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Patria

¿Qué es la patria? La patria son tus ojos, y hasta donde alcanzan tus brazos mi frontera. La patria son las voces de la gente, cada amanecer, cada luna, cada sueño. La patria son los niños, los ancianos y sus historias; los hombres y mujeres libres que caminan en una misma dirección. ¿Qué es la patria? La patria es la tierra, sin importar su color.
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Visca Catalunya! Visca la República!

A les tres de la tarda, en Ramón i en Marcel van ser traslladats per un grup de militars sublevats prop de la torre de l’aigua. Ells caminaven ferms, acceptant que aquest seria el seu últim viatge. Havien viscut tota la seva vida a Sabadell; en Ramón, era el petit propietari d’un taller de bicicletes, y en Marcel, un mestre d’escola. Els dos homes eren amics des de l'infantessa, y ara, el destí també els havia unit en la guerra. Tots dos havien estimat i abraçat la causa republicana, tant pel seu amor a Catalunya, com pels seus ideals llibertaris.
El camió es va aturar y els van fer baixar tot empenyent-los y cridant-los:

-¡Venga Rojos cabrones!

Els van fer posar un al costat de l’altre. Davant seu tres homes conformaven un improvisat pelotó d’afusellament. Els van donar unes venes per tapar-se els ulls, però cap dels dos les va voler. Un dels militars els va dir si volien dir unes últimes paraules, i tots dos van assentir amb el cap. Els dos amics es van mirar per últim cop. Va ser una mirada rápida, però plena de sentiment, un sentiment d’amistat que els uniria en el mes enllà. Tots dos van cridar alhora:

-Visca Catalunya! Visca la República!

Llavors, els fusells dels militars van tronar a l’aire, y els dos amics van caure al terra desplomats. En Marcel i en Ramón van afrontar la mort com valents milicians, amb l’esperança de que aquesta guerra alliberés Catalunya y tota Espanya republicana de l’amenaça feixista. Tot i els fatals aconteixements, persones com ells, van ser el fidel reflex del homes i dones que van donar la seva vida per la llibertat, per la germanor de tots els pobles d’una Espanya que va ser traïda, i per una pau que desgraciadament no es va poder aconseguir.
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Por un puñado de dólares

Año 2159.

Desde hace más de setenta y cinco años, la empresa Biox Genetics se ha convertido en el máximo exponente de la investigación genética con ADN humano. Sus avances científicos, han permitido erradicar enfermedades como el cáncer o el sida en los países desarrollados del primer mundo, aunque todavía, una gran cantidad de pueblos, están sufriendo las consecuencias de tan agresiva búsqueda. Millones de personas de los países pobres, han sido expuestas a cepas contagiosas, con el único pretexto de conseguir una cura universal para toda la humanidad. Aunque esto no es así.
Henry Nart, un reputado abogado afincado en Washington, lleva más de diez años investigando y combatiendo las irregularidades cometidas por la empresa Biox Genetics, entre las cuales, se encuentra la del uso de humanos para sus experimentos. Ellos lo niegan todo, así como también lo hacen parte de los políticos más influyentes del país, entre ellos, el Senador Albert Forrester.
El acceso a estos medicamentos es proporcional al poder adquisitivo de las personas, y quien no paga, muere. La ética y los derechos humanos con lo que tanto se llenan la boca los responsables de Industrias Biox Genetics es únicamente papel mojado. Las gentes del denominado primer mundo tienen un pañuelo en los ojos que les impide ver la realidad. Para la gran mayoría, los responsables de esta maquinaria empresarial son algo similar a divinos salvadores, los cuales han erradicado la peste que llevaba asolando la humanidad desde hacía siglos. Pero lo que ellos no saben, es que, para salvar sus vidas, han tenido que morir pueblos enteros, niños inocentes, padres, madres y abuelos…, es decir, gente inocente, las cuales, su único delito había sido no disponer del suficiente dinero para satisfacer a los despiadados dirigentes de industrias Biox Genetics.

