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Ciudades cerradas

Cuando la política
habla de solidaridad,
causa temblores.

El yo se oculta,
la luna se esconde tras las nubes,
el sol se eclipsa tras la luna,
el agua huye subterránea,
la lluvia se evapora a los cielos,
los rayos huyen despavoridos,
los fuegos crecen.
El humo oculta la vergüenza ajena
de nuestras ciudades sin brillo,
ciudades cerradas.
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La ciudad es ella

La ciudad es ella.
Me hacía perder el habla, a su lado era torpe y balbuceaba. En ocasiones me dejaba caminar junto a ella, mientras intercambiábamos un par de miradas y una que otra sonrisa, sin embargo cada sonrisa y miradas suyas eran, de alguna manera, formas sutiles de rechazarme, que dejaban, sin embargo, un poco de esperanza para volver a hablarle, a pesar de mi extrema timidez.
La conocí en una tarde calurosa y lluviosa de finales de julio, el olor a tierra mojada inundaba toda la alameda. Yo caminaba a pesar de la intensidad del agua y ella estaba ahí parada en un quiosco, sin embargo aquella mujer de piel traslúcida y con una sonrisa que sostenía en vilo al mundo me miraba, parecía un poco de primavera de anticipo que hacía afrenta a la vida bullente que llevaba. De repente me detuve y me quede parado a su lado, nos miramos un instante sin dirigirnos ni una sola palabra, de mi brazo asomaba tímidamente un volumen de libertad bajo palabra de Octavio Paz que durante largas horas me ha acompañado, ella al verlo abrió los ojos muy sorprendida, lo arrebato de mi brazo, yo sólo reía un poco sorprendido y avergonzado, y después de buscar por un par de minutos me señalo con su dedo índice un verso que decía: óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída. Tras pasar unos minutos impávido frente al poema, alcé la vista y atónito descubrí que ella se había ido.
Tras pasar un par de semanas caminando y recorriendo las calles y avenidas, los parques y glorietas, los zócalos y plazas buscando a tientas, buscando sin encontrar el rostro de la joven de los poemas, así decidí referirme a ella puesto que no sabía su nombre, desistí. Y ahí estaba yo tomando un café, era ya tarde y apenas briznaba, enfrente de mí una joven hermosa que me hablaba palabras ininteligibles e indescifrables; a mi lado izquierdo una pareja discutiendo, ella se quería divorciar de él, él la había engañado con la mejor amiga de ella, trataban de no alzar la voz pero la señora rompió en llanto; a mi lado derecho un chico solitario que observaba continuamente su reloj, esperaba a alguien que jamás llego y tras un largo tiempo se fue. Ella me hablaba y yo me limitaba a asentir, a veces le sonreía, reía cuando ella reía, ponía una expresión sería cuando ella fruncía el ceño. Volteo un par de segundos, ella se acerca, quiere besarme, yo alzo la vista y tras el cristal veo a la joven de los poemas así que me levanto de prisa y dejo un billete en la mesa, me disculpo con mi acompañante y corro lo más rápido que mi cuerpo me lo permite, ella avanza dos calles en línea recta, dobla a la izquierda en la esquina, me ha traído a la alameda -pienso, el lugar está lleno de gente, la pierdo de vista, tras tomar unas bocanadas de aire y fallar en mi misión camino por toda la alameda y al final de mi recorrido me encuentro con aquel quiosco dónde la vi por primera vez y ahí encuentro en una hoja un poema de Octavio Paz escrito a mano por la joven de los poemas, esta vez se trataba de habla ciudad y tras leerlo encuentro algunos versos escritos de la siguiente manera: Hablo de nuestra historia pública, y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía, la ciudad que brota de los párpados de la mujer que duerme a mi lado y se convierte en sus calles y avenidas, autobuses, taxis y cines y TEATROS.
