mientras se aleja, con sus jeans apretados y sus botas blancas de invierno; la ve caminar pero más bien parece que flota en el viento y se pierde en la oscuridad de la esquina donde dobla, para desaparecer.

Salvatore se queda sentado en la mesa unos minutos más, tratando de asimilar qué ha significado ese encuentro. ¡Qué significa ese flashback! ¿De dónde puede conocer a esta chica que se le hace tan familiar? Abre el post-it: "Alessandra, 493-2345. ¡Despiértame del olvido!". Es lo que ve al leerlo.

(continuará...)



@AljndroPoetry / xi-17
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35comentarios 215 lecturas relato karma: 93

El tiempo en ti

A veces me siento como
invierno
muerto y dejado llevar por la corriente

Otras, en cambio, soy de otoño
marrón,
pálido y muerto hasta un suspiro.

Pero hoy, hoy en cambio,
me siento ausente de ti;
sin respiración.

Me siento lejano, quizá distante.
Me siento distante, quizá de ti.
Me siento de ti, quizá hoy
Me siento hoy, quizá en la vida
Me siento en la vida y quizá
solo quizá
en
la
muerte.
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2comentarios 60 lecturas versolibre karma: 88

Un invierno frío y largo

-¿A qué esperas?-

A que el invierno pase.

Este último se hizo largo,
casi fijo,
perpetuo,
calando huesos y memoria.

Un día, al despertar
se me clavó el hielo en la espalda,
a punzadas y trozos rotos,
como si de repente aparecieran
todas aquellas agujas perdidas
que durante años busqué en aquel pajar,
ese lugar seco,
lleno de olvido y lamento.

Sin apenas darme cuenta
se me escapó el verano.
Una mañana
el cielo se volvió del revés,
tuve que cerrar puertas y ventanas
y aprender a caminar
mirando hacia abajo,
para no ver siempre llover.

Hoy
el frío
ya no importa tanto,
tengo cuero suficiente para cubrir
todas las heridas que me quedaron.
En mi retiro,
aprendí a coser
con palabras escritas en hojas blancas
los remedios de las no pronunciadas.
Porque hay muchas que son amargas,
se clavan en la garganta
como espinas
de intenciones que se quedan amarradas,
enterradas
en ese bosque maldito
de todas aquellas cosas
que nunca nos dijimos,
que nunca hicimos.

-¿Cuándo vas a salir y ver?-

No me preguntes cuándo.
Ahogué todos los cuándo.
Los ahogué en tragos,
en copas,
en sexo,
y aún sigo tiritando.
Se hundieron todos por el camino de Fausto,
donde no se atisba salida
ni se intuye el holocausto..
Se ahogaron
en el laberinto del cuento
que nunca termina.

-Tú ya moriste,
recuerda cuándo-

No me digas eso,
ya no me acuerdo,
ni del calor
ni de la hoguera.
Pero mira,
tengo puesto mi traje nuevo,
lleno de petachos y remiendos.
No quita mucho el frío
pero tapa,
cubre la piel desnuda
de la intemperie de lo no vivido.

Ahora,
soy una de tantos y tantas,
fantasmas que caminan a tientas
sin mirar nunca lo que hay al otro lado del espejo.
Soy parte del paisaje,
una
diminuta
mota
de este manto
que cubre el mundo de nieve.
Y cuando el invierno acabe
me quitaré la ropa.
Y cuando el frío pase,
abriré la puerta.
Y…

¡¿Cuándo?!


Ya se me hizo tarde.

-Murió un invierno frío y largo,
mientras dormía.
D.E.P.-
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Plantar amor

Plantar amor
en este frío invierno
Plantar caricias
en silencio
En blanca entrega
En tierra fértil
Humeda y brillante
donde mis labios
helidos
Anhelan alcanzarte.
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5comentarios 68 lecturas versolibre karma: 80

Otoño

Ay otoño, ese otoño malcarado,
que venteas los versos del poeta,
y bailan las hojas en su libreta
al son de las del árbol desplumado.

Ay otoño, eternamente nublado,
y torna la mirada al cielo inquieta,
que ya sin rumbo gira la veleta
porque llegó el tiempo que está alocado.

Y llueve, lluvia de gotas de tinta,
pintando de sutil ocre el paisaje,
que las nubes lloran agua distinta.

Llueven, palabras de triste lenguaje,
que parten con elegancia sucinta
al invierno que me lleva este viaje.
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3comentarios 60 lecturas versoclasico karma: 76

Caminando en círculos

Hay algo que me impide perdonarte,
y no soy yo, que aún te ama y quiere
empezar de nuevo.

Puede que sea la violenta certidumbre
de que contigo o sin ti
ya sólo espera la tristeza. Porque ha llegado
la primavera vestida de largo deshielo
y nuestros días de luz
estallaron en el olvido.

Hay algo que me impide perdonarte,
y nos está volviendo locos,

mientras Quique González nos canta la historia
de esa pareja que avanza
caminando en círculos, como fieras
afilando los colmillos.