Esto es solamente una pequeña historia, aunque no deja de ser cierto. Muchas empresas ganan dinero a costa de las vidas de personas inocentes, que lo único que buscan es ganarse dignamente la vida, y poder llevarse tanto ellos, como sus familias, algo de pan a la boca. Cientos de ejemplos están a la vista de todos nosotros, aunque la gran mayoría debe quitarse aún la venda de los ojos.
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Aullidos de libertad

Fiereza cubierta de la belleza más indómita, pureza que a la brillante luna suplicas tu amor. Alma noble y fiel, amante inmortal, protector de tus hermanos. Cuestionado desde el principio de los tiempos; siempre temido, a pesar que tus ojos reflejan solo el anhelo de la libertad que siempre fue tuya y que el hombre un día te robó. Eras rey en tus vastos dominios, señor entre todas las fieras del bosque, las montañas y los fértiles valles regados por espejos de plata. ¡Lucha bella criatura, lucha!¡Reclama nuevamente tu trono! Nunca desfallezcas y sigue aullando en la oscura noche, pues el hombre sigue siendo siervo, y tú, el señor de los grandes bosques.
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Pedazos de mí

No busco la fama, prefiero ser eterno como los poetas.

Quiero mi bastilla, mi dos de mayo, mi palacio de invierno; quiero que el pueblo jamás vuelva a ser esclavo. Porque un pueblo oprimido tiene el deber de levantarse contra el opresor.

¿Y ahora qué? Vivimos en una sociedad dormida, esclava de inservibles necesidades que el consumo nos impone. Títeres de quien nos vende todo lo que compramos, olvidando que todo lo que importa no puede comprarse: Amor, amistad, salud, tiempo, respeto, honor, vida, etc… Somos esclavos en una aparente libertad.

Otra vez lloran los poetas desde el vergel divino, al contemplar un inmigrante ahogado en el mar o un niño muerto entre los escombros de un edificio derruido por las bombas de los adalides que pregonan la falsa libertad. Otra vez lloran los poetas mientras sonríe el terror.
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Zapatos de tacón y luces de neón

El cielo se apaga, y Diana parte hacía ese frio lugar donde almas perdidas predican un poco de atención a precio estipulado. Allí no existen los sueños, y solo se presta atención a las agujas del reloj contando los minutos. Vestida tan solo con unos zapatos de tacón y sugerente ropa interior, guarda su corazón bajo llave en un oscuro cajón, pues no hay sitio para el amor. Carmín rojo y simulada sonrisa para aprobación del consumidor, mientras las actrices del placer, aprendices y maestras aguantan la jornada a base de evadirse de la realidad. Diana aprende rápidamente las culpas de la noche; a veces, consolando a náufragos del amor que tan solo buscan un poco de cariño, pero otras veces, aguantando improperios y frases como, “si a ella le gusta lo que hace”, salidas de la sucia boca de despojos que se creen hombres. Luego, al apagarse los neones que anuncian los carteles de la entrada, Diana recupera su corazón de ese oscuro cajón, y sueña con algún día, poder escapar de ese frio lugar para entregarle su corazón a alguien que no la vea como una simple mercancía.
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Una canción libertaria

Se escuchan en la loma de la más suave brisa, notas de una canción libertaria. Rozan mi piel desnuda, cubierta de profundas cicatrices que provocaron una vez los oxidados grilletes, ahora tan solo un oscuro recuerdo tatuado en mi piel. Respiro esperanza. Siento de nuevo la brisa, envuelta de olores de libertad.
Aunque a veces me pregunto, si bajo nuestra apariencia de hombres libres, todavía se esconde el vestigio de una élite inmune, corrompida por oscuros intereses que acaban pagando los más desprotegidos de nuestra sociedad. Un pueblo en estado de coma permanente, abducido por los medios de consumo y otras inservibles necesidades. ¿Y a eso lo llaman libertad? Por eso clamo a la sensatez de todos los hombres y mujeres.
¡Pueblo despierta! Tomemos las riendas de nuestro legítimo derecho. Levantad el puño y aplastad al opresor. Formemos un Gobierno donde nuestro gobernante trabaje por y para el pueblo, pues solo nosotros, hombres y mujeres libres del mundo, debemos decidir nuestro destino. Se acabó la esclavitud, la opresión hacía los indefensos y la inmunidad de aquellos que se creen por encima de la justicia.
A todos los hombres y mujeres, haced que en la loma de la refrescante brisa del nuevo día, vuelvan a sentirse las hermosas notas de una canción libertaria.
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Nunca dejes de creer