Tras haber leído varías veces el poema pensé que tal vez la joven de los poemas escribió en mayúscula la palabra teatro porque quería que fuera a ver una función en especial, decidí por último ir al teatro de San Ignacio de la llave, las razones que me motivaron a ir a este lugar sobra decirlas, ya que, era el único teatro de la ciudad donde se iba a presentar la hija de Rapaccini, la única obra de teatro escrita por Octavio Paz.
La obra se iba presentar ese mismo día, así que salí corriendo al teatro san Ignacio de la llave para encontrarme con la joven de los poemas. Compre el boleto. Faltaban un par de horas para que la función iniciará, así que decidí esperar sentado en una banca de hierro, al sentarme me di cuenta de que estaba mojada, no me importo y seguí sentando, saqué mis cigarrillos y empecé a fumar. Observe por todos lados para ver si por los alrededores estaba la joven de los poemas, no la vi, en cambio había un viejo sentado en una banca frente a mí, hablaba a solas ¿Con quién hablamos al hablar a solas? ¿Había recordado su pasado u olvidado su presente? Había carros que iban y venían, transitando por la ciudad y alrededor del teatro, rompiendo el viento y zumbando mis oídos, yendo de prisa ¿Adónde vamos cuando vamos de prisa? No sé, no sé ni lo que va a pasar después de esta noche, que triste pasan nuestras vidas, miro el reloj sin comprender nada en absoluto, ya es hora de la función. Apago mi cigarro. Voy a la función.
Entro al teatro y dan la tercera llamada, la obra inicia, no veo a la joven de los poemas, quizá me equivoque e intérprete mal su mensaje, si es así no es mi culpa, el amor es un intérprete obsesivo el cual a veces a cierta, el cual a veces se equivoca. Como sea la obra avanza y así como la obra de teatro avanza así avanza mi vida, de escena en escena. Beatriz fue creada por el doctor Rapaccini, la joven de los poemas existió para mí un día lluvioso y caluroso; por las venas de Beatriz hay veneno que es vida y muerte, los ojos de la joven de los poemas vida y muerte me deparan. Juan le dice a Beatriz: «Perderme en ti, para encontrarme en mi mismo, en la otra orilla, esperándome...» ¿Tras esta noche al encontrarte me encontraré? ¿El buscarte es buscarme joven de los poemas? Viene la última escena y tras esta maravillosa elegía de amor viene lo inesperado, Juan no decide sacrificarse por Beatriz y junto al doctor Rapaccini lloran su muerte, si amar es morir, revivir y remorir ¿Por qué Juan no se sacrificó? La función acaba. Me voy.
Camino por las calles de Orizaba, es ya de noche y hay neblina, el frío penetra mis huesos, meto mis manos a las bolsas del saco, camino dos calles y decido acortar camino por la alameda, camino toda la alameda y no está la joven de los poemas, sigo caminado, estoy ya cansado, pienso que me equivoqué, fui un mal lector de sus poemas, fui un mal intérprete de sus señales. Doblo a la derecha y enfrente está ella, la luna nos miraba, la noche se volvió eterna en aquella callecita desierta
-¿Quién eres? -le pregunto-
-Soy Beatriz y tú Juan -respondió ella-
-No entiendo-respondí todo confundido-
-No se trata de entender si no de sentir -me dijo- 
Doy un paso al frente la tomo de las manos y la beso, al besarla entiendo que la joven de los poemas es la ciudad que cada cien años se despierta y se transforma, la joven de los poemas es aquello que me espera a la otra orilla del camino.
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Porvenir