Hay algo que me impide perdonarte.

Y es el tiempo,
que por una vez en su vida
lo daña todo.
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4comentarios 91 lecturas versolibre karma: 73

Winter is coming

Winter is coming, sí.
El invierno de mi alma me consume
y el frenesí de los corazones muertos
me reconcome el mismo sentimiento;
y, entre gran animadversión,
dejo caer lágrimas de sangre
de mi última diástole.
Nunca sentí tanto frío como el día de hoy.
Tal vez no de ese del invierno,
que nos rodea y que con fuego se exime
de todo poder controlador.
No. De ese no estoy hablando.
Hablo de ese frío que te hiela las venas,
que no te deja respirar y que crea en ti,
en cada uno de los parches de tu cuerpo
una nueva cicatriz.
Cicatrices, sí.
Llenas de sal y de limón, de remordimientos.
De falsos amores y de amores imposibles;
de amores que se fueron y de los que nunca vendrán;
cicatrices.
Cicatrices del pasado,
del presente y del futuro muerto;
pues vivo es aún más doloroso
que la propia existencia misma.
Llévame, lejos de aquí;
donde ni yo mismo sea yo mismo.
Donde nada de lo que me rodee sea familiar,
lejos de asperezas, de roces y de momentos.
Déjame lejos. Lejos de mí.
Porque soy el pecado que acabará por matarme.
Soy la Damocles que cae sobre sí misma.
Soy. Y dejo de ser.
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4comentarios 122 lecturas versolibre karma: 76

Noches blancas

Se asoma la noche con su blanquísimo abrigo sorprendiendo al farol en su amena charla con los árboles de su barrio. Conversan sobre caprichosos copos de nieve, y de niños juguetones que construyen sus blancos muñecos, con escobas, sombreros, y pipas viejas. Hablan de parejas de enamorados que se sientan en las bancas del parque a jurarse sus amores eternos. De lejos se asoma el viento, silbando cánticos de invierno y danzan los árboles tomados de las manos de sus níveas ramas. El farol prende su antorcha y los pajarillos acurrucados en sus nidos cantan nanas a sus hijos hasta verlos dormidos. Una manta de bruma lo envuelve todo, envuelve al viento, su silbido, a los pajarillos y a sus hijos dormidos. Tan gélida es la noche que ni la blanca luna asoma su redonda cara, se queda en cama, recostada sobre almohadas de esponjosas nubes en cubiertas de nieve.

Duerme la nieve
sobre los fríos árboles.
Vela el farol.


@SolitarioAmnte - viii/17
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Pieles

Hace ya un par de pieles
entendí,
que el frío del invierno
que dejaste
no se quita
con cualquier verano.
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¿Donde nos perdimos?

¿Donde nos perdimos?
No sé si te perdí al encontrarte
No tengo concordancia sin agobiarme
No sé sí te perdí en el amanecer
O en la madrugada cuando te desnudabas
No sé si me perdí en el girasol
O en el café de las mañanas
En tus besos
En tus ojos
O en tu piel.
En tus faldas, echadas en mi cama...
En el árbol o en tus curvas
No sé si estás debajo o encima de mi
En el cigarro o en las cenizas
En mi pecho o en mi corazón
¿En que parte del libro nos perdimos?
¿A donde me mandaste los te quiero que me prometiste?
¿Y los abrazos...?
Bajo la mesa, hay una carta,
Escrita para ti...
Cuando quieras regresar.
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7comentarios 98 lecturas versolibre karma: 102

Ardilla en invierno

___________
#Senryu

Festín de nueces
alegran a la ardilla
en tronco frío.

___________
#Hokku

La fría nieve
cobija a una ardilla.
Árbol helado.

___________
#Müki

Pétalos níveos
se posan en el árbol.
Come la ardilla.

___________
#Haiku

Come la ardilla
bajo la blanca nieve.
Gélido el árbol.


@SolitarioAmnte / vii-17
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Mil silencios

Tendré que esperarte como se espera la lluvia de Febrero
A retazos, en la oscuridad y con miedo.
Soñando como cuándo nos acostamos
Y acaricio tu espalda.

Ahí, de los mil silencios, tú.

Debes saberlo:
Cuándo me olvide de tu cintura
o tu piel;
De las historias detrás de tus párpados
o de tu espalda,
Y de esos viernes por la noche
Y de todas esos instantes
Que retrocedimos por no mirarnos.

Acuérdate;
Duerme bien
Prepara un café
Porque cuando te vayas de mí
Ahí afuera
La noche será larga
Y quieta.
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Haiku (alba invernal)

Alba invernal.
La luz del sol proyecta
sombras al suelo.


@SolitarioAmnte / vii-17
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Hokku (5-blancos sombreros)

Blancos sombreros
visten las casas frías.
Alba nevada.



@SolitarioAmnte / vi-2017
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