Hubo un tiempo, en que los aedas cantaban las gestas heroicas de esos hombres que desafiaron lo imposible y regresaron victoriosos, donde el día a día de la humanidad se mezclaba con lo desconocido, y donde dioses, seres fantásticos y mortales convivían en un mismo universo. Ahora, en un mundo dominado por la oscuridad, donde la razón y la sabiduría han perdido su valor a favor de los placeres más artificiales, y donde las consignas de un sistema que protege a los señores del capital ha hecho que la cuerda de la desigualdad se tense hasta extremos insostenibles para la mayoría de los pueblos de la Tierra, debemos regresar a nuestros orígenes. Hagamos más caso a nuestras creencias espirituales, cada cual buscando su propio destino; hagamos de la fantasía algo cotidiano, creamos de nuevo en esos héroes que desafiaron al sistema para ser libres. ¡Seamos libres de nuevo!
Hagamos del amor nuestro escudo y de la verdad nuestra espada. Gritemos con fuerza al cielo para que nuestra voz llegue más allá de donde brillan las estrellas, y no dejemos de soñar, jamás; pues a pesar de todo, ningún hombre, ni tan siquiera el más poderoso de los dioses, podrá quitarnos nuestra capacidad de soñar y alcanzar la verdadera libertad.
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Civilización

¿Qué es la civilización? Ese lugar donde el artificio prima por encima de todo, y el dinero, un simple metal o papel sin valor real, compra la vida y la muerte. Si esto es así, mejor llamarme salvaje, pues solo aquello que importa es digno de dotarlo de valor. Un valor intangible pero real, que solo se manifiesta en los sentimientos. Pues donde manda el capital, los valores humanos son corrompidos, y hasta el más vil de los seres puede convertirse en amo.
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Herederos del 14 de abril

En el ambiente se respiraba un aire de alegría, de fiesta, de celebración. Todo el mundo había salido a la calle a ser partícipe de este momento histórico. Sonaban tambores y trompetas, los hombres bebían y fumaban, las mujeres vestían sus mejores ropas, los niños corrían por las calles arriba y abajo...;Emilio, observaba todo desde el balcón de su casa. Pensaba en como cambiarían las cosas a partir de ahora, y en cómo afectaría esto en su trabajo como profesor. Él lo tenía claro, y decía en voz alta: “A partir de mañana los niños podrán soñar con un mundo mejor, los trabajadores gozaremos de mayores derechos, y tanto hombres como mujeres viviremos en un mundo justo y sin rencores”. Todo se presuponía muy bonito, pero la mano codiciosa del hombre lo destruyó todo. El pueblo quedó roto por partidarios y detractores, y tras seis años de intentos por estabilizar un sistema que parecía definitivo, la tensión estalló. Emilio, un profesor que defendía a pies juntillas la laicidad en la enseñanza y el sistema público de esta, se vio obligado a coger las armas, y de la noche a la mañana estaba defendiendo la capital contra la sublevación de un grupo de militares opositores a la legalidad vigente. La República estaba herida, pero siguió luchando valientemente durante tres años en defensa de la libertad, aunque finalmente cayó muerta.
A pesar de los años transcurridos y del enorme odio que todavía se profesa en la memoria colectiva de nuestro país, un aliento de esperanza vuelve a resurgir en nuestros corazones. Un soplo de aire fresco vuelve a recargar las baterías de nuestras almas, recordando aquellos años en que todo era posible; Un tiempo en que el pueblo llevaba la voz cantante, y en que la solidaridad emanaba por los poros de trabajadores y labriegos, así como de las demás gentes humildes. Ahora quedan pocos que vivieran aquella época de sacrificio y de lucha, aunque en sus hijos y nietos está la semilla de la revolución y la justicia. Ahora solo queda tirar de refranero español, y como buen ciudadano de nuestra hermosa y brillante España decir: “A la tercera, va la vencida”.
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Llegué, vi, vencí, morí.

La guerra nos había separado. Hacía dos años que no sabía nada de mi hermano. Anhelaba encontrarlo, y el final de esta maldita búsqueda estaba a punto de llegar. Me había convertido en un victorioso general. Valiente, tácticamente efectivo, y enormemente carismático. Todo pasaba por acabar con el último reducto de los rebeldes, y en menos de dos horas conseguimos terminar con ellos. Después, mientras celebraba la victoria con mi Estado Mayor, mis hombres se encargaban de fusilar a los últimos insurgentes.
Esa fue la última vez que vi a mi hermano. Estaba con los ojos en blanco, entre decenas de cadáveres ensangrentados y amontonados en una fosa común. Ese día morí en vida, y nunca más he vuelto a ser el mismo.
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Una tomba a l'Ebre

19 de setembre de 1938.