Huele a porvenir el humo de las ciudades,
si algo le he de pedir es que no me salves.
Ha pasado tiempo y yo
tengo los ojos en la nuca,
si puedo pedir un favor
es que no me eches la culpa.
Tú confundiste dos verbos;
dejar y terminar,
no pido que seamos amigos luego
tan sólo un ¿qué tal?
No este absurdo salvese quien pueda:
de la depresión, el llanto y las jaquecas.
Juguetes fueron mis muñecas
como las que usaste antaño y ahora ni recuerdas.
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Primavera citadina

Santiago,
de septiembre a noviembre,
los colores surgen,
trayendo alegrías y alergias,
que, aunque suenan igual
 no son lo mismo.

Augurio de ciclistas desenfrenados,
picnics bajo el sol,
lentes oscuros
y sombreros estrafalarios.

Los montes como lienzos verdes,
se manchan de pinceladas
 amarillas, violetas, rojas, naranjas.
Cautivando los ojos de muchos
y perturbando las narices de otros.

Primavera citadina,
tan hermosa como calurosa.
Productora de cletas abundantes
y muchas alergias caminantes.
Solo me queda decirte que
 extraño bastante el invierno.
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Voces de ciudad

Miro como danza en el asfalto
el ruido de voces aceleradas
como se contamina el alma
del aliento que lucha y persevera.

Veo la lluvia que humedece
paredes de concreto
árboles, muy pocos, silenciados
por las voces de ciudad.

La esperanza aún mueve los latidos
en un vaivén de almas sofocadas
por el grito a sociedad
de espíritus opacados
entre raíces de acero sin libertad.
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Las dunas del recuerdo

Perdido en las dunas del recuerdo,
recomponiendo las piezas
de éste puzzle que la vida
y los errores dan forma,
con la pala de lo imprevisible,
encuentras tesoros con el calor
que da los brazos del niño
que se niega al abandono del olvido.

Me siento en el refugio
de la sonrisa tatuada por instantes,
diapositivas de un pasado bordado
en la camisa de la melancolía,
recuerdos que detienen el tiempo
y ensancha la memoria.

En esta duna de recuerdos,
un niño aun corre por su albedrío virgen,
guiado por la inconsciencia,
por su falta de comprensión
por los vocablos y las promesas.

Recuerdos de piedras con forma de plaza,
de muros hechos para que los sueños
trepen por las enredaderas del presente,
de parques de media luna
con hado en el dolor o la lucha.

En ésta duna de recuerdos
permanece varada la inocencia de una espera,
sostenido por el vidrio de mi mirada,
extendiendo los brazos a la llegada
de una voz que aviva el latido
de la promesa contenida,
del niño que duerme enterrado en el tiempo,
que se despereza ante las dunas de su recuerdo.


Amén
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4comentarios 89 lecturas prosapoetica karma: 86

La ciudad desde el tobogán

Algunos calcaron su eco y derrumbaron hojas perennes,
era demasiado temprano para ofrecer un juicio razonable y ella
había soñado tanto en la ciudad —donde todo son jirones—
que, solidarios a las hojas, hasta corazones cayeron hechos pedazos,
a las ocho de la tarde.
Desde su tobogán siempre hubo una tregua, un tiempo,
un momento y una ocasión para todo
pero el guión de la urbe sobradamente lo conocía;
era gris, simple, monótono, aburrido, cíclico y repetido.
Y si a las ocho de la tarde
las farolas entienden de naufragios,
todas las soñadoras buscarán luciérnagas
a las que contar escabrosas agonías.
No, desde aquí las calles no entienden de nombres ni de sueños,
ni de hojas perennes ni corazones que caen con responsabilidad.
Unos las deambulan hundiendo la cabeza,
otros —creyendo escapar— las sobrevuelan entre venenos.
Desde su tobogán la ciudad más rara es negra, sórdida, abismal
siempre, siempre a las ocho de la tarde.

**Ilustración; Amanda Cass
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Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.

Advertencia.
Felipe Benítez Reyes


Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz
despeinando con denuedo los principios,
los temores… arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.
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Relato urbano

Una chica corre el bondi mientras un chico pasea a su perro.

Un señor intenta hablar por teléfono público con una carta en la mano.

Esa imagen no se ve todos los días.


Gente pasa al lado de otra gente. Nadie parece conocerse.

Nadie parece escucharse.

Otra chica llora hablándole al teléfono.

Y una señora pide monedas sobre la vereda sin suerte.

Las bocinas de los coches atravesados aturden a todos.

Nadie se detiene. Todos llevan apuro.

El tipo de traje y maletín lleva en su mano un café, su teléfono y un portafolio.

La señora en una mano a su hijo y en la otra la mochila.

La pareja mira vidrieras con sueños de compra

Pero otra pareja camina sonriendo sin que nadie los vea.

Dos nenes se pelean por el tobogán de la plaza

Las madres se miran para ver quién actúa primero

El policía camina mirando el celular.

Un matrimonio discute adentro del auto

Pero un chico joven viene manejando despreocupado.

Tres empleados de una cadena se divierten en la puerta del local.

Otros paran a pedir fuego para encender un cigarrillo.

