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Confesión I

Y es verdad eso que dicen,
El amor llega cuando crees haber perdido todo.
Eso sucedió aquella noche en la que mis estrellas
Encontraron un nuevo cielo para brillar,
Tu cielo.

Es verdad que mentí,
Quizás unas mil mentiras acosen mi mente,
O quizás eran verdades a medias, da igual.
Tu cielo fue mas claro que el mío,
Y ahi quise estar.

Es verdad que enloquecí,
En cuanto te mire detenidamente,
Y descubrí que tu sonrisa es la cura a mis heridas.
Que tus pequeños ojos, son mas que eso,
Son mi paz.

Es verdad que escribo,
Que te escribo cada semana o cada mes,
Pero la verdad es que te escribo desde siempre.
Desde mucho antes que llegaras a mi vida,
A este caos que ahora es tuyo también.

Es verdad que soy de ti,
A medias, a pedazos a veces entera.
Cuando mis fuerzas escasean y vienes tu,
A levantarme con tu paciencia y tu amor,
Ese amor tan tuyo, tan puro.

Es verdad eso que dicen,
Que enamorarse es de valientes y de ciegos,
Arriesgando todo, perdiendo sin perder,
Ganando sin ganar, pero sonriendo como tonto,
Y así estoy yo

Sonriendote a ti.
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Confesión II

Te dije “amor”,
Arriesgando todo, el sol, la luna, el universo.
Pero te dije amor.

Te dedique todas mis letras,
Y no me leíste,
Me saboreaste.

Te dije amor,
Y tu sonreíste,
Y yo me rendí.

Te dedique mi poesía,
Aquella reliquia tan mía,
Ahora toda tuya.

Y no hubo miedos,
Sino besos,
Y el tiempo se detuvo.

Y en cada caricia,
El sol nos delató,
Y la luna reía mientas partía.

Y te dije amor
Al amanecer,
Y el mundo cayó a tus pies.
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sin comentarios 43 lecturas versolibre karma: 71

Confiesa

Tiremos las cartas sobre la mesa
digámonos ya las cosas de frente
a mi la mentira no me interesa
Confiesa lo que tú corazón siente

Invítame de tu amor a ser presa
bésame que tu mirada no miente,
sé que mi cercanía te embelesa
negarlo no puedes seguramente.

Desde que llegaste a mi te he querido
yo necesito en mi vida un amante,
un caballero decente y aguerrido

Fue suficiente mirarte un instante
sintiendo que la vida nos a unido
y que mi alma sin ti andaría errante.

Las letras de mi alma
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4comentarios 68 lecturas versoclasico karma: 84

De las confesiones

Qué aburrido el paso del tiempo ―dije, anhelando algo diferente―. Entonces, lo hice: me dejé llevar por el instinto. Fue excitante, pero raro. Algo así como manejar una de esas grúas que demuelen edificios con una bola gigante. La estructura de lo que habían sido mis sueños, miles de proyectos, el futuro, mi futuro... todo, absolutamente todo, se hizo escombros y, entre la humareda gris de polvo, distinguí la luz de otro amanecer.

A partir de ese momento, los días contuvieron la sorpresa intrigante de un regalo envuelto que miras y sopesas antes de atreverte a desliarlo. Un remolino de vida. Estupendo, genial, magnífico. Era justo lo que quería... hasta que lo tuve, porque no hay mejor manera de desprenderse de un deseo que satisfacerlo. Qué curioso. El asombro cambió de nombre para llamarse incertidumbre y riesgo y vértigo y nado contracorriente. Dejó de gustarme eso de ir a tientas, subir al trapecio con una venda, lanzarme de espaldas con los brazos abiertos, caminar descalza, preguntarme todo el rato qué vendrá después. Supongo que alguna vez te ha pasado. Qué mareo, ¿verdad? Da miedo ser la que maneja el timón con la tormenta, dirigir el rumbo sin tener muy claro hacia dónde ni cómo y, menos aún, para qué. Te agobias, te cansas, te hartas y huyes. Primero, de mentira, porque cuesta; pero, al final, terminas marchándote de verdad, convencida de que es lo mejor.

Salté de aquel tren en marcha, pero solo lo hice cuando supe que la caída me dolería menos que proseguir el viaje por un túnel interminable, es decir, encontré un paracaídas. Desprecié lo que no entendía y salté. Mi paracaídas se parecía al equilibrio y, además, era hermoso. La estabilidad recién salida del horno huele muy bien y sabe mejor. Por eso, la degusté con calma, mordisqueé todos sus recovecos narcóticos, me agarré a su firmeza, suspiré subida a su equilibrio en noches cubiertas de estrellas, en definitiva, me convencí de que eso sí era vida, felicidad, prosperidad... y no lo otro, no el remolino eléctrico. Sin embargo, como ya he dicho, los seres humanos somos caprichosos. Pataleamos hasta conseguir lo que queríamos y, cuando lo obtenemos, tachamos la proeza y buscamos la siguiente. Que quede entre tú ―que me estás leyendo― y yo ―que me estoy sincerando contigo―: estamos abocados a un descontento eterno.
Lo sabes, ¿verdad? A mí me quedó claro hace tiempo.
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Lo Confieso

Lo confieso,
no siempre soy feliz.

Aunque vean que sonrío, no siempre quiero estar presentable, hay días en que te necesitas elemental y sin adornos, y tu alma solo precisa escuchar tu propia voz.

Hay otros días en los que te aterra saludar y oras implorando que el mirar al suelo te haga invisible, son días en que te elige la soledad o tal vez eres tu quien la elige a ella y la abrazas fuerte; Aquellos días en que hasta tu reflejo se niega a tropezarse con el espejo y

¡como cuesta sonreir!

Pero hay otros,
¡Ay! esos días brillantes que te masajean la esperanza, amanece y el sol baña de magia las aceras, todo se hermosea ante tus ojos, la gente se vuelve buena, los viejos trajes te vuelven a quedar y el cabello brilla compitiendo con tus ojos, esos días en los que por todo sonrío y

¡qué fácil se me hace!

Y sí, lo confieso, no siempre soy feliz aunque me vean sonreír

y lo que no me atrevo a confesar es…

…que casi siempre depende de usted.
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