Estimada Joana:

El dia ha despertat gris i plujós. Me’n alegro, ja que d’aquesta manera no pot volar l’aviació enemiga. La línea del front porta setmanes estancades, i des de fa dies estem empantanats en les maleïdes trinxeres. La cosa no pinta gaire clara. En Pere i en Ramón estan bé, però l’Eduard va caure ahir a la nit en un inesperat atac enemic. Demà tenim ordres d’atacar; ens jugarem el tot per el tot per capturar el flanc dret dels maleïts feixistes. No se quant acabarà tot això, però no puc aguantar mes sense tenir-te a prop. Aquest matí hem celebrat una petita cerimònia en homenatge a l’Eduard. Està enterrat prop de la riba del riu, juntament amb molts dels companys que han donat la vida per defensar la República.

Espero que tu i l’Enric esteu bé. Digues-li que el seu pare està lluitant per la llibertat, per la justícia, i per un futur millor. Quant acabi aquesta maleïda guerra ens tornarem a veure. Us estimo mes que a la meva pròpia vida. Dóna-li un petó al nostre fill de la meva part, i passi el que passi recorda’m sempre com un bon marit i un bon pare. T’estimo Joana.

Sempre teu: Antoni Ros Gimpere.
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El juego del ajedrez

El cielo comenzaba a vestirse de noche cerrada, y en tierra los hombres empezaban a inquietarse. Solo el titilar de las estrellas iluminaba la bóveda celestial. Allí, desde lo más alto, el dios de cada uno de esos hombres vigilaba atentamente cada movimiento. Al amanecer, los peones volverían a ponerse en juego.
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Pares

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Un día, le dijeron que aquello era inconcebible y que nunca sería feliz. Luego la llamaron puta y se rieron de su interior desarmado y lleno de luces apagadas. Lloró hasta que no le quedaron lágrimas, hasta que se le despellejó la nariz de sonársela. Siempre a escondidas, para no preocuparlos a todos, porque todos la querían, pero nadie la entendía.

Ella sentía tanto, que sentía doble. Le gustaba experimentar y poner a prueba sus propios sentidos. Le encantaban las personas, conocerlas, observarlas, pero lo que realmente adoraba era dejarse llevar por los sentimientos. Se subía en el barco de las emociones y dejaba que las olas provocadas por el/la otrx la llevaran a cualquier puerto.

Llevaba cuatro años de relación con él. Se querían, se adoraban. Se hacían fotos a cada rato, riendo, comiendo, besándose en cada estación y en cada despedida. Su vida era un contínuo de despedidas agridulces. Y ponía de nuevo el reloj a contar hasta la próxima.

Un día lo conoció. Conoció a aquel huracán que provocó olas de hasta 10 metros de amor y la hizo encayar en la orilla de un sitio en el que nunca antes había estado, pero del que siempre había oído hablar. Y se enamoró. Como una niña pequeña, sin sentido ni percepción de su propia realidad.

En su vida, todo era doble. Se comía dos tostadas para desayunar, las plumas de su agapornis eran bicolor, se ponía dos pinzas en el pelo para arreglarse, miraba dos veces hacia atrás antes de subir al autobús y, cómo no, estaba enamorada de dos personas.

Todxs criticaban sus decisiones, pero nadie se preocupaba por su estado de ánimo. Y la flor que navegaba al son de la vida se marchitaba día tras día, sin freno, arrastrada por la corriente de la incomprensión.

Aquellas dos personas estaban en puertos diferentes, muy alejados entre sí, tanto que no podían ni verse. Ella intentó acercarlos, pero la obligaron a autoconvencerse de que tan solo se puede remar en una dirección.

Pero ella sabía que había desarrollado la capacidad de dividir su corazón, de entregar un pedazo a cada uno de ellos, para que comprendiesen su forma de entender el amor o, como ella lo llamaba, el poliamor.

Desde entonces, cada noche coge su barca y rema hasta llegar primero a una orilla y luego a otra. Y así termina ella, cansada de direcciones, de confusiones y de encontrar dificultades donde todas las personas le cortan las alas que la convierten en ángel.