El del diario de revistas lee el una nota por tercera vez

La señora del puesto de flores acomoda la mercadería

El vendedor de bijouterie habla por teléfono con manos libres

El señor del estacionamiento contempla todo sentado,

es el único que parece prestar atención.

Unos chicos que salen del colegio gritan entre ellos.

El paseador de perros camina con dificultad

Mientras el mozo lo esquiva con un cortado en la bandeja.

Un tipo se acomoda el pelo y el bigote frente a un espejo

Y un chico camina con unas flores en la mano.

En esa misma esquina, una pareja se abraza fuerte.

Tan fuerte que el mozo se detiene a mirarlos

y el paseador de perros se descuida.

El del puesto de diarios deja de leer la nota

y el chico de las flores espera ansioso ese abrazo.

El chofer del bondi le dice a la chica que se subió apurada

que no la lleva a ese destino. Se baja.

La chica de detiene a ver como la señora acomoda las flores.

Las madres no intervienen. La pareja ya no mira vidrieras.

El policía ya no mira su celular, ahora charla con el peluquero.

El camión de reparto intercepta el paso de la esquina,

tapando la postal del abrazo fuerte.

Todo vuelve a ser lo que era.
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Los poemas

Insisten con su soplo de vida
en la máquina del mundo. Puedes oírles
respirar bajo las capas de cartón.

Igual te piden cosas que ya has abandonado...

A mí siempre me piden un cigarrillo
y los más raros un poco de café;
pero lo que en verdad quieren
es darle un sorbo al espíritu del vino
directamente de las reservas de tu corazón.

Siéntate con uno de ellos,
y no hagas nada. Olvida toda idea
de que están hechos con materiales
ideales para débiles.

Porque son como las historias
de los vagabundos:
ya te entren bien o te entren mal
nunca te dejan indiferente.
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Otra historia de amor (parte 2)

El sonido de la alarma despertador del celular rompe la pesadilla de madrugada que está teniendo Verónica. Esa recurrente que le roba calidad a su sueño. Ese caballero andante que llega a rescatarla pero que en medio de la sangrienta batalla con el dragón que la resguarda; como por hechizo traicionero, termina enamorándose del dragón y se olvida totalmente de ir a su rescate en la torre más alta; donde muere, de tristeza y olvido. Qué ganas de lanzar el celular contra la ventana. Qué ganas de hundirse en la almohada, de dejarse caer en el abismo de los últimos minutos de sueño, para realmente exhalar su último hálito de vida, allí, en esa soledad de pesadilla; finalmente morir, sin paz. Ese es el saldo que le dejó su pareja de los últimos siete años, Alberto; enamorados desde la secundaria, quien cual trillado cliché, la engañó con su mejor amiga, ahora su enemiga dragón. Eso y unas camisetas viejas que nunca se llevó, junto con su colección de discos de Cold Play y Rihanna.

El brillante sol que atraviesa la ventana de su dormitorio, la verdad, entra en escalas de gris por las ventanas de su alma; sus hermosos ojos azules que ya nadie admira. En la cocina, una bolsa de pan viejo que empieza a enmohecer. Un queso crema vencido. Un poco de café hecho hace unas cuarenta y ocho horas ─quizás setenta y dos─. No importa, igual, no hay ganas de comer. Le hinca apenas una mordida a una manzana que ni se acuerda como llegó a su cocina. Se demora más de lo usual en la ducha, no porque disfrute el baño caliente, sino porque le escurre tanta tristeza junto con las gotas de la regadera y no quisiera dejar el baño hasta que toda ella le haya abandonado. Pero no es posible. Esta siempre se queda.