@Blue_mids
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Héroes y villanos

Y mientras los poderosos contemplan con ojos lascivos sus fortunas manchadas de rojo desconsuelo, el mundo continua consumiéndose en un aciago pozo de mentiras e intereses, destruyendo mil y una historias perdidas en los confines del tiempo y la desesperación.
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Bajo mis pies cansados

Los pasos de la caravana humana resonaban silenciosos en el lúgubre ambiente, mientras los desafortunados protagonistas del éxodo rememoraban los años felices en su tierra. De entre todos esos rostros abatidos destacaba el de un joven de 12 años, Umeth, que a pesar de la desdicha de sus destinos, y por primera vez, desde hacía semanas, se le veía sonreír, abstraído con algo que le había llamado la atención a un lado del camino. El motivo, un pequeño pajarillo de plumaje azulado se había posado en la rama de un árbol que reseguía la línea de la carretera por donde avanzaban las miles de personas que escapaban del horror de una guerra que ni deseaban, ni habían provocado. El pajarillo, entonaba una melodía que el joven comenzó a tatarear, contagiando de manera automática a todos los de su alrededor, y luego, más allá de la estirada línea de compatriotas que avanzaban hacia un futuro incierto. El canto del pequeño “azulete”, nombre con el cual había bautizado Umeth a la pequeña ave, se convirtió por unos instantes en un himno a la esperanza para todas esas personas, dibujando en la mayoría de ellas una ligera sonrisa en la cara; aunque fuera por poco tiempo. Después, el silencio de los pasos resonando en el camino, volvió a marcar el compás de la marcha.
En el fondo de sus corazones, el canto del pequeño azulete los acompañará para recordarles que contra la adversidad, siempre hay que levantarse y luchar, pues aún en la hora más oscura, siempre se puede encontrar un rayo de luz para guiarte en el camino.
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Había una vez...

Había una vez, un joven rey que decidió pedir consejo a su pueblo para saber que opinaban sus súbditos sobre cuál sería la mejor manera de gobernar. El monarca, el más sabio y justo de todos los soberanos de la Tierra, escuchó todas las propuestas y puso su cargo a disposición de todos los habitantes de su reino, los cuales, a partir de ese momento, se convertirían en parte de todas las decisiones del país. El rey, elevó al pueblo, el pueblo proclamó soberano al rey, y el reino se convirtió en el más justo y prospero que jamás ha conocido el hombre. A partir de ese momento, el monarca se convertirá en presidente, y el reino, adquirió la forma de la más justa República.
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Soberbia

Irene era una triunfadora. Joven, guapa, rica, inteligente, y con un atractivo físico que dejaba boquiabierto a hombres y mujeres que se cruzaban a su paso. Era la directora de una importante marca internacional de prendas de vestir, y debido a su trabajo, había viajado por todo el mundo. A pesar de tener excelentes cualidades y aptitudes para lo que se proponía, su vanidad la nublaba de cualquier razonamiento o aceptación de sus errores, desesperándose cada vez que alguien le llevaba la contraria. Hacía la vida imposible a la gente que trabajaba a su lado, sintiéndose únicamente bien cuando era adulada, es por eso que la gran mayoría de personas que la conocían, rehusaban trabajar con ella, y solo aceptaban cuando era necesario por contrato. Marta, era su ayudante desde hacía tres semanas. En un año había tenido siete ayudantes, acabando siendo despedidas o tirando la toalla por ellas mismas. Marta era una chica elegante y discreta, aunque físicamente no destacaba mucho, pero su simpatía y humildad la hacían muy cercana a las demás gentes, teniendo siempre amigos y personas que la estimaban a su alrededor. Pero todo esto no le importaba a Irene, ya que se creía superior a la gran mayoría de las personas.
Un día, apareció un chico en la puerta de las oficinas donde trabajaba Irene; era Rubén, el novio de Marta. Al salir del trabajo Irene vio a Rubén, deseándolo al instante. Esta pensó, que nada más decirle algo, lo tendría comiendo de su mano, y cuando se dirigió a donde estaba él, el chico sonrió. "Lo tengo donde quería", pensó la siempre triunfadora Irene; "Ningún hombre se me ha resistido jamás", volvió a pensar. Pero Rubén no sonreía por ver a Irene. Detrás de ella aparecía Marta, y Rubén salió corriendo a su encuentro. Allí, delante de Irene, se abrazaron y besaron como solo lo saben hacer los enamorados. Irene estalló de rabia, y allí misma, con gestos de locura despidió a Marta. La pobre ayudante no entendía nada, y desolada y triste se marchó a su casa acompañada de Rubén.
- ¡No le hagas caso!-dijo Rubén mientras se alejaban.- Esa arpía no vale ni la mitad que tú. Encontrarás algo mejor, cielo.