Sale de su apartamento en el tercer nivel de ese viejo edificio. Al que se mudó luego que Alberto la abandonara y ya no pudo pagar el apartamento más acomodado que tenían en el centro. No nota las gradas de tres pisos que baja, no nota las cuadras que camina por esas calles algo sucias y olvidadas. De todos modos, hace cuánto ya que el mundo es de tonos de gris solamente. Llega temprano otra vez a su estación del tren, por si acaso Alberto decidiera viajar más temprano para no toparse con ella. Y no llega a la primera hora esperada. No llega tampoco en el siguiente ni el siguiente tren. Es siempre así. Y ella siempre sentada en la estación, dejando ir dos trenes antes de subirse. Sin embargo, en el segundo tren que a diario ve llegar, hay un destello de color, apenas perceptible; ese chico que siempre la observa con curiosidad, a veces hasta le incomoda un poco; pero no de mala manera. Siempre le ve tan desenvuelto, tan resuelto, tan cómodo con la vida. Como que tiene todo bien ordenado. Como con un aura diferente a la de los cientos de personas que ve subir y bajar en esa estación del tren en la mañana. Siempre con esos audífonos en sus oídos. ¿Qué escuchará? ¿Acaso Cold Play o Rihanna? Y cuando le ve venir siempre se ve tan concentrado en algún libro. ¿Qué le gustará leer? ¿Acaso lee una interminable saga de Stephen King?

¿Por qué me llama la atención éste chico? ¿Por qué parece tener color, calor, un aura? ¿Qué está haciendo? Se está parando. Pero si nunca baja aquí. Tiene apariencia de trabajar en algún gran edificio del centro. No entiendo, qué hace. Me mira tan insistentemente. A veces siento que me desnuda el alma. Que puede ver a través de mí. Que se zambulle en mis ojos y resuelve todos los laberintos de mi intricado interior. Esos que ni yo entiendo. ¡Se ha bajado! No me quita los ojos de encima. Cuánta ternura en su mirada. Pero... ¿por qué? Ni nos conocemos. No que yo recuerde. Nunca volteé a ver a ningún chico durante los siete años que estuve con Alberto. Y llevo meses sin asistir a ninguna cita. Nunca lo he visto en el trabajo, ni cerca de mi edificio. Sigue caminando en dirección a mí.¡Ay Dios! ¡Qué hago! ¿Me voy corriendo al baño? No quiero hablar con él. No quiero hablar con nadie.

─¡Hola! ─me dice─¡Hey! ¿Cómo estás? ─le respondo─ ¿Qué estoy haciendo, por qué le he respondido con tanta efusividad? ¿Qué va pensar de mí?

─Me llamo Martín ─agrega─ Soy Verónica ─respondo en automático.

Y me mira, con esos bellos ojos café que nunca había alcanzando a notar, solo contemplaba su aura antes. Algo ha cambiado. En un instante ya no me siento la misma. ¿Habrá comenzado otra historia de amor para mí? ¡Ojalá no termine como la anterior! Aunque algo me dice desde ya: Que esta será una historia muy diferente.



@SolitarioAmnte
v-2017
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28comentarios 165 lecturas relato karma: 65

Casi lo logro

Casi lo logro.
Pasear la ciudad
y no verte.
Hoy pensé
que te habías marchado
y sentí, de repente, una mano
posada en mi hombro,
haciéndome libre.

Cómo te explico
que me vino la brisa a la cara,
que me dio por cruzar
nuestro puente
y, al final del trayecto...
tú.

Qué putada más grande.
Es verdad que te vi,
pero no como siempre.

Se llenaron de río
mis ojos
y corrí a buscarte,
donde quiera que fuese,
porque algo debió de quedar
de nosotros,
más allá del silencio afilado
con odio,
un idioma de ceño fruncido
que impide entenderse.

Puede que mueran los años
y, todavía, no te encuentre.
Sin embargo,
en mi memoria
pervivirá la imagen
de dos sombras
paseando
bajo el embrujo
de una noche calurosa,
amantes nadando sueños,
jóvenes,
tú,
yo.
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13comentarios 159 lecturas versolibre karma: 72

Las grandes ciudades son poesía andante

La magia de las grandes ciudades,
de sus interminables avenidas,
sus miles y miles de turistas,
sus cientos de fotos por segundo,
sus decenas de líneas de metro.

Gente, gente y más gente.

Y, entre ellos, tú.

Sólo, perdido, tímido,
no te atreves a sacar el mapa,
ni siquiera conectas el GPS,
de vez en cuando está bien perderse.

Gente, gente y más gente.

Y, sin embargo, aunque no lo creas,
eres invisible al resto de la calle,
como la mayoría de ellos lo son a tu ojos,
cruzáis miradas pero no os miráis,
no juzgáis, no pensáis, no sentís.