Irene escuchó esas palabras, pero su cerebro las convirtió en pura arrogancia. Después, se dirigió al primer bar que encontró. Allí conoció a Darío, un escritor con más pena que gloria, ya que no había conseguido publicar nada importante. Dispuesta a recuperar su autoestima con los hombres, le bastó un simple coqueteo para llevarse al pobre escritor a la cama. Darío, que no conocía a Irene, se enamoró de ella a primera vista, pero a la mañana siguiente, esta lo despachó de malas maneras, dándose cuenta al instante de que su pasión había sido fruto de un simple calentón. Darío se marchó triste, ya que esperaba algo más que una noche de sexo salvaje, pero al instante tuvo una revelación, y la inspiración se le apareció como por arte de magia.
Años más tarde, las cosas ya no iban tan bien para Irene. Su altanería y desprecio por los demás le estaban pasando factura. Cada vez firmaba menos contratos, por no decir que su círculo de amistades estaba inconfundiblemente marcado por los intereses. A medida que perdía clientes, sus supuestos amigos le daban de lado. Un día fue llamada al despacho de su superior en la empresa. Al entrar dentro su cara se contrajo de una repentina sorpresa. Allí estaba Marta, la chica que años antes había despedido de malas maneras en la puerta de las oficinas de la empresa. Aunque su arrogancia no aceptaba lo que estaba a punto de pasar, las palabras de su jefe resonaron por su cabeza como martillo que golpea el hierro; estaba despedida, y su puesto en la empresa lo ocuparía su antigua ayudante. Irene, tan engreída como siempre se jactó de haberse despedido ella misma, despreciando el trabajo que tanto le había dado.
- ¡Encontraré algo mejor que esta basura!- se marchó gritando y dando un portazo.

Al salir de la empresa se marchó como siempre a algún bar en busca de alguna presa. De camino se paró inconscientemente en el escaparate de una librería. Allí observó un extraño título que la llamó la atención: “la mujer que no sabía amar”. Entró a la librería, y para su sorpresa, descubrió que el autor del libro era un tal Darío Cuellar, el mismo hombre que años atrás había conocido en un bar. Durante un instante dudó, pero su orgullo podía con cualquier cosa, así que dejó el libro en el estante y se marchó de allí. Luego volvió al camino que la llevaría al bar, se fijó en un hombre, y se lo llevó a la cama.
A pesar de creérselas muy feliz, Irene no volvería a trabajar en el mundo de la moda. Aunque había conocido a cientos de personas, y trabajado con multitud de marcas de todas las partes del mundo, debido a su carácter, nadie quería contratarla. Poco a poco fue entrando en un círculo oscuro que la llevaría a un mundo sumido de sombras y niebla, un mundo en el que se convertía en una simple mercancía. Finalmente, y debido a la negación de su fracaso, y al rechazo de cualquier tipo de ayuda, Irene se vio en la calle, sola y enferma, un desecho humano al cual nadie le prestaba atención, ni siquiera los hombres que antes caían rendidos a sus encanto con solo una mirada.
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Tú de rojo y yo de azul

Mayo de 1939. Hacía ya un mes que había caído Madrid, y las tropas nacionales controlaban definitivamente toda la ciudad. El sargento Andrés García, un convencido fascista desde hacía años había entrado en una cantina situada en la planta baja de un deteriorado y viejo edificio que había resistido a duras penas los terribles combates. Seguido de algunos de sus hombres se sentó en una mesa y pidió en voz alta que le atendieran. El tabernero, un viejo medio sordo llamó a alguien. Detrás de la barra apareció una mujer de singular belleza. No era mayor, pero tampoco una jovenzuela. Su larga melena castaña combinaba místicamente con sus grandes ojos color azabache, que su blanca piel resaltaba todavía más en ese fino rostro de nariz respingona. En su mirada pudo notarse la indignación y el dolor de la guerra al acercarse a la mesa de los militares. Andrés la miraba con disimulo mientras alguno de sus hombres hacía comentarios obscenos que el sargento detuvo inmediatamente. Una vez servido el vino, los hombres comenzaron a beber y a fantasear con un mejor destino. El sargento García se levantó y se dirigió a la barra. Allí quiso hablar con la chica, pero en la mirada de esta evidenciaba un miedo teñido del más absoluto de los desprecios.

- ¡Hola!- saludó educadamente el sargento mientras se despojaba de su gorra.- Me llamo Andrés, ¿y Tú?

- ¿Por qué quiere saber mi nombre?- contestó ella sin mirar a la cara a su interlocutor- ¿Acaso piensa detenerme?

- No quisiera ser descortés la próxima vez que me dirija a tí. –rió el sargento.- ¿Entonces, puedo saber cuál es tu nombre?