Puedes caminar desnudo por las calles,
gritar muy fuerte hasta quedarte sin aire,
cantar, bailar, saltar...
Nadie se va a parar a mirarte.

Es mágico, necesario de vez en cuando.

Sentirte uno más entre miles de mentes
que sobrepasan el límite de velocidad.

Invisible, tuyo, libre, perdido.

Pero lo disfrutas,
disfrutas de la velocidad de las grandes ciudades,
de perderte por sus calles,
entre miles de turistas,
que no se fijarán en ti,
ni siquiera en los cientos de fotos que harán de ti,
sin querer, queriendo retratar la poesía andante
del barullo de los que caminan sin rumbo,
sintiéndose uno más entre las mentes aceleradas.
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2comentarios 76 lecturas prosapoetica karma: 68

Pupilas:

Y en tus pupilas veo reflejadas las luces de las farolas escondidas de mi rincón favorito de la ciudad, que poco a poco, me guían.

@magiaenmiradas
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2comentarios 42 lecturas prosapoetica karma: 63

Valladolid, invierno

La densidad atolondrada de la niebla
nos invade a cada paso. 

Yo siento la quietud de los pájaros,
el silbo repetido del viento entre las hojas.

Pero no puede ocultar su dureza este frío;
un invisible látigo, tenaz,
que azota mi rostro.
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1comentarios 81 lecturas versolibre karma: 56

Botuto

Acerca tu oído,

escúchanos.

Nos arrancaron de la costa

pero no silenciaron al Mar.

En esta ciudad hinchada y sonora

que se enrosca en sí misma

como el caparazón

de un botuto,

somos olas sin malecón

que nos contenga.

Escúchanos.

Hay sol —y sal—

en nuestros besos,

y nuestro Amor cabe

en un grano de arena.

Entre rascacielos,

nos morimos de sed.

Inventamos tus pasos

para soportar el frío

y te dejamos nombrarnos

en vano.

Peseoj

Úlima

Tricomita

Albrama

El dios que hace temblar la tierra

nos maldijo con la memoria:

en cada una de nosotras

el Mar es una herencia

inevitable,

que canta

mientras te ahoga.

Escúchanos.

Reflejamos por igual

la noche y el día

desde adentro.

Si vienes a nuestro encuentro,

pronto lo sabrás:

jamás callamos.
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Bullicio de ciudad

El bullicio citadino
ha cruzado cuatro estados;
toca mi puerta para atormentarme.
Ciudad lejana, dulce tormento
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Sueño citadino

Penetro entre autopistas de almas perras
ofuscadas en la búsqueda del pan y la gloria
para yacer ambivalente en tus laderas majestuosas,
protector señorial de mi sueño citadino.
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Elegía a una joven muda que pedía limosna en la avenida Baralt

muda
camina su éxodo diario
ruda
examina su aleatorio
calendario
nudo
en la barriga
sin comida ni gloria
en un mundo burdo
dolor notorio
sin siquiera diálogos
en su propia
historia

se acerca
al comensal ocupado
suplica
migajas
pétalos
hojarasca
rechazos
muérdagos y navajas
perdida en la marejada
del desdén
todas las mañanas
hasta completar un café
y una empanada

empuña su escoba
fingiéndose
sólida
desvaneciéndose
sin que nadie
la oiga
muda
sincrética
sola

de vuelta en casa
se disfraza
de esperanza
desnuda
máscara estoica
y juega con su beba redonda
que la jura
enérgica
y silente
supernova
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En febrero

Las calles en las que sembré tu sombra se han aparecido ante mí como el halcón que atraviesa la mirada estática Voces Voces Voces No las oigo pero siempre me acompañan Acuosas Vibrantes Cercanas Instantáneas Tiernas Y distingo una palabra entre todas las que se arrojan Las que se abalanzan sobre el espacio que ocuparán mis huellas que aún no han sucedido Yo quiero descifrarla Yo quiero descifrar tu nombre que se me impregna como una ansia Me impregna el viento las respiraciones ajenas Las respiraciones te están llamando en susurros La llamada del día instalada sobre el asfalto La llama que prende el tiempo Las calles en las que sembré tu sombra se han aparecido ante mí
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