- ¡Agatha!- dijo secamente la mujer.

- Encantado señorita Agatha. Ha sido un placer. Ahora debo marcharme.

Día tras día el sargento aparecía en la pequeña cantina para poder hablar con esa mujer que lo tenía fascinado. Agatha poco a poco le fue tomando confianza, y al final, se pasaban un buen rato hablando. Uno de esos días, la mujer contó a Andrés su fatal perdida. Su padre y su hermano habían caído defendiendo la República, muertos por las balas de los fascistas, y ella, tenía que hacerse cargo de su pobre madre enferma y de su hermana de catorce años.

- ¿Comprende ahora por qué os odio tanto?- dijo ella con lágrimas en sus preciosos ojos.

Había perdido el miedo, ya que apreciaba un halo de bondad en ese hombre. Andrés no pudo articular palabra. La historia de la chica le había atravesado de lleno el corazón, devolviéndole a la memoria tiempos felices vividos con compañeros que ahora se habían convertido en enemigos de la patria, y que quizá yacían muertos en alguna cuneta. Nunca se habría imaginado que las palabras de una chica fueran más letales que la más fatal de las balas que arrasan cientos de almas en cada batalla. Todos sus ideales, sus convicciones, su manera de entender esta guerra, habían caído como fichas de dominó en un gran efecto mariposa. Intentó disimular las lágrimas que le brotaban de sus enrojecidos ojos, pero Agatha se había dado cuenta. A pesar de su siniestro uniforme, el sargento Andrés García tenía un buen corazón.

- Mañana no podré venir a la hora de siempre- dijo de repente Andrés.-Espérame a la hora de cerrar. Quiero enseñarte algo.

Agatha y el sargento se despidieron hasta el día siguiente. La bella cantinera sentía curiosidad, y tal y como le había dicho el militar, a la siguiente jornada ella le esperó en la puerta de la tasca a la hora acordada. Andrés apareció con un gran petate militar a sus espaldas, saludó a la chica con un beso en la mejilla y la cogió de la mano haciéndole ademán para que le siguiera. Unos doscientos metros después, llegaron a un descampado rodeado de ruinas, las cuales, años atrás habían sido las paredes de un colegio. Allí abrió la bolsa. Agatha se quedó confusa con lo que vio. El sargento esparció una pila de ropa por el suelo: el uniforme de campaña, el traje de gala, las botas, la gorra, su camisa de falangista y algunas medallas que meses atrás lucia con orgullo, conseguidas durante la guerra. Sin decir nada roció todo con gasolina, sacó una caja de cerillas de su chaqueta, encendió una de ellas, y prendió fuego a ese montón ropa.

- He renunciado a mi carrera y grado militar-habló Andrés mientras las llamas se reflejaban en su cara.- Después de escuchar tu historia por fin he despertado de esta pesadilla. Esta noche he soñado con algunos amigos que al igual que tu padre y tu hermano habían decidido luchar por la República, los cuales no sé si viven o están muertos. Pero eso ya no importa, porque no hay vuelta atrás. Lo único que uno puede hacer es volver a empezar de nuevo, pero esta vez haciendo las cosas de manera correcta.

Andrés sacó de su bolsillo un sobre repleto de billetes expedidos por el nuevo Gobierno y se lo acercó a la mujer. Luego, continuó hablando.

- Estos son algunos de mis ahorros. Son para ti. Estoy en deuda contigo por abrirme los ojos. Ayuda a tu madre y a tu hermanita, y perdóname por todo el daño que he podido causar en esta miserable guerra. No te pido que me des las gracias, porque soy yo quien te las debo. Solo querría pedirte un favor. Quisiera poder continuar viéndote. Tengo pensado abrir un taller de carpintería en la calle Mayor, ya que el oficio lo aprendí de mi padre. Hay mucho trabajo ahora que Madrid necesita ser reconstruida, y el Estado necesitará la ayuda de todos los obreros y artesanos cualificados para ello.

Agatha lo observó con sus grandes y profundos ojos color azabache. Ya no existía el miedo en su mirada, y mucho menos el odio, tan solo la compasión y el amor por aquel sargento que había renunciado a todo por ella. El ahora ex sargento Andrés García, tampoco imaginó nunca que encontraría el amor en aquel dantesco lugar llamado Madrid.
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No Hay Mayor Sabiduría

NO HAY MAYOR SABIDURÍA

No hay mayor sabiduría en el mundo
que la de aquellos hombres y mujeres
con miles de experiencias vividas
a través de sus largas vidas.

Son nuestros mayores
ancianos, viejitos como les quieran ustedes llamar
son los más sabios que existen
pués por muchos años aprendierón duros oficios
para sobrevivir en otros tiempos
muy diferentes a estos que hoy vivímos.

Debemos de respetarlos
aprender de ellos
no ofenderlos
y entender que ellos son los más sabios del mundo.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
De Mi Libro "Hombres y Mujeres Sabios (La sabiduría de los Ancianos)", Lulu 2018 Estados Unidos.
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El rompecorazones

Tú, que vives a la sombra de tu humor,
que finges ser un necio en el amor,
no busques fama si no das la cara,
no quieras cama sin tocar mi alma.

Tú, que sigues siendo un niño al que callar,
que anhelas mi cariño y nada más,
no digas que no entiendo lo que pasa,
no entiendo que digas que me resbala.

Por ti, caería en el abismo sin mirar,
sabes que tu sentido es mi verdad,
en ti hay la luz que guía mi velada,
y velas mi rencor con tu mirada.
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Los Años que Ya No Regresan

LOS AÑOS QUE YA NO REGRESAN

Yo amo el recuerdo de las desnudas edades,
cuando doraba el sol las marmódeas deidades.
Charles Baudelaire

Los años que ya no regresan
esos que vivimos junto a aquellos que han partido
esos que vivimos siendo muy jóvenes
siendo muy niños.

La sabiduría que nos envuelve hoy en día
como parte de la experiencia vivida
a través de la dureza vivida
en estos años que ya nos han consumido.

Hombres, mujeres, ancianos
aborígenes, extranjeros, nacionales
sin importar de donde seamos
todos hemos vivido
todos hemos aprendido
todos somos sabios de la vida.

Los años que ya no regresan
esos que siempre extrañarémos
pero que nos han hecho más sabios.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
(De Mi Libro próximo a publicarse: "Hombres y Mujeres sabios (La sabiduria de los ancianos) que fue Finalista del Premio Literario Reinaldo Arenas versión Poesía-Creatividad Internacional, Miami Florida USA 2017).
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El Sicario, El Matador

EL SICARIO, EL MATADOR

Se encomienda a Dios cuando sale de su casa
y besa el crucifijo que lleva colgado en el cuello
mientras carga su arma lista para la acción.

Se persigna y se encomienda a su Dios al salir
sabiendo que a otro inocente la vida ha de quitar.

Es una misión como todas
sin importarle si ese sujeto familia ha de tener.

Yo soy lo que soy y eso cambiarlo no puedo
es lo que siempre se dice a sí mismo
y a aquellos que tratan de persuadirlo para hacerlo cambiar.

Hijo tengo miedo que un día
termines muerto como un perro
por venganza de aquellos que has matado
sin justificación.

Si hay justificación madre mía
la plata, el dinero esa es mi justificación
gracias a mi ustedes comen
y se visten también.

Toma tu plata y lárgate entonces
que dios te acompañe
si es que el mismo lo quiere hacer.

Es hora de acabar con mi misión
si es que tu misión no acaba contigo primero.

Sale a toda prisa en su moto
el sicario, el matador.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Febrero 2018
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Y Llegaron

Y LLEGARON

Y los vi llegar
sin previo aviso
llegaron a este mundo
para destruirlo todo
sin piedad
sin remordimiento alguno
seres sin conciencia
sin corazón
sin alma
que llegaron
y lo destruyeron todo.

Autor: Robert Allen Goodrich Valderrama
Panamá
Derechos Reservados
Noviembre 2017
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Tu crítica

Cuanta rabia de repente mi alma guarda.
tengo que regalarle a mi enojo un respiro,
aunque trato de que mi alma no arda,
veces logro que se escape un suspiro.

Evitando confrontaciones trato,
pero tengo límites como todo ser humano,
así que paz no puedo firmar en contrato,
por eso me alejo para cortar por lo sano.

Tengo carácter muy jovial,
soy objetiva ante la crítica moral,
pero hay cosas que no puedo pasar,
y ahí lo demonia sale a batallar.

Busco razones con fundamento,
analizo cualquier sentimiento,
brinco, corro, pataleo y me enfrento,
al fin y al cabo no padezco de remordimiento.

Ya de la critica estoy acostumbrada,
No soy moneda de oro para caer bien,
Ni sumisa ni dejada, para quedarme callada,
ahora dispara que de la tuya no seré rehén.

Las letras de mi alma
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